Chapter Text
Kageyama Tobio fue un caso único en la base aérea Karasuno. Un caso increíblemente contradictorio y complejo.
Suga fue asignado su superior a cargo desde su traslado de la base Seijoh, y hasta el momento sus esfuerzos para ayudar al muchacho a adaptarse habían sido un constante vaivén.
Sabía por experiencia que unirse a las flotas militares no era fácil, mucho menos a una edad tan corta (¡Dieciséis años! A esa edad la única preocupación que tenía era regañarse por golpear a su enamorado por un desliz nervioso), pero en el caso de Kageyama, su edad no era el problema.
El chico dominaba los protocolos de seguridad, sabía cómo actuar en salidas de reconocimiento, protegía a la comunidad y manejaba cualquier arma con una precisión espectacular. Suga presenció cómo Tanaka, en uno de sus tantos juegos para aligerar el ambiente de reunión, retó a Kageyama a disparar un dardo al corcho de una botella a venticinco metros de él.
El grado de puntería de Kageyama podría despulgar a un perro sin hacerle daño y, mientras Suga abría la boca estupefacto igual que el resto de sus compañeros, agradeció que el niño estuviera de su lado en la guerra y no en las líneas de Shiratorizawa.
Pero a pesar de todo su conocimiento y habilidad, Kageyama tenía un pequeño problema.
Socializar.
Le costaba mantener conversaciones fuera de lo militar, no captaba las señales sociales para decir algo amable si no lo creía o dar ánimos a compañeros que han tenido un día duro. Kageyama era letalmente honesto cuando señalaba los errores, por lo que en poco tiempo terminó siendo marginado por el resto de jóvenes de su edad que también se habían enlistado.
Aún contaba con él, Daichi, Tanaka y Nishinoya, pero todos eran adultos con responsabilidades mayores. No podría acompañarlo siempre ni llevarlo a misiones peligrosas por más capacitado que este.
Y para ser honesto a Suga le preocupaba que Kageyama derramara todo su ser en el servicio. A pesar de su tosca manera de interactuar, era un buen muchacho, necesitaba amigos de su edad, gente que lo comprendiera y a su curiosa manera de pensar.
Era un genio, pero así como muchos otros genios, estaba solo.
Y Suga no quería verlo solo.
“¿Seguro que no quieres que llame a uno de los chicos para que te acompañe?” preguntó mientras los dos subían las extensas escaleras del monte hacía las plataformas de los aviadores. Giró la cabeza y observó la vista abierta sobre el pasamanos de madera.
No era la montaña más alta, pero incluso desde ahí se podía ver buena parte del pueblo de Karasuno. Con los caminos de tierra donde pasaban las carretas, los campos verdes con casas vecinas y la ciudad militar aglomerada al centro.
Todo se movía en un ritmo constante de trabajo y relajación pacífica a partes iguales.
“Daichi y Tanaka salen en una misión en una hora. Y Nishinoya se volvió a ir” respondió Kageyama con simpleza. Estaba al tanto del trabajo de los otros y no le molestaba que sus descansos no coincidieran siempre.
Suga hizo una mueca ante lo último.
“Ah, no, no lo sabía. Debí suponerlo” suspiro bajando la mirada y frotándose el brazo con una mueca.
Daichi y él debían hacer algo con eso también. Y pronto, tanto por la paz de Nishinoya como por la suya.
Kageyama no notó su estado de ánimo, sólo se ajustó el saco de cuero a la espalda, se colocó las lentes de aviador y caminó a la plataforma. Era del tamaño de una cancha pequeña, con aviones blancos y grises con las alas plegadas, ordenados todos en fila por números.
Kageyama se dirigió al número nueve y Suga lo intentó una vez más.
“Si quieres, puedo acompañarte” ofreció, esforzándose por sonreír tranquilo. El tema con Nishinoya siempre lo ponía nervioso cada que uno de sus compañeros se iba a volar solo.
Kageyama ya estaba sobre su planeador sujetando los arcos de metal blanco. Miro a Suga a través del reflejo azul de las lentes, apenas viendo el agradecimiento en sus ojos.
"Descuida, sé que Shimizu-san y Takeda-sensei te necesitan para una reunión. Saldre a dar una vuelta y regresare dentro de una hora"
Suga suspiro, cerrando los ojos. Una hora estaba bien, siempre lo era. Y este era Kageyama, el muchacho era incluso más estricto que él con los horarios.
“De acuerdo, pero ve con cuidado ¿Recuerdas las tres reglas?”
Asintió.
"Si notó algo extraño, regresó e informó a la base. Si alguien está en problemas, lo ayudo. Si me topo con cuervos, debo dejarlos y alejarme".
Sugawara extendió el puño y Kageyama le ofreció la mano para recibir las municiones. Abrió los ojos con sorpresa ante la bala de cobre escondida entre los tres dardos sedantes.
