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Si Kai tenía que ser sincero, no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí o porqué siquiera estaba en esa tribuna. Simplemente se acuerda de tener una llamada perdida de Enzo y una invitación de lujo para verlo en uno de sus amistosos de la selección ahora que tenía que ser baja por lesión. Tampoco sabe porque la aceptó; como buen compatriota se suponía que debía estar en Alemania, viendo a sus compañeros entrar o en su defecto estar en Londres haciendo algo.
Sin embargo, ahí estaba, en el predio de la AFA en Ezeiza del otro lado del mundo, viendo como su amigo entrenaba y se reía junto con sus compañeros.
Kai tampoco sabía como carajo había logrado entrar al entrenamiento, lo único que logró captar fue que Enzo habló con Scaloni y el resto del Cuerpo Directivo pidiéndoles permiso para entrar, después tuvo que hablar con Lionel Messi y recién ahí pudo pasar. Así que ahí estaba, otra vez, sentado solo viéndolo correr de acá para allá mientras se gritaba con Julián Álvarez.
Le gustaba.
Tal vez ese fue el porqué decidió sacar un vuelo a Argentina y aceptar la invitación, para poder verlo disfrutar del fútbol realmente; con su familia –porque en esos días que llevaba ahí aprendió que la selección Argentina no era un equipo, eran una familia–, en su propio suelo y con la emoción de miles de cientos de persona coreando su nombre en las afueras del predio. Para ver esa sonrisa que crecía cada vez más y más en el rostro perfecto de su amigo.
Ni siquiera podía sentirse triste por no poder jugar, verlo disfrutar a un grado tan elevado hacía que la felicidad que él sentía se le trasmitiera. Cada vez que se acercaba a por la botella de agua que tenía o que simplemente iba para hablar y hacerle compañía en los pequeños descansos, podía sentir la felicidad irradiar del pequeño cuerpo y eso bastaba para que sus labios se curven hacia arriba involuntariamente.
Dios, hasta tuvo que aprender a hacer mates porque esa fue la condición con la que pudo entrar ahí. Los hacía como el culo, lo sabía y todos se lo hacían notar, pero, al parecer, bastaba porque todos los días que llegaba lo primero que hacían era entregarle un bolso para ponerse a cebar. Como aprendió que era la palabra.
Y eso estaba haciendo en ese preciso momento, cebando un nuevo mate para el que sea que quisiera y recibiendo algún que otro halago por eso. Kai no iba a negar, ni tampoco afirmar, que se estaba divirtiendo, que la estaba pasando bien en el predio de la AFA escuchando como se insultaban cada dos por tres, contaban chistes que no entendía y les cebaba mates para que tomen.
Aunque si había algo que le estaba molestando y eso era la facilidad con la que todos se tiraban encima de Enzo, la facilidad con la que Julián parecía tener toda su atención teniéndolo siempre sobre sus hombros, abrazándolo, tocándolo de más. Havertz veía eso, lo veía bien y no le gustaba para nada. Sentía que aquel Julián le robaba a su amigo.
Empero, todos esos sentimientos desaparecían cada vez que el morocho de mechas corría hacia él para festejar que su equipo hacía un gol o si ganaban.
Como en ese momento.
— ¡¿Me viste?! —Algo en su pecho se volvía cálido cada vez que Enzo corría hacia él con esa sonrisa marcada a fuego en su rostro, una sonrisa que era para él y solo para él—. ¿Me viste? —Siempre lo preguntaba dos veces, Kai solía pensar que era de tanta emoción que tenía.
— Sí, te vi —Havertz no era una persona de muchas palabras, era alguien bastante introvertido que, con casi cuatro meses a su lado, todavía no sabía como actuar contra la forma extrovertida de ser de Enzo.
— Te la dedico —por suerte, Enzo, lo entendía a la perfección, nunca presionándolo a hablar de más o conseguir más de su boca, educado con su forma de actuar, pero, haciendo notar siempre que era una persona extrovertida.
