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Cuando todo terminó, no fue por una sola bomba nuclear.
El colapso del planeta entero fue lento y sostenido, alimentado por siglos y siglos de errores y de gente que nunca fue capaz de escuchar las advertencias: Decisiones económicas centradas únicamente en la mayor ganancia de dinero, no en el bienestar. Guerras injustificadas únicamente por orgullo. Arrogancia disfrazada de progreso, vendida como inevitable, como si el futuro no tuviera otra forma posible de existir.
La idea ampliamente vendida de que el ser humano era el depredador dominante sobre la faz del planeta tierra, la estúpida creencia de haber dominado a un mundo que nunca perteneció a nadie. Como si los océanos respondieran a las fronteras dibujadas en mapas de papel.
Para cuando la naturaleza entera se cansó de esperar y respondió reclamando el terreno que siempre había sido suyo, el ser humano entendió lo realmente pequeño que era. La tercera guerra mundial —con sus misiles apuntándose desde todos los rincones del planeta, con sus amenazas nucleares cargadas de orgullo y miedo— fue silenciada por el estallido completo del planeta tierra. No hubo ganadores. No hubo batallas finales. Solo hubo polvo y silencio.
El cielo, cansado de recibir la humareda de las fábricas durante décadas, respondió con ciclones y huracanes que destrozaron ciudades enteras como si fueran castillos de naipes. Mares que, cansados de tragar basura y petróleo, hundieron islas completas sin siquiera alzar la voz. Glaciares que lloraron hasta morir, derritiéndose en ríos que inundaron costas donde millones habían construido sus sueños sobre arena inestable.
Animales volviendo a su estado más salvaje, recordando que el instinto es más antiguo que la civilización. Placas tectónicas cansadas que se alzaron con terremotos que destrozaron maravillas del mundo como si estuvieran hechas de mantequilla, reduciendo catedrales milenarias y rascacielos de cristal a la misma ceniza indiferente. Tsunamis que se alzaron hasta cubrir los edificios más altos, tragándose aeropuertos, monumentos, todo aquello que la humanidad había construido creyéndose eterna.
Estados Unidos fue destrozado por la falta de recursos, con huracanes que los dejaron desamparados mientras sus arsenales militares se oxidaban inútiles bajo el agua salada. África, saqueada hasta el último de sus minerales por potencias que prometieron desarrollo y solo dejaron cráteres, murió en silencio, devorada por la selva y los animales que reclamaron su territorio con la paciencia de quienes siempre supieron que la tierra les pertenecía. Rusia se congeló hasta desaparecer en inviernos eternos causados por el cambio climático, sus ciudades sepultadas bajo capas de hielo que crecían cada año como mortajas blancas. Europa colapsó bajo la presión de refugiados que llegaban en oleadas interminables y la falta de agua potable que convirtió a naciones enteras en campos de batalla por cada gota limpia. Japón se hundió como si la isla nunca hubiera existido, tragada por el océano que siempre había estado ahí, esperando. China y Corea siguieron peleando hasta el final, disparándose mutuamente mientras el agua subía por sus tobillos, por sus rodillas, por sus cuellos.
América Latina fue la única que aguantó.
No porque fuera más fuerte. No porque tuviera mejor tecnología o gobiernos más sabios. Sino porque sus pueblos, acostumbrados a la decadencia, la falta y el suplicio, reconocieron el fin cuando lo vieron venir. Aceptaron la derrota no con resignación, sino con la sabiduría de quienes siempre habían sobrevivido con menos. Se unieron unos con otros para aguantar, tejiendo redes de solidaridad donde antes solo había fronteras y desconfianza.
La paz mundial apareció en el continente por primera vez, no por tratados firmados en salones dorados, sino por necesidad pura y simple. Gobiernos que cedieron las diferencias y tendieron manos para que la humanidad lograra resistir un día más. Las barreras de países desaparecieron, borradas por mareas que no reconocían visas ni pasaportes. La migración fue libre porque quedarse quieto significaba morir.
Unidos como hermanos refugiaron en las zonas más altas, en las más seguras, trepando montañas con niños a la espalda y ancianos colgando de cuerdas improvisadas. Los recursos eran pocos, pero unidos, los hicieron suficientes. Compartieron agua turbia. Dividieron el último pan. Enterraron a sus muertos juntos.
Los pueblos indígenas, siempre ignorados por sus alrededores tecnológicos, siempre tratados como reliquias vivientes de un pasado que debía ser superado, fueron los primeros en prepararse para la catástrofe. Los únicos en entender que aquello era, de hecho, culpa del humano. Los únicos en rendirse a la furia de lo que ellos visualizaban como dioses —las fuerzas que habían sostenido el mundo mucho antes de que existieran ciudades—No lucharon contra el fin. Lo guiaron.
Fueron aquellos grupos reprimidos y renegados los que guiaron a lo que restaba del continente al nuevo futuro, conduciendo la migración lejos de las zonas donde el piso se había calentado hasta hervir, donde el aire quemaba los pulmones, donde los ríos corrían envenenados.
Trepando entre ciudades destruidas —esqueletos de concreto que alguna vez tocaron las nubes— hasta encontrar su camino al terreno donde alguna vez había pertenecido a Groenlandia. Caminaron durante meses. Muchos murieron en el camino. Pero los que llegaron, llegaron con semillas en los bolsillos y esperanza en los huesos.
Lo que comenzó como un único pueblo aterrado, germinó expandiendo su territorio hasta abarcar Canadá y Estados Unidos. Donde las placas tectónicas se habían reacomodado de forma inesperada, convirtiendo tierras yermas en valles fértiles. Donde el deshielo había dado paso a una zona totalmente habitable, verde y salvaje y llena de posibilidades.
Fue cuando se dictaminó el nuevo continente:
EIREN
[Mapa de Eiren]
Una nueva promesa hecha de hielo y esperanza. Un nombre que en lenguas antiguas significaba paz. Un recordatorio tallado en cada piedra del nuevo mundo.
Al principio, casi podría parecer que la humanidad había retrocedido en evolución. Refugiados sin tecnología y apenas con suplementos básicos volvieron a las antiguas formas de vida que se habían perfeccionado hacia millones de años. Encendieron fuego frotando piedras. Cazaron con trampas tejidas de ramas. Plantaron semillas con las manos desnudas en tierra que nunca antes había conocido el arado. Durmieron en cuevas y tiendas improvisadas, acurrucados unos contra otros para combatir el frío ártico que mordía hasta los huesos.
Pero sobrevivieron.
Cuando la nación había ganado estabilidad —cuando los primeros campos de cultivo dieron fruto, cuando las primeras estructuras permanentes se alzaron contra el viento— se formó un tratado de paz y reintegración. Muchos pueblos ansiaban volver a sus países, ahora que las mareas se habían calmado y la temperatura había descendido lo suficiente para hacer la tierra nuevamente habitable.
Querían reconstruir una patria de la que honrarse, prometiendo que al volver no voltearían sus armas contra los hermanos que les habían ayudado a sobrevivir. Algunos partieron hacia el sur, cargando todo lo que podían llevar. Volviendo a sus patrias, aunque de sus países solo quedaran las ruinas.
Aquellos más ambiciosos —científicos que habían perdido laboratorios, ingenieros que habían visto caer sus puentes, médicos que habían cerrado los ojos de demasiados pacientes— se quedaron en la nueva tierra descubierta, viendo esto como un nuevo inicio de la humanidad. Una segunda oportunidad que no merecían pero que tomarían de todas formas.
