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Diana Cavendish caminaba por los pasillos de Luna Nova con su porte implacable, la espalda recta, el mentón ligeramente elevado y la mirada fija al frente, como si el propio edificio se abriera ante ella por respeto y no por costumbre. Las baldosas antiguas devolvían el eco firme de sus pasos, un sonido contenido y preciso que parecía marcar el ritmo no solo de su andar, sino de su presencia entera. A cada lado, flanqueándola con una naturalidad que resultaba casi irónica, avanzaban Hannah y Barbara, hablando entre ellas con una fluidez despreocupada, como si acabaran de reencontrarse tras una larga separación, como si no hubieran compartido la misma habitación, la misma rutina nocturna, los mismos silencios antes de dormir durante todo el año anterior.
Diana nunca las interrumpía cuando hablaban así. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, en esos momentos, encontraba una forma extraña de alivio. Hannah gesticulaba con exageración, su voz subiendo y bajando sin preocuparse demasiado por el control, mientras Barbara respondía con comentarios más breves, a veces irónicos, a veces distraídos, pero siempre honestos en su falta de pretensión. No había en ellas un intento real de impresionar, ni de posicionarse, ni de medir cada palabra en función de lo que Diana Cavendish pudiera representar. Cuando hablaban entre ellas, lo hacían porque querían hablar, porque el silencio les resultaba incómodo o innecesario, porque compartir trivialidades era, para ellas, una forma de existir juntas.
Y eso, para Diana, lo cambiaba todo.
Mientras más alejadas estuvieran las palabras de una intención genuina, mientras más se deformaran por conveniencia o cálculo, más fácil le resultaba sentirlas. No como un sonido desagradable, sino como una ausencia, una oquedad interna que se activaba apenas la mentira era pronunciada. Era una sensación precisa, casi matemática: cuanto menos verdad contenía una frase, más liviana se volvía al llegar a ella, como si se deshiciera antes de asentarse. Con Hannah y Barbara, en cambio, ocurría algo distinto. Sus palabras podían ser exageradas, incluso superficiales, pero no estaban vacías. No había en ellas esa distancia incómoda entre lo dicho y lo sentido. Por eso Diana disfrutaba escucharlas, aunque no participara activamente. Por eso caminaba a su lado sin sentir la necesidad de levantar muros.
El pasillo estaba iluminado por una luz suave que se filtraba a través de los vitrales altos, tiñendo las paredes de tonos violetas y dorados que parecían cambiar a medida que avanzaban. El aire era fresco, cargado con el aroma antiguo de piedra húmeda y pergaminos viejos, una mezcla que Diana asociaba desde siempre con Luna Nova y con todo lo que aquella institución representaba. Tradición. Expectativa. Exigencia. Y, por debajo de todo, una red invisible de palabras cuidadosamente elegidas.
A medida que avanzaban, otras voces se sumaban al murmullo general del pasillo. Saludos corteses, comentarios admirativos, elogios pronunciados con la precisión de quien sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo. Diana los recibía con la misma compostura de siempre, respondiendo lo justo, inclinando la cabeza en el ángulo correcto, manteniendo una distancia que no resultara ofensiva pero tampoco invitara a una cercanía innecesaria. Cada una de esas frases era evaluada en silencio, no por desconfianza consciente, sino por costumbre. Era algo que ocurría de manera automática, como respirar.
—Es impresionante cómo mantienes ese nivel incluso después de todo lo que ocurrió el año pasado —comentó una estudiante al pasar, con una sonrisa medida y una mirada calculada.
La mentira llegó antes incluso de que Diana respondiera. No porque la frase fuera falsa en su contenido, sino porque la intención detrás de ella no estaba dirigida a comprender ni a reconocer esfuerzo alguno. Era una afirmación funcional, diseñada para posicionar a quien la decía en un lugar favorable, para demostrar cercanía con alguien cuyo nombre pesaba más que el de la mayoría. Diana lo sintió como siempre: una ligereza incómoda, una palabra que no dejaba rastro.
—Gracias —respondió, educada, sin detenerse.
Hannah ni siquiera se dio cuenta. Barbara sí, pero no dijo nada. Ambas estaban acostumbradas al modo en que Diana se movía por el mundo, a esa barrera invisible que la rodeaba y que solo unos pocos parecían notar. Para la mayoría, Diana Cavendish era simplemente seria, distante, demasiado correcta. Pocos comprendían que aquella frialdad no era una elección caprichosa, sino una consecuencia. Una respuesta aprendida a un entorno donde la sinceridad era escasa y la conveniencia abundaba.
Desde muy pequeña, Diana había comprendido que las palabras podían ser armas sutiles. En los salones de su familia, había escuchado elogios que no buscaban reconocer, sino acercarse; promesas que no pretendían cumplirse, sino ganar tiempo; afectos que se ofrecían como inversión. Allí, su don había despertado del todo, afinándose con cada experiencia, enseñándole que no todas las mentiras eran iguales, pero que las más peligrosas siempre se presentaban con una sonrisa impecable.
En Luna Nova, esa dinámica no era muy distinta. Las profesoras mentían a menudo. No siempre por malicia, ni siquiera por interés personal, sino porque la institución misma parecía construida sobre una serie de verdades a medias. Felicitaciones automáticas. Advertencias suavizadas. Discursos sobre mérito que ignoraban jerarquías implícitas. Diana oía esas mentiras con claridad, sintiendo cómo se deslizaban por ella sin llegar a tocarla realmente. Era cansado. No doloroso, pero sí agotador, como escuchar una melodía constantemente desafinada.
Había, sin embargo, una excepción.
Chariot.
Cuando Chariot mentía —porque Diana sabía que lo hacía—, la sensación era completamente distinta. Sus mentiras no eran livianas ni huecas. Eran cálidas. Se asentaban con un peso extraño, casi reconfortante, como una manta colocada con cuidado sobre los hombros de alguien que estaba a punto de sentir frío. Eran mentiras de cuidado, de protección, nacidas de una intención genuina de resguardar a sus alumnas del daño, del exceso, del error irreversible. No buscaban ventaja, ni reconocimiento, ni obediencia ciega. Buscaban tiempo. Buscaban espacio. Buscaban permitir que las cosas se resolvieran sin romperse.
Por eso Diana no las rechazaba. Por eso no sentía ese vacío cuando Chariot hablaba. Había aprendido a reconocer que no toda mentira era una traición, y que algunas, en su forma imperfecta, podían ser un acto de amor.
El pasillo se abría ahora hacia una intersección más amplia, donde el murmullo se intensificaba y las voces se superponían con mayor insistencia. Hannah seguía hablando, relatando algún detalle irrelevante de la mañana con entusiasmo exagerado, mientras Barbara asentía distraída, corrigiéndola de vez en cuando con comentarios secos pero honestos. Diana las escuchaba sin intervenir, permitiéndose ese raro momento de descanso interno. Con ellas, no necesitaba filtrar, ni analizar cada palabra en busca de un segundo significado. Podía simplemente estar.
Ese contraste era lo que más la desconcertaba.
Porque Diana no había nacido fría. Había aprendido a serlo. Había construido su compostura como un escudo, una forma de proteger algo que muy pocos habían tenido el privilegio de ver. Su capacidad de sentir no era menor que la de los demás; era, de hecho, más intensa. Precisamente por eso necesitaba distancia. Precisamente por eso elegía el silencio cuando las palabras no valían la pena.
Mientras avanzaban, Diana notó cómo el vacío regresaba de forma intermitente, activándose con cada saludo ensayado, con cada elogio pronunciado por deber. Era una sensación constante, un pulso sordo que le recordaba que el mundo seguía funcionando de la misma manera. Que la conveniencia seguía siendo un lenguaje ampliamente aceptado. Que la verdad seguía siendo una rareza.
