Work Text:
CAMINOS

Allá en el camino que sube al cerro iba un charro cabizbajo, mecido en su caballo. Jalaba a una alazana sin jinete, llevaba nada más un sombrero en la silla. El charro forcejeó el lazo de la alazana, porque la yegua de a momentos se detenía en el sendero, como si la tristeza la abrumara más que el sol.
— Vamos — Mu tiró más duro, haciendo palanca con su silla —. Yo te entiendo, pero tenemos que seguir para arriba.
El otro caballo, el pinto, le relichó a la alazana para motivarla y ayudar a su jinete. A duras penas funcionó, pero funcionó. Mu acarició a su caballo y se acomodó mejor el sombrero, para que le diera el aire en los ojos, aunque llevara tierra.
— ¡Ey! ¿Tiene usted un tabaco?
— Pues nomás de hojita.
— Lo que sea es bueno.
Conoció a Saga en un baile, iba acompañado de su esposa y él —Mu— de la suya. Eso no importó , ellas iban felices mientras hubiera buen mariachi. Y como lo había, pudieron escaparse a jugar un dominó a un lugar más privado, más solito. A Saga le gustaba el pulque curado, pero como nada más había tequila , se sirvieron de ese.
— No lo había visto antes por acá.
— Conseguí unas tierras hace poco, a ver qué tan nobles son.
— Acá se dan hasta los pensamientos. Esta tierra es agradecida.
Se tiraron miradas que llevaban deseos tacitos. Saga era bien parecido, llevaba siempre sus trajes de gamuza que engalanaban su figura. Olía a tabaco y tierra, pero de buena forma. Como se gustaron, comenzaron a encontrarse en cantinas y misas. Las misas eran para aparentar, pero siempre desquitaban penas en la privacidad de la cantina.
Una buena noche, cuando Mu ganó un póker, Saga se levantó frustrado.
— Son nomás cien pesos, hombre, no te pongas así.
— No son los cien pesos, Mu.
— ¿Y entonces?
— Eres tú. Me acongojas y seguimos jugando póker. Cuando cada uno se va por su lado, de vuelta al calor de nuestras casas, volteamos a vernos a ver si a caso... Si a caso alguno se atreve primero. Y como tú eres medio cobarde, porque me tendiste trampa, tendré que ser yo el que se atreva antes.
Ya Mu se la veía venir con la forma en la que Saga se inclinó sobre la mesa, le agarró el traje por la camisa y le pegó un beso. No era un beso corriente, Mu podía afirmar que jamás lo habían besado con tanta pasión. En un inicio, se asustó. Él era buen cristiano, ¿verdad? Pero los labios de Saga tendrían que hacer sido algo cercano a la gloria. El filo de su barba, el sabor a tequila de su boca.
Mu se lo devolvió con más fuego. Probó su lengua, el tinte salado de su piel. Y se les subió el calor a la cabeza, terminando él—Mu—sentado en la pobre mesa de madera. Saga se arrimaba cada vez más, echando abajo los caballos de tequila.
— Desabrocha — carraspeó Saga contra su cuello —. Rápido, hombre.
— ¿Acá?
— Si no, ¿dónde?
— P-pues... no sé.
— No me digas...
Saga sonrió, burlándose de su falta de experiencia. Porque Mu supuso que la cosa era distinta a una mujer. Y se puso nervioso.
— Bueno, así temblando no se va a poder ¿Qué tal que damos una vuelta?
Subió cada quién a su caballo. Y ya arriba cabalgaron hacia las parcelas de Saga, donde se iban alzando milpas y pirules bajo la noche estrellada. Allá al fondo del monte se alcanzaba a oír el débil canto de los coyotes, escondidos en la arboleda oscura. Mu no habría cabalgado más allá dea cerca, pero Saga insistió.
— No seas cobarde, qué te van a hacer tres coyotes ¿Qué no tienes pistola?
— ...
A la cima del monte se presumía un ahuehuete añejo. El fresco aroma de sus hojas se esparcía en el viento negro. Saga se bajó de su yegua y agarró el gabán que iba en su silla, para ponerlo en el pasto y echarse encima.
— Mira qué bonito se ve el cielo.
Por más charro que fuera Mu, hacía frío. Puso también su gabán en el suelo y se tendió junto a Saga y el ahuehuete. Era cierto que entre las hojitas se miraba un cielo estrellado imposiblemente bello, pero eso a Mu le pareció pretexto.
— ¿Qué es este lugar?
— Pues el monte.