A los cadetes de su rango no se les permitían esas municiones, solo sedantes o redes.
"Me tomaré la libertad y agregare una regla más" habló Suga firme, mirando a Kageyama con seriedad "Si ves un Kasu, solo asegúrate de volver a salvo. Eso es lo único que importa".
Kageyama presionó los labios y encajó los dardos en los bolsillos que tenía a la altura del pecho, terriblemente consciente de su peso en el lugar.
“Volveré en una hora” le aseguro.
Suga sonrió de lado.
“Más te vale”
Con un sentimiento, Kageyama pisó el enganche. El aviador rebotó y se elevó unos metros antes de que jugará con los pedales y encendiera el motor. La máquina se alejó con un zumbido suave, dejando una ráfaga de viento tras de sí.
Kageyama despegó los pies y se aferró a las varillas con los brazos, estirándose en línea recta para ayudar a la aerodinámica. Miró sobre el hombro mientras Suga se hacía cada vez más pequeño en la cima de la montaña.
Volvió al frente y giró el planeador, cruzando el centro militar y las torres de vigilancia. Abajo la ciudad parecía una maqueta. Las edificaciones se convirtieron en barrios, luego en casas dispersas, después solo campos verdes. Y más allá el fin del camino.
Kageyama descendió en picada por el acantilado, disfrutando del aire del abismo en el rostro. Giro en espiral para redirigir el rumbo y se aleja.
Miró atrás una vez más. La isla flotante de Karasuno se alejaba, con sus montañas verdes en la cima y raíces de árboles colgando en la base.
Volvió al frente y se dedicó a planear tranquilo, cruzando islas y trozos perdidos de roca flotante.
Respiro hondo y suspiro.
“Una hora” pensó, sintiendo como su cuerpo por fin se relajaba “Una hora y nada más”.
No había nada como la sensación de volar. Simplemente estar ahí, suspendido en el aire mientras la gravedad parecía alterada y casi amable.
A Kageyama le encantaba probar la velocidad de su avión. Estiraba el cuerpo, resistía la presión con sus brazos y se aferraba a los arcos de metal. Solo ellos y un arnés en la cintura lo mantenían unido a la nave evitando que cayera al vacío entre las nubes arremolinadas.
Giró la máquina y pasó entre dos rocas flotantes que se cruzaban en direcciones opuestas. El planeador se inclinó a la derecha, luego a la izquierda, casi rozando una de las piedras con la punta del ala. La velocidad era incluso más emocionante si se combinaba con la precisión del movimiento. Cuanto más difícil era el trayecto, más se divertía al tratar de superarlo. Calculaba rápidamente detrás de sus anteojos la distancia, media aperturas, ajustaba el ángulo de las alas y contaba hacia atrás antes de acelerar y atravesar.
“¡Kaaa!”
Kageyama alzó la vista sorprendida. Una pequeña parvada de cuervos volaba sobre él, tenían el plumaje negro con pequeñas motas amarillas y lucían bastante tranquilos mientras lo miraban.
Eran Cuervos de la Multitud.
Kageyama hizo una mueca, muy consciente de ellos ahora. Se mantuvo quieto, sin movimientos bruscos y ruidos fuertes. Los Cuervos de la Multitud eran de las razas más pequeñas, pero no por eso menos problemáticos. Si se sintieran amenazados no tardarían en multiplicar su número y embestirlo.
Vio una isla de suelos lisos pasar debajo de él y con cuidado giro su planeador para zambullirse y seguir su trayectoria. Era el lugar perfecto para detenerse a descansar. Bajo las piernas cerca del suelo y clavó los pies, deslizándose con facilidad hasta que se detuvo y terminó con el planeador sujeto por encima de la cabeza.
"¡Khaa! ¡Khaa!"
Kageyama se encogió de hombros. Los cuervos se alejaron entre las islas chillando sin mayor interés.
Soltó un suspiro aliviado.
No estaba listo para enfrentarse a ellos, muchos de sus ex-compañeros en Seijoh decían que con solo ver su cara los cuervos se irritaban. Al parecer su rostro parecía una amenaza para aves y humanos por igual.
“¿Quizás debería llevar semillas en los bolsillos? A Sugawara-san parece funcionarle bien” pensó distraídamente mientras ladeaba la cabeza.
Se imaginó temblando con alpiste en la mano para un cuervo enfurecido y negó fuertemente con la cabeza. Ese truco no ha funcionado ni con los gatos de la cuadra, dudaba que un cuervo lo quisiera incluso si lo alimentaba.
Depositó su planeador en el suelo y observó el entorno mientras se quitaba las gafas. La isla era pequeña, apenas cumplía con los requisitos para no ser considerada solo una roca flotante (terreno liso, algo de vegetación y espacio suficiente para una docena de casas, según las clases de historia de Shimizu-san).