Y, sin embargo, incluso en medio de ese cansancio silencioso, Diana sentía algo distinto latir bajo la superficie. Una anticipación suave, casi imperceptible, que no provenía del entorno ni de las voces a su alrededor, sino de un recuerdo persistente. De la certeza, aún no del todo formulada, de que existía al menos una voz en Luna Nova que nunca le había sonado vacía. Una voz torpe, impulsiva, incapaz de medir sus palabras, pero absolutamente incapaz de falsearlas.
Ese pensamiento la acompañó mientras giraban hacia otro corredor, mientras Hannah reía y Barbara negaba con la cabeza, mientras las sombras de los vitrales se alargaban sobre el suelo antiguo. Diana no sonrió. No cambió su expresión. Pero por primera vez en lo que iba del día, el vacío no lo ocupaba todo. Y en ese pequeño espacio libre, comenzó a respirar.
El pasillo se fue abriendo poco a poco hacia los alrededores de Luna Nova, y con ello el aire cambió de manera casi imperceptible, como si el propio espacio se permitiera relajarse apenas las paredes de piedra quedaban atrás. Afuera, el cielo seguía cubierto, pero la luz se filtraba de otra forma, más amplia, menos contenida, extendiéndose sobre los prados que rodeaban la academia con una suavidad que contrastaba con la rigidez interior de los edificios. Allí, bajo la sombra dispersa de árboles antiguos, las alumnas solían reunirse para descansar, conversar o simplemente dejar pasar el tiempo entre clases, tendidas sobre el pasto como si el mundo no exigiera de ellas nada más que existir por unos minutos.
Diana dio unos pasos más y, sin darse cuenta, su atención dejó de dividirse entre las voces que la rodeaban. Hannah y Barbara seguían hablando, pero ahora sus palabras se deslizaban hacia un segundo plano, no porque hubieran perdido peso, sino porque algo más fuerte comenzaba a atraerla con una constancia silenciosa. No era una voz concreta todavía, ni una imagen clara, sino una expectativa que se activaba de manera instintiva, como si su cuerpo supiera antes que su mente hacia dónde debía dirigirse.
Buscó sin pensar.
No lo hizo con los ojos de inmediato, sino con ese otro sentido que la acompañaba siempre. Buscó aquello que no se deshacía al llegar a ella, aquello que no se volvía liviano ni hueco, aquello que no necesitaba ser analizado para saber si era real. Buscó una risa. Una risa fácil, desordenada, que no pedía permiso para existir. Buscó esa espontaneidad casi infantil que no sabía fingir, y esa calidez que no dependía de ningún cálculo previo. Buscó, sin admitirlo todavía, a la única persona cuya voz nunca había aprendido a filtrar.
Y entonces la vio.
Akko Kagari estaba sentada sobre el pasto, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, gesticulando con vehemencia mientras discutía con Sucy, que la observaba con una expresión entre aburrida y deliberadamente provocadora. La escena era tan familiar que Diana la reconoció incluso antes de distinguir con claridad las palabras. Akko hablaba rápido, atropellándose a sí misma, su tono subiendo y bajando sin control, mientras Sucy respondía con frases cortas, imprecisas a propósito, disfrutando claramente del efecto que causaban. A un lado, Lotte intentaba mantener la paz, colocando una mano sobre el brazo de Akko, hablando en voz baja, como si creyera que el volumen era el verdadero problema y no el contenido.
Diana sintió algo soltarse en su pecho.
No era alivio exactamente, ni felicidad plena, sino una sensación más sutil, más íntima: la certeza de que, al menos en ese punto del mundo, las palabras no le fallarían. Observó la escena unos segundos antes de acercarse, permitiéndose simplemente escuchar. Incluso en el enojo, incluso en la frustración evidente, las palabras de Akko llegaban completas. No había dobleces, ni silencios estratégicos, ni intenciones ocultas. Cada frase era torpe, directa, a veces exagerada, pero absolutamente sincera. Akko estaba molesta porque se sentía molesta. Estaba reclamando porque realmente creía tener razón. No había artificio en ello.
Eso, para Diana, era casi conmovedor.
—Te dije que no era un veneno normal —protestaba Akko, con los brazos cruzados—. ¡Me hizo sentir rara durante horas!
—Eso fue parte del encanto —respondió Sucy, con una sonrisa ladeada—. Técnicamente no mentí.
—¡Eso no es ayudar! —insistió Akko.
Diana no pudo evitar dibujar una sonrisa leve, casi imperceptible, al observarlas. Aquella escena contenía una verdad simple, sin adornos: Akko reaccionaba porque sentía, Sucy provocaba porque quería ver esa reacción, y Lotte intentaba equilibrar el caos porque así era su naturaleza. Nada de eso estaba diseñado para agradar, impresionar o posicionarse. Era real, en su forma imperfecta.
Hannah y Barbara se detuvieron a unos pasos del grupo, y Diana avanzó un poco más, atraída no solo por la escena, sino por la ausencia total de ese vacío que la había acompañado durante toda la mañana. A medida que se acercaban, la risa de Akko se mezcló con su enojo, creando un sonido contradictorio pero genuino, una mezcla de emociones que Diana reconocía como profundamente humana.
Entonces ocurrió.
Sin que nadie pudiera explicar exactamente cómo, Akko tropezó. No fue un tropiezo espectacular ni dramático, sino algo torpe, casi absurdo, como si sus propios pies hubieran decidido desobedecerla por un segundo. El equilibrio se perdió de manera desordenada, y Akko cayó hacia adelante, apoyando una mano en el suelo mientras soltaba una exclamación ahogada, más sorprendida que dolida.
Hubo un breve silencio.
Sucy la observó con interés renovado. Lotte dio un pequeño paso adelante, preocupada. Hannah soltó una risa breve. Barbara negó con la cabeza.
Diana, en cambio, no pensó.
Antes de darse cuenta, una risa suave escapó de sus labios. No fue fuerte ni abierta, sino un sonido bajo, contenido, pero auténtico. Un gesto que no había planeado, que no había evaluado, que simplemente ocurrió. Al mismo tiempo, dio un paso al frente y le extendió la mano a Akko, inclinándose levemente hacia ella.
—¿Estás bien? —preguntó, con una calidez que no necesitó forzar.
Akko levantó la vista.
Y en ese instante, todo cambió.
Los ojos castaños de Akko se encontraron con los de Diana, y algo en su expresión se transformó. El enojo se disipó primero, luego la sorpresa, dejando paso a una quietud extraña, casi reverente. Akko no tomó la mano de inmediato. Se quedó mirándola, como si de pronto hubiera olvidado por completo el motivo de la discusión, el tropiezo, incluso el lugar donde se encontraba.
Diana sostuvo su mirada, sin comprender del todo qué estaba ocurriendo, pero consciente de una tensión nueva, sutil, que comenzaba a expandirse entre ambas. La mano extendida permanecía ahí, firme, paciente.
Fue entonces cuando Akko habló.
—Realmente tienes una risa hermosa.
La frase cayó.
Y no se rompió.
Diana sintió el impacto de inmediato, como si algo invisible hubiera atravesado todas sus defensas sin encontrar resistencia alguna. No hubo distorsión. No hubo eco vacío. No hubo ni el más mínimo indicio de conveniencia. Las palabras llegaron cargadas de una calidez directa, innegable, asentándose en su interior con un peso que la dejó inmóvil. Era verdad. Absoluta. Incuestionable.
Diana se quedó rígida.
