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By His Side - silver_fish

Summary:

“Después de lo que seguramente es un accidente de pociones más que evitable, Harry Potter acaba atrapado en el ala del hospital, sin poder despertar. Severus sólo desea saber por qué Poppy no deja de molestarle al respecto.”

[Una TRADUCCIÓN hecha con el PERMISO de su autora, silver_fish.]

Notes:

Nota de la autora: Nunca pensé que escribiría un fic como este, pero aquí estamos. Digamos que he pasado por algunas cosas, y este tipo de contenido realmente alivia mi alma, supongo. No suelo escribir Gen cuando se trata de fics, por lo que es sólo un poco fuera de la zona de confort jaja. No sé si esta situación es realmente muy plausible, pero a quién le importa la semántica, sólo necesitaba imaginar alguna manera de que la unión que quería ver sucediera. Así que, sin más preámbulos, ¡espero que lo disfruten! (y que no sea demasiado OOC.)

Holi. c:

Se supone que esto debía de ser publicado este martes, peeeeero mi única excusa es que me sentía muy mal (lit. apenas me pude levantar de la cama).

Pero ahora que me siento… capaz de moverme, decidí traer este One-Shot de una buena vez.

¿Me gustó? Claro que sí. No por nada lo traduzco.

Quiero reiterar que esta es una TRADUCCIÓN hecha CON el permiso de su respectivo autora, silver_fish, quien dio su aprobación por Archive of Our Own [AO3].

* Link de la autora: https://archiveofourown.org/users/silver_fish/profile
* Link del fic original: https://archiveofourown.org/works/19931857

Si llegasen a encontrar faltas ortográficas, incoherencias, fallas en la redacción, etc; no duden en decírmelo. Se los agradecería mucho.

¡Disfruten!

Mr. Sys ღ

Work Text:

Es un accidente de pociones.

Severus no cree que deba ser su problema, cuando ya no es el encargado de que no haya muertes relacionadas con las pociones en este colegio, pero oye a algunos alumnos susurrar en los pasillos que este incidente en particular no ocurrió en un aula.

Eso era interesante, al menos, si no otra cosa.

Incluso cuando él era un estudiante aquí, no elaboraba mucho por el simple hecho de hacerlo. Y, de alguna manera, no cree que Harry Potter, de todas las personas, lo haría.

Aun así, no quiere involucrarse y, francamente, no debería hacerlo.

Excepto que una tal Poppy Pomfrey parece no estar de acuerdo.

Al parecer, saben cuál es la causa, pero no parecen estar tan seguros de lo que deberían hacer al respecto.

Por su parte, a Severus no le importa. Sabe que el chico se despertará de nuevo y volverá a ser el mismo insolente de siempre en poco tiempo.

Sin embargo, por más que lo intente, Poppy no lo deja en paz.

Finalmente, cede.

Han pasado dos días desde lo que sea que haya pasado, pero se dice a sí mismo que si Poppy realmente cree que puede ayudar, tiene un deber con Potter, aunque se resiste a pensar en ello y el adolescente estará profundamente dormido de todos modos, gracias a la poción de la que accidentalmente... ¿qué? ¿Tomó una sobredosis? Eso suena bien, pero Severus no lo sabe. Se le ocurre que todo lo que ha oído en realidad ha sido a través de los poco fiables rumores de los alumnos de Hogwarts.

Ya ha pasado el toque de queda y los pasillos del castillo están en silencio mientras Severus se dirige al ala del hospital. ¿Quizás lo que ha ocurrido tenga algo que ver con el Señor Tenebroso? Pero, entonces, ¿no sería Albus quien ayudara al chico a superarlo? Teniendo en cuenta lo mal que le fue a Potter con la Oclumancia, Severus duda de que sea prudente que él, de entre todas las personas, esté aconsejando a Potter sobre cómo desterrar al Señor Tenebroso de sus pensamientos.

Así que no. No puede ser, entonces. Poppy es una mujer inteligente y Severus tiene la sensación de que no quiere comprometer la seguridad de ninguno de los dos.

Ella se encuentra con él en la entrada del ala del hospital, ofreciéndole una pequeña sonrisa.

—Gracias, Severus —su sonrisa desaparece y lo estudia muy seriamente—. Sé que esto no es algo que quieras hacer, pero me temo que el señor Potter tiene pocas opciones.

Severus levanta una ceja, deseando que la mujer diga lo que sea que quiere que haga.

≫Sueño sin sueños —dice finalmente, buscándole algún tipo de reacción.

—¿Sobredosis? —pregunta él con cuidado, casi esperando que los rumores no sean ciertos esta vez.

—Muy grave —ella asiente—. Estará bien, físicamente, pero…

—No veo qué tiene que ver esto conmigo, entonces —interrumpe Severus.

Su mirada es fulminante. —No te lo pediría si pensara que otro podría hacerlo mejor.

¿Pedirle qué?

Su impaciencia debe mostrarse en su rostro, porque ella suspira y le hace un gesto, indicándole que la siga. En general, es directa y va al grano, algo que a Severus siempre le ha gustado de ella. Es sólo este conocimiento lo que hace que él no se abalance sobre ella.

Ella lo conduce a la cama de Potter. En efecto, el chico parece bastante enfermizo. Y, piensa Severus, mucho más joven que los dieciséis años. Está terriblemente delgado, demasiado pálido.

—¿No creerás que esto es cosa de una sola vez? —adivina, mirando a la matrona.

Ella asiente. —Sus amigos no parecen estar al tanto de nada, pero dicen que ha estado fuera de sí desde el comienzo del curso. Bueno, con todo lo que pasó en junio, simplemente pensaron...

Severus vuelve a mirar a Potter, tratando de no burlarse de su forma postrada. —Estoy seguro de que soy la última persona a la que querría que lo consolara por la muerte de Black.

—Eso no es lo que estoy sugiriendo —le dice Poppy, muy tranquila—. Una adicción es una adicción, Severus. Y puede que esta sea una con la que tú mismo estés particularmente familiarizado.

Él la fulmina con la mirada, pero no puede negarlo. La Primera Guerra había sido difícil, y había necesitado superarla de alguna manera, especialmente una vez que se enteró de la profecía y comenzó a espiar para Albus. Es una poción útil cuando se usa con moderación, pero cuanto más tiempo se usa, menos impacto tiene. De ahí, pensaría Severus, el estado actual de Potter.

¿Pero de dónde había sacado tanta poción?

—Vino a verme al principio del curso —explica Poppy—. Tenía un aspecto horrible. Pensé que no podía hacer daño, después de todo lo que había pasado, pero volvió a venir. Le rechacé, aunque no le hizo ninguna gracia.

—¿Lo estaba preparando? —parece imposible, dada la habilidad del chico en Pociones, pero seguro que hay libros en la biblioteca que explicarían el proceso.

—Es lo único que se me ocurre —Poppy suena bastante triste, y cansada. Severus casi se siente mal por haberse atrincherado tan firmemente en esto hasta ahora, pero luego recuerda por qué.

—¿Se despertará pronto? —pregunta Severus, aunque está seguro de que ya sabe la respuesta.

—Creo que sí. Hasta que lo haga, ¿podrías al menos considerar hablar con él? Sólo puedo ayudar un poco.

Severus suspira, frotándose un dedo irritado contra la sien. Finalmente, aunque sólo sea, se dice a sí mismo, por una particular Deuda de Vida, dice: —Supongo que podría, aunque dudo que sea demasiado receptivo.

Para su sorpresa, Poppy sonríe. —Tal vez te sorprenda —con un murmullo y un movimiento de su varita, conjura una silla junto a la cama de Potter.

—Voy a dormir un poco, entonces —le informa, y luego se da la vuelta y se aleja. Dejándole a él, a Potter y a la silla conjurada.

Severus podría irse sin más. Sabe que la silla es para él, pero Poppy no le ha pedido que se quede. Tiene que dar clases por la mañana y duda de que sus alumnos le quieran más de lo normal si los regaña por cansancio, en lugar de por su idiotez habitual.

Pero no consigue mover los pies hacia la puerta y se sienta antes de darse cuenta de que lo está haciendo.

—Idiota —murmura, pero no tiene peso. De todas formas, Potter no puede oírle ahora.

Severus tiene la sensación de saber por qué Potter querría el Sueño sin Sueños, pero que el chico llegue a tales extremos para conseguirlo es preocupante. Sin duda explicaría la calidad de sus recientes trabajos escolares, aunque Severus se inclina personalmente por pensar que siempre ha sido así de aborrecible. Minerva no está de acuerdo, pero es probable que esté tan conmocionada por la muerte de Black como lo está Potter, y que intente ver algo que no existe en realidad para aplacar la culpa que pueda sentir.

También fue un error que cometió Severus cuando era muy joven. Pero tener algo en común con Potter dista mucho de ser un pensamiento reconfortante, y sólo consigue observar al chico un momento más antes de ponerse en pie y salir del ala del hospital.

 

• ──────────── •

 

No parece importar cuánto duerma. Aun así, todas sus clases van mal de alguna manera, y aunque el chico ni siquiera asiste a la suya, Severus no puede evitar culpar a Potter.

Visita el ala del hospital durante la cena, agradecido de que todos los demás parezcan más dispuestos a saciarse de comida. Tiene la sensación de que, de lo contrario, la cama de Potter estaría bastante llena, sobre todo porque, por lo que puede ver, el chico ya está despierto.

Poppy está con él, agitando su varita y comprobando sus constantes vitales, pero él tiene la mirada perdida. Sus gafas siguen en la mesa junto a su cama, así que seguramente no reconoce a Severus cuando se acerca.

Sin embargo, Poppy sí lo hace.

—Buenas noches, Severus —saluda ella.

Potter no reacciona en lo más mínimo.

Severus frunce el ceño. Eso no augura nada bueno, en absoluto.

—El señor Potter se ha despertado hace unos minutos —explica Poppy con brío—. Me preguntaba si podría...

Oh, sí, porque a Potter le encantaría eso.

Severus la observa un momento, luego suspira y asiente, acercándose al otro lado de la cama de Potter.

—Potter —dice.

La cabeza del chico no se mueve ni un poco.

Severus se sienta en la silla junto a la cama con pesadez. —¿Te importaría explicarnos a Madam Pomfrey y a mí lo que ha pasado?

Ante esto, sus hombros se tensan, pero sigue sin hablar.

—No podemos ayudarte si no lo entendemos.

Finalmente, su cabeza se gira. Tiene el ceño fruncido, pero hay una especie de niebla brillante en sus ojos, como si todavía estuviera dormido, en parte.

—¿Ayudarme? —exige, pero su voz es rasposa y suena cansada—. No sea estúpido.

—¡Señor Potter!

Severus niega con la cabeza, sin embargo, y Poppy da un paso atrás, con los labios fruncidos.

—Yo diría —le dice Severus en voz baja—, que el único estúpido aquí es el que es tan idiota como para tener una sobredosis de una poción altamente adictiva.

La ira de Potter fluye de inmediato, dejándolo con la cara pálida. Aparta la mirada de Severus, con el pecho temblando.

—No fue... no es... yo no...

—No quiero oírlo —dice Severus bruscamente—. Ahora, tienes dos opciones. Puedes explicar lo que pasó, o puedes dejarme entrar en tu mente y verlo por mí mismo.

Potter se queda callado un momento, y luego respira profundamente y se gira para mirar a Severus de nuevo, encontrándose con sus ojos decididamente.

Severus no reacciona inmediatamente, sorprendido por la disposición de Potter después de sus horribles lecciones de Oclumancia del año pasado, pero se repone rápidamente. Levantando la mano de su varita, susurra: —Legeremens.

Hay una sensación de alejamiento, pero es tan breve que Severus no puede evitar pensar que no fue intencional. Mientras se aleja, le asaltan los recuerdos:

Cedric Diggory muriendo en el cementerio en el que el Señor Tenebroso había resucitado. Black, cayendo a través del velo en el Departamento de Misterios. Arthur Weasley en una cama de San Mungo, las formas doradas de los muertos conjuradas por el Priori Incantatem, la luz verde de la Maldición Asesina, un hombre grande y con bigote que se cierne sobre él amenazadoramente...

Y entonces se detiene.

Poppy está ahora a su lado, con una mano firme en el hombro, y Potter aparta la vista de él, respirando con dificultad.

—Tienes pesadillas —dice Severus después de un momento.

Potter no responde, pero de todos modos no era una pregunta.

