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Luz Verde

Summary:

Día de San Valentin. Suletta tiene una inesperada cita con una chica a la que ha admirado de lejos más de una vez.

Notes:

x3 un fic sulemio para el 14 de Febrero

Work Text:

“¿Qué dices? ¿Nos acompañas al club?” Preguntó Nika en un último intento mientras se acomodaba el cabello frente al espejo del tocador. “Y antes de que digas nada, a Sabina le agradas y no está molesta contigo”.

 

Suletta estaba sentada en su cama, indecisa. Nika era más que su compañera de cuarto, era una amiga a la que apreciaba mucho; amable y correcta, siempre dispuesta a ayudarla desde su primer día en la Universidad de Dominicus. Y la novia de Nika, Sabina, era una chica igualmente correcta aunque algo más reservada y no muy dada a las conversaciones.

 

“¿Segura que no les estorbaré?” Suletta, desde luego, no quería incomodar a una pareja enamorada. “No me gustaría… Um… Ya sabes, interrumpir algo como la otra vez…” Al decir eso, su rostro se puso tan rojo como su cabello.

 

Habían pasado ya dos semanas desde el vergonzoso incidente, pero recordaba a la perfección haber olvidado que Nika le avisó por mensaje de texto que tendría visitas en el dormitorio y entró como si nada pasara, sólo para encontrar a Nika y a su novia con la ropa a medio quitar.

 

A Suletta le tomó tres días volver a mirar a Nika a la cara por culpa de la vergüenza y la culpa.

 

Nika, como siempre, tomaba las cosas por el lado amable. “Calma, será una cita en grupo, irán más personas”. Tampoco quería presionarla. “Si no quieres, está bien, pero habrá una banda tocando en vivo y un menú especial de San Valentin”.

 

Suletta no necesitaba demasiada insistencia si hablaban de comida. “De acuerdo, voy con ustedes”, se levantó de la cama para ponerse algo cómodo para salir. Jeans, su par de converse negros favoritos, camisa blanca y una chaqueta gruesa por si hacía frío más al rato. Tomó su casco y las llaves del Aerial.

 

“¡Lista!”

 

Nika rió. Era gracioso que Suletta manejara una motocicleta modificada bastante genial y no usara ropa de un estilo más apropiado. Su amiga y roomie era la motociclista más tierna del campus. Ella misma tomó las llaves de su camioneta vieja, un pick-up clásico en eterno estado de restauración.

 

“¿Segura que no quieres que te lleve?” Preguntó Nika mientras giraba las llaves en sus dedos.

 

Suletta negó. “Mejor lleva a Sabina de paseo luego del club”.

 

“Lo haré, gracias por la idea”.

 

Ambas chicas salieron de los dormitorios al estacionamiento y manejaron hasta llegar a un popular club donde los universitarios gustaban pasar los fines de semana. Sólo eran veinte minutos de recorrido.

 

Llegaron al club. Música a todo volumen, cerveza barata a granel y bocadillos fritos era lo de siempre, pero ésta vez, ese sábado en especial, el club se había vestido de rojo y globos de corazones para darle la bienvenida a los enamorados por el día de San Valentin. Había promociones para parejas y un grupo en vivo tocando animadas y variadas canciones de amor.

 

El sitio estaba abarrotado.

 

“Ven, por aquí”, dijo Nika, guiando a Suletta por el brazo para evitar que se perdiera entre los universitarios que ya estaban en la pista de baile. Fueron a unas mesas al fondo donde ambas pudieron reconocer a la alta y siempre imponente Sabina Fardin.

 

Suletta sonrió al ver que Nika iba directo con Sabina y la hacia inclinarse de gentil manera para poder besarla. Y era gracioso que a Sabina no le cambiara casi nada el gesto.

 

Había más universitarios presentes y, de hecho, todos se presentaron con ella de manera educada y animada, pero como ellos se conocían entre sí y tenían temas de conversación en común, Suletta se limitaba a escuchar y beber cerveza sin participar demasiado. Lo que no podía negar era que la banda musical sonaba muy bien y el ambiente en el club era genial.

 

“Iré por un refresco y algo de comer”, le dijo Suletta a su amiga al oído. Ya había bebido suficiente cerveza por esa noche, necesitaba comida.