— Saga...
— A veces vengo con mi guitarra y miro el atardecer. A veces vengo con mi tequila y veo la noche. Rara vez llego con mi tabaco y miro el amanecer, porque prefiero mirarlo desde la milpa.
— Mmmh.
El silencio sirvió de oportunidad. Saga se echó sobre su costado y puso una mano en el cinturón de Mu, jalándolo hacia él para desabrochar la hebilla. Un enjambre de mariposas alzó vuelo en su estómago, pero se dejó hacer. Parecía que el otro charro sabía lo que hacía.
— Pero ayúdame, pues.
Se desabotonó el pantalón y el cinto de las chaparreras de cuero. Abajo llevaba calzón de lana, pero Saga halló camino fácil ahí, metiendo la mano por debajo de la tela. Tenía manos ásperas, que no conocían ternura. Y así con esas manos palpó la carne caliente, casi dura. Llevaba Saga una sonrisa audaz, pero sus ojos brillaban como un puñado de estrellas que por fin habían cumplido un deseo.
Mu se frotó contra esa mano callosa y urgió a que hiciera más. El hombre le hizo caso, pero no como él quisiera. Le sacó el pantalón junto a las chaparreras y el calzón. Lo único que no le quitó fue la carrillera y las botas. Descubierto, sintió los colmillos del frío en sus piernas, separadas de repente por Saga. Entonces Mu cayó en cuenta.
— Momento, momento-
— ¿Qué?
— Eso no.
— ¿Cómo que no?
— Yo nunca-
— Hay una primera vez para todo, ¿qué no?
— Al menos déjame a mí.
— ¡JAJAJA! ¿Cuándo has visto tú que el potro mande al garañón?
Mu tragó en seco, sonrojado del cuello al rostro. Regresó la mirada a Saga cuando escuchó las hebillas y broches, luego lo vio bajarse el pantalón lo justo para sacar su erección. Algo lo recorrió de pies a cabeza, no supo bien si fue nervios o deseo. Con una mirada de Saga le bastó para calmarse, hallar templanza y hacer como había visto hacer a su esposa, que era abrir las piernas y devolver un gesto entusiasta.
Saga lo masturbó antes. Gimió por lo bajo, penetrando el hueco entre las manos del otro, dirigiendo un vaivén que se sentía brusco, agresivo; cuando estaba a punto de correrse, Saga le arrebató el orgasmo quitándole las manos de encima. Mu se alzó sobre sus codos para reclamar, pero Saga lo tomó de la carrillera y le dio la media vuelta.
Cayó una palmada sobre su culo expuesto. El ardor lo distrajo un momento, hasta que escuchó a Saga escupir y sintió el frío de la saliva caer entre sus nalgas, escurriéndose hasta el ano, donde Saga presionó un dedo. Mu estaba acostumbrado al calor del lazo, las llagas en la piel y el beso del sol, pero ese ardor fue diferente. Cuando se quiso zafar, Saga lo agarró de la carrillera para mantenerlo en su lugar y metió otro dedo, seguido de un nuevo escupitajo.
— Arde — susurró, jadeando contra el gabán de lana.
— ¿No eres macho?
Mu soltó una risa con ganas de voltearse y meterle un buen golpe a Saga. Pero no lo hizo, aunque hubiera podido agarrar su pistola y meterle un balazo. No lo hizo. Dejó que Saga siguiera estirando su cuerpo, que le dijera lo bien que se miraba así, con su piel apiñonada bajo la luz de luna. Y cuando comenzaba a acostumbrase a la intrusión, Saga lo volvió a jalar de la carrillera, como si fuera rienda, para ponerlo sobre sus rodillas. Mu supo dejar el pecho en la cama de lana, porque así le gustaba a él.
— ¿No que novato?
— Nada más con hombres, pues.
El peso de Saga se echó sobre él, acorralándolo. Sintió al otro presionar contra él, metiendo de poco en poco su verga. Mu jadeó. No le dio tiempo para pensar en el dolor, no con Saga enfundándose de una sola vez. Le soltó un puñado de maldiciones, pero el otro charro terminó dándole besos en la nuca, recogiendo las gotas de sudor que le bajaban del pelo
Saga enredó sus dedos sobre los de Mu, porque bien podía sentir la tensión en su cuerpo.
— Justo así te imaginaba — jadeó Saga —. Te paseas siempre bravo y altanero pero mírate ahora, manso y tierno.
