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No puedo hacerlo bien porque pienso que me vas a dejar

Summary:

Scorpius tiene una misión, una sola cosa que debe impedir que suceda y no puede cometer ni un solo error o lo arruinaría todo… incluso borrar su propia existencia es un precio que está dispuesto a pagar. Vale la pena desaparecer si con ello logra darle un futuro mejor a Albus.

Pero olvido considerar que la versión adolescente de su padre no era un osito cariñosito y convencerlo de que su odio hacia Potter en realidad es un amor frustrado no sería algo sencillo. Si Scorpius quiere que las cosas salgan como él quiere, primero deberá de enseñarle a su padre, que se niega a llamarlo hijo, a enamorar a un Potter. Scorpius tiene experiencia en eso, claro que, entre sobrevivir a un señor tenebroso, vacaciones infernales y a todo un mundo mágico que te ve como un loco hace las cosas aún mas complicadas.

Chapter 1: ¿Para que seguir respirando?

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La celda era un cuadrado de piedra fría y húmeda, donde la luz apenas se filtraba a través de una pequeña abertura en lo alto del muro. Las cadenas que sujetaban las muñecas del joven colgaban pesadas, creando surcos rojos en su piel. Albus yacía contra la pared posterior, su respiración entrecortada creando pequeñas nubes de vapor en el aire helado. Su rostro mostraba los vestigios de una tortura reciente: un ojo morado que apenas podía abrir, cortes superficiales que habían dejado costras oscuras, y un labio partido que nunca terminaba de sanar.

El suelo estaba manchado con huellas recientes, charcos oscuros que nadie se preocupaba por limpiar.

El eco de pasos suaves resonó por el pasillo, diferentes a las pisadas pesadas y metálicas de los guardias. Albus levantó la cabeza con esfuerzo, y sus ojos verdes brillaron con una mezcla de alivio y preocupación cuando vio la figura familiar deslizándose entre las sombras.

Scorpius se movía como un fantasma, su capa negra ondeando silenciosamente mientras se acercaba a los barrotes. La capucha cubría su cabello platinado, pero no podía ocultar la tensión que irradiaba de todo su cuerpo. Con movimientos precisos y silenciosos, murmuró un hechizo casi inaudible que hizo que la cerradura cediera sin el menor ruido.

“Scorpius,” susurró Albus, su voz áspera por el poco uso. “No deberías estar aquí. Si te descubren...”

Scorpius se arrodilló junto a él, quitándose la capucha para revelar un rostro triste pero determinado. Sus ojos grises, normalmente brillantes y llenos de vida, ahora cargaban el peso de semanas de insomnio y preocupación constante. Con delicadeza extendió su mano temblorosa para acariciar el rostro magullado de Albus.

“Shh,” murmuró, sus dedos trazando líneas suaves alrededor de los moretones. “No hables. Conserva tus fuerzas.” Sus dedos se deslizaron por la mejilla de Albus, evitando cuidadosamente las heridas más profundas. “He tenido un avance con las runas, Al. Creo que ya casi lo tengo.”

Albus cerró los ojos, presionando su mejilla contra la palma cálida de Scorpius. Por un momento, la frialdad de la celda se desvaneció, reemplazada por la calidez familiar de ese toque que había conocido desde la infancia.

“Las runas de alteración temporal,” continuó Scorpius en un murmullo apenas audible, “combinadas con las que Rose encontró. Si logro sincronizarlas correctamente, podré...” Su voz se quebró ligeramente. “Podré arreglar todo esto, Al. Podré cambiarlo todo.”

El ojo sano de Albus se abrió de golpe, brillando con una intensidad feroz a pesar de su estado. “Scorpius, no. Es demasiado peligroso. Las runas de alteración temporal están prohibidas por una razón. Y si intentas combinarlas con magia necromante—“

“No es necromancia,” interrumpió Scorpius, aunque su voz carecía de convicción. “Es... es restauración. Regresión temporal selectiva. Si puedo crear el círculo correcto, si puedo canalizar suficiente poder—“

“Podrías morir,” completó Albus, su voz cargada de una desesperación que cortaba más profundo que cualquier tortura física. “O peor. Podrías quedar atrapado entre dimensiones, o crear una paradoja que destruya lo poco que queda de nuestro mundo.”

Scorpius detuvo sus caricias, su mano quedando inmóvil contra la mejilla de Albus. Por un momento, el silencio se extendió entre ellos, pesado con el peso de todas las palabras no dichas, de todos los futuros que habían perdido.

“¿Y qué alternativa tenemos?” preguntó finalmente, su voz apenas un hilo de sonido. “¿Esto? ¿Verte aquí, encadenado como un animal, mientras ellos—“

Se detuvo, incapaz de terminar la frase.

“Mientras me torturan para obtener información sobre la Orden,” completó Albus con una sonrisa amarga. “Información que no tengo, porque tu padre se aseguró de que no la tuviera.”

“Papá está tratando de protegerte a su manera,” murmuró Scorpius, volviendo a acariciar suavemente el rostro de Albus. “Cree que, si no sabes nada, no podrá... no podrán hacerte daño permanente.”

Una risa seca y sin humor escapó de los labios partidos de Albus. “¿Daño permanente? Scorpius, mírame. Ya no soy el mismo de antes… Cada día que paso aquí, pierdo un poco más de quien era.”

Los ojos de Scorpius se llenaron de lágrimas que se negaba a derramar. “No digas eso. Eres Albus Severus Potter. Eres el chico que se enfrentó a todo Hogwarts para defender lo que creía correcto. Eres el hombre que se interpuso entre un maleficio asesino y una familia de muggles sin siquiera pensarlo dos veces.”

Era,” corrigió Albus suavemente. “Era ese hombre. Ahora soy solo... esto.”

Scorpius se inclinó hacia adelante, presionando su frente contra la de Albus. “Eres todo para mí. Siempre has sido todo para mí. Y no voy a perderte. Hare lo que sea por ti.”

“Scorpius, prométeme que no harás nada estúpido,” suplicó Albus, tratando de levantar sus manos encadenadas para tocar a Scorpius. “Prométeme que no te arriesgarás… no por mí.”

La sonrisa de Scorpius se quebró, pero no permitió que sus lágrimas cayeran. “No me pidas eso. Al… si lo consigo, nada de esto habrá pasado. No habrá cadenas, no habrá sangre, no habrá verdugos. No habrá esta guerra. Tú estarás libre. Tú estarás vivo.”

Los labios partidos de Albus se curvaron en una sonrisa frágil, cargada de ternura y tristeza. “Siempre… siempre piensas en los demás antes que en ti. ¿Acaso no entiendes que si te pierdo… no importa lo que cambies? Mi vida no tendría sentido sin ti.”

En lugar de responder, Scorpius cerró la distancia entre ellos y presionó sus labios contra los de Albus en un beso suave y desesperado. Era un beso lleno de promesas no dichas, de amor que trascendía las circunstancias terribles que los rodeaban. Albus respondió con la poca fuerza que le quedaba, memorizando el sabor, la calidez, la familiaridad de los labios de Scorpius contra los suyos.