 

“Recuerda que no debes quedarte con nosotros todo el tiempo si no lo deseas, te traje para que te diviertas”, respondió Nika y señaló la pista de baile. “Diviértete”.

 

Suletta asintió. “Tú también”.

 

Luego de pedir una lata de refresco de naranja, decidió buscar un buen sitio para escuchar más de cerca a la banda sin que los demás la empujaran demasiado. Pensaba bailar pero lo haría cuando Nika, Sabina y su grupo salieran a bailar, precisamente, en grupo. Así no estaría sola en la pista de baile.

 

Mientras aprovechaba un espacio bajo una de las columnas que limitaban la pista de baile para mirar a la banda tocar, lata en mano, Suletta notó a alguien en una de las mesas pegadas al muro. Alguien que le llamó poderosamente la atención: una chica de cabello plateado, ojos de luna y un gesto aburrido; miraba algo en su teléfono. La chica tenía una cerveza a medio terminar frente a ella.

 

Una chica lindísima a la que había visto a lo lejos en el campus más de una vez. No sabía quién era y no se había animado a acercarse a ella a pesar de verla sola en cada ocasión. Suletta no percató que se quedó mirándola más tiempo del necesario.

 

Al momento de darle un gran trago a su lata, Suletta casi escupió el refresco al ver que la chica levantaba la mirada del teléfono y sus ojos chocaron por un segundo. Suletta, ruborizada, volvió a mirar a la banda. Tuvo que fingir que se movía y cantaba al ritmo de la canción que estaba sonando en ese momento.

 

Para cuando volvió a mirar en dirección de la linda chica, ésta estaba hablando con un chico alto de piel morena y un mechón rosa en la frente que también recordaba haber visto en el campus al menos una vez. El chico se veía enojado, parecía discutir con ella. Y al ver que el chico la tomó del brazo y ella luchaba por liberarse, intervino.

 

“¡Detente! ¡Ella está incómoda!” Exclamó Suletta, colocándose entre ambos con los brazos extendidos, logrando que él la soltara. “¡Déjala, por favor!”

 

El agresivo chico frunció el ceño pero no dijo nada en cuanto notó que muchos le miraban con clara molestia. El chico le mandó una mirada fulminante a ambas y se fue. Suletta suspiró de alivio y miró a la señorita.

 

De cerca era mucho más guapa.

 

Tragó saliva.

 

“¿Te encuentras bien? ¿No te hizo daño?”

 

“Estoy bien, gracias”, respondió ella con incomodidad, “pero no deberías meterte en asuntos que no te conciernen”, dijo enseguida con severidad y se retiró de la mesa.

 

Suletta asintió a pesar de que ella ya se había perdido entre los universitarios que abarrotaban el club.

 

Su voz es linda, pensó entre un suspiro y decidió volver a su sitio a escuchar un par de canciones más.

 

Pero para el comienzo de la tercera canción, su estómago pidió algo de comer. Necesitaba comer bastante para bajar el alcohol de las tres cervezas que bebió. Fue a la barra y vio que tenían un menú especial por San Valentin. El más completo era un plato enorme de pollo frito con varios acompañamientos y bebidas a elegir, pero había un problema.

 

“¿Por qué no lo puedo comprar?” Preguntó la señorita de hacía un momento mientras encaraba al encargado de la comida con los brazos cruzados.

 

“Lo lamento, pero es una promoción por día de San Valentin, es un plato para parejas”, dijo el cansado chico, obviamente un universitario que trabajaba ahí medio tiempo. “Debes venir con una pareja para pedir algo del menú especial de San Valentin”, recalcó.

 

Suletta tuvo que contener otro suspiro al ver a la chica poner un gesto descontento. Pese a la molestia, ella no insistió, sólo se limitó a asentir y retirarse para dejar que los demás pidieran su comida. Al ver nuevamente el menú especial escrito junto a la barra, Suletta no pudo contenerse. Se acercó a la chica una vez más, estaba contra un muro mirando su teléfono.

 

“Hola d-de n-nuevo”, saludó sin poder contener sus nervios.

 

La señorita levantó una ceja. “Tú de nuevo, ¿qué deseas?”

