Chapter Text
Break my face - AJR
Esa tarde todo parecía ser tan normal como de costumbre, Bart caminaba a paso lento para llegar a casa luego de su trabajo de medio tiempo. Tenía la mirada perdida, pensaba en todo y nada. Se sentía cansado, aunque no por el largo día, este no había sido tan distinto a los anteriores, lleno de desplantes y burlas, o accidentes mal intencionados. No. Era más bien una sensación interna, en el pecho, una que le hacía pensar que no estaba ahí, aun cuando podía ver sus pies tocar el pavimento.
Debía preocuparse, pero no lo hacía, solo siguió caminando de forma casi robótica, repitiendo la rutina de los últimos meses.
Entonces, cuando dio un siguiente paso, Bart notó que su vista se había nublado. Trató de parpadear varias veces para arreglarlo, pero fue inútil. De un momento a otro, solo halló oscuridad, sintió que su cuerpo ya no le respondía, e inevitablemente cayó.
Pero, para su sorpresa, Bart no tocó el suelo.
Aún con los ojos cerrados, sintió unos brazos fuertes que lo rodeaban, y una voz desconocida que lo llamaba.
—¡Oye! ¿Estás bien?
Bart logró abrir sus ojos, y con dificultad distinguió la silueta de un muchacho frente a su rostro. Pronto, otra figura más también entró en su campo de visión. Bart se dio cuenta de que le estaban acercando una botella de agua a la boca.
Con dificultad movió su mano y tomó el envase para dar un par de sorbos. Aquel chico aún lo estaba sujetando y Bart se daba cuenta de que casi todo su peso era sostenido por aquel desconocido.
El agua fresca recorriendo su garganta, hasta llegar a su estómago, fue suficiente para sentirse revivir.
Con sus sentidos volviéndose a activar, Bart se dejó ayudar para poder volver a estar de pie. Aquellos extraños seguían llamándolo, preguntando por su estado. —Estoy bien, estoy bien— les repetía, pero su tono de voz suave y adolorido no los tranquilizaba del todo.
Al fin, totalmente de pie por su cuenta, Bart pudo contemplar mejor a sus salvadores. Eran dos jóvenes, uno más alto que el otro. El que lo había sujetado todo el tiempo era un chico de tez morena, con el cabello castaño oscuro corto. Tenía unos grandes ojos marrones, que lo miraban preocupado. A su lado, el sujeto que le había ofrecido la botella, lo miraba de forma similar, aunque más penetrante. Su postura era algo intimidante debido a su estatura, así que Bart prefirió no mirarlo demasiado.
Se percató de que aún sujetaba la botella y se la devolvió agradecido a su dueño mientras se acomodaba las gafas de pasta roja que se le habían resbalado por el breve desmayo.
—¿Seguro que estás bien? —le insistió de nuevo el moreno. Bart volvió a asentir, cada vez más apenado por las molestias que se estaban tomando esos dos con él.
Después de algunas palabras de disculpa de su parte, y de buenos deseos de los dos hombres, Bart retomó su camino, con paso más apresurado. Era bastante penoso haberse hallado en esa situación, que últimamente se hacía más frecuente.
Al llegar a casa, su abuelo lo saludó desde la cocina, avisando de que pronto estaría la cena. Bart se alegró por un momento, pero luego se reprendió a si mismo por su debilidad y declinó la oferta.
Aunque, cosa inútil, pues, por la noche, cuando el adulto dormía, el chico se escabulló hasta la nevera y se llenó la tripa hasta sentirse satisfecho. No había comido casi nada desde el día anterior, y se suponía, como siempre, que debía controlarse, pero de nuevo había fallado. Se sintió culpable por supuesto, pero eso no cambiaría nada, él seguiría con ese hábito como hasta ahora lo había hecho.
Bart tenía dieciséis años, era de estatura pequeña, piel clara y con una abultada melena castaña rojiza. Tenía unos curiosos ojos miel, que eran opacados por unas gafas rectangulares de pasta roja que el menor usaba debido a su fotofobia. Los lentes también solían opacar las hileras de pecas que adornaban sus redondas mejillas.
Bart siempre vestía algún jersey holgado, preferentemente de color amarillo o rojo, unos vaqueros azul oscuro y zapatos deportivos blancos con el dibujo de un rayo rojo en los costados. Eran sus favoritos, su abuelo se los había regalado hacía un tiempo.
