Actions

Work Header

Verano 2020

Summary:

Munchi se quiere mudar de la aburrida isla en la que vive. Un lío mal llevado, un verano muy húmedo y la mudanza de un nuevo vecino le hacen replanteárselo.

Notes:

Una cosa que tenía escrita del Animal Crossing (LOL). Le tengo 600 horas a la isla por el COVID y me invente un lore y todo skdabjsd

Work Text:

Las últimas semanas de verano pasaban con una lentitud agónica y contradictoriamente fugaces, como si aquella isla se hallase sumida en un sueño extraño, húmedo y pegajoso, con su ritmo pausado y con sus súbitos cambios.

Munchi vio a Cornelio salir a hacer ejercicio temprano, como regía su rutina habitual, pero su mirada vagaba por los acantilados, buscando algo más allá de las pálidas playas del lugar. A las pocas horas, ya se rumoreaba que la mudanza estaba al caer y, esa misma tarde, tanto el joven como la muchacha que había ayudado a levantar el pequeño resorte isleño lo confirmaron.

A Munchi no le afectó demasiado la noticia, siendo sinceros. Cornelio era poco más que un conocido para él, pero, aún así, fruncía el ceño con pesar exagerado cada vez que alguno de los vecinos sacaba el tema y fingía interés cuando Apolo le contaba alguna de sus historias con el joven deportista. La letanía de alabanzas acabó por apagarse cuando Munchi besó los labios de Apolo, cansado de oír hablar de lo bueno, lo amable y lo alegre que era Cornelio. La semana pasó y luego pasó otra y el solar no se ocupó. Las nubes paralelas del cielo avisaban de los viajes de la representante vecinal en busca de algún interesado, sin éxito, y el nombre de Cornelio seguía en las bocas de los vecinos. Munchi no salió mucho de casa aquellas semanas, agobiado por la humedad, el calor y por una sensación agridulce que no se disolvía ni cuando pasaba las noches al lado de Apolo.

Canela anunció la llegada de un nuevo habitante al acercarse el atardecer. Munchi aquel día no salió de casa. Se había pasado la noche en vela, mirando las estrellas, y siguió en la misma posición hasta que la luz se volvió rojiza. Se dejó llevar, al final, por la curiosidad y el ligero sentimiento de aventura que una novedad así representaba en aquel rincón en medio del mar, y salió a buscar la nueva casa. No estaba donde Cornelio solía vivir, dejando un hueco que evidenciaba que los árboles de aquella isla estaban plantados siguiendo un esquema, intentando crear una armonía difícil de conseguir en la naturaleza real. Era una sensación desagradable, casi triste, la de saber que había demasiado esfuerzo puesto en algo que, al final, resultaba vacío. Buscando el nuevo edificio, siguió el camino por el frutal, evitando encontrarse con demasiada gente, y vio una casa azul en la playa.

El color celeste de las paredes contrastaba elegantemente con el dorado vespertino del mar y el tono cálido de la arena, y chocaba con el rosa estridente de una pareja de flamencos de plástico que no estaban ahí antes. El tejado era blanco, parecido al suyo y, por alguna razón, aquello le sacó la primera sonrisa verdadera en días. Se acercó a la orilla y vio unas pobres flores blancas plantadas en la parcela, intentando acostumbrarse al salitre de la arcillosa tierra. Había también un grifo, que supuso que proporcionaría agua dulce, y una hamaca de colores apagados y feos, pero que parecía tan vieja que estaba seguro de que sería como tumbarse en una nube. Sin embargo, no entró a conocer al inquilino. Aún recordaba las interrupciones que él tuvo que soportar cuando se instaló en la isla que duplicaron el tiempo que había calculado para desempaquetar y colocar y que lo hicieron dudar de si aquella habría sido una buena decisión. Después llegó Apolo con su sonrisa radiante, su chupa ajustada de cuero negro y sus latas de cerveza y, bueno, acabó por quedarse.

Al caer el sol, volvió por el camino largo a casa, se sentó un rato en el museo, contemplando la escultura de la entrada y se concentró en el pasar del tiempo. Había abandonado la ciudad por su ritmo frenético y por la dificultad de mantener relaciones sanas siendo presa de un tiempo que no permitía apenas respirar. Y, al llegar a la isla, la lentitud le ocasionó algo equivalente a un choque cultural. Se sintió perdido al principio y después su propio reloj interno se adaptó de una forma tan repentina que los colores perdieron intensidad y los sonidos se degradaron a un zumbido de fondo que resultaba desagradable. Apolo era un consuelo para el hormigueo en el que se había convertido su vida, pero con los días se volvió más un desahogo que algo que lo alegrase, y la diferencia de edad y la desconexión con los intereses del otro se hacían cada vez más evidentes. Aún así, bueno, era divertido. Tampoco había que comerse la cabeza.

Pasó por delante de la casa de Apolo, no le quedaba otra. Sabía que lo habría visto por la ventana y que, probablemente, llamaría a su puerta bien entrada la noche, cuando todos estarán en sus camas. Lo de ocultarlo, pensaba Munchi, era otra cosa que los separaba. Solo Apolo sabía por lo que había pasado para seguir necesitando tal grado de secretismo para estar cómodo, aún más sabiendo lo de Bambina y Sabana, pero era lo que tocaba.

Al llegar se preparó la cena y encendió el portátil para ver algún video-ensayo pretencioso, de los que tanto le gustaban, y sacó una cerveza de la nevera esperando a que Apolo llegase casi con más ganas de hablar que de cualquier otra cosa. Munchi se preguntó por los problemas que tendrían los habitantes de la isla y si todos estarían tan jodidos como Apolo y él. Se consoló pensando que, si todos ellos huyeron a ese trozo de tierra perdido en el mar para desconectar de sus vidas, probablemente estarían igual. Finalmente, Apolo llegó y ese día acabó como otra copia más de los anteriores.

