Chapter Text
Quizás no fue la mejor idea de Jean dejar que Kaeya lidie por su cuenta con su pequeño… inconveniente.
Kaeya no era el tipo de persona que dejaba las aguas quietas, si se encontraba una laguna, deseaba que una delicada llovizna le cayese, o rozar la yema de sus dedos por encima, no para derramar el agua, sino para ver las ondas extendiéndose, el pánico momentáneo de los peces. La necesidad de irrumpir era algo que alguien como él debía contener, pero aún así persistía, como un leve ardor lo suficientemente doloroso para hacer notar su presencia.
En una cuerda, enredada con la delicadeza de la tela de araña, eternamente al borde de deshilacharse es donde se encontraba, junto con Diluc, sintiendo el ardor más intensamente.
A veces la movería, esperando a que Diluc tropiece, a que sus ojos se voltearan hacia él—hacia él, por instinto, como siempre solían hacerlo. Claro, era un poco injusto desear eso, considerando que la última vez que Diluc realmente lo había mirado así, sin ninguna intención de contener su desesperación, Kaeya… la había cagado monumentalmente.
Extrañamente, eso no cambiaba el hecho de que Kaeya era, y aún es, un buscapleitos.
— Saca tu culo de ahí detrás.
Diluc lo fulmina con la mirada, impasible, pero su mirada atónita oculta como la luz del día para Kaeya, la mano que había estado puliendo el vaso está congelada, como tallada en mármol. La cháchara usual de la taberna no se halla presente para llenar el silencio que les sigue, aunque la característica expresión irritada no tarda en aparecer en el rostro del maestro.
— ¿Estás enojado porque te pedí que pagaras y te fueras, Señor Kaeya? ¿Cómo es que los caballeros han caído tan bajo para usar semejante lenguaje contra un cantinero que no desea trabajar horas extra—
— Sí, no estoy hablando como caballero ahora, Diluc, y aunque lo estuviera. — Kaeya abre los brazos de manera dramática. — No hay nadie para presenciar esta atroz ruptura del código de caballería.
Diluc no suelta el vaso, o desvía la mirada, como intentando descifrar el mensaje que Kaeya ocultaba en su inesperado acto de agresión.
Esta vez, no había nada. Kaeya iba completamente en serio.
— Hagámoslo solo con las manos. Sin visiones. Últimamente me muero de ganas de patearte el culo.
Diluc baja el vaso.
Kaeya le sonríe burlonamente al empresario al verlo acercarse suavemente de detrás de la barra, acomodando sus guantes y parándose detrás de él, su expresión austera.
— ¿Estás borracho acaso? ¿Qué mierda te pasa?
— Ah, con que dejando la fachada de civilizado ¿eh? — aplaude un par de veces, cada músculo moviéndose con cinismo, — Bueno saber que tu papi no crió a ningún cobarde.
El puño que se hunde en su estómago lo hace caer de rodillas, pero Kaeya en vez aprovecha el impulso para golpear su cabeza contra la nariz de Diluc.
Era un poco fastidioso no ver a Diluc tan interesado como Kaeya estaba, pero ver el rojo fluyendo de su nariz era suficiente para entusiasmarse
— Desgraciado. — gruñe Diluc, como un león, enjaulado en una lucha con un gladiador, y el menor no pudo evitar sonreír encantado.
Y se lanza.
Se siente extrañamente satisfactorio, intercambiar golpes, devolviendo a Diluc lo que le lanzaba a Kaeya. Siente ligeras punzadas de decepción cuando los golpes de Diluc fallan, aunque sólo podía echarle la culpa a su propia habilidad para esquivar. Su evasividad le aseguraba varias esquivadas, ya sea hacia su secretos o su cara.
Tampoco es que el duelo con Diluc fuese tan justo. Aquel hombre siempre se había destacado en el combate mano a mano, y ahora eso va mezclado con su resistencia, así que incluso cuando los puños de Kaeya dejan su marca, incluso cuando sabe que duelen, no obtiene la satisfacción de ver sus facciones retorciéndose de dolor. No es que le guste ver a Diluc sufriendo, lo odia y lo hiere, y por eso es que se aferraba a la autoflagelación necesaria para arrastrar a Diluc en su problema.
Kaeya no era ni un sádico ni un masoquista, no buscaba dolor por placer; únicamente necesitaba sentir algo, cualquier cosa fuera del vacío constante que se había abierto entre él y el hombre que solía ser su mejor amigo. Dejando atrás el amor, los brazos del dolor era lo único que podía buscar.
Sabía que Diluc se estaba conteniendo con sus golpes, incluso si lo había hecho enojar. La cuerda seguía demasiado rígida, demasiado inafectada–
— ¿Qué pasa, Maestro Diluc? — dice con la voz áspera, evadiendo un puñetazo por milímetros. — ¿Te estás conteniendo conmigo? — Una bota lo hace caer al piso con un golpe limpio y Diluc ya lo tiene acorralado contra el piso, sabe que si se tratase únicamente de fuerza bruta, no tendría oportunidad de ganarle.
El pelirrojo luce furioso, pero sigue conteniéndose y Kaeya lo detesta. Detesta el rojo en sus ojos que aún parecía estar buscando un por qué por motivos demasiado lúcidos según él.
— ¿Por qué preferiste atacarme cuando yo no poseía una Visión o un título? — sonríe, una satisfacción irracional se esparce por su pecho al ver a Diluc titubear, un rayo de estupefacción culposa agracia su rostro por un mero segundo. Es suficiente para que Kaeya estrellara su rodilla contra su costado, para ser recompensado con un gruñido de dolor por parte de Diluc, su rostro contrayéndose de la agonía al rodar de encima suya y chocar contra los taburetes alineados contra la barra.
Kaeya se levanta instantáneamente, avanzando hacia Diluc quién yace en el suelo junto con los taburetes caídos, agarrando su costado. Lo toma de la barbilla, forzándolo a levantar la cabeza y mirarlo al ojo. — ¿Preferiste darlo todo cuando te mostré mi verdadero ser por primera vez, apuntar tu espada y tus llamas contra mí? — Habían destrozado la taberna por completo durante su pequeña pelea, aunque Kaeya no se siente muy culpable por eso. Diluc podría arreglarlo todo, incluso reemplazarlo, sin mucho problema. Siempre podría recogerlo por su cuenta.
— ¿Y qué te hace tan diferente a mí, Kaeya?
— …
— “Mostrar tu verdadero ser” mis pelotas, me mentiste todo el maldito tiempo - toda mi vida se vino abajo—
— Eras el único al que podía decirle, el último que trataría de matarme ¿¡Y adivina qué mierda hiciste!?
— ¡Bueno, pues qué puta lástima que no lo logré!
Kaeya lo suelta y la pelea se reanuda, esta vez intercalada con gritos de lo que sea que se les venga a la cabeza, cualquier frase que Kaeya sabe que dolerá, que aguijoneará a Diluc hasta que lo golpee más fuerte. Detesta cómo se restringe, odia que Diluc tenga el privilegio de tener control, de contenerse cuando Kaeya tiene que poner todo en juego para simplemente sobrevivir.
— ¡Y ahora te doy otra chance! — grita — De hacer tu puto trabajo y no fallar rotundamente como cuando dejaste morir al Maestro Crepus—
Un rugido incoherente es lo único que logra sacar de Diluc antes de ser estampado contra la barra con una fuerza ridícula, llorando ante el crujido que siente en sus adentros.
El rostro de Diluc se ve extrañamente inexpresivo cuando baja la mirada para verlo, una mano aún retorciendo el cuello de su camisa.
Una voz profunda, más mezclada con temblores, una presa resquebrajada aferrándose a la ira de los mares. — Sé lo que estás tratando de hacer. Estás tratando de provocarme. Y está funcionando.
