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Te regalo esto (porque pensé en ti)

Summary:

El primer correo después de ocho meses de silencio fue solo un pretexto. Lo que le sigue es una serie de mensajes sin descifrar que confiesa todo lo que no se atreven a decir.

Y allí empieza.

Gon y Killua viven sus vidas, vidas donde el otro no está, mientras que sobreviven al vacío que esa ausencia perpetua en ellos. A través de halcones mensajeros y regalos llenos de significado, intentan reconstruir lo que creen que han perdido: su amistad. En el camino, descubren cosas de sí mismos y del estrecho vínculo que comparten, tal vez no puedan seguir siendo mejores amigos…

Tal vez tengan que ser algo más.

O…

Gon no sabe cómo decir lo que quiere decir, entonces se comunica con Killua a través de regalos y correos a medias. Sorpresivamente, su idea funciona.

Gon doesn't know how to say what he wants to say, so he communicates with Killua through gifts and half-written emails. Surprisingly, his idea works.

Notes:

¡Hola! ¿Cómo están? He vuelto una vez más con un nuevo fanfic. Espero que lo disfruten mucho, editar ha sido un martirio nuevamente, pero me gustó el resultado. Poco a poco voy mejorando la calidad de mis escritos y eso me pone feliz :D siempre trataré de mejorar para ustedes, así que sin más, que tengan buena lectura.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Después de la separación, hay varios meses muertos en los que ninguno de los dos manda un correo electrónico, hace una llamada o envía una postal. Tal vez —eso fue lo que pasó— gastaron horas redactando correos que terminaron como borradores olvidados en sus buzones, malgastaron madrugadas, tinta y papel escribiendo cartas que al final acabaron en el fondo de la papelera, pensaron una y otra vez si era buena idea presionar ese bendito botón: “llamar”. A pesar de las intenciones, a pesar de compartir una sincronía tan perfecta que resultaba aterradora, el resultado no cambió. Un silencio mortífero los envenenó.

No había forma de que ninguno lo supiera, pero ambos estaban en el mismo círculo vicioso: pensar, escribir, borrar; pensar, redactar, desechar; pensar, reflexionar, suspirar. Viviendo nuevas vidas, donde ambos sentían con cada nervio de su cuerpo la ausencia del otro. El silencio representaba algo que no eran capaces de enfrentar, algo que dolía. Se extendió durante días, semanas y meses.

Durante ese tiempo, Killua viajó con sus hermanas, sumido en sus pensamientos y en una fosa de depresión. Tenía un nuevo propósito, sus hermanas requerían protección, ellas merecían recuperar todo ese tiempo perdido y malgastado en aquella jaula rosa. Se concentró en eso. Pero, a pesar de mantener su voluntad firme —de centrarse en hacer felices a sus hermanas— la sensación de éxtasis, de plenitud y de prosperidad no se contagió a él. Ahora más que nunca, se veía distante. Inalcanzable.

Durante ese tiempo, Gon volvió a contactar a Kite —esta versión nueva y afeminada de él— y emprendió un viaje, uno nuevo, mucho más simple y relajado en comparación con sus anteriores aventuras: investigaciones, papeleo, viajes a selvas y desiertos, observaciones de especies nuevas y charlas interminables sobre biodiversidad. No estaba mal. Mucho mejor que su miserable tiempo en la Isla Ballena —y no lo malentiendan, ama a su isla. Pero volver al mismo punto de partida sin nada en las manos y sin nada que hacer era lo suficientemente malo como para dejarlo al borde de la locura. Otra vez—. Ahora tenía un nuevo panorama que ver, algo con lo que entretenerse. Su situación ya no era patética; había ahora algo rescatable. Y, sin embargo, se encontraba muy lejos de sentirse feliz: perdido en el aburrimiento, sin un propósito real (propio), sin nen y con una rabia incontenible hacia sí mismo, luchando a puño limpio con el sentimiento de añoranza que lo carcomía.

A Gon nunca le había gustado el silencio. Eso era algo que le quedaba mejor a Killua; siempre sigiloso, recatado y pensativo. Pero ahora no tenía a Killua, y el silencio que había era todo suyo.

No es que no quisieran volver a hablarse. No es que Gon no quisiera poder plasmar una disculpa lo suficientemente buena en palabras. No es que Killua no quisiera tener la valentía necesaria para llamar a su amigo y hablar con él con naturalidad. Es que ninguno sabía cómo hacerlo.

Exactamente como el par de niños que seguían siendo.

 


 

El primer correo electrónico que Gon le envía a Killua se fundamenta en una excusa simple y vaga, vacía. Habían pasado ocho meses desde su separación, faltaba poco para que ya fuera un año.

Un año sin Killua. Eso sonaba aterrador, no era para nada apropiado y se sentía absolutamente forzado. Gon lo extrañaba tanto que dolía. Había resistido el impulso por un tiempo agonizante; ya no podía aguantarlo. Si seguía intentando ir contracorriente, manteniendo aquel silencio mortífero, iba a perecer.

Necesitaba a Killua en su vida. Quería volver a oírlo, o tal vez leerlo. Cualquier cosa. Quería volver a saber de él. Quería… quería a su mejor amigo, lo quería más de lo que alguna vez lo había querido antes. Así que no le importó usar el pretexto más insípido para redactar un correo electrónico mediocre.

Se encontraba en un pequeño pueblo al este de la República de Padokia. El clima frío y el acento marcado con el que los residentes hablaban le traía recuerdos vívidos de su mejor amigo. Gon, Kite y su equipo se mantuvieron dos semanas alojados en un hotel, investigando una especie nueva de ave, perteneciente a la familia de los falcónidos. A pesar de la forma en que sus dedos temblaban contra las letras del teclado, Gon no pudo seguir soportando el silencio.

“Hola, Killua^^

 

Mucho tiempo sin hablar, ya lo sé, y lo lamento! No fue mi intención. En realidad, me sentía un poco tímido de escribirte, supongo que es algo gracioso viniendo de mí, jaja.

En este viaje con Kite he estado encontrando muchas cosas geniales que me gustaría enviarte. Pero no sé cuál es tu dirección; sé que posiblemente no te quedes en un lugar por mucho tiempo ni que puedas darme un punto de referencia siquiera, pero me gustaría encontrar una solución.

Si piensas en algo, escríbeme. ¡Gracias! Mándale saludos a Alluka y a Nanika de mi parte”.

 

La respuesta a su correo llega luego de una semana que se sintió eterna. Gon recibe una notificación a su humilde teléfono escarabajo en medio de la madrugada.

Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer de quién se trataba.

Killua es conciso. No malgasta muchas líneas en saludos innecesarios o preámbulos largos, apenas le dedica un par de párrafos. Pero a pesar de ser apenas unas oraciones, alegra a Gon más que nada. Al leerlo, sonríe y una inmensa emoción se expande por su pecho.

 

Hola, Gon. Me alegra haber recibido un correo tuyo, y sí, me sorprende verte admitiendo algo como eso.

No puedo darte mi dirección a través del teléfono, pero tengo una buena idea. ¿Alguna vez has pensando en conseguir un halcón mensajero?”.

 

Estando en el lugar correcto, Gon no tardó en conseguir una nueva mascota, al parecer eran bastante populares en Padokia. Consiguió el suyo propio y le puso de nombre Canela. Pesaba casi 600 gramos, medía aproximadamente 50 centímetros de longitud y estaba cubierto de un espeso plumaje marrón que se intercalaba con tonos más claros y patrones únicos. Canela era un halcón berigora hembra que había sido entrenado para servir como halcón mensajero.

Desde el primer momento, Gon se encariñó por completo. El ave era cariñosa y cálida, con ojos grandes de color miel y un pico pequeño y oscuro. En su siguiente correo, le agradeció a Killua en mayúsculas. "¿Cómo es que había sido bendecido con un amigo tan inteligente?", pensaba. Era una fuente inacabable de buenas ideas. Le mandó en ese mismo correo cientos de fotos de su nueva ave, bonita y elegante a la vista. Gon había conseguido resolver varios problemas en tan sólo unos días.

Había vuelto a hablar con Killua. Ya sabía cómo enviarle regalos. ¡Y ahora tenía una nueva mascota! Fantástico. A partir de ahí, hablar con su mejor amigo volvía a sentirse natural, o quizás esa palabra era una exageración. Aún existía esa tensión en sus hombros, una tensión de la cual Gon era consciente. No era el único que la poseía. Pero, de todas formas, ya no se sentía tan difícil como antes. Le escribió a Killua sobre cómo terminó viajando con Kite, sobre las lamentables actualizaciones con respecto a su nen. Y Killua le respondió hablando de Alluka y Nanika, de lo mucho que habían estado disfrutando viajar y conocer, de los hermosos lugares que habían descubierto hasta ahora.

No se asimilaba a cómo eran antes. Pero por ahora, bastaba.

Después de las pláticas que divagaban en sus nuevas vidas y rutinas, Killua le confesó que, en realidad, él poseía un halcón mensajero propio —una interesante sorpresa—, llamado Centella. Gon tuvo que seguir un par de instrucciones para que ambos halcones pudieran familiarizarse el uno con el otro y pudieran memorizar el olor del dueño contrario, un proceso un poco tedioso, aunque a Gon le maravilló poder conocer a la mascota de Killua —aunque tal evento requirió otros días de espera.

La conclusión de dicho encuentro entre ambas aves fue el agradable comienzo de una serie de… eventos que, sin saberlo, revolucionarían aquella excusa que Gon usó para volver a hablarle a Killua, y convertirían dicho pretexto en la solución de muchas cosas.

 


 

El primer regalo que Gon le envía a Killua es una pluma.

Suena ridículo, posiblemente lo es. Tal vez no fuera algo que requiriera de un ave mensajera volando a través de los cielos miles y miles de millas. Pero Gon no pudo resistirse de todas formas.

Un día antes de abandonar la República de Padokia, al ya haber conseguido toda la información necesaria que el ministerio había pedido sobre la nueva especie, " Nix Falco" , liberaron al espécimen al cual habían estado estudiando. Era un ave glamurosa y extravagante: plumaje blanco, ojos claros, pico pequeño y oscurecido. Era grande en comparación con el tamaño promedio de sus especies primas, pero había algo más que lo había cautivado.

Sí, en definitiva, su plumaje. Le recordaba al cabello de alguien, alguien muy importante.

Cuando la jaula donde lo retuvieron fue abierta y vaciada, quedó el rastro de unas plumas. Y Gon no pudo resistir sostenerla entre sus dedos, sólo una, para admirarla desde más de cerca: la contextura era delgada, como si hubiera sido confeccionada con la mayor delicadeza del universo; más blanca incluso de cerca y similar a un copo de nieve, alargada y suave, un poco cálida

No fue su intención perderse en todas esas memorias que lo atormentaban: los rizos salvajes de Killua, la forma desigual de su flequillo largo, la forma en que sus puntas estaban cortadas de forma pareja en contraste con las capas del resto de su cabellera. Cabello blanco, de hebras delgadas, que se alza en picos y se enrolla en rizos cortos. Uno de los rasgos más distintivos de Killua.

Nunca se habría imaginado que un hecho tan redundante como: “El cabello de Killua es blanco”, lo llevaría a una espiral interminable de nostalgia.

Envolvió la larga pluma en un trozo de papel. No era solo papel, era una carta que había redactado con la fuerza de su puño, con la suciedad del grafito y con la expresividad reducida de su léxico infantil.

Mandarle un mensaje a Killua no tendría mucho sentido, él leería todo lo que Gon tenía para decir antes. ¡Y se suponía que debía enterarse al momento de ver la pluma! Así que, para justificar simultáneamente un poco más el viaje de Canela, decidió enviar la carta junto al pequeño regalo:

Hola, Killua.

Esta pluma le pertenece al ejemplar de una especie única de ave que estuvimos estudiando aquí en Padokia. Kite, su equipo y yo. Es linda, ¿no crees? Me recuerda a tu cabello.