Una pradera de pasto verde se mecía con el viento y un pequeño bosque en forma de media luna cubría parte de la superficie. Si afinaba el oído podía escuchar incluso el grito de los cuervos anidando en los acantilados inferiores. Todo lucia tranquilo y pacífico, sin evidencia de intervención humana.
Fue por eso que la sensación de ser observado lo puso en alerta.
Se giró hacía el bosque y lo escaneo con la mirada. La sensación la conocía demasiado bien para ignorarla: ojos fijos en él mientras lo estudiaban. Había tenido suficiente de eso en su vida y ahora le cosquilleaba en la piel de los brazos como un sexto sentido.
Llevó la mano tras la espalda y aflojó la correa de la bolsa para deslizar un pequeño cañón al interior de su manga. El bosque estaba en silencio, salvo por el viento y el ulular lejano de un ave. Escaneo con los ojos atentos la sombra de los árboles, se movieron a la derecha, luego a la izquierda, contuvo la respiración.
Y entonces lo vio.
Algo sobresalía detrás de una roca gigante y un tronco caído, a simple vista parecía una flor rojiza, pero su textura irregular y el leve movimiento lo delataban: era un mechón de cabello. Un mechón que se agitó con violencia cuando su dueño miró sobre el hombro para verlo.
Unos ojos brillaron desde la sombra al toparse con los suyos, abiertos de par en par.
Kageyama se quedó inmóvil mientras le sostenía la mirada, sintiendo sus músculos tensarse. El libro de reglas pasó a toda velocidad detrás de sus ojos abiertos.
¿Qué debía hacer ahora? ¿Acercarse? ¿Alejarse? ¿Le disparaba? Pero si se trata solo de un civil, no puede disparar si aún no ha hecho nada ¿Quién es de todos modos? ¿Es de Shiratorizawa o alguien que necesita ayuda?
No tuvo tiempo de decidir, un cuervo graznó sobre su cabeza y los asusto a ambos. Pareció sacar al extraño de su sorpresa, porque con una sacudida se echó a correr hacia el bosque. Los pies de Kageyama se movieron más rápido que su razón.
“¡Oye, espera!”
Se adentro al bosque apoyando una mano en la roca y saltando por encima. Se abrió paso por la maleza siguiendo el ruido de ramas rotas sin detenerse. No sabía quién era ni qué haría al alcanzarlo, pero lo que sí sabía era que no podía dejarlo escapar.
“¡Whua!”
Kageyama abrió los ojos cuando el extraño gritó a metros de él. Aceleró el paso hasta que finalmente salió del bosque y luego…
Luego el suelo desapareció bajo sus pies.
“¡Espera!”
El aire se le atascó en los pulmones y el corazón se le detuvo cuando cayó por el borde del acantilado. La tierra de la isla se había acabado justo en la orilla de los árboles y ahora estaba en caída libre hacia el vacío.
Antes de cerrar los ojos, alcanzó a ver una figura humana y difusa sobre una roca flotante cercana.
El viento azotó su rostro mientras daba vueltas en el aire en caída libre. El estómago se le encogió, el corazón latía desesperado y… y…
“¡Te tengo!”
Lo atraparon. Alguien lo sujetó incómodamente por debajo del brazo, apretándolo contra un torso pequeño. Lo elevaron en el aire como si fuera un muñeco con las piernas balanceándose y Kageyama se aferró con fuerza, sin ver donde envolvió los brazos pero sin importarle.
No supo cómo sucedió, pero apenas tocó tierra se soltó y se aferro a ella. Recupero el aliento y agarro al pasto como si fuera a perderlo otra vez.
Exhalo he inhalo un par de veces y sus ojos se desviaron a sus manos cerradas. De entre sus dedos se asomaron trozos diminutos de plumas negras.
“Shhh, maldición”
Kageyama giró la cabeza detrás de él y abrió los ojos. Un chico de cabello naranja brillante tenía los ojos cerrados con fuerza, siseando de dolor mientras se encorvaba.
Y detrás de él, sus grandes alas negras se crisparon de forma incómoda.
“¡¿Tenías que agarrarme de las plumas?!” le gritó el chico con los ojos encendidos, brillando a causa de pequeñas lágrimas.
Kageyama no respondió. No tenía palabras para lo que tenía delante ni para el creciente temor que se instalaba en su estómago.
Era un Kasu.
El chico ladeó la cabeza y lo miró confundido.
“¿Hola? ¿Estás bien?” el Kasu se inclinó adelante, estirando su mano para tocarlo.
Fue entonces que Kageyama reaccionó palpando su bolsillo con desesperación.
“¡Aléjate!”
“¡Khua-!
Uno de los cartuchos vacíos le dio en la frente con un golpe y lo aturdió. Kageyama se puso de pie a tropezones y corrió de vuelta al bosque. Por alguna razón, ni siquiera pensó en recargar el cañón y disparar, solo quería salir de esta isla.