Su cuerpo respondió antes que su mente, congelándose por completo, como si cualquier movimiento pudiera alterar ese instante frágil que acababa de formarse. Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos, no por el contenido de la frase, sino por la claridad con la que había sido pronunciada. Por la ausencia total de filtros. Por la forma en que Akko la había dicho sin medir consecuencias, sin evaluar el efecto, sin intentar nada más que expresar lo que acababa de sentir.
Era la primera vez en mucho tiempo que Diana no supo cómo reaccionar.
Sintió cómo algo se agitaba en su pecho, una acumulación silenciosa de momentos, de recuerdos, de pequeñas certezas que había ido guardando sin nombrarlas. El primer año. Las discusiones constantes. Las miradas largas. Las veces que Akko había dicho exactamente lo que pensaba, incluso cuando eso la dejaba en una posición vulnerable. Todo convergía ahora, presionando contra un punto que Diana había evitado conscientemente.
Akko, de pronto, pareció darse cuenta de lo que había dicho.
El color subió a su rostro con rapidez, tiñendo sus mejillas y, de manera particularmente evidente, sus orejas. Dio un pequeño salto torpe para ponerse de pie, aceptando finalmente la mano de Diana solo para soltarla casi de inmediato, como si el contacto prolongado fuera demasiado. Se aclaró la voz con exageración, desviando la mirada.
—Yo… no quise decir eso —murmuró, atropellándose—. O sea, sí, pero… olvídalo.
La frase final llegó.
Y esta vez, Diana lo sintió.
Fue apenas un ápice, una alteración mínima en la forma en que las palabras se asentaron. No fue una mentira completa, ni una negación absoluta de lo dicho. Fue una mentira pequeña, torpe, nacida de la vergüenza, del miedo repentino a haber revelado demasiado. Diana la reconoció al instante, no porque fuera dañina, sino porque contrastaba de manera evidente con la verdad anterior. Esa negación ligera no buscaba borrar lo que Akko había sentido, sino protegerla de la exposición.
Y eso, precisamente, fue lo que más la afectó.
Porque Diana comprendió, con una claridad casi dolorosa, que aquello sí le había importado a Akko. Que la risa que había provocado ese comentario no había sido un detalle trivial, sino algo que había tocado una fibra genuina. Akko no estaba retractándose porque no lo sintiera, sino porque lo sentía demasiado.
Antes de que Diana pudiera decir algo, Akko ya se había girado de nuevo hacia Sucy, retomando la discusión con una energía forzada, como si nada hubiera ocurrido. Pero Diana ya no escuchaba esas palabras. Su atención estaba atrapada en el eco de una verdad que no se había disipado, que seguía ahí, firme, cálida, reclamando un espacio que ella ya no podía ignorar.
Se quedó de pie, en silencio, mientras el grupo retomaba su dinámica habitual, consciente de que algo había cambiado de forma irreversible. Por primera vez, Diana Cavendish no solo había escuchado una verdad. La había sentido instalarse en un lugar del que no quería —ni podía— expulsarla.
Y mientras el viento movía suavemente la hierba a su alrededor, Diana entendió que aquella risa, esa que Akko había visto sin filtros, era solo el comienzo.
Ese día, nadie volvió a mencionar lo ocurrido. No hubo comentarios posteriores, ni miradas prolongadas, ni intentos torpes de aclaración. Akko no regresó al tema, no buscó a Diana para decirle nada más, no repitió la frase ni intentó justificarla. Simplemente dejó que el día continuara su curso, como si aquel instante hubiese sido una piedra lanzada al agua y ahora solo quedaran ondas invisibles expandiéndose en silencio. El grupo siguió conversando, discutiendo trivialidades, riendo de cosas sin importancia. La tarde cayó sobre Luna Nova con la misma lentitud de siempre, y al anochecer, cada una volvió a su rutina sin alterar el orden aparente de las cosas.
Diana tampoco habló.
No porque no lo sintiera necesario, sino porque había aprendido que algunas verdades no exigían respuesta inmediata. Aquellas palabras seguían ahí, asentadas en su interior, cálidas y firmes, y Diana se permitió conservarlas sin tocarlas demasiado, como quien guarda algo frágil sabiendo que un movimiento brusco podría romperlo. Durante los días siguientes, la vida en la academia continuó con su ritmo habitual. Clases, pasillos, saludos medidos, elogios huecos. Akko seguía siendo Akko: ruidosa, torpe, impulsiva. Y Diana seguía escuchando, como siempre, la diferencia entre lo que se decía y lo que realmente se quería decir.
Fue varios días después cuando ocurrió.
Diana caminaba sola por uno de los corredores laterales de Luna Nova, un pasillo menos transitado, donde la luz entraba con dificultad a través de ventanas estrechas y altas. El aire allí era más frío, más denso, y el sonido de sus pasos parecía amplificarse contra las paredes antiguas. Todo era normal. Demasiado normal. Hasta que lo sintió.
No fue una voz concreta al principio, ni una frase identificable. Fue una vibración. Un estremecimiento interno que no se parecía a nada que hubiera experimentado ese día. No era el vacío habitual de la mentira conveniente, ni la ligereza incómoda de las palabras ensayadas. Esto era distinto. Era más oscuro. Más afilado. Una sensación dañina, como si algo invisible estuviera raspando su interior con intención deliberada.
Diana se detuvo en seco.
Conocía esa sensación.
Era el tipo de mentira que más odiaba. No porque fuera frecuente, sino porque siempre llegaba cargada de violencia silenciosa. Mentiras que no se decían para proteger, ni para ganar, ni siquiera para posicionarse. Mentiras que se pronunciaban con el único propósito de herir. De romper. De hacer caer a alguien desde un lugar vulnerable. Diana había crecido escuchándolas. Las había soportado en su juventud, cuando todavía no sabía cómo defenderse de ellas, cuando cada palabra dañina encontraba un punto donde clavarse.
Sin pensarlo, dobló la esquina.
Y entonces las vio.
Un grupo de alumnas de tercer año ocupaba el centro del pasillo, formando un semicírculo cerrado, una configuración que Diana reconoció de inmediato. Era una postura de caza, de superioridad numérica, de control. Y justo en medio de ellas, dándoles la espalda, estaba Akko.
Diana no podía ver su rostro, pero no lo necesitaba. Bastaba con observar la tensión en su cuerpo, la rigidez de sus hombros, los puños cerrados con fuerza a los costados. La respiración de Akko era visible incluso desde la distancia, haciendo subir y bajar su espalda de manera irregular, como si estuviera conteniendo algo demasiado grande para mantenerse dentro.
Las mentiras llegaron con claridad brutal.
—Ella no quiere estar cerca de ti —decía una de las alumnas, con una voz cuidadosamente modulada—. Solo te tolera.
La frase atravesó el aire como un hechizo maldito. Diana sintió el escalofrío recorrerle la columna, un frío repentino, cortante, como si de pronto se encontrara en medio de una tormenta de nieve sin protección alguna.
—Te tiene lástima —continuó otra—. ¿De verdad crees que alguien como Cavendish podría verte como algo más?
Cada palabra era precisa. Afilada. Diseñada para encontrar grietas.
—Ella no está a tu nivel —añadió una tercera, con una sonrisa falsa—. Nunca lo estará.
Diana sintió cómo esas mentiras se acumulaban, una tras otra, vibrando en el aire con una intención tan clara que resultaba casi tangible. No eran simples frases. Eran ataques. Hechizos pronunciados sin varita, pero con una eficacia aterradora.
—Nunca te mirará como tú la miras —dijo alguien más—. Cavendish es un maldito témpano de hielo. ¿De verdad estás tan loca como para soñar que ella te verá?
El cuerpo de Diana se tensó por completo.
