Chapter Text
Will se encontraba arrodillado sobre el cemento, justo en medio del caos. El crujido de las llamas hacía eco en sus orejas; chasquidos que lo rodeaban como evidencia de la masacre sucedida hace tan solo segundos, masacre en la que personas lucharon por sobrevivir y que, a pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas, dieron su último aliento entre garras filosas y golpes.
Fue una batalla unilateral; los soldados nunca tuvieron una oportunidad contra él, contra Vecna. Y como consecuencia, ahora hay sangre por todos lados, un líquido carmesí que fluye de forma infinita y refleja el mismo color que las grietas nuevamente abiertas en el suelo. Son tantas personas muertas, tantos soldados que pelearon por una causa que Will está seguro de que no sabían con claridad cuál era ni a qué se enfrentaban realmente. Son tantas vidas que pudo haber salvado si tan solo él lo hubiera actuado antes.
❝— ¿Sabes por qué los elegí? ¿Por qué los elegí para rehacer el mundo? Es porque ellos son débiles, fáciles de romper, fáciles de moldear, de controlar. El recipiente perfecto.❞
Las palabras de Vecna ardieron tanto en el pecho de Will como en la mente, y junto a ellas, las imágenes de los cuerpos de los niños siendo arrastrados por el suelo hacia el otro lado. Y esas imágenes le duelen a Will porque sus rostros, aun estando inconscientes, reflejaban su miedo con expresiones rígidas y gritos de ayuda atrapados en el silencio. Es una huella profunda, una evidencia de la promesa rota de poder protegerlos.
—¡Will! —De pronto, un toque posado con firmeza en su hombro es lo que saca a Will de su trance y sentido de fracaso. Alzó su cabeza con lentitud y fue ahí cuando vio a quién le pertenecía la mano que había sobre él.
—Oh, bebé.
—Mamá.
Es una mezcla de sentimientos, lo que hace que Will ni siquiera intente evitar desplomarse en la seguridad de los brazos de su madre cuando ella lo sostuvo, levantándolo de su posición en el suelo. Es aliviador rodearse del calor de su mamá y sentirla, una muestra de que ella sigue con él y que no ha sido una vida más que Vecna arrebató esta noche.
El abrazo se terminó después de unos segundos, ambos alejándose solamente lo necesario para verse al rostro. Joyce lo observó con detenimiento, paseando su mirada en cada facción de Will con cejas fruncidas y ojos inquietos, pero aliviados.
—Oh, bebé. No entiendo, ¿cómo es que…?
¿“ Cómo”?
Oh.
Will logró entender la razón del desconcierto en los ojos de su madre y cómo su rostro se asemejaba a años atrás, con esa intención de querer encerrarlo en una caja de cristal al no tener explicaciones sobre algo que la preocupa . Will le quiso explicar, pero las palabras quedaban cortas para la montaña de emociones y autodescubrimiento que hubo dentro del propio Will.
Una cosa es descubrirse a sí mismo, luchar contra el miedo a quién es en realidad. Y otra completamente diferente es decirlo en voz alta, decirlo a alguien que forma todo tu mundo y que con una sola palabra puede destrozarlo.
Will aún no estaba listo para ese momento.
Sin embargo, la oportunidad de siquiera decir una palabra se desvaneció cuando otra voz se sumó a la conversación, rápida y con un tono tembloroso.
—Porque es un hechicero. Un hechicero de la vida real.
Y entonces, en un parpadeo, lo vio y lo sintió alrededor suyo.
No en un recuerdo, no en una alucinación o un sueño, como solía pasar en ocasiones. Fue real.
Mike.
Mike, quien lo rodeó en un abrazo completo, un abrazo de verdad y no uno donde hay sonrisas tensas y un aire de incomodidad. En este abrazo, sus pechos colisionaron entre ellos, sus manos se aferraron al otro, sus respiraciones se encontraron y la boca de Mike dejó escapar pequeños soplos de aire contra el cuello de Will a causa de su agitación.
Igual que con su mamá, para Will es un consuelo no solo tener evidencia física de que Mike está bien, sino que puede corroborarlo tocándolo, sintiéndolo por todas partes.
—Mike.
—Lo hiciste, lo hiciste de verdad. Sabía que podías —dijo Mike con una alegría y orgullo en su voz tan palpables que se disparó un fuerte latido en el corazón de Will, para después romper el abrazo, pero mantener el contacto visual entre ellos. Y a Will le alegró porque, aunque sabía que era avaricioso de su parte, necesitaba esa conexión.
La necesitaba para hacer frente a la voz de Vecna que aún resonaba en su memoria; Will no se creía capaz de soportar el peso de la derrota de esta noche y de lo que habían perdido en esta batalla. Más que nada, a quienes habían perdido y lo que Vecna les haría, lo que planeaba para ellos. Entonces, el alivio y la felicidad dieron paso a la desesperación y la angustia.
—Los niños, Vecna tiene a los niños —les hizo saber Will a ambos, porque lo ha visto y necesita decirles en voz alta, aun si le duele.
—Lo sé, Will, lo sé. Tiene a Derek, Mary y Glenn —confirmó Mike, observándolo con un sentimiento de frustración compartido.
Will solo pudo negar, porque aun si era verdad lo que había dicho Mike, la situación era aun peor de lo que ellos y su mamá creían. En el fondo, Will no deseaba aplastar sus espíritus más de lo que ya estaban; sin embargo, era importante que entendieran la imagen completa de lo que significaba su plan fallido.
—No, no son solo ellos —Will corrigió, devolviendo la mirada hacia los ojos azabaches que aún le observaban, tomando en ellos valor para las noticias que iba a decirles—. Tiene a los otros también; no lograron escapar de Hawkins.
Las expresiones de Mike y su mamá cambiaron con rapidez, destrozadas en el momento en que procesaron la información sobre los niños. Los ojos de Joyce brillaron con la luz del fuego que aún los rodeaba, pero Will logró distinguir con facilidad las lágrimas que empezaron a acumularse y la manera en que su labio inferior tembló, un obvio esfuerzo por contenerse. Por otro lado, la mirada de Mike abandonó la de Will y a él se le revolvió el estómago, extrañando ese contacto no físico entre ellos.
—Mamá, podría haberlos ayudado a pelear si hubiera actuado antes —Will señaló entre respiraciones cortas y con la imagen de su mamá borrosa por lágrimas no derramadas—. Pero llegué tarde y ahora él los tiene a todos; tiene a los doce. Les fallé, mamá —repitió lo último entre susurros y un llanto ahogado.