Su rostro está cerca, su labio reventado derramando color rojizo, una nariz pálida tornándose violeta, fracturas en un rostro una vez tan pulcro e iluminado con la dulce nostalgia, Kaeya se pregunta qué tanto más le enfadaría si se acercara a lamer la sangre manchando la comisura de sus labios. Si de nuevo reprimiera la necesidad de confortar y en su lugar retorciera el cuchillo aún más profundo.
Una línea que se siente demasiado íntima para cruzar.
— Hazme todo el daño que quieras. Y te daré lo que deseas, en lo que sea que sea este puto juego mental tan jodido al que le cogiste gusto. Pero, no te atrevas a meter a mi padre en esto. No ensucies su memoria con tus viles palabras.
Kaeya podría mencionar el hecho de que hacer un pacto con el diablo para obtener un Engaño y había ensuciado su memoria lo suficiente, pero aún así—
Crepus había sido un hombre mucho mejor que él. Merecía haberle ahorrado el saber de sus mentiras.
Y en el fondo, Kaeya también quiere creer en esa fantasía. Como Diluc.
— Está bien. — murmura. Posiblemente la conversación más civilizada que han tenido esa noche.
La puerta se abre de golpe. Huffman contempla su condición precaria y sangrienta, y con la propensión de un auténtico caballero con sangre en—
— E- escuché un ruido. — tartamudea. — Y vine para saber qué estaban haciendo, Señor Kaeya, no debería estar peleand—
— Lárgate. — bufa Kaeya, como el honorable superior que es. Diluc no dice nada, pero revela sus dientes para gruñirle al intruso. Para hacer énfasis. Parece que trabajan bien juntos en esa área.
Huffman tiene que decidir entre sus valores como caballero y recibir la golpiza de su vida por parte de quizás el dúo más mortal en todo Mondstadt. O huir.
Obviamente huye. No todos escogerían ser idiotas en nombre de la galantería.
Diluc se aleja, ambos respiran profundamente y la pelea vuelve a reanudarse.
En algún punto llegan a parecer un par de gatos callejeros gruñéndose y arañándose entre sí. Kaeya no sabe qué duele más, si gritar cosas que realmente no pensaba, o el hecho de que concordaba con lo que Diluc espetaba en respuesta.
— Eres un mimado, Luc. Con todas tus estupideces de la justicia y la pasión— Estaba tan jodidamente harto de ti, de mantener tus fantasías de que el mundo es color de rosa; y ahora mírate, ni siquiera puedes soportar la verda—
La expresión de Diluc se torna dolorosa, siente su mano enredarse en su capa un segundo antes de ser arrojado al suelo. Jadea, intentando levantarse, sólo para sentir sus músculos entumecidos, temblando patéticamente en el suelo como un flan. No tiene fuerzas ni para quejarse de las astillas clavándose en su piel.
Extrañamente, no siente a Diluc acercándose, pateándolo hasta dejarlo inconsciente pese a tener la oportunidad perfecta. Casi duele recostarse en sus antebrazos, y solo puede ver de las rodillas para abajo de aquel hombre parado a pocos pies de distancia, inmóvil.
— ¿Por qué no lo hiciste? — lo oye decir, con una voz anormalmente suave. — De todos los días que pasamos juntos, ¿por qué no me mentiste el día que menos necesitaba la verdad?
Puede ver sus pasos alejándose, junto al muro de la entrada a la taverna.
— No quería tu verdad— te necesitaba a tí, tus mentiras, como lo que siempre habías sido para mí. Ese día lo único que podía ver era rojo, ¿qué diferencia haría un mundo color de rosa?
Puede observar a Diluc caer al suelo, agradecido de ver su cabeza escondida entre sus rodillas.
— Y yo la cagué. Te rompí; me rompí a mí mismo, rompí todas las promesas que hicimos ¿cómo podría perdonármelo? ¿Dónde estaban mis estupideces de la pasión y la justicia? ¿Por qué no tuve la fuerza para perdonar? ¿Por qué no entendiste, por qué no pudiste mentir un poco más?
— …
El silencio reina y Kaeya recuesta su cabeza en el suelo de nuevo, contemplando el candelabro en el techo, casi cegador, casi trayendo recuerdos.
— Y aquí estoy, culpándote de mis propias falencias—
— Siempre parecías poder hacer lo imposible, Diluc. — murmura Kaeya, y el pelirrojo queda en silencio. — Siempre lo lograbas, sin importar cuán ridículo fuera, creabas milagros y lo hacías parecer fácil.
Dice con la garganta seca y la respiración ahogada; sus costillas comienzan a doler aún más.
La fuerza de Diluc como caballero no era una bendición innata; era el resultado de un entrenamiento doloroso, de una mentalidad resquebrajada y cuerpos que dolían. Dominar la mandoble había sido particularmente brutal, pero persistió. Habría practicado cien veces, y luego de que sus dedos quedasen rotos y sangrando, practicaría mil más.
— Me gustaba verte como un dios.
Siendo una llama que refulgía tan brillante, ¿cómo es que Kaeya podría verlo como otra cosa que no fuera el sol que su gente tanto añoraba?
— Debí haberte frenado, pero me cegué.
Diluc no debió haber sido tan frágil.
— Yo quería ser castigado, y aún así esperaba que lo soportaras. Sólo un milagro hubiera sido suficiente para que me perdonaras, y yo esperaba que hicieras otro.
— Yo no quería ser un dios. — escucha murmurar a Diluc.
— No querías. Me dí cuenta demasiado tarde. — logra confesar pese al sofocante nudo en su garganta
***
Kaeya llega cojeando al trabajo al día siguiente, al menos con la confianza de que sus habilidades de vendaje no son tan desastrosas como sus emociones. Sus costillas dolían como el carajo (Diluc, maldito bruto), su cara probablemente luce como si lo hubieran lapidado y en general, su cuerpo probablemente lo odia por no haberse tomado el día libre.
Podría haber sido menos terco e ir a que lo curaran. Pero quería que las heridas se mantuvieran por el momento. Por motivos de mierda simbólica.
Sea como fuere, sabe que se ve como vómito de hilichurl por las miradas que le lanzan.
Lo que realmente lo toma fuera de base es que Diluc tiene la audacia de mostrarse en público. Puede verlo de reojo junto al Buen Cazador, sus miradas se cruzan brevemente. Lleva puesta su característico abrigo y botas, pese al prominente vendaje en su nariz. Se las arregla para verse impecable, sonriendo gentilmente a la preocupada Margaret junto a él.
Cabrón.
Está en la oficina de Jean, la mujer se recuesta contra su escritorio con los brazos cruzados fuertemente y su pie golpeteando el piso, una mirada severa en su rostro. Un vago recuerdo de Frederica resurge, siete años atrás, de la vez que dejó a un potro suelto en su recámara.
Eso le recuerda que ahora necesita una excusa. Se riñe entre si decir que estuvo bailando breakdance en el tejado de la Catedral y resbaló, o que un Mitachurl lo confundió con su hacha y le dió vueltas como un trompo, pero—
— Verás, ayer —accidentalmente, debo decir— me metí entre un slime Pyro y uno Electro besándose apasionadamente—
— Ayer te involucraste en una pelea con el Maestro Diluc. — declara monótona, como un verdugo recitando los cargos contra el futuro degollado.
Ok, misión fallida. Desde el rabillo del ojo puede notar a Huffman, escabulléndose estrepitosamente de la oficina por los lados.
Oh.
La bruja, el león, y la audacia de este cabrón.
la rubia lo fulmina con la mirada.
— Cuando dije que te daría tiempo para tu constipación elementa— para recuperar tus habilidades, me refería a esto.
***
Kaeya está acurrucado en una de las camillas del área de medicina de la Catedral. Levanta una mano y siente cómo la frígida energía Cryo corre por sus venas, casi llegando a las yemas de sus dedos y—
Poof.
Un par de pequeños copos de nieve salen, una terrible amenaza quizás para el dedo meñique de Klee.
Está demasiado acostumbrado a escuchar a Jean suspirando, pero usualmente es por su tendencia a trabajar más de la cuenta, y no por preocuparse por él.