Así la nación de Eiren se irguió sobre el arrepentimiento, construida piedra por piedra sobre las tumbas de un mundo anterior. La tierra de este continente tenía un solo propósito: Recordar que la humanidad no era dueña del mundo, sino tan solo su huésped. Un invitado temporal que debía comportarse con respeto o corría el riesgo de ser expulsado nuevamente.
Entendiendo que era hora de ayudar a sanar a la tierra, en lugar de seguir consumiéndola hasta dejarla sin nada, sin aliento, sin futuro.
Con el paso de los años —décadas de trabajo incansable, de prueba y error, de fracasos que casi los devuelven a la oscuridad— el continente se formó en una danza que modificó la tecnología para siempre. No se trató de dominar la naturaleza nuevamente, sino de aprender a bailar con ella.
Edificios que se adaptaron a los bordes de las laderas como flores abriéndose paso al mundo, sus raíces de acero hundidas en la piedra sin lastimarla, sus paredes respirando con el viento. Muros infranqueables construidos con plásticos rescatados de océanos y playas transformados en el concreto que pavimentó las calles del futuro. Drones que tuvieron una segunda vida dirigida a plantar y devolver vida a bosques derrumbados, sembrando millones de árboles donde antes solo había tocones carbonizados.
Leyes que se alzaron para proteger no solo a las especies en peligro, sino a las raíces de los árboles de reclamar territorio sin ser cortadas, el derecho de los ríos a fluir libres sin represas que los estrangularan, el espacio al mar de poder respirar sin derrames de petróleo que lo asfixiaran.
[Mapa dividido de Eiren]
Su capital, Lizanor, se convirtió en símbolo de un nuevo pacto entre humanidad y naturaleza. No un tratado escrito en papel, sino uno tallado en piedra y sangre y memoria colectiva.
Lizanor se alza en el terreno más elevado de todo Eiren, ahí donde la vida comenzó de nuevo, donde los primeros refugiados plantaron su bandera en tierra virgen. Su clima es frío pero noble, despierto, con ese tipo de frío que limpia los pulmones y despeja la mente. Con zonas de amplio y frondoso bosque que hacen que el aire mismo se sienta limpio, cargado del aroma a pino y tierra húmeda.
Un lugar donde las noches son despejadas de ruido visual y smog, donde las constelaciones brillan en todo su esplendor como diamantes esparcidos sobre terciopelo negro. Los antiguos lo llamarían sagrado. Los nuevos habitantes simplemente lo llaman hogar.
Las costas más bajas, a los costados fronterizos de Eiren, el terreno es salvaje con lo vivo que se siente. La vida florece libremente —flores que ningún botánico del viejo mundo había catalogado, aves con cantos que suenan como instrumentos olvidados— mientras la humanidad se integra como uno mismo con ella, construyendo sin destruir, tomando sin agotar.
Es el testamento del equilibrio que no era solo posible, sino necesario. Niños crecen sabiendo los nombres de cada árbol antes de aprender a leer. Ancianos cultivan jardines que sus bisnietos heredarán. Es un mundo más lento, más consciente, más vivo.
Pero toda nación necesita estructura.
Toda promesa necesita guardianes.
De entre los sobrevivientes que se quedaron para construir el nuevo mundo, surgieron siete familias fundadoras. No las más ricas del viejo mundo —muchas de esas fortunas se habían ahogado en cuentas bancarias que ya no existían— sino las que demostraron visión, sacrificio y compromiso inquebrantable con el futuro de Eiren.
Familias que pusieron sus conocimientos, sus recursos y sus vidas al servicio de la reconstrucción. Que trabajaron en los campos junto a los demás. Que perdieron hijos en el proceso de construir algo más grande que ellos mismos.
Así nació el Concejo de Eiren: siete sillas hereditarias, cada una responsable de una rama fundamental de la nación.
- Educación. Para asegurar que ninguna generación olvidara las lecciones del pasado.
- Salud. Para cuidar los cuerpos doloridos de las viejas generaciones, y recibir a las nuevas con herramientas que garantizaran su supervivencia.
- Tecnología. Para innovar sin destruir, para crear sin consumir hasta el agotamiento.
- Justicia. Para mantener el orden sin oprimir, para castigar sin venganza.
- Energía. Para iluminar el futuro sin quemar el presente.
- Seguridad. Para proteger sin militarizar, para defender sin invadir.
- Medio Ambiente. Para recordar siempre, siempre, que la naturaleza no es un recurso sino un socio.
Estas sillas no son cargos electos. Son linajes. Legados transmitidos de generación en generación, diseñados para garantizar continuidad y experiencia en las instituciones que sostienen a Eiren. Las familias fundadoras no gobiernan por derecho divino, sino por deber heredado. Son los arquitectos perpetuos del equilibrio. Cada hijo nacido en estas familias crece sabiendo que su vida no les pertenece completamente, que llevan el peso de miles en sus hombros.
Juntas, estas siete familias forman la Élite Dorada de Eiren: el uno por ciento que no solo posee riqueza, sino responsabilidad inmutable. No son celebridades ni empresarios. Son custodios. Y cada nombre lleva el peso de las cenizas desde las que se levantó el continente. Sus mansiones no son palacios, sino fortalezas de deber. Sus hijos no son herederos, sino futuros sirvientes del pueblo.
Pero incluso el Concejo necesita una voz unificadora. Una figura que trascienda linajes y represente a todos.
Por encima de las siete sillas se encuentra el cargo de Summa Custodia —custodia suprema— la máxima autoridad política y moral del país. Es el único puesto elegido democráticamente, mediante votación del pueblo y del propio Concejo, siendo el voto popular el que tiene mayor peso. El cargo se concede a una persona, no a una familia.
Permite que diferentes linajes lo ocupen en distintas generaciones, y más importante aún: que una persona sin apellido fundador pueda alcanzarlo. Es el recordatorio de que incluso en una nación construida sobre legados, el mérito puede elevarte por encima de la sangre.
Actualmente, la Suprema Custodia es Victoria Lancaster.
La primera mujer en ocupar el cargo. Elegida por un voto popular abrumador, con estadísticas nunca antes vistas de 80% a favor. Brillante como acero pulido, calculadora como un reloj suizo, amada y temida a partes iguales. Líder de una nación que mira hacia ella como si fuera la encarnación viviente de la promesa de Eiren.
Y madre de un solo hijo.
La familia Lancaster no solo se ha vuelto potencialmente más poderosa e importante con su matriarca en la cima, sino que, marcada por una tragedia que acedió a la familia hay un único heredero al trono:
Viktor Lancaster.
La actual cara que representa la educación y la excelencia misma, susurrado por muchos, como un joven que ya comienza a ganarse el heredar el puesto de su madre, pues ya es adorado por el pueblo.
Y por la misma universidad que gobierna con corona no proclamaba:
Construida en la cima de Lizanor, dominando el paisaje como una estrella polar hecha de mármol y cristal, se encuentra Lux Aeterna.
Más que una universidad: un mito hecho piedra y cristal. Una institución que no forma estudiantes, sino arquitectos del futuro.
La tasa de aceptación es del 2%. Miles aplican. Unas cuantas docenas entran. Con bolsillos llenos de ambiciones y deseos de cambiar el mundo.
Sin embargo, no todos los alumnos que se gradúan de Lux Aeterna pueden llevar a cabo estos proyectos. La realidad es más dura que las intenciones. Es ahí donde el ranking escolar toma importancia. No es solo una tabla con nombres grabados en el mármol del hall principal, actualizada cada semana como un marcador de algún juego cruel. Es una promesa del futuro.