Bart no era precisamente el prospecto de alguien delgado, el hecho de usar un grueso jersey hasta en verano solo lo resaltaba. Eso lo hacía odiarse aún más.
Era un chico cualquiera, no era el mejor de la clase, pero tampoco el peor. No se metía con nadie y era muy educado. Pero, aun así, a las personas les parecía muy necesario recordarle, de vez en cuando, que era un adefesio sin forma y que nadie lo iba a querer por eso.
Bart sentía que todos tenían razón, y eso era lo peor.
Conner, su mejor amigo, siempre le repitió que no había nada de malo en él, que no tenía por qué avergonzarse de sí mismo. Pero solo era la opinión de Conner contra el mundo. Y ahora Conner se había ido, estaba en otra ciudad, muy lejos. Sus sabias palabras ya no tenían el mismo efecto.
Era complicado tener una buena visión de ti mismo cuando incluso tus padres, entre cada pausa en las discusiones que tenían, optaban por recordarte que a ellos tampoco les agradaba tu persona. A veces Bart se alegraba de que se estuvieran divorciando, así no había tiempo para meterse con él, toda la ira la sacaban en discutir por quién se quedaría con cada maldito objeto de lo que, se suponía, alguna vez fue un hogar.
Además, a Bart le gustaba vivir con su abuelo Barry, con quien se había mudado mientras el proceso de divorcio terminaba. El hombre era muy amable y siempre lo consentía en lo que quería. Algo que Bart agradecía, pero que, a veces, sentía que no era correcto. Ya habían sido varias ocasiones en que había cruzado la línea de lo educado, hiriendo un poco al mayor. Y, al darse cuenta de su error, Bart solo podía sentirse aún peor, y se convencía a si mismo de que en verdad era alguien horrible, por dentro y por fuera.
Así que prefería no pasar tanto tiempo con su abuelo, ni con él ni con nadie. Bart se había aislado del mundo, y a nadie parecía importarle, así que él sentía que hacía lo correcto.
Por las tardes, entre semana, Bart ayudaba en la tienda del señor Garrick, un amigo de su abuelo, que era dueño de una pequeña dulcería. Era un trabajo sencillo, y podía pasar incluso más de una hora leyendo historietas sin que nadie lo molestara.
Justo a eso se dedicaba ese día cuando aquel chico entró al local.
Bart no creía en las coincidencias, en realidad él no creía en muchas cosas, pero estaba seguro de que coincidir por segunda vez con aquel extraño no era muy al azar.
El desconocido entró a la tienda, esta vez no acompañado del sujeto alto, si no de una pequeña niña de esponjosas coletas, con la que compartía rasgos. Ambos se acercaron al mostrador, hablando en español. A Bart se le daba fatal ese idioma, así que solo entendía palabras sueltas y sin sentido.
No tuvo mucho tiempo para tratar de analizar qué decían los nuevos clientes cuando su mirada se cruzó con aquel moreno que, el día anterior, lo había salvado de besar el suelo por segunda vez en la semana. Bart dio un pequeño respingo cuando lo reconoció por completo y sus mejillas se tornaron rojizas. El chico desconocido le sonrió gentil, así como lo había hecho la ocasión anterior. Parecía querer decir algo, pero su pequeña acompañante se le había adelantado. Bart se esforzó en ignorar la mirada del moreno sobre él y se concentró en dar a probar a la niña algunos chocolates, para que así ella supiera la gran diferencia entre chocolates rellenos y los cubiertos de nuez.
—Solo uno— le advirtió el desconocido a la que parecía ser su hermana. La niña refunfuñó y tomó la caja con chocolates rellenos de cereza, advirtiendo al vendedor que volvería por la otra caja cuando el gruñón no la acompañara. Bart no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa por la actitud de la menor y, siguiéndole el juego, completó con que habría un descuento especial esperándola. La niña abrazó feliz su mercancía y salió contenta de la tienda, seguida de su hermano, quien giró la vista por última vez para observar a Bart.
Cuando la tienda volvió a estar vacía, Bart soltó un largo suspiro, se sentía muy avergonzado. Aquel chico moreno lo había estado mirando fijamente todo el tiempo. Seguramente pensaba en lo ridículo que se vio el día anterior o alguna cosa parecida.
