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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Crónicas del clan Eternal
Stats:
Published:
2014-01-10
Updated:
2014-01-11
Words:
7,175
Chapters:
5/?
Kudos:
1
Hits:
122

Estamos de vacaciones

Summary:

Mientras en la Ciudad de las Catedrales se preparan para uno de sus celebrados festivales, Líam se lleva a Enilla, Leo y Taiki en lo que parecen ser unas improvisadas vacaciones al mundo de Ivalice, hogar de vieras, nu mous, grias y bangaas, donde los clanes dictan la ley y los aventureros encuentran retos suficientes para saciar sus más desatadas necesidades de acción.

Chapter Text

   La sensación de euforia que había tenido cuando se levantó esa mañana había sido casi premonitoria: el día le había ido bien. Más que bien, si era sincero consigo mismo. Sin aflojar su avance, abrió una vez más el saquillo marrón, de tela gastada, y se maravilló en lo que contenía. Un brillo verde le iluminó la cara y tiñó de esmeralda su blanca dentadura cuando se dejó ver a través de una amplia sonrisa satisfecha. Realmente le había salido bien.

   Dejó escapar una risita, cerró el saquillo y lo metió en uno de los múltiples bolsillos secretos de su chaqueta. Cuando confirmó que no se caería en el camino de vuelta a casa, siguiendo la Senda del Caravanero, sacó una flauta de su jubón y empezó a tocar una alegre tonada al ritmo de sus pasos, aligerando la soledad del viaje de vuelta.

   Saltando por el irregular camino, avanzó por el desfiladero que era el camino principal de la Senda en dirección a Camoa, dando un giro aquí y allí, en sincronía con la música que creaba. Y, cuando llegó al final del camino, cruzó el límite que separaba la pradera de Bisga de la región de Camoa.

   Las notas aún flotaban en el aire cuando un destello de luz blanca estalló en lo alto del ahora desierto desfiladero, inundando las rocas y grandes piedras de la Senda con una claridad cegadora. La luz formó una amplia esfera a un metro y medio del suelo que descendió lentamente hasta que estalló como una burbuja cuando tocó el suelo, y el brillo se apagó tan repentinamente como había aparecido, dejando en su lugar cuatro figuras en el suelo.

   O, más bien, tres de ellas tendidas cuan largas eran y una de ellas mirándolos, expectante.

—Hay que mejorar el aterrizaje —murmuró una de las figuras, poniéndose de pie.

   Se sacudió su larga túnica blanca del polvo del camino que se le había pegado a la tela, sonriendo abiertamente, y cuando acabó fue a ayudar a la figura que tenía más cercana. Cuando ésta levantó la cabeza, el rostro del chico de blanco no pudo evitar contraerse en una mueca de sorpresa. Por suerte, quien estaba recibiendo su ayuda en esos momentos estaba demasiado ocupado tratando de encontrar sus gafas para poder darse cuenta de nada.

—No lo entiendo —se quejó en voz alta, mientras se acomodaba las gafas sobre la nariz que muy amablemente le había tendido la única figura que había logrado aterrizar dignamente—. De verdad, no lo entiendo. ¿Cuántos saltos como éstos has hecho? Y aún no las logrado no hacernos aterrizar con el cu...

   Detuvo su ristra de reproches de golpe, cuando por fin pudo ver sus manos. O lo que deberían ser sus manos. La extraña sensación que había sentido desde el aterrizaje, como si no estuviera del todo cómodo en su cuerpo, y su dificultad para incorporarse por completo las había achacado al impacto al tocar suelo. Pero ahora veía que, en realidad, si se sentía extraño en su propia piel era porque no estaba en su propia piel. Agitó las manos, arrugadas y rechonchas y con cuatro dedos. Con cuatro dedos. Era... diferente. Se palpó la cara, y donde antes había una nariz ahora había un largo morro, y sus orejas le colgaban un palmo y medio de largo a cada lado de la cabeza. Sus ropas también habían cambiado, ahora llevaba unas cuantas capas de tela de tonos verdes y blancos, y un curioso gorro también verde reposaba junto a sus pies. Que iban descalzos. Y parecían más bien patas. Estaba a punto de decir algo cuando sin querer algo se agitó en su espalda.