Estaban hablando de ella. Usándola. Tomando su nombre y su imagen para herir a Akko. Para hacerla dudar. Para quebrarla desde dentro. Diana sintió una mezcla violenta de indignación y culpa, como si aquellas palabras también le pertenecieran de alguna manera, como si su silencio anterior hubiera permitido que ese momento existiera.
Dio un paso adelante.
Pero antes de que pudiera hacer nada, Akko levantó el rostro.
Su voz salió firme, más firme de lo que Diana hubiera esperado, cargada de una determinación que no necesitó elevar el volumen para hacerse sentir.
—Pueden hablar lo que quieran de mí —dijo—, pero no hablen de Diana sin conocerla.
Las alumnas de tercer año rieron. Y ese sonido fue peor que las palabras. No había verdad en esas risas. Ninguna. Eran perfectas, pulidas, ensayadas hasta el extremo. Sonaban como si hubieran nacido sabiendo mentir, como si la falsedad fuera una segunda lengua que dominaban con naturalidad inquietante. Diana sintió un temor frío al reconocerlo. Esas eran las mentiras más peligrosas: las que no dejaban fisuras.
—¿Escuchan eso? —dijo una de ellas—. La está defendiendo.
Diana sintió cómo el peso de la escena se volvía insoportable. Estaba a punto de intervenir cuando la voz de Akko volvió a imponerse, esta vez con una claridad que atravesó incluso el ruido de las risas.
—Diana no es alguien fría —dijo—. Solo son personas como ustedes las que la hicieron ser así.
El silencio fue inmediato. Una de las alumnas dio un paso hacia Akko, acercándose lo suficiente como para invadir su espacio, inclinándose apenas para mirarla desde arriba.
—¿Crees que defendiéndola ella se fijará en ti? —escupió—. Maldita niña sin linaje.
Akko no retrocedió.
—Que me guste es problema mío —respondió—. No estoy con ella para que algún día me mire como yo la miro. Estoy con ella porque es una excelente persona. Porque es la persona más genuina que conozco. Porque no tiene la maldad que ustedes tienen.
Las mentiras comenzaron a debilitarse.
Diana lo sintió con claridad. Cada palabra de Akko empujaba, desplazaba, rompía el campo de distorsión que las alumnas habían construido. La verdad, dicha con convicción, tenía peso. Siempre lo había tenido.
—No importa lo que digan —continuó Akko—. Yo siempre estaré para ella. Porque víboras como ustedes ya tiene demasiadas en su vida.
Otra de las alumnas avanzó.
—Sé su maldito perro faldero entonces.
Akko se irguió.
—Un perro es mil veces mejor que ser una maldita serpiente —dijo, sin vacilar—. Al menos soy fiel a mi instinto y a los que quiero. Amo porque realmente lo deseo. No por envidia, no por conveniencia. Soy feliz de ser un maldito perro si eso significa no morder a quienes quiero ver crecer. Yo me alegraré por cada logro que Diana alcance. Estaré ahí para celebrar con ella, para verla amar lo que quiera amar. Y para pisotear a personas como ustedes si es necesario.
Las alumnas de tercer año dieron un paso más.
Pero Diana fue más rápida.
Su varita apareció en su mano en un movimiento fluido, preciso, entrenado durante años. No hubo palabras innecesarias, ni advertencias teatrales. Solo un gesto firme, y una descarga de energía que se expandió entre Akko y las otras, empujándolas físicamente hacia atrás con una fuerza controlada, suficiente para romper el cerco sin causar daño irreversible.
—Aléjense —dijo Diana.
Su voz no tembló.
Las mentiras se disiparon de golpe, como humo enfrentado a un viento fuerte. El pasillo quedó en silencio, cargado ahora de una tensión distinta, densa, real. Diana se colocó frente a Akko sin mirar atrás, su postura erguida, protectora, innegable.
Por primera vez, Diana Cavendish no solo había escuchado la verdad. La había defendido. Y detrás de ella, Akko respiraba con dificultad, aún temblando, pero firme, sostenida por la certeza de que, esta vez, no estaba sola.
Antes de que Diana pudiera decir algo más, el pasillo se llenó de un sonido distinto, un ritmo acelerado y decidido que cortó la tensión como una hoja afilada atravesando tela húmeda. Eran pasos rápidos, firmes, y venían desde el corredor principal, rebotando contra la piedra antigua con una urgencia que no era común en Luna Nova, donde incluso los apuros parecían disfrazarse de compostura. Diana no se movió; no bajó la varita ni alteró su postura. Seguía allí, erguida frente a Akko, con su cuerpo formando una barrera clara, casi instintiva, como si aquella protección hubiera sido siempre su lugar natural aunque recién ahora lo descubriera. Sintió cómo el aire, aún cargado con el residuo de esas mentiras dañinas, empezaba a cambiar apenas la presencia de la autoridad se acercaba, como si el edificio mismo reconociera el peso de ciertos nombres.
La primera en aparecer a la vuelta de la esquina fue la profesora Finnelan, su capa moviéndose con un gesto áspero, los ojos agudos recorriendo el pasillo con una precisión que no admitía excusas. Tras ella, a un paso de distancia, avanzó la directora Holbrook con su porte severo y esa calma implacable que solo poseen quienes han vivido suficiente tiempo para comprender que el verdadero control no se ejerce gritando, sino mirando. Las alumnas de tercer año se quedaron inmóviles por un instante, como si el suelo se hubiera vuelto más pesado bajo sus pies, y Diana pudo sentirlo con la misma claridad con que sentía las mentiras: un cambio en la vibración del ambiente, un temblor breve y contenido que no era miedo puro, sino la súbita conciencia de que lo que habían dicho no quedaría flotando impune en el aire.
—Señoritas —la voz de Finnelan se elevó con firmeza, cortante y clara—. Usted, usted, y usted. Quiero sus nombres ahora mismo.
No fue una pregunta, sino una orden. Diana observó de reojo cómo las alumnas mayores intercambiaban miradas rápidas, buscando una salida, una grieta por donde escapar sin consecuencias. Pero Finnelan ya estaba pronunciando sus nombres en voz alta, uno tras otro, con una exactitud que sugería que aquella escena no era producto del azar. Diana no se sorprendió realmente. Había visto cómo funcionaba Luna Nova detrás de sus vitrales hermosos y su reputación impecable: las cosas se sostenían por apariencia hasta que alguien —muy pocas veces— decidía romper esa superficie y mirar debajo.
—A mi oficina, ahora —continuó Finnelan, sin permitir un segundo de réplica—. Y más les vale que cada una tenga una explicación que no insulte mi inteligencia.
La directora Holbrook no dijo nada al principio. Solo observó. Sus ojos pasaron por Diana, por la varita todavía firme en su mano, por la distancia calculada entre ella y el grupo de tercer año, por la figura de Akko detrás de esa protección. Diana sintió ese escrutinio como una presencia real, pesada, pero no hostil. Holbrook era muchas cosas, pero no era ingenua, y Diana agradeció, silenciosamente, esa cualidad. Porque en un lugar donde tantas cosas se sostenían sobre medias verdades, tener una comunicación directa con quien decidía las reglas era un privilegio que Diana siempre había sabido usar, no para alimentar su ego, sino para evitar que la injusticia se ocultara bajo el barniz de la tradición.
Las alumnas mayores comenzaron a moverse, forzadas por el peso de la autoridad. Pasaron a un lado de Akko, y Diana percibió con una claridad amarga la última mirada que una de ellas le lanzó: no era solo desprecio, era promesa. Una amenaza muda, tan evidente en su intención que casi parecía un hechizo en sí misma. Diana sintió el impulso de tensarse de nuevo, de levantar la varita otra vez, pero no fue necesario. Finnelan ya las conducía con una dureza que no permitía segundas oportunidades, y Holbrook se quedó un segundo más en el pasillo, lo suficiente para que el silencio, por primera vez, dejara de estar contaminado por aquellas palabras.
