Work Text:
—¡Itadori!
Una densa nube de polvo cubría todo el lugar, escombros y concreto derruido de lo que alguna vez fue un edificio abandonado lo rodeaban. Megumi tosió y sintió como la tierra y el polvo raspaba su garganta, mientras corría hacia el lugar donde vio la silueta de su compañero desaparecer.
Se supone que la maldición con la que habían estado luchando no era poderosa, pero sí demasiado escurridiza por su pequeño tamaño, además de que era difícil concentrarse en atacar cuando su aspecto humanoide asemejaba al de un niño pequeño; un poco deforme, pero un niño al fin; que emitía gemidos lastimeros como los de un bebé cada vez que recibía un golpe.
Megumi había notado desde el principio lo mucho que se le estaba dificultando a Itadori hacerle daño a la maldición, por lo que decidió acabar con ese suplicio mental de una vez asestando un golpe certero con en el arma maldita que traía consigo, la maldición se retorció y pareció hacerse más pequeña mientras lastimeros gemidos salían de ella.
Itadori, parado a un par de metros de distancia, le lanzó una mirada que podría interpretarse como de disculpa, y Megumi solo chasqueó la lengua en respuesta, era su forma de decirle que era un idiota y que no se preocupara por eso.
"Iré adentro a verificar que no queden más maldiciones" le había dicho Itadori, dándole la espalda a él y al cuerpo de la pequeña maldición que se deshacía poco a poco. Megumi se relajó y guardó su arma dentro de sus sombras, empezó a caminar hacia el camino que bordeaba el terreno en el que estaban y sacó su celular del bolsillo para llamar a Nitta e informarle que habían terminado y que vaya a recogerlos.
Pero antes de siquiera desbloquear el aparato, un sonido de arrastre captó su atención, Megumi se quedó quieto, agudizando todos sus sentidos para encontrar la fuente de aquel sonido, sus iris se movieron con cautela escaneando el lugar, el sonido pronto se convirtió en algo burbujeante y grotesco, y Megumi giró muy rápido sobre sus talones para encontrarse con una masa enorme donde se supone que estaría el cadáver de la pequeña maldición, está masa siguió creciendo y emitiendo el mismo llanto parecido al de un bebé. Todo pasó en un segundo, una esfera de energía fue expulsada de la masa, que pareció explotar y convertirse en ceniza al expulsarla, y esta bola de energía fue directamente hacia Itadori.
La densa nube de polvo que se había levantado después del impacto obstaculizaba la visión de Megumi, por lo que invocó a Nue rápidamente, quien despejó el aire con el fuerte aleteo de sus alas, mientras el polvo se dispersaba y Megumi se acercaba más al lugar donde se supone debería estar Itadori, escuchó el pequeño gimoteo de un infante, el corazón de Megumi latía rápido mientras se acercaba con pasos cautelosos, con las manos listas para invocar a Kon, temiendo que la maldición siga viva. El polvo se dispersó por completo, y Megumi vio horrorizado el pequeño montículo que ahora formaba la ropa vacía de Itadori sobre los escombros.
—No...
Apretó los puños y cerró los ojos con fuerza, haciendo un enorme esfuerzo por no llorar, creyendo lo peor, pero entonces escuchó otro suave gimoteo y el sonido de la ropa moviéndose. Al dirigir la mirada de nuevo hacia la ropa de Itadori, notó que había un bulto debajo de ella. Con el corazón latiendo muy rápido, se agachó y retiró la chaqueta.
Lo que encontró lo dejó sin aliento.
Un pequeño niño de no más de un año, completamente desnudo, con el cabello de un rosa pálido y ojos dorados, gimoteaba en silencio y pequeñas lágrimas resbalaban por sus regordetas mejillas.
—¿¡Que carajo?!
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—¿¡Que carajo!? — Gojo se quitó la venda de los ojos y se acercó al pequeño niño para observarlo mejor —. Definitivamente es Itadori. —concluyó después de un par de segundos.