Pronto te enviaré más regalos, de más cosas que me recuerdan a ti. O cosas que sé que te gustarán. Ojalá no pienses que es tonto, jaja.

 

Supo que Killua no lo entendería. Que lo vería como algo tonto, tan simple como el mismo Gon era. Y había hecho las paces con eso. Pero una parte de su corazón, el núcleo de este, se sacudía de desespero al pensar en ello: " Quiero que lo vea como yo lo veo, quiero que lo vea como yo lo veo". No era solo una pluma, era una herramienta mágica capaz de hacerlo retroceder en el tiempo. A esos días donde era acompañado por un bello chico de cabello pálido, tan glamuroso y extravagante como esa ave: pelo blanco, ojos claros, nariz pequeña y mejillas enrojecidas.

 


 

Gon no esperó una respuesta a su regalo. Se imaginó un correo electrónico de respuesta. Un “Esta pluma es un poco linda, gracias”, acompañado de emojis de gatos sonrientes. O una respuesta de índole similar. Evasiva, planificada y concisa. Justo como el resto de los correos que Killua le había enviado antes. Pero cuando miró a Canela volar de regreso a él, se quedó boquiabierto al notar que su ave traía algo con ella, contrario a lo que había pensado en un principio.

Casi una semana después, luego de abandonar la República de Padokia, viajaron al país fronterizo y se quedaron en un hotel un par de días, descansando para prepararse para otra aventura. Esta vez tenían que lidiar con una especie invasora que estaba atacando a la fauna silvestre del sitio.

Canela se detuvo en el alféizar de la ventana —perteneciente al cuarto del hotel—, la cual se había mantenido abierta en su espera, y aterrizó con gracia. Gon, al instante, se acercó a su compañera para revisar el contenido de la pequeña bolsita atada a su pata derecha.

Gon sintió que su corazón se aceleraba y que sus manos sudaban cuando se fijó en la hermosa respuesta de Killua a su pequeño regalo. El objeto en cuestión era un collar; un collar hecho con un diente de tiburón, algo que Gon pudo reconocer a simple vista. En Isla Ballena, muchas veces oyó a los pescadores jactarse de haber pescado algún tiburón y de haber usado sus colmillos para realizar obras como esas. Era un cordón negro de cuero con nudos corredizos ajustables, decorado con algunas piezas diminutas de madera redondeada y pintada en tonos cobrizos y azules. Como atractivo principal, el diente de tiburón se mostraba filoso y de gran tamaño, en buen estado, amenazante.

Era bastante lindo. Gon no pudo resistir y se lo puso de inmediato, tal vez la sonrisa de oreja a oreja que esbozaba no era por poder presumir un collar nuevo, sino por poder presumir un regalo de su mejor amigo. Eso lo hacía sentir extasiado y enérgico. ¡Killua le había regalado algo! De repente, el solo hecho de haberle dado una pluma tonta no se sintió correcto…

Alimentó a Canela, le sirvió agua y salió corriendo a escribirle un correo electrónico a Killua de agradecimiento.

 

“¡Killuaaaaa!! Muchísimas gracias por tu regalo (⁠ᗒ⁠ᗩ⁠ᗕ⁠)!!

Es muy genial. ¿Has estado yendo a playas últimamente? He oído que estos collares son caros. Necesito compensarlo :’)))

Cuando menos te lo esperes, te daré un muy buen regalo, mucho mejor que esa pluma. Y que incluso mejor que este collar, jaja (aunque con eso no digo que este no sea genial)”

 

La respuesta llegó esa misma noche.

 

““No hay de qué. No te preocupes por eso.

Sí, Alluka quería conseguir uno de esos trajes de baño lindos y tomarse fotos al atardecer. Esa clase de cosas que le gustan a las niñas. Yo soy feliz complaciéndola. Vi ese collar y pensé en ti. Los tiburones son un poco tontos, aunque también son geniales.

Pensé que te gustaría, me alegra haber tenido razón. Espero que lo disfrutes. A mí también me gustó mi pluma, aunque, si quieres regalarme un chocorrobot bañado en oro o algo así, no me quejo, jaja.”

 

Sí, en definitiva, Gon pensaba conseguirle un buen regalo. Uno mucho mejor que una pluma, un collar o incluso un chocorrobot bañado en oro o cualquier otro mineral precioso.

 


 

Gon no tardó demasiado en llegar a la conclusión de que no existían muchas cosas que fueran mejor que un chocorrobot bañado en oro.

Se había mudado de nuevo junto con Kite y su equipo, atravesaron el mar Caribe y llegaron una vez más a tierra firme. Ahora simplemente hicieron una pausa —de aproximadamente mes y medio— en un pequeño pueblo agrícola. Su economía se sostenía de la minería y de las cosechas que sembraban sus habitantes, en especial de los campos interminables de arroz.

Tal vez todo era culpa del sitio en el que se encontraban. La señal era malísima, sus correos electrónicos nunca se enviaban, y no se sentía preparado para llamarlo. ¿Oír su voz? No, aún no estaba listo. Posiblemente su corazón estallaría dentro de su pecho debido a la emoción, los nervios, el pánico, etcétera, etcétera.

Sus opciones eran limitadas. Podría regalarle alguno de los dulces artesanales que las señoras vendían en la pequeña plaza al centro del pueblo, ¡pero eso no se acercaba ni un poco a ser suficiente! Gon quería darle a Killua algo bonito, especial y significativo. No solo un dulce.

Siempre que pensaba, que se perdía en sus pensamientos y en las posibilidades, tocaba el diente que colgaba de su collar. Acariciaba con su dedo la forma curva que bajaba hasta la punta afilada y pensaba en Killua. Killua, Killua, Killua. No podía regalarle cualquier cosa, tenía que ser algo… algo que le recordara a su mejor amigo, algo que supiera que le iba a gustar.

Su desesperación fue suficiente como para hacerlo recurrir a Kite. Sí, a Kite.

—¿Un regalo para Killua? ¿Algo bonito y significativo? —El hombre (¿mujer?) tomó su propia barbilla con la mano y se rio—. ¿Se acerca su cumpleaños?

—Eh… no —Gon le contestó con una sonrisa tímida—. Verás, él recientemente me dio este collar, así que yo quería darle un regalo igual de bueno… pero no sé qué.

—¿Algo igual de bueno? Oh, pues, ¿qué es lo que le gusta?

—El chocolate, las patinetas, yoyos, la ropa, los accesorios, los videojuegos —Gon dijo lo básico. Eso superficial que formaliza la personalidad que hace a Killua, Killua. Pero en el fondo, pensó en esos otros detalles que lo profundizan hasta darle sentido a su alma.

 

A Killua le gusta el olor a salitre de la playa, le gusta admirar las estrellas, tirarse boca arriba sobre la grama que le pica en la espalda, le gusta comer con las manos y reírse mientras tiene comida entre los dientes, le gusta hacer apuestas por casi cualquier cosa, solo para tener un pretexto por el cual competir y reírse, le gusta sentarse junto a mí en los almuerzos, le gusta dormir conmigo, le gusta correr cuesta abajo y lanzarse de acantilados directo hacia aguas profundas. A Killua le gusta la libertad, sentirse a salvo de cadenas y demandas ajenas”.

 

Kite lo miró con esa mirada apacible, como si en realidad pudiera ver más allá y oír cosas que Gon nunca había dicho, como si pudiera entender todos sus pensamientos. Él (¿ella?) volvió a sonreír.

—Deberías buscar algo que sea acorde a su esencia, que parezca estar hecho para ser suyo —Kite propuso con cierta obviedad, luego inclinó su cabeza—. O puedes irte por algo más básico, claro. Podrías mirar en el mercado de aquí. De seguro encontrarás alguna pieza de ropa interesante, o tal vez un yoyo artesanal. Quién sabe.

No lo indujo a una gran revelación. Era prácticamente la conclusión a la que había llegado antes, pero era bueno oír a alguien dándole la razón. Más si esa persona era Kite.

A la mañana siguiente se dirigió al mercado del pueblo, decidido a gastar sus ahorros —aproximadamente unos 500 jennys— en un buen regalo. Tal vez no era buena idea estar decidido a invertir tanto dinero, pero él quería. Además, Kite siempre le daba una “mesada”. Prácticamente no estaba contratado por él, era un pupilo. Sin embargo, Kite ponía en práctica el dilema de “tienes que conocer el dinero para que quieras perseguirlo”. Aunque Gon nunca había estado interesado en perseguir tal cosa.

Existían cosas mucho mejores.

Y por eso se mantuvo concentrado en la búsqueda del regalo. Ignoró a propósito las etiquetas de los precios y esas descripciones pretenciosas que los vendedores le indicaban sobre sus productos: “¡El más caro del mercado!”, “¡Su precio al otro lado del continente supera los seis dígitos!”. Todo eso era aburrido de escuchar. Y Gon no pudo ver nada de Killua reflejado en esos artilugios. Incluso cuando Killua era, para él, más valioso que cualquier cantidad insólita de millones.

No estaba seguro de qué buscar. Confiaba en que su corazón se lo diría. No quería fijarse en lo básico, en videojuegos y yoyos, quería algo que reflejara esos otros detalles que tanto amaba. La personalidad electrizante de Killua y el aura hogareña que se escondía detrás de esa mirada fría.

Al final, terminó en un puesto al final del mercado. Ubicado junto a un gran campo de arroz, compuesto por dos mesas juntas y un mantel floreado. Unos inciensos de olor a canela encendidos, una taza de té abandonada en el borde de la mesa y un cenicero recipiente de cenizas ardientes posicionado al otro extremo. Una mujer simpática lo atendía, vestida con un vestido holgado, con gafas de sol y un sombrero de paja. Ella saludó a Gon con cordialidad, como si fuera un viejo amigo —tal vez el hijo de un conocido— y le presentó la variedad de cosas que vendía.

En general se trataba de accesorios: pulseras, collares, anillos. También había velas aromáticas, inciensos, cristales protectores y paquetes de cartas del tarot. Gon no le prestó mucha atención a eso último, no entendía nada del mundo espiritual y no estaba interesado en sobreexplotar a su nariz con todas esas esencias fuertísimas.

—¿Buscando algo en particular? —Cuando la mujer le sonrió, sus mejillas se marcaron y sus ojos verdes brillaron. Gon se rascó la nuca.

¿Algo en particular? Pues sí. Un buen regalo. Necesitaba algo especial, algo que no se encontrara en cualquier sitio. Algo que no pudiera simpatizar con todos, algo que no pudiera llegar a ser profundo y especial a los ojos de cualquiera. Un secreto, un vínculo, afecto forjado, materializado. Necesitaba algo; un buen regalo.

Obviamente no iba a decir nada de eso. Así que se limitó a sonreír, imitando la sonrisa amable de la mujer.

—Me gustan estas pulseras de aquí, ¡son lindas! ¿Cuál es este material? —Gon señaló un conjunto de pulseras en particular. Todas se veían a la distancia de color negro, pero de cerca la realidad era otra.

De lejos no tenían nada de especial, no le llamó la atención por algo en particular. Bueno, sí. En realidad sí. Sentía cierta energía en ellas, alguna vibra extraña que sacudía sus huesos. Sus habilidades nen aún no habían vuelto, Kite dijo que sus nodos se encontraban sellados como si nunca hubieran sido abiertos. Y hasta ahora no había logrado traspasar ese proceso. Sin embargo, aún tenía buenos sentidos, mejores que los de la mayoría de humanos. No era tan difícil percibir ciertas cosas, incluyendo esa sensación tan particular, aún no podía olvidarla.

Tomó en sus manos una. Conformada por pequeñas esferas oscuras, estas eran duras y se resbalaban entre las líneas de su palma con facilidad. Si pudiera activar su gyo, de seguro podría notar al menos un poco de aura emanar de ella. Se sentía igual que aquellas imitaciones que hacía Zepile en Yorknew, talladas con amor y dedicación, tanta que dejaron poder incrustado en el material.