Los diez alumnos que alcanzan el top de la cadena se gradúan con el acceso garantizado a las instituciones más importantes a nivel mundial. Desde laboratorios de nanotecnología de punta hasta puestos en equipos de reconstrucción y sanación global que operan en los restos del viejo mundo.
Para el resto, hay esperanza, pero no certeza. Pueden intentar. Pueden soñar. Pero solo los diez primeros tienen el camino asegurado.
Lux Aeterna está construida como una ciudad dentro de otra ciudad. Su campus se extiende en terrazas escalonadas sobre la ladera de una montaña, con arquitectura que mezcla mármol ecológico extraído de desechos oceánicos —ese mismo plástico que mató ballenas ahora sostiene techos donde se forman genios— cristales solares que capturan cada rayo de luz ártica y lo convierten en energía limpia, jardines verticales que trepan por las paredes como cascadas verdes y vivas, exhalando oxígeno puro. Canales de agua que fluyen como venas azules por todo el recinto, llevando vida a cada rincón, conectando edificios como un sistema circulatorio de piedra y propósito.
Hay bibliotecas con techos de cristal donde la luz del norte ilumina libros antiguos salvados de las inundaciones. Laboratorios donde estudiantes reconstruyen células madre o diseñan materiales biodegradables que podrían reemplazar el acero. Auditorios tallados en la roca misma de la montaña, donde las conferencias resuenan como oráculos antiguos pronunciando el futuro.
Es un lugar donde el mérito es la moneda más valiosa. Donde el talento puede elevarte más allá de tu origen. Donde el futuro se forja con ideas, no con apellidos.
En esta institución hermosa y tremendamente exigente, el puesto número 1 del ranking es dominado por la cara de la absoluta dedicación y excelencia:
Viktor Lancaster
Apodado por sus compañeros como "El Príncipe de Mármol".
A sus veintiún años —dos años menor que la mayoría de sus compañeros, adelantado desde niño— Viktor Lancaster no solo ocupa el puesto número uno del ranking de Lux Aeterna.
Lo habita.
Como si ese lugar en la tabla de mármol hubiera sido tallado con su nombre desde antes de que naciera. Como si el universo conspirara para mantenerlo ahí, en la cima, donde el aire es más delgado y la vista más solitaria.
Para él, Lux Aeterna no es un sueño. Es una herencia. Un deber.
El primer lugar en el ranking no es una meta. Es su posición natural en el universo.
Hijo único de Victoria Lancaster. Heredero de la silla de Educación en el Concejo. Último sobreviviente de un linaje fundador que alguna vez fue más grande, más cálido, más vivo. Antes de la tragedia que partió a la familia Lancaster en dos cuando un accidente le arrebato a su padre y dejó a Viktor de pie entre las ruinas, sosteniéndolo todo con manos que aún eran demasiado jóvenes.
Viktor es perfecto porque no tiene opción.
Es brillante porque el fracaso no está permitido.
Es controlado porque cualquier grieta en su armadura sería interpretada como debilidad en el linaje que representa. Una mancha en el apellido Lancaster. Una decepción para su madre, quien ya perdió tanto.
Camina por los pasillos de Lux Aeterna como una estatua griega que cobró vida: elegante, inalcanzable, hermoso de una forma que intimida. Su cabello, una cascada de fuego siempre impecable —ni un mechón fuera de lugar, como si incluso sus genes entendieran que él no puede permitirse el desorden— sus ojos grises fríos como el mármol del que está hecho, del que está construida esta institución, del que parecen estar hechas sus entrañas. Su postura recta como si llevara una corona invisible sobre la cabeza, el peso de una nación en sus hombros.
No sonríe a menos que sea necesario. No bromea a menos que la situación lo requiera. No se permite flaquear.
Sus compañeros lo admiran. Lo envidian. Lo temen. Lo desean.
Pero nadie lo conoce.
Porque Viktor Lancaster no es una persona. Es un símbolo. Una promesa andante de lo que Eiren puede crear: excelencia sin mancha, liderazgo sin duda, futuro sin miedo. Es el hijo perfecto de la líder perfecta en la nación que prometió ser perfecta. Es todo lo que el viejo mundo no fue. Es la redención hecha carne.
Y sin embargo.
Sin embargo, algo en las profundidades de esos ojos grises sugiere que la cima puede ser la prisión más solitaria de todas.
Que el mármol, por más hermoso que sea, es frío. Rígido. Quebradizo.
Y que incluso las estatuas más perfectas pueden romperse.
La pregunta no es si Viktor Lancaster se quebrará.
La pregunta es cuándo.
Y quién estará ahí para ver cómo caen los pedazos.
Justo detrás de él en el ranking, en el puesto número dos, pisándole los talones como una sombra persistente que nunca se cansa de correr, se encuentra Asher Sinclair.
El espectador eterno.
Hijo de las costas bajas de Brumaris —esa región salvaje donde el viento huele a sal y a supervivencia, donde las olas golpean las rocas con la furia de quien nunca olvidó ahogarse— genio nato, criado en la periferia de Eiren, lejos del brillo de Lizanor, lejos de las familias fundadoras y sus legados dorados.
A sus casi veintitrés años, Asher ya ha visto más de lo que la mayoría verá en una vida entera. Manos repletas de cicatrices pequeñas que cuentan historias que sus labios rotos se niegan a pronunciar. Ojos que han visto cosas que no deberían verse. Una sonrisa torcida que sugiere que sabe algo que los demás no.
Asher Sinclair no es protagonista de esta historia.
(Aún no, al menos.)
Pero su visión del mundo, nos demuestra que en Lux Aeterna, hasta el más común de los chicos, puede lograr cosas excepcionales si supera sus propias limitaciones.
Y es precisamente, con Asher con quien esta historia comienza:
>> Sábado 09 de julio del 2135
3:03 AM — Lux Aeterna, Prados de Asfódelos. Sector 0, Habitación 32.
El campus de Lux Aeterna dormía bajo una niebla que se alzaba desde los jardines como el aliento de la tierra misma. Los vapores nocturnos se enroscaban entre los edificios de bambú laminado y cristal orgánico, serpenteando por los senderos de musgo bioluminiscente. En el extremo norte del complejo, donde los dormitorios estudiantiles crecían literalmente desde las colinas como hongos arquitectónicos, una única ventana desafiaba el silencio universal.
Asher Sinclair pintaba como si cada pincelada fuera un conjuro contra la madrugada.
Sus movimientos eran pura entropía creativa: un paso hacia el lienzo, dos hacia atrás para evaluar, medio giro sobre sus talones descalzos mientras masticaba distraídamente el extremo de un pincel manchado.
El caos de su estudio parecía tener su propia lógica orgánica. Los lienzos a medio terminar se apoyaban unos contra otros como troncos varados, cada uno capturando un fragmento de su visión fragmentada del mundo. Tarros de pintura se equilibraban en torres precarias sobre libros de papel reciclado —auténticas reliquias del siglo XXI—.
La pintura en el caballete cobraba vida con cada trazo imperfecto: un mar nocturno que se agitaba bajo pinceles nerviosos, olas que parecían saltar del lienzo hacia la habitación. El faro se alzaba desafiante en su isla solitaria —demasiado grande para ser real, demasiado triste para no serlo— como un guardián cuya luz había muerto hace siglos.
Asher se detuvo, el suelo de bambú crujió bajo el peso de su indecisión. Las fibras orgánicas protestaron con pequeños suspiros que resonaron en el silencio como huesos agrietándose.