 

“Yo… Umm… Q-Quiero probar ese p-plato especial”, señaló el menú en el muro, “pero es s-sólo para parejas… Um… Te… ¿T-Te gustaría q-q-que pidiéramos u-uno j-juntas?” A Suletta apenas si le salió la voz al proponer la idea.

 

La pobre bajó el rostro al ver que ella arqueaba las cejas; no sabía decir si estaba molesta, ofendida o incómoda. Rápidamente levantó las manos en señal de rendición.

 

“¡L-Lo siento! N-No quería molestarte, m-mejor me voy y…”

 

“Soy Miorine”, dijo la chica con tono aún severo.

 

“Y yo soy Suletta, un gusto conocerte”.

 

Miorine asintió. “¿Vienes sola?”

 

“Vine con una amiga, pero mi amiga justo ahora está con su novia”, respondió una Suletta más calmada. “¿Y tú?”

 

“Vine sola. Me gusta la comida y la cerveza de aquí. Escuché que tendrían menú especial pero los mejores platos son sólo para parejas”, explicó Miorine con gesto descontento.

 

Suletta sonrió de manera apenada y se llevó una mano al cabello. “Entonces… ¿Pedimos el menú juntas?”

 

Miorine la miró de reojo por unos segundos y finalmente asintió. “Bien, seamos pareja ésta noche, pagaremos mitad y mitad. ¿Trato?”

 

“¡Trato!”

 

La alegría de Suletta se transformó en gracioso pánico cuando Miorine se colgó de su brazo, justamente como lo haría una pareja, y la llevó a la barra una vez más.

 

Después de diez minutos de espera y de una mirada sospechosa de parte del chico que atendía las órdenes de comida, ambas se sentaron en la primera mesa libre que encontraron junto con bandejas llenas de todos los platillos del “Menú para Enamorados”. Suletta estaba lista para atacar la comida, pero notó que Miorine tomó una botella de cerveza y la apuntó hacia ella.

 

“Salud por nuestro menú especial de enamorados”.

 

Suletta sonrió y brindó con ella con una lata de refresco. “Salud”.

 

Y, ahora sí, ambas empezaron a comer.

 

La plática era mínima, ambas se dedicaban a mencionar lo bien que sabía la comida y lo bien que sonaba el grupo. La música seguía y la banda tocó una canción que Suletta conocía de memoria. Comenzó a mover el cuerpo y a menear la cabeza al ritmo de la melodía.

 

Un gesto, una señal, una sonrisa, un aviso, un saludo casual…

 

Miorine le miró con curiosidad, estaba devorando una alita de pollo a la BBQ.

 

...Una oportunidad, una balada que juntos podamos bailar… Conocernos mejor ésta noche tú y yo… Te pido…

 

Suletta tomó una de las botellas vacías de cerveza como si fuera un micrófono y cantó más alto. Miorine sonrió y soltó una breve y linda risa que aceleró algo dentro de Suletta. Cantó la siguiente estrofa con más emoción.

 

...Una luz verde para amar a gran velocidad… Con sentimiento… Tan sólo una señal, la posibilidad, es lo que yo quiero…

 

Miorine negó un poco y escuchó a Suletta más que al grupo hasta que la canción terminó. Le aplaudió, ahora tenía un gesto casi travieso.

 

“¿Acaso todo eso fue una indirecta?” Preguntó Miorine de repente, tenía una ceja arqueada.

 

Suletta tardó unos segundos en captar las palabras de su acompañante, y de repasar la letra de la canción que acababa de cantar a todo pulmón.

 

Un “hola, cómo estás”, un rato a solas, un beso y volverte a besar…

 

Una inyección de amor, una promesa, un gemido que te haga estallar…

 

Conocernos mejor, ésta noche tú y yo…

 

La pobre Suletta tragó saliva y se puso tan roja que ni la luz opaca del club la protegió. Comenzó a tartamudear, a manotear como si quisiera alejar la vergüenza que le calentaba la cara hasta las orejas.

 

“Um… N-No… Digo… Yo sólo…” Ni siquiera sabía qué mensaje trataba de dar.

 

Miorine finalmente le tuvo un poco de piedad. Se acercó a ella para hablarle al oído. Suletta tembló y rogó internamente que Miorine no lo notara.

 

“Vamos a tomar un poco de aire, hace mucho calor aquí”, dijo Miorine con suave voz.