— En vez de tanta dedicatoria, ponémelas así cuando juguemos juntos —respondió Havertz sin saber que decir antes esas muestras de cariño espontaneas del platinado, muestras que hacían que su corazón lata con locura.
Enzo sonrió, Kai, al no saber tanto español, siempre participaba en conversaciones sacadas de contexto.
Justo como esa.
— ¿Querés que te la ponga? —Preguntó Enzo, esa sonrisa de costado creciendo en su rostro, volviéndolo mil veces más atractivo y lleno de vida. Todo en Havertz se agitaba cada vez que lo veía así—. Pensé que a vos te gustaba hacer eso, conmigo.
Las mejillas pálidas del castaño tomaron un brillo rojo y desvió la mirada, esa era una cosa que no le gustaba de su corta estancia en Argentina, la confusión con los términos y que todo lo que diga terminase siendo un nuevo motivo de burla para el platinado, no obstante, cuando escuchaba esa risa melodiosa, el enojo desaparecía, se volvía un segundo plano donde el primero era ver como los ojos de Enzo se volvían medialunas, sus pómulos se marcaban y pequeñas arrugas se hacían alrededor de sus ojos.
Era hipnótico.
— Te odio —comentó con falso enojo, eso hizo reír más a Enzo—. Enzo —se quejó dándole una botella de agua, los chicos parecían esperar tranquilo por él, después de todo, era un partido para pasar el rato.
— Perdón, perdón —se disculpó soltando un suspiro y tomando del agua, rastros de su sonrisa aun bailando en su rostro—. No falta mucho para que termine, presta mucha atención, ¿sí?
Y tras eso le guiñó un ojo dejando la botella y volviendo a la cancha abrazando nuevamente a Julián. Esta vez Kai solo sonrió, Enzo era un chico raro y por eso le gustaba: tenían casi la misma edad, pero la personalidad del platinado no se comparaba en nada a la suya, su alegría, felicidad, su necesidad de siempre tener cariño cerca suyo, de la atención. Era todo lo que él no era, lo iluminaba cuando él era oscuro, lo volvía más suelto cuando él solía ser rígido.
Enzo se había presentado en su vida como el sol que venía a arrollar todo lo que tenía adelante. Kai decidió tomar el rol de iceberg que buscaba ser derretido por más que no lo supiera.
No podía estar más contento con eso; no estaba acostumbrado a los sentimientos, después de su última pareja, no tenía ganas de algo nuevo y esa había sido su meta de año nuevo, sin embargo, Enzo había arrasador en su vida como si la meta que se había trazado lo tuviera sin cuidado: sonriéndole con esos dientes perfectos, buscándolo cada vez que metía un gol o daba una asistencia, sin importar si él era el protagonista, besándolo con esos labios gruesos que se sentían como bálsamo sobre su piel lastimada. Tirando esos chistes que todavía no lograba entender, enseñándole más y más español para que así pudieran hablar más sueltos.
Enzo lo hacía todo para enamorarlo. No había un día que se diera por vencido en su amor.
Y Kai ya no podía, ni quería mentirse, él había caído por él. Se había enamorado del argentino de veintidós años que era un sol en su vida; intenso, fuerte y cálido, protagonista siempre.
— ¡Havertz! —Escuchó el grito en la cancha y levantó la mirada, encontrándose con los ojos verdes del cordobés Dybala.
Fue allí cuando vio a Enzo correr hacia él.
Eso no era nuevo, para nada, seguramente habían metido un gol con todos los gritos de festejos y aplausos, también el gol ganador porque el partido había terminado. Era normal que corriera hacia él.
No, lo nuevo era la remera blanca del platinado, con un alemán sacado de google traductor y que hizo latir el corazón frío de Kai Havertz.
'Möchtest du mein fester Freund sein?'
Que traducido era:
'¿Querés ser mi novio?'
Havertz se levantó de su lugar olvidándose de todo lo que tenía encima, las botellas y el mate cayéndose al piso, el cuerpo de Enzo acercándose a él mientras agarraba la camiseta de entrenamiento y así no tapara las palabras. Sus ojos brillando con una emoción tan intensa que nunca antes había visto en él.