Megumi tenía envuelto al pequeño niño con la chaqueta sucia de Itadori, había tratado de dejarlo antes sobre el colchón de la cama de su antiguo dormitorio de la escuela, pero Itadori, con sus pequeñas manos regordetas, se había aferrado tan fuerte a su chaqueta, que Megumi pronto se rindió y permitió que este lo abrazara, prendido de él como un pequeño bebé koala.
—¿Por qué eres tan pesado? —preguntó al niño, acomodándolo mejor entre sus brazos, mientras este escondía su rostro lo más que podía en la tela del uniforme de Megumi.
Gojo, sentado a su lado, no dejaba de observarlo con detenimiento
—¿¡Y entonces qué, se va a quedar así para siempre!? —preguntó Gojo de repente, con el ceño fruncido mientras apuntaba con insistencia al pequeño bebé que seguía abrazado al cuello de Megumi como si su vida dependiera de ello.
—Si lo sabría no te hubiera llamado.
—Tienes mucha confianza en mí, Gumi. Recuerda que yo ya no soy tu sensei. Entonces ¿Qué hacemos?
—¿Y qué se supone que quieres que te diga? No lo sé. —respondió Megumi, conteniendo las ganas de empujarlo por la ventana.
El bebé Itadori dejó escapar un pequeño estornudo y se acomodó más contra el pecho de Megumi, soltando un quejido bajo cuando este intentó separarlo para volver a envolverlo con la chaqueta sucia que hacía de manta improvisada. Megumi suspiró, resignado, y volvió a subir la prenda hasta cubrirle los pies. El niño se aferró más fuerte, frotando su mejilla regordeta contra la tela de su uniforme.
—Esto no tiene ningún maldito sentido —masculló, más para sí mismo que para Gojo— ¿Cómo demonios una maldición convierte a alguien en bebé y luego simplemente desaparece?
—¡Esa es una excelente pregunta! —Gojo se levantó de donde estaba sentado y empezó a dar vueltas por la habitación—. Pero, mira, no es tan malo. Piensa en esto como... un simulacro.
—¿Simulacro? —Megumi arqueó una ceja, sin poder ocultar el fastidio en su voz.
—Sí. ¿Y si esto fuera una señal del destino? Tal vez el universo quiere que experimentemos la vida de casados. Tú, yo, y nuestro adorable hijo de cabello rosado. —Sonrió ampliamente, como si de verdad le encantara la idea.
Megumi quiso asesinarlo con la mirada.
—Te juro que si vuelves a decir algo como eso, te encierro dentro de mis sombras el resto de la semana.
Gojo se rio, pero al ver que Megumi no bromeaba, levantó las manos en señal de paz.
—Bueno, bueno... entonces hablemos de cosas prácticas. ¿Qué haremos con él? No podemos dejarlo aquí. Shoko está de viaje, es la única que podría darnos respuestas sobre la situación de Itadori.
Megumi suspiró otra vez. Sus brazos ya comenzaban a doler, pero el bebé no daba señales de querer soltarlo.
—Lo llevaremos a casa —dijo al fin, con voz cansada—. Hasta que Shoko regrese y encuentre alguna forma de revertir esto.
—¿A casa de quién? —Gojo se detuvo en seco.
Megumi levantó la mirada, exasperado.
—A la mía, obvio.
—¿Y por qué no a la mía?
—Porque tú no sabes ni freír un huevo sin provocar una explosión.
Gojo parpadeó, y por un segundo, su sonrisa se volvió un poco más suave.
—Oye, oye ¿Quién crees que te cocinaba cuando eras un pequeño erizo gruñón?
—Eso explica el porque siempre me enfermaba.
Gojo jadeó como si acabaran de golpearlo en el estómago.
—Bien, tú ganas, entonces vamos a tu casa —aceptó, encogiéndose de hombros—. Pero yo también me quedo. No me voy a perder esta oportunidad histórica.
—Como quieras.
—¡Seré un excelente padre!
Megumi suspira con resignación, ya aceptando el desastre que seguramente sería.
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Horas más tarde, ya en el apartamento de Megumi, la escena era... caótica.
Gojo había llegado con una bolsa enorme llena de objetos inútiles: una caja de pañales de la talla incorrecta, leche en polvo claramente no apta para un bebé, demasiados juguetes ruidosos, y conjuntos de ropones para recién nacidos.