—¿Cuánto tiempo has estado así?
— Casi dos semanas… creo- ¡Auch!— lanza una mirada reprochante a Bárbara, quién está revisando las severas heridas rasgadas por espinas Dendro.
— ¡Lo lamento, no puedo curar la herida sin antes deshacerme de las impurezas!
Jean levanta una ceja. — ¿Dos semanas? ¿¡Y no me dices hasta ahora!?
— Vamos, en mi defensa, antes no estaba tan grave. Sólo un par de hipos de vez en cuando—
— Irrelevante. ¡Si me hubieras dicho no te hubiera mandado a esa misión!
Y entonces Jean lo hubiera hecho sola. Precisamente lo que Kaeya no quería que pasara.
Dicho esto, incluso si la combinación de un mago Pyro y un samachurl Dendro, era una auténtica pesadilla, aún más con sus habilidades elementales fallando un poco, pensaba que sería capaz de arreglárselas.
Pero únicamente logra casi morir porque su visión amaneció con ganas de joder
Resultaba aún más vergonzoso que lo que le salvó el culo fue un inesperado aguacero y Klee.
Y le costó una buena parte de su sueldo comprarle los suficientes pasteles a la cría para que no le contara a todo Mondstadt.
***
Y eso había sido hace una semana.
—Mira, Jean, entiendo que estés enfadada, ¡pero me estaba quedando sin ideas!
— ¡¿Entonces tu solución fue atacar al Maestro Diluc?!
—¡Pero si él empezó!
Jean pellizca el puente de su nariz y Kaeya comienza a sentirse algo mal por ser una honorable contribución a sus niveles diarios de estrés.
Y si Lisa se enterara, pues, sus heridas se tardarían aún más en curar.
— ¡No fue tan grave! ¡Sólo dijimos exactamente lo que pensábamos el uno del otro!
— Kaeya…
— ¡La comunicación es clave, Jean!
— Él se comunicó contigo rompiéndote tres costillas. — Una tercera voz. Rosaria, recostándose en el marco de la puerta. Se encoge de hombros y Kaeya entrecierra el ojo.
— Bárbara me dijo. Sólo te fuiste de la enfermería, sin dejarte curar.
— ¿Cuánto tiempo has estado ahí parada? — murmura Kaeya. Los hombros de Jean caen.
— ¡¿Has— has estado caminando por ahí por la ciudad con huesos rotos?!
— ¡Vamos, no soy tan tonto para ignorar unas costillas rotas! Les hice una especie de curación con mi Visión. Tú fuiste la que me enseñaste a hacerlo después de todo, Jean.
La mujer no se ve nada convencida.
—Y tampoco es que esté en labor activa. Estoy estancado dentro con un montón de papeleo aburridísimo.
— ¡Kaeya, que un caballero ataque a un civil es suficiente para ser despedido del servicio!
— Ese “civil'' del que hablas estaba a punto de volverse el caballero más destacado de toda la Orden con sólo un cuarto de la experiencia del Gran Maestro Varka, pero claro~ yo soy el malo.
Dicha representación de la inocencia misma también había asesinado a un tipo en su sótano en su propia fiesta y luego había vuelto como si nada.
Pero Jean no podía saberlo.
— Y por eso es que tú eres el idiota. ¿Qué demonios te hizo pensar que podrías ganarle en una pelea física a un tipo que utiliza una mandoble?
— Mira quién habla. —responde con altanería a la monja. — ¡Tú fuiste la que me dio la idea en primer lugar!
***
— Y bien, — Rosaria se recuesta contra el muro de ladrillos en una de las áreas más aisladas de la ciudad. — ¿Cuál es el diagnóstico de nuestra Diaconisa?
Kaeya observa el cuerpo desplomado del Ladrón de Tesoros a sus pies. — Dijo que tengo constipación…
Rosaria levanta una ceja.
— Constipación elemental.
. . .
La mujer repentinamente baja la cabeza y Kaeya puede ver cómo se mueven sus mejillas en un intento de contener la risa. Ella levanta la cabeza de nuevo, expresión exageradamente ruidosamente en blanco.
— Eso suena… como una mierda.
— Te odio.
— Supongo que no te estás recargando lo suficientemente seguido.
Kaeya rueda el ojo. — Sí, Bárbara me dijo lo mismo, ¿pero qué coño significa eso de “recargarse”?
Rosaria parpadea.
— ¿No sabes—? Ugh, no es algo que la mayoría de usuarios de Visiones hagan conscientemente, pero es como un método de… permanecer en contacto con lo que te hizo merecer una. No tiene que ser algo diario.
— ¿Está bien…?
— Por ejemplo, yo recibí la mía como una prueba de supervivencia. Ahora sobrevivo cada semana escuchando a las hermanas dando su sermón sobre las Cinco Bendiciones de Barbaculo.
— . . . Entonces, como Jean obtuvo la suya por trabajar más de la cuenta, entonces ahora…
Rosaria asiente con aprobación. —Ya lo estás entendiendo.
Bueno, talvez comenzaba a entenderlo un poco. Pero…
— ¿Pero eso no sería un… problema para alguien que —no sé, casi muere?
— Tenemos a Bennett. Él casi muere todos los días.
Kaeya no podría decir que su caso haya sido una experiencia “cercana a la muerte”. Un coñazo de todas formas.
***
— Hijo de perra. ¡Nunca te dije que te pelaras con él! Además, ¿acaso tu estupidez funcionó de algo?
Kaeya parpadea antes de hacer un gesto de barrida con su mano. Un par de copos de nieve se derriten antes de tocar su palma.
Entonces, ¿Cuál había sido el punto de todo eso?
— Entonces fue un total despropósito. Dime, entonces, ¿cómo exactamente fue que te “hiciste una pequeña curación” en las costillas?
— Me robé —ejem, tomé prestadas algunas cosas del taller de Albedo.
Jean suspira.
— A este punto tú ya ni me sorprendes, ¿pero qué pudiste haber hecho para que el Maestro Diluc te siguiera el juego? ¡Él es un hombre decente!
— ¡Oye, yo soy decente, me sé las tablas hasta el diecinueve! — replica indignado.
— …
— Probablemente mencionó a su papá.— musita Rosaria en voz alta, una sonrisa burlona reflejada en su rostro fantasmal. — Funciona perfecto en hombres ricos y reprimidos como él.
Jean luce como si Klee hubiese inventado Bombas Saltarinas capaces de volar.
— ¡¿Mencionaste al Maestro Crepus?! ¡Kaeya!
— Sí, yo sé, me pasé de cabrón—
— ¿De verdad quieres que te odie tanto?
— ¿...tal vez?
— ¿Qué te cuesta tener un poco de amabilidad, Kaeya?
Él suelta un bufido.
— ¿Se suponía que debía ser educado con él? “Saludos, Maestro Diluc. ¡Qué maravillosa está la noche! ¡Me encuentro tan contento que podría golpear algo! ¿Qué tal su encantador rostro?”?
— De hecho eso sería perfecto. ¿Qué es una rivalidad entre hombres si no está envuelta con una pizca de homosexualidad?
Jean le lanza una mirada a Rosaria, antes de cambiar su expresión a una mezcla de exasperación y… ¿pena?
— No sólo hablo de ser amable con él.
…
— De todos modos. —Kaeya observa detenidamente el librero detrás de su escritorio. Un montón de volúmenes sobre rutas comerciales, mapas, y estrategias de defensa decoraban los estantes, espolvoreados con los romances que Jean había ocultado ahí, lejos de la mirada (de su madre) del público. — Puedo asegurarte, Gran Maestra Intendente, que él no ha quedado mucho mejor que yo.
— Eso… no te hará quedar mejor.
— El caso es que fue un duelo entre iguales.
— ¿Contra el tipo que probablemente podría cargar tres veces tu peso en una mano? ¿Dos veces campeón del Concurso de hacer Malabares con Barriles de Monstadt?—contesta Rosaria, como un molesto murciélago.