Dos veces aun podían ser consideradas pura coincidencia, pero encontrarte en tres ocasiones con el mismo chico desconocido ya era demasiado.
Bart volvió a ver al extraño el siguiente fin de semana, cuando gastaba su mañana oculto en la biblioteca local.
Solía pasar ahí casi todos los fines de semana, para no causar molestias a su abuelo, y para no tener que cruzarse con su padre en las pocas veces que él iba de visita. Bart prefería no verlo, de cualquier modo, a el hombre tampoco parecía importarle mucho su ausencia en casa.
Su madre, después de que fuera descubierta en su amorío, no volvió a casa; de eso ya hacían unos meses. Bart no la había visto desde entonces. Sabía de ella gracias a las discusiones que su padre mantenía en el teléfono, antes de que se hartara y tomara sus cosas para ir donde el abuelo. Ella jamás lo llamó, pero él tampoco se esforzó en buscarla. Si a ella no le había importado romper una familia, era normal que tampoco le importara su hijo. Después de todo, pronto tendría uno mejor.
Bart ya llevaba una hora en la biblioteca, había terminado algunas tareas pendientes y se dedicaba a hojear un comic, cuando él apareció. El chico de lindo rostro, -porque Bart no era ciego-, había entrado al lugar y se había acercado a la anciana bibliotecaria para recoger un encargo.
Por acto reflejo, Bart ocultó su rostro tras las páginas de su comic, y fingió no haber notado la presencia del otro. Pero al parecer era muy tarde, aquel chico ya lo había visto.
—Hola— lo saludó amistoso cuando se hubo acercado a su mesa.
Bart apenas asomó sus ojos por encima de las páginas y con dificultad respondió al saludo. Las palmas de sus manos estaban sudando, podía sentirlo, al igual que sus mejillas ardiendo. Aunque quisiera, Bart no debía moverse. Si me quedo quieto tal vez se vaya, pensó.
Aquel desconocido parecía pensar distinto, pues trató de volver a llamar su atención. Para suerte de Bart, la mujer había regresado del interior de otra habitación con un par de gruesos libros, y el moreno se apresuró a auxiliarla.
Bart respiró aliviado y decidió que era hora de marcharse, de cualquier modo, él ya había pensado en hacerlo. Se levantó de inmediato y recogió los cuadernos y lápices que tenía sobre la mesa y los guardó con descuido dentro de su mochila. La mujer aún seguía hablando con el moreno, explicándole quién sabe qué sobre esos textos que había pedido, así que Bart aprovechó la oportunidad y se despidió desde lejos para luego salir casi corriendo.
Después se arrepintió de haber actuado de ese modo, pues se daba cuenta de que había parecido un total estúpido, pero bueno, ¿cuánta humillación más podía tener?
Recuerda haber escuchado al chico llamarlo, pero quizás eso último solo había sido su imaginación.
Como fuera, luego de correr un par de calles, Bart aligeró su paso y comenzó a meditar sobre qué haría el resto del día; volver a casa no era una opción.
Se decidió por un parque, uno donde también solía pasar las tardes, durmiendo más que nada. El lugar no estaba nada lejos de donde se encontraba, de hecho, debía retroceder algunos pasos, así que eso hizo y dirigió su rumbo hacía allá.
Bart tenía ahí un cómodo escondite a la sombra de un árbol, uno grande y de tronco grueso. Ahí se estaba muy fresquito y los niños no solían acercarse mucho, pues se encontraba muy apartado de la zona infantil.
Cuando al fin se sintió totalmente a salvo, Bart se acurrucó junto al árbol y pensó en tomar una agradable siesta, cuando, de pronto, escuchó el sonido de una pelota caer justo a su lado. Se giró a ver el juguete y, con un ligero berrinche, se levantó para devolver la pelota a sus dueños.
Para su sorpresa, por segunda vez ese día, era la niña de los chocolates quien se acercaba pidiendo de vuelta su juguete. Ella no tardó mucho en reconocerlo, y lo saludó contenta mientras corría a su lado.
—Tenías razón, los chocolates rellenos son mejores— le empezó a relatar alegre. Al parecer aquellos dulces habían sido para un regalo y al destinatario le habían encantado. Bart asintió con una ligera sonrisa a la chica, algo apenado, pues no esperaba también encontrarse con ella.
