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Capitulo 1
Su rostro era bello y afilado, algo que se veía realzado por sus ojos de color rojo y amarillo, en los que solía habitar una actitud siempre desafiante, acentuada por su sonrisa pícara que mostraba uno de sus colmillos. Pero hoy no mostraba aquel carácter burlón; en su lugar, su expresión permanecía seria, cargada por un pesado desaliento y un profundo aburrimiento.
Para distraerse de las dudas de la corte, jugueteaba lentamente con los innumerables anillos que llevaba en las manos, o con las gemas preciosas que colgaban de su cuello y las cadenas que cruzaban sobre sus pezones. Un suspiro demasiado fuerte, que no pudo reprimir ante el ruido del espectáculo que presenciaba, atrajo la atención de su madre.
—¿Qué ocurre, mi dulce niña? ¿Acaso hoy no tienes ganas de demostrar tu altivez?
Midna observó a su madre, envuelta en la sombra fundida como todas las gobernantes, y respondió con el mismo gesto de hastío antes de volver la mirada al centro del gran anfiteatro. Este se dividía en cuatro secciones. En la primera, los hombres lagarto —miembros de las castas más altas— observaban con fría indiferencia los espectáculos circenses que se desarrollaban. En los dos niveles siguientes, hombres y mujeres contemplaban el evento con mayor asombro que sus compatriotas de sangre fría. Sin embargo, el último nivel, reservado para los clanes consanguíneos con la realeza, permanecía casi completamente vacío.
Las escaleras de cada línea estaban protegidas por distintos grupos de las huestes de no muertos, encargados de defender los accesos. Estos lucían los adornos que les habían sido entregados por sus parientes en vida, como reconocimiento por su servicio eterno en la no-muerte. Sobre sus cráneos portaban máscaras mortuorias que recordaban a los vivos los rostros de sus seres queridos.
Midna lo observó todo con una mezcla de envidia y decepción: envidia porque ella no podía disfrutar de aquel espectáculo, y decepción porque nadie parecía notar el desastre que los habitantes de las Islas de la Llama estaban causando.
—Madre —preguntó—, ¿cómo es posible que todos estén tan ciegos ante los problemas que nos consumen?
Su madre, la reina Al-Layla, la miró y sonrió.
—Y yo que pensaba que te habías vuelto complaciente con los placeres que ofrecen los amantes.
El rostro de Midna se enrojeció al escuchar aquellas palabras, y sus ojos se abrieron con sorpresa. El gesto hizo reír a su madre con una carcajada sarcástica.
—Cómo me gusta tomarte el pelo, hija.
Suspiró antes de continuar:
—Relájate. Aún hay tiempo para pensar en esas cosas. Además, tu otra madre está a punto de salir.
Las trompetas resonaron con fuerza cuando la gran puerta se abrió. De ella emergió una mujer de avanzada edad, completamente desnuda, de cuerpo musculoso y brazos fuertes, cubierta únicamente por una tela roja que caía desde su cuello. Abrió los brazos, y tras ella apareció un grupo de jóvenes —hombres y mujeres— que vestían solo telas que cubrían sus partes nobles.
Midna los observó con desánimo.
Al notar su expresión, su madre comentó:
—Antes te habría encantado formar parte de la Prueba del Toro, hija mía.
Midna la miró y suspiró.
—En tiempos de nuestros antepasados, la Prueba del Toro no era el centro de nuestros festejos, sino solo una más, junto a la Prueba del Tigre, acompañada por la Prueba del Lobo. Y ahora…
Terminó la frase con otro suspiro.
—No entiendo cómo los demás pueden estar tan ciegos, madre. Dondequiera que miro, siento que las antiguas glorias se desvanecen. Muchos campos de cultivo se han perdido porque ya no podemos levantar suficientes no muertos, y lo mismo ocurre con todo lo demás.
La reina miró a su hija con expresión seria.
—Es cierto. Hemos perdido gran parte de nuestro poder, aunque aún hay que mantener las apariencias ante el burgo.
Midna suspiró. Los tambores resonaron, y su otra madre lanzó un rugido antes de transformarse en un toro macho de piel blanca, salpicada de manchas marrones.
Midna observó la escena y murmuró:
—Me pregunto por qué los cambia-pieles de toro son siempre machos, sin importar el sexo de su forma humana.
Su madre rió.