Cuando se separaron, Albus tosió violentamente, y gotas de sangre mancharon la capa de Scorpius. Scorpius se estremeció visiblemente ante la evidencia del deterioro de Albus.

“Al, mi amor,” murmuró, limpiando suavemente la sangre de la comisura de la boca de Albus con el pulgar. “Resistirás. Tienes que resistir.”

Albus logró esbozar una sonrisa débil pero genuina. “¿Te has estado cuidando? ¿Has comido algo hoy? ¿Has dormido?”

“Sí,” mintió Scorpius sin dudarlo. “Por supuesto que sí. No te preocupes por mí.”

"Mentiroso,” susurró Albus, pero su sonrisa se amplió ligeramente. “Siempre has sido un mentiroso terrible cuando se trata de cuidarte a ti mismo.”

“Y tú siempre te has preocupado demasiado,” replicó Scorpius, volviendo a acariciar su rostro. “Es una de las cosas que más amo de ti.”

“Siempre lo haré,” respondió Albus simplemente. “Preocuparme por ti. Pase lo que pase.”

Un sonido pesado y metálico resonó en algún lugar por encima de ellos, lejano pero inconfundible. Los pasos de múltiples guardias moviéndose por los corredores superiores. Scorpius se tensó inmediatamente, sus ojos volviéndose hacia la entrada de la celda.

“Tienes que irte,” murmuró Albus urgentemente. “Ahora, Scorpius. Vete.”

Scorpius sabía que Albus tenía razón. Cada segundo que permanecía allí aumentaba el riesgo de ser descubierto, y las consecuencias no serían solo para él. Pero fue incapaz de moverse. En su lugar, volvió a acariciar el rostro de Albus, memorizando cada línea, cada sombra, cada matiz de esos ojos verdes que habían sido su ancla durante tantos años.

“Te sacaré de aquí,” prometió en un susurro feroz. “Te lo juro por mi alma, Al. Te sacaré de aquí.”

Se inclinó para besarlo una vez más, este beso aún más desesperado que el anterior. Sus labios se movieron contra los de Albus como si pudiera transferirle su propia fuerza vital, su propia determinación. Cuando finalmente se separó, se quedó mirando directamente a esos ojos verdes, grabándose para siempre ese color que había sido su perdición y su salvación desde que lo conoció.

Con un esfuerzo sobrehumano, se puso en pie, alisó sus pantalones con manos temblorosas y se dirigió hacia la salida de la celda. Antes de salir, se giró una vez más para mirar a Albus.

“Te amo, siempre lo hare,” murmuró, y luego desapareció en las sombras del pasillo.

Scorpius se cubrió nuevamente con la capucha, volviéndose invisible en los pasillos sombríos. Se movía con la práctica de alguien que había hecho este recorrido docenas de veces, evitando las rutas de patrullaje, manteniéndose en los puntos ciegos que había memorizado cuidadosamente. Los otros prisioneros, aquellos que aún tenían fuerzas para levantar la cabeza, no lo miraban.

Los guardias, figuras encapuchadas que parecían más espectros que hombres, permanecían en sus puestos sin inmutarse. Su lealtad había sido comprada con magia oscura y promesas de poder, pero sobre todo, con miedo. Miedo a lo que les pasaría si fallaban en su vigilancia.

Cuando finalmente salió y emergió al nivel principal de la mansión, Scorpius se detuvo en el primer lugar donde pudo ver su reflejo: un espejo de cuerpo completo con un marco ornamentado que había sobrevivido milagrosamente a la transformación de su hogar en una prisión.

Se quitó la capa con movimientos rápidos y la encogió hasta que cupiera en su bolsillo. Luego se concentró en su apariencia, peinándose el cabello platinado hasta que volviera a caer en ondas perfectas sobre su frente, alisando las arrugas de su camisa blanca.

Sus dedos se detuvieron en sus labios, y por un momento cerró los ojos, recordando la calidez de los labios de Albus contra los suyos. Podía sentir todavía el fantasma de ese beso, la familiaridad desesperada de ese contacto que había sido su único consuelo durante años.

Solo un poco más, se prometió a sí mismo. Solo necesito un poco más de tiempo para perfeccionar las runas. Entonces todo esto habrá terminado.

Respiró profundamente, enderezó los hombros y caminó hacia la salida de la mansión.

El jardín que una vez había sido el orgullo de su familia ahora parecía un paisaje de pesadilla. El cielo estaba perpetuamente gris, cubierto de nubes que nunca parecían moverse ni cambiar de forma. A lo lejos, las siluetas inconfundibles de los dementores flotaban libremente por el aire, sus formas encapuchadas creando sombras que se movían independientemente de la luz.

Figuras con capas negras caminaban por los senderos de grava, algunos guardias, otros visitantes con asuntos que atender. Nadie miraba a Scorpius directamente. Para ellos, él era simplemente el hijo del dueño de la casa, alguien a quien era mejor no molestar pero tampoco acercarse demasiado.

Scorpius caminó por los senderos familiares, pasando junto a los setos que una vez habían estado perfectamente podados y ahora crecían salvajes y retorcidos. Las flores que su abuela había plantado con tanto cuidado habían muerto hace mucho tiempo, reemplazadas por plantas que florecían en la oscuridad y se alimentaban de desesperación.

El invernadero se alzaba al final del jardín principal, una estructura de cristal y hierro forjado que parecía brillar con una luz propia en medio de la desolación. Las puertas estaban cerradas, pero cuando Scorpius se detuvo frente a ellas, se abrieron silenciosamente, reconociendo su presencia.

Al entrar, fue recibido por una explosión de color y vida que contrastaba dramáticamente con el mundo gris del exterior. Aquí, las rosas florecían en tonos imposibles, las enredaderas trepaban por estructuras de madera creando túneles de verdor, y el aire estaba lleno del perfume embriagador de cientos de flores diferentes.

No se permitió distraerse mucho con la belleza que lo rodeaba. Tenía un propósito allí, y el tiempo siempre era limitado. Caminó directamente hacia el pasillo trasero del invernadero, donde sabía que encontraría a su padre.

Draco Malfoy estaba de espaldas a él, concentrado en podar un rosal particularmente exuberante. Su cabello, una vez perfectamente peinado hacia atrás, ahora era más largo y liso, caía casi sin vida como la seda sobre sus hombros.

Scorpius se quedó quieto detrás de él, esperando. Sabía que su padre había notado su presencia; Draco siempre había sido extraordinariamente consciente de su entorno. Pero también sabía que su padre esperaría hasta estar listo para hablar.

Finalmente, sin girarse, Draco habló. “Scorpius.”

“Buenos días. Padre. Lamento molestarte,” respondió Scorpius, forzando una sonrisa en su voz.

Draco se giró lentamente, sosteniendo una perfecta rosa blanca en una mano y las tijeras de podar en la otra. Sus ojos grises, tan similares a los de Scorpius, lo estudiaron con una intensidad que hizo que Scorpius se sintiera completamente expuesto.

“¿Por qué no estás con Theo?” preguntó directamente.

“No me sentía muy bien,” respondió Scorpius, manteniendo su tono casual. “Pensé que un poco de aire fresco me ayudaría.”