≫¿Te das cuenta de que el Sueño sin Sueños puede ser extremadamente adictivo?

Un asentimiento. —Madam Pomfrey me lo dijo, en septiembre.

—¿De dónde lo sacabas? —presiona Severus.

—Yo... —se detiene, agarrando las sábanas blancas de la cama bajo él.

—¿Tú...?

—Lo robé al principio —dice, encarando a Severus con una familiar mirada desafiante en los ojos. Sin las gafas puestas, Severus se da cuenta de lo parecidos que son sus ojos a los de Lily.

—Me di cuenta —dice Poppy en voz baja.

—Y lo ocultó —dice Potter, acusadoramente.

—Sí.

Suspira un poco. —Bueno, no importa. Encontré la receta y la hice. No es que vaya a dormir de todos modos, si no.

—No parece que hayas estado durmiendo tal y como están las cosas —señala Severus.

Potter lo fulmina con la mirada. —Ha dejado de funcionar. Había leído que lo haría, pero... —se encoge de hombros, con la cara desencajada, y se vuelve a girar.

—¿Aun así seguiste tomándolo?

No hay respuesta.

≫Potter, responde a la pregunta.

Se frota los ojos, pero no dice nada.

La frustración aumenta y Severus le suelta: —Responderás a mis preguntas o no te gustarán las consecuencias. ¿Entendido?

—Sí, señor —murmura Potter, pero no parece nada contento.

—¿Continuaste tomando la poción?

Un asentimiento brusco.

—Estoy seguro de que Madam Pomfrey te informó de que tu última dosis te dejó en estado comatoso durante tres días.

—Sí —dice Potter, hosco.

—Sí, señor, Potter.

—Sí, señor.

Severus se echa hacia atrás, satisfecho. —Sin embargo, ¿la sobredosis no fue intencionada?

Potter resopla, levantando la vista hacia él. —Tú eres el que cree que tengo ganas de morir. Dímelo tú —entre dientes apretados, añade—: Señor.

Sí, bueno, en lo que respecta a ese “deseo de muerte”, este ha sido un intento bastante insulso para Potter.

Sin embargo, sabe que no puede dejarlo así. No con Poppy de pie tan cerca, esperando que ayude al chico.

—Creo —dice finalmente—, que me dijiste que responderías a mis preguntas, Potter.

Como si estuviera repentinamente muy cansado, Potter se apoya en el respaldo de la cama. —No, no fue a propósito, pero...

—¿Pero?

—Nada —suspira, con los ojos puestos en el techo—. De todas formas, ¿qué importa? Señor.

Severus lo considera por un momento, sin estar seguro de si Potter lo dice de la forma en que cree que lo hace, o de la forma en que espera que lo haga.

Con cuidado, dice: —Madam Pomfrey me pidió que hablara con usted. Seguramente, por mis conocimientos de pociones.

—¿No es Slughorn?

—El profesor Slughorn, señor Potter —reprende Poppy.

—Lo siento.

—Tal vez —dice Severus—, pensó que podrías estar cómodo con alguien que no forma parte de tu excitable club de fans.

Potter pone los ojos en blanco. —Sí, porque todo el mundo o me quiere por algo que no he hecho o me odia porque... —se corta, con la cara crispada de forma extraña.

—¿Quieres terminar ese pensamiento, Potter?

—No, señor.

—No era una pregunta.

Potter estrecha los ojos hacia el techo. —No me importa —dice—. ¿De qué sirve, de todos modos? Ya lo sabes. Puedes evitar que tome la maldita poción y volveré a ser como antes.

—Las adicciones no suelen ser tan sencillas, señor Potter —la voz de Poppy es más suave que en toda la noche. Dirige una mirada furtiva a Severus y añade—: Supongo que, a estas alturas, tu cuerpo siente cierta dependencia de la poción. Para funcionar, claro.

—Lo que sea —murmura Potter.

Severus se frota el puente de la nariz con cansancio. —Si prefieres dejarte enfermar por ello, adelante. Pero nosotros nos ofrecemos a ayudarte —no es que su arrogancia le haya permitido pedir ayuda antes, piensa Severus con amargura.

—No necesito ayuda —Potter cierra los ojos con fuerza—. Sólo estoy cansado y sigo teniendo pesadillas. No he tenido ninguna desde el verano, ahora.

—Y eso es algo bueno, ¿no?

—Bueno, claro —hace una pausa, abriendo los ojos de nuevo y mirando a Severus con incertidumbre—. ¿Por qué sería bueno revivir todo eso?

Severus quiere arremeter contra él, decirle lo idiota que parece, pero no puede. No sería justo, cuando esa mirada en los ojos de Potter es tan familiar, y doblemente dolorosa.

—Es más sano afrontar las cosas que evitarlas —le informa Severus con brusquedad—. No sabía que los Gryffindors pudieran ser tan cobardes.

Potter vuelve a suspirar, pero no responde como Severus espera que lo haga.

En cambio, dice: —Estoy cansado. ¿No puedo volver a dormir, señora?

Poppy lo mira de arriba a abajo, y luego asiente bruscamente. —¿Esperas tener pesadillas?

Potter se mira las manos. —No lo sé.

—Bueno, te vigilaremos de todos modos —Poppy lanza una mirada significativa a Severus—. Si necesita algo, señor Potter, estaré por aquí.

Asiente con la cabeza, pero Severus tiene la idea de que no está escuchando realmente. Sus ojos han vuelto a adoptar ese aspecto brillante y, en segundos, se ha vuelto a acurrucar en la cama, profundamente dormido.

—¿Has hablado con Albus? —pregunta Severus con curiosidad. Seguramente, el viejo no se alegraría de esto.

Poppy niega con la cabeza. —Él sabe tanto como cualquier otro, ahora mismo. Supongo que Albus ya tiene bastante con lo suyo. Vino de visita, pero...

—Por supuesto —Severus se pregunta, también, si ella está tratando de evitarle a Potter al menos parte de la angustia mental que seguramente tendrá que enfrentar al superar esto. Parece que al menos le tiene algo de cariño al chico, aunque Severus supone que ha estado atrapado en el ala del hospital más de un par de veces en su carrera en Hogwarts hasta ahora.

≫¿Supongo que querrás que me quede aquí? —levanta una ceja, y al menos ella tiene el sentido común de parecer un poco avergonzada mientras asiente.

—De todos modos, es probable que la cena ya haya terminado —dice ella—. Haré que un elfo doméstico te traiga algo.

Él hace un gesto de desinterés. —El té estará bien, Poppy, gracias.

La verdad es que no tiene mucho apetito. No desde que Poppy le contó la razón de la actual decaída de Potter.

Por ahora, se recuesta en la silla, cerrando los ojos. Oye los pasos de Poppy retirarse y deja escapar una larga exhalación.

Lo mejor que puede hacer por Potter, al parecer, es permanecer a su lado.

No es la primera vez que se encuentra maldiciendo a James Potter por haberle salvado la vida.

 

• ──────────── •

 

Severus sospecha que Poppy ha echado a cualquier visitante que Potter pudiera tener y, por ello, se encuentra infinitamente agradecido. Después de todo, no necesita que los amiguitos de Potter lo acusen de envenenar a su pobre Elegido.

Resulta que hay algo más que agradecer, cuando nota que Potter gime.

Una de sus pesadillas, sin duda.

Severus lo observa un momento y luego salta cuando los gemidos se convierten en gritos.

—¡Potter! —exige con dureza—. ¡Despierta, Potter!

Extiende la mano para tocar al chico, pero, aunque detiene los gritos, no lo despierta. En cambio, habla, con palabras apenas comprensibles:

—Lo siento. No lo volveré a hacer. S-solo...

Se detiene, su respiración se interrumpe y luego vuelve a calmarse.

Bueno, Severus supone que no puede culpar a Potter por querer dormir sin soñar. Ya es bastante perturbador verlo, sin tener que experimentar el terrible sueño por sí mismo.

Puede ser mejor o peor ahora, debido al Sueño sin Sueños en el que ha estado confiando. No siempre es fácil saber cuáles son los efectos a largo plazo; parecen variar de una persona a otra.

Sin embargo, lo normal es que mejore antes de empeorar. Con el tiempo, mejorará de nuevo, pero...

Potter vuelve a gimotear, murmurando palabras mudas que Severus cree que debería alegrarse de no poder oír.

Antes de que pueda volver a intensificarse, Severus le sacude el hombro.

Se despierta en un instante, con las manos moviéndose delante de su cara a la defensiva.

Severus lo mira fijamente hasta que sus manos caen, temblando ligeramente. Sus mejillas están rojas por la vergüenza o el bochorno. Posiblemente ambas cosas.

—Tú... ¿todavía estás aquí? —Potter hace una pausa—. ¿Señor?

Severus ignora la pregunta en favor de hacer la suya propia: —¿Qué estabas soñando, Potter?

Potter se pone rígido. Luego, su rostro palidece. Aparta la mirada de Severus, restregándose los ojos.

—Nada —murmura.

—No me mientas —dice Severus en voz baja, inclinándose hacia delante para asegurarse de que le escuchan—. ¿Qué estabas soñando?

La cabeza de Potter se gira, con los ojos encendidos de ira. —¿Por qué no vuelves a mirar en mi cabeza, si tanto quieres saberlo?

Severus se muerde la lengua para no arremeter contra el chico, sabiendo que de todos modos nunca sirve de nada. —Hablar será más beneficioso, a largo plazo.

Potter se ríe. Es un sonido áspero y amargo, lleno de toda esa rabia que aún nadaba en los ojos de Lily.

Pero es tan diferente de la ira de Lily. Más dolorosa, afilada como un cristal roto.

—A largo plazo —repite, casi sonando incrédulo—. Tendrás que perdonarme por no tener demasiadas esperanzas en el “a largo plazo” en este momento. ¿Quieres oír con qué sueño? ¿Para que la próxima vez que estropee algo en tu clase puedas decirle a todo el mundo lo perturbado que estoy? ¡Bueno, no te lo voy a decir! ¿Es una respuesta satisfactoria, señor?

—Potter...

—Oh, cállate —gruñó—. ¿Por qué estás aquí? Déjame en paz.

Severus inhala bruscamente, esperando que su ya escasa paciencia no se rompa ahora.

—No tengo intención de decirle a nadie lo perturbado que estás, Potter. Al contrario, estoy aquí para ayudarte. Seguro que al menos conoces la definición básica de la palabra.

Potter frunce el ceño.

≫Soy muy consciente —continúa Severus— de que prefieres no hablar conmigo. Te aseguro que el sentimiento es totalmente mutuo.

Potter estrecha los ojos. —¿Entonces por qué sigues aquí?

Severus extiende las manos delante de él, como si quisiera demostrar que no oculta ningún motivo ulterior ni nada por el estilo. —Madam Pomfrey me lo pidió, en primer lugar.

Potter resopla. —Nunca he tenido la sensación de que sea usted de los que hacen algo solo porque alguien diga “por favor”, señor.

—No lo soy —asiente Severus—. Tengo otra razón para ayudar.

Potter lo observa expectante, pero finalmente suspira y se gira para coger algo de la mesita de noche cuando no dice nada más. Poniéndose las gafas, Potter se sienta del todo y se gira para mirar de nuevo a Severus, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—No necesito ayuda —dice—. Entiendo el asunto, ¿de acuerdo? Ya le he dicho...

—Madam Pomfrey pensó que podía ayudarte —interrumpe Severus—. Y eso es lo que pretendo hacer. Así que, Potter, dime. ¿Qué estabas soñando?

Por un momento, cree que Potter no va a responder.

Y entonces suspira, apartándose de Severus. —Cedric —dice brevemente—. El cementerio. Usó el Cruciatus conmigo, ya sabes.

Lo dice tan despreocupadamente que Severus se pregunta si le ha oído bien.

Pero lo hizo. Ya lo sabía, pero los gritos de Potter de antes vuelven a aparecer en su mente y, de repente, siente que acaba de enterarse de esta información.

—Es una maldición terrible —reconoce Severus.

Silencio.

Y luego: —Yo la he utilizado.

—¿Perdón?

Se gira para mirar a Severus ahora, con los ojos desenfocados. —En Bellatrix. Después de que Sirius... Después de que ella... —se detiene, respirando con dificultad.

Severus piensa en acercarse a él, pero no se atreve. Lo volvería a poner furioso, seguramente. Y entonces Severus también se enfadaría, y Poppy tendría que venir a separarlos, como un par de niños de colegio.