Se estremeció con la voz del hombre, ronca por la edad y el tequila. Las nuevas sensaciones lo empaparon todo, de pies a cabeza, ahí amansado bajo la noche estrellada. Gimió bajito, como si alguien pudiera oírlos. Cerró los ojos para hacerle caso a lo que iba sintiendo, cómo Saga lo recorría en lugares que le parecían sacrílegos.
Las hojas del ahuehuete les dieron cobijo, ocultando su falta a ojos de cualquiera. Saga se echó sobre Mu como animal, bien enfundado dentro. Iba rápido, aunque de vez en cuando tenía compasión. Y luego de un ratito, ya los dos cubiertos de sudor y besos, Mu se levantó sobre sus manos y le hizo contra al otro.
— Quiero… quiero verte.
Saga quedó sobre su espalda en un parpadeo. Mu se montó sobre él, jadeando y sudoroso. De nuevo, Mu nada más intuía lo que debía hacer estando en esa posición. Buscó el pene del otro charro y fue sentándose sobre él poco a poco, para que no doliera. Aunque a ese punto ya estaba acostumbrado, ni cuando cayó sentado dio queja.
No fue distinto a cabalgar. Se agarró bien de la camisa de Saga, usándola como fuste para apoyarse bien. Y como garañón despotricado, Saga no se quedó quieto; agarró a Mu de la cintura y se empujó hacia arriba, metiéndose en él a su propio ritmo. Fue una pelea corta que terminó ganando Saga.
Entonces, ya bien entrado en el calor, la euforia y erotismo, Mu dejó salir sus gemidos al aire. El mismo viento iba recogiendo los suspiros para entregárselos luego como recuerdos. Y se corrió, manchando el chaleco de gamuza.
El otro le siguió al rato. Y para eso sí que Mu no había estado listo. La sensación mojada le llegó de inmediato, más cuando el hombre se salió de él y pudo sentir el chorrito de semen escurrirse fuera de su cuerpo, espeso y pegajoso.
— Pero no ponga esa cara, hombre — Saga me acarició la mejilla, acunando su cara en la mano — ¿No le gustó o qué?
— No es eso — se bajó, echándose a un lado —. Al contrario, si dejo de servir como hombre va a ser su culpa.
Se echaron a reír a la sombra del árbol. Fueron vistiéndose, pero se quedaron ahí un rato. Luego de las olas revolucionarias el campo era muy tranquilo, podían quedarse ahí dormidos junto a los grillos y cenzontles.
— ¿Entonces te gusté en esa fiesta?
— ¿Y yo a ti no?
— Bueno, me pareciste guapo, como cualquier charro bien parecido.
— Hombre, pues eso es gustar.
— Sí, pero nomás te quise cuando te escuché hablar. Tienes de esas voces que aunque esté lejos te susurra, así junto al oído.
— Pues a mí me gustó tu cara, tu cuerpo y tus ojos. Pero me va gustando más tu coraje. Montas bien a tus potros.
— ¿No que eras garañón?
Se codearon y compartieron los últimos traguitos de tequila de sus licoreras. Luego, ya como a las tres de la mañana, decidieron ir trotando a sus casas. Mu se hubiera quedado ahí toda una vida, pero tenía en casa alguien a quién responder y Saga también. Se separaron en el camino real, cada quién para su rancho.
Luego de eso siguieron viéndose como siempre, pero tomando para el monte cuando se sentían hambrientos, que era casi cada tres días. Hubo un día en el que Saga insistió en irse atrás de los magueyes porque ya tenía mucha urgencia y nomás no podía aguantarse.
Mu lo engulló con mucho gusto, pero eso no le satisfizo. Saga le dio la media vuelta y le bajó un poco el pantalón desde atrás. Ahí se enredaron un rato, con los dos tragándose sus gemidos para que nadie los viera. Y cuando acabaron se fue cada quién por su lado.
En una de esas escapadas, ya de regreso a sus casas, decidieron irse juntos porque habían estado robando por esos caminos. Saga fue cantando, los dos ebrios de placer. Y en eso la muerte llamó a su puerta.
De la arboleda salió un grupo de bandoleros. Eran cuatro, Mu mató a tres y el que restaba le dio a Saga. Mu no alcanzó a dispararle a ese otro pistolero nada más porque se distrajo agarrando a Saga antes de que se cayera de su caballo.
— ¡Saga!
— Estoy bien, estoy bien — no, la bala había dado muy cerca de su corazón —. Pero llévame a la iglesia. No me quiero morir aquí.
