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Era una nublada tarde de finales de verano en Chalphy, un evento bastante inusual para esa época del año, la cual se distinguía por un constante y cálido clima soleado. Al interior del castillo del ducado, en la sala principal, Lord Byron mandó llamar a su hijo de quince años, y a su hija de doce años, para comunicarles un asunto importante.
- Ya estamos aquí, padre. – en cuanto estuvo frente a él, el joven Sigurd hizo una reverencia.
- ¿Qué ocurrió? ¿Sucedió algo malo? – la aún más joven Ethlyn imitó a su hermano mayor.
- Tranquilos, hijos míos. No voy a comunicarles tragedias ni penalidades. Por el contrario, compartiré con ustedes una extraordinaria noticia que arribó a nuestro hogar esta mañana, un acontecimiento que le concierne a toda nuestra familia. – alzó un sobre, cuyo sello dorado ya estaba roto. – Por fin llegó el momento.
- ¿El momento de qué? – la chica de cabello rosa no estaba segura a qué se refería su padre.
- El momento de que tu hermano mayor empiece su estancia en la Academia Real de Belhalla. – explicó, solemne. – Recibí esta misiva hace unas horas, y en ella se notifica que Sigurd debe presentarse pasado mañana, al mediodía, en la Academia Real, para comenzar sus clases al día siguiente.
- ¡¿Debo estar en Belhalla para pasado mañana?! – el muchacho exclamó. – ¿Eso significa que…?
- Correcto. – su padre asintió. – Saldrás de aquí, en una diligencia, mañana en la mañana, para que tu llegada a Belhalla ocurra sin contratiempos. – pausó un instante. – Hasta tu regreso temporal, a principios del invierno, ésta será tu última noche aquí.
- … – el chico estaba impactado. – … Pensé que asistiría a la Academia Real hasta el próximo año, cuando tuviera dieciséis.
- Sé que ésa era la forma en la que lo habíamos planeado originalmente, pero, mientras más pronto comiences tu formación en la Academia Real, más pronto estarás listo para ser un digno duque de Chalphy. – contempló a su hijo, con algo de nostalgia filtrándose por sus ojos. – Cada día me hago más viejo, Sigurd. No puedo detener el tiempo y, por muy fatalista que esto suene, estoy seguro de que dejaré este mundo primero que tú, así que debes estar listo para tomar mi lugar en cualquier momento. Es tu deber, como el hijo mayor del duque de Chalphy.
- … Lo sé, padre. – el joven asintió, con determinación en su mirada. – Daré lo mejor de mí, en esta nueva etapa de mi vida.
- Confío plenamente en que lo harás.
- Sí, padre. – volvió a asentir. – Ya que el tiempo apremia, prepararé mi equipaje enseguida. Sé que, al llegar a la Academia Real, recibiré varios juegos de uniformes, pero también necesitaré llevar varias cosas desde aquí.
- Eso es cierto. – le entregó la carta que había recibido. – En la misiva hay más información que podrías serte útil, incluyendo una lista de artículos requeridos y sugeridos.
- Gracias, padre. – inclinó su cabeza. – Sin más que agregar, iré a mis aposentos, para comenzar a empacar mis pertenencias. Me retiro. – dio media vuelta, y salió de la sala principal.
- … – su hermana lo contempló, con una expresión neutral. – … – volteó a ver a Lord Byron. – Padre, si no tienes inconveniente, yo también me iré a mi recámara. – hizo una reverencia. – Con permiso. – ella también se fue.
- Adelante, niña. Los llamaré cuando sea hora de cenar.
La lista de artículos requeridos y sugeridos era bastante extensa, pero, para la buena fortuna del joven de ojos cerúleos, contaba con todo lo que necesitaría durante el primero de los tres años que conformarían su estancia en la Academia Real. Pese a que era una institución de gran prestigio, a la cual acudían los hijos de la realeza y nobleza de todo Jugdral, Sigurd sabía que, en cuatro meses más, se llevaría a cabo el receso vacacional del solsticio de invierno, por lo que volvería a su hogar durante tres semanas.
De su armario, tomó un amplio cofre, forrado de cuero café, lo abrió usando una llave dorada y, en su interior, comenzó a acomodar varias de sus pertenencias, incluyendo su ropa y libros. Mientras llenaba su baúl, la atención del joven de cabello azul se interrumpió en cuanto escuchó un débil y lejano sollozo, sonido que lo inquietó. Guiándose por su oído, salió de su alcoba, y caminó hasta la habitación de enfrente… la habitación de su hermana menor.
- ¿Ethlyn? – Sigurd tocó la puerta. – ¿Ethlyn, estás bien?
- ¡Sí! – la muchacha exclamó, con una voz afligida. – ¡Estoy de maravilla!
- … Ethlyn, es obvio que estás mintiendo. ¿Me permites entrar, por favor?
- … De acuerdo. – terminó cediendo.
- Gracias. – abrió la puerta.
Los ojos cerúleos encontraron a la jovencita de cabello rosado sentada en el centro de su cama, abrazando sus rodillas alzadas. Contempló con tristeza su rostro cubierto de lágrimas, y su nariz enrojecida, señales inequívocas de que había estado llorando durante el mismo lapso en el que él estuvo empacando.