Draco comenzó a arrancar los pétalos de la rosa uno por uno, cada movimiento deliberado y pausado. Sus ojos no se apartaron del rostro de Scorpius. “¿Qué tienes?”

“No es nada grave,” mintió Scorpius. “Solo me dolía la cabeza. Ya sabes cómo son las mañanas grises.”

“Hmm,” murmuró Draco, un sonido que podría haber significado cualquier cosa. Dejó caer el último pétalo al suelo y se giró para tomar otra rosa del rosal. Con un gesto casual de su mano libre, le indicó a Scorpius que se acercara.

Scorpius obedeció, acercándose hasta que pudo ver claramente lo que su padre estaba haciendo. Draco le extendió las tijeras de podar, y Scorpius las tomó con manos que esperaba que no temblaran demasiado.

“Elige una,” instruyó Draco simplemente.

Fue entonces cuando Scorpius notó lo que había pasado por alto antes. En el tallo de cada rosa había un pequeño trozo de pergamino atado con hilo fino. Los papeles eran demasiado pequeños para leer a distancia, pero Scorpius conocía lo suficientemente bien a su padre para saber que cada uno contenía un nombre.

Con las manos temblando ligeramente, Scorpius eligió una rosa roja particularmente hermosa y la cortó limpiamente del tallo. Draco la tomó inmediatamente, desató el papel con movimientos eficientes, y lo leyó antes de guardárselo en el bolsillo.

Sin decir una palabra, se dirigió hacia la salida del invernadero. Scorpius lo siguió, tratando de encontrar las palabras correctas para detener lo que sabía que estaba por suceder.

“Papá,” comenzó, apresurándose para mantenerse al paso de las zancadas largas de Draco. “¿Es realmente necesario hacer esto hoy? Quiero decir, ¿no podrías esperar hasta mañana, o tal vez la próxima semana”

Draco no respondió, no aminoró el paso. Caminó directamente a través del jardín principal, rodeando la mansión por el lado este, donde el terreno se extendía en amplias praderas que una vez habían sido perfectas para los eventos sociales de la alta sociedad.

Pasaron junto al laberinto de setos, ahora retorcido y crecido de manera salvaje, donde Scorpius recordaba haber jugado al escondite de niño. Continuaron hasta llegar a una estructura que se alzaba solitaria en medio del jardín más alejado: un solario de cristal y mármol blanco que parecía brillar con luz propia.

Era el único lugar en toda la propiedad donde las nubes grises no se extendían por encima. Un círculo perfecto de cielo azul se abría justo sobre el solario, como si algún tipo de magia lo protegiera del clima perpetuo de desesperación que cubría el resto del mundo.

Scorpius se detuvo en el umbral, como siempre había hecho. Nunca había entrado allí, nunca le habían permitido entrar. Pero sabía exactamente lo que había dentro, porque había crecido viendo a su padre hacer esta peregrinación todos los días durante los últimos años.

Draco entró al solario y Scorpius pudo ver a través de los cristales cómo se acercaba al centro de la estructura. Allí, rodeado de las flores más hermosas que Scorpius había visto jamás, se alzaba una plataforma de mármol blanco.

Y sobre esa plataforma, preservado por una magia que Scorpius no se atrevía a imaginar, yacía el cuerpo de Harry Potter.

Draco colocó la rosa roja cuidadosamente junto a las docenas de otras flores que ya adornaban la plataforma. Luego se quedó allí de pie, con la cabeza inclinada.

Scorpius había crecido sabiendo que ese sitio era intocable, un santuario al que solo Draco entraba. Lo había visto ir y venir incontables veces, siempre con una rosa distinta. Nunca con lágrimas. Nunca con palabras.

Scorpius lo miró ahora con el pecho desgarrado, sabiendo que aquel hombre que parecía hecho de hielo había construido todo este imperio oscuro alrededor de una tumba.

Y en silencio, se preguntó cuánto tiempo más podría cargar con ese peso antes de que todo se derrumbara.

Como todas las veces anteriores, Draco no tardó en salir del solario. Sus pasos eran medidos y deliberados, como si cada movimiento hubiera sido calculado para transmitir la solemnidad del ritual que acababa de completar. Scorpius lo siguió obedientemente, pero esta vez una desesperación diferente se había apoderado de él. Las imágenes de Albus encadenado, sangrando, rompiéndose poco a poco en esa celda fría, se repetían una y otra vez en su mente como un mantra de culpa y urgencia.

“Papá,” llamo Scorpius, acelerando el paso para ponerse al lado de Draco mientras caminaban por el sendero de grava. “¿Sabes? He estado pensando... tal vez podríamos hacer algo diferente hoy.” Su voz sonaba forzadamente casual, como si la idea acabara de ocurrírsele. “Podríamos revisar los pueblos cercanos, o tal vez podrías mostrarme más sobre esas runas de preservación que usaste para—“ Se detuvo, dándose cuenta de que mencionar el cuerpo de Harry podría ser un error.

Draco no respondió inmediatamente, sus ojos grises fijos en el sendero frente a ellos. El único sonido era el crujir de la grava bajo sus pies y el susurro distante del viento a través de los árboles marchitos.

“O podríamos ir a la biblioteca,” continuó Scorpius, la desesperación filtrándose cada vez más en su voz. “Hay algunos libros de magia antigua que no hemos revisado, y tal vez podrías enseñarme más sobre transformaciones complejas. O incluso podríamos simplemente... no sé, almorzar juntos. ¿Cuándo fue la última vez que almorzamos juntos sin hablar de trabajo?”

Draco se detuvo bruscamente. Scorpius, que había estado caminando unos pasos adelante mientras hablaba, se giró. Lentamente, su padre lo miro directamente a los ojos, y Scorpius sintió cómo toda la sangre se drenaba de su rostro.

No, no, no, pensó desesperadamente, bajando inmediatamente la cabeza como había aprendido a hacer cuando su padre adoptaba esa mirada. Por favor, que no esté molesto. Por favor, que no sospeche nada.

Los segundos se extendieron como horas mientras Scorpius mantenía la mirada fija en sus propios zapatos, rezando silenciosamente a cualquier deidad que pudiera estar escuchando que su padre no hubiera notado la desesperación en su voz, la urgencia mal disimulada detrás de sus sugerencias aparentemente inocentes.

“Scorpius,” dijo Draco finalmente, su voz completamente calmada y controlada, lo cual de alguna manera era aún más aterrador que si hubiera estado gritando. “¿Qué podría ser más divertido, más importante, más gratificante que honrar el legado de Harry?”

La pregunta quedó suspendida en el aire entre ellos como una trampa perfectamente diseñada. Scorpius sabía que cualquier respuesta que diera sería la incorrecta. Si decía que nada era más importante, estaría mintiendo descaradamente. Si sugería que había otras cosas igualmente importantes, estaría cuestionando las prioridades de su padre. Si permanecía en silencio, estaría siendo desafiante.

Así que apretó los puños a los costados, manteniéndose inmóvil con la cabeza gacha, sintiendo el peso de la mirada de Draco sobre él como una presión física, murmurando apenas un:

“Nada, padre.”