—Quizá nuestros antepasados no veían grandeza en las vacas… o tal vez tenían otros motivos.
Midna reflexionó sobre las palabras de su madre. Levantó la mano y se fijó en su símbolo de nacimiento, que tenía la forma de una estrella con un punto en el centro. Suspiró y se tumbó, sumida en sus pensamientos.
Cuando una twili nacía con una marca de nacimiento, significaba que su alma gemela era un Cambiante que compartía el mismo símbolo. Sin embargo, hasta donde ella sabía, su otra madre era la última Cambiante que quedaba.
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Tres niños corrían a través del bosque. Una chica rubia llamada Bea iba en cabeza, seguida de Iván, que cargaba sobre su espalda al más joven del grupo, Lalo. El pequeño se aferraba con fuerza a su compañero. Cerrando la marcha iba Talo, que corría detrás sin parar de reír.
De repente, de entre los árboles surgió un enorme lobo. La parte superior de su pelaje era negra, mientras que la inferior era blanca y en su frente portava estrella un un punto en el centro . Al verlo, los chicos gritaron con fuerza y echaron a correr aún más rápido. Se dispersaron y zigzaguearon entre los árboles mientras huían, intentando no mantener una línea recta para dificultar la persecución. El lobo chocaba contra algunos arbustos en su avance para ralentizarse, pero aquello no funcionó: esquivaba cada obstáculo sin dificultad.
Hasta que Bea tropezó y cayó al suelo, rodando unos metros. Iván soltó de inmediato a Lalo, se incorporó y se giró hacia el lobo, mirándolo de frente.
El lobo se detuvo, mostró los dientes y rugió. Iván lo sostuvo con la mirada, levantando la cabeza con firmeza. Tras unos segundos, el animal retrocedió.
—¡Basta! —gritó Iván.
De entre las sombras surgió May. Se colocó a un lado, miró al lobo y dijo con tono de aprobación:
—Bien hecho, Link.
Luego se giró hacia los niños, con expresión severa.
—¿Y vosotros? ¿Qué os he dicho?
Todos guardaron silencio. La primera en hablar fue Bea.
—Que al correr debemos tener cuidado. Podemos mantener el ritmo mejor que los monstruos, pero si nos pasa algo, nos derrotarán enseguida.
Después habló Iván, con un tono más calmado.
—Si te enfrentas a un monstruo, lo primero es tener un plan. El valor sin cabeza no sirve de nada.
Por último, May se giró hacia los hermanos. Miró a Talo con dureza y preguntó:
—¿Por qué has traído a tu hermano a la prueba?
—Bueno… —respondió Talo—. Mis padres me pidieron que lo cuidara, y pensé que, como era una prueba…
May suspiró.
—Muy bien. Iván y Bea, habéis aprobado. Aunque Bea, lo que te ocurrió ha sido grave.
Cuando May volvió a mirar a los hermanos, su rostro se endureció aún más.
—Talo, has suspendido la prueba. Y no solo eso: me aseguraré de que recibas un castigo ejemplar para que sirva de lección a los demás niños.
Talo iba a abrir la boca para responder, pero el rugido de Link, aún en su forma lupina, lo interrumpió.
May lo miró y dijo con tono firme:
—Solo detrás de las murallas estás a salvo. Por cierto, fuera de ellas es territorio de lobos y monstruos.
Luego se giró hacia Link y añadió con un tono más relajado:
—Sin ánimo de ofenderte.
Link movió una oreja en señal de entendimiento.
May volvió su atención a los hermanos.
—Si eres capaz de abandonar tu deber solo para pasar una prueba, entonces no eres digno de ella.
Tras terminar su reprimenda, miró a todos los niños y dijo:
—Volvemos al pueblo.
De repente, se escuchó un aullido de lobo a lo lejos. Link giró la cabeza en dirección al sonido y miró a May. Este asintió, y Link, en su forma lupina, se alejó caminando hacia aquella dirección.
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Al-Layla siguió caminando, visiblemente enfadada. Todas las personas del palacio se apartaban lentamente a su paso mientras la observaban. Vestía un traje mucho más cómodo que el que había usado durante la ceremonia. Su rostro mostraba una expresión dura cuando se dirigió hacia una habitación concreta.
Al llegar a la puerta, golpeó con fuerza. Lo primero que notó fue un olor terrible. Empujó la puerta con todo su peso y entró en la estancia.