La niña, aún animada en su charla, lo empezó a llevar del brazo junto a sus amigas, quería que él jugara con ellas. Bart trataba de detenerla, sin ser grosero ni brusco por supuesto, pero fallando totalmente.
—¿No te han dicho que no debes acercarte a extraños? —le dijo algo serio como último recurso, ya que la chiquilla no desistía de su agarre. —Pero sí te conozco— le dijo ella, como si fuera lo más obvio del mundo. —Bueno, mi hermano sí te conoce, así que está bien— completó.
Bart volvió a sentir que sus mejillas ardían, sus nervios no necesitaban esa información.
Para empeorar aún más la situación, escuchó de nuevo al chico del que había huido acercarse. Al levantar la vista de la niña, Bart pudo ver, a un par de metros delante de él, al moreno. Llevaba una mochila azul colgada en su hombro. —¡Milagro! —le escuchó gritar.
La niña, que seguía sin querer soltar al castaño, agitó su mano libre y saludó a su hermano. —¡Jaime, encontré a tu amigo! —El chico moreno, del que ahora Bart ya sabía el nombre, ya se había acercado un par de pasos cuando la declaración en voz alta de su hermanita lo detuvo. Bart no estaba seguro, pues sus lentes se habían oscurecido un poco por la luz del sol, pero ¿Jaime se había sonrojado?
—¡Mocosa! —le escuchó decir, seguido de una risa burlona de su hermana como respuesta. Bart no entendía, él solo quería que lo soltaran para poder irse. Cuando sintió que el agarre en su muñeca se había aflojado, no lo dudó y se apartó para regresar tras el árbol, tomar sus cosas y marcharse.
—¡No, espera! —volvió a oír de labios del desconocido. Bart ahora ya no dudaba tanto de haberlo escuchado llamándolo en la biblioteca.
Esta vez no logró ser tan rápido, Jaime lo había interceptado antes de que él pudiera salir corriendo cuando ya había tomado su mochila.
—¡Espera, chico de los chocolates! —Ambos jóvenes pudieron escuchar a sus espaldas a la hermana del mayor y a sus amigas reír por ese apodo, pero al parecer eso no detuvo al chico de seguir hablando. Jaime se giró a hacerles señas a las niñas de que se callaran y devolvió su vista a un Bart que no entendía por qué le pasaban estas cosas.
—Ammh— trató de hablar mientras descolgaba su propia mochila de su hombro y sacaba un comic, SU comic. Era uno de los que Bart tenía sobre su mesa, muy seguramente lo había olvidado con las prisas. —Creo que esto es tuyo— le expresó con una amable sonrisa mientras le extendía su revista.
Bart la tomó apenado, y con voz suave le agradeció el favor.
Quiso suponer que eso era todo, así que trató de marcharse de nuevo, pero Jaime siguió hablando. —Yo... soy Jaime Reyes, por cierto—. El chico se rascaba la cabeza, nervioso, parecía no saber cómo ordenar sus ideas.
Debido al silencio, Bart supuso que el otro esperaba escuchar también su nombre. —Soy... Bart Allen—. Jaime le volvió a sonreír al escuchar su respuesta, y Bart también se volvió a sonrojar. De verdad le incomodaba cómo lo miraba ese extraño.
—Yo... no sé si recuerdas, te ayudé cuando te desmayaste el otro día y...—Bart sintió cómo sus palmas comenzaban a sudar. Sentía pena por cómo sus nervios estaban dañando su pobre N°4 de Blue Beetle. De verdad quería irse ya.
—...Y ¿Qué tal estás, te has sentido mejor? —Bart se sintió empequeñecer, incluso sintió que quería llorar. Asintió a la pregunta del otro, y reemprendió el paso para alejarse de esos extraños que le hablaban con tanta familiaridad.
—¡Espera! —Jaime quería insistir, pero Bart se giró, ya con el rostro bastante rojo y con expresión afligida. —De verdad quiero irme— le dijo antes de darse la vuelta y alejarse. Jaime pareció entenderlo porque ya no lo detuvo.
Bart al fin se sintió aliviado cuando se hubo alejado un par de calles. Descartando cualquier opción de ir a otro de sus lugares favoritos y que el destino se burlara de él, prefirió volver a casa resignado.