 

Suletta asintió muchas veces.

 

Ya no tenían comida en la mesa de todos modos. El aire frío de la noche seguramente las despejaría. Salieron juntas del club, Miorine sujeta del brazo de su acompañante de esa noche. Suletta sin la voluntad de alejarse.

 

Por instinto, Suletta buscó a Nika con la mirada y la vio en la pista de baile con Sabina. De hecho, ambas le miraban con gestos de aprobación e incluso le dieron un par de pulgares arriba. La pobre Suletta se puso más roja.

 

El aire frío de febrero les golpeó el rostro, aliviando un poco el calor que Suletta sentía le quemaba desde dentro. Pero era Miorine la que estaba poco preparada para el viento frío, usaba pantalones negros ajustados y una blusa de manga al codo, botas altas; pero la zona al descubierto de sus brazos claramente se erizó al sentir una ráfaga de aire frío.

 

Suletta actuó de inmediato. Se soltó de ella y se quitó la chaqueta para ofrecérsela a Miorine.

 

“Ten, úsala, por favor, no quiero que te resfríes”, dijo mientras le extendía la prenda con ambas manos.

 

Miorine la miró largamente antes de aceptar y cubrirse.

 

Suletta sonrió y casi rió al ver que la chaqueta le quedaba grande. “¿Mejor?”

 

“Mejor, gracias”.

 

“¿Te gustaría ir a algún lado? Aún es temprano”, propuso Suletta, notando la manera en la que Miorine se envolvía de manera más cómoda en su chaqueta. “No bebiste mucho, ¿verdad?”

 

Miorine negó. “Comí más de lo que bebí. Tú te ves bien”.

 

“Sólo bebí un par cuando llegué con mi amiga, no debo conducir en estado de ebriedad”.

 

“¿Tienes un auto?”

 

“No, tengo a mi Aerial”.

 

Una orgullosa Suletta llevó a Miorine a donde había estacionado su motocicleta. Miorine miró el vehículo con sorpresa, con admiración incluso.

 

“No tienes pinta de motociclista”, comentó Miorine con tono jocoso, pasando sus dedos por las elegantes líneas de la moto.

 

Suletta sonrió. “Me lo dicen seguido. ¿Te gustaría dar un paseo conmigo?”

 

“Me gustaría aceptar tu invitación pero… Nunca he subido a una motocicleta”, confesó Miorine, no sin cierta pena.

 

“Si no quieres, podemos caminar un poco por los alrededores”.

 

Miorine negó. “Quiero subir a tu motocicleta”.

 

“¡Gracias! Te llevaré a un sitio que quiero visitar”. Y Suletta pensaba darle un gran primer paseo a Miorine.

 

Luego de ponerse los cascos, ambas subieron a la moto. Miorine se sujetó con fuerza a la cintura de Suletta y ésta se puso demasiado feliz. Por suerte, su casco la cubría.

 

Fueron ellas las que terminaron en el dichoso mirador del parque desde donde se podía ver toda la ciudad. Había algunos autos más estacionados y ninguna de ellas necesitaba indagar demasiado sobre lo que pasaba dentro de esos autos. Bajaron de la moto y se acercaron a la baranda de metal para admirar las luces de la ciudad.

 

“Es un lindo sitio, gracias por traerme”, dijo Miorine mientras miraba con gesto relajado el paisaje ante ellas.

 

Suletta puso un gesto de contento. “Gracias por acompañarme”.

 

“La vista es agradable, ¿siempre traes aquí a las chicas con las que comes?” Preguntó Miorine en claro tono provocador.

 

“¿Eh?” La pobre Suletta volvió a sonrojarse apenas entendió lo que su acompañante le estaba dando a entender. “¡N-No! ¡P-Para nada! ¡Es la primera vez que traigo a alguien aquí!”

 

“Oh, entonces todas esas chicas que te rodean luego de clases…”

 

“Son compañeras de clases, a veces estudiamos juntas”, explicó Suletta como si debiera reportarse. Y no tardó en percatarse de algo. “¿Me has visto en el campus?”

 

Miorine asintió con tranquilidad, con una mano se acomodó un mechón de cabello que el viento atrapó. “Sí, algunas veces. Noto que sales del edificio 12”, el de Pedagogía, enseguida agregó, “casi siempre acompañada. Y otras veces te reúnes con una chica de cabello azulado”.

