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Tor’eyra

Summary:

Torunn Sully llega a Pandora como parte del Programa Avatar para ocupar un nuevo puesto dentro del equipo científico. Aún en proceso de formación, debe adaptarse a un entorno hostil, a un cuerpo que no es del todo suyo y a una cultura que exige algo más que conocimiento académico.

Mientras aprende a moverse entre dos mundos, Torunn inicia un viaje personal donde la identidad y la pertenencia se entrelazan, llevándola a descubrir quién es realmente y qué lugar desea ocupar.

Notes:

Esta es la primera vez que escribo para este hermoso fandom. Aunque Avatar se estrenó en 2009, apenas estoy comenzando a descubrir y comprender su mundo, su cultura y todo lo que lo rodea. Si cometo errores o hay detalles que aún no domino, espero que puedan comprenderlo. Estoy abierta a sugerencias, correcciones y comentarios constructivos. Gracias por acompañarme en este viaje 💙

Chapter 1: La llegada

Chapter Text

 

Torunn se despertó con un tirón brusco en el pecho.

 

El aire le entró de golpe en los pulmones y tosió, encorvándose dentro de la cápsula. Le dolía la garganta y sentía el cuerpo pesado, como si no lo hubiera usado en mucho tiempo. Abró los ojos, pero la luz blanca le hizo cerrarlos de inmediato.

 

—Respira despacio —escuchó decir a alguien—. No intentes moverte aún.

 

La voz sonaba cerca. Humana. Femenina.

 

Inhaló con cuidado, luego exhaló. El pitido constante a su alrededor marcaba un ritmo regular. Poco a poco, la sensación de ahogo disminuyó. Volvió a abrir los ojos, esta vez más despacio, y logró enfocar el interior de la cápsula de criosueño. El cristal frente a ella estaba empañado.

 

Se abrió con un sistema de niveles y el aire cambió. Más cálido, algo seco. Manos enguantadas la ayudaron a incorporarse. El mundo se inclinó peligrosamente y tuvo que agarrarse al borde de la camilla cuando la sacaron de la cápsula.

 

—Es normal —dijo la mujer frente a ella. Al mirar a su alrededor, Torunn se dio cuenta de la cantidad de cápsulas que había en la sala. Volvió la vista hacia la mujer, que flotaba sobre ella debido a la falta de gravedad. Llevaba una mascarilla y un gorro quirúrgico; solo se le veían los ojos verdes—. Mareo, debilidad, desorientación. Dale unos minutos.

 

Torunn ascendió. Le temblaban las piernas, así que se dejó sentar. Parpadeó varias veces, intentando que su visión dejara de ir y venir. A su alrededor, otras cápsulas se abrirían. Algunos médicos hablaban en voz baja, otros guardaban silencio mientras veían a los otros ponerse de pie.

 

—¿Ya… llegamos? —preguntó, con la voz ronca.

 

—Hace unas horas —respondió—. Tranquila.

 

—Llevan en crio 5 años, 9 meses y 22 días —escuchó a otro médico, esta vez era un hombre—. Tendrán hambre y estarán débiles. Si siente náuseas, por favor use las bolsas que les proporcionamos, el personal se los agradecerá.

 

Torunn salió de la cápsula. Aunque sabía que no había gravedad, no pudo evitar sorprenderse al flotar como los médicos. Tardó un momento en aprender a impulsarse y se deslizó entre las cápsulas hasta un casillero con su nombre: Sully, T.

 

Después de un chequeo rápido y de confirmar que podía caminar por su cuenta, la guiaron fuera del área de criosueño. Los pasillos de la nave eran estrechos y funcionales. Nada estaba ahí por estética. Todo tenía un propósito.

 

Entro al baño y se cambió por su ropa habitual en la tierra. Llevaba una camiseta ajustada gris oscuro con mangas negras, cómoda y flexible para moverse. Sus pantalones negros eran tácticos, con varios bolsillos y bien ajustados en cintura y tobillos. Ató una chaqueta oscura a la cadera y calzaba botas negras resistentes, listas para cualquier terreno.