—¿De dónde sacaste todo esto?
—La tarjeta mágica. —explicó, con una sonrisa orgullosa.
Megumi suspiró de nuevo, mientras tomaba las mantas afelpadas (lo único útil entre todo lo demás) y los ropones de algodón demasiados pequeños, rasgó la tela con habilidad e improvisó un pañal temporal, después lo envolvió con la manta y volvió a cargarlo . El bebé Itadori se revolvió en sus brazos y emitió un chillido que parecía una protesta.
—Sí, yo también estoy cansado, Itadori —murmuró Megumi, mirándolo con pesar—. No eres el único sufriendo aquí.
Gojo lo miraba profundamente, con los labios ligeramente separados. La imagen de Megumi actuando tan naturalmente como un padre experimentado fue demasiado para su ya enamorado corazón.
—Satoru, Itadori tiene hambre —Le dijo, sin mirarlo y con las mejillas levemente sonrojadas a causa de la intensa mirada de Gojo —. Tendrás que ir a comprar ropa y pañales adecuados después, te haré una lista.
Gojo solo asintió lentamente y se dirigió a la cocina, aún afectado por la imagen de Megumi con el bebé. Y mientras su mente seguía dando vueltas en esa imagen, tal vez no calculó las medidas adecuadas para la formula, quedando la leche demasiado espesa.
—¡Mira, Megumi! ¡Está listo! —anunció volviendo a la sala, agitando el biberón frente a Megumi.
—Eso no es leche. Es lodo. Vas a matar al niño.
—No seas tan duro ¡No tengo experiencia! No todos podemos ser padres naturales como tú.
Megumi se sonrojó sin querer, y desvió la mirada.
—No digas tonterías.
—No, en serio —Gojo se acercó, bajando la voz—. Se te da bien. No es sólo que Itadori te adore... es como si fueras su lugar seguro. Eso... también me gusta.
Megumi no supo qué responder. Sólo apretó un poco más al bebé en brazos, que en ese instante se acomodó otra vez contra él, con una sonrisa somnolienta en los labios regordetes.
Gojo pensó que tal vez esa pequeña y extraña escena era lo más cerca que habían estado de algo parecido a una familia.
Y le gustaba. Mucho más de lo que pensaba.
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La noche llegó sin piedad, arrastrando consigo un cansancio que Megumi no recordaba haber sentido desde sus días como estudiante. El pequeño apartamento, que usualmente era silencioso y organizado, ahora parecía el escenario de una guerra silenciosa: mantas tiradas por el suelo, una montaña de pañales descartados, y en el centro de todo... el bebé Itadori.
Un bebé que no quería dormir.
—Ya intenté cantarle —dijo Gojo en voz baja, mientras se acercaba con una toalla húmeda sobre el hombro y ojeras bajo los ojos.
—Eso no fue cantarle —susurró Megumi desde el futón—. Fue arruinar un tema de anime a los gritos.
—¡Era el ending de Digimon temporada dos! Tiene valor emocional.
El bebé Itadori, que parecía haber fingido dormir solo para engañarlos, soltó otro quejido y se retorció entre los brazos de Megumi. Llevaban más de una hora intentando acostarlo, pero cada vez que lo alejaban un centímetro de Megumi, el niño despertaba como si activaran una alarma.
—Tienes que dormir. —le murmuró Megumi al niño, con voz apagada y la paciencia colgando de un hilo. El bebé respondió tomando con fuerza los mechones oscuros de su flequillo y jalándolos.
Gojo, sentado en el suelo, los miraba con la cabeza apoyada contra la pared. Sonrió, visiblemente rendido.
—Te ves tan lindo en modo mamá.
Megumi giró la cabeza con lentitud, peligroso.
—¿Por qué soy la mamá?
Gojo se encogió de hombros, inocente como un niño en misa.
—Porque eres el adulto responsable aquí.
—Tú deberías ser el adulto responsable.
—Me pides mucho, Gumi.
Megumi bufó. El bebé volvió a quejarse, esta vez restregando su nariz en el cuello del pelinegro y soltando un pequeño suspiro de satisfacción cuando Megumi lo envolvió mejor en la manta.