—¿Es por eso por lo que...?

Potter parece tomarse un momento para recomponerse. Finalmente, dice: —No funcionó. No pude hacerlo.

Severus no sabe cómo debe reaccionar ante eso. De alguna manera, tiene la sensación de que decirle al chico que él también ha lanzado Imperdonables no será ni sorprendente ni productivo.

Es difícil saber cómo se siente, exactamente, Potter por su intento de torturar a Bellatrix. Al principio, Severus pensó que debía estar confesando por culpa, pero hay una dureza en sus ojos, un odio total allí, que le dice lo contrario.

¿Quizás esté... deseando haber tenido éxito?

Por suerte, Potter vuelve a hablar antes de que a Severus se le ocurra algo que decir:

—No importa —murmura—. ¿Qué hora es?

Severus lo observa un momento, receloso, y luego le informa: —Justo después del toque de queda. ¿Quizás te gustaría dormir más?

Potter resopla. —Sí, claro. Lo único que hace es recordarme por qué no estaba durmiendo en primer lugar.

—Evitarlo no te ayudará.

A Severus se le ocurre que esta puede ser la conversación más civilizada que han tenido entre ellos. Se pregunta si el agotamiento de Potter tiene algo que ver con ello.

—No estoy cansado —dice Potter con displicencia.

Sin embargo, eso no impide que el niño le dé dolor de cabeza.

—Entonces, ¿por qué no hablamos?

—Hablar —Potter levanta las cejas mirando a Severus, como si fuera la cosa más ridícula que ha oído nunca—. ¿De qué hay que hablar, profesor? Todo el mundo lo sabe ya.

—¿Qué sabe exactamente todo el mundo, Potter?

Aprieta la mandíbula, con los ojos desorbitados. —¿Lo que pasó en ese cementerio? ¿En el Ministerio? Yo… —se detiene, su ira se agota rápidamente—. Eso es. Ya lo sabes. ¿Por qué molestarse en hablar?

—Ayuda —le dice Severus, por enésima vez.

—Sí, bueno... —suspira, dándose la vuelta—. No tiene sentido.

—Te aliviaría las pesadillas.

—No importa.

Su voz es hueca ahora. Insensible. Muy... poco parecida a la de Potter.

Severus vuelve a tragar su frustración. —Así que, si te niegas a dormir y te niegas a hablar, ¿quizás te gustaría comer algo?

Una pausa.

Luego: —No, señor.

—¿Perdón?

Sigue sin mirar a Severus. —No tengo hambre.

¿Un efecto secundario de su adicción al Sueño sin Sueños, tal vez? Pero, no, Severus no lo cree. Hay muchas cosas que una poción así puede hacer al sistema interno de uno, pero no suele afectar al apetito de esta manera.

No sabe cuánto tiempo lleva Severus sentado aquí. Horas, ciertamente. A él también le gustaría dormir un poco, pero al menos puede esperar el hecho de que mañana es sábado.

Por ahora, está atrapado con Potter.

No es un pensamiento tan malo como lo hubiera sido incluso hace dos días. Realmente, Potter no es él mismo en absoluto, y no tiene a nadie cerca a quien dar un espectáculo, por lo que parece estar controlando su lengua con más eficacia que de costumbre. Severus ha tenido este tipo de encuentros con alumnos de su propia Casa, pero generalmente no tienen tanta animosidad personal entre ellos.

De todos modos, supone que Poppy tiene razón al saber por lo que está pasando Potter. No es una adicción poco común, especialmente durante una guerra.

—Pareces bastante bajo de peso —comenta Severus.

Potter le lanza una mirada sucia. —Estoy bien.

—Oh, sí, todo piel y huesos —Severus se burla de él—. Yo tampoco he comido todavía. Si pidiera algo de comida, ¿comerías?

Potter abre la boca, como para protestar, y luego se detiene. La cierra. Considera las palabras, la confusión contornea sus rasgos.

—Eh, vale —vuelve a mirar brevemente sus manos y luego levanta la vista con desconfianza—. No vas a envenenarme, ¿verdad?

—Ya he tenido muchas oportunidades de hacerlo, te lo aseguro —Severus se levanta de la silla y rodea la cama de Potter para llamar a un elfo doméstico.

No sabe lo que le gusta comer a Potter, pero calcula que si el chico tiene ese aspecto, es poco probable que haya comido mucho. De todos modos, es dudoso que pueda digerir una comida completa, dada su posición actual.

Así que Severus pide algo sencillo: pan, mantequilla, quizás un poco de lo que haya quedado de la cena.

Cuando vuelve a sentarse, ve que Potter lo observa muy de cerca, como si esperara que Severus lo atacara. Tal vez sea así, se da cuenta Severus. Piensa, no por primera vez, que Poppy realmente no consideró las circunstancias antes de rogarle a Severus que viniera.

Ninguno de los dos habla hasta que un elfo doméstico regresa con comida. Curiosamente, Potter no empieza a comer hasta que ve a Severus empezar. Parece lo contrario de lo que esperaba, dada la típica arrogancia del chico.

Y, además, termina primero. Ha comido muy poco.

Una vez que han terminado de comer, Severus se atreve a preguntar: —¿Sueles saltarte las comidas?

Potter se tensa, con la mirada perdida. —No, señor.

—Eres un terrible mentiroso, Potter.

Potter resopla ante esto. —No me salto las comidas, profesor. No a propósito. Pero ¿perderlas? Claro. ¿Que las retenga?

Severus espera más, pero no llega. Aunque está bastante oscuro y la cara de Potter está casi oculta para él, Severus apenas puede distinguir el color que sube a las mejillas del chico.

—¿Retengan? —insiste Severus, cuando se hace evidente que el chico no va a continuar.

—No importa.

—Tú sacaste el tema, Potter.

Frunce el ceño. —Aunque no te importe oírlo, ¿verdad? He dicho que no importa.

Es como si Potter estuviera en problemas por algo, tratando de librarse de un castigo por alguna travesura mal hecha.

Desde luego, nunca le han retenido las comidas en Hogwarts. Severus sabe que Petunia tiene sus momentos, pero ella le había asegurado a Albus que estaba más que feliz de acoger al chico hace tantos años. Además, incluso su marca específica de horror sólo se extendía realmente a los ataques verbales. Lily la quería, al menos, hasta el final.

—¿Qué te hace pensar que no me importaría? —pregunta Severus.

Cuando Potter por fin se enfrenta a él de nuevo, sabe que ha sido una táctica equivocada.

¿Tú? ¿Qué me hace pensar que no te...? —se ríe bruscamente—. Debe estar bromeando, profesor. Sé que me has protegido en el pasado, pero te importa un bledo a menos que signifique que pueda morir. ¿Verdad?

Sus palabras son como un cuchillo en el pecho de Severus. Recuerda bien cuando se había acercado a Albus, rogándole que protegiera a Lily. La forma en que el hombre lo había visto entonces, lamentable y egoísta, por no pensar en el marido y el hijo de la mujer.

Y aquí, ahora, está su hijo.

Él odia a Severus.

Pero se supone que es así, ¿no? Es la viva imagen de su padre. Además, si no odiaba a Severus ahora, lo haría cuando inevitablemente se enterara de primera mano que Severus había tenido algo que ver en la muerte de sus padres.

Sin embargo, parece que no hay nadie más que pueda ayudar.

—Tu madre era mi amiga —dice Severus en voz baja.

Potter se pone rígido.

≫Lo preguntaré de nuevo: ¿Quién te ha retenido las comidas?

Frotándose los ojos de nuevo, Potter deja escapar un largo suspiro. —¿No hay muchos padres que mandan a sus hijos a la cama sin cenar? —se encoge de hombros—. Yo me porto muy mal. Usted lo sabe tan bien como yo, señor.

—Entonces, si es simplemente un castigo, ¿por qué comes tan poco? Estoy bastante seguro de que está dentro del presupuesto de tu tía alimentarte.

Potter refunfuña algo que no alcanza a comprender.

—Más alto, Potter, si eres tan amable.

—He dicho —sisea Potter— que ella no estaría de acuerdo con usted. Señor.

Severus parpadea. Se refiere a Petunia, ¿verdad?

—¿Eres consciente —dice Severus lentamente de que reciben dinero por tenerte? ¿Dinero destinado a pagar tus necesidades?

Los ojos de Potter se abren de par en par. Abre la boca y luego la cierra, aturdido.

Está claro que no, entonces.

≫Me imagino que es más que sustancial —continúa Severus—. Aunque el sistema no pagara esas cosas, es probable que reciban pagos de los ahorros de tus padres. Y dado que, después de todo, eres una especie de caso especial, creo que sería una suposición segura decir que el profesor Dumbledore haría cualquier cosa en su poder para asegurarse de que tus necesidades materiales estuvieran cubiertas.

La mandíbula de Potter se tensa. Sus ojos vuelven a estar llenos de ira.

Y luego desaparece, con la misma rapidez.

—Sí, bueno, la tía Petunia cree que yo también soy un caso especial.

Severus se inclina hacia delante con curiosidad. —No pareces muy entusiasmado por eso.

Resopla, negando con la cabeza. —¿Por qué habría de hacerlo, profesor? Creo que estarías de acuerdo con ella, de todos modos.

Severus levanta una ceja, pero no tiene oportunidad de verbalizar su pregunta mientras Potter continúa:

≫Pequeño bicho raro arrogante —dice enfadado—. Bocazas, molesto, quitándole la comida de la boca a nuestros pobres Dudders. Casi me odian tanto como usted, profesor. Eso debe ser una especie de récord, ¿no crees?

Por un momento, Severus no está completamente seguro de lo que está escuchando. Y luego lo piensa. Y lo piensa un poco más.

Oh, Lily.

Severus siempre se ha preguntado qué veía Lily en Petunia, pero ella siempre decía que la quería. Eran hermanas, después de todo. Petunia también la quería, sólo estaba celosa. Una vez que fueran mayores, siempre decía, será más como era antes de que nos conociéramos.

Parece que eso es lo más lejano al caso.

—¿Sus familiares abusan de usted, Potter? —nunca puede estar demasiado seguro.

Potter lo mira fijamente, como si de repente le hubiera crecido una segunda cabeza. —¿Abusar de mí? ¿Qué te ha dado esa idea?

—Retener la comida no es apropiado que un tutor haga a un niño. Tampoco lo es llamar a su pupilo “bicho raro”. ¿Lo entiendes, Potter?

Potter se mordió el labio. —Bueno, nunca ha sido un problema, ¿verdad? ¿Por qué te preocupa tanto? De todos modos, se han quedado conmigo. No es culpa de ellos.

Severus empieza a pensar que tal vez tenga que replantearse sus ideas sobre el chico.

—Si te están maltratando —dice Severus—, puedes decirlo.

Sólo tiene dieciséis años, se recuerda Severus. Cuando tenía dieciséis años, había decidido convertirse en mortífago, para fastidiar a su padre muggle, tal vez, o para encontrar gente que entendiera como él lo detestables que podían ser los muggles.

Es el resultado de una infancia problemática, piensa. Tal vez, si hubiera crecido en un entorno diferente, nunca habría alejado a Lily. Nunca se habría encontrado tan lleno de odio. Nunca habría tomado la Marca.

No puede cambiar nada de eso.

—Maltratándome —repite Potter—. ¿Qué quieres decir con eso?

—¿Maltratarte? —sugiere Severus—. ¿Golpearte o hacerte algún otro tipo de daño? ¿Encerrarte?

—No me están matando de hambre —dice Potter con desprecio—. Tío Vernon sólo se pone violento a veces, pero de todos modos soy más rápido que él. Simplemente no saben cómo lidiar con mi magia, así que prefieren que me mantenga en mi habitación.

Severus se frota el puente de la nariz con cansancio. —No voy a hablar en círculos sobre esto, Potter. ¿Tu tío es violento contigo?

Potter se encoge de hombros. —A veces. Aunque una vez hinché a su hermana, para que veas con lo que tiene que lidiar. ¿Crees que soy difícil de manejar en clase? Bueno, no tienes que alojarme, ¿verdad?

—¿Hinchaste a su hermana? —Severus supuso que abordar el resto de las palabras de Potter sería una experiencia incómoda para ambos.

—¿Antes de tercer año?

Cierto. Severus sí se enteró de eso.

—Así que no están contentos con la magia accidental. ¿Eso es todo?

Potter frunce los labios. —¿Por qué me preguntas esto? ¿No es un poco tarde para hacer algo, de todos modos? Tendré diecisiete años el próximo verano.

