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Capítulo 1: Cuando la lógica y los otomes no van de la mano
Izecaiyada nunca fue una persona que encajara en moldes predefinidos. Con 35 años a cuestas, no era fácil adivinar su edad real. Su aspecto era engañoso, y muchos decían que si no lo sabía, habría jurado que tenía entre 17 y 22 años. Su piel, tersa y sin una arruga que delatara el paso del tiempo, su mirada profunda y pensativa, sus gestos enérgicos y su sonrisa traviesa la hacían parecer mucho más joven, mucho más libre.
Nacida bajo el signo de Piscis y en el Año de la Serpiente, Izecaiyada había heredado una combinación única: una intuición casi mágica, propia de su signo astrológico, y una mente analítica, estratégica y calculadora, que la hacía capaz de desenmarañar las tramas más complejas de los videojuegos, sin importar cuán enrevesadas fuesen. La sensibilidad de su signo la llevaba a vivir de forma intensa, pero también la impulsaba a cuestionar, a reflexionar y a buscar respuestas en los lugares más insospechados.
La joven mexicana había crecido en un mundo donde las fronteras entre lo real y lo ficticio parecían desdibujarse. Desde pequeña, había tenido un amor profundo por los videojuegos, y no cualquier tipo de juegos: los otome eran una de sus obsesiones. Había jugado casi todos, desde los clásicos hasta los más nuevos, en inglés, en japonés, y a veces en versiones con traducciones hechas a puro oído. Cada vez que descubría un nuevo título, se sumergía con tanto entusiasmo que no solo jugaba, sino que se convertía en parte del mundo que habitaba. Con cuadernos llenos de mapas de rutas, de decisiones posibles, y de minuciosas notas sobre personajes, Izecaiyada se había ganado el título de experta entre sus amigos virtuales.
Era la clase de jugadora que no se conformaba con lo que el juego ofrecía. Cada detalle, cada opción, cada palabra en la pantalla era analizada con precisión, como si estuviera desentrañando una fórmula secreta. Pero, a pesar de su destreza, las frustraciones eran inevitables. Y como toda jugadora dedicada, no se mordía la lengua cuando algo no tenía sentido.
Aunque su vida cotidiana no siempre era tan aventurera como en sus mundos virtuales, ella se sentía más viva cuando se perdía entre las historias de romance y drama que le ofrecían esos juegos. Cada ruta era una aventura, cada personaje un misterio, cada decisión una oportunidad para escapar de la rutina de su vida real. Y eso la mantenía en marcha.
Sin embargo, en ese preciso momento, con la tableta en sus manos, Izecaiyada no solo estaba jugando. Estaba a punto de enfrentarse a algo que nunca había experimentado: un otome que la desafiaría de una manera que ni siquiera sus habilidades más afiladas podrían prever.
¿Está preparada para lo que está a punto de suceder? ¿O, como de costumbre, su impulso de cuestionarlo todo la llevará a una aventura que ni el propio juego podría haber anticipado?
Izecaiyada Piscis gasta 10 millones en el mercado negro
Izecaiyada, como buena jugadora de otomes, sabía lo que hacía. Era una experta en esos mundos ficticios, con años de experiencia y una pasión por descubrir cada rincón oculto de las rutas románticas, de las tramas enrevesadas y de los personajes complejos. Su tableta, donde tenía instalado el último otome de moda, era su aliada fiel en la batalla diaria contra la realidad.
Estaba en una misión clave. Había avanzado sin problemas hasta llegar al mercado negro, con "Aries" a su lado. Este mercado, a medio camino entre lo lúgubre y lo fascinante, era el lugar donde las transacciones más peligrosas —y costosas— se llevaban a cabo. Pero Izecaiyada no se preocupaba. Ella, como siempre, se había preparado.
Aries
(Con su sonrisa confiada, mirando alrededor mientras recorría las sombras del mercado.)
"Elige lo que necesites. No escatimes. Yo me encargo."
Izecaiyada
(En voz alta, sin dejar de mirar la pantalla de la tableta, con una risita nerviosa.)
"¿Encargarme? ¡Por favor! Si me conoces sabes que soy un genio con los números. Aquí no se malgasta ni un centavo. ¡Tengo todo bajo control!"