Después de lo que pareció una eternidad, Draco emitió un sonido suave, casi como un suspiro, y continuo caminando hacia la mansión. Scorpius lo siguió en completo silencio, cada paso pesando como plomo en sus pies. Se había arriesgado demasiado, había sido demasiado obvio, y ahora temía las consecuencias que podrían recaer no solo sobre él, sino sobre Albus.

La mansión Malfoy, una vez símbolo de elegancia y poder aristocrático, ahora se alzaba ante ellos como una fortaleza sombría. Las ventanas que no habían sido bloqueadas reflejaban el cielo gris perpetuo, creando la ilusión de que el edificio mismo estaba llorando. Las enredaderas que habían crecido sin control durante los últimos años serpenteaban por las paredes de piedra como venas oscuras, dándole a toda la estructura una apariencia orgánica y ligeramente siniestra.

Entraron a través de las puertas principales, que se abrieron silenciosamente ante su aproximación. El gran recibidor, con su techo abovedado y sus arañas de cristal, resonaban con sus pasos. Los retratos de los ancestros Malfoy los observaban desde las paredes con expresiones que parecían oscilar entre la desaprobación y la pena.

Draco se dirigió directamente hacia el salón principal, esa habitación que había sido transformada de un elegante espacio de entretenimiento a una sala de guerra improvisada. Las mesas de café antiguas habían sido reemplazadas por mapas detallados del Reino Unido, marcados con símbolos que indicaban territorios controlados, focos de resistencia y objetivos pendientes.

Scorpius se sentó en el sillón de cuero que había llegado a considerar “suyo” durante estos encuentros, un asiento estratégicamente posicionado lo suficientemente cerca de su padre para demostrar respeto, pero no tan cerca como para parecer entrometido. Podía sentir la tensión irradiando de su propio cuerpo, cada músculo tenso con la anticipación de lo que estaba por venir.

No tuvieron que esperar mucho. Como si hubieran estado aguardando una señal, los seguidores más cercanos de Draco comenzaron a llegar al salón. Pansy Parkinson entró primero, su cabello negro ahora cortado en un estilo severo que enmarcaba su rostro angular. Sus ojos, que una vez habían brillado con malicia, ahora parecían fríos y calculadores, endurecidos por años de participar en actos que habrían sido inimaginables durante sus días en Hogwarts.

Theodore Nott la siguió de cerca, su apariencia descuidada contrastando marcadamente con la pulcritud obsesiva de Pansy. Su cabello castaño caía desgreñado sobre sus ojos, y su túnica estaba arrugada como si hubiera dormido con ella puesta. Pero sus ojos seguían siendo afilados, inteligentes, y Scorpius sabía que esa apariencia de negligencia era tan calculada como todo lo demás en este mundo cuidadosamente orquestado.

Otros llegaron en grupos pequeños: Daphne Greengrass, que jugaba con un anillo entre los dedos; Gregory Goyle, que había sobrevivido al Fuego Demoníaco durante la guerra solo para convertirse en uno de los ejecutores más brutales de Draco; y varios otros magos que Scorpius reconocía pero cuyos nombres se habían vuelto irrelevantes para él. Todos habían sido compañeros de escuela una vez, niños jugando a ser importantes en los corredores de Hogwarts. Ahora eran algo mucho más peligroso.

Una vez que todos se habían acomodado en sus asientos, un silencio expectante llenó la habitación. Era siempre así en estos encuentros: un momento de silencio antes de que comenzara la verdadera obra del día.

Draco, que había permanecido de pie junto a la ventana, se movió lentamente hacia el centro del grupo. Con movimientos deliberados, sacó el pequeño trozo de pergamino que había estado atado a la rosa, el que había leído en el solario. Lo desplegó cuidadosamente, aunque Scorpius intento no verlo.

“Los Townsend,” anunció Draco, su voz clara y sin emoción. “Una familia de sangre pura que ha estado enviando provisiones a los refugiados muggles en Escocia. Han sido cuidadosos, discretos, pero no lo suficiente.”

Pansy se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con un interés que Scorpius encontraba nauseabundo. “¿Cuántos son?”

“El matrimonio, dos hijos adolescentes, y una abuela,” respondió Draco, doblando nuevamente el pergamino. “La abuela es una squib, pero el matrimonio son magos competentes. No será una operación simple.”

“¿Alguna protección especial en su propiedad?” preguntó Theodore, su voz arrastrando las palabras como si estuviera medio dormido, aunque Scorpius sabía que estaba completamente alerta.

“Encantamientos estándar para una casa de magos,” respondió Draco. “Nada que no hayamos enfrentado antes.”

Scorpius mantenía la mirada fija en sus propias manos, tratando desesperadamente de desconectarse de la conversación que se desarrollaba a su alrededor. Pero sabía que era imposible ignorarla completamente. Su padre lo observaba, todos lo observaban, esperando que participara en esta macabra planificación como había aprendido a hacer durante los últimos meses.

"Scorpius los ha elegido,” continuó Draco, y Scorpius sintió como si le hubieran arrojado agua helada. Se obligó a levantar la mirada, encontrándose con los ojos grises de su padre que lo estudiaban. “Dado que fue tu elección, también puedes elegir quién estará a cargo de la... visita.”

Visita. Como si fueran a tomar el té en lugar de asesinar a una familia entera. Scorpius sintió náuseas, pero se las arregló para mantener su expresión neutral. Sabía que esta era una prueba, otra en la interminable serie de pruebas que su padre había estado administrándole durante años.

El corazón del joven latía fuerte. Nunca dejaba de dolerle, aunque la situación se repitiera tantas veces. Levantó la mirada apenas, buscando un rostro conocido entre tantos.

“Theodore,” dijo finalmente, su voz sonando extrañamente distante a sus propios oídos.

Una exclamación ahogada de frustración vino de la dirección de Pansy. “¡Por el amor de Salazar, Scorpius! ¿Siempre tiene que ser Nott? ¿Qué tiene él que el resto de nosotros no tengamos? ¿Acaso no confías en nosotros?”

“Tal vez cree que Nott es el único con cerebro”, se burló uno de los seguidores.

Algunos de los otros magos se rieron entre dientes, pero fue una risa sin alegría, más parecida al sonido que harían las hienas alrededor de una carroña. Scorpius desvió la mirada, incapaz de sostener la mirada acusatoria de Pansy. La verdad era que elegía a Theodore porque sabía que, a pesar de todo, Theo aún tenía un vestigio de decencia enterrado en algún lugar profundo de su ser. Era más probable que hiciera la muerte rápida e indolora, más probable que no se deleitara innecesariamente con el sufrimiento.

Draco levantó una mano, y inmediatamente todos guardaron silencio. Ese simple gesto tenía más poder que cualquier hechizo de silenciamiento. “Es su elección,” dijo simplemente, y ese fue el final de cualquier objeción.

Scorpius sintió una oleada de alivio cuando su padre no añadió las palabras que había estado temiendo: que Scorpius acompañaría a Theodore en la misión. Había sucedido antes, estas “expediciones educativas” como las llamaba Draco, y cada una había dejado cicatrices en el alma de Scorpius que sabía que nunca sanarían completamente.