—Hablar de ello puede servirte de algo.

Para su disgusto, Potter pone los ojos en blanco.

—Deja de decir eso —se queja, sonando más como él mismo que en toda la noche—. Estoy un poco más preocupado por Voldemort que por mi tío, gracias.

—Sí, bueno —Severus aprieta los labios con firmeza—. No pareces negar que las interacciones del Señor Tenebroso contigo están impregnadas de mala intención.

—Nunca he dicho que mis parientes no me odien —señala Potter—. Simplemente no entiendo por qué te importa. Todo el mundo sabía lo de la alacena, de todos modos.

Es probable que no sea algo que hubiera dicho normalmente, pero su agotamiento evidentemente está haciendo que esta conversación, milagrosamente, sea más fácil de lo que hubiera sido de otra manera.

—¿Alacena? —pregunta Severus.

Potter frunce el ceño. —¿La alacena bajo las escaleras? Es donde estaba dirigida mi carta de Hogwarts. Y solo tengo mil de las malditas cosas. Alguien lo sabía.

Severus sacude la cabeza. —Esas cartas se dirigen automáticamente. Nadie habría mirado, no importa cuántas se enviaran.

—Oh —parece desinflarse ligeramente.

—¿Qué era esta alacena? —presiona Severus.

—Olvídalo.

—Te he hecho una pregunta, Potter.

—Y yo la he contestado —se encoge de hombros—. Lo siento, señor, pero no veo qué tendría que ver mi alacena con mis pesadillas.

¿Su alacena?

—¿Estabas frecuentemente encerrado? —se pregunta Severus—. Eso también sería un comportamiento abusivo.

Potter lo mira desconcertado. —¿Encerrado? Dormí allí. Durante diez años. Hasta que empezaron a llegar las cartas. Me estaban haciendo un hueco. Deja de decir esa palabra.

—¿Abuso, quieres decir?

La mirada molesta de Potter es respuesta suficiente.

≫¿Dormiste en una alacena?

—No quiero hablar de esto —su tono es despectivo, pero hay algún tipo de emoción detrás, un casi pánico que nubla sus iris.

—Bien —dice Severus tras una breve pausa para considerar la reacción—. Sin embargo, deberías dormir un poco más, aunque tengas pesadillas.

—No estoy cansado —aunque lo parece.

Severus frunce los labios. —A mí también me gustaría dormir esta noche, Potter, y a menos que esté seguro de que tú también lo haces, no puedo dejarte aquí.

—¿Qué te lo impide? —Severus sospecha que la pregunta debía sonar irritada, pero en cambio está llena de curiosidad. Incredulidad, tal vez.

—Le di mi palabra a Madam Pomfrey de que te ayudaría —Severus lo mira con cansancio—. ¿No es eso suficiente para ti?

—¿Esto ayuda, profesor? —suspira, no parece necesitar una respuesta—. Intentaré dormir, entonces, si lo necesita.

Sinceramente, esa no era la reacción que Severus esperaba.

Pero, se recuerda a sí mismo, sus expectativas en torno a Potter parecen haber sido más bien endebles, en el mejor de los casos. No ayuda, desde luego, el hecho de que sea plena noche y que Potter esté más que agotado, por no hablar de que esté desnutrido, por lo que parece.

¿Realmente nadie ha estado cuidando de él?

Parece absurdo, pero Severus no puede decirlo. Después de todo, él tiene sus propios deberes dentro de la Orden; a los demás les tocó vigilar a Potter durante el verano, en su mayor parte. Además, Albus siempre ha insistido en que el chico era feliz y estaba sano. O, al menos, tan feliz y sano como se podía esperar que estuviera después de los acontecimientos de los últimos dos años.

Cinco años, más bien. Severus piensa en el primer año de Potter, cuando había arriesgado tontamente su vida para ir en busca de la Piedra Filosofal. Entonces, el niño se había enfrentado a un basilisco... y había ganado. Después de eso, un hombre lobo y cientos de dementores seguramente no le parecieron nada.

Finalmente, inclina ligeramente la cabeza, aceptando. —Muy bien, Potter. Volveré por la mañana, ¿de acuerdo? Si tienes alguna otra... molestia, Madam Pomfrey estará en su despacho.

—Sí, señor.

Severus se levanta, con las piernas agarrotadas por todo el tiempo que ha pasado sentado.

Al salir del ala del hospital, mira hacia atrás y ve a Potter mirando la pared delante de él, sin ver.

 

• ──────────── •

 

Fiel a su promesa, Severus vuelve incluso antes del desayuno.

Como siempre ha sido madrugador, sabe que el castillo suele estar más tranquilo a esas horas, sobre todo los sábados. Puede asistir al desayuno más tarde, o hacer que se lo lleven a su propia habitación.

O, aun así, podría comer aquí, en el ala del hospital, con Potter.

La idea hace que sus labios se tuerzan en una apretada mueca, pero cae cuando ve a Poppy de pie junto a la cama de Potter.

—Buenos días, Severus —saluda ella.

Esta vez, el chico le observa atentamente mientras se acerca. Parece más que cansado, con los ojos rojos y los párpados muy morados. No habla, pero Severus no esperaba que lo hiciera.

—¿Qué tal la noche? —pregunta Severus con soltura. Con suerte, obtener respuestas de Poppy evitará que Potter arremeta contra él por entrometerse.

Poppy le dedica una débil sonrisa. —Larga —dice—. El señor Potter me ha dicho que la mayoría de sus noches las ha pasado así, durante todo el verano.

Severus arquea una ceja ante esto.

Potter suspira. —¿No cree realmente que empezaría a tomar la poción si no la necesitara? —cuando la mirada de Severus permanece nivelada, añade—: Señor.

—No —dice Severus—, supongo que no.

Potter no responde, sino que se limita a pasarse una mano por el pelo. Está sudando, se da cuenta Severus, y está muy pálido.

Será un largo camino de recuperación, piensa Severus.

Pero esta próxima semana es la última antes del final del curso, así que quizá eso sea algo bueno para todos.

—Bueno —dice Poppy—, lo mejor que podemos hacer por ahora, señor Potter, es asegurarnos de que está físicamente sano. Quizá el resto llegue con el tiempo —le lanza a Severus una mirada significativa.

Potter suelta un pequeño bufido, pero no dice nada.

—¿Ha comido? —Severus dirige la pregunta a Poppy, aunque ambos saben que va dirigida a Potter.

—Todavía no —dice ella—. Haré que te traigan algo, ¿de acuerdo?

Severus asiente. —Gracias, Poppy.

Ella ofrece una rápida sonrisa y se aleja. En su ausencia, Severus observa a Potter durante un momento y luego vuelve a sentarse.

Ninguno de los dos habla, ni siquiera cuando Poppy vuelve con el desayuno. Severus mantiene un ojo en Potter mientras comen, sin sorprenderse pero decepcionado al ver que pasa la mayor parte del tiempo moviendo la comida en el plato que comiendo realmente algo antes de rendirse por completo y dejarlo a un lado.

—¿Te sientes mal? —le pregunta Severus con insistencia.

Potter frunce el ceño. —No, ¿por qué?

—No estás comiendo.

—Oh —duda, y luego se encoge de hombros—. Es que no tengo hambre, supongo.

Severus tiene la sensación de que va a ser un día muy largo.

De hecho, el resto de sus interacciones son igual de cortas y poco útiles. A última hora de la mañana, Severus sale a buscar unos ensayos que tiene que corregir para el lunes, y luego vuelve para sentarse con el niño que no responde.

Desgraciadamente, a su regreso, ve que no es el único invitado de Potter.

Weasley y Granger, siempre fieles compañeros, se sientan juntos junto a la cama de Potter. Ninguno de los dos ha ocupado el asiento de Severus, pero éste sospecha que Poppy puede tener algo que ver con eso.

Cuando se acerca, las dos se callan inmediatamente.

Sin embargo, Potter le ofrece una pequeña sonrisa.

Eso es inusual, pero Severus intenta que no se note su sorpresa mientras se sienta.

—No dejen que mi presencia ponga fin a su conversación — dice arrastrando las palabras—. Te aseguro que no tengo intención de interrumpir.

—Eh, claro —Granger mira con incertidumbre a Weasley, pero ninguno de los dos empieza a hablar de nuevo.

—¿Son esos sus ensayos? —pregunta Potter con curiosidad.

Granger levanta la cabeza, con los ojos muy abiertos por la alarma.

Severus pone los ojos en blanco. —Nada de trampas, Potter, muchas gracias. Escribirás la tuya cuando Madam Pomfrey me dé permiso para asignártela.

—Sólo me lo preguntaba —murmura.

—Por supuesto —el labio de Severus se mueve ligeramente—. Sin embargo, no son los ensayos de sexto año.

Potter se encoge de hombros, volviéndose a mirar a sus amigos. —Madam Pomfrey dice que debo quedarme aquí durante las vacaciones.

—¿Qué? —exige Weasley—. ¡Creía que ibas a venir a la Madriguera!

—Ron…

—Lo siento —dice Potter. Suena terriblemente cansado, pero no demasiado arrepentido.

—Pero estás bien, ¿no? —presiona Weasley—. Todavía falta una semana para que empiecen las vacaciones, así que…

—No deberíamos discutir, si es lo que Madam Pomfrey cree que es mejor —demostrando una vez más, al parecer, que Granger es la más inteligente del trío. Frunce el ceño mirando a Potter—. ¿Podríamos quedarnos aquí?

Potter niega con la cabeza. —No te preocupes. Seguro que el profesor Snape me hará compañía —añade con descaro.

Severus lo mira, pero no se molesta en dar una respuesta. Duda que a Potter le guste mucho la idea de pasar las Navidades con él, entre todas las personas, pero sospecha que Poppy tiene razón al decir que Potter estaría mejor aquí durante las vacaciones.

—Si estás seguro... —la incomodidad de Granger es evidente en su voz—. De todos modos, sólo queríamos asegurarnos de que estabas bien. El equipo de quidditch está un poco preocupado —esto último lo dice con fastidio. Tal vez ella encuentra su preocupación fuera de lugar, en este caso.

—Sigo diciendo que hay mucho tiempo, pero... —Weasley se encoge de hombros—. Creo que simplemente no saben qué pensar, ya que nadie sabe realmente...

Los labios de Potter se juntan en una fina línea. —No importa. Ginny podría hacer de Buscadora.

Weasley parpadea. —Tú... ¿Qué?

—Ron, shh —Granger sonríe débilmente—. Estoy segura de que Harry estará bien antes del próximo partido, pero por supuesto que lo pensaría. Es el capitán, ¿no?

—Sí, pero...

Potter sólo se encoge de hombros de nuevo.

—Pero hay mucho tiempo, ¿sabes?

—Sí, lo sé.

Weasley lo mira con recelo. —Vale... ¿Pero de verdad no puedes venir a casa con nosotros?

—Ojalá pudiera, amigo, de verdad —hay algo forzado en el tono de Potter, pero Weasley y Granger no parecen captarlo—. ¿No es ya la hora de comer? Deberían ir a comer algo.

Severus se detiene, escuchando atentamente.

—¿Estás seguro? —Granger se inquieta—. Podemos volver justo después.

—No, no te preocupes por mí —la sonrisa de Potter es tensa—. Tienen muchos deberes, ¿verdad? Estaré bien. Madam Pomfrey cree que sólo necesito descansar mucho.

Es una verdad a medias en el mejor de los casos, piensa Severus, pero parece tranquilizar a sus amigos.

—De acuerdo —asiente Granger—. ¿Quizá nos pasemos después de la cena?

—Claro.

Ella sonríe alegremente, aliviada. —Vamos, entonces —ella y Weasley se levantan y se dirigen a la salida. Aunque ella le dedica a Severus una pequeña y nerviosa inclinación de cabeza, por lo demás no lo reconocen.

Una vez que está seguro de que se han ido, Severus deja su trabajo y mide a Potter con una mirada muy seria. —¿No saben por qué estás aquí?

—No, señor —es su mansa respuesta.

—¿Por qué no?

—Se preocupan demasiado, señor —Potter se frota la nariz—. Es casi Navidad. No tiene sentido arruinarla para ellos.

Severus lo considera por un momento. —Dudo que confiar en tus amigos sea algo malo, en este caso.

—No sé —vuelve la mirada hacia arriba con un breve suspiro—. Realmente no quiero hablar de ello.

—Como con la mayoría de las cosas —dice Severus.