 

Suletta, ruborizada ante el hecho de que Miorine ya la había notado desde antes, supo a quién se refería. “Es Nika, la amiga con la que vine, la que se quedó en el club con su novia. Ella estudia ingeniería industrial en el edificio 11”, pero no eran precisamente edificios, eran grandes complejos llenos de salones, talleres y oficinas. “Y también es mi roomie”.

 

“Cierto, te quedas en los dormitorios”.

 

“Um…” Suletta volvió a sentir nerviosismo. “¿Cómo sabes todo eso?”

 

Miorine se encogió de hombros. “Ya te lo dije, te he visto algunas veces… Y tú a mi, ¿o no?”

 

La pobre Suletta se puso más roja pero no pensaba negarlo, asintió. “Lo siento”.

 

Suletta sabía que ella salía del edificio 16, ahí estaban los que estudiaban carreras relacionadas a la economía.

 

“No te disculpes, no estoy molesta”.

 

Y hablando de molestias.

 

“¿Quién era el chico que te estaba molestando? Me es familiar pero no recuerdo de dónde”.

 

Miorine puso un gesto de desagrado. “Guel Jeturk, el hijo de un asociado de mi padre. Lo detesto, pero no te voy a amargar la noche con esa historia. Podemos dejarlo para un café, ¿qué dices?”

 

“¿Café?” Suletta parpadeó un par de veces, confundida.

 

“¿No quieres que salgamos de nuevo?” Preguntó Miorine con tono de reproche.

 

Suletta negó de inmediato. “¡M-Me encantaría salir contigo más veces!” Por supuesto, dijo todo sin filtros y más alto de lo que debería. “¡Siempre he pensado que eres bonita y siempre quise acercarme a preguntar tu nombre pero no quería molestarte!”

 

Ésta vez, Miorine se sonrojó y Suletta lo notó.

 

Miorine notó que Suletta notó su sonrojo y ambas alejaron la mirada en direcciones contrarias.

 

“Eres ruidosa”, murmuró Miorine luego de unos segundos de silencio.

 

“Lo siento”, respondió Suletta con un hilo de voz.

 

“Te disculpas mucho…”

 

“¡Lo siento!”

 

Miorine encaró nuevamente a Suletta, de hecho la sujetó del cuello de la camisa, la obligó a girarse también para poder hablar frente a frente como gente civilizada.

 

“¿Te parece el lunes luego de clases?”

 

Suletta, aún roja, asintió muchas veces. “¿Podemos intercambiar números?”

 

“Es obvio, si no cómo vamos a comunicarnos”.

 

Pero eso podía esperar. Suletta tragó saliva al notar que Miorine no bajaba la mirada ni dejaba de mirarla a los ojos.

 

“Um…Yo…”

 

Sin decir más, Miorine le besó la mejilla. Un gesto pequeño y tan breve como un parpadeo. Suletta sintió débiles las rodillas.

 

“Gracias”, fue todo lo que dijo Miorine.

 

Suletta no sabía si le agradecía por quitarle a ese chico de encima, por la comida o por el paseo, pero tomó el agradecimiento y el beso con gusto.

 

“Yo… Um… ¿P-Puedo besarte?”

 

“Cuando nos despidamos, hoy no tienes toque de queda en los dormitorios, ¿verdad?”

 

“N-No”.

 

“Bien. Si no es molestia, ¿me llevarías a mi casa? No es lejos. Pagaré la gasolina y no vayas a negarte, ¿entendido?”

 

“Entendido”.

 

Ambas volvieron a recargarse en la baranda para ver las luces de la ciudad en la oscura noche, pero ahora estaban hombro contra hombro. Suletta apenas podía creer que la linda chica que tanto le llamaba la atención también la había notado a ella. No hablaron mucho después de eso, pero sí intercambiaron números de teléfono antes de subir a la motocicleta y adentrarse a la ciudad una vez más.

 

El beso prometido se cumplió cuando Suletta acompañó a Miorine al edificio donde estaba su departamento. Fue en la mejilla pero no era para nada un mal comienzo.

 

Una luz verde para Suletta, y pensaba avanzar.

 

FIN