En un movimiento en particular, la luz del sol chocó con la pulsera y de repente un resplandor morado surgió de ella, casi como magia. Gon le dio vueltas en la palma de su mano, aún más intrigado, encantado por el pequeño efecto de luz.

—Son artesanales. Las producen al este del país, se le llama “piedra cambiatono” o “Menavecqui” —intervino la mujer—. Es un mineral raro, aunque curiosamente bastante popular por aquí. Dependiendo de la profundidad de dónde encuentres la piedra, el color del cual saldrá reflejado la luz variará —ella siguió explicando, alzando su dedo índice al aire—. Hay en rojo, verde, amarillo y violeta. Este último dicen que es el más raro, junto con el rojo.

Al final del resplandor violeta había el rastro de un arcoíris, brillante y sutil. El sol de la mañana se posó sobre el material directamente. Los orbes ámbar fueron consumidos por el tono tan peculiar de morado. Profundo. Intenso. Tan… único. Le recordó un poco a la amatista, pero mucho más potente y con algunas tonalidades de diferencia. También lo hizo pensar en las orquídeas.

Sinceramente, el morado no lo consideraba el color predilecto de Killua. A pesar de ser bonito y apropiado, no se acercaba a lo que el azul invoca; literalmente, todo lo que Killua era. Calmado. Inteligente. Melancólico. Pensativo. Elegante. El azul del mar reflejado en sus ojos. El tono pálido de su piel recordaba a la porcelana fría y azulada con la que muchas muñecas eran confeccionadas. Killua era azul. Aunque, de todas formas, Gon también era consciente de que el morado era su color favorito.

Y también le quedaba bien. Era correcto a su forma, místico, cauteloso. Combinaba con su forma de ser, lo solía usar en las prendas que vestía, era su respuesta siempre que le preguntaban por su color favorito. Era un color bonito; y Killua era más que bonito. Gon iba a aceptarlo, en definitiva iba a tomarlo.

—Es bastante hermosa.

Fue lo que opinó antes de sacar del bolsillo de sus pantalones cortos todos sus ahorros y extenderlos a la señora. La mujer le sonrió, agradecida.

 

 

Empacó la pulsera dentro de una pequeña bolsa tejida de color azul claro, acompañada por varias clases de dulces artesanales que vendían en la plaza del pueblo. La pulsera no fue tan cara como Gon había previsto. Se podría considerar un éxito rotundo, si de costo se tratara, aunque Gon no estuvo preocupado por eso ni siquiera al inicio. Su preocupación era otra más grande: ¿sería suficiente? ¿Cuando Killua abriera el regalo sonreiría? ¿Sus ojos azules iban a brillar tanto como las cuentas de Menavecqui?

Imaginar esa imagen mental hizo que su corazón se agitara en su pecho. Fue extraño. Pero no catalogó la sensación como desagradable. De todas formas, estaba claro que la imagen de un Killua sonriente y ruborizado era agradable. Muy agradable.

Preparó a Canela, quien fielmente desplegó sus alas y alzó vuelo. Gon miró al ave alejarse, hundirse entre los árboles del horizonte. Parado a las afueras del campamento que el equipo había instalado cerca de la frontera del pueblo.

Tendría que esperar aproximadamente de una a dos semanas para recibir una respuesta. El correo electrónico que tenía en mente, lo que quería decirle a Killua, también se tardaría en enviar. El “enviando” nunca se desvanecía de la pantalla. Su paciencia nunca había sido algo que halagar, era escasa, pero no podía hacer otra cosa.

“Hola, Killua. Conseguí esa pulsera en el mercado de aquí. Es un pueblo bastante lindo, un poco pequeño, pero me gustan las vibras de estos paisajes y la amabilidad de la gente. En ese sentido, me recuerda un poco a Isla Ballena. Aunque no son para nada similares…

Me gustó mucho el collar que me diste, ya lo sabes, así que quería darte algo igual de especial (⁠^⁠^⁠). Tardé un poco en conseguirte este regalo, pero cuando lo vi pensé en ti. Muy muy brillante, bonito y sofisticado, mágico incluso diría yo. La mujer del lugar me dijo que era un mineral un tanto raro, pero común por estos lares. Cada vez que le llega la luz del sol, las cuentas brillan y de ellas se desprenden varias tonalidades. Violeta, en este caso. Pensé que el azul te quedaría mejor, pero sé que el morado es tu color favorito (aunque tampoco había de color azul :’)). Así que espero que te guste tanto como me gustó a mí.

He hablado demasiado, hehe. Vuelvo a las viejas costumbres :DD. Espero que te guste, killuaaa.

Por cierto, la mayoría de esos dulces están hechos con arroz. Hay mucho arroz aquí, jaja. Espero que los disfruten también (mandé porciones suficientes para que Alluka y Nanika probaran también)

Con mucho cariño, Gon⁠◕⁠‿⁠◕

 


 

" Hola, Gon. ¿Qué tal?

Tu correo electrónico me llegó bastante antes que el regalo, así que eso fue un poco extraño, también vergonzoso. Me dejaste con mucha intriga, ¡idiota! Aunque… gracias.

Me gustó mucho. Diría que me encantó, pero no quiero que se te suba a la cabeza. Aunque es cierto en parte, me gusta mucho el color y el material del que está hecho. No había visto algo similar antes. Alluka dijo que quiere una igual de color rosa, pero no estoy seguro de que siquiera exista, aunque tampoco soy lo suficientemente malo como para asesinar sus esperanzas.

De nuevo, gracias.

No quería mandarte este correo y no adjuntar otro regalo. Es mucho más simple, pero creo que es un poco lindo. Lo encontré en una tienda de antigüedades, ha de tener una o dos décadas. Me hizo pensar en ti. De todas formas, espero que también te guste este :⁠-⁠P”

 

Hay una foto al final del mensaje. En ella se aprecia la piel pálida de Killua, su delgado brazo decorado en su muñeca con la pulsera. El tono oscuro de las cuentas contrasta con su piel de porcelana, pero hay rastros de luz violeta. Una sonrisa boba se formó en los labios de Gon al verlo.

El regalo en cuestión llegó ese mismo día junto con Centella. Killua era bastante bueno calculando el tiempo de vuelo de su halcón. Se trataba de una de esas piezas decorativas con forma de pez, pegada a una tabla mediana de madera. En la parte de abajo había un mensaje grabado en un pedazo de lámina dorada: “Te extraño”, decía con letras cursivas. Luego del punto final con el que terminaba el corto mensaje, había un pequeño botón.

Al presionarlo, el pez se movía y abría la boca, entonando una melodía extraña que rozaba lo surrealista. Gon no recuerda haber visto alguno de estos, o tal vez sí, pero nunca tan de cerca. Era raro. Un poco hilarante. Un poco lindo. El pez estaba pintado a mano, el acabado se veía desgastado, lo más probable por todo ese tiempo que Killua había mencionado que tenía.

Lo hizo reír un buen rato. Te extraño. Repitió las palabras en su mente, lo leyó mil veces y le costó creerlo: te extraño. Era la primera vez que Killua le decía algo como eso. Y le sorprendió bastante, porque conocía muy bien a Killua. Un pretexto tonto, una excusa barata, una tapadera sin sentido. “No quería mandarte este correo y no adjuntar otro regalo”, “es un poco simple”. No, no. Para nada. No era simple, no era solo un regalo de cortesía. Lo era todo, todo eso que Killua no se atrevía a decir.

Eso que ni siquiera Gon se atrevía a decir.

 

Te extraño.

 

Gon presionó el botón varias veces, rio y oyó al pez cantar, luego lloró. Tan solo unas lágrimas que corrieron cuesta abajo por sus mejillas, pero que significaban mucho más de lo que podía aparentar.

Te extraño.

Te extraño.

Te extraño.

Te extraño.

 

“Yo también te extraño, Killua :(”

 


 

Empiezan a hablar durante las madrugadas. Se hacen compañía mutuamente, ambos concuerdan en que no están solos —tienen personas queridas a su lado—, pero comparten el pensamiento de que ya no es lo mismo. Y aunque no reflexionan sobre el subtexto de dicha declaración, lo comprenden en silencio.

Ya no es lo mismo.

Incluso ahora, que ya se hablan con confianza, que ya volvieron a ser parte de la rutina del otro —en forma de mensajes, fotos y regalos ocasionales—, sigue existiendo la extraña cortina de humo que los hace sentir… distantes de sí mismos y del entorno en el que viven ahora.

Killua llega a mencionar que le gusta ver a sus hermanas felices, que le gusta contemplar la expresión de gozo cuando conocen sitios nuevos. Pero también menciona, en momentos más íntimos, que a veces se aburre en los cuartos de hotel y en los recorridos turísticos. A veces, Killua admite en voz alta que extraña la adrenalina pura, la novedad constante, la ausencia total de un itinerario.

Gon habla sobre lo mucho que ama la naturaleza, sobre lo agradecido que está de poder seguir siendo un cazador, incluso si solo es un pasante que se involucra en trabajos pacíficos. Gon comenta sobre la libertad de la selva, de los llanos, de las montañas a las que va. Pero a veces, cuando la llamada de horas está a punto de terminar, confiesa su frustración, confiesa la rabia hacia sí mismo y la tristeza que lo persigue. No habla mucho de eso, pero sabe que Killua lo tiene presente.

Prácticamente, están en la misma situación de insatisfacción, de media felicidad y medio infortunio. En vez de blanco o negro, están en las escala de grises. 

Por otro lado, Gon también se mantiene apartado en sus propios pensamientos con respecto a su mejor amigo. Pensamientos que se desvían de la norma y se transforman. De repente, hay sueños vívidos que se reproducen detrás de sus párpados, donde el papel protagónico cobra vida gracias a Killua.

Una figura delgada y pálida se aparece en las noches oscuras, con una cabellera alborotada y ojos brillantes, con una sonrisa delicada y una voz suave. Gon no sabe si está cayendo en la locura o si es la manifestación de algo más, ni siquiera sabe qué decir, qué pensar o qué hacer cuando, en los sueños, su cercanía con ese Killua aumenta, aumenta, aumenta, aumenta, hasta que no hay ni un solo centímetro de espacio entre ellos.

Aunque la confianza con su amigo regresó, aunque Gon siempre fue alguien considerado desvergonzado y directo, jamás y nunca se sentiría preparado para comentarle a Killua sobre la situación que se va desarrollando. Gon obvia cualquier comentario al respecto sobre sus sueños en las llamadas y mensajes, y se centra en contarle a Killua cualquier otra cosa de su vida.

Las imágenes realistas que retratan piel suave, músculos tensos, un brillo pálido y la ausencia casi total de cualquier vello hacen que Gon se mantenga encerrado en pensamientos inapropiados. Super inapropiados, pues giran en torno a su mejor amigo. ¿Es esta la temida pubertad? Lo más probable. Pero Gon es consciente de que, biológicamente, ya había pasado a través de ella hacía varios meses —o bueno, más o menos—; no pensó que fuera un proceso tan largo y cambiante. Lo que inició como pulgadas extras de altura, vellos en sitios curiosos y sangre bombeando a su zona sur, terminó convirtiéndose en sueños húmedos y… sueños. Sueños simples donde Killua estaba sin verse semidesnudo o provocativo, y donde, de todas formas, dejaba a Gon con el corazón acelerado y la boca seca.

Fue como si su cerebro se hubiera abierto, como si los nervios ocultos se hubieran encendido. Su mente produjo pensamientos nuevos e intrigantes que lo hicieron sentir hambriento. Con curiosidad. Amor… sexo… intimidad… Todo eso era nuevo. Tal vez el primer término no era un completo desconocido, pero en definitiva no podría nombrarse a sí mismo un experto en el área.