Al llegar, no encontró a nadie, así que eso lo alivió un poco más. Pasó por la nevera para tomar algo de beber y se dirigió a su habitación.
Ya en la comodidad de su cama, tomó su mochila y sacó de ella el comic que el chico, Jaime, le había devuelto. Al hojearlo, un papel cayó de entre las páginas. Bart lo tomó curioso, y leyó lo que parecía ser un número telefónico, acompañado del nombre de Jaime Reyes. Bart sintió cómo su corazón se aceleraba unos segundos, ¿cuántas veces era posible sonrojarse en un solo día?
No sabía si asustarse o apenarse, así que prefirió ignorarlo. Dejó el papel sobre su mesa de noche y se dedicó a revisar sus mensajes y a hablar un rato con Conner. Al menos por ese día, ya no tenía deseos de pensar en lo extraño que era aquel sujeto.
Para cuando anocheció, Bart aún permanecía en su habitación, se había negado a salir en toda la tarde. Solo había salido cuando su abuelo quiso despedirse, pues al parecer iría a visitar a un amigo en la ciudad vecina, y muy probablemente no volvería hasta el siguiente día.
Luego de un rato de videojuegos, y una lluvia que comenzaba a ser cada vez más fuerte, Bart se animó a salir de su habitación y servirse un poco de leche con galletas, de esas de las que el señor Garrick le había regalado una caja.
Cuando Bart se encontraba en la cocina, tomando un vaso de la alacena, el primer trueno hizo su aparición, y con él, el miedo que Bart le tenía a noches como esa. El susto repentino causó que Bart soltara el recipiente y este cayera al suelo, rompiéndose en pedazos.
Bart maldijo entre dientes y comenzó a recoger los trozos de vidrio, cuando, un segundo trueno llegó. Volvió a respingar, causando que uno de los cristales se resbalara y rasgara parte de su palma. Fue una herida superficial, pero Bart pudo contemplar cómo salía poco a poco su sangre hasta escurrirse por su muñeca, contrastando de forma drástica con su piel pálida. Comprendió que debía limpiarse y también al suelo.
Mientras limpiaba su mano en el lavaplatos, Bart levantó una manga de su jersey, y pudo ver cicatrices viejas más arriba en su brazo. Prefirió ignorarlas y siguió con la limpieza de su reciente herida.
De pronto se sintió muy triste, abandonado, y el clima afuera solo lo empeoraba.
Sabía que era muy ridículo temer a unos simples truenos a su edad, pero así eran las cosas. Usualmente habría hablado con Conner por mensajes para animarse, pero su amigo había salido a pasar la noche con unos amigos, sus nuevos amigos. Ese pensamiento solo lo hizo sentir aún peor.
Después de limpiar el suelo, Bart ya no tuvo ganas de ver una película y volvió a su habitación. Se dejó caer en su cama y pensó en lo patético que era. A su edad, y en fines de semana, las personas solían salir, pasarla bien, y cosas por el estilo, incluso su abuelo lo estaba haciendo. Y él estaba echado, contemplando el suelo desde arriba de su cama, sintiéndose muy solo y asustado.
Otro trueno más se hizo notar, y Bart volvió a agitarse, aferrándose a su almohada. Entonces abrió los ojos, y vio el papel con el número de Jaime en su interior, reposando en su mesita.
¿Qué tan loco estaba como para hablarle a un extraño en medio de su soledad? Aun no lo suficiente al parecer.
Desistió de su idea, y prefirió escuchar música a todo lo que daba con sus auriculares. Las voces de AJR, cantando a todo lo que daban Break my face, ayudaron a que Bart se relajara hasta caer dormido, con las mejillas un poco húmedas a causa de algunas rebeldes lágrimas.
Aquella noche Bart soñó cosas raras que no recordó al despertar, pero que sabía lo había asustado casi al punto de querer gritar. Pero Bart no hacía eso, él ya no gritaba de miedo, ni se desahogaba en un llanto prolongado, y por supuesto tampoco hablaba con nadie al respecto. Así funcionaban las cosas en su vida, y así seguirían por mucho tiempo a su parecer.
Pensó en hablarle a Conner, pero descartó esa idea al ver algunas fotos de su amigo publicadas en la red. Parecía que el chico la había pasado bien la noche anterior, no necesitaba saber de los dramas de este pobre adefesio.