En el juego, la protagonista, sin embargo, parecía tener otros planes. Con un par de clics, la transacción se cerró rápidamente. El precio que el vendedor había mencionado, por un material raro que se necesitaba para una mejora crucial, era... exorbitante. Izecaiyada se quedó congelada por un segundo al ver el monto en la pantalla. 10 millones. ¡¿10 millones?! No podía ser. Era el colmo de la codicia.
Izecaiyada
(Con los ojos abiertos como platos y las manos levantadas, mirando la pantalla en total incredulidad.)
"¡¿QUÉ?! ¡Mija, no! ¿Por qué pagas tanto? ¡Esto no es normal! ¿No se supone que aquí las transacciones deben ser estratégicas? ¡¡Negocia!! ¡Dile que eres pobre, di que no tienes nada, pero... ¡haz algo!"
En la pantalla, los vendedores se reían con una sonrisa que solo los personajes del juego podían tener. Aries, con su cara tan calmada como siempre, observaba la escena con una indiferencia impresionante. La transacción ya estaba cerrada, y lo único que quedaba era su comentario, que Izecaiyada no estaba lista para escuchar.
Aries
(Con tono de voz relajado, como si estuviera hablando de la compra de una taza de café.)
"Relájate, preciosa. Conmigo no tienes que preocuparte por esas cosas. El dinero no es un problema."
Izecaiyada, completamente atónita, se echó hacia atrás, dejándose caer de espaldas en su silla. La reacción no fue de sorpresa, sino de una mezcla de rabia e incredulidad. ¿El dinero no era un problema? ¿De qué estaba hablando?
Izecaiyada
(En voz alta, a punto de perder la cordura.)
"¡¿QUÉ ACABAS DE DECIR?! ¿El dinero no es un problema? ¡¿Entonces para qué ponen precios?!"
(Llena de frustración, comenzó a darle pequeños golpes a la pantalla de la tableta.)
"¡Explícame, juego, qué clase de lógica es esta! ¿Quién escribe este guión? ¿Quién hace estos precios ridículos?"
Aries, como si estuviera hablando con la calma de alguien que no tenía nada que perder, respondió de nuevo en la pantalla, mientras la transacción se cerraba con una elegancia que solo los personajes de fantasía podían tener.
Aries
(Con una sonrisa que podría desarmar a cualquier mujer, a pesar del caos en la cabeza de Izecaiyada.)
"Lo importante es que conseguiste lo que necesitabas. Cuando estés conmigo, puedes tener lo que quieras."
Izecaiyada, ahora completamente fuera de sí, se levantó de la silla con la mirada fija en la pantalla. Su sarcasmo era como un escudo para cubrir la incomodidad de la situación.
Izecaiyada
(Con voz irónica, mirando a Aries en la pantalla.)
"¡Oh, claro! ¡Lo que siempre soñé! Ser una protagonista derrochadora, patrocinada por un mafioso con tarjeta infinita. ¡Qué maravilla de mundo!"
El humor sarcástico la estaba ayudando a calmarse, pero su mente no dejaba de dar vueltas. Mientras el juego continuaba avanzando, ella se quedó ahí, mirando la pantalla con una sensación extraña en el pecho.
Izecaiyada
(Susurrando para sí misma, mientras pasaba los dedos por la pantalla, ya en modo introspectivo.)
"¿Por qué me molesta tanto? Es solo un juego, ¿no? Pero… Dios, ojalá la vida real fuera así de simple. Gastar sin miedo, sin tener que calcular cada centavo, sin estar pendiente de cada detalle. Ser tan… libre. Como ellos."
(Suspiró profundamente, volviendo a la pantalla con una pequeña sonrisa amarga en los labios.)
"Y yo aquí, regañando a un personaje ficticio por no ser responsable. Estoy perdiendo la cabeza. Gracias, Aries, por el recordatorio de que la vida no es un juego."
El brillo de la tableta se reflejó en sus ojos. Tal vez, solo tal vez, en ese otro mundo ficticio, las reglas no eran tan complicadas. Pero, por ahora, ella tenía que regresar a la realidad. Y esa realidad no era tan indulgente.