— Primero que nada, ese no es un concurso real. Segundo, nuestra pelea acabó en un empate.
La monja sólamente suelta una risilla. Jean, cuya paciencia infinita comienza a agotarse, lo fulmina con la mirada.
—Suficiente. Vaya a casa, Señor Kaeya. Una carta se le enviará en una semana con los detalles de su castigo.
***
Klee ha estado mirándolo por los últimos veinte minutos. Kaeya había logrado prolongar la vida de la población marina en el lago Estelar por medio de tostadas, las cuales la pequeña elfa estaba masticando.
Asegurarse de que la densidad de población de peces en el lago Estelar no caiga bajo 6 por metro cúbico. Por un mes.
Ahora, no podía entender cuál era el propósito de ponerlo de guardaespaldas de los putos peces, hasta que vió a Klee vaciando todo su arsenal en el lago.
Un plan inteligentemente cruel por parte de Jean para distraerlo de su auto-sabotaje.
— ¿Kaeya, qué te pasó en la cara? — Klee parpadea al preguntar, ojos rojizos muy abiertos.
Verdad. Sus heridas. Quizás Klee de verdad le creería si le dijera lo del hacha del mitachurl—
— ¿Alguien estuvo molestando a Kaeya? — Hay un ligero temblor en su voz. — ¡Klee te protegerá! ¡Klee va a explotar a los bravucones!
Por más terrorífico que implique ser, también se siente un poco tentado a dejarla fastidiar a Diluc por un rato. No puede evitar preguntarse cómo es que lidiaría con una pequeña terrorista, de un cuarto de su estatura, lanzando bombas por toda su hacienda.
Pero tiene que comportarse. Entonces le embute otro pedazo de tostada en la boca, con una sonrisa pícara.
E inmediatamente arrepintiéndose por dónde carajos había aprendido Diluc a hacer ese gancho izquierdo
Por suerte pudo invocar suficiente energía Cryo en la punta de su lengua para presionarla contra la dolorosa cortada en su labio.
— Nadie me estuvo molestando, Klee. Verás, un malvado mitachurl gigante me vió y—
Alguien se aclara la garganta detrás de ellos. Kaeya se da la vuelta, alzando la vista para ver a Diluc, quién los mira imponentemente. Pensándolo mejor, sí que se veía ligeramente cómico, intentando mirarlo mal sólo para inmediatamente corregir su rostro de nuevo, pues su nariz no estaba en condiciones para arrugarse.
Tampoco es que sus expresiones estuviesen tan comprometidas como las de Kaeya; él sólo podía elegir entre ocasionalmente fruncir el ceño y tener la expresividad de un pedazo de cartón.
Klee se levanta de un brinco primero, soltando un intento de frase ahogada por su boca llena de pan. Puede ver que Diluc la mira con desaprobación (él es un hombre con modales después de todo) antes de que sus ojos se posen en el espacio precariamente pequeño entre los pies de la niña y la orilla del lago, moviéndose para ocuparlo.
Klee se gira para mirarlo de nuevo, abriendo su boca—
Klee twists around to face him again, opening her mouth–
— Termina de comer primero. Luego hablas. —ordena el pelirrojo, antes de lanzar una mirada capciosa hacia Kaeya. — El Señor Albedo pide que Klee regrese. Jean me dijo que te entregara esto.
El hombre se pone ligeramente nervioso mientras Kaeya lo observa sin decir nada.
—¿… Y por qué haría que el Maestro Diluc se tome la molestia de hacerlo? ¿Qué acaso un escudero no sería suficiente? ¿O un halcón?
— De todos modos debía pasar por aquí. Pensé que sería más eficiente.
— El Viñedo no está ni cerca del Valle Estelar, Diluc.
Diluc responde con un abrupto gran interés en las ranas que descansan sobre las rocas a poca distancia.
Bien. Podría interrogarlo después. Por el momento, tiene una niña que entregar. Le permite a Klee subirse a su espalda, reprimiendo un quejido cuando su pierna roza su costado. Por un momento siente la mirada de Diluc girarse hacia él, pero cuando voltea a ver él sigue observando las ranas.
Ambos caminan juntos de vuelta a la ciudad, Diluc yéndose naturalmente hacia su derecha. Parece estar en medio de un concurso de miradas con Klee. Sabe cómo se ve Klee cuando observaba fijamente a alguien, como suelen hacer los niños por razones crípticas suyas y se rió a sus adentros a la imagen de un búho bebé con ojos rojos comunicándose con un búho adulto, por medio de una telepática conexión carmesí.
Y luego Diluc tropieza con un tronco.
Obviamente no se cae, inmediatamente se estabiliza y sigue su marcha como el distinguido noble que es, y absolutamente no un tipo que casi acaba en el suelo por andar compitiendo con una cría.
Kaeya se guarda la risa. Klee no. Diluc la fulmina con la mirada y Kaeya casi espera que se ponga a ulular en cualquier momento.
— ¿El Maestro Diluc va a reemplazar a Klee por el turno de noche?
— ¿Qué labor exactamente estamos compartiendo en la que yo tomaría el “turno de noche?”
— ¡Ser guardaespaldas de Kaeya, por supuesto! ¡Por eso es que Klee ha estado pasando todo el día con él! Aunque tristemente Klee necesita dormir muuuuucho —¡Eso dice Jean!— ¡Entonces alguien tiene que coger el turno de noche!
Diluc lo mira con el rostro en blanco.
— ¿Por qué el Capitán de la Caballería necesitaría un guardaespaldas? Seguramente sus habilidades de combate serían más que suficiente como método de autodefensa.
Klee queda en silencio (probablemente tratando de entender todas las palabras complicadas), antes de hablar.
— ¿Qué? ¿No lo sabes?
Espera. Espera, no—
— ¡Klee salvó a Kaeya hace unas semanas! Él ca-casi… Jean me dijo que no usara esa palabra fea. ¡Pero fue horrible!
Debió haberle dado unos cuantos pasteles más para mantenerla callada especialmente frente a Diluc.
— ¡Pero Kaeya no podía usar su hielo! ¡Entonces el Señor Esponjoso de fuego apareció! Con un… ¡Un señor de plantas!
— Samachurl. — musita Kaeya. No le gusta que el pelirrojo ahora esté prestando atención a cada palabra que dice la pequeña.
Ya están cerca de la ciudad. Klee se toma un respiro, sin dudar para recordar más de su anécdota y destruir el poco orgullo que le queda a Kaeya. Los guardias en la puerta le hacen sus saludos casquivanos, claramente medio dormidos. Otra mirada silenciosa hacia Diluc, viendo como se tuerce su labio y se tensa su mandíbula ante tal insubordinación tan casual: Uno de ellos hace poco esfuerzo en ocultar su bostezo, sin tener idea del peligro que le acechaba, como las salvajes hojas de pasto rodeando a un slime Pyro antes de su explosión final.
Klee siguió con su relato. — ¡Pero Klee tenía sus Bombas Saltarinas! Entonces le lanzó una y ¡Bam! ¡El Señor Samachurlo quedó atascado en un árbol! Y luego empezó a llover y el Señor Esponjoso cayó al piso y Klee se sintió mal por él porque quería hacerse amigo de Kaeya, pero luego le lanzó una piedra entonces Klee hizo ¡Bam, bam! y ¡Bwaaah!
Ya están dentro de la ciudad. Kaeya baja a Klee y lava sus manos en la fuente, sintiendo el abrumador silencio de Diluc detrás suyo.
— ¡Y así es como Klee se convirtió en la guardaespaldas de Kaeya!
— Ya veo. —Diluc deja de mirar a Kaeya para centrarse en la niña frente a él. — Rescataste a nuestro Capitán de Caballería cuando se hallaba en apuros. Un accionar admirable sin duda.
Klee parpadea, antes de saltar con emoción. — ¡Sí que sí! ¡Caballera Chispeante Klee, reportándose para la labor!”