Una vez más, Bart se dejó llevar por la rutina, gastando sus horas libres en cualquier cosa que lo distrajera de la realidad. Y así, el inicio de semana llegó sin que él se diera cuenta.
Una vez que Bart estuvo de nuevo en su puesto de trabajo en la tienda, pensó en que no habría más sorpresas esperándolo. No había pensado mucho en Jaime en esos días, pero tampoco le había pasado desapercibido el hecho de que su número telefónico aún reposaba sobre su mesa de noche. La duda del porqué el otro le dio eso aún no lo abandonaba del todo.
Y, como si el cosmos lo hubiese escuchado, cuando se acercaba la hora de cerrar, Bart pudo ver entrar una vez más al susodicho a la dulcería, esta vez solo.
—Hola— lo saludo, y como siempre, le dedicó esa rara sonrisa que hacía que Bart se sonrojara.
—Ho-hola— le respondió con dificultad, sin mirarlo directamente a los ojos, y con las manos ocultas en los bolsillos de su jersey.
—¿Qué tal estás hoy, Bart? —Jaime había recargado sus codos sobre el mostrador, parecía que ese día lo visitaba con mucha más confianza que en la ocasión anterior.
—Amm, bien— balbuceó Bart. —¿Comprarás algo? —Él no quería ser grosero, pero realmente no entendía la forma de actuar del otro, era algo nuevo para él.
—En realidad nada—le explicó Jaime. —Solo quería verte y charlar contigo—. El muchacho latino miraba a Bart directo a los ojos, y el menor se sintió empequeñecer una vez más. Incluso, por reflejo, había retrocedido algunos pasos del mostrador. Bart estaba muy seguro de que solo era su estúpida mente dañada la que estaba malinterpretando todo.
—¿Pa-para qué?
—Porque quiero conocerte—. Jaime se había encogido de hombros con su respuesta, y se había apartado del mostrador al notar que el otro lo miraba con cierto miedo. —No quería asustarte, lo siento—se disculpó mientras miraba algunos estantes aledaños.
—¿Por eso pusiste tu número en mi comic? —cuestionó el menor en voz baja, genuinamente curoso.
—¡Oh! Eso tiene una buena explicación— le dijo el moreno, algo apenado, regresando su vista hacía el castaño. —Ese papel debí habérselo dado a la bibliotecaria, —comenzó a relatar, —pero me distraje hojeando tu revista, -perdón por eso-, y terminé dejando el papel ahí dentro—. El chico se rascó un poco la mejilla, aun avergonzado.
Bart se sintió desanimarse un poco por dentro, pero luego se dijo a si mismo que eso era obvio ¿Qué más esperabas? El enfermo eres tú.
—Pero, —siguió el mayor, —también pensaba darte a ti mi número, así que sí, supongo que si lo hice para conocernos mejor—concluyó con sinceridad.
Bart tenía el rostro agachado, sus mejillas estaban ardiendo, y eso lo hacía avergonzarse aún más. La alarma en su teléfono, que le avisaba que era hora de cerrar, logró sacarlo de su sorpresa.
—Ah, bueno, —trató de hablar mientras apagaba y guardaba su celular, —debo cerrar ¿sabes?
Jaime miró el reloj en su muñeca y asintió al chico. —¿Te molesta si te espero? —le dijo, señalando la entrada. Bart balbuceó algo parecido a un "bueno..." y el mayor lo tomó como un sí.
Bart pensó que el otro no lo esperaría tanto tiempo, así que trató de tardarse lo más que pudo, pero ni así el mayor desistió. Cuando Bart salió, y se encargaba de cerrar la entrada, Jaime se encontraba algunos pasos alejado, atendiendo una llamada. Nuevamente hablaba en español y Bart seguía sin entender mucho. Pensó en salir corriendo una vez más, pero la verdad era que ya no tenía ganas de eso. Acomodó su mochila en su hombro y aguardó a que el otro terminara. Jaime colgó su llamada tan pronto como notó que el menor lo esperaba. Pronto anochecería, y los transeúntes comenzaban a ser cada vez más escasos en los alrededores.
—¿Así que a esta hora siempre sales? —dijo el moreno, al parecer tratando de iniciar una conversación. Se podía notar que estaba algo nervioso, pero seguía manteniendo esa amable sonrisa, así que Bart evitaba mirarlo mucho.