Potter se ríe. —No hay mucho de qué hablar, ¿verdad? Hice una estupidez. Nada nuevo. De verdad, profesor, me sorprende que no lo diga usted.

Severus cruza las manos sobre su regazo con cuidado. —Madam Pomfrey me pidió ayuda. No creo que reprenderte sea demasiado efectivo.

—Esta vez.

—Esta vez —permite Severus—. La adicción es... complicada, Potter. Incluso unos pocos meses de uso, como seguramente has aprendido, pueden tener efectos perjudiciales para la salud. Por desgracia, hasta el más inteligente de los magos puede ser víctima de ella.

Potter parece pensar en esto durante un minuto. Luego, lentamente, dice: —Si no lo supiera mejor, podría pensar que me acaba de llamar inteligente, señor.

Severus suelta un suave bufido. Por supuesto que eso es lo que Potter sacaría de esa declaración.

—De todos modos —continúa Potter—, prefiero quedarme aquí que ir allí. Sólo que no quiero decirles por qué. Hermione, especialmente, puede ponerse muy, bueno...

Recordando los gritos de la pesadilla de Potter de la noche anterior, Severus asiente lentamente. —¿No quieres compasión, quieres decir?

Potter asiente con la cabeza. —Tienen buenas intenciones, pero...

—Ya veo —verdaderamente, Severus entiende el sentimiento—. ¿Tiene eso que ver con tu aversión a hablar de los abusos de tus parientes, también?

Potter gime.

≫Sólo responde a la pregunta, Potter.

—No estoy evitando nada, señor.

—Tu dependencia del Sueño sin Sueños dice lo contrario.

Se tensa. —Sí, bueno, no suelo tener pesadillas con mis parientes, ¿verdad?

De repente, los recuerdos que Severus vio en la cabeza de Potter vienen a la mente. —No lo sé, Potter. ¿Lo sabes?

—No —de nuevo ese tono hosco, como el de un niño pequeño en apuros.

—Permíteme reformularlo —Severus ajusta su postura, inclinándose más cerca para observar el rostro de Potter con atención—. Aunque no sea común, ¿tus parientes protagonizan alguna vez tus pesadillas?

Silencio.

Luego: —A veces, señor.

—Entonces —dice Severus con suavidad—, te haría bien hablar de ello.

—¿Por qué sigues diciendo eso? —se queja Potter, volviéndose a mirar hacia él, molesto—. Yo no quiero hablar, y tú no quieres escuchar, así que ¿qué sentido tiene?

Es el mismo vaivén en el que se han enfrascado durante casi veinticuatro horas.

Tal vez signifique que el enfoque de Severus es el equivocado.

—Quiero escuchar —miente—. ¿Por qué no te lo crees?

Potter le mira con total incredulidad. Abre la boca y la vuelve a cerrar, claramente sin tener idea de cómo responder.

≫Estaré aquí hasta que empieces a hablar —dice Severus, echándose hacia atrás y recogiendo de nuevo su pila de ensayos—. Tú eres quien decide cuánto tiempo, exactamente, será eso.

—¿Hablas en serio?

—Increíblemente.

Por un momento, Potter parece pensar en esto. En el silencio, sólo se oye el sonido de los papeles que se barajan y el rascar de una pluma contra el pergamino.

—Has mencionado a mi madre, antes.

Severus se detiene, pero no levanta la vista.

≫No deberías sentir que tienes que cuidar de mí sólo porque ella no pueda —continúa Potter—. Ni nada parecido. Porque, no se ofenda, señor, pero que intente ser amable conmigo es un poco raro.

Severus resopla. —No intento ser nada, Potter. Sí, tu madre era mi amiga. No me cabe duda de que no estaría contenta con la vida que has llevado en su ausencia. No dudo, de hecho, que ella querría que te curaras de eso.

Los hombros de Potter se encogen más con cada palabra, como si le doliera físicamente. La habitación se pone tensa y, por un momento, Severus teme que el chico vaya a arremeter mágicamente.

Y entonces ocurre lo más extraño:

Se pone a llorar.

Alarmado, Severus vuelve a dejar su trabajo a un lado y se inclina hacia él. —¿Potter? ¿Estás bien?

Respira entrecortadamente y se limpia furiosamente los ojos. —S-sí, profesor —consigue decir—. Yo…

Cortado por un sollozo, no termina ese pensamiento. En cuestión de minutos, sus lágrimas se apaciguan, pero mantiene su mirada lejos de la de Severus mientras recupera el aliento, con la cabeza inclinada y las manos envueltas en puños apretados en su regazo.

≫Yo... Lo siento, señor —se le escapa un sollozo—. No sé qué es...

—Estás más que agotado, Potter —le recuerda Severus—. Y tu cuerpo está tenso por la retirada de la poción. Es de esperar cierto grado de... inestabilidad.

Potter no dice nada. Sus respiraciones siguen siendo cortas y rápidas.

≫¿Te molesta la muerte de tus padres? —pregunta Severus.

Potter deja escapar un ruido que está entre un sollozo y una risa. —Soy huérfano, profesor. ¿Qué le parece?

—Por supuesto —dice Severus en voz baja—. Quizá una pregunta mejor sería ¿qué te molesta de la muerte de tus padres? No los conociste.

Potter agita una mano en el aire de forma abstracta.

≫Una respuesta verbal, si es tan amable.

Sin embargo, Potter no le mira. —Ha respondido a su propia pregunta, señor.

—¿Perdón?

—No los conocía. Antes de venir a Hogwarts, ni siquiera había visto una foto de ellos —sacude la cabeza—. Todo el mundo sabe más de ellos que yo. Todo lo que sé es que yo soy la razón por la que están muertos ahora.

Es una afirmación más que cargada, piensa Severus. Por supuesto, entiende que Potter piense así. Por supuesto que lo entiende.

Otra cosa que tienen en común, entonces.

—El Señor Tenebroso mató a tus padres, Potter —dice Severus con cuidado—. No tú.

Potter suspira infeliz. —Lo que sea. No importa.

—Está claro que sí importa.

—Pero ese no es el punto —se lleva las rodillas al pecho—. Sólo quiero decir que, bueno, hasta usted sabe más de mis padres que yo, señor. Y ahora Sirius...

Severus espera, pero Potter no continúa.

—¿Crees que la muerte de Black también es culpa tuya?

Potter le lanza una mirada dudosa. —¿No lo crees?

—No creo recordar que fueras tú quien lanzara la maldición que lo mató.

—Hay otras formas de matar a una persona —dice Potter en tono sombrío—. De todos modos, sólo quiero decir que era la única persona que podía hablar de mis padres como si fueran personas reales. Él y Remus, pero Remus...

Hace mucho tiempo, Severus piensa que estaría agradecido de saber qué había sido de James Potter y sus amiguitos. Uno de ellos traidor, dos muertos, el otro miserable y solo.

Ahora, no parece tan satisfactorio.

—La mejor clase de tu madre era Encantamientos —ofrece.

Potter parpadea, sorprendido.

≫Le gustaba el pastel de pastor y la tarta de melaza. Era un poco golosa, en general.

Mientras lo observa, los ojos de Potter vuelven a ponerse vidriosos.

—¿Por qué me cuentas esto? —suelta, pero su voz es seguramente más débil de lo que pretendía.

—Porque, al parecer, tu tía no lo hizo.

—Yo tampoco le agrado —señala Potter.

Severus ignora la intención detrás de las palabras. —¿Tu tía te dice con frecuencia que no le agradas?

Vuelve a suspirar. —No lo sé. Simplemente no le gusta la magia, señor.

—¿Y tú tío?

—Lo mismo —un encogimiento de hombros—. ¿De verdad conocías bien a mi madre?

—Lo suficientemente bien —permite Severus. Sin embargo, el chico ya sabe lo que pasó.

—Oh.

Severus lo considera un momento. —Podría contarte más cosas sobre ella, si quieres.

La esperanza que ilumina sus ojos no debería sentirse tan dolorosa como lo hace.

—¿De verdad? Quiero decir, no tiene que hacerlo.

—No me importa, Potter —está seguro de que el chico puede ver la mentira como lo que es, pero no le dirá a Severus que no hable. No cuando lo está mirando así.

Y así, Severus le dice.

Es, tal vez, la primera vez que recuerda que Potter le escucha de verdad, con una atención que sólo podría desear que el chico le prestara en las clases.

Cuando Severus cierra por fin la conversación, cerca de la hora de la cena, Potter está más animado que nunca desde que se despertó. Desde que volvió al colegio este año, incluso.

—Gracias, profesor —dice.

Severus inclina la cabeza, solo un poco. —Por supuesto, Potter. Espero que recuerdes, entonces, lo que he dicho sobre hablar.

Para su sorpresa, el chico sonríe, sólo un poco. —¿Ayuda? —sugiere con ironía.

Los labios de Severus se mueven hacia arriba. —Efectivamente. Que tengas una buena noche, Potter.

—Usted también, profesor.

 

• ──────────── •

 

Es el punto de inflexión, aparentemente.

Al final de la semana, Severus cree que empieza a entender a Potter, al menos un poco. La arrogancia que Severus siempre había visto como prueba de que el chico es igual que el idiota de su padre es prácticamente inexistente. Su temperamento, debe admitir Severus, es un rasgo mucho más propio de Lily que del mayor de los Potter.

Potter rechaza la ayuda, no porque crea que puede hacerlo todo por sí mismo, sino porque le han enseñado a creer que tiene que hacerlo todo por sí mismo. Petunia y su repugnante marido, al parecer, le inculcaron un gran sentido de la autopreservación.

—El Sombrero quería ponerme en Slytherin —le informa Potter en voz baja, sólo medio despierto tras una pesadilla especialmente mala—. Yo pedí Gryffindor.

Es como si fuera un gran secreto. Severus piensa que, tal vez, lo sea.

Sin embargo, le hace preguntarse qué habría pasado si Potter hubiera estado en su Casa en vez de en la de Minerva. ¿Se seguirían odiando tanto? A Severus le gustaría pensar que no, pero no está tan seguro.

De todos modos, puede que “odiar” no sea la palabra correcta. Potter es, en todos los sentidos, un recordatorio vivo de todas las cosas que Severus ha hecho mal en su vida. Sea cual sea el odio que Severus siente por el chico, al menos una parte debe dirigirse a sí mismo.

Llega el final del curso y la gran mayoría de los alumnos se van a casa. Para estar con sus familias.

Como parece, Potter no tiene una familia con la que ir a casa. De palabra, pero Severus empieza a sospechar que la palabra de uno rara vez es suficiente.

Pasan el primer día de vacaciones juntos en el ala del hospital. Poppy entra y sale, pero nunca se queda a hablar con ellos mucho tiempo.

En cambio, Severus se queda a hablar con el chico.

Ahora está más sano que antes, pero todavía se despierta con pesadillas. Sigue preguntando, con la voz floja por el sueño y el miedo, por la poción que lo dejó en esta situación en primer lugar.

—No es bueno para ti —le dice Severus.

Despertado en medio de la noche, sus gafas permanecen en la mesilla de noche. Esos ojos verdes, los ojos de Lily, le miran con terror.

—Por favor —gruñe—. Ya no… no puedo hacer e-esto.

En esos momentos, Severus duda de que Potter reconozca siquiera quién es.

Se le pasa el ataque y vuelve a dormirse, o se despierta del todo y entabla una conversación susurrada hasta que Severus cede a cogerle un libro o cualquier otra cosa para tranquilizarle allí donde el sueño le falla tan claramente.

No, “odiar” no es realmente la palabra correcta.

—¿No se aburre, profesor?

Severus mira a Potter, con una ceja alzada. Está inclinado sobre una bandeja de comida, picoteando el almuerzo que Severus insiste en que tiene que comer al menos la mitad.

≫Quiero decir, estoy aburrido —levanta la vista—. No hay nada que hacer aquí, aparte de hablar conmigo. ¿No preferirías estar haciendo otra cosa?

Bueno, sí.

Pero.

—No tengo intención de dejarte solo, Potter. Necesitas ayuda.

—Eso he oído —hace una pausa—. ¿Por qué te lo pidió Madam Pomfrey? Sé que sabes de pociones y todo eso, pero...

Severus se gira para mirar por la ventana, sintiendo de repente bastante frío.

—La adicción es complicada —es todo lo que dice.

Potter guarda silencio por un momento. Severus piensa que debe haber vuelto a comer su almuerzo.