—¿Qué te falta? —murmuró al lienzo, su voz ronca por las horas de concentración.
Su mano derecha tembló ligeramente —demasiado café, muy poco sueño, o quizás la simple ansiedad de estar tocando algo verdadero por primera vez en semanas—. Apretó el pincel hasta que sus nudillos se volvieron blancos, lo arrastró sobre el lienzo con una furia que nacía del pecho y se extendía por su brazo como electricidad. El trazo fue brutal. Honesto. Una grieta irregular que partió el faro por la mitad, como si la estructura hubiera estado conteniendo el peso del mundo y finalmente hubiera cedido.
La pintura goteó. Asher sonrió.
Retrocedió tres pasos más, tropezó con una lata de solvente, la enderezó con el pie sin apartar la mirada del lienzo. Su camiseta —que alguna vez había sido blanca— ahora lucía un mapa de colores que documentaba cada sesión de pintura de los últimos meses. Sus jeans rasgados en la rodilla izquierda estaban manchados de verde esmeralda desde aquella noche cuando había intentado capturar el color exacto de la bioluminiscencia del campus.
Sus ojos, enrojecidos por el esfuerzo y la falta de sueño, se entrecerraron mientras evaluaba su trabajo. Se pasó la mano libre por el cabello castaño, dejando rastros azulados entre los mechones despeinados. Sus labios, manchados de la pintura que había mezclado con saliva en un momento de distracción, se curvaron en una sonrisa torcida de satisfacción.
4:32 AM — Lizanor, Campos Elíseos, Torre Stelarion, piso 47.
En el piso 47 de la Torre Stelarion, Viktor Lancaster despertó con la precisión de un reloj atómico.
Sus párpados se alzaron como cortinas programadas. El despertar no fue gradual; fue un cambio de estado tan definido como el paso del agua sólida a líquida. No hubo desorientación, no hubo ese momento nebuloso entre mundos. Simplemente: inconsciente, y luego completamente alerta.
Lo primero que registró fue la presencia cálida y familiar sobre su pecho. Fenrir —su lobo ártico de pelaje inmaculado— había pasado la noche acurrucado contra él, como hacía religiosamente desde hacía dos años.
Viktor extendió su mano derecha —siempre la derecha, era parte de la rutina— y la posó suavemente sobre las orejas puntiagudas del animal. Sus dedos, naturalmente fríos incluso después de horas bajo las mantas térmicas, contrastaron con el calor que irradiaba el pelaje denso de Fenrir.
Uno. Dos. Tres.
Tres caricias suaves.
Padre Apolo, pensó mientras acariciaba el pelaje blanco, que la luz de este día me traiga claridad.
Los ojos de Fenrir —del mismo color gris grafito que los de Viktor— se abrieron al sentir el contacto familiar. Por un momento, ambos se sostuvieron la mirada en silencio.
El momento se rompió cuando Fenrir se incorporó de un salto fluido y comenzó su asalto matutino: lengüetazos húmedos y entusiastas que cubrieron el rostro de Viktor desde la frente hasta la barbilla.
—Fenrir, suficiente —murmuró con voz ronca, pero sus manos ya acariciaban los flancos del animal con movimientos largos y rítmicos.
Fenrir descendió de la cama con elegancia natural, tocando el suelo de mármol blanco sin producir el menor sonido. Viktor se incorporó con una fluidez que hablaba de años de entrenamiento corporal. Comenzó su rutina de estiramientos matutinos: una secuencia que había perfeccionado durante sus años como bailarín.
Rotación de hombros hacia atrás. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Rotación hacia adelante, otras seis. El cuello: flexión lateral derecha, mantener por tres segundos. Izquierda, tres segundos. Adelante, tres. Atrás, tres.
Sus pies tocaron el suelo de mármol con la delicadeza de un felino. El sistema de iluminación bioadaptativa respondió inmediatamente, bañando la habitación en un tono dorado cálido.
—Buenos días, Amy —saludó Viktor al aire.
—Buenos días, Viktor —respondió la asistente virtual—. La temperatura exterior es de 18 grados Celsius. Humedad relativa del 72%. Condiciones ideales para ejercicio al aire libre.
—¿Escuchaste eso, Riri? —murmuró Viktor llamando la atención del lobo—. Helios nos ha bendecido hoy.
Se dirigió al vestidor, donde su ropa colgaba organizadas por color y función como un arco iris ordenado. Sus opciones de ejercicio ocupaban la sección izquierda: prendas de tejidos técnicos que regulaban la temperatura corporal, resistían la humedad y permitían libertad de movimiento total.
Eligió pantalones deportivos en gris carbón —el color que mejor complementaba el pelaje de Fenrir— y una camiseta de entrenamiento en blanco marfil que había sido diseñada específicamente para deportistas de élite.
Fenrir había aparecido en la entrada del vestidor en el momento exacto en que Viktor alcanzó su ropa deportiva. La cola del lobo se movía en ondas rítmicas, había aprendido a leer las señales sutiles del comportamiento de Viktor, interpretando cada micro-expresión y cambio postural como si fuera un libro escrito en un idioma que solo él comprendía.
Viktor ladeó la cabeza ligeramente hacia la derecha mientras se ponía la camiseta. Inmediatamente, Fenrir replicó el movimiento con precisión milimétrica. Viktor no pudo contener una sonrisa genuina —la primera del día— que se extendió por su rostro transformando momentáneamente su expresión seria en algo casi juvenil.
—¿Listo para correr? —le preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
Los ojos grises de Fenrir brillaron con una intensidad que hablaba de instintos ancestrales finalmente liberados. El lobo dio dos pasos cortos hacia la puerta, luego regresó hacia Viktor, luego nuevamente hacia la puerta. Su versión de la impaciencia era contenida pero inequívoca.
Viktor se colocó los audífonos inalámbricos —tecnología de conducción ósea que le permitía escuchar música sin bloquear completamente los sonidos ambientales— y activó la cancelación parcial de ruido. La playlist matinal se transfirió automáticamente desde el sistema del apartamento: una secuencia cuidadosamente curada que combinaba rock clásico, pop atemporal y algunas piezas de rap con letras inspiracionales que había seleccionado por su capacidad de mantener un ritmo cardíaco estable durante ejercicio aeróbico prolongado.
Junto a la puerta principal, la correa de Fenrir colgaba de su gancho designado. Era más símbolo que necesidad; el lobo jamás se apartaba de Viktor durante sus carreras matutinas, pero las regulaciones urbanas de Lizanor exigían que todos los animales grandes portaran identificación visible cuando estuvieran en espacios públicos. Viktor la tomó con movimientos suaves y se la colocó al animal, quien inclinó la cabeza automáticamente para facilitar el proceso.
El collar —cuero orgánico con una placa de identificación biométrica— se ajustó perfectamente alrededor del cuello poderoso de Fenrir. Viktor corrió sus dedos por debajo para asegurarse de que no estuviera demasiado apretado, sintiendo el pulso fuerte y constante del animal bajo el pelaje denso.
El elevador privado los esperaba con las puertas abriéndose silenciosamente cuando el sensor biométrico reconoció las huellas dactilares de Viktor. Descendieron los 47 pisos en menos de dos minutos, el sistema antigravitacional reduciendo la sensación de movimiento vertical a un simple cambio en la presión del aire.
4:55 AM — Lux Aeterna, Prados de Asfódelos. Sector 0, Habitación 32.