“Sin embargo,” continuó Draco, y el corazón de Scorpius se detuvo por un momento, “es hora de que Attaway tome más responsabilidad en estas operaciones.”

Scorpius giró la cabeza para mirar a Marcus Attaway, un mago de mediana edad con ojos pequeños y crueles que había sido uno de los primeros en unirse a la causa de Draco después de la caída del Ministerio. Attaway sonreía con una emoción que hizo que Scorpius sintiera arcadas.

“Por supuesto, mi señor,” respondió Attaway, inclinando la cabeza hacia Draco. “Será un honor demostrar mi valía.”

“Excelente,” murmuró Draco. “Theodore liderará la operación, Attaway será su segundo al mando. Quiero que esto se haga de manera limpia y eficiente. Sin teatralidad innecesaria.”

La conversación continuó durante lo que pareció horas, aunque probablemente fueron solo minutos. Discutieron rutas de escape, horarios óptimos, métodos de eliminación de evidencia. Cada detalle era planificado meticulosamente, cada contingencia considerada. Era una máquina de muerte perfectamente aceitada, y Scorpius estaba atrapado como una rueda en su mecanismo.

Por momentos alguien se dirigía a él, pidiendo su opinión sobre algún aspecto táctico o preguntando sobre información que se suponía que había recopilado. Scorpius respondía automáticamente, su mente habiendo aprendido a generar respuestas apropiadas sin involucrar realmente su conciencia en el proceso. Era una forma de disociación que había perfeccionado durante meses.

Solo tengo que aguantar un poco más, se repetía a sí mismo como un mantra. Solo hasta que pueda perfeccionar las runas. Solo hasta que pueda cambiar el pasado y acabar con esta pesadilla.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Draco despidió al grupo. Se fueron uno por uno, algunos parando para murmurar comentarios adicionales a Draco, otros simplemente desapareciendo con la misma silenciosa eficiencia con la que habían llegado.

Cuando el último de ellos se hubo marchado, el salón se sumió en un silencio que parecía aún más pesado que antes. Padre e hijo se quedaron solos, separados por metros de espacio pero por años de dolor y sufrimiento no dichos.

Scorpius esperó, sabiendo que su padre tenía algo más que decir. Draco rara vez permitía que estos encuentros terminaran sin algún tipo de evaluación personal, alguna instrucción adicional o pregunta que era tanto una prueba como una conversación.

“¿Cómo van tus avances con la captura de los Granger?” preguntó Draco finalmente, sin girarse desde su posición junto a la ventana.

Scorpius sintió que su estómago se apretaba. Los Granger habían sido objetivos de alta prioridad durante años. Se suponía que Scorpius estaba utilizando sus conexiones en Hogwarts para rastrear cualquier información sobre su paradero, utilizando la red de estudiantes cuyos padres habían jurado lealtad a Draco.

“No tengo actualizaciones que dar,” respondió honestamente. Y realmente no las tenía, porque había estado saboteando activamente cualquier intento de localizar a los Granger, proporcionando información falsa cuando era necesario y desviando investigaciones cuando era posible.

Draco no pareció sorprendido ni molesto por esta respuesta. De hecho, no pareció sentir nada en absoluto. Su rostro permaneció completamente inexpresivo, sus ojos fijos en algún punto indefinido más allá de la ventana. Scorpius estudió el perfil de su padre, tratando de recordar cuándo había sido la última vez que había visto a Draco mostrar alguna emoción genuina.

¿Cuándo fue la última vez que lo vi sonreír? se preguntó Scorpius. ¿O llorar? ¿O mostrar cualquier señal de que aún hay un ser humano allí dentro?

Pero sabía que eso no era completamente cierto. Su padre sí sentía, Scorpius podía verlo en los momentos cuando Draco pensaba que nadie estaba mirando, en la forma en que sus hombros se hundían ligeramente cuando creía estar solo, en cómo sus manos temblaban casi imperceptiblemente cuando tocaba algo que había pertenecido a Harry. El dolor estaba allí, la culpa estaba allí, pero todo había sido empujado tan profundamente, suprimido tan completamente, que había convertido a Draco en poco más que un cascarón.

El sonido de la lluvia comenzando a golpear contra las ventanas rompió el silencio. Scorpius desvió su mirada hacia el cristal, observando cómo las gotas se deslizaban por la superficie en patrones aleatorios. La lluvia había comenzado suavemente, pero ya estaba intensificándose, creando un ritmo hipnótico contra el vidrio.

“¿Cuánto tiempo más Ronald estará ahí?” preguntó Scorpius, su voz apenas audible por encima del sonido de la lluvia. Sabía que Ronald Weasley estaba siendo mantenido en algún lugar de la mansión, aunque nunca había averiguado exactamente dónde.

Draco también miró hacia la ventana, sus ojos siguiendo el recorrido de las gotas de lluvia. “¿Importa?” respondió con otra pregunta, su tono completamente neutral.

“Tienes razón,” murmuró Scorpius, aunque las palabras le sabían como cenizas en la boca. Ron había sido el mejor amigo de Harry, y Scorpius sabía que mantenerlo con vida tenía que servir algún propósito en los planes más complejos de su padre. Pero también sabía que preguntar demasiado directamente sobre esos planes sería peligroso.

Scorpius esperó unos minutos más, sumido en el sonido de la lluvia que ahora caía con fuerza contra las ventanas. La habitación se había vuelto más oscura, las nubes grises bloqueando cualquier luz natural que pudiera haber filtrado a través del clima perpetuamente sombrío.

“Voy a terminar mis deberes,” mintió finalmente, poniéndose en pie. Era una excusa familiar, una que había usado docenas de veces antes.

Draco no respondió, ni siquiera asintió para reconocer que había escuchado. Sus ojos permanecieron fijos en la ventana que ahora estaba completamente empapada por la lluvia, creando patrones distorsionados que hacían que el mundo exterior pareciera aún más irreal de lo que ya era.

Scorpius salió del salón, cerrando la puerta suavemente detrás de él. El pasillo estaba más oscuro que antes, iluminado solo por antorchas que creaban charcos de luz amarillenta interrumpidos por sombras profundas. Caminó lentamente hacia su habitación, cruzándose en el camino con varios de los guardias que patrullaban constantemente la mansión.

Todos siempre estaban vestidos con túnicas negras que ocultaban completamente sus rostros, se pegaban literalmente contra las paredes cuando lo veían acercarse. Era un espectáculo que Scorpius había presenciado cientos de veces, pero que aún lo incomodaba profundamente. Sabían quién era, sabían que era intocable, y su comportamiento era una demostración constante del poder absoluto que su padre ejercía sobre todos los que habitaban en la mansión.

También se cruzó con algunos de los seguidores más importantes de Draco, magos y brujas que habían estado en la reunión o que tenían asuntos propios que atender. Estos tampoco lo miraban directamente a los ojos, pero por razones diferentes. Para ellos, Scorpius representaba el futuro de su causa, el heredero del poder que había transformado el mundo mágico. Su deferencia era una mezcla de respeto y miedo, teñida con la esperanza de que algún día él pudiera recordar favorablemente su lealtad.