—Señorita Cavendish —la voz de Holbrook fue baja, controlada—, gracias por intervenir.
Diana inclinó la cabeza, y la respuesta salió con la misma disciplina con que hacía todo.
—Era lo correcto, directora.
Finnelan, en cambio, habló con un tono más directo, más humano en su dureza.
—Han estado hostigando a otra alumna —dijo, mirando el espacio donde las mayores habían estado—. Esto no se quedará así. Tomaremos las medidas apropiadas.
Diana sintió la mentira ausente en esas palabras, y ese detalle, tan simple, le produjo un alivio inmediato. Era raro, casi inquietante, darse cuenta de cuánto descansaba cuando una promesa era real. Asintió, y ambas figuras se alejaron finalmente por el pasillo, desapareciendo tras la esquina como sombras largas que regresaban a su lugar natural dentro del edificio.
Entonces quedaron solas.
El silencio que quedó no fue vacío, sino denso. Un silencio lleno de respiraciones, de consecuencias y de un temblor emocional que no se había disipado, solo había sido contenido por la presencia de otras personas. Diana seguía de espaldas a Akko, y aun así mantenía el cuerpo tenso, como si no se permitiera bajar la guardia todavía. La varita descendió lentamente, pero no se guardó de inmediato; era como si su mano necesitara comprobar una última vez que el peligro se había ido antes de permitirse el lujo de soltarlo.
Diana no sabía qué decir.
Esa era la verdad más incómoda. Podía enfrentarse a hechizos, podía responder con precisión a un examen, podía lidiar con la rigidez de la tradición y la exigencia. Pero cuando se trataba de emociones desnudas, de heridas abiertas frente a ella, la lengua se le volvía torpe, como si de pronto fuera ella quien no encontrara palabras.
Fue entonces cuando escuchó el sollozo.
No fue fuerte ni dramático. Fue un sonido pequeño, contenido, roto apenas por el intento fallido de tragarse el llanto. Diana se giró casi por reflejo, y lo que vio la golpeó con una fuerza silenciosa que le apretó el pecho.
Akko estaba allí, de pie, con el rostro inclinado, los ojos llenos de lágrimas que caían sin permiso. Sus labios formaban un puchero involuntario, como si el cuerpo estuviera reaccionando sin control a una emoción demasiado grande. Temblaba. No de frío, sino de una mezcla de rabia, vergüenza y dolor que había resistido con el orgullo más testarudo hasta que la amenaza se fue y su defensa se desmoronó. Diana vio sus manos apretadas aún, los nudillos pálidos, como si Akko todavía estuviera luchando contra algo que solo ella podía ver.
—Lo siento, Diana… —la voz de Akko salió entrecortada—. Yo no quería que escucharas eso… yo…
Las palabras se rompieron, y las lágrimas siguieron cayendo, una tras otra, como si el cuerpo hubiera estado reteniéndolas demasiado tiempo y ahora ya no supiera detenerse. Diana sintió algo profundo moverse dentro de ella, algo que no era pena simple ni compasión. Era reconocimiento. Era el eco de su propia historia, de su propia juventud cargada de esas mentiras dañinas, de esos ataques disfrazados de comentarios, de esa sensación de estar atrapada en un mundo que usaba la crueldad como entretenimiento.
Akko no quería que Diana escuchara esas cosas porque, en su lógica sencilla y devastadoramente honesta, aquello no era solo una agresión hacia ella. Era una herida hacia Diana también. Era hablar de Diana como si fuera un objeto, como si su corazón fuera un rumor, como si su vida pudiera reducirse a un estereotipo frío. Y Akko, que siempre había visto a Diana con una claridad que nadie más parecía permitirse, no soportaba esa distorsión.
Diana lo entendió con una claridad que la dejó sin aire.
Ella siempre había buscado a Akko, aunque no lo hubiera llamado así. Había buscado esa voz sin mentira, esa forma de existir sin cálculo. Se había dicho que era simple admiración, simple tolerancia, simple respeto. Se había mentido a sí misma de maneras pequeñas, no por malicia, sino por temor. Porque aceptar lo que Akko representaba era aceptar que su mundo podía cambiar, que su distancia podía romperse, que su frialdad no era una armadura eterna, sino algo que podía caer si alguien insistía con la verdad suficiente.
Y Akko había insistido.
Sin proponérselo. Sin querer nada a cambio. Con la fuerza absurda de quien ama la vida con todo su caos y aun así se atreve a defender lo que considera justo.
Diana dio un paso hacia ella, lento, como si cada centímetro fuera una decisión. Bajó la varita por completo y la guardó con un gesto suave, casi reverente, como quien reconoce que esa no era la herramienta correcta para este tipo de batalla. Se inclinó un poco, hasta quedar a la altura de Akko, y el mundo pareció volverse más pequeño, reducido a la distancia entre sus rostros y al sonido irregular de esa respiración temblorosa.
Sus ojos se encontraron.
El azul profundo de Diana chocó con el carmesí cálido de Akko, y en esa mirada hubo demasiadas cosas sin decir. Diana vio en Akko el miedo de haber arruinado algo, la culpa de haber expuesto a Diana a esa crueldad, la rabia de no haber podido evitarlo, y, por debajo de todo, ese amor torpe y transparente que Akko ni siquiera sabía disimular del todo.
Diana se acercó despacio.
No fue un movimiento impulsivo. Fue deliberado, cuidadoso, como si estuviera caminando sobre hielo frágil, buscando en el rostro de Akko algún signo de rechazo, alguna señal de que debía detenerse. Pero Akko no se apartó. Solo tembló, como si no supiera qué hacer con la cercanía, como si su cuerpo quisiera retroceder por instinto y quedarse al mismo tiempo por necesidad.
Entonces Diana lo hizo.
Apoyó una mano con suavidad cerca del hombro de Akko, no para sujetarla con fuerza, sino para darle un ancla. Y con un gesto aún más cuidadoso, inclinó el rostro y depositó un beso en su mejilla. Fue un contacto tan leve que casi parecía irreal, como una pluma rozando piel, como un agradecimiento que no necesitaba palabras grandes para existir. La calidez del gesto quedó allí, breve pero firme, y Diana murmuró apenas, lo suficientemente cerca como para que Akko lo sintiera más que escucharlo.
—Gracias.
Akko bajó la cabeza de inmediato, como si el peso de ese gesto la hubiera desarmado. Su cuello se tiñó de rojo, la vergüenza subiendo con una rapidez que Diana encontraba extrañamente entrañable. Pero aun así, las lágrimas siguieron corriendo, y Diana comprendió que ese llanto ya no era solo por el ataque. Era por el alivio. Por el impacto de sentirse vista. Por la confirmación de que todo lo que había dicho —toda esa defensa apasionada— no había caído al vacío.
Diana se quedó ahí, cerca, sosteniendo el silencio con una paciencia que no sabía que poseía, consciente de que, por primera vez, había respondido a la verdad de Akko con algo igual de real. Y en medio del pasillo frío, bajo la luz pálida que caía desde lo alto, aquella pequeña escena tuvo el peso de una promesa: no dicha, no formal, pero innegable. Porque si Akko había jurado estar para ella frente a víboras, Diana acababa de demostrar, sin discursos ni explicaciones, que ella también podía elegir quedarse.