—¿Has conocido al nuevo? —dijo Apolo, sentado al borde de la cama y atándose las botas. Munchi observaba el movimiento de los músculos de su espalda.

—No. No quería molestar. Pero la casa es bonita.

Apolo resopló, pero era una risa.

—Pues ve a verlo, te caerá bien —dijo antes de irse. Su silueta se dibujó en el cielo de la mañana y desapareció con un portazo.

Munchi intuyó que en sus palabras había alguna otra implicación.

—¿Te vas a ir, entonces? —preguntó Morfeo con la voz monótona. Munchi se reclinó hacia atrás, hundiendo los dedos en la arena, y miró hacia las nubes, pensando.

Había ido a ver al nuevo vecino el mismo día que Apolo se lo dijo. Morfeo tenía el pelo azul, un peinado parecido al de Munchi y muy pocas ganas de hablar para alguien que se acababa de mudar a una isla llena de desconocidos. Munchi asumió que le había pasado lo mismo que a todos los demás: una mala racha, un anuncio prometedor y una decisión impulsiva. A pesar de su timidez, Morfeo sonreía mucho y de manera muy sincera, y contagiaba su alegría a los demás. Cuando se reía, dos hoyuelos aparecían en sus mejillas, sus pómulos se marcaban aún más y las esquinas de sus ojos se arrugaban un poquito. Munchi mentiría si dijese que su mirada no se paseó durante demasiado tiempo por las pestañas del joven.

Conectaron al instante, como dos imanes. Si bien era complicado ignorar el carisma del recién llegado, nadie se sintió tan hechizado como Munchi. La inocencia del chico y su incomprensible optimismo contrastaban con la pedantería y el desapego de Munchi. Cuando Morfeo era sincero, Munchi era sarcástico; cuando uno era agradable, el otro se reía cruelmente. Y a pesar de, o, quizás, por eso, la fascinación del uno por el otro fue inmediata.

Apolo se dio cuenta, claro, pero solo comentaba lo bien que se llevaban. Ninguno de los dos era tonto y sabían que aquello se iba a acabar tarde o temprano, ya fuera porque Munchi quisiera regresar al caos del tráfico y las luces, porque Morfeo había aparecido en su vida o porque, realmente, su relación estuvo sentenciada desde el momento en que empezó. Solo era cuestión de tiempo. También se dio cuenta el resto de las personas que habitaban el parche de tierra. Félix, de vez en cuando, comentaba que los tres tenían que quedar, después mencionaba que él podría llevar a Feli, y que los cuatro podrían cenar juntos. Sabana se reía cuando los veía juntos, y Minina llegó a un punto en el que pasó de cualquier formalidad y le preguntó a Munchi que si estaban saliendo.

Sea como fuere, tardaron más bien poco en hablar como si hubiesen sido amigos de la infancia, en contarse secretos y en tener bromas que solo ellos dos entendían. Resultó que Morfeo se llamaba así porque de pequeño había dormido mucho, que le gustaba comer y cocinar y que las flores de su jardín habían sido un regalo de su hermana antes de irse. Munchi le contó que, en realidad, se llamaba Marshall y que ese era un mote que le habían puesto sus primos, que había estudiado en un conservatorio y que se había ido de la ciudad porque el ruido le estaba estropeando los oídos y porque el frenesí del trabajo, de la gente y de la vida lo estaban consumiendo. Morfeo confesó que él se había ido de casa porque discutía a diario con su padre y ya no lo soportaba más.

Pasaban cada tarde juntos, dibujaban en la arena de delante de la casa de Morfeo y jugaban, cantaban y bebían juntos. A finales de agosto, cuando el sol andaba ya bajo, cuando Munchi ya le había explicado, con un nudo en el estómago, sus ganas de irse, Morfeo le preguntó si realmente se iba a mudar.

—No lo sé —confesó Munchi. Miró a Morfeo, que tenía la vista perdida en el horizonte, y su corazón se hundió—. ¿Por?

Morfeo sacudió la cabeza y volvió a mirar a Munchi:

—No, por curiosidad —aclaró—. Porque te echaré de menos.

—Ah. Te escribiría. Te llamaría —aquello último sonó ahogado.

—Ya, bueno. No es lo mismo.

Morfeo volvió a mirar al mar. Munchi lo imitó. El tiempo desde que llegó Morfeo había adquirido un ritmo muy agradable para él, como un piano que se toca distraídamente. Era algo que sucedía de fondo, pero que se disfrutaba con placer. Y también era algo que terminaba más rápido de lo deseado.

—Si te vas —anunció Morfeo. Munchi giró la cabeza, pero él seguía mirando hacia delante—, quiero darte algo. Ya sé que no lo tienes claro aún, pero prefiero que sea ahora.

—¿Y qué es? —preguntó Munchi con curiosidad. Morfeo lo miró por fin.

—Esto —dijo. Y se inclinó hacia él, con las manos clavadas en la arena, y lo besó con tristeza.

Munchi no se lo esperaba, pero cerró los ojos al instante y, con algo que parecía miedo, llevó sus manos a las mejillas de Morfeo y luego a su cuello y a su pelo y a sus hombros. Morfeo finalmente rompió el beso, y Munchi lo miró con intensidad. A pesar de la expresión de pena que tenía en los ojos, estaba sonriendo.

—Ahora ya puedes irte si quieres —se rió.

Munchi salió del trance y negó con la cabeza:

—No... realmente no hay nada a lo que quiera volver —admitió. Morfeo relajó todo su cuerpo al oír aquello y sonrió con alegría.

—Me alegro, entonces —dijo, y le dio la mano por fin.