Hay un pequeño cambio en la expresión de Diluc pero puede detectar los vestigios de alegría en su voz. — ¿Qué acaso no iba a retirarse por hoy, Señorita Klee? ¿Por qué reportarse a las 8 de la noche— a menos de que los caballeros hayan hecho ajustes en su rutina?
— Klee.
— Kaeya se da la vuelta hacia la tercera voz— Albedo, quién está parado junto al puesto de alquimia, brazos repletos de pergaminos. La pequeña suelta un chillido antes de corretear hacia él. Despedidas, levantadas de sombreros y asentimientos solemnes después, Kaeya se da cuenta de que se ha quedado a solas con Diluc.
Intenta retirarse. Lo más silenciosamente posible. Realmente lo hace. Y luego choca su espalda contra una pared como imbécil y tiene a Diluc en frente en cuestión de segundos.
— ¿No tenías que ir a algún lado, Diluc?
— Te metiste en problemas y Klee tuvo que salvarte.
De solo escucharlo puede imaginarse la retahíla que le espera, cada palabra, hasta la última sílaba.
— Sí, lo sé, qué vergüenza, una cría salvándole el culo al Capitán ¿verdad? ¿Qué ha pasado con los caballeros de hoy en día? Bla bla bla; qué ineficiente—
— Casi mueres. — las palabras salen como un siseo entre dientes.
— ¿Y? Paga aquellos en una posición tan noble como esta. — Diluc suelta un bufido. — Las experiencias cercanas a la muerte no son ninguna anomalía. Tú ya deberías saberlo.
— Lo que me interesa no es lo que pasó sino por qué pasó. No se debe subestimar a los magos del abismo, pero tú eres más fuerte; no hay manera de que sólo eso pudiera matarte.
— También había un samachurl
Diluc le lanza una mirada fulminante.
— ¿A qué se refería con que “no podías usar tu hielo”?
Ok, si ya de por sí no es suficiente que la conversación se haya ido en la dirección que Kaeya absolutamente no quería, físicamente no puede escapar, pues Diluc lo ha acorralado contra la pared con sus brazos, cosa que encuentra fastidiosamente atracti—distractora, así que no estaba en su posición más elocuente.
— Mis poderes elementales han estado comportándose extraño.— dice en un susurro. No puede evitar avergonzarse internamente por eso ¿Qué pasó con eso de “ser fastidiosamente críptico con Diluc y sólo darle respuestas agónicamente sutiles”? Además, los motivos de su incapacidad no pueden volverse públicos por ninguna otra cosa que no sea su orgullo.
Tras un parpadeo, el rostro de Diluc queda en blanco y luego luce de una maner que Kaeya no había visto en mucho tiempo, ya no puede ponerle un nombre, y da un paso atrás. Kaeya avanza un poco, antes de darse vuelta y volver a su casa. La noche ya ha caído sobre la ciudad, el área se torna relativamente vacía al adentrarse en las calles alejadas del distrito comercial. Los pasos son demasiado suaves, pero el característico frufrú de su abrigo es suficiente para saber que Diluc lo está siguiendo. Ocasionalmente se voltea para mirar alrededor, para verlo a una distancia constante cada vez, sin decir una palabra entre las miradas intercambiadas.
— ¿A qué te refieres?
— Aquí no. Ahora no.
Se detiene frente a su edificio, recordando perezosamente la barra de mantequilla que Mona le había pedido. Se gira hacia Diluc, acercándose lentamente, ojos carmesí escaneando el perímetro y luego su casa. Su brazo parece moverse ligeramente rígido, tal vez lo había herido durante su pelea. Eso probablemente lo ha mantenido lejos de su arma por un tiempo, reconociendo que se trataba del dominante.
— ¿No fuiste a curarte? — dice con ánimo de molestar. ¿Desde cuándo inicia charlas banales con Diluc porque sí?
— Tú tampoco fuiste.
— Oho~ Con que queriendo ir a juego, ¿eh?
El empresario desvía la mirada. — Nada que no pueda manejar. Ahora… entra.
Kaeya parpadea.
— ¿En serio? ¿Nada de comentarios sobre mi ineficiencia como tu sucesor ocupacional?
— Te librarás por hoy.
El caballero ríe sin querer, un soplo de aire fresco rellena sus pulmones, su pecho sintiéndose ligero, un sentimiento extrañamente familiar.
— Buenas noches entonces, Diluc.
Sus ojos voltean a verlo de nuevo por un momento, acto seguido asiente y Kaeya sube las escaleras hasta el segundo piso. Diluc aún sigue parado en la calle cuando mira por la ventana, miradas encontrándose en un reconocimiento y luego el pelirrojo se ha ido.
Ahora se ve un poco menos feo en el espejo. Presionando tentadoramente un dedo contra el moretón a medio desvanecer en su mejilla, siente dolor. No el de una herida recién hecha, sino el de una a punto de sanar.
***
— ¿Tú mandaste a Diluc a buscarme hace unos días?
Jean observa a Kaeya, su brazo estirado hacia arriba, sujetando a Dodoco lejos del alcance de su pequeña dueña quién intenta trepar sus piernas
— ¿No? Yo envié a uno de los caballeros; el Maestro Diluc ni siquiera había pasado por la ciudad.
***
Kaeya mueve su cabeza hacia el lado con gracia, esquivando por poco el tintero que es lanzado en su dirección, ahora cayendo por la ventana.
— Buenas noches para tí también, Maestro Diluc. — sonríe burlonamente, saludando animadamente con la mano al pelirrojo que está al otro lado de la habitación, armado con un enorme volúmen de “Cien Maneras Más de Acariciar a tu Halcón Mascota”, mirándolo como si fuera un bicho que ha caído en su almuerzo.
— ¡No sólo brincaste por aproximadamente 0.97 segundos, también hiciste dos volteretas perfectas hacia tu librero y terminaste con un pequeño giro! ¡9.5 de 10!
— Lárgate. —espeta Diluc.
Kaeya hace un puchero. — Oh, vamos, no seas así. ¿Seguro que no tienes preguntas?
— La única pregunta que tengo es por qué aún no te he roto el cuello.
El caballero se hinca con sus pies cuidadosamente balanceados sobre el alfeizar. — Recuerdo que cierto alguien estaba bastante interesado en mi paradero ¡lo suficiente para preguntarle a Swan al respecto!
Diluc devuelve el libro a su sitio en el librero, frunciendo el ceño (había removido sus vendajes, revelando un moretón color púrpura pasando a amarillo) — No le pregunté, simplemente lo encontré durmiendo a media labor, como un bufón. Tuvo suerte de que no lo reportara.”
— Lo que digas. Ahora, apuesto que tienes algo que necesitas satisfacer.
— …
— M-me refiero a tus curiosidades.¡No podía sólo revelarte todo en la mitad de la calle!
El silencio de Diluc se torna en una pequeña crisis para Kaeya, sus piernas comienzan a acalambrarse y cada vez está más cerca de caerse del alféizar y avergonzarse a sí mismo.
— Digo, si quieres, puedo referirme a otra cosa también—
— No hables má—
— ¿Para qué usar las manos para golpearnos cuando podemos usarlas para tocarn—?
En menos de un segundo, Diluc está a centímetros de distancia, con su mano aferrándose al cuello de su camisa para arrastrarlo dentro de la habitación. Sus piernas repentinamente se sienten dormidas, haciendo que tropiece por la alfombra, cayendo de cara contra el pecho de Diluc. Por extraño que parezca, él no lo aparta y al levantar la cabeza, el mayor lo fulmina con la mirada.
— Si sigues hablando te voy a defenestrar.
Kaeya se endereza, sacude el polvo de su chaleco y rueda el ojo. — ¿Seguro de que eso es una palabra?
Diluc se aparta para sentarse en su cama, mientras que Kaeya echa un vistazo alrededor. No luce tan grandioso como esperaría de alguien como él, pero de nuevo, el edificio del viñedo no es ningún hogar y no ha pasado ni un año desde su regreso.