Diana se quedó en silencio, no porque el silencio fuera una elección fácil, sino porque en ese instante era lo único que parecía tener sentido. La emoción de Akko era demasiado reciente, demasiado viva; aún temblaba en ella como un eco que no encontraba dónde asentarse, y Diana comprendió —con esa lucidez fría que siempre la había acompañado incluso en los momentos más vulnerables— que cualquier palabra pronunciada demasiado pronto podía convertirse en torpeza o en herida. Dejó que el pasillo respirara por ambas, que el aire frío volviera a su temperatura habitual, que el sonido distante de la vida en la academia retomara su lugar, y se limitó a estar ahí, cerca, sin invadir, sosteniendo con su presencia una calma que no se imponía, sino que se ofrecía. Akko fue disminuyendo el llanto de a poco, como quien se acostumbra lentamente a que el peligro ya no está; sus sollozos se hicieron menos frecuentes, más pequeños, hasta convertirse en respiraciones irregulares que Diana escuchaba con atención, no como un dato, sino como una confirmación de que Akko seguía ahí, intacta a pesar de lo ocurrido.
No hablaron de lo sucedido. No esa tarde, ni al día siguiente.
Y no fue porque alguna de las dos quisiera fingir que nada había pasado. Fue, más bien, como si ambas hubieran quedado suspendidas en el borde de un abismo que de pronto se abrió frente a ellas, incapaces de decidir si mirar hacia abajo o apartar la vista. Akko internalizaba, a su manera torpe y feroz, que Diana ahora estaba consciente de sus sentimientos; lo hacía en silencio, como si admitirlo en voz alta fuera hacer que todo se volviera real de una forma que le asustaba. Diana, por su parte, aceptaba —con una serenidad nueva y desconcertante— que en su interior se había instalado algo que ya no podía llamar solo admiración ni simple gratitud. No era una conclusión lógica ni un análisis frío. Era una aceptación casi física, como si su cuerpo reconociera antes que su mente lo que llevaba tiempo evitando: que Akko había entrado en su vida como la verdad entra en una habitación cerrada, iluminándolo todo sin pedir permiso.
Durante esos días, caminaron una al lado de la otra como siempre. Hablaron de clases, de tareas, de hechizos, de pequeñas discusiones con Sucy, de libros que Lotte recomendaba con entusiasmo, de los comentarios de Hannah y Barbara sobre cualquier cosa que se les ocurriera. A veces Diana notaba la mirada de Akko posándose sobre ella un segundo más de lo habitual y luego apartándose con rapidez, como si su propia atención la quemara. A veces Akko se quedaba demasiado quieta cuando Diana estaba cerca, como si se recordara a sí misma que no debía hacer nada, que no debía decir nada, porque todo estaba cargado ahora con un significado nuevo. Diana lo percibía, lo escuchaba incluso en los silencios, pero no lo nombraba. No todavía. No porque no quisiera, sino porque había una sensación extraña de fragilidad en ese estado, como si una palabra mal puesta pudiera derrumbarlo todo.
Lo que ninguna de las dos entendió —lo que ninguna vio en ese momento— fue que en medio de esa contención existía un pequeño malentendido, tan sutil como una grieta en el hielo, tan silencioso que no crujía, pero que estaba allí, esperando el peso exacto para romperse. Diana había asumido que la defensa de Akko en el pasillo había sido el impulso de una amistad leal, una reacción noble ante un ataque injusto. Akko, en cambio, había creído —con la certeza casi temblorosa de quien se aferra a una esperanza— que Diana había comprendido lo que en realidad se decía entre esas palabras, lo que se arrastraba debajo de la rabia y la vergüenza: que le gustaba. Que la quería. Que no era un sentimiento suave y pasajero, sino algo que la acompañaba como una verdad insistente.
Ese malentendido no se reveló hasta un día que habría podido ser completamente normal.
Los equipos verde, azul y rojo descansaban en el pasto, bajo la sombra generosa de un árbol amplio cuyas ramas filtraban la luz como un velo. El aire estaba tibio, el viento movía la hierba con una delicadeza casi perezosa, y el murmullo distante de otras alumnas se mezclaba con el canto de algún ave oculta entre las hojas. Diana sostenía una taza de té entre las manos; el calor se le escapaba suavemente a través de la cerámica, reconfortándola en un modo discreto. A su lado, Barbara y Lotte hablaban de un libro, discutiendo con una seriedad que resultaba extrañamente adorable para quienes las observaban. Lotte explicaba una escena con entusiasmo contenido, mientras Barbara la escuchaba con ese gesto suyo que pretendía ser indiferente pero que, Diana notaba, ocultaba un interés real. Hannah estaba recostada sobre el pasto, mirando hacia el cielo como si el mundo fuera algo que solo se soportaba mejor desde una posición cómoda, y Amanda —como siempre— parecía incapaz de pasar más de unos minutos sin buscar a quién molestar.
Akko estaba sentada cerca, con las piernas dobladas, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, como si incluso en reposo estuviera lista para saltar en cualquier momento. Tenía un mechón de cabello rebelde cayéndole sobre la frente y una expresión concentrada, aunque Diana sabía —lo sabía porque era imposible no saberlo— que esa concentración era a veces un disfraz torpe, un intento de parecer menos afectada por lo que ocurría en su interior. Diana tomó un sorbo de té y dejó que el calor le bajara por la garganta, buscando en esa simple acción una forma de anclarse, de recordarse que el mundo seguía siendo el mismo aunque algo dentro de ella estuviera cambiando.
Fue Amanda quien lanzó la piedra.
—Oye, Akko —dijo con una sonrisa ladeada, esa sonrisa suya que siempre anunciaba travesura—, ¿entonces qué? ¿Ahora te pegas a Cavendish para que te suba las notas?
La pregunta venía con el tono de burla amistosa que Amanda usaba con el grupo, esa forma suya de provocar sin intención real de dañar. Era una broma. Una broma torpe, quizás inoportuna, pero no cruel. Diana escuchó la frase y, de inmediato, notó la diferencia: no era una mentira dañina, no era un ataque, solo un comentario ligero. Sin embargo, vio cómo Akko se tensaba, y supo que para ella no era tan simple.
Akko levantó la cabeza con rapidez, los ojos brillando con esa mezcla de orgullo y sensibilidad que siempre la traicionaba.
—¿Qué? —respondió, con una indignación casi cómica—. ¡No! Que me guste Diana no tiene nada que ver con que quiera subir mis notas. ¡Yo quiero ser la mejor bruja!
El mundo se detuvo.
No por magia. No por hechizo.
Sino por el peso de esas palabras cayendo en el centro del círculo, claras, firmes, imposibles de recoger de vuelta.
Por un instante, todos quedaron mirando a Akko como si le hubiera crecido una segunda voz, como si alguien hubiera hablado a través de ella. Incluso Hannah dejó de mirar al cielo. Lotte se quedó con la boca entreabierta, y Barbara parpadeó lentamente, como si estuviera procesando un dato que no esperaba. Amanda, por primera vez en mucho tiempo, pareció perder el control de su propia burla; su sonrisa se cayó un poco, y una sombra de vergüenza le cruzó el rostro, como si hubiera pensado que Akko lo mantendría en secreto, como si el grupo entero ya supiera el acuerdo tácito de no hablar del tema en voz alta.
—Akko… —murmuró Amanda, rascándose la nuca con un gesto incómodo—. No debería ser un secreto mientras Diana está aquí.
Diana, que había llevado la taza a sus labios justo en ese momento, se atragantó.
El té le bajó por el camino equivocado, provocándole una tos repentina que sonó demasiado fuerte en ese silencio. Se llevó una mano a la boca, los ojos ligeramente húmedos por la reacción, y sintió un calor violento subirle a las mejillas. No era solo el té. Era el impacto. Era la frase misma, y el hecho de que Akko la hubiera pronunciado con tanta naturalidad, como si no existiera la posibilidad de que Diana no lo supiera.