Pero luego dice: —Sabía que era adictivo cuando empecé a tomarlo.

Severus le devuelve la mirada. Sus ojos están pensativos.

≫Creo que simplemente pensé que no importaba si estropeaba todo lo demás, mientras no tuviera pesadillas —mira su plato y suspira—. Realmente no creo que pueda comer más de esto, señor.

Parece un poco mareado, observa Severus.

—Muy bien.

Aliviado, Potter deja la bandeja a un lado.

≫¿Sientes que ha merecido la pena, entonces?

—Más o menos —admite Potter—. En el verano... Mis tíos no querían soportarlo. Me despertaba gritando, o vomitaba, y se enfadaban conmigo. Por molestarlos —se encoge de hombros—. Dejé de dormir por la noche. Conseguía lo que podía a lo largo del día. Al principio no era tan malo. Nadie había dicho nada al respecto antes.

—¿Tus compañeros de dormitorio?

Sacude la cabeza. —A veces se ponía mal, pero, en su mayor parte, creo que nunca los molesté. Empeoró este verano. Eso es todo.

Severus asiente lentamente, comprendiendo. —Muy bien, Potter. Madam Pomfrey me pidió que la ayudara, porque yo misma luché contra la adicción al Sueño sin Sueños. Durante muchos años, de hecho. Puedo asegurarle que los beneficios no superan los riesgos.

Esto parece sorprender a Potter. En cualquier otra situación, la expresión de su cara en este momento podría haber sido bastante cómica.

—Tú... —Potter parpadea—. ¿De verdad?

Severus apenas se abstiene de poner los ojos en blanco. —Sí, Potter. De verdad.

Las mejillas de Potter se enrojecen ligeramente. —Eh, lo siento. Es que... sinceramente, señor, nunca había pensado que pudieras luchar con algo.

Es lo último que Severus hubiera esperado escuchar de él.

Por un momento, solo se miran el uno al otro.

Y entonces Severus sonríe, solo un poco.

—Está claro que soy más que capaz de hacerlo. Incluso cometo errores, de vez en cuando.

Una pausa de desconcierto. —¿… era una broma?

—Ciertamente lo era —Severus se echa hacia atrás en su asiento, estudiando a Potter—. ¿Crees ya que quiero ayudarte?

Potter se lo piensa. De verdad.

—Sí, señor —dice suavemente—. Gracias. Por decírmelo.

Él asiente en señal de reconocimiento, y pasan el resto de la tarde entre el silencio y una conversación mucho más ligera.

 

• ──────────── •

 

Progresivamente, se hace más fácil hablar con Potter.

Una noche, pocos días antes de Navidad, Severus se encuentra en el ala del hospital, viendo dormir al chico. Ya estaba dormido cuando Severus llegó, pero éste aún no sabe si le parece bien dejar a Potter solo.

Menos mal, porque Potter empieza a murmurar algo en sueños, dando vueltas en la cama. El sudor le cubre la frente. Hay un ruido bajo y gutural que proviene de lo más profundo de su garganta.

Severus lo observa, pero no se detiene. Cuando ya no puede seguir mirando, se mueve para sacudir al chico y despertarlo.

Se levanta, jadeando, pero parece darse cuenta rápidamente de dónde está. Al menos, no se mueve para defenderse como la primera vez.

—¿Qué hora es? —murmura, frotándose los ojos con cansancio.

—Sobre las once, la última vez que lo comprobé —Severus estudia a Potter a la luz mortecina del ala nocturna del hospital. Parece cansado, pero hay una especie de pesada resignación en sus ojos. Como si hubiera aceptado que las pesadillas serán la norma a partir de ahora.

Potter asiente. —Dos horas, entonces.

—Todavía tienes mucho tiempo para volver a dormir —le recuerda Severus.

Él duda. —Eh, en realidad, pensé... No, no importa.

—¿Qué pasa, Potter?

No se encuentra con los ojos de Severus. —Pensé que tal vez podríamos hablar de ello, es todo.

—Claro que podemos —dice Severus en voz baja—. Continúa. Te escucho.

Tarda un poco en empezar a hablar, pero finalmente se hunde contra la cama, aflojando los hombros.

—El cementerio. Normalmente lo es —añade—. Pero en lugar de matar a Cedric, Colagusano me hizo... —se detiene, tragando grueso—. Me obligó a hacerlo. Tuve que mirarle directamente, y yo... —tres respiraciones profundas y agitadas—. Hubiera sido lo mismo, creo. Me despertaste antes de que llegara más lejos.

Severus puede ver el efecto que las palabras están teniendo en el chico, aunque hace un trabajo notable para no dejar que se vea el verdadero alcance.

El contenido del sueño en sí no es sorprendente, pero Severus no puede evitar la punzada que siente en el pecho al verlo.

—Parece —dice en voz baja— que sufres mucha culpa por las muertes que has presenciado.

—Le dije que se llevara la copa conmigo —los ojos de Potter están desenfocados, lejanos—. Podríamos ganar juntos, pensé. Supongo que sabía eso: que alguien quería matarme, cuando mi nombre salió de la copa. Pero sólo pensé... —suspira. Sacude la cabeza—. Él quería que yo ganara. Hizo todo lo posible para asegurarse de que yo fuera el que llegara al cementerio esa noche. Cedric habría ganado —añade—. Tenía talento. Inteligente. Pero Voldemort no lo necesitaba. “Mata al otro”, dijo. Ojalá hubiera sido yo —escupe de repente—. Sé que habría vuelto de todos modos, pero…

Severus ve como la llamarada de ira en sus ojos se apaga de nuevo. Se hunde contra la cama, respirando con dificultad.

—¿Deseas haber muerto? —pregunta Severus, con una especie de curiosidad morbosa.

A Potter le tiemblan las manos. —A veces. Pero sé que no es así, señor. Hasta que no se haya ido…

El silencio se extiende entre ellos mientras Severus da vueltas a las palabras en su cabeza. Y una y otra vez.

—Tu vida no gira en torno al Señor Tenebroso —dice lentamente.

Potter le lanza una mirada incrédula.

≫Eres un... estudiante competente —Severus tropieza con las palabras, pero sabe que no son falsas—. ¿La profesora McGonagall dice que tienes aspiraciones de convertirte en auror?

—Yo… —Potter se muerde los labios—. Yo no lo llamaría una aspiración, señor.

—¿Perdón?

Se encoge de hombros, sin esperanza. —No sé cuánto tiempo pasará antes de que Voldemort desaparezca. Convertirse en auror era lo más lógico. No puedo decir que haya pensado realmente en… otra cosa.

Severus se pregunta si, sea cual sea la vida de ultratumba en la que esté Lily ahora, podrá ver lo que ha sido de su precioso hijo.

—Bueno, ¿qué te gusta? ¿Volar? Eres un talentoso jugador de quidditch.

Potter frunce las cejas. —Eh, estoy bien, supongo, pero no sé si querría dedicar mi vida a ello o algo así, si eso es lo que estás diciendo.

Severus inclina la cabeza. —Sí, eso es lo que estoy diciendo. Y tú estás más que “bien”, Potter. ¿El Buscador más joven en un siglo? Estoy seguro de que cualquier equipo de Europa te querría.

—Querer a Harry Potter, querrás decir.

—Pues sí.

Potter suspira. —¿Ves? No importa, ¿verdad? Más vale concentrarse en hacer lo que todos esperan que haga.

—¿Matar al Señor Tenebroso?

—Sí. Y… mi vida gira en torno a ello, ya sabes. ¿La profecía? Soy el Elegido, ¿recuerdas? —lo dice con el ceño fruncido, las palabras envueltas en un vicio amargo.

—¿Sabes lo que dice?

Los labios de Potter se aprietan en una fina línea. —Sí, señor.

Severus solo sabe una parte, pero incluso eso no sería prudente compartirlo con Potter ahora. No cuando está aquí, privado de sueño, agotado en todos los sentidos, hablando por fin con él.

Sin embargo, no parece importar.

“Ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida” —cita Potter—. ¿Qué le parece eso, profesor?

Severus no puede mirarlo. —¿Es una parte de la profecía?

—Sí —Potter guarda silencio durante un largo momento, frotándose los ojos. —Estoy muy cansado.

—Vuelve a dormir —sugiere Severus—. Si empiezas a dar demasiadas vueltas, te despertaré de nuevo.

Sin duda, es un testimonio de lo cansado que está el chico cuando asiente lentamente y se vuelve a tumbar.

En cuestión de segundos, está profundamente dormido.

Severus lo observa, con la garganta apretada. Lo sabía, por supuesto. El Señor Tenebroso marcó a este chico hace quince años. Le dio esa cicatriz de maldición, la extraña habilidad de hablar con las serpientes, un peso sobre sus hombros del que quizá nunca pueda desprenderse.

De nuevo, piensa en cuando tenía la edad de Potter. Atormentado en casa y en la escuela. Separado de su mejor amiga, por sus propias decisiones tontas. Sí. Aunque no le guste admitirlo, él eligió ese camino.

Potter no eligió esto.

Descubre que no le importa sacrificar la calidad de su propio sueño, tanto, para asegurar que alguien esté al lado de Potter.

 

• ──────────── •

 

—¿Ayudaría la Oclumancia, señor?

Severus estudia cuidadosamente a Potter, considerándolo. —Puede disminuir su gravedad, aunque no es una solución.

Potter sonríe con malicia. —No es tan buena como el Sueño sin Sueños, ¿eh?

—Pero tampoco es adictivo.

Hoy hay mucho silencio en el ala del hospital. Poppy ha salido corriendo a hacer algunas compras navideñas de última hora, y parece que la pequeña minoría de niños que aún están en Hogwarts no necesitan atención médica inmediata. No obstante, Severus le dio a la matrona su palabra de que estaría pendiente de todo. Por ahora, sin embargo, lo único que tiene en la mira es Potter.

—Lo siento —dice Potter después de un momento.

Sorprendido, Severus lo mira. Es más firme de lo que ha sido en muchos días.

—Estaba enfadado con Dumbledore —le dice Potter—. Por hacerme aprender Oclumancia de ti, en lugar de él. Pensé... Bueno, ahora lo sé mejor, pero fui un estúpido. Pensé que lo que podía ver era algo bueno. Salvó la vida del señor Weasley, ¿no? —sacude la cabeza—. Pero ahora Sirius está muerto, porque no aprendí. Debería haberlo intentado.

—La muerte de Black no es culpa tuya —dice Severus en voz baja.

Potter sonríe irónicamente, pero lo que Severus ve es una de las expresiones más oscuras que Severus ha visto en el chico. —Sí, bueno. Debería haberlo intentado, de cualquier manera.

—Yo tampoco estaba contento con el acuerdo —le recuerda Severus.

—No debería haber mirado en tu pensadero.

Severus no baja la mirada. —No —dice—. No deberías haberlo hecho.

—No soy mi padre —le dice Potter con firmeza, con los ojos verdes encendidos—. No quiero serlo.

—¿No?

Sacude la cabeza. —Entiendo lo que es eso. Que se metan contigo, solo porque eres... bueno, , supongo —se encoge de hombros—. Así que, lo siento.

Es como si se hubiera propuesto destrozar todas las creencias que Severus ha tenido sobre él en estos últimos cinco años y medio.

Tal vez, piensa, esto es algo así como una resurrección para los dos.

Va en contra de todo lo que ha pensado durante todo este tiempo. Va en contra de todo el odio que siente por este Potter, y posiblemente incluso por el Potter de su pasado.

Dice: —No necesitas enmendar las cosas que tu padre hizo mal.

Potter le mira fijamente, como asombrado.

≫Eso no las cambia —continúa—. Y no es tu responsabilidad arreglar las cosas de una época en la que ni siquiera eras un pensamiento en la mente de alguien. Así que no, Potter. No aceptaré tus disculpas.

—Harry —dice en voz baja.

—¿Lo siento?

—Harry. Me llamo Harry.

A pesar de sí mismo, Severus siente que sus labios se mueven hacia arriba, sólo un poco. —Muy bien —acepta—. No eres tu padre, después de todo.

Harry le sonríe. De verdad.

—Gracias, profesor. Me preguntaba si... —se detiene, bajando los labios. Respira profundamente—. ¿Podría enseñarme Oclumancia? Quiero aprender. De verdad.

—El director me dijo que no la necesitarías —dice Severus con cuidado—. ¿Piensas lo contrario?

Harry sacude la cabeza. —No es de Voldemort de quien quiero protegerme ahora mismo.