¿Era esto una manifestación de lo mucho que extrañaba a su amigo? ¿O era esa otra cosa que directamente su mente le indicaba?

Pensó en preguntarle a Kite. Pero eso sería bochornoso hasta para sí mismo.

Prefiere quedarse con todas las dudas. Al menos hasta aprender a cómo regularse, a cómo regular la horda de sensaciones confusas que lo atacan.

—¿Qué es esto?

Era una pregunta recurrente en la boca de Gon. Viajar con Kite, desde una perspectiva profesional, le permitía formular más preguntas. Y Kite, como el buen mentor que era, siempre sabía formular respuestas aún más buenas.

—Son imitaciones de reliquias —el mayor había llegado al hospedaje de turno con una caja pesada en manos. No tardó en dejarla en el piso, permitiendo que Gon y sus demás compañeros de equipo vieran lo que había adentro—. Un grupo de policías arrestó a quien las fabricaba. Andaba de paso en la estación cuando oí del asunto y no pude evitar preguntar.

De la caja sobresalen figuras. En primera instancia, parecen estatuas hechas a mano en tamaños portátiles. Piezas extrañas talladas en madera u otros materiales. Varios de los que están en la sala silban en señal de aprobación.

—¿Qué hacías en una estación policial? Si es que puedo preguntar… —pregunta un muchacho, aspirante a Cazador, reclutado por Kite recientemente hacía unos meses.

—Bueno, estaba hablando con el jefe de estación, él es la mano derecha del ministro que nos contrató —Kite informa con indiferencia, se encoge de hombros y se agacha en cuclillas—. No hay ningún uso útil en ellas, sería ilegal venderlas… pero servirían bien como decoración.

—¿Aceptaron dártelas así como así? —Gon asoma la cabeza por encima de la caja, vislumbrando una figura que, por sobre todas, llama más su atención.

—Iban a desecharlas de todas maneras.

La atención de Gon se desvanece por completo, la conversación le deja de importar. Se agacha y no duda en tomar entre sus manos esa figura. Resalta entre todas las demás, como si contara con un campo gravitacional propio que lo atrae de forma magnética. Tallada en mármol, con una delicadeza y una atención absoluta a los detalles, enciende la curiosidad en el adolescente. Lo hace perder el aliento.

—Son preciosas, me sorprende que sean imitaciones —comenta el otro pupilo de Kite.

Kite da un asentimiento, luego suelta otro comentario en referencia al amable jefe de estación que aceptó dárselas.

Gon murmura algo para sí mismo—. ¿Imitaciones…? —Es difícil de creer.

Entre sus manos, la figura se siente más delgada de lo que aparenta, y el mármol está frío. Es el busto de un joven; hay líneas finas trazando los músculos de su torso, dibujando las líneas rectas de sus clavículas y algunas otras líneas curvas que delinean la delgadez de su cintura. El busto no cuenta con brazos ni piernas, tampoco un rostro. Pero Gon no puede evitar asociarlo con alguien.

—¿Puedo quedármelo, Kite? —pregunta Gon con ilusión, con los ojos brillando de necesidad.

—Claro —al mayor no parece importarle. Ni tampoco se fija en la forma en que Gon atrae la figura a su pecho.

Los siguientes días, Gon está un poco obsesionado con la figura. No en el sentido raro que algunos podrían imaginarse, sino en el sentido que roza lo artístico. El adolescente contempla la figura antes de dormir, y luego un rato al despertar. La coloca junto a su cama, al nivel de su rostro, y aunque no encuentra ninguna razón para su actuar, no se lo cuestiona.

De hecho, sólo enaltece la rareza de toda la situación. Sabe que gira en torno a Killua. Todo se trata de Killua, al parecer. Y mirar la figura, y pensar en Killua, y pensar en Killua al mirar la figura se transforma en una pequeña rutina que se desvía de lo morboso. Los pensamientos inapropiados se quedan detrás de sus párpados, se desvanecen al despertar, y Gon se queda con otras conclusiones y deseos éticamente más correctos —pero, de todas maneras, raros.

Extraña a Killua. Extraña su presencia, pero también extraña su piel pálida, la sensación fría de sus manos y su cuerpo, la forma en que su anatomía estaba constituida —bordes suaves, tonos fríos, líneas rectas, delgadez extrema, fragilidad falsa—. Él era opuesto a Gon; a pesar de tener la misma edad y el mismo sexo, eran distintos en casi todos los aspectos. Y Gon extraña eso.

Extraña tener a su complemento, a su opuesto, justo a su lado, todo el tiempo.

Todo lo que ve en sus viajes es relativamente familiar, aunque sigue siendo nuevo, pero a pesar de moverse entre países y fronteras los días se sienten rutinarios. Todo es igual. Hoy no es diferente a ayer. Pero Killua lo era, Killua es diferente.

La figura y sus sueños lo dejan con la añoranza, con el recuerdo. Sabe que no se asemejan al Killua real, al que está hecho con carne y huesos, no con mármol o con ilusiones. Killua no es una figura. Tampoco es una fantasía. Es un ser humano, uno tan hermoso y preciado, lo extraña.

 

Hola, ¿qué tal todo?

Alluka y yo estuvimos por los Estados Unidos de Sahelta, incluso pasamos una semana en Yorknew. Todo sigue igual. Compramos muchas cosas… en Niaforcali encontramos una tienda de baratijas y Alluka te compró algo. Yo le dije que era tonto, pero ella insistió.

Dijo que se parece a ti. Yo pienso igual”.

 

Como si estuvieran conectados, a los pocos días Centella llega a Gon con un regalo. Un pequeño sol tallado en madera, pintado a mano en amarillo, con un rostro sonriente de expresión apacible que se mantiene con sus ojos cerrados. Es una bonita pieza artesanal. Parece que tiene algunos años, pero Gon no le quita mérito por eso.

 

Recientemente, una figura también me hizo pensar en ti. Aunque es una figura un poco rara, jaja, ¡pero no vayas a pensar mal! Pensé que es tan linda como tú y que se parece un poco a ti. Aunque no tenga cara y eso, pero ya sabes (?? Creo).

Me gustó mucho el solecito!! Alluka siempre tiene las mejores ideas. Mándale saludos de mi parte”.

 

Gon pensó que había sido una señal del destino. Reconocía, en parte, que enviarle la figura a Killua podría traerle algunos inconvenientes. ¿Y si Killua pensaba que era un pervertido? Era algo que podía malinterpretarse… o tal vez Gon asumió eso porque él era, en realidad, un pervertido. ¡Claro que no! Bueno, o tal vez. Su mente seguía confusa; sus pensamientos cambiaban de rumbo una y otra vez sin control. De todas formas, Canela alzó el vuelo y el correo electrónico se envió. No había forma de retrasar lo inevitable.

Killua leyó sus palabras y luego recibió la figura a la puerta del sitio en donde se estuviera hospedando ahora.

—La figura es linda —la respuesta de Killua se da dos días después en una llamada, un rato antes de que llegue su hora usual de dormir, un rato antes de volver a hundirse en sus sueños—. ¿Eso significa que crees que mi abdomen es lindo? No te conocía así, Gon.

La risa de Killua es un poco estruendosa, pero a Gon no le gustaría de otra manera. Él murmura en voz baja y niega con la cabeza, a sabiendas de que su mejor amigo no es capaz de verlo.

—¿Estaría mal decir que sí? No sé. Últimamente tengo mucho en la cabeza… te he estado pensando mucho —en realidad, siempre ha pensado mucho en Killua. Pero ahora los pensamientos tienen más poder, son nuevos y abrumadores.

Aunque Killua siempre ha sido abrumador para sus sentidos, si lo piensa bien.

—Vaya… —la voz de Killua se corta, él tose—. B-bueno, no sé, yo también he pensado en ti mucho…

—También sueño contigo.

Gon confiesa en un murmullo, se arrepiente de inmediato, pero Killua es incapaz de ver la expresión de horror que hay en su rostro por un milisegundo.

—¿Cómo son tus sueños? —pregunta Killua, su voz suena más baja de lo habitual. Como si estuviera nervioso, Gon lo sabe.

 

"En mis sueños estás a mi lado, y te abrazo, y te beso, y a veces me fundo contra tu cuerpo. En mis sueños te ves radiante y vívido, como si en realidad nunca te hubieras ido. En mis sueños eres suave y dócil, como si estuvieras bajo los efectos de alguna sustancia extraña; o quizás solo es mi subconsciente manipulándolo todo. Te toco, te huelo, te miro, te aprecio, te sostengo en mis brazos. Allí tú no estás lejos, y yo sigo estando capacitado para estar contigo; allí todo sigue siendo justo como era antes…".

 

—¿Gon? ¿Sigues ahí?

—Sí, sí… lo siento. Se me fue la señal por un momento —Gon se ríe—. En mis sueños puedo hacerte todo lo que no puedo hacerte ahora.

—Oh.

—Quiero decir, abrazarte, verte, oírte. Me refiero a eso… —la risa de Gon escala a ser una carcajada temblorosa. Tal vez es él quien pone pensamientos inapropiados en las cortas respuestas de Killua, inconscientemente reflejando las imágenes que se escabullen a su cerebro sin querer.

Killua, Killua, Killua, Killua. Siempre se trató de Killua… siempre se trata de Killua. Killua, Killua, Killua, Killua. Gon reconoce que su actitud roza la desesperación. ¿O ya traspasó esa raya?

—Yo también sueño contigo —contesta Killua, sonando un poco aliviado, como si estuviera liberando una carga. Gon se pregunta cómo sería su expresión en ese momento—. Posiblemente todo lo que pienses lo he pensado yo también.

—Oh… —Gon se queda anonadado por un segundo. Un sentimiento cálido, similar al fuego de una explosión violenta, se riega por toda la cavidad de su pecho.

—Creo que es porque nos extrañamos mucho. A este ritmo nos echaremos a morir, jaja —Killua habla con un tono de burla. Pero Gon nota la seriedad en su voz. “Te extraño”, decía el penúltimo regalo que Killua le había dado. “Te extraño”.

¿Estos síntomas de amor eran a causa de la distancia? ¿Todo porque extrañaba a Killua? ¿O la distancia había hecho que se diera cuenta…? ¿Por qué casi a un año de su separación?

Tenía muchas preguntas, pero no podía decírselo a nadie. Ni siquiera a Killua. Apenas y había tenido coraje para escribirle que lo extrañaba.

—Tal vez… Pero es cierto, te extraño muchísimo.

—No te preocupes de nada, Gon. Me siento igual.

 


 

Para el siguiente regalo, Gon, al contrario de veces anteriores, no innovó ni buscó nada particularmente trascendental. Hubo bastante tiempo de por medio, semanas donde él y Killua hablaron con bastante normalidad, como si aquella tensión extraña se hubiera disipado en el aire. Al confesar esas palabras que habían callado durante tanto tiempo, dejaron atrás un peso que maltrataba sus hombros.

Y aunque el adolescente de cabello azabache seguía sufriendo una silenciosa crisis (otra añadida a su larga lista), se sentía relativamente tranquilo. Después de todo, “Killua se siente igual”. Y esa frase la adoptó como si fuera un mantra sanador capaz de hacer milagros.

Gon tuvo varios cambios de ubicación. Uno tras otro. Kite no podía permanecer en un solo sitio, era inquieto, o tal vez sólo era que era muy bueno en su trabajo. Gon pudo aprender bastante de él, a pesar de que Kite no hablaba mucho —y de que cuando lo hacía era a través de frases confusas y proverbios complejos.

Por otro lado, el Nen de Gon se quedó en parte estancado, agregó el hábito de meditar a su rutina, en un intento pasivo de volver a abrir sus nodos, pero en esos tres meses de diferencia entre el último regalo y el siguiente no hubo avances.

—Estas cosas requieren tiempo, Gon —decía Kite, como si en realidad fuera fácil.