—Oh, mi cielo, por favor, no pienses eso. —Joyce negó con velocidad, tomando la mejilla de Will en un toque suave y delicado que hizo que él no pudiera soportar la necesidad de inclinarse hacia ella—. No es tu culpa; hiciste lo mejor de ti en el momento en que pudiste —consoló con una voz tan dulce, tan suave, pero, sobre todo, segura y firme.
Como si fuera una verdad inquebrantable.
Una verdad a la que Will quería aferrarse, aun si la voz dentro de su cabeza le decía todo lo contrario.
De pronto, rompiendo el silencio entre las chispas de fuego, un ritmo potente junto a un zumbido cortó por el aire y tres luces blancas empezaron a iluminar los alrededores del Mac-Z, acercándose en la lejanía. Lo que era, claramente, muy malas noticias para ellos.
—Debemos irnos rápido —dijo Mike con urgencia, altercando su mirada entre los Byers y los helicópteros militares en el cielo—. Erica seguro ya estará en la tienda.
Los tres no perdieron el tiempo, moviéndose hacia el Radio Shack donde está la entrada de los túneles. Fue un poco difícil al inicio cuando Joyce tropezó debido al dolor en su cadera, consecuencia del golpe telepático que la mandó a volar y a caer al piso con dureza. Sin embargo, Will y Mike se apresuraron hacia sus costados, pasaron cada uno un brazo de Joyce por su propio hombro y lograron caminar rápido hacia la tienda, para después entrar con cuidado.
Cumpliéndose lo que dijo Mike, la voz de Erica fue la primera cosa que les dio la bienvenida. Baja, casi en un susurro, pero con un tono que dejó en claro su impresión ante lo que había sucedido allá afuera.
—Mierda, en verdad eres un hechicero, ¿huh? —Sonó como una pregunta al final; sin embargo, la ligera curva en sus labios y el brillo que había en sus ojos al mirar a Will la hacían una más del club de personas asombradas por sus nuevas habilidades.
—¡Lo sé! Fue increíble, ¿verdad? —secundó Mike, sonrió hacia Erica y compartió una mirada de complicidad. Will se preguntó si acaso la emoción se debía a tener a alguien que pensaba como él.
Lindo.
—Chicos, debemos apresurarnos; no sabemos cómo están Lucas y el resto —interrumpió Joyce, claramente percibiendo la posible charla explicativa de conceptos de ciencia ficción y fantasía.
El momento en que el nombre de Lucas salió de los labios de su madre, la visión de su amigo luchando con el Demogorgon y recibiendo una herida en el pecho llegó a la mente de Will. El sentimiento de culpabilidad recorrió su cuerpo al haberlo olvidado.
—Lucas está herido; intentó defender a los niños y el Demogorgon lo hirió —informó con miedo. La visión compartida con el monstruo no había sido tan clara como para asegurar la gravedad de la lesión—. Debemos ir rápido.
Erica cambió su semblante al escuchar las noticias sobre Lucas, todo rastro de asombro reemplazado por angustia. Will sintió una mezcla de simpatía y ternura al ser testigo de que, al final, detrás de todos esos comentarios sarcásticos e ingeniosos con toque mordaz, el cariño que se tenían los hermanos Sinclair era bilateral.
Poco después, los cuatro se aventuraron en los túneles, siendo guiados por Erica en la delantera, Will y Mike atrás de ella, aún ayudando a Joyce entre los caminos desiguales de tierra. Erica tenía en sus manos la linterna, iluminando cada rincón y recorriendo con una mirada aguda en busca de cualquier señal de Lucas. Fueron unos pocos minutos los que deambularon cuando una figura borrosa alcanzó la luz de la linterna a unos cuantos pasos delante de ellos. Y Will supo inmediatamente de quién se trataba al instante.
Gritó su nombre al mismo tiempo que Mike, preocupados:
—¡Lucas!
—¡¿Lucas?!
Erica corrió para alcanzar a Lucas antes, quien cambió de posición y se tendió en el suelo, con la espalda apoyada en la pared del túnel, lo que les permitió a todos ver con mayor claridad su estado. Su chamarra del equipo de básquet estaba bajo su cuerpo; la camisa blanca de algodón estaba sucia de tierra, con una rasgadura a la altura del pecho y, lo más preocupante para todos, una mancha carmín que crecía lentamente.
—Hola, chicos —saludó Lucas en voz baja, casi con aire tranquilo. Sin embargo, el tono tembloroso evidenció el dolor que debía estar soportando.
—Es solo un rasguño; deja de estar quejándote, Erica —baluceó Lucas entre respiraciones cortas, palpando con su mano derecha alrededor de su herida.
—Dejaré de hacerlo cuando tú dejes de comportarte como un idiota y sepas aprender a cuidarte.
—Chicos, no es momento para una pelea —se interpuso Joyce entre los hermanos, aún sostenida por Will, y observó con preocupación la mancha creciente en el pecho de Lucas. Giró hacia su derecha—. Mike, saca las gasas y las vendas.
Mike obedeció en tiempo récord, apartándose de Joyce y arrodillándose frente a Lucas para después tomar la mochila que estaba en su espalda y buscar todo el material que pudiera ser necesario para tratar a su amigo.
—Muy bien, ¿podrías mostrarnos la herida, Lucas? —pidió Joyce en voz suave y calmada, no queriendo agitar aún más al otro.
—Sí, claro —Lucas aceptó el pedido e intentó con su mano derecha levantar toda su camisa hasta donde le era posible, mas era difícil. Erica, observadora como siempre, lo notó y en un gesto silencioso le ayudó, quedando el borde de su camisa hasta su cuello.
La herida no se veía muy profunda, lo que era bueno; sin embargo, prometía una larga y fuerte sesión de dolor al momento de curarla. Había dos cortadas en total, una más larga que la otra, pero ambas contaban con el mismo color rojizo y la sangre salía incesantemente.
Los cuatro presentes chistaron al mismo tiempo, dejando en claro su angustia y empatía ante los cortes.
—Santa mierda, Lucas —masculló Erica con la mirada fija en la lesión y frente arrugada en disgusto, para después tomar unas gasas y hacer presión en la herida con rudeza.
Lucas dejó salir una queja por el trato. Una queja que, claramente, a Erica no le importó y siguió curando bajo las instrucciones de Joyce.