—Tendría que volver a usar la Legeremancia contigo.

Se encoge de hombros. —Sinceramente, señor, probablemente usted sabe más de lo que pasa por mi cabeza ahora mismo que nadie. Pero podría decirse que me siento un poco desesperado por que algo cambie.

Por supuesto que lo estaría. Severus pensaba, hace todos esos años, que Harry Potter representaba todo lo que nunca había tenido en su vida: popularidad, riqueza, respeto, el amor de una tal Lily Evans.

Pero ahora, no cree que envidie al chico en absoluto.

Harry no habla mucho de sus tíos, pero lo que Severus puede reunir es más que condenable, en su opinión. ¿Encerrar a un niño? ¿Insultarlo con nombres terribles? ¿Privarlo de comidas regularmente? Golpearlo, aparentemente, aunque Severus aún no se ha enterado de la frecuencia con la que ocurría este hecho en particular.

Incluso con el seguramente enorme fondo que reciben Petunia y Vernon Dursley por cuidar del niño, si es que “cuidar” puede usarse de la manera más laxa posible aquí, lo convencieron de que sólo lo acogían por caridad. Dinero que sale de sus propios bolsillos y que, al parecer, también es un desperdicio.

Finalmente, asiente con la cabeza. —Si estás seguro, podría enseñarte. Puedes cambiar de opinión en cualquier momento, por supuesto.

—No lo haré —dice Harry con decisión—. ¿Podemos empezar ya?

Más allá de la conmoción inicial de que le pidan que repita algo que fue, para ambos, una experiencia bastante horrible, Severus descubre que no le importa enseñar a Harry en absoluto. De hecho, parece más atento, dispuesto a escuchar aunque no le guste necesariamente lo que Severus tiene que decir.

Durante los dos días siguientes, trabajan con constancia, ya que no tienen nada más que hacer, en realidad, hasta que terminen las vacaciones de invierno. Ambos esperan continuar con esto hasta Navidad, pero Poppy tiene otras ideas.

—No quiero verlos aquí —dice, como siempre—. La Navidad es para la familia. Al menos vayan a la fiesta.

A Severus no se le escapa el tic sardónico de los labios de Harry ante la palabra “familia”. A decir verdad, él siente lo mismo.

Pero a Harry le haría bien, seguramente, relacionarse con los demás. Posiblemente, incluso le recordaría por qué odiaba tanto a Severus hace sólo dos semanas.

La idea hace que el estómago de Severus se retuerza incómodamente. Aunque se resiste a admitirlo, se ha dado cuenta de que el chico empieza a importarle un poco. Con el libre acceso a su mente, está claro que muy poca gente lo ha hecho.

Harry no está confinado en el ala del hospital. Sin embargo, Poppy ha sido más que indulgente con él, ofreciéndole una cama aquí hasta que sienta que puede dormir en otro lugar. Severus sospecha, sin embargo, que el dormitorio de Harry ha estado vacío durante algunos días.

Pero toma la mayoría de sus comidas aquí, con Severus. Entre los dos, trabajan en Oclumancia. El resto del tiempo, lo pasa durmiendo o explicando por qué no puede.

Así que, sí. Severus sabe que Poppy tiene razón.

Eso no alivia la inquietud que le tira de las tripas.

Aun así, Harry es la primera persona que Severus ve en la mañana de Navidad. Desayunan juntos en silencio mientras Severus observa la considerable pila de regalos a los pies de la cama de Harry.

—¿Tus parientes te envían regalos alguna vez? —pregunta después de un rato.

Harry se encoge de hombros. —No sé si lo llamarías regalos, comparado con las cosas que le compran a Dudley, pero a veces. Cosas inútiles. Palillos de dientes, o algo así.

Severus se queda mirando, perplejo. —¿Por qué demonios harían eso?

Otro encogimiento de hombros. —¿Para recordarme que no puedo alejarme de ellos, pero que realmente no me quieren? No lo sé, señor. Intento no pensar demasiado en ello.

—Entonces, ¿antes de venir a Hogwarts...?

—Hedwig fue mi primer regalo —interrumpió Harry—. Hagrid me la compró cuando fuimos al callejón Diagon en mi undécimo cumpleaños. O, supongo que mis padres me hicieron regalos, pero...

—Eso es deplorable, Potter.

—Harry —corrige él distraídamente—. Bueno, supongo, pero no me querían, ¿verdad? No importa, de todos modos. La señora Weasley, ella... —se detiene, con algo parecido a la culpabilidad brillando en sus ojos, pero desaparece tan rápido como llega—. —Ron le dijo que no iba a ir a casa por Navidad, y no esperaba nada. Me envió un regalo antes de conocerme realmente. Como si fuera uno de sus hijos, ¿sabes? La primera vez que fui a la Madriguera, realmente deseé quedarme allí. Pensé que era... bueno, ya sabes, es una casa mágica. La que yo crecí no lo era.

—Y a tu tía no le gustaba la magia —recuerda Severus.

—Ajá. ¿Vas a ir a la fiesta?

Severus parpadea, sorprendido por el repentino cambio de tema. —No, no lo había planeado.

—Oh.

—¿Madam Pomfrey dice que sí?

Harry asiente. —Me ha dicho que tengo que hacerlo. Y que debería volver a mi dormitorio, pero dijo que en realidad no importaba, ya que no habría nadie alrededor de ninguna manera.

—No pareces muy entusiasmado con ninguna de esas cosas —observa Severus.

Se encoge de hombros. —Sólo estoy cansado, en realidad. Como si no hubiera tenido una buena noche de sueño en dos años —sonríe, pero la mirada cae rápidamente en una mueca. —¿De verdad no vas a ir a la fiesta? ¿Por qué tengo que ir, entonces?

—No tienes que hacer nada —le informa Severus—. Pero la socialización sería buena para ti. Seguro que estás bastante aburrido por aquí.

—Bueno, sí.

—Entonces, deberías cenar con tus compañeros.

—Pero no me importa —dice Harry rápidamente—. Estar aquí. Es algo agradable. ¿Sabes? Mis amigos todavía están...

Severus lo estudia por un momento, tratando de encajar todos los trozos de este rompecabezas que Harry le está planteando. Se siente mal, piensa Severus, por no haber ido con los Weasley.

—¿Por qué no quieres ir al banquete?

Harry baja la mirada a sus pies, los ojos se vuelven distantes. —No lo sé.

Todos esos años atrás, fue el trabajo que Albus le dio lo que finalmente ayudó a Severus a salir de la nube en la que el Sueño sin Sueños lo había metido. Esta responsabilidad, el conocimiento de que el mundo seguiría moviéndose tanto si él estaba realmente en él como si no, y que había alguien observándolo. Esperando a que lo arruinara todo, como había arruinado todo lo demás antes.

Pero no lo hizo. Lo superó, y se mantuvo fiel a las promesas que le hizo a Albus desde que le dieron este trabajo. A veces tuvo un desliz. A menudo, era Poppy la que lo ponía de pie, sin decirle a Albus lo mal que estaban las cosas en realidad, hasta que finalmente dejaba de ser una mentira.

Severus se pregunta si Poppy lo sabía, cuando le suplicó que viniera aquí todos esos días. Ambos saben que no es amable. No es empático en lo más mínimo.

Y sin embargo, sigue aquí.

—Deberías abrir tus regalos —sugiere—. Parece que tienes un gran número de admiradores.

Harry hace una mueca ante esto. —La verdad es que no —murmura—. Además, Hermione me diría que no abriera nada de gente que no conozco. No sería la primera vez que alguien intenta matarme. Aunque —añade, pensativo—, ese tipo de cosas suelen ser más propensas a ocurrir en Halloween, que en Navidad.

—Sólo ábrelos —dice Severus, poniendo los ojos en blanco—. Si, en efecto, alguien tiene un intrincado plan para asesinarte con un regalo de Navidad, ten por seguro que intervendré.

—Puede que les hayas dado el veneno —dice Harry en voz baja.

—Te escucho, Potter.

Sonríe, pero no dice nada. En su lugar, se adelanta y abre los regalos a los pies de su cama. Se detiene al llegar a algo pequeño y rectangular.

—¿Me has traído un regalo de Navidad? —pregunta, volviéndose a mirar a Severus con los ojos muy abiertos.

Severus se mueve incómodo. —Es práctico.

—No te he comprado nada.

—¿Por qué lo harías? —Severus levanta una ceja hacia él—. No hay mucho que uno pueda hacer desde una cama de hospital, de todos modos.

Harry entrecierra los ojos, con la nariz ligeramente arrugada mientras considera a Severus.

Finalmente, pregunta: —¿Por qué?

Severus se preguntó lo mismo cuando lo compró.

Es un diario, encantado para evitar que lo que se escriba en él sea leído por otros.

De este modo, al menos, incluso cuando Harry vuelva a odiar inevitablemente a Severus, seguirá teniendo un lugar donde verter el contenido de sus pesadillas sin sentir que es inseguro.

—No es exactamente lo mismo —dice—, pero escribir también puede ser una forma eficaz de resolver las cosas.

Harry lo mira sin comprender.

≫Ayudará —insiste Severus—. Quizás, algún día, puedas hablar con tus amigos sobre ello. Pero hasta entonces, esto puede ayudar.

Una larga pausa.

Y luego: —¿Y tú?

Severus frunce el ceño, dándole vueltas a las palabras en su cabeza, pero sin entenderlas.

Cuando Harry no añade nada a ese pensamiento, Severus sacude la cabeza lentamente. —Hay mucha gente que querría que hablaras de ello.

Harry baja la mirada. —Tal vez —dice.

—La profesora McGonagall tiene un deber con los alumnos de su Casa —dice Severus, empezando a sentirse algo desesperado—. Ella habla muy bien de ti, y también le agradaban bastante tus padres.

Harry deja caer el diario, encorvando los hombros. —Vale —dice, con la voz hueca—. Probablemente debería llevar mis cosas a mi dormitorio. Madam Pomfrey quería que volviera, después de todo. ¿Me disculpa, señor?

Desconcertado, Severus no puede hacer otra cosa que hacerse a un lado mientras el chico recoge sus regalos y su varita y prácticamente sale corriendo de la habitación. Sabía, por supuesto, que Harry ha estado fuera de sí gracias a su desintoxicación de la poción, pero parece una reacción extraña independientemente de todo eso.

¿Era realmente un regalo tan malo? Severus había pensado mucho en ello, pero...

Bueno, es probable que sea lo mejor, de cualquier manera. Estas dos últimas semanas han sido extrañas para ambos. En el caso de Harry, al menos, no estaría mal algo de normalidad.

Incluso mientras lo piensa, no puede apartar el dolor de su pecho, una especie de sensación que no ha tenido, piensa, desde la noche en que murió Lily.

La noche en que Harry Potter se hizo esa cicatriz.

Se levanta y se da la vuelta para apartar la silla. Echa una larga mirada a su alrededor, luego sacude un poco la cabeza y se dirige a las puertas.

Independientemente de lo que diga Poppy sobre la familia, Severus tomará la cena en sus propios aposentos. Ha estado bien solo todo este tiempo, ¿no es así? Otra cosa que él y Harry tienen en común, piensa irónicamente, pero está claro que ambos han sobrevivido tanto tiempo.

Apenas, en el caso de Harry, pero sigue aquí. Sus amigos volverán después de que esta próxima semana pase por completo, y él volverá a sus clases habituales, con su habitual arrogancia y su habitual odio hacia Severus.

Sin embargo, ese pensamiento sólo sirve para agudizar la punzada en su pecho, y pasa el camino hasta las mazmorras apartándolo de su mente tanto como puede.

Nada ha cambiado, razona. Y eso es bueno.

 

• ──────────── •

 

Para cuando llega la cena, Severus se siente agotado como no se había sentido en mucho tiempo.

Desde que aceptó ayudar a Harry, ha tomado casi todas sus comidas con el adolescente. No suelen hablar durante ellas, excepto quizás cuando Severus le dice al chico que coma más, pero incluso la falta de su presencia se siente mal, de alguna manera. Como si faltara algo dentro de Severus, pero es un pensamiento absurdo.

Y, sin embargo, la sensación no desaparece.

Sale de sus aposentos con el ceño fruncido, pero las líneas de su rostro se suavizan al llegar al Gran Comedor. No hay muchos estudiantes aquí para las vacaciones; los que están se sientan con los miembros restantes del personal en su mesa. Cuando entra, todos los ojos se posan en él, pero la única mirada que encuentra es la de Harry.