El amanecer se filtraba a través de los jardines colgantes como miel dorada disuelta en agua. El cielo sobre Lizanor pasaba del negro absoluto a un azul lechoso, luego a tonos rosados que se reflejaban en las superficies de cristal orgánico de los edificios. No había smog, no había contaminación lumínica; solo la progresión natural del día reclamando su territorio a la noche, filtrada a través de millones de hojas que convertían cada rayo de sol en oxígeno puro.
Los jardines verticales que cubrían las estructuras del campus comenzaron a brillar con mayor intensidad conforme la fotosíntesis se aceleraba. Viñas bioluminiscentes —modificadas genéticamente para producir luz suave durante las horas nocturnas— gradualmente apagaron su resplandor azul verdoso, cediendo protagonismo a la iluminación natural.
Asher observaba su obra con ojos que ardían de cansancio y satisfacción a partes iguales. El faro había evolucionado durante las últimas horas: las grietas ahora se extendían como una red de dolor a través de toda la estructura, pero de ellas brotaba luz —no la luz tradicional del faro, sino algo más primitivo, más verdadero—. Como si el edificio hubiera tenido que romperse completamente para finalmente encontrar su propósito.
Sus piernas protestaron cuando intentó ponerse de pie. El pie derecho se había dormido por completo, hormigueo y entumecimiento extendiéndose desde los dedos hasta la pantorrilla. Su movimiento fue torpe, descoordinado, una pierna funcionando mientras la otra se arrastraba como peso muerto. Se tambaleó hacia la izquierda, su hombro chocó contra la pared de bambú, que vibró con un sonido hueco como si fuera el interior de un instrumento musical gigantesco.
Asher se dejó caer sobre el colchón sin quitarse la ropa. Las sábanas estaban frías contra su piel acalorada por el esfuerzo, arrugadas por noches de sueño irregular, pero olían a hogar: una mezcla de detergente orgánico, pintura seca y ese aroma indefinible que cada persona deja en sus espacios íntimos. Se giró de lado sin ceremonia, hundiendo el rostro en la almohada que había perdido su forma original hace meses.
Sus zapatos cayeron al suelo con ruidos desiguales. El izquierdo aterrizó boca arriba, revelando una suela gastada de manera irregular por su forma particular de caminar. El derecho desapareció completamente bajo la cama, uniéndose al cementerio de objetos perdidos: un pincel manchado de bermellón y una taza de café que llevaba allí tanto tiempo que probablemente había desarrollado su propio ecosistema.
Aunque su cuerpo gritaba por descanso, su mente aún vibraba con la electricidad residual de la creación. Colores que no existían en la realidad bailaban detrás de sus párpados cerrados. Formas que no había pintado pero que había visto con claridad se superponían sobre las formas que sí había logrado plasmar.
La línea curva que había trazado justo antes de soltar el pincel se repetía en su memoria como un eco visual: ¿era suficiente? ¿Era demasiado expresionista? ¿Era demasiado evidentemente "él"?
La habitación respondió automáticamente a su presencia en la cama. Los sensores biométricos integrados en las fibras del colchón detectaron su peso, temperatura corporal y patrones de respiración, enviando señales al sistema de control ambiental. La temperatura descendió dos grados para compensar el calor que su cuerpo había acumulado durante las horas de actividad intensa. Las membranas de las ventanas se volvieron opacas gradualmente, bloqueando la luz creciente del amanecer.
Un sistema de proyección holográfica activó sobre las paredes un paisaje nocturno estrellado —constelaciones reales captadas por telescopios orbitales— diseñado específicamente para inducir relajación en estudiantes con trastornos del sueño.
El efecto era parcialmente exitoso. Las estrellas proyectadas se movían lentamente, imitando la rotación natural de la Tierra, mientras sonidos ambientales casi inaudibles —viento entre hojas, olas distantes, el canto ocasional de grillos— se filtraban a través de los altavoces integrados en las paredes orgánicas.
Asher giró sobre sí mismo, sus músculos finalmente relajándose contra las sábanas suaves. Enterró el rostro en la almohada con un gemido inarticulado que contenía meses de cansancio acumulado, noches de insomnio creativo, la presión constante de traducir visiones internas en realidad externa.
Sus párpados se volvieron pesados. Los colores detrás de ellos comenzaron a desvanecerse gradualmente, como si alguien estuviera bajando lentamente un dimmer cósmico. Su respiración se profundizó, el ritmo cardiaco descendió hasta sincronizarse con el susurro de las hojas en los jardines exteriores.
El sueño lo atrapó piadosamente cuando el sol ya se alzaba en el alba, brindado descanso finalmente.
5:15 AM —Lizanor, Campos Elíseos, Capital, Senderos del Alba.
Las calles de Lizanor despertaban como un organismo gigantesco estirándose después del descanso nocturno.
Viktor y Fenrir salieron de la Torre Stelarion hacia el aire fresco de la mañana. El aire exterior transportaba los aromas complejos de una ciudad que había aprendido a coexistir con la naturaleza: tierra húmeda, flores en proceso de apertura, el ozono limpio que seguía a la lluvia nocturna.
Los pies de Viktor tocaron el sendero principal con la precisión de un metrónomo. Su zancada era matemática: cadencia de 180 pasos por minuto, brazos moviéndose en contrapunto perfecto. No era la técnica forzada de alguien que había aprendido a correr como adulto, sino la fluidez natural de quien había pasado años entrenando su cuerpo como instrumento de expresión.
Fenrir corrió a su lado manteniendo la distancia exacta que había establecido como óptima, sus patas tocando el suelo con el silencio sobrenatural de su especie, músculos moviéndose bajo el pelaje blanco como mecánica fluida perfeccionada por milenios de evolución.
El recorrido era siempre el mismo: 8.5 kilómetros a través del Distrito Central, subiendo por las Colinas Verdes hasta el Mirador del Amanecer, luego descendiendo por el Valle de las Cascadas hasta regresar a la Torre Stelarion. Una ruta calculada para maximizar variación de terreno mientras mantenía una duración exacta de 45 minutos.
Pasaron frente al Mercado Vertical, donde las primeras torres de cultivo hidropónico comenzaban a rotar lentamente para optimizar la exposición solar. Tomates que colgaban como rubíes de estructuras que se alzaban veinte metros hacia el cielo, lechugas que crecían en espirales perfectas, fresas que maduraban en niveles escalonados. Los comerciantes llegaban en vehículos eléctricos silenciosos, preparándose para otro día de intercambio.
Viktor mantuvo su ritmo constante mientras navegaba entre los primeros peatones del día: trabajadores que se dirigían a las oficinas integradas en los árboles gigantes del Distrito Financiero, artistas cargando sus creaciones hacia las galerías al aire libre, familias con niños que aprovechaban el sábado para pasear por los parques urbanos.
Comenzaron el ascenso hacia las Colinas Verdes, donde el sendero serpenteaba entre bosques de robles centenarios preservados desde antes de la fundación de Lizanor. Aquí, la ciudad cedía gradualmente a la naturaleza primordial: helechos gigantes que creaban catedrales verdes, arroyos cristalinos, el coro matinal de aves que nunca había sido silenciado por el progreso urbano.
Viktor sintió como sus músculos respondían al cambio de inclinación, la activación controlada de un sistema que había sido entrenado para encontrar eficiencia en el esfuerzo. Su playlist llegó al crescendo de "Bohemian Rhapsody" exactamente cuando alcanzaron el punto más empinado del ascenso —sincronización calibrada para que los momentos de mayor intensidad musical coincidieran con la mayor demanda física.
Fenrir adaptó su ritmo sin esfuerzo aparente, fluyendo hacia arriba como si la gravedad fuera una sugerencia opcional.