—No es tan terrible como parece —balbuceó Will en un intento de aligerar el ambiente, con una sonrisa torcida para después acercarse hacia los tres en el suelo junto a su mamá.
—Sí, estarás bien y tendrás cicatrices muy rudas —apoyó Mike, compartiendo una mirada fugaz con Will y una sonrisa cómplice.
—Perdón, no pude proteger a los niños —se disculpó Lucas en una voz ahogada, sintiéndose culpable y frustrado por haber fallado en su misión.
Will empatizó con él; sin embargo, había sido testigo del esfuerzo y sacrificio que había hecho Lucas para proteger a los niños. Lucas los defendió, determinado, saltando al peligro sin dudar e interponiéndose entre los niños y el Demogorgon. Los cortes que manchaban su sangre eran una evidencia de su valentía y dedicación.
—Lucas, hiciste todo lo que pudiste. Luchaste, arriesgaste tu vida por ellos —refutó Will, observándolo desde arriba con orgullo y admiración—. Buen golpe, por cierto —halagó, recordando el dolor ajeno que sintió el Demogorgon cuando Lucas lo impactó con el fierro de metal.
Lucas levantó la cabeza, confundido por ese pedazo de información que sabía Will. Sin embargo, logró recordar con rapidez la habilidad de Will de conectarse con la colmena.
—¿Lo viste?
Will asintió con una sonrisa.
—De hecho, Will hizo más que ver —indicó Mike, intercalando su mirada entre Lucas y Will con una sonrisa tan grande que Will no pudo hacer más que sentirse avergonzado.
—Espera, ¿qué…? ¡Agh!
—No te dolería si dejaras de moverte por un segundo, cabeza hueca —Erica le reprendió con fastidio y manos ágiles, dando los últimos toques a la herida con un vendaje improvisado—. Bien, ya acabé.
—Debemos movernos; podemos estar seguros ahora, pero si los militares descubren el túnel del baño, ya no lo estaremos —ordenó Joyce después de dar un asentimiento de aprobación al vendaje de Erica—. Vayámonos.
Will, Mike, Erica y Lucas concordaron con las palabras de Joyce: la posibilidad de que los soldados encontraran la entrada del túnel en el cuartel era grande, y no podían arriesgarse a la posibilidad de que no entraran por ahí para investigar.
Después del acuerdo silencioso en el que Erica sería el apoyo de Lucas para caminar y que Mike volviera al costado de Joyce, actuando como su soporte nuevamente, todos continuaron en silencio con la marcha hacia el Squawk. Lucas y Erica iluminaban al frente con paso firme, y Will y Mike con Joyce atrás daban miradas ocasionales hacia sus espaldas, asegurándose de que nadie los estuviera siguiendo.
Lucas logró aguantar su curiosidad por cinco minutos, hasta que ya no pudo y le preguntó a Mike:
—Entonces, ¿a qué te referías con que Will hizo más que observar cómo me pateaban el trasero?
-.-.-
Gracias al buen ritmo que llevaban, el camino hacia la salida de los túneles estaba cerca; faltaban unos pocos metros para llegar. En ese lapso de tiempo, Mike fue el encargado de hacerle saber a Lucas todo lo que sucedió en el Mac-Z, desde el momento en que los soldados los atraparon hasta la aparición de Vecna y la forma en que creyó que sería víctima de un Demogorgon, para ser salvado por Will en los últimos segundos. Todo fue acompañado por un tono eufórico y detalles dramáticos.
—Déjame ver si entendí bien —habló Lucas, dando pequeños tropiezos hacia Erica por el esfuerzo.
—Ajá.
—¿Que los Demos flotaran, que se quebraran sus extremidades y murieran, fue todo gracias a Will?
—Bueno… Sí. —balbuceó Will en confirmación desde atrás, sintiéndose nervioso por tener nuevamente la atención en él.
—¿En serio?
Erica dejó salir un resoplido lleno de cansancio y rodó los ojos para después sacudir a Lucas, exasperada con la lentitud de su hermano:
—Por Dios, ¿acaso debemos explicarte con dibujos y una canción para que tu pequeño cerebro lo entienda? Tu amigo tiene poderes, sí.
Lucas decidió ignorarla, dando prioridad a la emoción que a la actitud de Erica y a los movimientos bruscos en su cuerpo. Porque para Lucas, el despertar de los poderes de Will no solo era algo para asombrarse, sino también para agradecer, pues significaba un giro en el tablero a su favor. Significaba una esperanza.
—Entienden lo que esto es para nosotros, ¿no? —sonrió Lucas, dando una mirada fugaz hacia Will—. Eres como un mago, pero de verdad.
—Pues, no tanto así…
—Es más un hechicero que un mago —interrumpió Mike de repente y con un tono rígido que provocó que Will y Joyce saltaran de la sorpresa.
Lucas arrugó la frente, desconcertado por la seriedad de su amigo. En el instante en que cortó la conversación y usó ese tono tan ofendido, Lucas habría pensado que había roto el tablero de D&D de su amigo, en lugar de haberse equivocado con una etiqueta de fantasía.
—Sí, claro. Pero entienden a lo que me refiero, ¿no? Esto cambia todo; ¡es como tener una segunda Ce!
Wil decidió interrumpir, sintiéndose inseguro con la imagen idealizada que estaba formándose en la cabeza de Lucas. Tuvo la necesidad de corregir.
—Excepto que no soy como Ce. No tengo poderes en sí, solo canalizo los de Vecna. Y para hacer eso tengo que estar cerca de la mente colmena. Y Vecna no regresará.
—Pero sus Demos sí, ¿no? —preguntó Erica con una ceja alzada.
—No lo creo. Ya tiene a todos los niños; ya tiene a sus «recipientes». —dijo Will, perdiéndose en el suelo rocoso y desigual.
Todos pararon, pestañeando lentamente hacia él con mirada ansiosa.
—Espera, ¿«recipientes»? —preguntó Mike, siendo el primero en atreverse a romper la tensión.
Will asintió distraído, recordando las palabras guturales de Vecna y buscando el verdadero significado tras ellas. Sabía que se trataba del plan que construía Vecna; los niños eran una pieza importante. ¿Pero qué quería hacer con ellos exactamente como recipientes?
Will dejó salir un suspiro tembloroso antes de contestar:
—Así es como los llamó cuando me habló en el Mac-Z. Dijo que eran «el recipiente para rehacer el mundo».