—Eso es... ¿una cola? ¿Tengo cola? —Taiki miró con lo que esperaba fuese una expresión recriminante a Líam, que se encogió de hombros, sin perder su sonrisa.

—Te acostumbrarás —dijo una voz femenina a su espalda.

   La figura que había logrado mantenerse de pie al tomar tierra miraba a ambos desde la roca donde se había recostado después de tenderle las gafas a Taiki. Habían reconocido su voz, pese a que sonaba algo diferente. Quizá porque ahora su dueña también habitaba otro cuerpo. La larga melena dorada seguía allí, decorada ahora con dos largas orejas de liebre de un tono tostado, como el pelaje que le cubría la piel. Se puso en pie y avanzó hacia Líam y el aún descolocado Taiki.

—¿Un conjuro para adoptar la forma de los nativos? —preguntó Enilla al chico de blanco.

—Es más que eso —respondió Líam, jovial—. Mucho más. La magia se basa en el espíritu del viajero entrante para encontrar cuál de las razas existentes en el mundo destino es la más adecuada para él y transforma su cuerpo. Hace el tránsito menos estresante, y permite mantener las habilidades innatas del individuo. Por no hablar de la enorme ventaja de estar automáticamente sincronizados con las corrientes mágicas de este mundo. Nada de migrañas, mareos o sensaciones de desgarro en el alma.

   Líam sonaba orgulloso, con un brillo jovial en los ojos mientras explicaba a su reducido público los mecanismos generales del conjuro que había usado para el viaje. Si no gesticulara tanto, su genialidad no se vería disminuída por su excentricidad. Claro que eso a Líam nunca le había importado (y, según a quien se preguntara, afirmaría que su fama de excéntrico era algo que el propio chico provocaba).

   Enilla, la viera Enilla, se cruzó de brazos. Taiki, el nu mou Taiki, lo miró con los ojos entrecerrados.

—Así que ambos acabamos cambiando de especie, y tú sigues siendo humano —dijo Taiki, notando que su voz era algo más anciana y grave.

   Líam se encogió de hombros. Estaba disfrutando con esto. Los otros dos lo tenían muy claro.

—No exactamente —replicó, sin perder su sempiterna sonrisa—. El conjuro también me ha afectado, sólo que el cambio es prácticamente imperceptible.

—¿Ropa nueva? —Eni alzó una ceja.

   Líam soltó una risa algo nerviosa, que se silenció cuando la cuarta figura, que hasta ahora había estado inmóvil, empezó a agitarse. Se puso en pie de un salto, y cuando la borla que le colgaba de la antena de su cabeza salió disparada hacia adelante casi le hace perder el equilibrio. Agitando los brazos tan rápido que podría haber alzado el vuelo, logró recuperar el equilibrio, aunque la enorme borla roja seguía bamboleándose de un lado a otro, por encima de su cabeza.

—¡Por todos los dragones, kupó! Ha sido el peor viaje que mogu ha tenido en toda su vida, kupó.

   Los tres se giraron hacia él con abierta sorpresa, y Leo tuvo que mirar para arriba, muy para arriba, para poder ver a sus compañeros de viaje. Sólo que en lugar de encontrarse a dos hombres y una mujer, se encontró con un nu mou, una viera, y un Líam, todos llevando nuevas ropas.

—¿Qué ha pasado, kupó? ¿Porqué sois tan grandes, kupó? —entonces Leo se miró las manos, diminutas, con sus diminutos dedos, pegadas a sus diminutos brazos, y se las pasó nerviosamente por su diminuto cuerpo y sus diminutas piernas. Cuando volvió a hablar, su voz, más aguda de lo que le correspondía, se elevó una octava más—. ¡Kupopó! ¿Qué significa esto, kupó?

   Taiki estalló en carcajadas, sonoras y profundas, que resonaron por todo el desfiladero. Enilla, sin embargo, se limitó a suspirar; aunque se descubrió lanzando miradas al pequeño moguri que era ahora Leo sin poder evitar encontrarlo adorable. Líam parecía encantado con el cambio que había sufrido el cuarto miembro del grupo. Claro que Leo no lo veía del mismo modo.