- Oh, Ethlyn. – Sigurd se acercó a su hermanita, y comenzó a acariciar su cabeza, consolándola cariñosamente. – ¿Por qué lloras?
- ¿Tú por qué crees? – la muchacha le preguntó, con un dejo de ironía en su voz.
- … ¿Lloras porque me voy a la Academia Real?
- Sí. – asintió, todavía decaída.
- No entiendo por qué lloras. Yo soy quien se irá lejos de casa, de nuestro padre, y de ti, a una escuela nueva, en una ciudad nueva, con gente nueva. Tú te quedarás aquí, con nuestro padre, y…
- ¡Eso ya lo sé, tonto! – lo interrumpió. – Y no estaba llorando por eso.
- ¿Entonces?
- Estaba llorando porque no quiero que te vayas a la Academia Real. – admitió.
- ¿Eh? – seguía sin comprender su razonamiento. – Pero, Ethlyn, tú ya sabías que esto pasaría algún día. Aunque será un año antes de lo previsto, habíamos hablado de este tema desde hacía meses. Como príncipe de Chalphy, es mi deber acudir a la Academia Real, y estar listo para lo que sea que pueda ocurrir en el futuro.
- Ya sé que debes cumplir con tu deber, y que tu asistencia es importante, pero… –sus ojos rosas volvieron a lagrimear. – Cuando te vayas a la Academia Real, voy a quedarme muy solita. – nuevamente, rompió en llanto.
- Ethlyn…
- Es que… – dio un suspiro. – Aunque nuestro padre sigue aquí, a veces está tan ocupado, que pueden pasar días completos sin vernos. – volvió a suspirar. – Y ya han pasado tres años desde que nuestra madre se fue al paraíso.
- …
- Sé que debo actuar con decoro, y es algo que iba a suceder en cualquier momento, pero no puedo evitar sentirme triste. – talló sus ojos, y secó sus lágrimas. – Además, nunca cuidas lo suficiente de tu apariencia, y no sabes coser.
- ¿Qué?
- ¡Lo que dije! ¡Eres muy descuidado! – hizo un ligero puchero. – Te vas a ver ridículo cuando se le caigan los botones a tu uniforme, y no sepas cómo ponérselos.
- … ¡Jejeje! – no pudo evitar reírse. – Es verdad, soy algo descuidado, y no creo que pueda pedirles a mis futuros compañeros que me ayuden a coser mis botones, o remendar alguna prenda. – suspiró. – Entiendo tu sentir, hermana, pero no estaré en la Academia Real para siempre. En cuatro meses, volveré para las vacaciones del solsticio de invierno.
- Falta mucho para eso.
- No realmente, pero, a partir de hoy, debemos ser valientes. – tomó su mano derecha. – Tú y yo somos descendientes del cruzado Baldo, así que, para honrar su legado, debemos ser valientes, sin importar lo que pase en nuestras vidas desde ahora. – le sonrió. – Aunque espero que no suceda, seguramente, cuando seamos adultos de verdad, nos enfrentaremos a situaciones todavía más angustiantes que dejar nuestro hogar, o estar separados.
- … Tienes razón. – soltó y bajó sus piernas, se movió hacia el borde de su cama, y se puso de pie, frente a Sigurd. – Está bien, hermano. Seré valiente, si tú también lo eres. – le ofreció su meñique derecho.
- Seamos valientes, Ethlyn. – entrelazó su meñique derecho con el de ella. – Es una promesa.
- ¡Sí! – asintió, por fin sonriendo. – Además, planeo enviarte cartas todas las semanas, para que sepas cómo está todo en casa.
- Y yo también te enviaré una carta cada semana, para que sepas cómo es la academia, quiénes son mis amigos, y qué hago día a día. – abrió sus brazos. – ¿Un penoso abrazo familiar?
- … Un sincero abrazo familiar. – correspondió a su gesto.
- … Palmadas. – los hermanos dijeron al unísono, mientras se daban un par de palmadas suaves en las espaldas, soltándose al terminar.
- Bien, ahora que ya estamos mejor, hay algo más que debemos hacer. – la muchacha indicó.
- ¿Qué necesitamos hacer?
- Voy a enseñarte a coser, para que sepas qué hacer si tus botones se caen. – sonrió. – Así que, Siggy, termina de empacar y, cuando termines, vuelve conmigo.
- … Creí que nunca me ibas a volver a decir “Siggy”. – escuchar ese antiguo sobrenombre lo tomó por sorpresa. – Dijiste que ya eras muy grande para llamarme así.
- Hoy te diré Siggy. – le guiñó el ojo derecho. – ¿Qué estás esperando? ¡Ve a terminar de empacar! – comenzó a empujarlo, dirigiéndolo a la salida.
- ¡Ya voy, ya voy! – soltó una risita. – En cuanto termine, vendré a molestarte.
- ¡Eso espero!
Aunque sabían que sus vidas estaban a punto de cambiar para siempre, los jóvenes hermanos reales de Chalphy prometieron ser valientes, no sólo en el corto plazo, sino mientras vivieran. No sabían qué sucedería con ellos en el futuro, pero había una certeza en sus corazones: fuera cual fuera su destino, lo enfrentarían con honor, dignidad y, especialmente, valentía.
Fin.