Lucas y Mike se vieron el uno al otro con un rostro cauteloso e inquieto, hablando sin palabras sobre algo que Will notó, claramente, solo sabían entre ellos.
—Lucas, jamás deseé tanto que una de tus teorías estuviera mal —Mike fue el primero en hablar.
—¿Qué teoría? — Joyce preguntó, observando a los dos.
Lucas se quedó callado un momento, con los hombros tensos y una expresión desoladora. Aquella postura y silencio repentino encendieron alarmas en las mentes de los demás, quienes reconocieron las clásicas señales de una mala noticia.
—Noviembre seis. —Fue lo que dijo Lucas, alzando su cabeza para ver a todos—. El día en que empezó todo es el día en el que todo termina.
Los cinco compartieron una mirada, temerosos ante la lógica que había detrás de la teoría de Lucas. Porque, por más que quisieran negarlo, el hecho de que la reciente actividad con el Upside Down y la aparición de Vecna junto a sus planes estén tan cercanos al aniversario donde la vida de todos cambió, no se sentía una coincidencia.
Todos habían pasado por demasiadas cosas, demasiadas situaciones en sus vidas que les abrían una perspectiva nueva donde no podían darse el lujo de pensar en simples casualidades.
Y eso era lo que les daba miedo en el fondo. Porque esa perspectiva hacía más real la posibilidad de que se les acabara el tiempo antes de que el mundo, literalmente, terminara.
—Sí, no me gusta tu teoría de mierda. —la expresión de Erica se quedó entre una mueca preocupada y amarga.
Nadie se atrevió a decir algo más, siendo que no encontraban palabras. El grupo se quedó en silencio, cada uno siendo víctima de su propio miedo ante la idea de lo que podría pasar en el futuro.
El último tramo hacia la salida fue una tortura, alternando entre los minutos más largos de sus vidas y los minutos más cortos al mismo tiempo. Cuando llegaron por fin al inicio de las escaleras, Erica se alejó de Lucas para adelantarse y abrir la cubierta de madera, dejando el camino libre a Mike, quien subió para ayudar a Lucas desde arriba.
—Bien, Lucas, con calma —murmuró Mike con tono suave, tirando del antebrazo de su amigo con extremo cuidado—. Te tengo, amigo.
Cuando Lucas subió el último escalón, Will se preparó para ser el siguiente. Sin embargo, justo cuando se sujetó de un costado, sintió la mano de su mamá detenerlo.
—Cariño, quédate aquí un momento, por favor.
—¿Qué sucede, mamá? —Will bajó de su posición, quedando frente a frente con su mamá.
—No es nada malo —se apresuró a aclarar Joyce—. Es solo que me preguntaba si hay alguna manera de acceder a la mente colmena y disponer de tus poderes de nuevo.
—Mamá, no puedo hacer eso a menos que…
—A menos que la mente colmena esté cerca, lo sé —reconoció Joyce, con la boca torcida hacia abajo en una expresión descontenta. No obstante, una luz de determinación brilló en sus ojos antes de continuar—. Pero aún no sabemos exactamente cómo funcionan tus poderes y ninguno pensó que fuera siquiera posible lo que sucedió esta noche.
Will la miró, inseguro por el trayecto en el que estaba yendo la idea de su mamá.
—Lo que trato de decir es: ¿y si esta vez no usas tus poderes contra su ejército, sino que los usas contra él, contra Vecna? —propuso de forma directa y con la mirada fija en Will.
Y, bien.
Okey: sí
Para Will, aun con la confusión por la repentina idea de su madre, encontró que esta tenía cierto grado de sentido. Técnicamente, su poder estaba ligado a Vecna, lo que le permitió desde un inicio reconocer a Derek como su siguiente víctima. Porque veía a través de él.
Sin embargo, por bien que sonara, parecía algo demasiado bueno para ser verdad. Todos ellos estaban jugando en un tablero de ajedrez donde cada movimiento debía ser calculado. Usar esa conexión contra el rey era algo completamente diferente a hacer un movimiento contra un peón. Se necesitaba fuerza, energía y poder.
—No lo sé, mamá; yo no soy como Ce. No soy tan fuerte, estas habilidades ni siquiera me pertenecen.
—Will…
—Mamá, no creo poder —dijo Will, arrastrando las palabras, dudoso—. Esta noche ni siquiera pude ayudar a los niños. ¿Qué pasa si lo intento y sale mal? ¿Qué pasa si de alguna manera ustedes terminan lastimados porque no fui lo suficientemente fuerte? —preguntó atemorizado. Aquel escenario era el peor que Will podía imaginarse.
Perder a los que ama. Fallarle a alguien más.
Will no estaba seguro de poder soportarlo.
De pronto, Joyce se abalanzó hacia Will como pudo y se sostuvo entre sus brazos, quedando suspendida por poco a causa de la diferencia de alturas. El ligero temblor en sus piernas le dio una señal a Will por el esfuerzo y él mismo se encorvó preocupado por su mamá, aunque a ella parecía importarle.
—Cariño, necesito que me escuches —la voz de Joyce sonó suave, como una petición. Sin embargo, Will reconoció la orden escondiéndose detrás de las palabras.
Asintió.
—Sé lo que te está diciendo tu mente, cómo debes sentirte después de lo que ha sucedido con los niños y el miedo que te da porque, según tú, fallaste. —Joyce acarició la espalda de Will con su mano y mostró una leve sonrisa, aun si su hijo no podía verla—. Pero déjame decirte algo: esta noche, lo que hiciste fue algo extraordinario; te armaste de valor y salvaste vidas. Salvaste a Lucas, salvaste a Mike y me salvaste a mí, porque yo era la siguiente.
Wil cerró los ojos, devastado con solo reconocer que pudo haber sido posible. Que su madre se habría unido a ser uno de los cuerpos sin vida en el Mac-Z.
—Vecna te subestimó; todos te subestimamos. Yo también lo hice; lo sé y lo siento tanto, cariño.
Luchando contra la fuerza en los brazos de Will, Joyce logró romper el abrazo para poner la suficiente distancia y verse entre sí.
—Te encerré tanto en una burbuja porque creí que de esa manera te protegía, cuando solo logré apartarte y hacerte sentir inseguro de ti mismo. Tanto que, al final, también te subestimabas.
A Will se le cerró la respiración y parpadeó en un intento de frenar las futuras lágrimas. Algo que al final no pudo hacer cuando las manos de su mamá buscaron sus mejillas y sostuvieron su rostro con delicadeza.