Alcanzaron la cima justo cuando el sol completaba su ascensión sobre el horizonte oriental. El Mirador del Amanecer se extendía como un anfiteatro natural: piedra pulida rodeada de bancos tallados en troncos caídos. Viktor se detuvo en el punto exacto que había marcado mentalmente, contemplando el panorama.
Lizanor se desplegaba como un tapiz viviente: edificios emergiendo de colinas boscosas como parte natural del paisaje, senderos brillando con rocío matinal, jardines conectando estructuras en una red verde que pulsaba visiblemente con vida. La ciudad había aprendido a respirar con el ritmo de los bosques que la rodeaban.
Fenrir se acercó al borde, sus ojos grises escaneando el territorio con intensidad de centinela. Por 90 segundos exactos permanecieron inmóviles, dos figuras contemplando un mundo que había encontrado la forma de crecer hacia arriba sin olvidar sus raíces.
El descenso requería técnica diferente: pasos más cortos, inclinación hacia atrás, brazos como contrapesos. La música cambió automáticamente a jazz moderno que proporcionaba ritmo sin urgencia. Sus audífonos ajustaron el volumen para permitir los sonidos del bosque: el crujido de hojas bajo los pies de Fenrir, el gorjeo de agua que se volvía más fuerte conforme se acercaban al Valle de las Cascadas.
El valle era el punto técnico del recorrido: docenas de arroyos convergían en saltos de agua que descendían por paredes cubiertas de musgo bioluminiscente. Raíces centenarias creaban escalones irregulares, rocas húmedas por la aspersión demandaban pasos deliberados. Viktor activó su modo de concentración total, años de danza proporcionándole la propiocepción para navegar terreno traicionero.
Fenrir se movía como si hubiera nacido para este terreno, encontrando puntos de apoyo invisibles, equilibrio ajustándose instantáneamente. El aire del valle era diferente: húmedo, fresco, cargado de iones negativos que expandían los pulmones.
Emergieron con 12 minutos restantes. El sendero de regreso serpenteaba entre parques donde familias de ciervos pastaban entre jardines esculpidos, estanques proporcionando hábitat para peces que brillaban como joyas líquidas.
Viktor mantuvo su cadencia incluso cuando sintió la fatiga acumulada. Sus piernas respondían con precisión, pero el ácido láctico comenzaba a comunicarle el estado de su cuerpo con la honestidad de un instrumento calibrado.
La Torre Stelarion apareció ante ellos, brillando con luz mañanera filtrada a través de hojas que convertían cada rayo solar en vida pura. Viktor comenzó su enfriamiento gradual, reduciendo velocidad en incrementos precisos durante los últimos metros, permitiendo que su ritmo cardiaco descendiera mientras sus músculos se preparaban para la transición.
45 minutos, 12 segundos.
Dentro del rango aceptable.
6:23 AM - Lux Aeterna, Prados de Asfódelos. Sector 0, Habitación 32.
El sol, tenaz arquitecto de la vigilia, comenzaba su lenta embestida contra la muralla del sueño de Asher Sinclair. A través de las persianas desalineadas, un rayo de luz encontró el ángulo exacto, atravesando el caos de su habitación como un explorador decidido. Dio directamente en su rostro, rebotando en el fino vello dorado de su mejilla izquierda y destacando cada línea de cansancio que se había tallado durante noches de trabajo obsesivo.
La habitación de Asher era el reflejo físico de su mente en pleno desborde creativo. Libros desbordaban de estantes mal nivelados, apilados en ángulos de ingeniería improvisada que desafiaban tanto la gravedad como el sentido común, mientras hologramas de fórmulas flotaban aún activas sobre pequeños nodos dispersos, pulsando suavemente como luciérnagas ansiosas en busca de atención.
Sus ecuaciones favoritas —esas que había estado refinando durante semanas— seguían rotando hipnóticamente en el aire, proyectando sombras azuladas sobre las paredes cubiertas de notas adhesivas. La alfombra inteligente, diseñada originalmente para ajustar su textura al andar, llevaba días protestando en silencio bajo montañas de papeles manuscritos y cables dispersos, su superficie ondulando ocasionalmente en un gesto de irritación mecánica.
Un ventilador de techo giraba perezosamente, moviendo apenas el aire espeso de la habitación y haciendo que algunos papeles sueltos revolotearan como mariposas de papel atrapadas en una corriente invisible.
Asher, sin embargo, permanecía atrapado en la dulce inconsciencia del sueño, ajeno al caos que lo rodeaba. Se revolvía apenas, frunciendo el ceño como si sus párpados fueran puertas demasiado pesadas para abrir, como si su cuerpo negociara con el sol un par de minutos adicionales en ese refugio de penumbra tibia.
Al girar hacia la izquierda, enredó aún más las sábanas de algodón desgastado, formando un nudo que atrapaba sus piernas como un cefalópodo de tela decidido a no soltarlo.
El brazo izquierdo, en un espasmo involuntario provocado por algún sueño olvidado, golpeó el borde astillado de la mesita de noche. El teléfono cayó al suelo con un golpe ahogado, amortiguado providencialmente por una camiseta arrugada que llevaba días ejerciendo de cojín improvisado, junto a un par de calcetines desparejados y una taza de café frío a medio terminar.
La pantalla del aparato titiló con insistencia robótica: 06:50 AM — ALARMA (Silenciada) 06:55 AM — ALARMA (Silenciada) 07:00 AM — ALARMA (Silenciada) 07:05 AM — ALARMA (Sonando...)
El zumbido del motor háptico resonaba como el lamento agónico de un insecto atrapado bajo un vaso, vibrando contra el suelo de madera con una persistencia casi ofensiva.
Pero Asher no lo vio. Seguía sumergido en un sueño que lo transportaba lejos de esa habitación caótica, soñando con veranos cálidos impregnados del aroma a lavanda, ese perfume que su memoria asociaba inevitablemente a tardes de campo y cielos imposibles de modelar matemáticamente.
Su mano derecha buscó a tientas la almohada, atrapándola en un abrazo infantil e instintivo, mientras sus labios entreabiertos esbozaban una sonrisa ajena al presente, perdida en recuerdos.
6:07 AM — Lizanor, Campos Elíseos, Torre Stelarion, piso 47.
La luz del amanecer se filtraba a través de los paneles fotovoltaicos del ventanal, tiñendo el apartamento de tonos ámbar y dorado. Viktor se dirigió hacia la cocina integrada, donde las paredes vivas de musgo bioluminiscente palpitaban suavemente con su propio ritmo circadiano, proporcionando una iluminación natural que se ajustaba a la hora del día. El aire circulaba a través de filtros de bambú genéticamente modificado, purificándose constantemente con un susurro apenas perceptible.
Fenrir bebía agua de su tazón de cerámica biodegradable, descansando de su paseo matutino por los jardines verticales del edificio. El dispensador automático ya había preparado la porción exacta de alimento para el lobo. Pero Viktor nunca permitía que las máquinas se encargaran completamente de este ritual sagrado.
Sus manos tomaron el cuenco de acero quirúrgico reciclado y añadió personalmente los suplementos nutricionales: aceite de salmón salvaje de criaderos sostenibles para el pelaje, glucosamina derivada de algas para las articulaciones jóvenes, y una pequeña porción de carne cruda de venado proveniente de las granjas verticales de proteína ética que mantenía congelada especialmente para él en el compartimento de conservación criogénica.