—¿Eh?
—Lo digo porque casi a esta misma hora, Khaji Da y yo te encontramos aquella vez—. Jaime estaba de pie, a no más de dos pasos al lado de Bart, causando que el menor fuera consiente de la diferencia de altura entre los dos. No era tanta comparada con la de ese sujeto de nombre raro, pero Bart seguía sintiéndose pequeño a su lado. Al escuchar la mención de su primer encuentro, Bart también recordó la sensación de estar rodeado por los brazos del chico latino, y su rostro se enrojeció por completo.
Luego de que Bart soltara un casi inaudible "Ah, sí", ambos permanecieron por un momento en silencio. El menor mirando el suelo, con las manos metidas en sus bolsillos y rasguñando sus palmas por la ansiedad, y Jaime contemplando los alrededores, quizás buscando qué poder decir.
—¿Crees que podría invitarte a comer algo?
Bart estaba seguro de que su rostro estaba más rojo que los ligeros tonos de su cabello, y volvió a reconsiderar el salir corriendo. Pero no lo hizo, logró reunir valor y habló con un tono más calmado.
—Eh, de hecho... debo volver a casa pronto, o tendré problemas. —Por supuesto mentía, pero la imagen de que el chico apuesto lo viera comer no le parecía de lo más atrayente.
A Jaime no pareció molestarle el rechazo y se encogió de hombros. —Entonces te acompaño en parte del camino, ¿sí? —Al parecer ese hombre estaba decidido a pasar al menos un rato con él. Bart también se encogió de hombros como respuesta, aún seguía sin mirar al otro, y comenzó su camino de vuelta a casa. En realidad, la casa de su abuelo no quedaba muy lejos de ahí, quizás unos quince minutos caminando a paso lento.
—A mí también me gusta Blue Beetle—. Jaime dedicó otra de esas suaves sonrisas al menor luego de esa declaración. Bart siguió avanzando con la cabeza aún más agachada.
—¿En serio? —le respondió en voz baja.
—Sí.
Bart se sintió más relajado cuando el moreno comenzó una pequeña charla sobre historietas y dilemas de superhéroes, ese era un tema en el que él sí podía hablar sin sentirse tan estúpido. Aunque, el sentimiento de incomodidad por sus propios pensamientos respecto al muchacho aún no lo abandonaban del todo.
Luego de haber avanzado un par de calles, Bart comenzó a sentir una punzada en su cabeza que no pudo ignorar. Ese era un tipo de malestar que solía aquejarlo a menudo, y normalmente lo trataba de acallar con algunos masajes en su frente. La cosa era que, en esta ocasión, no se encontraba solo.
—¿Estás bien? —Interrogó el mayor, al notar que Bart se detenía y sobaba su frente. Bart asintió con la cabeza y trató de seguir su caminata, pero una segunda punzada más fuerte lo volvió a frenar. Jaime trató de acercarse para revisarlo, pero Bart retrocedió de inmediato, avergonzado de la bochornosa imagen que estaba dando.
—Estoy bien... —declaró en un tono más alto al habitual. —Debería apresurarme en volver a casa.
Bart pretendía salir corriendo, como pensó debió hacer desde el principio, pero la mano del chico moreno lo detuvo de intentarlo.
—Bart—lo llamó, usando un tono que el pelirrojo se negaba a aceptar que era cariñoso. —Si necesitas hablar con alguien, puedes hacerlo conmigo.
Quizás si Bart fuera distinto, quizás si él fuera más confiado, habría creído totalmente en las palabras del otro, pero ese no era el caso. Bart no comprendía de dónde había salido tal oferta tan directa.
—¿Qué?
Jaime no dijo nada, solo siguió sujetando su brazo, con los ojos puestos en el rostro del menor, para luego pasar su vista al agarre que aún mantenía, y Bart lo entendió.
Con furia y vergüenza mezclados, Allen apartó de inmediato su brazo, sintiéndose totalmente vulnerable. Ya no sentía el tipo de sonrojo causado porque el otro fuera amable con él, este era distinto. Aquel desconocido las había visto, había visto las cortadas en sus brazos, nadie debía verlas.
Bart no dijo nada, tan solo dio la vuelta y echó a correr.