Joyce siguió hablando, concentrada en su hijo y compartiendo la misma mirada llorosa que él.
—Ese es un error que jamás deberás cometer de nuevo; ninguno lo haremos. —prometió con firmeza y lo mejor de todo es que Will le creyó sin dudar. —. Pero estoy segura de que Vecna sí lo cometerá. Y, cuando lo haga, será el último error que ese hijo de puta haga.
Will sonrió entre hipidos, divertido e impresionado por la ferocidad en las palabras de su mamá. Pronto, el momento se convirtió en una burbuja de confort.
O eso fue hasta que un grito alcanzó hasta debajo del suelo, donde ellos estaban.
—¡Santa mierda! ¡¿Lucas?!
—¿Eso es una marca de garra o un mordisco? Porque si es un mordisco, niño, felicidades: eres oficialmente el paciente cero de la rabia del Upside Down.
Las voces de Robin y Murray rasgaron el aire, interrumpiendo el momento y obligando a Will y Joyce a subir de inmediato. Cuando terminaron de subir, se toparon con Robin y Murray permaneciendo inmóviles, observando con horror la gravedad de las heridas de Lucas.
—Bueno, esa cantidad de sangre no es nada alentadora —exclamó Murray, gesticulando con frenesí mientras señalaba a Lucas—. Dime que no es una mordida, porque si esa cosa tenía rabia interdimensional, estamos todos condenados.
Erica arremetió contra Murray de inmediato, con palabras filosas y protectoras, enfrascándose en una discusión a la que todos ignoraron, acostumbrados a sus peleas verbales. Por otro lado, al verlos llegar, Robin cambió su atención y corrió hacia Will, envolviéndolo en un abrazo tan apretado que casi le quita el aliento.
—¡Gracias a Dios están bien! —balbuceó ella, hablando a una velocidad sobrenatural—. Estábamos ahí listos con los niños en el camión, y entonces un Demogorgon apareció y nos persiguió todo el camino hasta que de la nada se detuvo, así que creí que lo íbamos a lograr pero…
—Robin, para. Tranquila —la interrumpió Will. Su voz era apenas por el aire que perdía con cada segundo que Robin apretaba el abrazo—. Sé lo que pasó.
Robin se quedó callada, rompiendo el contacto entre ellos para poder verse entre sí. La confusión era palpable; sin embargo, fue Joyce quien tomó las riendas de la situación, poniendo una mano firme sobre el hombro de Robin cuando detectó que iba a activarse de nuevo su verborrea.
—Aquí fuera somos blancos fáciles —sentenció Joyce, mirando hacia la oscuridad del bosque—. Entremos a la estación de radio ahora mismo. Murray, ayuda a Erica con Lucas. Necesitamos luz para curarle bien las heridas y, de paso, les explicaremos todo lo que ocurrió allá afuera.
El grupo se precipitó al interior de la estación de radio, buscando refugio tras las pesadas puertas. Una vez dentro, ayudaron a Lucas a recostarse en el gastado sofá, que crujió bajo su peso. La tensión se sentía en el aire, densa como la estática.
—Erica, busca el botiquín de primeros auxilios, por favor —pidió Joyce con un tono que no admitía réplicas—. Tenemos que limpiar esa herida antes de que empeore.
Mientras la pequeña Sinclair se alejó a toda prisa entre los estantes, Murray se cruzó de brazos, observando al grupo con su habitual escepticismo paranoico.
—Muy bien, ya estamos a salvo del aire libre y de las miradas indiscretas —soltó Murray, lanzando una mirada inquisitiva a los jóvenes—. ¿Alguien va a dignarse a hablar o vamos a seguir fingiendo que lo de afuera fue un simple malentendido? Necesito detalles y los necesito antes de que mi úlcera decida explotar.
El silencio volvió a reinar por un segundo hasta que Mike aclaró su garganta. Su rostro, antes lleno de duda, ahora reflejaba una determinación absoluta.
—Fue Will —dijo Mike, con la voz firme y clara—. Él fue quien nos salvó esta noche. Sin él, no estaríamos aquí. Y gracias a lo que hizo, finalmente tenemos algo que no teníamos antes: una ventaja real contra Vecna.
Will, que se había mantenido en la sombra, encogido sobre sí mismo, levantó la mirada con sorpresa. Su rostro estaba pálido y sus dedos juguetearon nerviosamente con el borde de su suéter, avergonzado.
—Espera, ¿qué? —preguntó Robin, sintiéndose perdida aunque la explicación no era muy compleja.
En ese momento, Erica apareció entre las sombras de los estantes cargando el botiquín metálico. Sin decir una palabra, aunque con la mandíbula apretada por la tensión, se lo entregó a Joyce. Esta se arrodilló de inmediato frente a Lucas; con manos expertas pero temblorosas, comenzó a limpiar las vendas ya manchadas de sangre que tenía en el pecho.
—Todo sucedió tan rápido —comenzó Joyce, con la voz entrecortada mientras el olor a antiséptico llenaba el aire—. Los Demogorgons surgieron de la nada… Fue una emboscada completa. Se llevaron a los niños antes de que alguien pudiera reaccionar.
Hizo una pausa para presionar la herida de Lucas, quien soltó un quejido ahogado. Joyce tomó aire y continuó, con la mirada perdida en el horror de sus recuerdos:
—Entonces apareció él. Vecna. Los soldados no tuvieron ninguna oportunidad; los eliminó como si no fueran nada. Pero cuando parecía que todo estaba perdido, cuando nos lanzó a esas bestias para que acabaran con nosotros, algo cambió.
Joyce levantó la vista hacia Will, con orgullo en los ojos.
—Will no solo pudo ver a través de ellos. No sé cómo explicarlo, pero logró… doblegarlos. Tomó el control de esas criaturas y las destruyó.
Un silencio pesado cayó sobre la estación de radio, roto únicamente por el siseo de la estática de los equipos. Por supuesto que era algo difícil de procesar; Will había pasado años como un detector del Upside Down; lo único que podía hacer era descubrir cuándo había cerca algo relacionado con el Desollamentes y, después, los Demogorgons.
¿Pero ahora podía controlarlos y destruirlos?
Sí.
Will no los culpaba por la incredibilidad en sus rostros.