Cuando Viktor colocó el cuenco en la plataforma elevada tallada en madera de bosque renovable, Fenrir se acercó con dignidad controlada. Olfateando primero, reconociendo cada ingrediente con ese instinto ancestral que ni siquiera la tecnología había logrado replicar, antes de comenzar a comer con movimientos precisos y elegantes.
Viktor se quedó observándolo por unos momentos, encontrando una paz extraña en la manera metódica con que Fenrir abordaba su desayuno. Había algo reconfortante en compartir este ritual con otra criatura que también entendía la importancia de la precisión, del orden, de hacer las cosas correctamente. En un mundo de torres que tocaban las nubes y jardines que crecían hacia abajo, este momento de conexión primaria lo anclaba a algo real.
—Cuida la casa, Riri —le dijo mientras se dirigía hacia el baño principal, sus pasos amortiguados por la alfombra de seda persa que había heredado de su abuela, una de las pocas reliquias del viejo mundo que se permitía conservar—. Papá necesita prepararse para el día.
El lobo alzó la cabeza brevemente, lamiéndose los labios con delicadeza, y emitió un sonido bajo que no era exactamente un aullido —algo más parecido a un suspiro de comprensión—. Después regresó a su desayuno, y Viktor continuó hacia su propia rutina matutina, su propio rezo personal.
El baño principal era un santuario de tecnología verde y lujo consciente. Las paredes estaban revestidas con azulejos de vidrio reciclado del océano que cambiaban de color según la temperatura del agua. Un jardín zen en miniatura con plantas purificadoras de aire ocupaba una esquina, mientras que el espejo inteligente ya mostraba sus métricas biométricas: frecuencia cardíaca, calidad de sueño, niveles de hidratación.
El agua ya lo esperaba en la ducha de lluvia molecular, calibrada a 12°C exactos gracias al programa automático de recuperación física post-entrenamiento que él mismo había diseñado. El sistema de reciclaje capturaba cada gota, purificándola y devolviéndola al circuito cerrado del edificio. El primer choque del agua helada contra su piel fue como una bofetada divina, un despertar que lo arrancaba de cualquier resto de sueño.
El vapor glacial contrastaba con su temperatura corporal elevada, generando pequeños halos que bailaban en el aire como fantasmas inofensivos, iluminados por las tiras LED alimentadas por la energía cinética de sus propios movimientos.
Viktor inhaló profundamente, sintiendo cómo el frío se apoderaba de cada terminación nerviosa, ralentizando los latidos acelerados de su corazón que aún conservaban el ritmo del entrenamiento matutino. Esto era parte de su rezo, su ofrenda a los dioses.
El cuerpo era un templo, y él era su sacerdote más devoto.
Gracias, Afrodita, pensó mientras el agua corría por su cabello carmesí, por la belleza que me has prestado. Prometo honrarla, cuidarla, mantenerla digna de tu bendición.
La pastilla artesanal de lavanda orgánica se deslizó por su piel como seda líquida. Viktor había probado docenas de alternativas: jabones de avena de las granjas urbanas, de miel de colmenas robóticas, de carbón activado de bambú quemado, incluso esas barras costosas infusionadas con oro reciclado que su jefe Morrison le había regalado en un intento torpe de acercarlos.
Pero siempre regresaba a la lavanda. Su aroma lo tranquilizaba de una manera que no podía explicar racionalmente, como si el perfume floral fuera una llave que abría puertas en su memoria hacia lugares que nunca había visitado pero que le pertenecían. Campos violetas bajo cielos imposibles. El taller de su abuela antes de que el mundo se volviera vertical.
El resto siguió el protocolo que había perfeccionado a lo largo de años de devoción: exfoliación con sal marina extraída de las nuevas granjas oceánicas, mascarilla de arcilla verde de los bancos de tierra regenerativa, masaje capilar en tiempos exactos medidos por el cronómetro holográfico que flotaba frente a él. Cada paso ejecutado con la devoción de quien entiende que la preparación es tanto ritual como necesidad, tanto oración como armadura.
Cinco minutos para la exfoliación, movimientos circulares ascendentes para no dañar la elasticidad de la piel. Siete minutos para la mascarilla, respirando profundamente mientras los minerales trabajaban. Tres minutos para el masaje capilar con aceite de argán, estimulando cada folículo, honrando cada hebra.
Afrodita, señora de la belleza, permíteme ser un reflejo digno de tu gracia.
Al salir, el suelo de bambú absorbió las gotas que caían de su cuerpo. Giró sobre la punta de sus pies descalzos, encontrando el equilibrio perfecto en un solo punto; tres segundos de quietud absoluta bastaron para poner el día en su sitio, para centrar su mente dispersa. El único momento de verdadero arte corporal que se permitía a lo largo del día.
Se envolvió en una toalla de algodón egipcio tejida con fibras de impacto cero y se dirigió hacia su habitación, dejando huellas húmedas que el piso inteligente absorbía y evaporaba en segundos.
El vestidor era minimalista pero impecable. Paredes de bambú laminado, iluminación LED que imitaba la luz natural del mediodía, y un sistema de organización que habría hecho llorar de felicidad a cualquier arquitecto de espacios. Cada prenda tenía su lugar exacto, ordenada por color, función y estación.
Viktor contempló sus opciones con ojo crítico. Era sábado, pero la notificación de la junta especial exigía cierta formalidad. No podía presentarse en ropa deportiva, pero tampoco quería parecer excesivamente arreglado para lo que técnicamente era un fin de semana.
Eligió una camisa blanca de algodón orgánico egipcio, tan suave que parecía flotar sobre la piel. Los pantalones fueron de corte sastre en gris Oxford, perfectamente planchados con tecnología de vapor molecular que eliminaba cada arruga sin dañar las fibras naturales. Los zapatos: Oxford de cuero vegetal en negro profundo, pulidos hasta brillar como espejos líquidos.
Se colocó la camisa con movimientos precisos, abotonando desde abajo hacia arriba. Cada botón en su ojal exacto, ninguna arruga tolerada. Metió la camisa dentro del pantalón con cuidado, ajustando la caída para que fuera perfectamente simétrica.
La corbata colgaba en su sección designada: una pieza de seda reciclada en tono azul medianoche con sutiles hilos plateados que capturaban la luz. Viktor la tomó con reverencia, pasándola alrededor de su cuello. Sus dedos ejecutaron el nudo Windsor con la precisión de años de práctica: sobre, alrededor, a través, ajustar. El resultado fue perfecto: simétrico, del largo exacto, con el hoyuelo central pronunciado justo como debía ser.
Los tirantes fueron lo último. De cuero vegetal negro con herrajes dorados, se ajustaban sobre sus hombros con la tensión perfecta. No eran estrictamente necesarios —el pantalón se mantenía perfectamente en su lugar sin ellos— pero añadían ese toque de elegancia clásica que Viktor apreciaba. Un guiño a la moda del siglo XX, cuando los hombres entendían que la presentación personal era un arte.
Se observó en el espejo de cuerpo completo. El joven que le devolvía la mirada era la personificación de la elegancia contenida: formal pero no rígido, elegante pero accesible. La combinación de blanco, gris y negro creaba una paleta sofisticada que complementaba su cabello carmesí y sus ojos turquesa.
Casi perfecto.
Casi.
Y para Viktor Lancaster NO podían existir los "casi".
Se sentó frente a su tocador inteligente, donde el sistema de iluminación adaptativa ya había analizado el tono de su piel y ajustado los LED para proporcionarle la luz perfecta. Tonos dorados neutros que no distorsionaban colores, que mostraban la verdad con toda su crudeza.