—¡No lo entiendes! Si no recupero mi Nen, no podré volver a viajar con Killua si sigo siendo inútil…

Si seguía así, las pocas posibilidades de retornar junto a Killua se reducirían hasta ser nulas. Necesitaba recuperar al menos su Nen para que, en un futuro, no fuera una carga para su amigo.

Si no podía lograrlo… tal vez la distancia se extendería para siempre.

Se movieron a la capital de un país pequeño de Medio Oriente. Para ese punto, Gon estaba desesperado. Estaba harto de estar lejos del albino. Con cada mensaje, con cada llamada, con cada correo electrónico, con cada imagen que se compartían, la distancia se volvía más y más notoria. En consecuencia, Gon ya no podía fingir, o siquiera disimular, que no le importaba.

Los sueños eran recurrentes. No todos eran extraños, pero en todos aparecía Killua, y eso era demasiado. Incluso al despertar, fantaseaba con él, reviviendo viejas memorias de cuando viajaban juntos. Era una espiral de locura en la cual se estaba hundiendo.

—Deberías agradecer que sigues vivo. Una segunda oportunidad no es algo que todos tengan —Kite era demasiado calmado, imparcial, no se inmutaba ante los pequeños colapsos de Gon, y su fachada de adulto responsable nunca se rompía—. Tú y yo somos ejemplos de eso. Yo agradezco mi segunda oportunidad, ¿pero tú? Tú sigues exigiendo más y más… Eres demasiado codicioso, Freecss.

—¿Cuándo no lo he sido?

—Sí, exacto. Y ese es el problema.

Gon estaba consciente. Quería y quería y quería. Nunca tenía suficiente. Sabía que era egoísta, codicioso, estúpido. Esos rasgos de su terquedad fueron lo que lo condenaron a terminar como terminó. Y aunque quería cambiar, en el fondo sabía que era imposible, que todo eso ya venía preinstalado en su sistema. Tal vez podría mejorar, pero su esencia nunca podría ser modificada.

Incluso ahora, seguía queriendo. Quería a Killua. Ya había pasado un año, ya era oficial: más de trescientos sesenta y cinco días desde la última vez que vio a su mejor amigo, desde que sintió su olor, desde que pudo disfrutar su presencia, desde que oyó su voz sin estática de por medio. Todo empeoraba al darse cuenta de que su cumpleaños número dieciséis se acercaba.

Hacía mucho tiempo atrás había salido de casa en busca de su padre, en busca de algo más allá de su isla. Lo encontró. Encontró tantas cosas. Y las perdió una por una.

El siguiente regalo fue entregado a finales de marzo, entrando a abril. Y se trataba de una copia enmarcada de la última foto que Gon y Killua se habían tomado juntos, con una Alluka sonriente en medio, con el enorme Árbol del Mundo de fondo, con cierta distancia entre ambos que —sabiendo— pronto iba a crecer hasta convertirse en algo indescriptible.

Canela alzó el vuelo, con su pequeño bolso pesado, sus alas bajaron y subieron mientras ascendía hasta perderse en las nubes del paisaje metropolitano. Gon no se dignó a escribir una carta o un mensaje de acompañamiento; el detalle no tenía contexto aparte del interminable: “en respuesta a lo que me diste antes”. No es que no hubiera pensado en escribirle algo a Killua, en expresar este golpe de nostalgia que lo atacaba y la frustración que lo invadía por la sensación de estar condenado, condenado a estar a la mitad; de estar vacío, de no tener nada lo suficientemente bueno a lo que aferrarse.

Aunque tal vez sí lo tenía. Si había algo —alguien— allí afuera de lo cual quería sostenerse y nunca más soltarse. Pero ni siquiera eso era posible.

Intentó redactar un mensaje, al menos dos párrafos: uno de saludo y otro de despedida. Pero ninguno de sus borradores lo convenció. No es como si redactar y escribir fuera su fuerte; las tareas de literatura le costaron casi tanto como las de matemáticas. Fue como si volviera a sentirse incómodo con la idea de hablar con Killua, no por Killua en sí mismo, sino por él.

El marco lo había conseguido en una tienda de artículos para el hogar. Era un marco cualquiera, de madera oscura. Imprimió una copia de la foto, enmarcó la original y se quedó con la copia. Luego, con un marcador permanente, escribió detrás de la imagen una simple palabra: nostalgia.

Gon extrañaba a Killua. Pero no sólo extrañaba a Killua, extrañaba esos tiempos donde eran ellos dos, donde tenía algo que hacer, donde podía sumergirse en la sensación de estar acompañado por él, donde podía correr y sentirse pleno; como si todo fuera emocionante, como si todo tuviera sentido.

Te extraño”, el mensaje de aquel extraño pez de juguete se repetía en su mente.

 

—No te preocupes por nada, Gon. Me siento igual.

 

Caían por la misma espiral de decadencia. La nostalgia los haría enloquecer; la añoranza se convirtió en un problema de gran magnitud. Siempre lo había sido. Pero ahora se alzaba sobre ellos como una sombra.

 

“Hace mucho tiempo que no veía esa foto. La copia mía está guardada en el fondo de mi maleta. Gracias”.

 

Una semana después recibió otro correo:

 

“He estado pensando en qué regalarte para tu cumpleaños. Pero esto de regalar cosas nunca ha sido un fuerte mío. Y no he podido parar de pensar en que se acerca el cinco de mayo. El tiempo corre en mi contra, mi mente no va lo suficientemente rápido.

Ya ha pasado un año desde que nos vimos por última vez, y sé que aún no recuperas tu Nen, y soy consciente de que aún no es buena idea vernos. Pero simplemente desearía que estuvieras aquí. Ni siquiera sé por qué digo esto, es tan vergonzoso que estoy seguro de que borraré este email apenas pasen unos minutos. Así que apúrate en leerlo, tonto. Porque si no, nunca leerás esto que quiero decirte.

Eres especial para mí, aunque eres un idiota a veces, aunque fuiste un idiota en aquel entonces, de todas formas, sigues siendo importante. Posiblemente no tanto como mis hermanas, aunque compararte con ellas es de por sí una pelea injusta, pero ya sabes. Lo que quiero decir, ya que no quiero ponerme empalagoso aquí, ew…, es que necesito alguna pista. Dime algo que quieras, y lo conseguiré. Algo que compense el hecho de que no estaré ahí en tu cumpleaños, algo que te ponga feliz… cualquier cosa. Dímelo.

Eso es todo. Saludos. Apúrate en leer esto, por el amor de Dios, hablo en serio, moriré de vergüenza.”

 

El corazón de Gon revoloteó al leer las palabras de Killua. Fue como si un escalofrío lo atravesara. Esa sensación calurosa volvió para implantarse en su pecho.

Pensó en lo que quería para su cumpleaños. No, no una nueva caña de pescar. Tampoco un par de botas. No quería alguna postal o alguna consola. Sólo había una cosa que quería de verdad. Y aunque Killua admitió que no podía dárselo… Gon no pudo sacarse la posibilidad de la mente.

Leyó el correo una tarde y, cuando el equipo de aspirantes a cazadores regresó a los aposentos luego de una jornada extensa de trabajo, Gon aprovechó para acercarse al cuarto del mayor y comentarle la situación.

—¿Quieres regresar a Isla Ballena?

Kite estaba sentado enfrente de su escritorio de madera, hojeando un libro respecto a la cultura del país en cuestión. A Gon le había gustado el lugar. Cálido, amigable, nuevo, enérgico. Pero tenía algo más en mente.

—Sí, para mi cumpleaños, Kite. Viajar a sido divertido… pero creo que prefiero pasar mi día especial con Mito y Abe.

No es que extrañara la sensación de cautiverio que Isla Ballena le había estado causando esos últimos meses. No es que extrañara el encierro, la rutina, el calvario de no tener nada qué hacer. Sino que extrañaba la comida de Mito, poder hablar con su madre, poder bañarse en las playas que lo enseñaron a nadar y pasear por el bosque que lo vio crecer.

Extrañaba la nostalgia. Extrañaba su hogar.

Su hogar… su hogar físico.

—¿Cuánto tiempo estarás?

—Tal vez unas semanas.

 

“5 de mayo. Isla Ballena

Pasaré mi cumpleaños con Mito. En realidad, no sé qué cosa pedirte para mi cumpleaños aparte de lo obvio. Y lamento no ser de ayuda, y lamento insistir a pesar de que sé que no puedes darme lo que quiero. Lamento muchas cosas, incluyendo haber sido un idiota en aquel entonces. A mí también me gustaría que estuvieras aquí.”

Enviado 07:22 pm

 

En realidad, Killua, no sé en qué estoy pensando al tratar de mentirte.

Lamento muchas cosas, pero no lamento insistir. Quiero verte. Muero de ganas de hacerlo… Estoy harto de disimular, de respetar este extraño acuerdo, me estoy volviendo loco. Mi vida nunca había sido tan aburrida, pero desde que te fuiste he tenido un vacío que por nada se ha podido llenar. Sé que ahora soy inútil, sé que sigues enojado conmigo, ¡y me lo merezco! Yo también estoy enojado conmigo mismo. Pero ya no sé qué hacer para soportarlo. Siento que si no te lo digo, que si no te ofrezco esto, hay una posibilidad de que en realidad no nos volvamos a ver.

Solo ha pasado un año; la gente dice que un año no es tanto tiempo. Kite me quiere hacer creer que no es tanto tiempo, pero se ha sentido como toda una vida. Te extraño, sé que tú también me extrañas. Pero ni siquiera esa confirmación me basta, necesito más, y odio seguir siendo el mismo imbécil de antes, pero… no puedo evitar sentirme así cuando se trata de ti”.

Enviado 8:02 pm

 

“Solo necesito verte una vez más. Un día. Este 5 de mayo. Luego vete si quieres, pero no quiero extrañarte en mi cumpleaños. Luego, te seguiré echando de menos el resto del año”.

Enviado 8:06 pm

 

“Perdón por tantos correos. Tuve un momento de inspiración, hehe (⁠@⁠_⁠@⁠;⁠). No quiero hacerte sentir incómodo ni nada, no te estoy obligando, solo quise ser sincero. De todas formas, te quiero muchísimo, Killua. Seré feliz con lo que sea que quieras darme…

Gon.”

Enviado 8:10 pm

 

 


 

Estaré ahí”.

Recibido 11:11 pm

 


 

Las manos de Gon se mantenían en un estado permanente de temblor, sus ojos merodeaban cada esquina de cada sitio, como si estuviera esperando que en el segundo menos previsto se encontraran con un par de orbes azules bastante conocidos. La respuesta de Killua lo dejó contento, más que contento: extasiado y predispuesto.

Recogió todas sus cosas en dos bolsos de mano y en su clásica mochila amarilla. Para llegar a Isla Ballena tenía que abandonar el país en tren y llegar a un país vecino luego de un viaje de cuatro horas. En dicha costa, logró conseguir un barco a la isla de New Land, una isla “vecina” de Isla Ballena; separada por varios cientos de kilómetros, pero unidas por sus similitudes. Era común encontrar turistas viajando de isla en isla, así que se abrieron rutas de viaje que unían ambos puntos.

El viaje en barco fue bastante largo, siete horas. Y luego de pasar la noche por aquellos lares —humildemente, debajo de una palmera a la orilla de la playa—, a la mañana siguiente pudo comprar un boleto a una embarcación que se dirigía directamente a su isla natal. Un éxito rotundo.

Antes de partir llamó a Mito, avisándole de su regreso sorpresa. Ella se mostró contenta, aunque hizo una pregunta vital.

—¿Por qué quieres regresar? —Mito había sido testigo del declive mental de Gon durante su estadía en la isla. Luego de la separación, en esos primeros meses donde solo hubo silencio y depresión, el moreno no se veía feliz.