 

Frente al espejo, se enjuagó la cara y se hizo trenzas finas en la parte superior de la cabeza, sujetándolas hacia atrás para que no le molestaran. Se cepilló los dientes y salió al pasillo.

 

Al llegar al sector científico, Torunn sintió algo parecido a un alivio. Mesas llenas de pantallas activas, datos corriendo en tiempo real, técnicos revisando informes.

 

Le entregaron su identificación y una tableta con su nombre y carga.

 

T. Sully — Xenoecóloga / Antropóloga.

 

—Hoy solo observa —le dijo uno de los coordinadores—. Mañana empezamos con las evaluaciones en superficie.

 

—De acuerdo —Torunn comprendió que querían que se relajara primero antes de hacer el trabajo.

 

Caminó hasta la ventana principal y apoyó la mano en el vidrio. Más allá, se encuentra el planeta gigante gaseoso, cariñosamente llamado Polifemo, rodeado de docenas de lunas que proyectan sombras de lunares en su vasta superficie. Su vista se centra en la luna más grande, un mundo azul y sorprendentemente similar a la Tierra.

 

Pandora .

 

La palabra se acomodó en su mente con más claridad que cualquier otra cosa desde que había despertado.

 

Pandora ocupaba casi todo el campo de visión. Una exoluna cubierta de nubes y manchas verdes apenas visibles desde la distancia. Era distinta a todas las imágenes que había estudiado durante años, más real, más presente, incluso desde allí.

 

En la Tierra, Pandora era mencionada como un recordatorio incómodo de lo que alguna vez fue el planeta. Antes de la ambición desmedida, de las guerras por los recursos y de un aire que ya no podía respirarse sin máscaras. La vida animal había desaparecido casi por completo; las plantas eran artificiales o inexistentes, y la mayoría de la población sobrevivía con lo justo, mientras los militares ocupaban cada vez más espacio en la vida cotidiana.

 

Torunn creció oyendo hablar de Pandora como un lugar primitivo, misterioso y aterrador, pero también como una anomalía. Un mundo intacto. Algo que la Tierra ya no podía ser.

 

De niña, la escasez era una constante. Aunque su padre tenía una buena posición dentro del gobierno, eso no lo eximía del racionamiento. La comida que llevaba a casa siempre era limitada, contada, pensada para durar. No pasaban hambre extrema, pero tampoco conocían la abundancia. Torunn aprendió pronto a no desperdiciar nada ya entender que, en la Tierra, incluso los privilegios tenían límites claros.

 

Aún así, intenté hacer lo imposible.

 

Recordaba haber guardado algunas semillas de manzana del desayuno de sus hermanos. Las escondió con cuidado y tratamiento de plantarlas. Le tomó tiempo y paciencia, pero llegó a ver cómo una pequeña planta echaba raíces. Duro poco. El oxígeno que usaba para ventilarla se agotó y la planta terminó muriendo frente a ella.

 

No fue una derrota. Fue una revelación.

 

Ahí entendió que quería hacer algo para ayudar a su planeta. Tal vez no de inmediato. Tal vez no sola. Pero algún día lograría que la fauna volviera a crecer como lo había hecho antes, cuando los humanos aún convivían con ella.

 

Su formación como xenoecóloga y antropóloga nació de esa idea. Estudió ecosistemas extintos y culturas fragmentadas, reconstruidas a partir de archivos, simulaciones y registros incompletos. Pasó años analizando cómo había funcionado la Tierra en el pasado, con la esperanza de que ese conocimiento sirviera para algo más que llenar informes.

 

Nunca pensé que llegaría a observar un mundo vivo de verdad. Apenas había aceptado el puesto cuando el científico anterior murió, y la envió de inmediato a Pandora para ocupar su lugar.

 

Observó cómo dos enormes lanzaderas estaban ancladas a una sección de la nave mientras esta giraba lentamente. Una de ellas se desacopló y se alejó, activando sus propulsores en breves ráfagas, hasta ser lanzada con rumbo firme hacia la superficie de Pandora.