Akko se cruzó de brazos, elevando el mentón con una obstinación defensiva que Diana conocía demasiado bien.
—Bueno… ella lo sabe —dijo Akko, y en su voz había una mezcla peligrosa de orgullo y vulnerabilidad—. No es como si ahora de la nada lo negara, ¿verdad, Diana?
El mundo pareció estrecharse alrededor de Diana.
Sintió el corazón golpearle el pecho como si quisiera escapar, como si el cuerpo estuviera buscando aire. Miró a Akko, y por un instante no comprendió nada. La veía. La oía. Y aun así, aquello no encajaba con lo que Diana creía haber entendido de los días anteriores. Vio el rubor en el rostro de Akko, la tensión en sus brazos cruzados, la forma en que su postura intentaba parecer firme aunque su respiración la traicionaba. Diana tragó, todavía con la garganta irritada por el té, y la pregunta se le escapó antes de poder detenerla, baja, casi un susurro:
—¿Cómo lo sabría?
Akko abrió los ojos por completo.
Fue una expresión casi devastadora, como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies, como si de pronto todo el edificio interno que había construido durante días se hubiera quedado sin base. Sus labios se separaron apenas, y Diana vio —con una claridad que le dolió— cómo la comprensión comenzaba a instalarse.
Akko empezó a hablar de inmediato, de forma desordenada, atropellándose, como si las palabras fueran una avalancha que ya no podía controlar.
—Ya sabes… aquel día… cuando esas chicas me molestaban… porque… porque me gustas y tú… y ellas… y tú… —Akko se trabó, parpadeó con rapidez, como si el aire le faltara—. ¿No lo habías… escuchado?
La pregunta salió casi temblorosa, como un ciervo atrapado frente a unas luces, sin saber si correr o quedarse congelado.
Diana sintió el peso del malentendido caer sobre ella con una lentitud cruel, como nieve acumulándose hasta volverse insoportable. Se aclaró la voz, aún áspera por la tos, y habló despacio, intentando sostener la compostura mientras el rubor le quemaba la piel.
—No… —dijo—. Simplemente asumí que fue porque eras una de mis amigas.
El silencio que siguió fue absoluto.
Diana vio, como si fuera algo físico, cómo los engranajes se acomodaban en las mentes de quienes estaban presentes. Hannah miró a Amanda con un gesto que parecía decir “yo sabía” y “esto va a ser un desastre” al mismo tiempo. Lotte se llevó una mano al pecho, demasiado emocional para disimular. Barbara desvió la mirada, como si quisiera darles privacidad aunque estuvieran todos allí, y Amanda se quedó quieta, con la culpa escrita en su postura por haber empujado la conversación hacia ese punto.
Akko, en cambio, se volvió roja.
No un rubor suave, sino un color que subió desde el pecho hacia arriba, extendiéndose por su cuello, sus mejillas, sus orejas, como si su cuerpo entero hubiera decidido delatarla sin piedad. Abrió la boca, la cerró, y Diana vio cómo luchaba por encontrar una frase que no la dejara expuesta.
—Yo… yo… —balbuceó.
Y lo peor, lo más devastador para Diana, fue que podía sentirlo: todo era verdad. La quería. No como una amiga. No como una compañera de clases. No como una persona a la que se aprecia por lealtad. La quería de una manera más profunda, más vulnerable, más peligrosa. Diana lo sintió asentarse en su interior con una claridad insoportable, como una verdad sin escapatoria. No había distorsión, no había vacío, no había ligereza. Solo ese peso cálido, firme, insistente.
Akko se puso de pie de golpe, como si quedarse allí fuera morir.
—¡Yo… tengo que…! —dijo sin terminar la frase, y echó a correr.
Diana reaccionó antes de pensar.
Su varita apareció en su mano con un movimiento fluido, y lanzó un hechizo rápido, preciso, sin palabras innecesarias. Una pequeña atadura mágica se extendió como un hilo luminoso en el aire y se enroscó alrededor de Akko, deteniéndola a pocos metros, congelándola en una posición incómoda, con los hombros tensos y la cabeza gacha.
Akko se quedó quieta, atrapada, respirando rápido, y Diana se levantó con una calma que era más apariencia que realidad. Se aclaró la garganta una vez más, tratando de recuperar la voz, y miró al grupo con un gesto de disculpa que, aunque mínimo, fue sincero.
—Mis disculpas, chicas —dijo, su tono aún controlado—, pero necesito hablar algunas cosas con Akko.
Todos los ojos la siguieron mientras caminaba hacia donde Akko había quedado detenida. Diana notó, en el rabillo del ojo, cómo Lotte se giraba discretamente para fingir que hablaba con Barbara, cómo Hannah se recostaba otra vez pero sin dejar de escuchar, cómo Amanda se mordía el labio inferior, arrepentida. Nadie dijo nada. Nadie la detuvo. El aire estaba demasiado cargado para bromas.
Diana llegó hasta Akko, se detuvo frente a ella y, sin prisa, tomó su mano. La piel de Akko estaba caliente, casi ardiente, como si el rubor se hubiera extendido incluso allí. Con un gesto suave, Diana deshizo el hechizo, dejando que el hilo mágico se disipara en el aire.
—Tenemos que hablar —dijo, y aunque su voz seguía siendo baja, había una firmeza nueva en ella.
Akko no la miró.
Desvió el rostro, evitó sus ojos, como si la sola posibilidad de encontrar la mirada de Diana fuera demasiado. Su respiración seguía irregular, y Diana sintió un dolor sutil en el pecho al comprender que Akko estaba herida, no por rechazo explícito, sino por la idea de haber estado equivocada, de haber asumido algo que no era real.
Diana apretó la mano de Akko con una delicadeza cuidadosa, como si ese contacto fuera la única forma de mantenerla allí, y dio un paso más cerca, no para invadirla, sino para que Akko sintiera que no estaba sola, que no estaba siendo arrastrada hacia un abismo sin nadie.
—Akko —murmuró Diana.
Y en ese nombre, pronunciado con una suavidad que no tenía nada de su habitual distancia, había una promesa silenciosa: que esta conversación no sería un juicio, ni una burla, ni una humillación. Sería, por primera vez, la verdad puesta sobre la mesa.
Diana no dijo nada cuando Akko asintió. No hizo preguntas, no intentó suavizar el momento con palabras que todavía no existían del todo dentro de ella. Simplemente dio media vuelta y comenzó a caminar, y Akko la siguió como si ese gesto fuera suficiente para comprender que no estaba siendo llevada a un juicio ni a una despedida, sino a un espacio donde el ruido del mundo podría, al menos por un momento, quedarse afuera. El trayecto hasta la habitación del equipo azul fue silencioso, no un silencio incómodo, sino uno cargado de pensamientos que se atropellaban en ambas, un silencio lleno de respiraciones contenidas y pasos medidos sobre la piedra antigua de Luna Nova, que parecía observarlas con la misma paciencia con que lo había hecho durante generaciones.
La puerta se abrió con un leve crujido, y Diana entró primero, como siempre. La habitación estaba envuelta en una luz suave que entraba por la ventana alta, filtrada por las cortinas claras que Hannah insistía en mantener limpias contra todo pronóstico. El aire olía a libros, a té seco y a un leve rastro de perfume floral que Barbara había dejado flotando sin intención. Diana avanzó unos pasos y pasó junto a la estantería que dividía el espacio común del área donde estaban las camas de Hannah y Barbara y aquella pequeña porción más retirada que correspondía a la suya. Ese límite físico, tan cotidiano, adquiría ahora un significado distinto, como si cruzarlo fuera aceptar que lo que estaba ocurriendo no era una extensión del día, sino algo separado, íntimo, deliberado.