—Tiene hambre otra vez —diagnosticó Gojo desde su esquina de la habitación—. Su carita lo dice.
—Su carita dice que lo malcriaste todo el día y ahora no sabe dormir solo.
—Su carita dice que te ama más a ti —replicó Gojo, con una media sonrisa resignada—. Lo entiendo. Yo también me aferro a ti cuando tengo miedo.
Megumi cerró los ojos un momento, exasperado. El silencio volvió a instalarse por unos minutos. El bebé finalmente pareció rendirse al sueño, sus pequeñas manitas agarrando con fuerza la tela del pijama de Megumi.
—¿Lo lograste? —susurró Gojo.
—No respires fuerte. —le advirtió Megumi, todavía sin moverse.
Gojo se arrastró por el suelo como un ninja cansado hasta quedar a su lado. Observó al bebé dormir un momento, luego levantó la mirada hacia Megumi, que mantenía la cabeza recostada contra la pared y los ojos apenas abiertos.
—Te ves agotado.
—Estoy agotado.
—Pero míralo... tan tierno —susurró Gojo, y se atrevió a acariciar la cabecita del bebé con la yema de los dedos—. Supongo que tener hijos no es tan malo si son así de lindos. Y si tú eres el que se encarga de todo lo difícil.
—¿Y tú qué harías?
Gojo sonrió, ladeando la cabeza.
—Decir cosas bonitas, hacer reír al niño... y besar al adulto responsable cada vez que pueda.
Megumi no respondió. Pero no apartó la mirada tampoco.
Y si Gojo se acercó un poco más y le dejó un beso suave en la sien antes de recostarse junto a él, fingiendo que no tenía el corazón latiéndole como loco, nadie dijo nada.
Ni siquiera el bebé.
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El sol apenas comenzaba a colarse por las rendijas de la persiana cuando Megumi abrió los ojos, con la sensación inmediata de tener un cuerpo hecho de plomo. Le dolía la espalda, el cuello, y tenía una pierna entumecida por haber dormido toda la noche sin moverse... porque encima de él seguía, firme y dormido, el pequeño Itadori versión bebé.
Ronroneaba en sueños, con una sonrisa ridícula y una de sus manitas aplastada contra la mejilla de Megumi. La otra sostenía un mechón de su cabello con la fuerza de un pulpo hambriento.
Megumi suspiró. Lentamente, muy lentamente, intentó moverlo para poder levantarse.
El bebé se removió, los labios formando un puchero de proporciones cósmicas.
—No empieces —susurró Megumi—. Sólo voy al baño. Respira. Eres fuerte. Puedes sobrevivir sin mí cinco minutos.
—¡Demasiado tarde! —Gojo apareció en la puerta, con el cabello más despeinado que de costumbre, vistiendo una camiseta que no era suya y unos pantalones del uniforme de entrenamiento. Parecía una mezcla de padre primerizo y gato callejero.
—¿Qué demonios llevas puesto?
—Tu ropa. Me siento más cerca de ti cuando la uso. —Sonrió como si acabara de declarar su amor en un drama escolar.
Megumi lo ignoró con la destreza de alguien que ya había sobrevivido a varias declaraciones ridículas de Gojo Satoru.
—¿Qué haces despierto tan temprano?
—Preparé el desayuno. —declaró Gojo, muy orgulloso de sí mismo.
Megumi se quedó mirándolo.
—¿Debo correr?
—¿No confías en mí?
—¿De verdad quieres que responda?
Gojo solo respondió con una enorme sonrisa, brillante y aterradora.
En la cocina, una pila de platos sucios descansaba como un altar al caos, nadie se atrevió a tocarlos desde el día anterior. Sobre la mesa, tres tazones con arroz (de un extraño color dorado) con trozos de lo que parecía filete de pescado encima, un par de recipientes con cereal sin leche. A un lado, una torre de galletas apiladas con forma de castillo medieval.
Solo a alguien como Gojo se le ocurriría una combinación tan peligrosa.
