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ʋαιʋҽɳ

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Planear, luchar, investigar, cada día tenia su nuevo afán, pero a veces todo aquello se detenía cuando Trixie se topaba con las emociones de su líder a Flor de piel. Cuando ciertos sentimientos lo invadían.

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En las primeras horas de la mañana, las profundidades de las 99 Cavernas estaban sumidas en una quietud azulada y uliginosa. El único sonido era el lejano goteo de la humedad filtrándose entre las rocas y el suave ronroneo de las babosas durmiendo en sus pequeños nidos. Eli Shane, sin embargo, ya estaba en pie. No por deber, no por una emergencia, sino por una necesidad silenciosa que lo arrastraba cada amanecer a la parte posterior del refugio, hacía aquel claro vacío.

Allí, bajo la luz tenue de los hongos en crecimiento, su figura se movía con una gracia que contrastaba con su estilo usual de combate, rápido, explosivo, electrizante como un disparo de su querida Electroshock. No usaba su blaster. No había babosas volando en ráfagas de colores. Esto era diferente. Era puro movimiento, fluido y preciso. Era Slugfu.

Sus brazos describían círculos lentos en el aire, imitando el vaivén de una Enigmo, esquivando golpes imaginarios. Su cuerpo se torsionaba con la elasticidad de un Polero, evitando los ataques que solo existían en su mente. Cada paso, cada giro, cada extensión de sus dedos era un lenguaje silencioso que solo una persona le había enseñado. Cada movimiento era un recuerdo, una palabra no dicha de una conversación que había quedado interrumpida.

Trixie lo encontró así.

Había salido temprano, buscando a su compañero para repasar unos mapas, no lo encontró en su habitación, ni en la sala, ni en la cocina, así que se había dispuesto a buscarlo por fuera del refugio, esperando que estuviera en uno de sus duelos matutinos para comenzar el día, sin embargo, cuando lo avistó desde los matorrales que conducían al claro. Se detuvo, observando. No era el Eli que conocía: el líder jovial, el joven brioso y enérgico que no podía quedarse en un solo lugar por varios minutos. Este Eli era un espectro sereno, un muchacho con el ceño fruncido en concentración, cuya melena negra-azulada parecía absorber los tenues primeros rayos de luz de los hongos a su alrededor. Su expresión era de una intensidad dolorosa, como si cada estocada imaginaria, cada bloqueo fantasioso, le costará un pedazo de aliento.

Permaneció inmóvil un largo minuto, fascinada por la triste elegancia de sus movimientos. Hasta que él, en un giro particularmente amplio, la vio. Se detuvo en seco, la pose quebrándose como cristal. Una mueca de vergüenza, rápida y furtiva, cruzó su rostro.

—¿Trix? ¿Qué haces aquí? —su voz sonó ronca, atropellada, cargada de una emoción que no era propia de él.

—Podría preguntarte lo mismo —respondió ella, acercándose con cuidado, como si se aproximara a un animal asustadizo—. Nunca te había visto practicar así. Tan… bueno… diferente…

El silencio se extendió, solo roto por el murmullo eterno del agua. Eli bajó la mirada, sus dedos jugueteando con las costuras de su mitón. Su compañera no dijo nada, esperando a que él mismo encontrará las palabras a su propio ritmo.

—Es la forma correcta —murmuró al fin, sin levantar la vista—. La forma que él enseña…

El «él» flotó en el aire entre ellos, pesado y agrietado como un risco. Trixie no necesitaba que le dijeran el nombre. Lo sabía.

—¿Extrañas… las lecciones? —preguntó, suavemente, insegura de sus propias palabras..

Eli alzó por fin los ojos, y lo que Trixie vio en ellos le cortó la lengua. No era la simple nostalgia por un amigo o un mentor. Esa mirada temblorosa, mortecina, era el reflejo de una herida abierta y expuesta.

—Si, digo, no, quiero decir, no, no es eso… —balbuceó él, y su voz casi se apagó—. Es… Cuando hago esto, cuando trato de hacerlo exactamente como él lo haría… es como si pudiera sentir… —calló, tragando saliva, sus ojos flaqueando nuevamente hasta observar con cuidado la tierra bajo sus pies —. Solo, creo que debo mejorar mi Slugfu…

Sentenció de manera resignada, dócil. Trixie dejó que el aire llenará sus pulmones, se permitió acercarse más a su amigo, rozando suavemente su hombro con las yemas de sus dedos, Eli siempre había sido reservado cuando se trataba de dolor, fingiendo que todo estaba bien en pro del equipo, o tal vez para protegerse de sí mismo. Pero en ese pequeño segundo había sido un libro abierto, tan claro como el agua, su amiga lo había entendido aún cuando sus palabras sonaron como fichas de un rompecabezas cayendo al suelo. 

Extrañaba la calma que Junjie insuflaba en su caótico mundo, la pericia serena de sus palabras, la fortaleza tranquila de su presencia. Extrañaba la forma en que sus manos, duras como la roca pero suaves en la corrección, le guiaban los hombros para alinearlos. Extrañaba la luz de aprobación en aquellos ojos oscuros cuando ejecutaba un movimiento a la perfección.

Su balanza había perdido el complemento que lo mantenía en equilibrio, sólo perduraba la memoria de un fantasma viviente.

Eli no practicaba para perfeccionar la técnica; la practicaba porque en esos instantes de absoluta concentración, Junjie no estaba ausente. Estaba allí, en la sombra que Eli esquivaba, en el susurro del aire al pasar junto a su oído, en la postura impecable que Eli trataba de emular. Era su manera de conectar con aquella estrella que alguna vez brilló para él.

Trixie no sonrió. No bromeó. Simplemente asintió, con una comprensión que era un bálsamo.

—Es una buena forma de recordarlo —dijo, y su voz fue tan suave como la luz del amanecer.

Eli le sostuvo la mirada, agradecido, y un alivio doloroso suavizó sus facciones. —¿Y bien?, ¿revisamos esos mapas?— propuso, estirando su mano a la datapad de Trixie, pero ella se apartó.

—Lo haremos después del desayuno, cuando los demás hayan despertado— dictaminó con calma para darse la vuelta y con pasos suaves, encaminarse hacía el refugio— cocinare hoy así que asegúrate de no llegar tarde

Eli asintió, sus hombros cayendo en una mezcla de agradecimiento y vergüenza, sus dientes mordieron su lengua con un ligero temblor mientras veía a su amiga perderse en la distancia, cuando la comenzó a perder de vista, entre movimientos torpes, lentamente volvió a su posición inicial, cerró los ojos e inhaló profundamente, aún había tiempo, aún podía estar.

Y cuando comenzó a moverse de nuevo, Trixie, en silencio, fue testigo de cómo su amigo se balanceaba con el eco de quien se había llevado, sin saberlo, un trozo de su corazón.