Joyce terminó de ajustar el nuevo vendaje sobre el pecho de Lucas con un nudo firme. Tras darle una última mirada de advertencia, le aseguró que estaría bien, siempre y cuando no cometiera la imprudencia de hacer algún esfuerzo innecesario. Guardó los suministros en el botiquín con movimientos precisos y, tras ponerse en pie, el aire se volvió expectante.
—Escuchen —sentenció Joyce, mirando a cada uno de los presentes—. Si Will pudo controlarlos a ellos, podemos usar eso. Una vez que esté cerca, Will vuelve a conectarse. Solo que esta vez no va tras un Demogorgon, sino tras Vecna. Lo ataca, acaba con él, acaba con su ejército y se termina esta pesadilla. Eso es todo. ¿Sugerencias?
El silencio que siguió fue sepulcral. Todos miraban a Will como si fuera un extraño que acababa de aterrizar de otro planeta.
—Sí, creo que es un plan fantástico, ¿no? —soltó Robin, con una sonrisa que no terminaba de encajar en su rostro.
—Sí, no. Sí, es un plan fantástico —balbuceó Murray, frotándose la sien mientras trataba de reconciliar su lógica con la realidad—. Es solo que aún sigo procesando el hecho de que, ya sabes…
Robin, sosteniendo el hielo en el corte de su frente e incapaz de contener su curiosidad y el alivio de estar viva, se giró hacia Will.
—Will, ¿mataste a un Demo con la mente?
—Bueno… —comenzó Will, encogiéndose de hombros, buscando las palabras adecuadas para explicar lo inexplicable.
—A tres, de hecho —intervino Mike de inmediato, con una chispa de orgullo en los ojos.
—Al mismo tiempo, en tres lugares diferentes —añadió Lucas desde el sofá, confirmando la hazaña con una seriedad absoluta.
Murray se quedó petrificado por un segundo. Dejó caer los hombros y miró a Will con un respeto genuino, casi desconcertado.
—Niño, me has cerrado la boca.
—Eres un verdadero mago, ¿eh? —exclamó Robin, llenándolo de cumplidos mientras Will agachaba la cabeza, sintiendo cómo el calor de la vergüenza le subía por las mejillas.
—Hechicero, en realidad —corrigió Erica con total naturalidad, cruzándose de brazos—. Sus poderes son…
—Innatos, exactamente. ¡Gracias! —completó Mike, señalando a Erica como si finalmente alguien estuviera hablando con sentido común.
Lucas, viendo la urgencia de la situación de su herida y la guerra que les esperaba, suspiró con desesperación.
—¿Eso importa ahora mismo?
—¡Importa! —exclamaron Mike y Erica al unísono, defendiendo con fervor la clasificación técnica de los poderes de su amigo mientras la tensión de la guerra cedía, aunque fuera por un breve momento, ante el espíritu del juego que los había unido desde el principio.
Joyce se interpuso entre los chicos antes de que la discusión técnica sobre los poderes de Will se saliera de control.
—¿Podemos concentrarnos, por favor? —pidió Joyce, alzando la voz lo suficiente para acallar los murmullos—. Necesitamos recapitular todo lo que ha pasado para organizarnos y hacer un buen plan.
Lucas asintió, aunque el dolor de su herida le hacía difícil mantener el foco.
—Bueno, falta hacer contacto con Ce y los demás que están en el Upside Down —añadió él, con la mirada fija en las sombras que se proyectaban en la pared.
—Exacto —concordó Mike, cruzándose de brazos—. No sabemos lo que está pasando por allá y si han descubierto algo sobre Vecna que pueda ayudar. Podrían tener una pieza que nos falta.
Joyce guardó silencio un segundo, procesando las opciones. Su mente voló hacia la preocupación por los que aún faltaban, especialmente por Jonathan.
—Podría construirse otro aparato, ¿no? —sugirió Joyce esperanzada—. Esa cosa telemétrica que usamos.
—Sin embargo, Dustin es quien construyó ese rastreador. No sabemos cómo funciona —negó Mike con la cabeza, frustrado.
—Aprendí algunas cosas cuando ayudé a Dustin con la camioneta el verano pasado —intervino Will. Su voz sonaba más segura ahora—. Podríamos intentar replicarlo juntos. Pero eso nos llevaría…
—Horas e incluso días —lo interrumpió Erica, implacable como siempre, señalando el reloj en la pared con un gesto seco—. Días que no tenemos, Byers. El mundo se está rompiendo ahí fuera ahora mismo.
—Podríamos atar a Will al techo de la camioneta con cinta aislante —soltó Robin de pronto, con un tono juguetón—. Si conectamos un par de cables de cobre desde la batería hasta sus pies, quizá funcione como una antena humana gigante para contactar con los demás.
—¿Qué? —se quejó Will.
—¡Oye, dijeron que ninguna idea es mala! —se defendió Robin, agitando su mano libre en el aire—. Solo estoy explorando la vía de la ingeniería creativa ante el apocalipsis.
—Yo apoyo la moción de la chica —añadió Murray desde el fondo—. Si el chico muere, al menos habremos mejorado la recepción del canal seis.
—¡Por favor, concéntrense! —interrumpió Joyce, frotándose las sienes con exasperación—. ¿Alguien tiene una idea que no incluya electrocutar a mi hijo? ¿Alguna sugerencia real?
El silencio volvió a reinar en la estación, roto únicamente por el zumbido de la estática de los radios. Pasaron unos segundos eternos hasta que Murray, con una lentitud dramática, levantó la mano. Joyce lo miró con profunda desconfianza, pero tras un suspiro de resignación, le dio el turno de palabra.
—Tengo una idea excelente —sentenció él, poniéndose en pie con aire solemne—. Una que cambiará el rumbo de esta operación. ¿Quién tiene hambre?
Joyce se quedó petrificada, mirándolo con una mezcla de furia e incredulidad.
—Murray, es literalmente el fin del mundo —siseó Joyce entre dientes.
—Y por eso mismo necesitamos comer —replicó Murray con calma quirúrgica, mientras se dirigía a la parte trasera—. La mente es una máquina, Joyce, y las máquinas no funcionan sin combustible. No vas a salvar el mundo con un bajón de azúcar; la mente trabaja mejor con nutrientes.
Joyce abrió la boca para protestar, pero su propio estómago la traicionó con un rugido inoportuno. Miró a los niños, pálidos y exhaustos, y finalmente bajó los hombros en señal de derrota.
—Está bien —cedió—. Comamos algo. Rápido.