La habitación era bastante grande. En el centro se alzaba una gran arpa tallada directamente en la roca. A su alrededor se habían dispuesto varios altares, y sobre cada uno de ellos yacían cadáveres cubiertos con telas que impedían ver su estado. Aun así, la reina podía imaginarlo. Su mirada ardiente se dirigió hacia la figura que se encontraba junto al arpa: Midna.
Ella llevaba horas tocando el instrumento, hasta el punto de que sus manos sangraban. Sin embargo, las muestras de dolor no habían detenido su furia. De repente, Al-Layla habló con un tono duro y elevado:
—No has estado tras la llegada de los embajadores y has profanado la cámara de resurrección cuando nadie te ha dado permiso para hacerlo.
Midna se giró al escuchar la voz. Su rostro mostraba signos claros de cansancio y falta de sueño: profundas ojeras marcaban sus ojos, y su cabello estaba completamente enmarañado. Al verla así, la furia de su madre aumentó, aunque terminó suspirando antes de continuar.
—Te diré en qué has incumplido tu deber. No estuviste presente cuando recibimos los mensajes del resto de representantes de la Isla del Crepúsculo, ni de nuestros aliados del continente de la Luz ni del de la Oscuridad. No solo eso: has entrado en un lugar que no te corresponde y has profanado los cadáveres de cinco de nuestros compatriotas en un intento vano de devolverlos a la no-muerte.
Midna se inclinó brevemente y luego se incorporó, mirando a su madre con firmeza.
—Madre, no exageres. Solo estamos al final de la mañana. Me cambio, me aseo y puedo estar con los representantes para la comida.
Los ojos de Al-Layla casi parecieron salirse de sus órbitas por la ira que sintió al oír esas palabras.
—¡Midna! ¡Se ha completado un ciclo completo, eso significa que ya es de noche!
Aquello pareció sacar a Midna de su estupor. Poco a poco, su rostro se endureció. Su madre la observó y preguntó con voz fría:
—¿Cuánto tiempo has estado aquí?
Midna respondió con tono claro:
—Después de la fiesta dormí solo tres horas. Luego me levanté y vine aquí a intentar revivir a los muertos.
Al-Layla la miró y suspiró, sin perder ni un ápice de odio.
—Entonces… ¿usaste tu magia para no molestar a tus damas de compañía ni a los guardianes y viniste aquí a escondidas?
Midna asintió con la cabeza.
—Bien.
La reina suspiró y comenzó a cantar lentamente. Al hacerlo, una magia de color rojo empezó a manifestarse y avanzó hasta encadenarse alrededor de los brazos de Midna. Al verlo, la joven salió de su aturdimiento y giró rápidamente la cabeza para desafiar a su madre, pero esta respondió con un tono firme:
—Entiendo tus motivos, pero eso no cambia el hecho de que te estás sobrepasando. Eres mi hija y, hasta que yo no muera, no tomarás mis responsabilidades. Y como has ignorado tus deberes y abusado de tus dones, me veré obligada a restringir tu magia durante unas semanas.
Midna la miró, a punto de decir algo, cuando de repente un fuerte temblor sacudió el lugar. Madre e hija se miraron mutuamente, con el miedo reflejado en sus rostros.
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Link llevaba más de un día andando por el bosque. Durante ese tiempo solo había vuelto a su forma humana para comer y dormir, y aun así había pasado más tiempo del recomendable en su forma de lobo. Suspiró.
En forma de lobo, todo era más intenso: los olores, la luz, los sonidos, las sensaciones. A veces todo parecía incluso más simple; su mente se volvía más clara. Lentamente sentía cómo conceptos abstractos comenzaban a disiparse, como la niebla ante la presencia del espíritu de la región. Ideas como la lealtad y otras emociones complejas se desvanecían; las bestias eran seres simples, y sus pensamientos también lo eran.
Por eso le extrañó ver a tres manadas de lobos dirigiéndose hacia el mismo lugar del aullido. Aquello no era normal.
Cuando llegó al sitio, observó al lobo que había convocado la llamada. Era un lobo rojizo, más grande que él. Este lo miró y, con un gruñido, le indicó que lo acompañara. Tras una breve tensión, Link subió una cuesta y se detuvo frente a un acantilado.
Desde allí observó con horror el paisaje: un gran campamento de bokoblins y norteños se extendía en la parte baja de la montaña.