—Es... peor de lo que imaginé —murmuró Megumi, mientras dejaba al bebé en su cunita improvisada con una manta y un cojín —¡¿Cómo hiciste para ensuciar tantos platos en solo unas horas?!
—Te hice opciones —dijo Gojo, ignorando la pregunta y señalando con las manos como si estuviera presentando un buffet gourmet—. Arroz crocante con pescado deshidrato, cereales secos edición "supervivencia", y galletas arquitectónicas.
Megumi tomó una galleta y se la lanzó. Gojo la atrapó con la boca.
—Mira —dijo él después, mientras masticaba—. Deberías sonreír más. El ambiente está tenso. Como si hubieras parido tú mismo.
—He dormido dos horas, Satoru.
—Y estás más guapo que nunca.
—Te voy a golpear.
Terminaron pidiendo comida a domicilio, y en algún punto entre intentar comer con una sola mano (haciendo turnos para cargar el bebé) y la misión fallida de preparar té, Itadori despertó. Y cuando Megumi intentó entregárselo a Gojo para que lo cargara mientras él limpiaba un poco, ocurrió el desastre.
—Ven aquí, Itadori —dijo Gojo, extendiendo los brazos con entusiasmo—. ¡Papi Gojo te llevará a volar!
El bebé lo miró. Lo evaluó. Frunció su minúsculo ceño. Y entonces...
—¡¡¡WAAAAAHHHHH!!! —gritó con toda la potencia de sus pequeños pulmones, pataleando en el aire como si estuvieran intentando lanzarlo a un río.
—¿¡QUÉ HICE!? —Gojo gritó con desesperación mientras el bebé se agarraba como podía de la ropa de Megumi, aferrándose como un koala en pánico.
—Evidentemente no le gustas. —respondió Megumi con total frialdad, recuperando al bebé en brazos mientras este se calmaba al instante, acurrucándose contra su pecho como si nada hubiera pasado.
—¡Eso fue cruel, Gumi!
—La verdad duele.
—¡Yo te amo y tú me maltratas! ¡Y encima él me odia!
—Él tiene buen instinto. —dijo Megumi, acariciando la cabeza del bebé con una mano y mordiendo una galleta con la otra.
Gojo lo observó en silencio. El cabello desordenado, las ojeras suaves, la expresión tranquila ahora que el bebé estaba tranquilo otra vez.
Tan natural. Tan cómodo.
Tan domestico.
—¿Sabes? —empezó, sentándose junto a él en el suelo—. Si algún día tenemos uno nuestro... quiero que salga con tu cara gruñona.
Megumi lo miró de reojo.
—¿Y tú aportarías qué? ¿Los problemas psicológicos?
—Exacto. Tendría carácter y traumas. Sería invencible.
Megumi suspiró, pero no lo empujó esta vez. De hecho, le pasó al bebé, dormido otra vez, para que lo sostuviera un rato. Gojo lo recibió con todo el cuidado del mundo, como si fuera un cristal valioso.
—Mira eso —murmuró él, mientras el bebé se acomodaba en sus brazos con un quejido suave—. Me está dando una segunda oportunidad. ¿Ves? No soy tan terrible.
—Todavía no has cambiado un pañal.
—Shhh, no arruines el momento.
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—Te estás tomando demasiadas libertades para alguien que lleva un poco más de veinticuatro horas con pañales. —dijo Gojo en voz baja, mirando con el ceño fruncido cómo el bebé Itadori tenía ambas manitas pegadas a las mejillas de Megumi, sonriendo como si hubiera ganado la lotería.
Era la tarde del segundo día, y lo que comenzó como un "descanso" en el futón terminó siendo una emboscada de amor incondicional por parte del bebé. Itadori había logrado trepar al regazo de Megumi, nadie entendía cómo lo hacía tan rápido, y ahora estaba dando besos babosos en su mejilla mientras balbuceaba algo que sonaba como un "Gugugumi".
Megumi solo suspiraba, resignado, limpiándose con la manga del pijama cada vez que una nueva ola de baba aterrizaba en su rostro.
—¿Puedes hacer algo? —preguntó, mirando de reojo a Gojo—. Está pegajoso.