El grupo se amontonó en la pequeña cocina de la estación. En cuestión de segundos, las encimeras se llenaron de un festín improvisado: cajas de galletas rancias, pan de molde, bolsas de palomitas, jugos de cartón y papas fritas. Era una cena extraña para el final de los tiempos, pero mientras el crujido de las bolsas llenaba la habitación, la tensión pareció ceder, aunque solo fuera por un instante.
Will tomó un par de galletas con chispas de chocolate, pero el hambre era lo último que sentía en ese momento. Sus dedos rozaban el cartón de la caja mientras su mente volvía una y otra vez a las palabras de su madre. ¿Realmente era capaz de enfrentarse a Vecna? La idea de ser un arma, un hechicero o lo que fuera que Mike y Erica dijeran pesaba sobre sus hombros como una armadura de plomo.
De pronto, el ambiente en la cocina se volvió insoportable. Las luces fluorescentes de la estación de radio parecían zumbar con una intensidad hiriente, y las risas y voces de los demás se transformaron en un estrépito metálico que le taladraba las sienes. Era esa sobreestimulación familiar, la señal de que su mente estaba al límite. Sin decir nada, buscó una salida y se escabulló hacia el sótano, anhelando la oscuridad y el aislamiento.
Al bajar, el aire fresco y estancado del sótano le dio un respiro. Caminó entre las sombras hasta encontrar uno de los tantos tocadiscos que había en el lugar. Sus dedos actuaron por instinto, dejando caer la aguja sobre el vinilo y ajustando el volumen al mínimo, lo justo para que la voz de John Waite llenara el vacío sin lastimarlo.
Se dejó caer en una esquina del sofá, frente al proyector apagado. Subió las piernas y hundió la barbilla entre sus rodillas, abrazándose a sí mismo como si intentara mantener unidas todas sus piezas. En ese rincón, su mente finalmente se permitió divagar. Pensó en Jonathan y un suspiro escapó de sus labios. Deseaba que su hermano estuviera allí, no solo para sentirse a salvo, sino porque Jonathan siempre sabía qué hacer con las verdades difíciles.
Will ya no lo negaba: finalmente estaba aceptando quién era y la naturaleza de ese sentimiento que le quemaba el pecho cada vez que Mike lo miraba. Pero esa aceptación traía consigo un miedo nuevo y paralizante. ¿Y ahora qué?, se preguntaba. Sabía a quién amaba; sabía que ese amor era parte de él, pero el siguiente paso le aterraba.
No pudo evitar pensar en que Jonathan podría ayudarlo a navegar ese laberinto; que Jonathan le diría cómo sobrevivir al miedo a ser diferente en un mundo que ya era bastante aterrador de por sí. Necesitaba que su hermano le confirmara que no estaba roto, que amar a Mike no lo convertía en una anomalía, sino en alguien con algo por lo que luchar.
Ese pensamiento —el nombre de Mike resonando en su mente con una claridad abrumadora— fue interrumpido bruscamente. Un crujido seco en las escaleras hizo que Will diera un respingo, el corazón saltándole en el pecho. Levantó la mirada rápidamente y sus ojos se encontraron con los de Mike, que terminaba de bajar los escalones con gesto torpe, rompiendo la burbuja de soledad de Will.
—Lo siento, ¿te asusté? —la voz de Mike sonó suave, casi temerosa, rompiendo la penumbra del sótano.
—¿Qué? No… No, es solo que estaba pensando —respondió Will, aclarándose la garganta y tratando de disimular el rastro de sus pensamientos anteriores.
—Perdón. Noté que desapareciste y… bueno, quería hablarte de algo. Te busqué, pero cuando te vi parecías tan concentrado que no quería distraerte, entonces yo… —Mike se rascó la nuca.
—Por Dios, Mike, está bien, no te preocupes —lo interrumpió Will con una pequeña exhalación.
Se hizo un silencio espeso. Mike permaneció de pie junto al sofá, balanceándose sobre sus talones, como si necesitara un permiso invisible para existir en ese espacio. Will lo observó un segundo y sintió esa punzada de ternura que siempre lo desarmaba.
—Sabes que puedes sentarte, ¿verdad? —preguntó burlón.
—Oh, claro. Sí.
Mike se desplomó en el cojín junto a él. Will le dedicó una leve sonrisa, una que apenas rozaba sus labios pero que iluminaba su mirada cansada.
—Entonces… ¿De qué me querías hablar?
—¿Huh?
—Dijiste que me buscabas porque querías hablar, ¿no? —insistió Will, divertido por la confusión de su amigo.
—Ah, sí. Eso. Supongo que solo quería preguntarte cómo estás después de todo lo que ha pasado. Sé que puede ser…
—¿Demasiado? —completó Will.
—Sí. Demasiado.
Will bajó la vista hacia sus manos, perdiéndose en un trance. Las sombras del viejo foco en sus dedos mientras intentaba organizar el caos de su mente.
—Gracias por, ya sabes, literalmente salvar mi vida ahí fuera —soltó Mike de repente, con una urgencia que hizo que Will se tensara—. No te lo agradecí bien y quería decirte lo increíble que fue lo que hiciste.
Will sintió que el calor le subía por el cuello. La admiración en la voz de Mike era casi más abrumadora que el ataque del Demogorgon.
—No tienes que agradecerme. Siempre te salvaría, Mike. Los salvaría a todos sin dudarlo.
—Como todo un hechicero, ¿huh? —bromeó Mike, logrando que ambos soltaran una risa pequeña que alivió la presión en el pecho de Will.
Sin embargo, la risa murió pronto. Mike se puso serio, sus hombros se tensaron y evitó la mirada de Will por un instante.
—Escuché la conversación que tuviste con tu mamá.
Will se giró hacia él tan rápido que sintió un leve mareo. El pánico frío regresó por un segundo.
—No fue a propósito —se apresuró a decir Mike—. Es solo que, después de ayudar a Lucas, los estaba esperando. Tardaban mucho y quise ir a ver si estabas bien. Al acercarme, escuché sus voces y… Ajá.
Will se encogió sobre sí mismo, abrazando aún más sus rodillas y frotándose la nuca con nerviosismo. La distancia que se había ensanchado entre ellos en Lenora parecía haber desaparecido poco a poco, evaporada por la cercanía forzosa en la casa Wheeler y las batallas compartidas. Pero aún no habían llegado ahí. Aún no habían abierto la puerta de esa camioneta de pizza donde las verdades se quedaron a medias.