La decoración de interiores probablemente no era una prioridad muy alta. Un escritorio con cosas de escritorio ordenadas primorosamente, un librero repleto de ninguna de las fábulas y épicas que recordaba que Diluc amaba de joven, una chimenea sombría, en desuso por obvias razones, rodeada de muebles en los que probablemente nadie se suele sentar
Los muros están vacíos, a excepción del intrincado papel tapiz y una sóla pintura del viñedo; estaba consciente de que la mayoría de cuadros valiosos estaban en el salón principal, sólo que su mente había estado buscando inconscientemente los trofeos que se alineaban encima de la fogata, los muros engalanados de medallas, la caseta de Martha la tortuga y las fotos que hace mucho habían sido reducidas a cenizas.
Se pregunta si, si se agachaba debajo de la cama, encontraría las dos espadas de madera guardadas o las cartas que le había mandado a Diluc cuando fue con Crepus de paseo a Fontaine, y el joven Capitán de la Caballería tenía demasiadas responsabilidades para acompañarlos.
Diluc chasquea los dedos irritado. —¿No ibas a responder mis preguntas?
— Joder, qué manera de tratar a un invitado ¡al menos dame un cambio de ropa, estoy todo sudado!
— ¿Por qué necesitarías cambiarte si vas a irte apenas termines?
Kaeya inclina su cabeza, parpadeando y abriendo el ojo lo más posible, — ¿Irme? ¿Me vas a hacer andar por la ciudad solo? ¿Pasadas las once de la noche?
— Eres un hombre adulto.
—Habrán personas muy malas merodeando por ahí ¡Oh dios mío! ¿Qué será de mí?
— ¿Qué hay de tus subordinados? Puedes abusar de tu autoridad.
Kaeya bufa, poniendo una mano en su cadera. — ¿Qué subordinados? El bueno para nada de nuestro Gran Maestro se llevó a todos los que sabes sujetar una espada como se debe; me dejó aquí con los inútiles que se piensan que luchar contra slimes es una experiencia cercana a la muerte.
El fantasma de una sonrisa roza los labios de Diluc. — Si Varka te escuchara, te despediría.
— Suenas como si fueras a decirle. ¡Oh, pobre de tí si lo haces!
— Yo… no lo haría.
El reloj marca las doce. Diluc lo observa por un momento, luego se levanta para rebuscar en su armario.
— Ponte esto.
Kaeya observa las ropas frente a él. Hechas a la medida, con seda de Lyue, un sólo botón probablemente cuesta más que todos sus impuestos anuales. Demasiado para ser una camisa de pijama en la que el pelirrojo probablemente babeaba.
— No está ninguna de las mías ¿eh?
El silencio de Diluc es suficiente para responder lo que ya sabía, pero a Kaeya le divierten los retazos de culpa que quedan flotando en el aire.
Cuidadosamente se quita la ropa, (en el fondo puede escuchar un chillido sorprendido y el sonido de un portazo), se coloca el atuendo prestado y se mira al espejo.
La ropa no le queda bien, obviamente y ni siquiera en el sentido romántico. Diluc es más bajo, pero tiene más masa muscular, lo que implica que tiene demasiado espacio o muy poco exactamente donde no lo necesitaba.
Aún así, pone especial atención en desabotonar los primeros botones de la camisa ¡su pecho tenía que respirar después de todo!
— ¿Ya terminaste? —pregunta Diluc, asomándose por la puerta.
— ¿Te gusta lo que ves?
— Preferiría arrancarme los ojos.
— Ah, no seas así. — le guiña el ojo, aunque para cualquiera se vería como un parpadeo, está seguro de que Diluc se dió cuenta.— Mi… oferta de antes sigue en pie—
— Basta de cháchara. ¿Qué le pasó a tus poderes elementales?
Kaeya se hunde en el sofá, sacando una moneda para lanzar antes de darse cuenta de que la había dejado en su uniforme.— No están funcionando. Lo máximo que puedo hacer es un pequeño show.
— ¿Alguien te hizo esto? — la voz de Diluc se torna filosa, pero no hacia Kaeya. — ¿Jean sabe? ¿Por qué no te han puesto bajo mayor custodia—o me estás diciendo que lo de “guardaespaldas” que dijo Klee no era sólo un juego de niños?
— Woah, una pregunta a la vez, colega. ¡Incluso alguien como yo no puede tener tres al mismo tiempo!
— …
— Nadie me hizo esto; Bárbara dijo que tenía algo llamado… gripe elemental.
Un breve rayo de confusión pasa antes de que Diluc comprenda, aún con la expresión en blanco. — Oh. Constipación elemental.
— ¿Por qué todo el mundo y su abuela parecen saber qué es eso?
El pelirrojo lo observa por un segundo. — Eso es información básica que se le enseña a los nuevos usuarios de Visiones, Kaeya.
Oh.
— Bueno, eso no me sorprende. No tenía a nadie a mi lado que me enseñara cuando yo obtuve la mía.
No pretendía poner sal en la herida, pero Diluc aprieta los labios antes de darse la vuelta, herido.
— ¿Qué hay de Jean?
— Ella trabaja 25 horas al día. No se le pasó por la cabeza~
…
— ¿Por eso fuiste a pelear conmigo el otro día? ¿Para recrear… eso?
Pregunta estúpida.
Diluc lo ignora.
— Pero tus poderes no han vuelto. — vuelve a voltearse, con el ceño fruncido por la confusión.
— Talvez, — Kaeya mira la visión en su muslo, brillando como la cosa más inútil en el mundo que era. — Debería haberte dejado usar fuego— eso hubiera podido funciona—
— NO. — gruñe Diluc, espetando veneno con toda seriedad, Kaeya no puede evitar sobresaltarse. Desvía su mirada a las cortinas, escarlatas al iluminarse al amanecer, violeta oscuro bajo la luz de la luna. Desde el rabillo del ojo, Diluc se muerde el labio frustrado.
— Y respondiendo a tu pregunta anterior, ¿por qué preguntas siquiera—? Sabes que no te hubieras detenido aunque supieras que me estarías haciendo daño. No voy a quemarte de nuevo, por mí que te quedes sin tu jodida visión.
— Eso lo hubiera apreciado muchísimo hace cuatro años.
Quizás ya está cruzando al terreno de la injusticia, pero lo único que puede ver es la derrota posándose en los ojos de Diluc;quiere que caiga. Que caiga de la cuerda y—
¿Y qué?
¿Qué haría Kaeya entonces?
— ¿Entonces qué mierda quieres de mí? ¿Remordimiento? ¿Crueldad?
Ambos, quizás. Acciones contradictorias para romper las emociones que se repelen.
— A tí.
Diluc chisporrotea un poco antes de respirar profundamente. Probablemente para recomponerse. Probablemente no está funcionando.
— Cualquier cosa que me des, — Kaeya continúa en voz baja. — lo tomaré.
Al menos desearía que la chimenea estuviera prendida, que el cálido sonido de la madera quemándose pudiera llenar los silencios que, hace mucho tiempo, nunca habían sido incómodos con Diluc. Puede escucharlo moverse, seguido por un suave golpe al echarse en la cama, con las piernas aún colgando por fuera
— Dijiste que estabas harto de mí. — tono empapado de liera petulancia.
—Yo… quería pensar eso.
— ¿Querías?
— Sí, Diluc. Haces que sea demasiado jodidamente fácil amarte y eso plantea un pequeño dilema contra mis planes de dominación mundial.
— Yo no soy fácil de amar.
— Definitivamente eres un idiota.
Kaeya camina hacia la cama, bajando la cabeza para observar a Diluc tirado ahí,antes de tomar sus pies y subirlos encima también.
— ¿No tienes miedo?
Kaeya parpadea. — ¿De tí? No realmente.
— ¿A dónde crees que vas? — oye decir al acercarse a la puerta, dándose la vuelta.
— Eh… ¿a dormir? Estoy seguro de que este viñedo tiene más de una cama.