Cuando finalmente llegó a su habitación, Scorpius cerró la puerta y se apoyó contra ella por un momento, permitiéndose exhalar profundamente por primera vez en horas. Su habitación era uno de los pocos lugares en la mansión donde podía bajar la guardia, aunque solo parcialmente.

Se dirigió hacia su escritorio, recogiendo del suelo su mochila escolar que había dejado caer descuidadamente cuando había llegado. Sus deberes estaban dentro, ejercicios de Transformaciones Avanzadas y un ensayo sobre la Historia Mágica del siglo XVIII que necesitaba completar para el lunes. La ironía no se le escapaba, aquí estaba, viviendo en el centro de acontecimientos que reescribirían la historia mágica para siempre, y aún tenía que escribir sobre eventos que ahora parecían triviales en comparación.

Pero sabía que tenía que mantener la apariencia de normalidad. A su padre aún le importaba su educación, lo cual era una contradicción considerando todo lo demás. Draco insistía en que Scorpius continuara asistiendo a Hogwarts, mantuviera sus calificaciones, participara en la vida escolar como si fuera un estudiante normal.

Lo que en algún momento habría sido un privilegio, pensó amargamente mientras sacaba sus libros, ir y venir entre el colegio y casa, ahora es solo otra forma de control.

Era cierto. No podía alejarse realmente de este mundo, no podía tomar un respiro real en Hogwarts. Incluso allí, estaba rodeado de recordatorios constantes de quién era su padre y qué representaba. Los estudiantes lo trataban con una mezcla de miedo y respeto forzado, los profesores caminaban en cáscaras de huevo alrededor de él, y siempre había la sensación subyacente de que todo lo que hacía o decía podría ser reportado de vuelta a Draco.

Se sentó en su escritorio y comenzó a trabajar en su ensayo de Historia, pero las palabras parecían borrosas en la página. Le faltaban menos de dos años para graduarse, pero no sentía presión ni emoción al respecto. ¿Qué importaba su graduación cuando el mundo podría no existir para entonces?

Sus ojos se desviaron hacia el calendario que colgaba en la pared junto a su escritorio. Pasó las páginas hasta junio, y su corazón se apretó cuando encontró la fecha que había estado evitando mirar: 15 de junio. Su cumpleaños número diecies.

También el día que su padre había elegido para la ejecución pública de Albus.

Draco había anunciado la fecha meses atrás, presentándola como una conmemoración especial del aniversario de la muerte de Harry. Sería una demostración de poder, una recordación al mundo de que Draco Malfoy controlaba no solo la vida y la muerte, sino también la justicia y el simbolismo. Y había elegido el cumpleaños de su propio hijo como el día para cometer este acto final de duelo.

Scorpius cerró los ojos, apartando la mirada del calendario. Faltaban menos de tres meses. Tres meses para perfeccionar las runas de alteración temporal, tres meses para encontrar una manera de llevarlo al pasado, tres meses para cambiar todo.

Y si fallo, pensó, sintiendo como una piedra fría se asentaba en su estómago, no solo perderé la esperanza de cambiar todo. Perderé a Albus. Y entonces no me quedará nada por lo que luchar, ninguna razón para seguir viviendo en un mundo así.

El sonido de su puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos sombríos. No se molestó en girarse; había aprendido a reconocer los pasos de cada persona importante en la mansión, y estos eran inconfundiblemente los de su madre.

“Te he subido la cena,” dijo Astoria, su voz cargada con esa mezcla familiar de esperanza y desesperación que había caracterizado todas sus interacciones durante los últimos meses.

Scorpius no respondió, ni siquiera reconoció que había escuchado. Siguió escribiendo en su pergamino, aunque las palabras no tenían nada que ver con la Historia Mágica del siglo XVIII.

“Scorpius, cariño,” continuó Astoria, acercándose al escritorio. “Sé que estás ocupado con tus estudios, pero necesitas comer algo. Has estado perdiendo peso, y me preocupa que—“

“Por favor, déjame en paz,” murmuró Scorpius sin levantar la vista, su pluma moviéndose mecánicamente sobre el pergamino.

Astoria no se desalentó. Se acercó más, mirando por encima del hombro de Scorpius para ver lo que estaba escribiendo. “Oh, Transformaciones Avanzadas. Recuerdo cuando yo estudiaba esa materia. ¿Sabes? Hay un truco para los hechizos de transformación múltiple que mi profesora me enseñó—“

Scorpius soltó su pluma bruscamente, el sonido resonando en la habitación silenciosa. Metió todas sus cosas de vuelta en su mochila con movimientos bruscos y agitados, claramente tratando de terminar la conversación.

Pero Astoria no se rindió. “Oh, y antes de que me olvide,” dijo, dirigiéndose hacia una pila de ropa que había estado sobre la cómoda de Scorpius desde el día anterior. “No olvides llevarte lo que te compré. La túnica es nueva y estas camisas... pensé que te gustarían.”

Se acercó con la ropa en brazos, una sonrisa esperanzada en su rostro. Era la misma sonrisa que había estado tratando de conjurar durante meses, la sonrisa de una madre que desesperadamente quería conectar con su hijo pero que no sabía cómo atravesar la pared de hielo que él había construido alrededor de sí mismo.

“Scorpius, mira, son de muy buena calidad, y el color verde te quedaría perfecto con tus ojos.” Intentó ponerle la ropa en las manos, pero Scorpius se alejó bruscamente, casi como si el contacto lo hubiera quemado.

La ropa cayó al suelo en un montón desordenado, las telas finas arrugándose contra el suelo frio del piso.

“¡Scorpius!” exclamó Astoria, su voz cargada de reproche y dolor. “¿Por qué tienes que comportarte así? Solo estoy tratando de—“

“Estoy harto,” interrumpió Scorpius, girándose hacia ella con ojos que brillaban de frustración y algo mucho más oscuro. “Estoy harto de escucharte, harto de tenerte en mi habitación y estoy harto de que pretendas que las cosas son normales cuando nada, absolutamente nada, es normal. ¡Vete!”

Astoria retrocedió como si la hubiera abofeteado, sus ojos llenándose de lágrimas. “Scorpius, yo solo quería—“

“¡Vete!” repitió él, su voz subiendo de volumen. “¡No quiero verte aquí! ¡No quiero tu ropa, no quiero tu comida, no quiero tu compañía!”

“Scorpius,” lo reprendió ella con voz quebrada, “no puedes seguir tratándome así.”

Pero él no la miraba. Se limitó a cruzar los brazos y a clavar la vista en la pared. Su silencio era un muro más alto que cualquier palabra.

Astoria dio un paso hacia él, con lágrimas acumulándose en los ojos.

“Soy tu madre. Te guste o no, lo soy. Y no importa cuántas veces me rechaces, siempre voy a estar aquí.”

“Vete”, dijo Scorpius con frialdad.

Ella se detuvo, dolida, y trató de mantener la calma.

