Chapter Text
Nadie te dice que, cuando te conviertes en el Rey de los Fantasmas, el silencio es lo que más pesa.
No es un silencio normal, no es la ausencia de ruido que encuentras en una biblioteca o en una habitación vacía. Es un silencio frío, es el sonido de la tierra apretándose sobre ti, el susurro de mil almas que han olvidado cómo gritar pero que nunca dejan de observar.
Mike Wheeler estaba sentado en la rama más alta del pino de Thalia, con las piernas colgando sobre la colina que separaba el Campamento Mestizo del mundo mortal. Abajo, el dragón Peleus roncaba, soltando pequeñas volutas de vapor ácido que olían a eucalipto.
Mike jugueteaba con un dracma entre sus dedos largos y pálidos, la hacía girar sobre sus nudillos; cara, cruz, el Olimpo, los dioses.
—Vete —murmuró Mike sin levantar la vista.
A su izquierda, el aire brilló y se condensó en la figura traslúcida de un soldado de la Guerra Civil, el espectro lo miraba con cuencas vacías y la boca abierta en un lamento mudo.
—He dicho que te vayas —repitió Mike.
Esta vez no fue una petición, fue una orden. Imbuyó su voz con esa autoridad oscura que le helaba la sangre incluso a él mismo, una herencia directa de su padre. El suelo bajo el árbol tembló ligeramente, las sombras de las ramas se alargaron, volviéndose nítidas como cuchillas de Hierro Estigio, y apuntaron al espíritu.
El soldado se desintegró en niebla gris, absorbido de vuelta al Inframundo.
Mike suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el tronco. Estaba cansado. No era un cansancio físico, de esos que se curan durmiendo diez horas, era un cansancio del alma, como si su esencia se hubiera estirado demasiado, volviéndose fina y quebradiza.
Desde su posición elevada, podía ver el caos organizado del campamento bajo sus pies.
Podía ver chispas y humo saliendo de la fragua de la Cabaña 9, donde Dustin probablemente estaba peleando con alguna máquina. Podía ver el bosque al borde del campamento agitarse antinaturalmente, las ramas moviéndose solas; señal inequívoca de que Jane estaba patrullando o teniendo una pesadilla que hacía reaccionar a los árboles.
Y un poco más lejos, separadas del resto, vio las tiendas de campaña blancas y doradas, perfectamente alineadas en escuadra militar: la delegación romana. Mike sintió una punzada de culpa. Nancy estaba allí, su hermana, la Pretora de la Duodécima Legión, había venido desde California para una misión diplomática, y él se estaba escondiendo en un árbol en lugar de saludarla.
«Compórtate Mike, endereza la espalda, deja de parecer un cadáver», le diría ella con esa voz estricta de hija de Plutón. «Y por el amor de los dioses, córtate el pelo».
Mike resopló. Nancy no entendería, ella tenía el oro, la disciplina, la legión. Ella era la muerte ordenada y regia, mientras que él era el desorden, las sombras rebeldes y el miedo.
Había salvado a sus amigos. Había cruzado el Tártaro y había vuelto, se había ganado su título. Pero los títulos no te dan calor por la noche, los títulos no hacen que Lucas deje de mirarlo con cálculo en los ojos, preguntándose si Mike perderá el control.
Se metió la moneda en el bolsillo de su chaqueta de aviador.
—Solo una misión más —se dijo a sí mismo, aunque sabía que era mentira. Siempre había una misión más, siempre había un monstruo que matar.
Se puso de pie sobre la rama, manteniendo el equilibrio con una facilidad sobrenatural. Abajo, en la oscuridad, las sombras se arremolinaron, esperándolo. Eran sus únicos súbditos leales, su transporte, su maldición.
Mike dio un paso al vacío.
No cayó. La oscuridad saltó hacia arriba y se lo tragó entero, borrándolo del mundo visible antes de que sus botas tocaran la hierba.
No sabía que, muy pronto, ni siquiera toda la oscuridad del mundo sería suficiente para esconderse de cierto médico castaño que brillaba más que el sol.