Y entonces vio lo que había estado ignorando durante la mañana, lo que ninguna cantidad de ropa cara podía ocultar.
Las pecas.
Esas malditas pecas que salpicaban sus mejillas y el puente de su nariz como si Hermes, el dios burlón, hubiera decidido firmar su rostro con tinta indeleble. Viktor las odiaba con una intensidad que bordeaba lo irracional. Eran imperfecciones en un lienzo que se suponía debía ser impecable. Manchas en la belleza prestada que Afrodita le había confiado.
Cada una era una traición a la perfección que su apellido exigía. Cada una era un recordatorio de que, bajo toda la elegancia y el entrenamiento, seguía siendo humano.
Seguía siendo imperfecto.
Y las ojeras. Moradas, profundas, traicionando las tres noches seguidas sin dormir más de cuatro horas. El proyecto de Innovación Tecnológica había consumido cuarenta horas de trabajo consecutivo. El ensayo de Ética Filosófica se había devorado otra noche entera. La presentación de Astrofísica Cuántica le había robado lo poco que quedaba de su sueño.
Testigos silenciosos de su agotamiento que ninguna cantidad de ritual matutino podía borrar completamente.
Viktor abrió su colección de productos de maquillaje organizada con precisión militar. Cada frasco, cada paleta, cada brocha tenía su lugar designado. Todos productos de origen ético, libres de crueldad, con envases biodegradables. Porque incluso en su vanidad, mantenía sus principios.
Perdóname, Afrodita, pensó mientras alcanzaba el primer producto, por tener que ocultar lo que me diste. Pero el mundo no está listo para ver la verdad. Solo la perfección sirve.
Comenzó con el corrector. Aplicó el líquido color marfil bajo los ojos con movimientos precisos, casi quirúrgicos, difuminando con golpecitos suaves de su dedo anular —el que ejercía menos presión— hasta que las sombras oscuras quedaron ocultas bajo capas de pigmento cuidadosamente colocado. Tres capas. Siempre tres. Ni una más, ni una menos.
Primera capa: cobertura base. Segunda capa: intensificación. Tercera capa: sellado perfecto.
Después vino la base de cobertura completa. La extendió sobre su rostro con una esponja húmeda de origen vegetal, trabajando en secciones metódicas: frente, mejillas, nariz, barbilla. Presionaba y difuminaba con la técnica que había perfeccionado a través de cientos de mañanas idénticas.
Cada peca desaparecía bajo el velo de perfección artificial.
Una por una, se borraban de la existencia.
Cada marca de cansancio se desvanecía como si nunca hubiera existido.
Cada señal de vulnerabilidad era cuidadosamente sepultada.
Polvo traslúcido de arroz orgánico para sellar todo en su lugar, aplicado con una brocha esponjosa en movimientos descendentes para no alterar las capas inferiores. Rubor en crema en los pómulos, aplicado con exactamente tres toques de brocha por lado, difuminado hacia las sienes para crear la ilusión de estructura ósea más marcada. Iluminador líquido en el arco de cupido, el puente de la nariz, y los puntos altos del rostro para capturar la luz de forma estratégica.
Las cejas las domó con gel nutritivo transparente, cada pelo peinado en su lugar exacto, creando el arco perfecto que enmarcaba sus ojos turquesa.
El delineado fue lo último: una línea negra afilada como cuchilla que extendía sus ojos de forma casi felina, aplicada con pulso firme y años de práctica. Un pequeño ala que se elevaba hacia sus sienes, sutil pero poderosa.
Gracias, Afrodita. Prometo ser digno de esta belleza prestada.
Viktor se observó en el espejo inteligente, que ahora mostraba una comparación holográfica entre el "antes" y el "después" si él lo deseaba. No la activó. No necesitaba ver el contraste. Sabía exactamente qué había logrado.
El rostro que le devolvía la mirada era perfecto. Inmaculado.
Sin una sola peca visible. Sin rastro de las noches en vela. Sin señal alguna de las batallas internas que libraba cada día.
Era la máscara que el mundo esperaba ver.
Era Viktor Lancaster: heredero del apellido más prestigioso de todo Eiren, estudiante número uno del ranking, perfecto, inquebrantable, hermoso de una forma casi sobrenatural.
Era una mentira tan hermosa que casi podía creerla él mismo.
Se puso de pie, ajustando los tirantes una última vez, asegurándose de que la corbata cayera perfectamente recta. Los jardines verticales fuera de su ventana se mecían con la brisa reciclada del sistema de ventilación del edificio. Más allá, las torres de Campos Elíseos se elevaban hacia un cielo que cada día lucía un poco más limpio gracias a los filtros atmosféricos de última generación.
Un nuevo pulso vibró contra su muñeca. Su smartwatch mostraba la misma notificación de antes, ahora con un tono más insistente:
Amy - 7:58 AM: "Recordatorio: Junta Especial de Fin de Semana 8:30 AM. Auditorio Principal A. Asistencia requerida para todos los estudiantes. URGENTE: Anuncio importante sobre reestructuración de cursos optativos."
Viktor frunció el ceño ligeramente, cuidando de no arruinar el maquillaje recién aplicado. El delineador todavía estaba fresco y no podía permitirse retoques a estas alturas.
¿Junta especial de fin de semana? ¿Urgente?
Deslizó el dedo para abrir más detalles, pero no había información adicional. Solo la hora, el lugar, y las palabras "URGENTE" y "obligatoria" en negrita parpadeante. El sistema incluso había añadido un recordatorio automático a su calendario con prioridad alta.
Los cursos optativos nunca habían requerido juntas de emergencia antes. Eran precisamente eso: opcionales, flexibles, adaptables. ¿Por qué esta misteriosa "reestructura" exigía convocar a todos los estudiantes en sábado por la mañana?
Algo en su pecho se tensó ligeramente. Una sensación incómoda que no podía nombrar, como si el aire purificado de su apartamento de pronto pesara un poco más de lo normal.
Viktor caminó hacia donde Fenrir seguía descansando en su cama de fibras recicladas, acarició suavemente la cabeza del lobo entre sus orejas. Fenrir abrió un ojo, evaluándolo con esa inteligencia antigua que a veces asustaba a Viktor por lo mucho que parecía comprender.
—Algo viene, ¿verdad, Riri? —murmuró, su voz apenas un susurro en el apartamento silencioso—. Algo que no me va a gustar.
El lobo no respondió, pero tampoco lo necesitaba. Viktor ya conocía la respuesta.
Se incorporó, cuadró los hombros bajo los tirantes elegantes, y verificó una última vez su reflexión en el cristal del ventanal. Perfecto. Impecable. Intocable.
Padre Apolo, rezó en silencio mientras tomaba su mochila biodegradable con todas sus pertenencias escolares organizadas con precisión militar, dame la sabiduría para entender lo que viene. Y la fuerza para enfrentarlo con la dignidad que mi nombre exige.
Y Madre Afrodita, mantén intacta esta máscara que he construido. Solo un poco más. Solo un día más.
Con un último vistazo a Fenrir, Viktor Lancaster —heredero, perfecto, inquebrantable— salió de su apartamento hacia lo que fuera que lo esperara en ese auditorio.
La puerta se selló detrás de él con un susurro neumático, y el sistema de seguridad biométrico confirmó su salida con un pulso luminoso verde.
En el piso 47 de la Torre Stelarion, entre jardines verticales y tecnología que respiraba, una mentira hermosa salía a enfrentar el mundo.
Y por ahora, eso era suficiente.