“No, no voy a irme hasta que me escuches. Sé que me odias, pero no voy a dejar que ese odio te destruya.”

Scorpius la fulminó con la mirada, temblando de ira contenida. “¿Quieres ayudarme? Entonces lárgate y no vuelvas.”

Astoria se acercó un paso, extendiendo una mano hacia él, pero antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió. Draco apareció en el umbral, sus ojos moviéndose rápidamente entre su esposa y su hijo, evaluando la situación.

Scorpius se giró hacia su padre, su respiración entrecortada por la emoción. “Dile a esta mujer que se vaya,” dijo las palabras saliendo como un gruñido.

Astoria hizo un sonido ahogado de dolor ante la forma en que su hijo se había referido a ella. “Scorpius, yo soy tu madre—“

“Astoria,” dijo Draco calmadamente, sin apartar la mirada de Scorpius. “Déjalo en paz.”

Astoria obedeció inmediatamente, como siempre hacía cuando Draco hablaba. Recogió rápidamente la ropa del suelo y salió de la habitación sin decir otra palabra, aunque Scorpius pudo escuchar el sonido ahogado de sus sollozos mientras se alejaba por el pasillo.

Scorpius se sentó pesadamente en su cama, enterrando su rostro en sus manos. Se mordió el labio inferior tan fuerte que pudo sentir su sangre, tratando desesperadamente de no llorar de pura impotencia frente a su padre.

Después de unos minutos, Draco se acercó, aunque no mucho. Se detuvo a una distancia que era lo suficientemente cerca para demostrar algún tipo de conexión paternal, pero lo suficientemente lejos para mantener la autoridad.

“Es tu madre,” dijo simplemente, casi como un recordatorio.

Scorpius sintió como las lágrimas amenazaban con desbordarse. ¿Mi madre? pensó amargamente. Mi madre que me trajo a este mundo solo para que fuera testigo de su destrucción. Mi madre que se queda callada mientras tú torturas a la persona que más amo. Mi madre que actúa como si pudiéramos ser una familia normal mientras Albus se pudre en las mazmorras.

Draco se acercó lo suficiente para acariciar suavemente el cabello de Scorpius, un gesto que habría sido tierno en circunstancias normales, pero que ahora se sentía como una burla.

“Buenas noches, Scorpius,” murmuró, y luego se dirigió hacia la puerta.

Pero antes de salir, sus dedos se detuvieron en algo sobre la cama de Scorpius, un peluche de león blanco que había estado allí durante años, un regalo que había recibido cuando era mucho más joven y el mundo aún tenía sentido.

Scorpius levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo su padre tocaba el peluche, sus dedos rozando la melena suave del león. Por un momento, algo pasó por el rostro de Draco, un destello de algo que podría haber sido reconocimiento, o tal vez dolor. Pero desapareció tan rápido que Scorpius no estuvo seguro de haberlo visto realmente.

Aunque Draco aún no había abandonado completamente la habitación, Scorpius no pudo contenerse más. Se lanzó hacia adelante y agarró el peluche, abrazándolo contra su pecho con una desesperación que lo sorprendió incluso a él mismo. Lo acercó a su rostro, inhalando profundamente como si pudiera encontrar algún vestigio del pasado, algún eco de tiempos más felices atrapado en las fibras suaves.

Albus, pensó, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente comenzaron a derramarse por sus mejillas. Me lo regalaste en tu cumpleaños, cuando todavía creías que los leones eran más valientes que las serpientes, cuando aún pensabas que yo podría ser diferente a mi familia.

Tenían menos de diez años. El jardín de la Madriguera era un caos de risas y voces. Los Weasley habían reunido a la familia entera para una de esas celebraciones interminables, y los niños corrían de un lado a otro entre mesas repletas de comida y banderines mágicos que flotaban en el aire. Scorpius estaba incómodo, demasiado consciente de que era “el hijo de Malfoy” y que cada vez que alguien lo miraba parecía recordarle quién era su padre.

Pero Albus no lo miraba así.

El pequeño, con los ojos verdes brillando como gemas bajo la luz del verano, se le acercó con las mejillas encendidas y las manos escondidas detrás de la espalda.

“Ven, quiero darte algo.”

Scorpius frunció el ceño, desconfiado. “¿Qué es?”

“Cierra los ojos primero.”

“No.”

“Scorp, confía en mí. Solo ciérralos.”

El rubio bufó, rodando los ojos con ese gesto orgulloso que parecía haber heredado de nacimiento, pero obedeció. Se cruzó de brazos y murmuró con dramatismo. “Si es una broma de tus primos, te lo haré pagar.”

Albus rió, esa risa limpia, llena de luz, que siempre conseguía hacer sonreír a Scorpius. Después, sintió que algo suave le rozaba las manos.

“Ya puedes abrirlos.”

Cuando lo hizo, se encontró con un peluche suave, con una melena indomable y dos ojos de un intenso gris. Era evidente que no era barato. Scorpius lo tomó con cuidado, como si temiera que se deshiciera en sus manos.

“Lo elegí yo.” Albus lo dijo casi en un susurro, apretando los labios como si se arrepintiera de haberlo entregado. “Sé que no es perfecto… pero pensé que… cuando no estemos juntos, podrías tenerlo. Para que no olvides que… yo…”

No terminó la frase. Scorpius lo miró en silencio, sorprendido por la torpeza y el coraje infantil escondido en ese regalo. Nadie le había dado nunca algo así. Nadie.

“Es barato.” Respondió, porque era lo único que sabía decir para ocultar la emoción que le trepaba por el pecho.

Albus palideció. “¡Oye! ¡Me costó mucho!”

Scorpius lo abrazó contra sí con brusquedad, escondiendo la sonrisa. “Lo tendré conmigo siempre.”

Fue entonces cuando una carcajada los interrumpió. Harry estaba apoyado contra la cerca del jardín, observándolos con los brazos cruzados y esa mirada cálida que parecía verlo todo sin juzgar. El viento revolvía su cabello desordenado, y por un instante, Scorpius lo miró con una mezcla de respeto y extraña seguridad. Era como si la sola presencia de Harry asegurara que nada malo podría sucederles.

“Así que ahora regalas peluches, Al.” Harry se acercó, revolviendo el cabello de su hijo. “Tienes un buen gusto. Quizá deberías regalarle uno a tu tío Ron, seguro le haría falta dormir abrazado a algo cuando tenga miedo.”

Albus rió con vergüenza, mientras Scorpius se aferraba más fuerte al peluche, incapaz de apartar la vista de ese hombre que era un héroe para todos, pero que en ese momento parecía solo un padre orgulloso.

El recuerdo se desvaneció, arrancado por el frío de la habitación. Scorpius abrió los ojos y se encontró otra vez solo, abrazando el mismo peluche, ya gastado, sin ese jardín, sin esa risa de Harry que había desaparecido de la faz de la tierra.

El llanto vino en oleadas silenciosas, sus hombros temblando mientras luchaba por mantener los sonidos ahogados. Pero cuando sus dedos encontraron el collar alrededor del cuello del león —ese pequeño collar dorado que una vez había tenido una placa con la inscripción “Para la estrella más brillante que conozco, de tu serpiente favorita”.