—Creo que deberías sentirte orgulloso, ¿sabes? —rompió Mike el silencio.
—¿Qué?
—Digo, yo definitivamente lo estoy. —Mike esperó un latido antes de obligarse a mirarlo a los ojos—. Orgulloso de ti, Will.
—Mike…
—Solo… Solo déjame decirlo, ¿por favor? —suplicó Mike con un hilo de voz—. Porque si no lo saco ahora, siento que voy a explotar.
Mike inhaló profundo y sus hombros se tensaron, como si estuviera preparándose para una misión en lugar de estar hablando con Will.
—Siempre he creído que hay algo en ti, algo… Especial —confesó al fin.
Will dejó escapar una risa amarga, rodando los ojos hacia el techo.
—Lo dices porque somos amigos, Mike.
—Mejores amigos —corrigió Mike con firmeza—. Pero no lo digo por eso, tonto. Creo que lo supe desde el primer momento, en aquel jardín de niños. Yo tenía un miedo atroz porque no conocía a nadie, pero cuando te vi en los columpios… No sé. Me sentí mejor. Me sentí tranquilo. Solo recuerdo haber pensado: “Realmente quiero ser su amigo”.
Mike tragó saliva, ahora con sus ojos fijos en los de Will, brillando con una honestidad que dolía.
—Will, tú has pasado por cosas que destruirían a cualquiera. Secuestros, posesiones… Sobreviviste solo en ese lugar a los doce años, cuando militares entrenados no duran ni cinco minutos. Mirándolo ahora, sé que te cambió, pero sigues siendo tú. La persona más amable, empática y fuerte que conozco.
Will sintió las lágrimas agolparse en sus párpados. Estaba en trance, absorbiendo cada palabra como si fuera el oxígeno que le había faltado durante años.
—Así que sí —concluyó Mike, bajando la voz—. Siempre pensé que si alguien podía patear el trasero de Vecna, ese eras tú. Confío en ti, Will. Confío en que puedes lograrlo.
Will lo miró y, en ese instante, recordó exactamente por qué se había enamorado de Mike Wheeler. No era solo su valentía o su liderazgo; era esa capacidad de Mike para, con un solo gesto o una frase torpe, derretir todas sus inseguridades. Mike tenía el poder de hacerlo sentir visto, no como un monstruo o una víctima, sino simplemente como Will.
Trató de decir algo, pero su garganta era un nudo de emociones encontradas. Parpadeó con fuerza, inhalando el aire viciado del sótano para no romperse frente a él.
—Dios, Mike… ¿Acaso estar cerca de la muerte te convirtió en un filósofo sentimental? —se burló Will entre risas ahogadas, cubriéndose la cara con una mano para ocultar su vulnerabilidad.
Mike compartió la sonrisa, empujándolo ligeramente con el hombro.
—Oye, para tu información, yo siempre he sido un hombre sensible y reflexivo.
—Mierda, ¿quién te mintió de esa forma?
—¡Oh, serás…!
Mike le dio un golpe juguetón en el brazo y Will se lo devolvió, iniciando una pequeña lucha de empujones que terminó en risas sinceras. En ese momento, Will sintió que el mundo volvía a tener el tamaño correcto. Las luces ya no le molestaban y el ruido del mundo exterior se sentía lejano. La voz de John Waite de fondo cobró sentido.
Will se dio cuenta de que John tenía razón: una sonrisa y las palabras adecuadas de la persona correcta podían hacer que cualquiera se sintiera capaz de enfrentar al mundo entero. Y mientras Mike estuviera allí, Will sabía que podría derrotar a cualquier monstruo, incluso a los que vivían dentro de él.
Las risas se fueron apagando, dejando un silencio diferente al de antes; uno cargado de una electricidad nueva, casi expectante. Mike no se apartó. Se quedó allí, lo suficientemente cerca como para que Will pudiera sentir el calor que emanaba de su hombro. Mike abrió la boca, sus ojos recorriendo el rostro de Will con una intensidad que parecía buscar las palabras adecuadas para algo mucho más grande.
—¡Chicos! ¡Perdón por interrumpir la sesión de espiritismo o lo que sea que estén haciendo aquí abajo!
El grito de Robin resonó en las paredes de concreto como un cañonazo. Mike dio un salto violento, apartándose de Will tan rápido que casi perdió el equilibrio en el sofá. Su reacción fue instintiva, casi defensiva.
Will se quedó congelado en su sitio, con el corazón dándole un vuelco doloroso. Miró a Mike, esperando una risa o un comentario casual, pero se encontró con la nuca de su amigo. Mike se estaba esquivando desesperadamente de cualquier contacto visual.
—¡Hey! —continuó Robin, bajando los últimos escalones a toda prisa—. Los estábamos buscando. Lucas y Erica acaban de tener una epifanía nivel genio y Joyce dice que todos tenemos que estar presentes para el gran plan. Así que andando.
—Sí, claro —exclamó Mike, su voz un octavo más aguda de lo normal—. Está bien, vamos de inmediato. No queremos… No queremos retrasar nada.
Sin mirar atrás, sin dedicarle ni una sola palabra ni un solo gesto a Will, Mike pasó por el lado de Robin y subió las escaleras casi trotando, desapareciendo en la planta superior en cuestión de segundos.
Will se quedó sentado en la esquina del sofá, sintiendo cómo el frío del sótano regresaba de golpe. Una punzada de herida profunda le atravesó el pecho. Por un momento, por un segundo fugaz, había tenido la esperanza de que esa cercanía significara lo mismo para ambos. Pero la reacción de Mike —ese miedo repentino, esa huida— se sentía como un portazo en la cara.
—¿Will? —Robin se detuvo a mitad de la escalera, ladeando la cabeza—. ¿Estás bien… ?
Will parpadeó, saliendo a la fuerza de su propio trance. Se puso en pie y forzó una expresión neutral, aunque el rostro le quedaba rígido.
Subió las escaleras con paso firme, dejando atrás la música de John Waite que seguía sonando para nadie. Mientras subía, Will apretó los puños y tomó una decisión silenciosa. No era el momento de quedarse atrapado en el laberinto de sus propios sentimientos, ni de analizar cada gesto esquivo de Mike. El mundo se estaba cayendo a pedazos y él tenía un papel que cumplir. Las preguntas sobre quién era y lo que Mike sentía tendrían que esperar; ahora mismo, lo único que importaba era sobrevivir a la pesadilla que estaba por venir.