Y por eso fue que Mito le dio la idea de volver a comunicarse con Kite. Gon fue claro al respecto: “No creo que esté interesado en reclutarme, Mito. No fui de ayuda cuando tenía poder… y ahora que no tengo nada, mucho menos”.

La respuesta de Mito lo decidió todo: Naciste para vivir aventuras, Gon. Eres un cazador como tu padre, corre por tu sangre. Kite entenderá eso, jamás podría rechazarte”.

—Te extraño, Mito-san —respondió Gon a su pregunta—. Extraño a la isla también… no pienso quedarme para siempre, pero es bueno volver a casa en fechas como estas. Además, Killua vendrá.

—¿Killua vendrá? Oh, vaya… eso explica muchas cosas.

—¿Eh? ¿A qué te refieres, Mito-san? —Gon no entendió. Pero tal vez sí lo hizo, pues sus mejillas se sintieron acaloradas “sin razón”.

—Nada, nada —su risa fue bastante incriminatoria. Pero Gon solo pudo guardar silencio, aceptando la verdad. Sí, que Killua viniera explicaba muchas cosas.

Llegó a la isla un día antes de su cumpleaños, justo a tiempo.

Gon fue recibido por los brazos amorosos de quien considera su madre y el abrazo gentil de su bisabuela Abe. Ambas se vieron emocionadas de verlo, a él y a su nueva mascota, Canela. Mito comentó que parecía una compañera apropiada.

Hubo un festín servido en la mesa del comedor, su cama finamente acomodada —exactamente como cuando la dejó— en su vieja habitación, y un olor nostálgico que teñía las paredes de la casa Freecss y encendía sus sentidos. Hacía unos once meses que no pisaba su hogar, y volver se sentía agradable.

No recibió ningún mensaje el cinco de mayo. Ni una llamada. Ni una explicación: “llegaré a x hora”, “estaré allí para la cena”. Su buzón de entrada permaneció vacío, no había mensajes nuevos, ni correos, ni mucho menos llamadas. Y aunque Gon no quería pensar en ello, en realidad lo puso nervioso.

Apenas se levantó, Mito ya se lanzaba encima de él, murmurando cosas sobre lo orgullosa que estaba de él, sobre lo fuerte y admirable que es, sobre todo lo que le espera en el futuro. Sus ojos ámbar se llenaron de lágrimas, tal vez solo unas cuantas.

En la sala del comedor había globos verdes decorando las esquinas y confeti plateado formando una delgada cortina en varias de las paredes. Un par de globos en forma de números se mantuvieron flotando al ras del techo —también de color plateado—, formando el número dieciséis.

—¡Quisimos hacerte una sorpresa! —explicó Mito con una sonrisa de oreja a oreja, paseándose por la sala—. Costó un poco conseguir los globos verdes, pero… ¡espero que te guste!

—Se ve genial, Mito. Muchísimas gracias —Gon se rio, rascando su nuca como si estuviera avergonzado—. Gracias a ti también, Abe-san.

Compartieron el desayuno en familia, no sin antes hacer una oración a los cielos. Al cerrar sus ojos y rezar, Gon agradeció poder vivir este momento. Y le rogó a una fuerza más grande que le permitiera ver a Killua hoy; que todo lo que supuestamente iba a pasar, pasara.

—¡Buen provecho!

Todos en la isla estuvieron encantados de tener de vuelta al niño dorado, mucho más ahora que cumplía años. Mientras recorría el pueblo con total naturalidad, era interceptado por más vecinos de los que podía contar. Le regalaban dulces, canastas con frutas, prendas tejidas, accesorios para su caña de pescar, felicitaciones y abrazos. Era como si todos los habitantes de la isla se hubieran quedado congelados en el tiempo, aún siendo tan viejos, tan pequeños, tan amables, tan regordetes y tan simpáticos como cuando Gon era un niño. Era una sensación extraña. A veces a Gon Freecss le preocupaba ser el único en constante cambio.

Su plan era dirigirse al muelle en espera de Killua. Pero tuvo que retrasar su objetivo y regresar a casa unas tres veces, no era muy cómodo caminar con tantas cosas entre brazos. Necesitó volver a su colina a dejar los regalos y se tomó un tiempo extra acomodándolos todos a través de su cuarto: junto a su cama, en su mesita de noche, algunos colgados en su armario y otros guardados en la parte inferior de este.

—No fuimos las únicas en extrañarte —comentó Mito al pararse junto a la puerta, viéndolo con una sonrisa gentil.

—Ya veo —Gon le sonrió de vuelta.

Cuando logró llegar al muelle ya había pasado el mediodía. El sol ardía en medio de un cielo despejado, y los pescadores, quienes seguían su rutina diaria, también se acercaron a saludar al cumpleañero.

Había un olor a salitre flotando en el aire, tan característico como siempre. Gon pudo llenar sus pulmones y esbozar una sonrisa suave. En el horizonte se admiraba la silueta de varias embarcaciones. No todos los días llegaban barcos de turistas a la isla, la mayoría de los que arribaban diariamente se trataba de barcos de pesca locales o extranjeros que venían en busca de mariscos y peces, todo con el fin de exportación. Dos veces por semana, tres si es que había demanda, llegaba una serie de barcos de diversos puntos particulares. Sábado y domingo, días de bienvenida a los turistas que se animaban a visitar las costas cálidas de Isla Ballena.

El primer barco que llegó estaba repleto de turistas que, a simple vista, Gon supondría que vienen del continente de Azian. Por sus rasgos afilados y sus acentos estruendosos, la forma recta al caminar y cómo miran a su alrededor como si nunca antes hubieran visto tanto mar. Tal vez residentes de algún país céntrico.

Su corazón recibió una punzada, pero eso no lo desanimó. Sabe que Killua no violará su palabra, menos cuando está Gon de por medio. Incluso cuando las cosas ya no son como antes: “cuando ya no soy el número uno”.

Gon sabe que Killua nunca lo defraudará.

Cuando el segundo barco hundió su ancla, Gon aún tenía el sabor de su almuerzo clavado en los dientes, había tenido tiempo suficiente para regresar a casa un rato. Y aunque Mito le ofreció quedarse a descansar, a esperar en casa, Gon se negó. No podía aguantar los nervios. Necesitaba estar en primera fila cuando Killua se bajara de uno de esos barcos.

Cuando la gente empezó a bajar, repleta de equipaje, con sus sombreros de paja enormes y sus sandalias incómodas, Gon sintió que se le trababa el pecho. El tiempo se distorsionó, todo se volvió muy lento. Pasajero tras pasajero, entre un mar de rostros desconocidos, pasó una eternidad antes de que un destello azul lo cegara.

Gon se mantuvo al inicio del muelle, con las rodillas temblorosas. Sin embargo, sus ojos rastrearon mechones desordenados y blancos entre la multitud de personas.

 

“Cuando te conocí fue tan fácil hablar contigo, jugar contigo, mirarte, oírte, reír junto a ti. Era tanto, que pensé que fácilmente siempre podríamos estar así. Juntos. Nunca imaginé un momento en donde tú te irías, y cuando finalmente eso pasó, fue como si una parte de mí muriera sin posibilidad de ser sanada. Allí entendí lo importante que eras, Killua… entendí tu puesto en mi vida, la magnitud de tu presencia, cosas que nunca había pensado antes. Me sentí estúpido al darme cuenta. Tú siempre tuviste razón en eso: soy un idiota”.

 

—Killua… ¡Killua! —su voz sonó extraña fuera de su garganta. Sus pies se movieron por sí solos, un paso y luego otro, acelerando la velocidad gradualmente—. ¡Killua!

Gon y Killua resaltaron entre todos, como si solo fueran ellos dos los únicos en ese muelle. Los extraños, fugaces testigos de la situación, comprendieron desde su ignorancia total la importancia del asunto; pudieron esquivar con facilidad al adolescente moreno que atravesaba el muelle a una gran velocidad. Las sandalias de Gon amenazaron con resbalarse por la superficie de la madera, pero eso no le impidió acelerar y acelerar. De repente, los metros que lo separaban de Killua se desvanecieron en cuestión de segundos.

—¡Gon! —La mirada sorprendida de Killua fue obvia, sus ojos azules se abrieron de par en par.

La mochila de mano llevada por el albino cayó al suelo con un sonido sordo, brazos delgados y pálidos se extendieron hacia arriba, amortiguando con el pecho el choque que ocurrió cuando Gon se estrelló contra él sin precaución alguna. Puede que Gon no tuviera la contextura de un camión, pero para ser un adolescente de apenas dieciséis sí que era fornido y grueso, más aún al lado de su mejor amigo. El golpe fue conciso y les arrebató un suspiro a ambos.

—Qué bueno es finalmente verte —fue lo primero que Gon susurró contra el hombro del menor—. Te extrañé tanto…

El abrazo de Killua fue un poco rígido. Se rio un poco, su cuerpo se sintió extremadamente delgado, bastante atlético y endurecido, pero con curvas suaves a los lados. La emoción de Gon era tanta que podía oír la sangre bombear hacia todas las direcciones, zumbando en sus oídos. Ni siquiera se fijó en que había levantado a Killua varios centímetros del suelo hasta que este hizo un pequeño aleteo con sus pies flotantes.

—Yo también te extrañé un montón —Killua sonrió.

Gon soltó una risa nerviosa antes de bajarlo al suelo, con extrema delicadeza en sus movimientos, sin separar sus manos de la cintura estrecha. Era bastante descarado. Pero no podía evitarlo, incrementando el tamaño (ya exagerado de por sí) de la genuina sonrisa que adornaba su rostro.

El corazón del moreno latía con fuerza; había una corriente de éxtasis viajando por cada centímetro de su organismo, similar al efecto que dejaría un alucinógeno. El mundo parecía más colorido, el sol se veía más brillante, la sal en el aire de repente sabía a pimienta y comino, el cielo azul nunca antes se había visto tan bonito.

Killua, Killua, Killua. Gon aprecia los rasgos más maduros de Killua. Un año de diferencia no causa un cambio radical, pero es evidente la forma en que sus rasgos infantiles han sido intercambiados por unos más acordes a su edad.

—Y-yo… tengo tanto que decirte, Killua, siento que no puedo esperar más —confesó el moreno.

—Yo también tengo mucho que decir… —La mirada de Killua se suavizó, con sus cejas arqueadas hacia abajo y su sonrisa sencilla—. Aunque creo que lo mejor es empezar con un feliz cumpleaños.

—Oh… es cierto.

Era su cumpleaños. El día donde cumpliría dieciséis primaveras, más de una década y media en la tierra. Lo había olvidado por un momento. Su cerebro seguía lento; sus pensamientos se movían espesos dentro de su mente. Killua era el único capaz de hacerlo sentir tan fuera de sus sentidos.

—Feliz cumpleaños, Gon.

Killua pronunció cada sílaba con una cantidad inconmensurable de amor. Esas simples palabras sirvieron como electricidad para su motor, reanimaron a Gon de su pequeño trance. Un par de parpadeos y su boca se derritió en una sonrisa suave, atontada. Killua, Killua, Killua. La voz del albino sonó fuerte y claro en los oídos de Gon, eso fue suficiente para asimilar el asunto.

Killua de verdad estaba aquí, parado frente a él, viéndose tan hermoso como siempre.

—¡¡Goooon!! ¡Feliz cumpleaños! —Alluka no tardó en hacer acto de presencia. Se apuró en llegar, sosteniendo su sombrero sobre su cabeza y manteniendo una sonrisa amable en su rostro.

—¡Alluka! ¡Cuánto has crecido! —el moreno sintió cómo unos brazos se envolvieron alrededor de su cintura.

Gon la envolvió con un brazo, manteniendo el derecho aún aferrado al cuerpo del albino. Como si inconsciente —y conscientemente también— no quisiera apartarse de él. En respuesta, Alluka abrió sus brazos para sostener a ambos muchachos, formalizando un abrazo grupal que Gon no sabía que necesitaba.