— Ninguna de las habitaciones de invitados está preparada; han estado en desuso por bastante tiempo.
— Está bien, no me molesta un poco de polv—
— Y podría pedirle a Adelinde, pero ella necesita dormir y odiaría molestarla.— el empresario continúa, ignorándolo. — En conclusión, la mejor opción sería que durmieras aquí.
— Diluc, he dormido encima de cabezas de hilichurls, te aseguro que podré arreglármelas—
— Además. — Diluc se gira, apoyado en su brazo y levantando su barbilla como un aristócrata caprichoso. — Carezco de motivos para dejarte sin supervisión aquí ¿quién sabe qué diabluras podrías estar tramando?
Talvez Diluc había tomado por error algo que no era jugo de uva.
Kaeya se acerca a la cama demasiado grande para una persona y se acomoda en el lado vacío.
— Entoooonces, no puedes dejarme fuera de tu cuarto, ¿pero qué pasaría si te pongo una daga al cuello mientras duermes?
Hay una distancia considerable entre ambos hombres, ambos echándose lo más hacia bordes contrarios posibles, casi hasta el punto de caerse.
Aún así, seguía siendo la misma cama.
— De hecho sería más fácil lidiar con eso.
***
—Varás, — comienza Kaeya, removiendo un poco de escombros con su bota.
— Veré.— repite Jean inspeccionando la escena del crimen, recoge los libros semi desgarrados de lo que probablemente solía ser un librero.
Proveer reportes semanales acerca de los pasos tomados y el progreso resultante en el proceso de recuperación.
— Anoche dormí con Diluc.
— Comparaciones arqueológicas de Templos de Sumeru— ¡¿Kaeya, qué demonios?!
— Osea, — replica, parándose en un charco de lo que esperaba que fuese agua de lluvia. — Dormir, literalmente, en la misma cama. Nada de toqueteos o mamadas o cosas así—
La rubia se adentra más en las ruinas de la cabaña y Kaeya alza la mirada al techo ansiosamente. Si se llegase a caer, no podría hacer uso de su Cryo para protegerla.
— Ustedes dos…—la oye suspirar. — Peleándose un día, durmiendo juntos el otro.
— Haces que suene como un romance tóxico, Jean. —sonríe
— Hablando de romances tóxicos, ¿qué demonios fue el libro que me recomendaste el otro día?—la prota era una total debilucha—
Kaeya corre hacia ella al oírla jadear. Jean, de rodillas en el suelo, se gira hacia él, con las manos sujetando algo con delicadeza y una onda de energía Anemo alrededor.
Y un maullido.
Abre sus palmas para revelar un gatito, hambriento, feo, y tembloroso, demasiado pequeño para ser dejado solo. Su pelaje blanco y gris estaba enmarañado y mezclado con sangre seca.
— Pata rota… curé la mayor parte… tendré que llevarlo con Bárbara para que lo examine…—murmura, mientras el gatito le maulla patéticamente.
— ¿Será la mascota del dueño?
— Probablemente es callejero… encontré el resto de su familia…
Kaeya no le pide que se explique.
***
La mayor parte del tiempo está encerrado dentro, hojeando nuevos reportes sobre personas desaparecidas. No es que esos casos fueran raros de ver, ni suficientes para sospechar, especialmente cuando Kaeya mismo lidiaba en silencio con aquellos cuyo destino había sido determinado hace tiempo por cierto héroe nocturno. Pero también sabe que no debe ignorar el inquietante presentimiento que siente al leerlos.
Obviamente, le encantaría hacer una expedición para resolverlo, pero no se le era permitido, a menos de que fuese acompañado de algún otro caballero con un rango de capitán o mayor. Un molesto obstáculo en su modus operandi habitual.
Al menos sus heridas estaban mejor; la poción de Albedo había hecho un trabajo decente en acelerar el proceso natural de curación.
La siguiente vez que ve a Diluc es en la Roca Estrellada, una posada de mala muerte a poca distancia del Acantilado Estrellado.
— ¿Quién diría que encontraría a un hombre respetable como tú en un lugar así? ¿Finalmente caíste ante los encantos del bajo mundo?
Diluc levanta una ceja, — Tenía algunas dudas con respecto a la venta de vino por aquí, ¿y a tí qué te trae por aquí? ¿Qué no te habían prohibido entrar a cualquier establecimiento que venda alcohol?
Hasta recuperarse por completo, no se le es permitido entrar a tabernas u hoteles que sirvan bebidas alcohólicas.
Kaeya deja de sonreír.
— ¿Tú cómo sabes eso?
No aprecia la sonrisa burlona en sus labios.
— Verás, Jean me envió una carta pidiéndome que le informe si llego a verte en los alrededores del Obsequio del Ángel. Asumo que otros dueños de tabernas han recibido mensajes similares.
¿Qué era, un delincuente juvenil?
***
Kaeya está de nuevo en casa de Diluc.
En vez de ser atacado con cualquier objeto aleatorio a su alcance, lo único que recibe del mayor es un suspiro de irritación, mientras se quita su andrajoso atuendo.
— ¿Cómo osas aparecer ante mí en semejante aspecto tan maltrecho?
Kaeya responde haciendo una mímica exagerada de sus palabras, y recibe un almohadazo en la cara.
— Estaba haciendo de niñero de la joven Caballera Chispeante de nuevo. — sonríe con picardía antes de echarse en la mecedora junto a la ventana.
— ¿Y por qué razón visitarías mi humilde morada?
Kaeya hace un gesto dramático hacia su ropa.
Esta vez la ropa que le presta parece quedarle sospechosamente bien, haciendo que mire a Diluc con los ojos entrecerrados.
— Esto es nuevo. Y definitivamente no es mío.
— Porque es mío, idiota.
— Oh, no hay manera de que esto le quede a un enano como tú.
— Sí me quedan porque son mías. Además, tú con suerte eres tres centímetros más alto que yo, no presumas. — Diluc lo observa con una mirada obstinada como la de un búho, como estableciendo su triunfo oratorio, y Kaeya lo deja.
Puede ver al pelirrojo cubriéndose con el cubrelecho, y se muerde el labio para evitar sonreír cuando asoma la cabeza, mirándolo.
Esperando
¿Quién era Kaeya para negarse?
Ahí ambos quedan acostados, de cara al otro, físicamente lo más lejos posible.
— No te acostumbres a esto. Simplemente olvidé recordarle a Adelinde que—
— ¿Que prepare la habitación de invitados? — Kaeya se burla. — Como digas, Maestro Diluc, espero mejor hospitalidad de tu parte en el futuro.
Proceden a caer en un silencio cómodo. Kaeya puede oír el viento aullando en el exterior, detectar una ligera corriente de frío en la atmósfera. Diluc suspira, levantándose para cerrar las cortinas.
— Una tormenta… no parece ser muy fuerte, así que supongo que no le hará daño a los cultivos.
Murmura algo sobre algún borracho, pero Kaeya se fija en las sobras de los árboles de afuera y cómo la luz de la luna fracturada por los marcos de la ventana entra para iluminar un mosaico sobre las facciones de Diluc, enmarcándolo con el viento.
Los vientos fuertes no son raros en el viñedo, pero usualmente llevan consigo el frío de Espinadragón, y Kaeya de joven solía ocultarse envuelto en las mantas más suaves que DIluc podía encontrar.
El hombre en cuestión suspira, antes de hundirse entre las cobijas.
— La temperatura caerá pronto…— Diluc tira de su manga con su indiferencia habitual. — Te va a dar frío, ven aquí.
. . .
— Ya no tengo frío, Diluc.
No es difícil ignorar la breve confusión reemplazada por realización en el rostro de Diluc, acentuando ligeramente un extraño y oscuro vacío en él.
— Claro.
Es un poco divertido ver a Diluc decidiendo si seguir acostándose mirándolo y tolerar la incomodidad en silencio, o girarse, reconociendo su existencia. Todo para acabar observando el cuadro en la pared detrás de Kaeya.