 

—Pronto iremos en una de ellas —dijo una voz a su espalda que la sobresaltó.

 

Se giró, preparada para luchar, y se encontró con un hombre que se acercaba con pasos tranquilos. Era alto y delgado, de hombros ligeramente encorvados. Tenía el rostro anguloso, ojeras marcadas y una barba incipiente que le daba un aire cansado. Sus ojos claros observaban con curiosidad genuina, y su cabello castaño, corto y algo despeinado, reforzaba la impresión de descuido. Vestía ropa informal, práctica, más pensada para la comodidad que para la apariencia.

 

—Disculpa, no quise asustarte —dijo, alzando un poco las manos en un gesto conciliador—. Me llamo Norm, Norm Spellman.

 

—Torunn Sully —respondió ella, estrechándole la mano en un firme apretón.

 

Vio el reconocimiento cruzar su mirada antes de que su expresión se iluminara y se acercara con evidente entusiasmo.

 

-¿Sully? La hermana menor de Tom. Un gusto al fin conocerte. Tu hermano no paraba de hablar de ti —comentó, sin notar la molestia que se despertaba en Torunn cada vez que escuchaba el nombre de su hermano.

 

A Torunn no le gustaba hablar de Tom, y tampoco le agradaba que personas como Norm se le acercaran hablar únicamente por el vínculo con su hermano.

 

Él continuó hablando, ajeno a su incomodidad, contando que había conocido a Tom hacía unos años, durante su formación como conductor de avatar. Dijo que también era científico, como él, y que le habría gustado que Tom estuviera allí, acompañándolos.

 

—Tom tenía una manera increíble de ver a los Na'vi —añadió Norm, animándose—. Fue de los primeros en tomarlos en serio como una cultura compleja, no solo como sujetos de estudio o salvajes como dicen los militares. Recuerdo que insistía en que su relación con Eywa lo cambiaba todo, que no podíamos analizar Pandora como cualquier otro ecosistema. Muchas de las primeras teorías que usamos ahora salieron de él.

 

Torunn lo escuchaba con una sonrisa forzada, los labios tensos, completamente incómoda ante la diatriba entusiasta de Norm. Cada mención de su hermano le irritaba un poco más.

 

Al principio había pensado que quizás podría tener una conversación interesante, algo sobre antropología, ciencia o Pandora. Ahora ya no le agradaba. Norm solo hablaba de Tom, de su trabajo juntos, de sus logros, sin detenerse un solo segundo a preguntarle cómo había vivido ella su muerte.

 

Para él, Tom era un recuerdo brillante; Para Torunn, una herida que aún no cerraba. Y en ese momento, lo único que deseaba era que Norm dejara de hablar.

 

Hizo una breve pausa, como si acabara de recordar algo importante, y la miró con curiosidad renovada.

 

—Por cierto, quería preguntarte… ¿Cuánto sabes sobre los habitantes de Pandora? Imagino que Tom debía contarte algo. Siendo científico, como él, ¿ha estudiado a los Na'vi antes de venir?

 

Listo. Eso fue suficiente.

 

Torunn sintió cómo la paciencia se le agotaba por completo. Estuvo a punto de responder de una forma que no habría terminado bien cuando otro científico los interrumpió a tiempo.

 

—La nave está lista para despegar —anunció Sam, lanzándoles una mirada rápida.

 

Torunn agradeció la interrupción en silencio, aprovechando la oportunidad para apartarse de la conversación que no había pedido.

 

Norm alzó la voz mientras se alejaba detrás de ellos.

 

—¡Luego seguimos hablando, Torunn! —dijo entusiasmado—. Tenemos mucho de qué ponernos al día.

 

Torunn no respondió. Se limitó a un leve sentimiento antes de seguir al resto del equipo hacia la nave, cargando con sus pertenencias.

 

Dentro, recorrió el pasillo con la mirada hasta encontrar un asiento libre lo más alejado posible de Norm. Se sentó, ajustó el arnés y fijó la vista al frente, esperando en silencio a que la nave despegara y, finalmente, aterrizara en Pandora.