Durante un momento, sólo se miran el uno al otro.

Y entonces Harry se gira y le dice algo a Albus, que inclina la cabeza en señal de reflexión. Para cuando Severus llega a la mesa principal, la conversación que estaban teniendo ya ha terminado.

—¡Severus! —Albus lo saluda alegremente—. ¡Te estábamos echando de menos en nuestras celebraciones! Ven, ven, ¿no quieres acompañarme a una galleta navideña conmigo?

Suspira, sacudiendo la cabeza con cansancio y sentándose en el asiento vacío al otro lado de Harry. Tiene la idea de que Albus ha orquestado algo aquí, pero qué es, no puede decirlo.

—Creía que no iba a venir, señor —dice Harry en voz baja—. ¿Tal vez pensó que la socialización sería buena para usted?

Severus pone los ojos en blanco. —Si la socialización significa complacer al Director en sus inanes tradiciones navideñas, entonces ciertamente no.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

Severus no cree imaginar el escalofrío en la voz de Harry.

—Madam Pomfrey me lo pidió.

—¿Es la única persona por la que haces cosas cuando te lo pide? —Harry hace una mueca hacia sus patatas—. Realmente debería empezar a ser más malo conmigo, profesor. Todos los demás se están confundiendo.

Severus mira hacia abajo en la mesa para ver que, sí, hay más de un par de ojos dirigidos a ellos. Minerva, por su parte, intenta ser menos evidente que los demás. Albus tiene una pequeña sonrisa en la cara, ese odioso brillo en los ojos.

Severus vuelve a bajar la mirada, centrándose en la comida que tiene delante. —Es Navidad, Harry.

Harry lo mira sorprendido, luego se muerde el labio y se aparta, solo un poco.

—¿Normalmente pasas la Navidad solo?

—No tengo familia con la que compartirla —dice Severus en voz baja.

Los labios de Harry se mueven hacia arriba, pero está lejos de ser una expresión nacida de la alegría. —Yo tampoco.

Con el tiempo, los demás en la mesa parecen acostumbrarse al aire de civismo entre Harry y Severus, y el resto del banquete transcurre entre conversaciones ligeras y poco más. Severus se da cuenta de que Harry come muy poco, pero él mismo no parece tener mucho apetito.

Albus se levanta y agradece a los alumnos su asistencia antes de enviarlos a la cama. Se vuelve hacia Harry con una sonrisa, pero éste ya se está dando la vuelta para irse antes de que el hombre pueda decir una palabra.

Severus lo observa, recordando el comportamiento del chico en el ala del hospital antes. Por supuesto, la relación que Albus comparte con Harry va más allá de un típico vínculo alumno-profesor; de hecho, Severus siempre ha tenido la sensación de que Harry le tiene bastante aprecio al anciano, tal vez si le dejara salirse con la suya en casi todo lo que ocurre bajo el techo de este colegio.

Sin embargo, pudo recordar la forma en que Albus lo había tratado mientras tomaba regularmente Sueño sin Sueños. Había compasión, y un esfuerzo de comprensión que fundamentalmente no tenía.

Poppy quería que hablara con Harry porque tiene esa comprensión.

Y de repente todo tiene sentido.

Antes de que Albus pueda decirle algo, se apresura a seguir a Harry, alcanzándolo justo a la salida del Gran Comedor.

Harry se vuelve hacia él bruscamente, con una mano en lo que Severus sólo puede suponer que es su varita. Después de un momento, sus hombros se relajan y mira a Severus expectante.

—No has comido mucho —es todo lo que consigue decir.

Harry parpadea. —Eh, es que no tenía mucha hambre, señor. No puede castigarme por no comer lo suficiente, ¿verdad?

—No me refiero a eso —Severus mira a su alrededor, viendo que la mayoría de los demás ya han despejado la zona. Cuando vuelve a mirar, unos confusos ojos verdes se encuentran con los suyos.

—Sólo iba a acostarme, lo juro.

—¿Por qué no vienes conmigo? —sugiere Severus antes de darse cuenta realmente de que lo está diciendo.

—Pensé que habías dicho...

Severus pone los ojos en blanco. —No es un castigo, Potter. Pensé que, tal vez, podríamos hablar.

Harry lo considera cuidadosamente. —¿Porque ayuda?

—Efectivamente.

—De acuerdo —concede—. ¿Y no me envenenarás?

Pero ya se ha acercado a Severus, y no hay nada de dureza en su inflexión.

—Todavía lo estoy debatiendo —dice Severus secamente.

Para su sorpresa, Harry se ríe.

Severus los conduce a sus aposentos en las mazmorras, observando al chico a su lado con cautela. Harry no parece descontento, pero no vuelve a hablar hasta que llegan a la puerta de Severus.

—¿Vives aquí?

—Durante el año escolar, sí —cierra la puerta tras de sí y se gira para mirar a Harry—. ¿Qué diablos esperabas ver?

—¿Más verde? —Harry mira a su alrededor, pensativo—. No estoy juzgando ni nada por el estilo. Comparado con la casa de mi tía, esto es muy bonito.

—Eso es un cumplido bastante cargado —murmura Severus.

—Sí, bueno... —hace una pausa, entrecerrando los ojos—. ¿Conociste a mi tía? Ya que eras amigo de mi madre y todo eso.

—Lo hice —dice Severus con fuerza—. Pero eso no es ni aquí ni allá. ¿Quieres un poco de té?

—¿Sin veneno?

—Por ahora.

Harry sonríe un poco. —Sí, de acuerdo. Gracias, profesor.

Conduce a Harry hacia la cocina y le invita a tomar asiento en la mesa antes de poner la tetera.

—Hoy estuve hablando con Madam Pomfrey.

Severus le mira fijamente, pero los ojos de Harry están fijos en la pared que tiene delante.

≫Me dijo que te quedaste a mi lado casi todo el tiempo que estuve en el ala del hospital —hace una pausa, la mirada parpadea brevemente hacia Severus—. ¿Es eso cierto?

—Sí —no hay necesidad de mentir al respecto. Harry ya sabe lo de la Deuda de Vida, gracias a Albus.

—¿Por qué?

Ahora, se encuentra con los ojos de Severus.

La tetera empieza a silbar.

Ocupándose de preparar el té, Severus dice: —Era mi deber hacerlo.

—Eso no es cierto.

Sus manos se quedan quietas.

—Podrías haber venido incluso una vez al día —continúa Harry—. Sólo unos minutos. Ambos sabemos que habría estado bien. Pero no lo hiciste. ¿Por qué no?

—¿Estás bien? —pregunta Severus después de un momento.

—En realidad no —admite Harry—. Pero nunca estuve en verdadero peligro de muerte. ¿Te habrías quedado al lado de algún estudiante en mi situación?

Severus les sirve té a ambos, dejando que la tarea preste silencio a la habitación hasta que finalmente se sienta frente a Harry.

—No lo sé —dice—. Tal vez, si su posición fuera una réplica exacta de la tuya, pero...

Harry toma su taza, removiendo el azúcar en el líquido.

—Está bien —dice simplemente—. Pero sigue tratándose de mis padres, ¿verdad?

—Sí —permite Severus—. Porque tu padre me salvó la vida, hace mucho tiempo.

—Y mi madre...

—Era mi mejor amiga —apoya las manos en la mesa—. Si hubiera sabido cómo te trataba Petunia, quizá me hubiera dado cuenta antes de lo diferente que eres de tu padre.

Harry frunce el ceño. —No hables así.

Severus le levanta una ceja. —Tú eres el que dijo que eras diferente en primer lugar.

—No me refiero a eso —dice Harry con impaciencia—. Tú crees que mis tíos abusan de mí. Sin embargo, Dumbledore siempre me envía de vuelta. Dice que es más seguro, por los encantamientos. Más seguro para ellos y para mí.

—¿Y quieres protegerlos?

—Bueno, claro —toma un sorbo de su té—. Dudley apenas es mayor que yo. Además, no importa lo que sintamos el uno por el otro, seguirían estando en peligro por el simple hecho de ser mi familia. Eso es lo que hace Voldemort, ¿no? Matar a la gente cercana hasta que finalmente puede llegar a ti —sacude la cabeza—. Tal vez, cuando era un niño, no me hubiera importado, pero ahora no lo soy, así que...

—Todavía eres bastante joven —señala Severus.

—El profesor Dumbledore te diría lo contrario.

—¿Y qué hay de ti?

—¿Yo? —se ríe, incrédulo—. En realidad, profesor, ahora me siento un poco como un niño. Verá, necesito que alguien se siente conmigo y me tranquilice cuando tengo pesadillas. Usted me hace hablar de mis sentimientos, por no hablar de comer todas mis comidas. Incluso después de todos estos años, todavía me sorprendo cuando la gente me envía regalos de Navidad —le lanza a Severus una mirada significativa—. Pero siempre miro por mí mismo. Tuve que aprender a hacerlo, porque nadie más lo haría por mí. Y ahora lo haces tú. Aunque me odies. ¿Por qué?

Severus deja su taza con suavidad. —No te odio.

La mirada en su rostro le dice a Severus que Harry está lejos de estar convencido.

—Tu madre era mi mejor amiga —vuelve a decir.

—Y mi padre era tu enemigo acérrimo.

—Sin embargo, me salvó la vida.

Harry lo observa, con una mano envuelta tan fuertemente alrededor de su taza que sus nudillos están blancos.

≫Tenía una idea equivocada sobre ti —dice Severus en voz baja—. Somos mucho más parecidos de lo que jamás hubiera pensado.

Algo indistinto parpadea en los ojos de Harry.

≫No pretendía que el diario sustituyera el hecho de hablar conmigo. Sólo supuse...

El agarre de Harry se afloja.

—¿Estabas diciendo la verdad cuando dijiste que querías escuchar?

—No.

Harry asiente. —Ya me lo imaginaba.

—¿Pero hablaste de todos modos?

Se encoge de hombros. —Me gusta hacer las cosas que usted no quiere que haga, profesor.

Severus resopla. —Sí, bueno, tal y como están las cosas, no me importaba tanto. Si te dijera ahora que quiero escuchar, ¿me creerías?

—Supongo que dependería de si eso es lo que dices o no.

Severus apenas se abstiene de suspirar. —Sí, Potter, eso es lo que estoy diciendo.

—Tal vez —dice Harry tras un momento de reflexión—. Aunque sería más creíble si usaras mi nombre de pila.

Harry, entonces. ¿Me crees?

—Claro —Harry dibuja un círculo ausente sobre la superficie de la mesa con el dedo índice—. Yo tampoco te odio, que conste.

Severus reprime la sorpresa que siente ante esas palabras. —¿Es así?

—A la gente le importa mi nombre —dice Harry, con la mano quieta. Apoya la palma de la mano en la mesa y se mira los dedos con ojos distantes—. No a mí, en realidad. Bueno, a algunos sí. A los Weasley les importaría, pero ellos... —sacude la cabeza—. No sé. Es diferente. Te lo agradezco. Que me hayas escuchado, quiero decir.

Hace cinco años, es imposible que Severus hubiera imaginado tener una conversación como esta. No con nadie, en realidad. Y menos con Harry.

Pero piensa en esos primeros años en los que conoció a Lily. Sus sonrisas, su amor por la magia, la forma en que discutía con su hermana a pesar de que lo único que quería era volver a estar cerca de ella. Ella había quitado los grises monótonos de la vida de Severus, y los había sustituido por sus verdes y rojos vibrantes.

Cuando peleaban, se apagaban.

Y luego ella murió, y Severus estaba seguro de que nunca podría recuperar esos colores.

Los ojos de Harry se mantienen firmes mientras espera una respuesta de Severus. Un verde tan vivo, como mil primaveras.

—Hay... habitaciones extra aquí —Severus aparta la mirada de él, con la garganta apretada—. Si quieres quedarte, hasta que terminen las vacaciones.

—¿Hablas en serio?

Cuando Severus vuelve a echar una mirada al chico, en sus rasgos se lee la sorpresa.

—Sí —dice—. Hablo completamente en serio.

Los ojos de Harry bajan hasta su té, pero sería imposible no ver la pequeña sonrisa que se extiende por su rostro.

—Gracias —dice suavemente—. Y, eh, feliz Navidad, señor.

La Navidad es sobre la familia, dijo Poppy.

Severus devuelve la sonrisa a Harry y coge su taza para dar un sorbo tranquilizador a su té.

—Feliz Navidad, Harry.