—Me alegro de que estén aquí… —susurró Gon en última instancia. Y el par de hermanos coincidieron con otra sonrisa.

Ese cinco de mayo transcurrió con una reunión de familia, todos acomodados en el espacio reducido de la sala, compartiendo bocadillos y postres que Mito se había esforzado en preparar con antelación. Las mujeres habían visto hacía mucho más tiempo atrás a Killua, y desconocían por completo la existencia de Alluka. Así que hubo mucho de qué hablar.

Anécdotas, bromas, conocimientos adquiridos y toda clase de detalles. El par de hermanos hablaron sobre su largo viaje, Alluka contaba cada memoria con un entusiasmo envidiable, como si hubiera nacido con la bendición de una memoria fotográfica. Killua se mantuvo más recatado, comentando y agregando información en una que otra ocasión.

Gon, a pesar de no tener la batuta en toda la conversación, estaba encantado. En su lugar cómodo en el sofá, con Killua a su lado —y sí, sus piernas se estaban tocando. Ese detalle no podía pasar desapercibido—, y un plato de camarones rebosados en su regazo, la sonrisa extendida en su rostro no vacilaba ni por una fracción de segundo. Gon se sentía feliz. Más feliz de lo que había estado en… mucho tiempo.

—¡Las cataratas de Niuzca son de las cosas más hermosas que he visto! El agua es rosa. ¿Pueden creerlo? —Alluka se mantuvo parada en el centro de la sala, sosteniendo su vaso de refresco en una mano y con la sobrante haciendo gestos para ilustrar de mejor manera las descripciones de sus historias—. Literalmente lloré cuando lo vi.

—Oh, ni me lo recuerdes —Killua se echó a reír de inmediato. Y el sonido hizo que Gon girara su rostro por completo para mirarlo, para contemplar la sonrisa de dientes perlados con precisión y para confirmar que el sonido angelical que oía venía de quién creía—. Me preocupé en su momento, pero ahora cada vez que lo recuerdo me da risa.

—Suena maravilloso. Es realmente bueno tenerlos aquí, ¡Tienen las mejores anécdotas! —Mito exclamó encantada.

Las horas pasaron rápido. Cuando el sol se escondió, aparentemente más temprano de lo usual, los vasos de refresco se exhibieron vacíos sobre la pequeña mesa de café. Mito se levantó de su puesto en el sofá, insistiendo sobre tener que ir a acomodar la cocina y preparar los últimos detalles del pastel; una tarta de frutas que había preparado esa misma mañana. Gon no era un fanático por excelencia de los dulces, pero jamás podría resistirse a una mezcla de chantilly, fresas y trozos finos de albaricoque.

Alluka persiguió a la mujer mayor, orbitando alrededor de ella. Abe ya hacía rato había decidido subir a su habitación, exigiendo que la despertaran de su siesta al momento de picar el pastel. Y a consecuencia de esas restas, el resultado fue un par de adolescentes sentados uno al lado del otro, con problemas para mantener sus respiraciones estables.

Para Gon era extraño experimentar nerviosismo. Pero aquí estaba, emocionado y acorralado por la misma intensidad de sus emociones, quiso mirar directamente a Killua a los ojos y confesar todos los pensamientos, las dudas, las conclusiones y arrepentimientos que estuvo recolectando estos últimos meses. Quería disculparse, quería recordarle a Killua lo importante que era, usar un discurso lo suficientemente intenso como para que nunca volviera a dudarlo. Y también quería prometerle que jamás volvería a actuar con ese nivel de idiotez. Tenía mucho que decir y, creía con cierta duda, que ya era capaz de decirlo de la forma correcta.

—¿Te parece si salimos a dar una vuelta? —Fue el inicio de la conversación. Con una pequeña sonrisa y un gesto con su cabeza, Gon se muestra cordial, tal vez un poco tímido en comparación a su personalidad enérgica.

—Claro. —Killua se encogió de hombros, y se levantó de su asiento con un pequeño brinco.

Hicieron un recorrido similar al de la primera vez, casi igual como en aquel verano donde Gon le enseñó cada rincón de la isla al albino. Caminaron un buen rato, a través del pueblo y a través del bosque, más allá de la civilización hasta hundirse en el salvajismo puro que el lugar ocultaba en sus confines.

El trayecto los llevó de vuelta a aquel acantilado donde se prometieron permanecer juntos. Fue fácil para Gon escabullirse entre los arbustos y plantar su pie sobre la grama alta, pero no fue tan sencillo recordar la memoria —tan vívida como si fuera cosa de ayer— donde él y Killua vivían el inicio de su travesía juntos.

Gon se adelantó y se sentó cerca del borde, con sus palmas contra el suelo, su espalda estirada y sus piernas recogidas. Killua no tardó en acompañarlo, al segundo siguiente se acomodó a su lado, con la espalda encorvada y el resto del cuerpo encogido.

Era la primera vez que estaban solos luego de ese año de separación. Y el silencio era ensordecedor.

—No sé por dónde empezar.

—Tal vez debería hacerlo yo —Killua suspiró. Se toma una pausa antes de continuar—. En realidad, Gon…

Killua recapacitó sus propias palabras. Y su notable duda hizo a Gon sudar, ¿Qué es lo que tendría Killua para decir? ¿Qué tan malo era? Pensamientos oscuros amenazaron la supuesta tranquilidad del moreno. Y fue duro no rendirse ante ellos.

—Illumi está muerto. —La voz de Killua fue contundente. Los grillos del fondo guardaron silencio cuando él abrió la boca—. Su cuerpo nunca fue encontrado luego de la expedición al continente oscuro.

—¿Qué?

Fue como si el aire abandonara sus pulmones. Una bala lo hubiera sorprendido menos, Gon se opuso al escalofrío que lo atravesó. Illumi. El hermano mayor de Killua, el aterrador y anormalmente pálido, el causante de la mayoría de inseguridades y pesadillas del albino; Illumi, una persona que Gon seriamente había llegado a detestar, un causante pasivo de la distancia que tanto los había atormentado… estaba muerto. ¿Muerto?

La noticia lo dejó con la lengua pegada al paladar, con muchas dudas que sólo pudieron ser formuladas por su mirada confusa. Killua hizo una mueca, haciendo rechinar los dientes.

—Me enteré hace unos meses. —Killua siguió, apartando su rostro por completo—. La noticia me tomó de sorpresa pero, finalmente selló el destino de mis hermanas. Son libres. Ningún otro miembro de la familia va a desperdiciar tanto tiempo y recursos tratando de seguirnos la pista…

—Eso es… increíble, Killua. N-no puedo creerlo, ¿Por qué no-

—¿Por qué no te dije antes? —Killua le arrebató a Gon las palabras de la boca con una facilidad impresionante. El moreno sólo pudo asentir en respuesta, esperando alguna pizca de información que pudiera darle sentido a la situación—. Me dio miedo.

—No creo entender…

—Desde que nos separamos he tenido miedo. A muchas cosas, en realidad. Todo lo que vivimos… fue demasiado doloroso, no recuerdo alguna vez haberme sentido tan vacío, tan fuera de mí mismo —Killua bajo el tono de su voz, murmuró muy rápido las palabras, una tras otra como si en realidad no quisiese que Gon entendiera su discurso—. Me daba miedo pensar que nada había cambiado.

El miedo a permanecer igual. Gon lo entendía muy bien. Cuando regresó a Isla Ballena por primera vez, estaba aterrado de volver a su punto de inicio, a la realización de haber perdido todo lo que ganó con tanto esfuerzo. Le sigue dando miedo pensar en eso, en que todo seguiría igual como estaba justo ahora: sin nada. Que seguía siendo tan egoísta como antes, que podría volver a hacerle daño a Killua, eso era aterrador.

—Ni tú, ni yo. Ni mucho menos estos sentimientos que me han atormentado.

—¿Sentimientos? —Gon miró a Killua con los ojos bien abiertos, con la boca reseca y el entrecejo fruncido.

Sentimientos. La palabra hizo que el pecho de Gon se hundiera, porque sonó familiar. Él tenía sentimientos hacia Killua que lo habían mantenido despierto durante muchas, muchas noches. ¿Pero sus sentimientos serían del mismo tipo que los de Killua?

—No sé si esté listo para decirlo…

Hubo silencio de por medio. Killua se mordió el labio interior, pensando. No en voz alta, pero no era necesario oír lo que dijo para entender que se estaba cuestionando si confesarse era lo correcto.

—Dímelo, Killua, por favor. —Gon no pudo evitar suplicar. Su corazón se le asomó por la garganta, como si estuviera a punto de escupir sus entrañas sobre la grama.

—Yo… simplemente, bueno, no es simple. Es todo menos simple —Killua sacudió la cabeza de un lado a otro, como si algo le doliera.

Killua abrazó sus piernas contra su pecho, su rostro terminó varado entre sus rodillas. Toda su postura estaba tensa, tanto como la de Gon, quien mantuvo su espalda erguida y sus brazos rectos a cada lado de su cuerpo.

—Yo estaba tan dispuesto a tirar todo por la borda con tal de poder morir contigo, a dejar absolutamente todo atrás para seguirte a ti… y sé que eso no es sano, Gon. —La mirada del moreno se mantuvo fija en el rostro de Killua, y contempló en silencio cómo su expresión seria se iba fracturando—. Me sigue perturbando la forma en que llegué a pensar. Si hubiera hecho eso, Alluka se hubiera podrido en esa habitación y yo-

Una ráfaga dolorosa atraviesa a Gon cuando ve cómo una lágrima se desliza por la mejilla de Killua. Nunca antes había visto a Killua llorar, sus ojos azules siempre se veían imperturbables en momentos tensos y vacíos en ocasiones tristes, pero nunca húmedos; y menos llorosos.

La primera lágrima fue seguida de otra, que cayó por el ojo opuesto. Luego, hubo más.

—No me lo hubiera perdonado. Mi actuar en ese momento fue totalmente irracional… tú me hacías irracional. Y- sabía que eso no estaba bien, así que traté de entender que la separación sería lo mejor —La voz de Killua se cortó debido al llanto, uno particularmente silencioso, pero el dolor se filtró en la pronunciación entrecortada de las palabras—. Pero… la distancia también dolió. Me dolió mucho. Todo dolió. Y ya ha pasado tiempo, yo tampoco podía lidiar con lo mucho que te extrañaba, pero sigo aterrado porque… no creo haber cambiado.

El albino usó el dorso de su mano para limpiar la humedad de sus ojos, con delicadeza limpió la línea inferior de sus pestañas.

Gon no supo qué decir. Las paredes de su garganta se cerraron y sus ojos copiaron el gesto de los de Killua, lágrimas gruesas cayeron en señal de vulnerabilidad. Gon lamenta muchas cosas, pero lo que más le enoja, es lo mucho que lastimó a Killua. Y lo sigue haciendo. Esa es la fuente de toda la rabia que sigue sintiendo en contra de sí mismo.

Lastima a Killua. A Killua, su Killua, lo hiere. ¿Cómo puede perdonarse?

—Tú no deberías sentirte obligado a cambiar, Killua. Yo sí. Fue por mi culpa todo lo que pasó, lo acepto, tú no hiciste nada malo aparte de entregarte a mi… ser leal y honrado. Tú no eres el problema —Gon se inclinó hacia adelante, una de sus manos se plantó en la grama y la otra subió hasta su pecho—. De hecho, por eso mismo quise mantenerte apartado. Tú… no estabas obligado a rescatar a Kite, yo sí, porque fue mi culpa. Por eso dije lo que dije, no tenía mala intención pero- ¡Reconozco que actué como un imbécil! Y aún me sigo lamentando todos los días porque, por mí, todo se arruinó y te lastimé.

—Gon. —Killua parpadeó, en sus pestañas blancas congeladas quedaron otras gotas saladas que se rehusaron a seguir su curso natural.

