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Locura (y lo que nos callamos).

Summary:

Joyce sabe lo que Lonnie dice a sus espaldas, nada nuevo a la vista. Sabe que la llama zorra, lunática, loca, rara, bruja…

Tampoco es que se equivoque.

Sus días de ser una persona cuerda terminaron el día en el que aceptó casarse con semejante hombre.

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Un análisis de la locura de Joyce Byers y como, al contrario de lo que piensa todo el mundo, es la más cuerda de todo Hawkins.

Notes:

Tengo otras cosas que escribir y publicar, pero he visto por primera vez la serie de Strangers Things y me he enamorado de Winona Ryder. Y aquí estamos. Yo creando un trasfondo terrible para mi personaje favorito.

Disfrutad de esta obra y cualquier comentario se agradece. Quien sabe, tengo una idea para continuar con esto y puede que no lo abandone como todos los otros proyectos. :)

Work Text:

Joyce sabe lo que la gente piensa de ella. No es ingenua, y ha escuchado a Samantha Willows susurrarlo a las otras madres cuando lleva a su hijo al colegio. Jonathan tiene 5 años y todavía consigue mantenerse ajeno ante los comentarios mordaces de las madres primerizas que la observan con ojos de arpía.

Joyce sabe lo que Lonnie dice a sus espaldas, nada nuevo a la vista. Sabe que la llama zorra, lunática, loca, rara, bruja…

Tampoco es que se equivoque.

Sus días de ser una persona cuerda terminaron el día en el que aceptó casarse con semejante hombre.

Su padre insistió en que una mujer como ella no podía quedarse soltera, sería el hazme reír, el bicho raro, la inadaptada. Sus opciones no eran muchas, por no decir ninguna. Su única opción, la única que realmente valía la pena, se fue corriendo con un uniforme militar a quien sabe donde muy lejos de ella.

Y como Joyce la loca no quería llamarse Joyce la loca, se casó con Lonnie Byers.

Al final sus padres murieron sin saber que irremediablemente e hiciera lo que hiciera, ese seudónimo seguiría en su vida. Casada o no.

Hizo todo lo que se esperaba de ella, casarse, follar, parir, seguir. Continuar. Aguantar. Callar.

También hizo cosas que no debería como luchar, llorar, fumar, no preparar la cena a tiempo, trabajar, abortar.

Pero de esas cosas prefiere no hablar.

Joyce Byers se mantiene a flote de forma inexplicable. Como un pez muerto que se encuentra a la deriva, esperando a que otros animales vengan y se la coman. Muchas veces se lamenta. Por su hijo, por su otro hijo que está en camino, por el hijo que nunca tuvo, por amistades pasadas de nombres que no quiere recordar.

Se ha planteado quitarse la vida. Más de una vez. Para que sus hijos no tengan a una madre deficiente, a una loca, a ella.

Recuerda que se quedarían con el monstruo que tienen por padre y se le pasa.

Se ha imaginado en otra vida, feliz. Con un hombre de hombros anchos y ojos azules. Incluso con uno bajito y regordete, con sonrisa dulce y carácter afable. Se ha imaginado sola, sin nadie. Sin marido ni niños.

Era feliz.

Le aterra pensar en eso. Pensar en el mero hecho de elegir su libertad antes que a sus propios hijos le da arcadas. Pero es cierto. Con tal de evitar la oscuridad en la que se encuentra. Sus hijos le atan al mundo y sin ellos, ella no sería nadie.

Por eso es Joyce la loca. La pirada. La inestable.

Cuando nace Will, se hace una promesa. Sus hijos no tienen la culpa de que tengan la madre que tienen, el padre que tienen o la vida que viven. Ellos merecen que su madre no los tenga por monedas de cambio y jura que nunca, nunca , los dará por hecho. Cuando fracase, que lo hará, no se quedará con los brazos cruzados. Que cuando piense en libertad, ellos siempre se encontrarán con ella, agarrados de su mano, riendo, siendo felices. A su lado.

A partir de ese momento, Jonathan y William son su mundo.

Joyce está cuerda y definitivamente todos tienen que decir algo al respecto. Pero ella luchará con todos sus dientes para demostrar que ellos, que ella, son los únicos cuerdos en este horrible pueblo.

Por eso, cuando Lonnie amenaza de muerte a Jonathan ante la atenta mirada de su hermano pequeño de 9 años, después de años de maltrato y silencio, algo en el corazón de Joyce se rompe.

Cuando le grita que se largue, se imagina que los cristales se rompen, que las luces parpadean y que le sangra la nariz por una razón inexplicable. Pero sabe que es imposible. Lo que sí es más imposible pero que acaba sucediendo es que Lonnie se marcha esa misma noche. Y parece que no va a volver nunca.

Siempre gritando, zorra, lunática, loca, rara, bruja.

Puede que siga, de hecho, muy casada con Lonnie Byers. Que sus hijos tengan ese odioso apellido o que ese nuevo invento llamado divorcio, no pueda salvarla de los comentarios o las miradas de todo Hawkins.

Pero Joyce Horowitz solamente tiene una palabra en la mente.

Libertad. Rebeldía.

Joyce la rebelde. Libre. La independiente.

Le gusta. Nadie la llama así. Y por eso le gusta. Es suyo y solo suyo. Y si alguien piensa lo contrario, definitivamente se equivoca.