Chapter Text
El aire era denso y frío cuando Írien bajó del autobús en Forks. La humedad se filtraba por su ropa con una persistencia extraña. En Buenos Aires, la humedad llegaba con el calor del verano, pegándose a la piel y dejándole una sensación pegajosa. Pero aquí, el frío y la humedad se combinaban en una caricia helada que le calaba hasta los huesos.
Se abrazó a sí misma mientras miraba a su alrededor.
Forks era un pueblo diminuto en comparación con la gran ciudad de la que provenía. Todo aquí se movía a un ritmo pausado; nada de bocinazos, de gente caminando apresurada, de vendedores en cada esquina. Solo el sonido de la lluvia cayendo suavemente sobre el asfalto y el murmullo del viento entre los árboles. Árboles tan altos que parecían absorber la luz del día, sumiendo las calles en una penumbra constante.
El viaje había sido largo: un vuelo desde Buenos Aires a Seattle, seguido de un trayecto en autobús hasta este pequeño rincón del mundo. Cuando le había contado a su familia que se mudaría a un pueblo remoto en el estado de Washington, su madre casi se había reído en su cara. Te vas a congelar, nena, le había dicho entre bromas y lágrimas. Y ahora, con los pies firmes sobre la acera mojada, Írien comenzaba a pensar que quizá su madre no estaba tan equivocada.
Se acomodó la bufanda y ajustó el agarre de su maleta. Su piel blanca se amoldaba a la niebla que lo envolvía todo, y sus ojos oscuros, inquisitivos, recorrían el entorno con una mezcla de curiosidad y recelo. Su cabello largo y lacio, marrón como el chocolate, caía sobre sus hombros con una naturalidad desordenada.
El coche que había alquilado para moverse por el pueblo la esperaba en la pequeña terminal de autobuses. La lluvia tamborileaba sobre el techo del vehículo mientras conducía hasta la casa que había rentado; era modesta, pero acogedora, rodeada de árboles altos y de una soledad que rápidamente se hizo evidente.
El silencio era distinto aquí, profundo, envolvente. En Buenos Aires, siempre había ruido: el sonido lejano del tráfico, las voces de los vecinos, la vida en constante movimiento. En Forks, en cambio, el silencio solo se rompía con la lluvia y el susurro del viento entre los árboles.
Apenas entró en la casa, encendió la calefacción y recorrió cada habitación con atención. No era muy grande, pero era suficiente para ella. Decidió que lo primero era ir a comprar provisiones. El supermercado estaba casi vacío. Recorrió los pasillos con calma, eligiendo lo esencial: pan, leche, huevos, café—lo único que la salvaría en un pueblo frío y lluvioso como este.
Mientras esperaba en la caja, sintió una presencia detrás de ella; un escalofrío le recorrió la espalda. Volteó y vio a un hombre alto, de cabello oscuro y ojos penetrantes. Su porte era firme, sus facciones serias. No la miraba directamente, pero algo en él la hizo contener la respiración. Algo familiar y extraño a la vez.
Cuando salió del supermercado, la sensación de ser observada persistió.
A la mañana siguiente, tras una noche inquieta, Írien se dirigió al hospital para su primer día de trabajo. Había pasado meses preparando la documentación y rindiendo los exámenes de revalidación de su título de enfermera. Ahora, finalmente, estaba lista para comenzar.
El hospital de Forks era pequeño, pero funcional. Apenas cruzó las puertas, el olor a desinfectante y café barato la envolvió, una combinación extrañamente reconfortante. Fue recibida por el doctor Carlisle Cullen: un hombre alto y de apariencia impecable. Su piel pálida contrastaba con su cabello rubio, y sus ojos dorados brillaban con una serenidad inusual.
— Bienvenida al equipo, Írien —le dijo con una sonrisa cordial—. Espero que te adaptes rápido. Forks es un lugar tranquilo, pero siempre hay algo por hacer aquí.
Había algo en él que le resultaba intrigante, algo que no podía definir con exactitud; durante las primeras horas de su turno, Carlisle la guió por las instalaciones, explicándole los procedimientos del hospital y presentándola al personal. Su voz era tranquila, paciente, pero había una precisión demasiado exacta en sus movimientos. Como si no necesitara pensar antes de actuar.
Incluso al tratar a los pacientes, su forma de moverse era diferente; no era solo experiencia, era otra cosa. Una sensación la hizo estremecerse. ¿Quién era realmente Carlisle Cullen?
Durante un descanso, Írien organizaba material en la enfermería cuando Sarah y Megan, sus compañeras de trabajo, le hicieron compañía.
— No pasa mucho aquí, pero cuando hay chismes, son buenos —bromeó Megan.
— Eso explica por qué todo el mundo me mira como si fuera un bicho raro —dijo Írien, rodando los ojos.
— No te lo tomes a mal. En Forks no llegan caras nuevas todos los días —dijo Sarah encogiéndose de hombros—. Pero si te parece que te miran mucho, espérate a que vayas a La Push.
— ¿La Push?
— Es la reserva Quileute, está a unos veinte minutos de aquí. Tienen su propia comunidad y sus propias reglas, pero hay bastante interacción con Forks. Vienen aquí cuando necesitan atención médica más especializada.
Megan sonrió.
— Seguro verás a Sam Uley en algún momento.
Írien frunció el ceño.
— ¿Quién es él?
— El líder de su grupo —explicó Sarah—. No es jefe ni nada oficial, pero todos lo siguen. Es un tipo grande, serio… Algo intimidante.
— ¿Grande cómo? —preguntó Írien.
Megan hizo un gesto con las manos.
— Alto, de hombros anchos, con la piel morena y el cabello negro. Tiene esa mirada intensa, como si te analizara sin decir una palabra. No habla demasiado, pero cuando lo hace, todos escuchan.
El nombre quedó suspendido en la mente de Írien. Sam Uley. Algo en ese nombre le provocó un escalofrío, no de miedo sino de anticipación.