Akko entró detrás de ella y cerró la puerta con cuidado, casi con timidez. Se quedó de pie un momento, observando el espacio como si nunca hubiera estado allí antes, aunque lo conocía bien. Diana avanzó un poco más y luego se detuvo, dándose cuenta de que Akko no la había seguido del todo. Se giró lentamente.
—Akko —la llamó, con una voz que no buscaba imponerse, sino invitar.
Akko levantó la vista apenas un segundo, lo suficiente para confirmar que Diana la estaba mirando, y luego volvió a bajarla. Sus manos estaban tensas, los dedos entrelazados de forma casi dolorosa, como si necesitara sujetarse a algo para no desarmarse. Dio un par de pasos más y entonces se detuvo de golpe, girándose de pronto para quedar frente a Diana, como si hubiera tomado una decisión impulsiva que no podía postergar un segundo más.
—Lo siento, Diana —dijo, y las palabras salieron rápido, atropelladas, como si el silencio la estuviera asfixiando—. Pensé que lo sabías. Pensé que habías entendido que esas chicas me estaban molestando porque… porque me gustas. Y yo… yo di por hecho algo que tú no tenías idea. Perdón por incomodarte delante de todas. De verdad pensé que lo habías entendido, que con el beso que me diste en la mejilla era como un… no sé, como un “lo siento, pero está bien”, que podíamos ser amigas a pesar de lo que siento, que no te incomodaba. Y ahora… ahora todas lo saben y lo dije como si nada, ni una confesión real pude hacer. Soy la peor.
Akko hablaba sin respirar, sin pausa, como si temiera que, si se detenía, el valor que la sostenía se evaporaría. Diana no la interrumpió. No levantó la voz, no hizo gestos bruscos. Simplemente la escuchó. Y mientras Akko se mortificaba, mientras se acusaba a sí misma con una dureza que Diana encontraba injusta y dolorosa, lo único que Diana podía sentir era la verdad. No una verdad fragmentada o confusa, sino una presencia clara y constante que emanaba de Akko con cada palabra. La quería. La quería sin condiciones, sin expectativas ocultas, sin miedo al rechazo en sí mismo, sino al vacío que podría dejar su ausencia. Akko no temía que Diana no la correspondiera; temía perderla como amiga, temía que su cercanía se volviera incómoda, temía ser la causa de una distancia que no existía antes. Incluso si era rechazada, Akko parecía dispuesta a aceptarlo, siempre y cuando Diana no desapareciera de su vida.
Diana sintió algo apretarse en su pecho, una mezcla de asombro y gratitud que le resultó casi abrumadora. Pensó, sin quererlo, en lo improbable de todo aquello. En cómo había llegado a conocer a alguien como Akko, alguien que veía sus mejores cualidades incluso cuando ella misma se empeñaba en ocultarlas, alguien que había insistido en su verdad con una constancia casi obstinada, incluso cuando Diana levantaba muros y mantenía distancias. Pensó en la extraña suerte que había tenido, en cómo alguien tan luminoso se había fijado en ella no por su apellido ni por su perfección, sino por la persona que era cuando nadie más miraba. Y pensó, con una claridad que ya no podía negar, que también a ella le gustaba Akko. Que por primera vez no sentía miedo de lo que sentía ni de lo que podía llegar a sentir, porque no había mentira en ese deseo, solo una curiosidad profunda y una calidez creciente.
Akko seguía hablando, perdida en su propia espiral de culpa, y Diana comprendió que, si no la detenía ahora, Akko seguiría castigándose por algo que no había hecho mal. Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ambas.
—Akko —llamó de nuevo.
Su voz fue suficiente para cortar el torrente de palabras. Akko levantó la cabeza, insegura, y Diana dio un paso más, hasta quedar frente a ella. Levantó las manos con cuidado y las apoyó en cada lado del rostro de Akko, sosteniéndola con una delicadeza que no tenía nada de posesiva, todo de contención. Sus pulgares apenas rozaban la piel cálida, y Diana sintió cómo Akko se quedaba inmóvil, sorprendida por el contacto.
—De verdad… —dijo Diana, con suavidad—, deja de pensar por un segundo.
Akko tragó saliva. El mundo parecía reducido a esa cercanía inesperada, a la respiración de Diana tan próxima que podía sentirla. Reunió una valentía que no sabía que aún tenía y murmuró, apenas audible, tan bajo que si no hubieran estado así de cerca Diana no la habría escuchado:
—Créeme que contigo tan cerca mi cerebro está haciendo corto circuito.
Diana no pudo evitarlo. Una risa suave escapó de sus labios, una risa real, ligera, que le produjo una sensación de cosquillas en el pecho. Era imposible no reconocer la verdad en esas palabras, imposible no sentir el encanto de esa torpeza honesta que Akko llevaba como bandera sin saberlo. Diana apoyó su frente contra la de Akko, cerrando los ojos un instante, dejando que ese contacto simple estabilizara algo dentro de ambas.
—Ese día —murmuró—, cuando te estaban molestando… yo entendí que sentía algo por ti. No como amiga, sino como algo más. Te di ese beso solo por un egoísmo mío. Tal vez estaba tan cegada por mis propios pensamientos que no vi lo demás.
Akko abrió los ojos, y sus pupilas carmesí buscaron las de Diana con una mezcla de incredulidad y esperanza que le dejó sin aire. Diana se acercó un poco más, sin separar sus frentes, consciente de que estaba cruzando un límite, pero también de que no quería retroceder.
—Realmente tendremos que hablar mejor de esto —continuó Diana, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella—, pero en este momento mi propia mente no sabe lo que está haciendo, y mis palabras cada vez están peores.
No se apartó. No se disculpó por la cercanía. Al contrario, permaneció ahí, respirando el mismo aire, dejando que la tensión se volviera algo compartido y no una carga individual.
—Solo sé que quiero esto —dijo—. Que me gustas, Akko.
No hubo fanfarria ni dramatismo. Solo esa frase, dicha con una calma que nacía de la aceptación. Diana inclinó un poco más el rostro y, sin separar la frente de Akko, acercó sus labios a los de ella. El beso fue suave, breve, tan delicado como el que había dado en su mejilla, pero con un significado distinto, más directo. Un contacto que no pedía permiso porque ya había sido concedido en el silencio previo.
Cuando se separó, vio a Akko con las mejillas completamente rojas, los ojos cerrados y una sonrisa pequeña, casi incrédula, dibujada en sus labios. Akko no dijo nada. No hizo falta. Diana sintió que algo dentro de ella se acomodaba, como una pieza que por fin encontraba su lugar.
La atrajo hacia sí sin pensarlo demasiado, rodeándola con los brazos, porque necesitaba ese abrazo, necesitaba sentir el peso real de Akko contra su cuerpo para convencerse de que no era una idea, ni una interpretación errada de su don, ni una ilusión nacida del cansancio. Akko, que era casi una cabeza más baja, se hundió en su cuello de inmediato, como si hubiera estado esperando ese gesto sin saberlo. Diana pudo sentir la sonrisa contra su piel, cálida, temblorosa, absolutamente real.
Y mientras permanecían así, sin hablar, con el mundo reducido al espacio compartido entre ambas, Diana comprendió que esa verdad —esa que había aprendido a escuchar toda su vida— por fin la estaba alcanzando de una forma distinta. No como una advertencia ni como una defensa, sino como una promesa silenciosa de algo que recién comenzaba.

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