"No te vas a morir" quiso decir, pero sabía que eso no era cierto. Hasta los caballos pudieron sentirlo, sobretodo la Chicatana, su yegua. Corrieron para llegar antes del atardecer, ya con la silla manchada de sangre y el alma pendiendo de un hilo.
Cargó a Saga para bajarlo de la yegua. Y llamó a la puerta de la iglesia para que viniera el padre a confesarlo.
— Yo ya estoy confesado — tosió Saga, abrazándose a Mu, que ya se había arrodillado frente al sagrario —. Mi único compromiso era contigo y Dios. Ya te tuve, ya te amé.
— Pero no te me puedes ir — recogió al hombre entre sus brazos, frente contra frente —. No me puedes dejar sin ti.
Saga se rió, acariciando el rostro de Mu con su mano ensangrentada. Por allá lejos se oían los pasos del sacerdote.
— Yo seguiré aquí contigo, no me voy a ir con Dios hasta que vengas tú.
Un beso. Un beso suave y moribundo. Y Saga se enfrió en su abrazo. El brillo se le fue de los ojos, el calor de la boca, la ternura de las manos. Murió. Murió con una sonrisa y mirando profundo hacia el alma de Mu a través de sus ojos.
Cuando el sacerdote llegó al sagrario, Mu ya lloraba sobre el pecho del pedazo de cielo que acababa de morir.
Amarró a los caballos al ahuehuete. Bajó el sombrero de la Chicatana, junto a un gabán ya un poco deshilachado y la guitarra vieja. Echó todo junto al árbol. Y luego su propio gabán y botellita de tequila.
Fue arrimándose al tronco. Y poquito a poco afinó las cuerdas de la guitarra, lloró un tanto. Tronó las notas. Y se envolvió bien en su ruana, porque sin sudor se le enfriaba el cuerpo.
La Chicatana, ya vieja y triste, se echó también ahí junto a él. Y detrás de ella su potrillo, el pinto. Cantó despacito, como si fuera una oración.
Si tú mueres primero, yo te prometo
Escribiré la historia de nuestro amor
Con toda el alma llena de sentimiento
La escribiré con sangre
Con tinta sangre del corazón
Corrió un viento extraño, que lo envolvió todito junto a las hojas del viejo árbol. Sacudió su pelo y la crin de la yegua. Raspó las notas de la guitarra y casi que levanta el sombrero. Se escuchó como un susurro el resto de la canción, así como esas voces que aunque estén lejos hablan al oído.
Si yo muero primero, es tu promesa
Sobre de mi cadáver dejar caer
Todo el llanto que brote de tu tristeza
Y que todos se enteren de tu querer.
Ese viento acarició los labios de Mu y se arremolinó ahí sobre el gabán.
— No sabes la falta que me haces — pegó un trago a la licorera —. Y no me llevas junto a ti, cobarde.
— Ya tienes canas.
— Tu hijo me llama padrino, se parece mucho a ti.
— En otro mundo es también tuyo.
— La Chicatana a veces te va a buscar a mis tierras, luego dicen que la encuentran acá, llorándote.
— No nos falta mucho, te lo prometo.
— Ya ves que traigo a su hijito. Solo recuerdos me dejaste. Ella y yo somos los únicos que te extrañamos, mal hombre.
Un calor le tocó la mano, pero de pensar mucho en eso habría llorado más. Ya se iba ocultando el sol, no podía quedarse más tiempo. Estaba algo viejo y cuarteado por el dolor. Se levantó, guardó las cosas y nomás dejó un par de balas enterradas en las raíces del ahuehuete.
— Cuando me toque, voy a ir contigo. Mientras acá te dejo estas cuatro balas, para que te defiendas bien — derramó el tequila que le quedaba, hasta la última gota —. Perdona que no te traje pulque, es que ayer me peleé con el jimador.
» Me hubieras visto. Apenas saqué la pistola se fue corriendo. Ya verás que un día de estos lo pongo en su lugar.
Luego de un silencio soltó un suspiro triste y pesado.
— Te amo, garañón.
Al darse la media vuelta las ramitas del ahuehuete se atoraron en su ruana. Y fue como si el árbol u otra cosa le pidiera más tiempo, pero no podía, su corazón no aguantaba esa tristeza inaudita.
Y por el camino del ponte se pintó otra vez un charro cabizbajo, montado en su caballo pinto y una yegua sin jinete. Allá por el ahuehuete, sin que el charro lo pudiera ver, se pintó otro entre las ramas agitando la mano, despidiéndose de su amor.