La cadena se había partido por la mitad, y la pequeña placa había desaparecido por completo. Scorpius recordó exactamente cuándo se había roto, la noche que Astoria había venido a su habitación, radiante de emoción cruel, para contarle cómo había encontrado a Albus escondido en una casa segura en Yorkshire. Había estado tan desesperado, tan furioso, tan completamente roto por la noticia, que había arrojado el peluche contra la pared con toda su fuerza. El collar se había roto en el impacto, y Scorpius nunca había encontrado el valor para repararlo.

Ahora, sosteniendo el peluche contra su pecho mientras las lágrimas corrían libremente por su rostro, se sintió como aquella vez. Vulnerable, aterrorizado, completamente perdido en un mundo que se había vuelto demasiado oscuro y complejo para navegar.

El sonido de la puerta cerrándose resonó en la habitación como un disparo. Scorpius levantó la mirada a través de sus lágrimas, esperando ver a su padre todavía allí, tal vez esperando algún tipo de consuelo o explicación. Pero la habitación estaba vacía.

Una parte de él, una parte pequeña y patética que odiaba admitir que existía, había querido desesperadamente que Draco se quedara. Había querido que su padre se acercara, que se sentara en la cama junto a él, que lo abrazara como había hecho cuando Scorpius era pequeño y tenía pesadillas. Había querido que Draco le dijera que todo estaría bien, que encontrarían una manera de arreglar todo esto, que la familia que una vez habían sido podría existir nuevamente.

Pero eso no había sucedido. En su lugar, su padre había simplemente salido de la habitación, dejando a Scorpius solo con su dolor y su peluche roto.

Se acostó en su cama, aún aferrándose al peluche, y miró hacia el techo donde las sombras danzaban en patrones cambiantes creados por las velas. La lluvia continuaba golpeando contra su ventana, un ritmo constante y melancólico que parecía hacer eco del latido de su corazón.

Tres meses, se recordó a sí mismo. Solo tres mes más, y entonces sabré si mi plan funcionará o si todo habrá sido inútil.

Pero incluso mientras trataba de aferrarse a esa esperanza, podía sentir cómo se desvanecía lentamente, como arena deslizándose entre sus dedos. Las runas de alteración temporal eran increíblemente complejas, y combinarlas con magia desconocida era algo que ningún mago había intentado jamás. Las probabilidades de éxito eran astronómicamente bajas, y las consecuencias del fracaso eran demasiado terribles para contemplar.

Pero tengo que intentarlo, pensó, cerrando los ojos y tratando de imaginar un mundo donde Albus estuviera libre, donde Harry estuviera vivo, donde su padre fuera nuevamente el hombre que una vez había sido. Porque si no lo intento, entonces Albus morirá en tres meses, y yo no podré vivir en un mundo sin él.

La realidad de esa declaración lo golpeó como un puñetazo físico. Si perdía a Albus, si realmente perdía la única persona que había hecho que su vida valiera la pena, entonces no habría nada que lo mantuviera anclado a este mundo. No habría razón para continuar fingiendo que era el hijo obediente, no habría razón para seguir participando en esta farsa de familia funcional, no habría razón para seguir respirando.

Las lágrimas vinieron más fuerte ahora, sollozos silenciosos que sacudían todo su cuerpo. Lloró por Albus, encadenado y sangrando en las mazmorras de abajo. Lloró por sus padres, que se habían convertido en extraños crueles que apenas reconocía. Lloró por el mundo que habían perdido, por la infancia que nunca había tenido realmente, por el futuro que probablemente nunca llegaría a ver.

Pero más que nada, lloró por sí mismo, por el joven que había querido ser, por las elecciones que nunca había tenido realmente la oportunidad de hacer, por el amor que había encontrado y que estaba a punto de perder para siempre.

La lluvia continuó cayendo contra su ventana, lavando el mundo exterior hasta que todo se volvió borroso e indistinto. Y en algún lugar muy profundo de la mansión, sabía que Albus estaba despierto también, probablemente preguntándose si Scorpius regresaría mañana, si habría mañana, si alguna vez volverían a verse en circunstancias que no involucraran cadenas y barras de hierro.

Resistirás, le había dicho Scorpius. Tienes que resistir.

Ahora se repetía esas mismas palabras a sí mismo, aferrándose a ellas como a un salvavidas en un océano tempestuoso. Porque si no resistía, si se rendía ahora, entonces todo habría sido por nada. Y no podía permitir que eso sucediera.

No cuando aún había una oportunidad, por pequeña que fuera, de cambiar todo.

Scorpius respiró hondo, temblando. La habitación parecía cerrarse sobre él, los muros acercarse cada vez más. Era insoportable la contradicción: ese objeto tan pequeño era su única fuerza, pero al mismo tiempo lo destruía recordándole lo que había perdido.

“Siempre lo guardaré…” murmuró con la voz rota, repitiendo las palabras que había dicho de niño. “Siempre…”

El silencio le devolvió solo el eco de su propia desesperación.

Y entonces entendió algo. Si no lograba cambiar el destino, si no lograba romper ese ciclo, ese recuerdo sería lo último que quedaría de ellos. Un peluche deshecho y una promesa infantil en medio de un mundo devastado.

Scorpius apretó los ojos y se obligó a respirar, a recomponerse. Guardó el peluche bajo la almohada, como si lo escondiera del mundo entero, y se tumbó sobre la cama sin quitarse las botas. El cansancio lo vencía, pero el corazón le seguía latiendo con la fuerza de una herida abierta.

Se quedó mirando el techo, susurrando el nombre de Albus como si fuera un conjuro. Y en la penumbra, entre lágrimas que no se detenían, juró que encontraría la manera de volver a ese jardín, de recuperar aunque fuera un destello de esa risa limpia. Porque de lo contrario, ¿para qué seguir respirando?

Notes:

He estado recibiendo comentarios para publicar este hermoso fic (casi olvido que lo tenia en borradores) y tome tal vez la arriesgada decisión de sacarla a luz ahora y no cuando termine otro fic 🥺

Bien, les daré un pequeño adelanto de como ira esta historia.
el primer capitulo muestra un presente (futuro) oscuro, donde Draco se convirtió en un mago oscuro y se adueño de todo y todos. si bien la historia esta desde el pov de Scorpius cuando él viaje al pasado nos mostrara a las versiones jovenes de Draco y demás. Para ser más exacta, Scorpius ira al quinto año, si logran adivinar en que parte de ese año escolar Scorpius planea ir les subo el siguiente capitulo.
Como el resumen señala, Scorpius busca abrirle los ojos a Draco y que se de cuenta que esta enamorado de Harry. Scorpius con el tiempo ira conociendo a Harry y se harán amigos (algo que pondrá loco a Draco) habrá drama, malos entendidos, primeros amores que no se olvidan, por supuesto Scorpius va a cambiar la linea de tiempo así que si buscan leer un fic donde el protagonista de moralidad dudosa une a su padre que tiene su misma edad con el padre del amor de su vida y al mismo tiempo ganar una guerra, les invito a leer y si no, bueno, me da igual.