Entonces, cuando estuvo cerca suyo frenó por completo, mirándolo. Sus ojos oscuros chocando contra los verdes suyos, sus emociones aun latiendo en el brillo. La espera de una respuesta grabada a fuego en su cara.
¿Cómo podía siquiera rechazarlo cuándo su corazón latía, gritaba y ardía porque diga sí?
— ¿Y? —Preguntó después de unos míseros segundos en los que Havertz se quedó callado esperando ver cuanto podía aguantar—. No me hagas este juego de suspenso...
— Enzo —habló, sin embargo, fue interrumpido por el platinado.
— ¿Qué? —Su voz se había apagado, Kai pudo sentirlo—. ¿No te gustó? ¿Me equivoqué?
— Enzo...
— No, no me pude haber equivocado, yo sé que vos me queres —volvió a interrumpirlo, sus pasos acercándolo a él—. Puedo ver en tus ojos cuando me miras, en los chistes de mierda que compartimos cuando estamos juntos, en la manera que me tocas cuando estamos solos —eso sacó un 'uhhh' de parte de los argentinos que esperaban ver como terminaba eso—. Ni siquiera te atrevas a decirme que no sentís lo mismo que yo porque es-
— ¡Enzo! —Tuvo que gritar para que por fin se callara; ese era su pequeño rayo de sol, esa era la persona que hacía latir su corazón y que se había ganado el lugar de ser más importante en su vida; con sus chistes malos, su emoción desbordante, sus caprichos y sus enojos sin sentido—. ¿Me vas a dejar hablar?
Enzo asintió. Su mano viajó hasta la mejilla contraria, sus dedos deslizándose por el dibujo de cruz sobre su cuello. Havertz pudo sentir como su propia mirada se aflojó ante los ojos que lo miraban expectantes.
¿Cómo siquiera poder negarse?
— Sí, Enzo.
No pudo responder otra cosa, le costaba, no solo por las personas a su alrededor, sino porque él siempre había sido malo con las palabras, era su naturaleza y la de sus sentimientos. Esperaba que su pequeño sol entendiera lo que quería decir.
— ¿Sí, qué? —Bueno, así era él.
Tenía que haberlo sabido.
Solo quedaba una cosa por hacer.
Lo que tuvo que hacer desde el principio.
Se inclinó hacia abajo tomando el rostro del menor con sus dos manos y cerró la distancia que los separaba. Sus labios envolviendo los del platinado, robando cada suspiro que podía, dejando ir todos sus sentimientos en ese beso.
Enseñándole que era lo que verdad sentía, enseñándole todo eso que no podía poner en palabras.
Se separaron, se separaron cuando sintieron que las palabras eran necesarias, pero no se alejaron; el cuerpo de Enzo aun pegado al suyo, su cabeza mirando hacía arriba, sus ojos fijos clavados en él sin querer dejarlo ir.
— Sí, Fernández —habló Kai nuevamente, con una nueva voz suave que ninguno sabía que tenía y que podía expresar, pero que Enzo si conocía, porque era esa voz que lo recibía todas las mañanas en la cocina de su departamento, porque era esa voz que escuchaba antes de irse a dormir y que lo acompañaba en su día a día. La del hombre que quería más que a nada en el mundo.
— ¿Sí, qué? —Repitió Enzo, aunque ya sabía que decía, era simplemente para burlarlo.
— ¿De verdad me vas a hacer decirlo en frente de todos? —Preguntó Kai resignado, sus dientes dejándose ver en una de esas sonrisa vergonzosas que solía soltar.
— Sip-
— Sí, quiero ser tu novio tarado.
Tras eso, los dos volvieron a juntarse en un beso consumidor. Un beso que sellaba aquella bella promesa de amor, que terminaba por firmar el contrato.
De fondo se podían escuchar los gritos de festejos de parte de la selección argentina junto con alguna que otra burla sobre que era un traidor por irse con el alemán ese.
A Enzo no le importaba.
Él volvería a elegir su alemán mil y un veces.
Porque lo amaba.