   Los ojos del pequeño moguri brillaron con rabia, reflejando un fuego que ardía en el interior del cuerpecillo de Leo y se acercó al chico de blanco con pasos que pretendían desprender furia, pero lo único que hacían era hacerlo más adorable. Las carcajadas de Taiki aumentaron en intesidad cuando el pequeño Leo se plantó delante de Líam, al que no llegaba ni a la cintura (contando la altura añadida de la antena y la borla que pendía de ella), y empezó a darle gritos, exigiendo una explicación y un cambio inmediato a su forma verdadera.

—¡Si no devuelves a mogu su cuerpo, kupó, ya puedes despedirte de este mundo! ¿Se puede saber qué te pasó por la cabeza cuando tuviste esta genial idea, kupó? ¡Mogu te dirá lo que te pasó: nada, kupó! ¡¿Y te vas a quedar aquí plantado sin hacer nada, kupó?! ¡¡Remedia esto ya, kupó!! —Leo agitó un puño amenazador. Si lo hubiera hecho frente a la cara de Líam, quizá hubiera tenido el efecto intimidatorio buscado.

—Un moguri psicópata, creo que ya lo he visto todo en esta vida —murmuró Enilla, poniendo los ojos en blanco.

—Vamos, vamos, Leo... —Líam, aprovechando que Taiki empezaba a perder fuelle y sus carcajadas disminuían en volúmen, intentó calmar a su amigo—. ¡Pero si estás terriblemente achuchable como moguri!

—¡Un moguri! ¡Leo es un moguri! Pfff... ¡Jajajaja! —Taiki volvió a reir a mandíbula batiente.

—Al menos uno de nosotros se lo está pasando bien —Enilla volvió a la roca donde había estado recostada y apoyó la cadera en ella, con los brazos cruzados—. Avisadme cuando hayáis acabado.

   El pelaje de Leo, de un blanco casi níveo, pareció teñirse de rojo, lo cuál Taiki encontró hilarante y obligó al ahora nu mou a agarrarse su estómago, que empezaba a dolerle después de tanta risa.

—¡¡Inviértelo, kupó!! ¡¡Ahora!! Mogu parece un pariente de Floppy, kupó.

   Líam no pudo evitar sentirse mal al escuchar aquello. Por muy irracional y sin sentido que fuera el pánico («odio», corregía siempre Leo) que tenía al conejo de peluche que ayudaba al mago blanco en sus tareas en la Biblioteca, que Leo dijera aquello significaba que realmente se sentía mal. Y esa no era la intención de su viaje.

—Lo lamento mucho, Leo, pero mientras estemos aquí, tendrás que seguir siendo...

—¡Un moguri! —se inmiscuyó Taiki, a quien aún le duraba el ataque de risa.

—Muérete, kupó —Leo fulminó con la mirada a Taiki.

—En realidad no contaba con que te nos unieras. Ha sido un... —Líam buscó las palabras adecuadas— inesperado giro de los acontecimientos. Estaba pensando más bien en Pokelink, pero has acudido tú en su lugar y el conjuro ya estaba en marcha.

   Leo resopló, visiblemente contrariado. No ayudaba a calmarlo el saber que era un sustituto. Un mal sustituto, a ojos de Líam, si no estaba leyendo mal entre líneas. El chico debió intuir lo que le pasaba por la cabeza al ahora moguri, pero antes de que pudiera corregir sus palabras, Enilla carraspeó algo más fuerte de lo normal para llamar la atención de todos.

—Sí, eso está muy bien, pero quizá conviene que nos centremos un poco —Enilla lanzó una mirada indescifrable a Líam.

   Taiki, que por fin había recuperado el control sobre sí mismo, aunque de vez en cuando murmuraba «¡un moguri! ¡Con sus kupós y todo!», se había quitado las gafas y se estaba limpiando los ojos y las mejillas, llenas de las lágrimas que le habían saltado durante el ataque incontrolable de risa, con la ancha manga izquierda de su túnica.

—Eni tiene razón —el nu mou se repasó también los cristales de las gafas con la manga y se las acomodó sobre su morro—. Quizá va siendo hora de saber porqué nos has traído aquí.

   Líam sonrió, exultante, con sus ojos verdes brillando y todo su ser prácticamente irradiando felicidad.

—¿No es evidente? ¡Estamos de vacaciones!