Gon sentía que le ardía el pecho. Ver a Killua llorar fue un golpe de realidad que desearía no haber necesitado, dolía mucho. Pero se lo merecía. Tenía que enfrentar lo que había hecho. Había merecido la distancia… el enojo de su mejor amigo… quedarse con las manos vacías… merecía sufrir las consecuencias de sus acciones.

—A mí también me da miedo pensar en que no he cambiado. —Gon lloró—. Y en parte, sé que es cierto. Kite me lo dijo. Sigo siendo codicioso y egoísta, y lo odio. ¡Es una parte de mí que detesto! Ya no quiero lastimarte, nunca lo quise…

—Gon…

—¡Ya no quiero ser egoísta contigo! Quiero decir, te quiero para mí. Y eso es egoísmo pero, me refiero a que… ¡Ya no quiero poner nada sobre ti! No quiero nunca más poner en riesgo tu bienestar o dejarte de lado, por ninguna razón. Ese es el único cambio en mi pensar que te puedo asegurar —El aire se le escapó de los pulmones—. Me di cuenta que viajar por el mundo, conocer a mi padre, mejorar mi nen y entrenar… no es tan interesante si tú no estás allí. Eres mi compañero. Mi mejor amigo. Y durante este año te he extrañado con todo mi ser, ninguna meta es tan grandiosa si tú no estás allí acompañándome.

 

“Tú eres todo lo que quiero. Eres todo lo que alguien tan imprudente, aventurero, energético e infantil como yo podría desear. Tú eres sensato, maduro, fiel, divertido y tan electrizante como un rayo. Eres el compañero idóneo. Ahora me doy cuenta. Nuestra separación me dejó con un vacío enorme, de arrepentimiento y dolor puro, tú eres el único quién podría salvarme de esta sensación de perdición; eres el único quién me puede sacar de este desastre. Y he tratado de cambiar, quiero mejorar, ya no quiero ser como era antes. Pero cuando se trata de ti no puedo evitar ser egoísta y codicioso, te quiero para mí, te quiero a mi lado. Para siempre”.

 

—¡Gon!

La forma en que Killua se sonrojó fue preciosa. Gon ni siquiera había dicho todo lo que pensó, pero un colorete se instaló en las mejillas pálidas sin vacilar, haciendo al albino lucir más deslumbrante de lo que ya era. La respuesta fue satisfactoria.

Los ojos ámbar hicieron contacto con los ojos azules, los dos pares de ojos seguían llorosos, los orbes bañados en brillo se analizaron mutuamente. Gon vio su reflejo en el mar profundo de Killua, notó como el azul eléctrico resaltaba entre los tramos de piel enrojecida y las hebras blancas que enmarcan la forma puntiaguda de sus ojos. Killua era hermoso.

—Es cierto… ¡Es cierto! ¡Te amo, Killua!

El rostro de Killua se distorsionó de una mueca adolorida a una careta de impresión sólida, quedó visiblemente en blanco. Sus ojos salieron de sus órbitas y su boca se abrió, como si su mandíbula quisiera dislocarse de su sitio y caer a sus pies.

—¿Qué? ¿Qué carajos estás diciendo ahora mismo? —el albino titubeó, sus dientes rechinaron.

Nuevas lágrimas bajaron de los ojos de Gon con desesperación. Un grifo invisible se abrió, pero sus resultados fueron evidentes a la vista.

Amaba a Killua. Su personalidad, su humor, su lealtad, su fuerza, su sonrisa, su compañía, sus ojos, su cabello. Lo amaba tanto que dolía; que se sentía imposible seguir viviendo así —tan lejos de él.

—¡Te amo! Siempre lo he hecho pero no me había dado cuenta —Killua lo miró angustiado. Pero eso no afectó a la declaración de Gon—. Estaba distraído, pensé que Ging era lo que estaba buscando, que era el premio después de un largo viaje. Pero el premio siempre fuiste tú. Estoy feliz de haberte conocido, muy, muy agradecido, pero estoy muy, muy enojado conmigo mismo por haberlo arruinado todo.

—Pero…

—Y que no me hayas dicho que ya están a salvo, me deja ver que aún no me has perdonado- y lo entiendo, de verdad.

—¡No! No fue por eso, Gon… simplemente tenía miedo, ya lo dije, yo no cambié.

—¡Yo también ya lo expliqué, Killua! ¡Quién estaba en la obligación de cambiar era yo! —Gon exclamó. Y Killua negó con la cabeza, una y otra vez como si quisiera repeler las palabras del moreno—. ¡¿Qué es lo que se suponía que debías cambiar?!

—¡Mis sentimientos por ti!

El grito de Killua fue más como un sollozo. Se produjo desde el fondo de su garganta, como si abriera el pecho del albino y revelara sus puntos más sensibles.

—Pero… lo dije, ¡Yo lo dije! ¡Te amo!

—No de la forma en que yo te amo. Tú… tú no lo dices con esas intenciones, t-tú… yo no te gusto.

—¿Quién decidió eso? ¿¡Quién te dijo eso?! —la desesperación de Gon fue palpable en su estómago. Se levantó de su puesto en la grama y se paró enfrente del albino—. ¡Claro que me gustas! ¡Te amo!

La silueta del moreno se alzó sobre el cuerpo del albino, Killua se sintió pequeño ante la intensa mirada de Gon. Los ojos ámbar se clavaron en Killua con una potencia incomparable, el dorado no se había marchitado y convertido en negro, el dorado había potenciado su intensidad. Brillaban más que nunca.

Y eso también fue aterrador.

—Eso no es… ¿Cómo va a ser posible? —Killua bajó la mirada a su regazo.

Gon no lo entendía. No del todo. Le dolía la incredulidad de Killua. Sus rodillas estaban débiles. Sus puños se apretaron a cada lado de sus muslos, su respiración se aceleró, por mucho que lo intentara era como si no entrara aire a sus pulmones.

 

“¿Cómo sería posible que no me gustaras? Después de todo lo que hiciste por mí, después de todo lo que vivimos juntos. Mostrándote tan leal a mí, tan tímido, tan hermoso. ¿Es tan difícil de creer? ¿Los correos electrónicos que te mandé no fueron suficientes? ¿Esa figura de mármol que te envié, y que te dije que me recordaba a ti? ¿Eso no te dio una pista? ¿Mis “te amo” no bastan? ¿O te he lastimado lo suficiente como para que esta confesión se sienta antinatural? Creo que te amo más que a nada. Y está bien que no me creas. Está bien que tú no lo hagas… aunque sé que te sientes igual que yo, sé también que merezco cualquiera de tus reacciones”.

 

—Te amo —Gon contuvo una respiración—. No sabes lo mucho que he fantaseado contigo durante todo este tiempo. Todos los días pensé en ti. Y… poco a poco, fue diferente ¿Sabes? De repente empecé a soñar que te besaba, que te tocaba. Y se sintió bien.

Aún recuerda los sueños. Cómo en ellos Killua se acurrucaba en su costado, cómo Killua gemía contra su tacto. Y recuerda, mucho tiempo atrás, en el transcurso de los primeros meses lo mucho que llegó a llorar pensando en él; todas las ocasiones donde se aferró a su almohada pensando, añorando, que se transformara en un conjunto de extremidades delgadas y cabello blanco.

—Tú me dijiste, Killua, que sentías lo mismo que yo. Dijiste que lo que yo había pensado probablemente tú también lo hubieras hecho —Gon reclamó—. Y-y… me refería a esto. Siempre se trató de esto. Siempre se trató de ti, de mis sentimientos por ti. Porque te amo.

Killua miró a Gon una vez más. El moreno cayó de rodillas, peligrosamente cerca del albino.

—Te amo… —Gon insistió—. Es tan fácil decirlo que no puedo parar, es verdad, te amo.

—Gon, por favor… —Killua estaba tan rojo como un tomate. Sus orejas brillaban y su cuello sufría las consecuencias, nada se salvaba, las tonalidades de rojo se intercalaban unas con otras.

—¿Qué?

—Bésame, por favor.

Gon no esperó ni un segundo más para llevar sus dos manos detrás de la cabeza de Killua, una se clavó detrás de su oreja y otra en su nuca. Lo arrastró hasta que sus labios se enfrentaron y, por primera vez, Gon olvidó que alguna vez hubo distancia entre ellos.

Los labios de Killua son tiernos, estaban húmedos y salados a causa de las lágrimas. Gon no puede evitar lamerlos, chuparlos, saborear el particular toque dulzón que los adorna. Una ola espesa de calor se asentó en la parte baja de su estómago, de repente su mente se nublo con la intensidad de la sensación y Gon recibió una confirmación divina de los cielos.

Ama a Killua.

—El único regalo que quiero, es tenerte para toda mi vida.

—Idiota —Killua rueda los ojos, y luego le sonríe con cariño—, yo he sido tuyo desde siempre.

Cuando regresaron a casa luego de aquella noche. Alluka los miró con una sonrisa juguetona, como si por alguna razón supiera que aquel elefante en la habitación había desaparecido exitosamente. El cumpleaños de Gon terminó con cada quien dirigiéndose a su respectiva habitación.

Alluka insistió en dormir sola, clamando algo con respecto a la importancia sobre la privacidad para una chica. Y Killua, con un enorme sonrojo que teñía toda la piel de su rostro, sólo pudo rodar los ojos y aceptarlo. Mito no pareció sospechar, o tal vez sí, dependiendo de cómo se interpretara su risa sutil.

Junto a la cama de Gon se extendió un futón, duro y viejo, destinado a alojar a una persona. Al igual que la pequeña cama del moreno. Pero nada de eso impidió el predecible desenlace.

—¿Está bien? —Gon le preguntó a Killua, abriendo sus brazos para darle la bienvenida al albino.

Killua se acercó tímido a la cama, arrodillándose y gateando hasta el moreno para acurrucarse a su lado.

—Sí, sí lo está. —Killua no tardó en esconder su rostro, apoyando su mejilla contra el pecho del azabache. Gon resistió un suspiro tembloroso antes de aferrarse al cuerpo más delgado.

—Estoy tan feliz que dudo mucho de poder dormir —Gon rio contra la oreja de Killua, quien sólo pudo resoplar en respuesta. La vergüenza no le permitía formular ninguna burla—. Gracias, Killua.

—¿Mmh? ¿Por qué?

—Por darme el mejor regalo de cumpleaños.

Killua no dijo nada en respuesta. Solo se aferró más al moreno, juntando sus extremidades debajo de la sábana y compartiendo calor. Gon pudo oír los latidos del albino. ¿Alguna vez habían estado tan cerca antes? No lo recordaba. En todo caso, ya no importaba.

Después de la separación, después de tanto dolor e incertidumbre, de esos meses muertos y esas crisis existenciales que acompañaron aquellas noches solitarias, finalmente estaban juntos.

Ya no había necesidad de mensajes ocultos, de regalos con segundas intenciones y notas subliminales. Todo lo que había que decir se dijo, poniendo fin al silencio y dando paso a una nueva etapa.

 

Después de todo, ya no eran niños.

Notes:

Le pedí a una IA para que me diera feedback 😭 me ayudó bastante sorpresivamente, tuve que editar el doble porque me di cuenta de muchos errores que tenía normalizado xd. Ya empecé clases, el liceo me está asesinando con tantas tareas que me mandan, sigo escribiendo: un oneshot smut con temática de halloween, otro de Gon hombre lobo y sigo en la segunda parte del super fanfic omegaverse con mucho lore (que se parece un poco a este, de hecho). Pero obviamente voy lento, porque intento ser responsable con mis demás responsabilidades 🙃

En fin, creo que aparte de eso no tengo mucho qué decir. Me gustó este fanfic. Diría que es uno de mis favoritos, así que me gustaría leer sus opiniones y comentarios. Muchísimas gracias por leer, por dejar kudos, por apoyarme, por todo. :D los quiero xoxo

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