— Aunque, no me molestaría para nada tener los pies más calientes.
Ojos rojos se vuelven hacia él, una consideración forzada pese a que el caballero sabe la decisión que Diluc quiere tomar, y lo hace, acercándose más al igual que Kaeya, casi encontrándose en el centro.
Siguen sin tocarse, pero Kaeya ahora puede sentir el espacio que Diluc había calentado y cierra los ojos. Se pregunta si Diluc ha cerrado los suyos, o si está contemplándolo, contando las pestañas azul marino que rozan sus mejillas, si fantasea con pasarles un dedo por encima.
Se siente fuera de lo común esperar que Diluc le haga algo que no involucre dolor, imaginar que no desea algo así, pero soñar no cuesta nada.
Eso era todo lo que los pecadores como él podían aprender a hacer
Ni siquiera está en brazos de Diluc, pero aún así se siente rodeado por él. El aroma de las enredaderas y la madera, calor y cenizas, algo no tan crudo y embriagante como el alcohol, sino como uvas, justo antes de convertirse en la bebida que tanto ama.
Y sangre.
La sangre es nueva. Ahí está, siempre merodeando bajo la superficie. DIluc no había matado a nadie esa noche, Kaeya está seguro de eso, así que no está seguro de si aquel aroma era real o una ilusión creada por su propia mente, un recordatorio gentil de lo que había cambiado, una anomalía. Lo que sí tiene claro es que el aroma había aparecido y nunca se había desvanecido desde el día que vió al pelirrojo aferrándose al cuerpo difunto de Crepus.
Kaeya ríe, aún con los ojos cerrados. — Es gracioso, ¿no crees? Eres la razón por la cual ya no necesito la calidez, pero también la razón por la que la busco.
Basándose en el silencio, asume que Diluc está dormido, hasta que oye un suspiro silencioso.
Podrían trabajar con eso.
A la mañana siguiente, se desenreda de los brazos de Diluc (por un momento había pensado que un mago lo había capturado en una burbuja con lo inmóvil que se sentía) y ve cómo el pelirrojo murmura algo sobre la almohada a modo de protesta somnolienta.
— Gracias por volver a partirme las costillas, cabrón.
Desde que tiene memoria, Diluc nunca ha sido un madrugador. Ahí lo deja, se viste y se apresura al trabajo.
Definitivamente es extraño que, para alguien tan meticuloso y preparado, Diluc ha olvidado por completo su recordatorio y Kaeya es dejado con tiempo de sobra para familiarizarse con su habitación.
***
Kaeya observa a Lisa dar vueltas por la biblioteca, suspirando y quejándose entredientes. Sabe exactamente qué es lo que está molestando a la bibliotecaria, pero devuelve su atención a los pergaminos esparcidos en la mesa frente a él. Palabras, palabras grandes, frases con vocabulario tan enigmático que debería ser ilegal. Y Kaeya no está ni un paso más cerca de saber qué mierda le pasa.
— ¡Ya ha pasado una semana! ¿De qué sirve el té si se bebe frío y en soledad?
— Está ocupada con la delegación de Fontaine, Lisa. Y hemos estado con escasez de mano de obra por casi dos años ya— oye, ¿qué significa esto?
— Ugh. Oh, eso. Es un decir—nadie realmente sigue hablando así— bajo ciertos contextos, significa auto-destripamiento. Pero teniendo en cuenta ciertos matices, también puede significar el usar tu cuerpo al servicio de los demás.
Entendido. Entonces, la clave para recuperar sus poderes está entre sacarse los intestinos y chupársela a alguien.
— Dime, Lisa. ¿Es cosa mía o tus colegas de Sumeru son una horda de bastardos pretenciosos— qué coño les ha pasado para que sean incapaces de escribir como personas normales?
— Oh, ni hablar de ellos. — la mujer infla las mejillas antes de recostarse en su escritorio. — Ver todos los días a Jean es lo que me mantiene cuerda. Oh, si no obtengo mi dosis diaria, ¿qué podría calmar la tensión que se desborda desde mi interior? ¿Qué tal si termino electrocutando a alguna pobre moza?
Kaeya finge no haber escuchado eso.
— Podría colarme en sus cuarteles y robar algunas de sus camisas para tí.
Lisa sonríe y a Kaeya le pasa un escalofrío por la espalda.
— ¿No sería de mala educación tocar las pertenencias de una señorita?
— Puedes olerlas también. Mis labios están sellados.
— . . . Has estado leyendo demasiado omegaverse.
Ya casi está logrando captar su interés.
— Le recomendaré algunos a Jean cuando tenga tiempo; ¡otro tema de conversación para ustedes dos!
—. . .
—. . .
— Añade uno de sus shorts de pijama y tendremos un trato.
***
Talvez la sangre de Khaenri'ah en Kaeya sea la culpable de que algunos aspectos de la cultura de Mondstatd sean imposibles de entender. Ejemplo A siendo—
— Jean, te respeto y todo ¡Pero no puedes acceder a lavar la ropa de la gente!
— Kaeya, no puedo decirle que no al señor Goth así como así; su espalda lo ha estado molestando mucho últimamente. Como Gran Maestra Intendente, es mi labor ayudad a los ciudadanos en apuros—
— ¡Eso no significa que tengas que ser su niñera, por el amor de Barbatos! — gruñe Kaeya. — Ellos saben lo dedicada que eres y se aprovechan de tu inhabilidad de decirles que no. Goth tiene suficiente Mora en pudriéndose en sus cofres para contratar a una buena criada; al menos como una Gran Maestra, deberìas tener algo de orgullo—
—¡Suficiente, Alberich! —la voz de Jean toma un tono fuerte, poco característico de ella, sus ojos pasan de azul cielo a cobalto. — Muérdete la lengua.
— De todas las personas sobre las que ejerces tu autoridad, tenía que ser yo la que te preocupa—
Jean hace una mueca exasperada.
Kaeya no es el tipo de persona que normalmente pierde los cabales, pero mucho menos Jean. Hace un esfuerzo para no responder a eso, prefiriendo girarse hacia la mesa de café junto a la ventana. El sol de la tarde cae por entre las ventanas, bañando las dos tazas vacías encima, una prescripción por algo a lo que su dueña le había dejado de importar. Y una insignia, con el escudo de la familia Gunnhildr engalanado, metal templado debilitado por el óxido fruto de la negligencia.
— No importa qué tan insignificante sea la tarea, es el deber de un caballero terminarla por completo. — recita Jean, monótona. — Eso es lo que me hace digna de hacerme llamar caballera, — de hacerme llamar Gunnhildr.
— Esas no son tus palabras y lo sabes. — dice Kaeya en un susurro. — Que alguien necesite ayuda no significa que tú debas ir a hacerlo. Mondstadt no sobrevivió tanto tiempo sin la ayuda de un Arconte sólo para derrumbarse porque una sola mujer decidió descansar por una vez en su vida.
— Me rehúso a tener esta conversació—
— ¿A qué precio vas a seguir haciendo esto? Has colapsado dos veces en el último mes con todo ese trabajo de la delegación. Sé que te estás llevando el papeleo a casa, lo vi en tu escritorio. La gente está angustiada a morir y tu sigues destruyéndote. Todo por unos ideales superficiales que tu madre te inculcó a la fuerza—
— ¿Tú me vas a venir a hablar de autodestrucción? ¿Un hombre que se juega la vida y a sus subordinados para capturar ladrones de tesoros? ¿Un hombre que se pasa cada segundo fuera de su labor ahogándose en alcohol? ¿Un hombre que por el amor de Barbatos no puede decidir de una vez por todas qué es lo que quiere con su mejor amigo y entonces procede a pelearse con él para atormentarse a sí mismo y luego quejarse de su propia tragedia—?
Kaeya mira fijamente cuando Jean se detiene, repentinamente, cubriéndose la boca con la mano.
Procede a dar media vuelta e irse.