—Claro que no puedo hacer algo. ¡Me odia! —Gojo alzó las manos, ofendido—. Tú lo arrullas, lo alimentas, lo abrazas y encima dejas que te chupe la cara. ¿Cómo voy a competir con eso?
—¿Competir? No es una competencia, es un bebé.
—¡Un bebé que me quiere quitar a mi novio!
Megumi lo miró con una expresión indescriptible.
—¿Estás celoso de un niño de un año?
—¡Ese niño de un año me mira como si supiera lo que está haciendo!
El bebé lo miró justo en ese momento. Y sonrió. Una sonrisa lenta. Una sonrisa desafiante.
Gojo dio un paso atrás.
—¿Ves? ¡Lo hizo otra vez! ¡Ese bebé está provocándome!
—Dios mío... —Megumi apretó el puente de su nariz.
Más tarde, cuando Megumi dejó al bebé dormido sobre el futón para poder ducharse, Gojo vio su oportunidad. Se sentó junto al pequeño, lo observó dormir unos segundos y luego murmuró en voz baja:
—Escucha, enano. Haremos un trato.
Itadori bebé parpadeó, medio dormido, sin entender nada.
—No tengo pruebas, pero sé que estás consciente de lo que haces. Así que ahí va: si dejas de aferrarte a Megumi como si lo necesitaras para respirar, te compraré lo que quieras, lo que sea, aún cuando vuelvas a la normalidad. ¿Te parece justo?
El bebé lo miró.
Parpadeó.
Soltó un eructito y le tiró una patada.
—¡Tú no negocias, tú amenazas! —Gojo gritó, arrastrándose fuera de alcance— ¡Me estás chantajeando emocionalmente con tu ternura!
Cuando Megumi volvió, con el cabello húmedo y un buzo gris cómodo, encontró a Gojo tirado en el suelo con el brazo cubriéndose los ojos.
—¿Moriste?
—Estoy emocionalmente destruido.
—¿Qué hizo el bebé ahora?
—¿A quién quieres más? ¿A él o a mí?
—Satoru, no.
—Lo sabía. —Gojo soltó un suspiro dramático—. Todos me reemplazan tarde o temprano.
—Por dios... ¡Es un bebé!
—¡Pero sabe seducir con esos malditos cachetes redondos!
Megumi no pudo evitar sonreír. Solo un poco. Apenas. Y Gojo, que seguía tendido en el suelo, lo notó.
—Ah... te estás riendo.
—No.
—Sí, sí lo haces. ¡Todavía me amas más que a él!
—No lo confirmo ni lo niego.
El sonido de un par de risas se escucharon.
Llegada la noche, Megumi ya dormía, o fingía hacerlo, y el bebé se encontraba en medio de los dos, hecho bolita.
Gojo lo miró. Luego susurró:
—Está bien. Te lo ganaste. Eres lindo. Tienes estilo. Pero sólo mientras seas bebé. Cuando vuelvas a tu forma original, Megumi vuelve a ser solo mío, ¿ok?
El bebé respondió regurgitando la leche que cenó en la manga de la pijama de Gojo, lo que resonó en el silencio de la habitación.
Gojo se llevó la mano al pecho.
—Así que declaras la guerra. Muy bien. Acepto tus términos.
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La televisión encendida llenaba la sala con un murmullo bajo, apenas audible. Era algún documental de animales que nadie estaba mirando en realidad. Las luces estaban apagadas, salvo por la cálida iluminación tenue que salía de la cocina, y el aire olía a lavanda por el difusor que Gojo había puesto "para crear un ambiente relajante".
Pero no era necesario. La escena ya lo era por sí sola.
Megumi estaba sentado en el futón, con el pequeño bebé Itadori profundamente dormido en sus brazos. Su cabeza estaba apoyada contra el pecho de Megumi, la boca abierta apenas, los cachetes aplastados contra la camiseta gris que llevaba puesta. Cada tanto, dejaba escapar un suspiro suave, como si soñara con nubes y dinosaurios.
Gojo lo observaba desde el marco de la puerta. No dijo nada al principio. Sólo lo miraba.
Megumi parecía más joven así. Más tranquilo. Sus hombros relajados, la mirada baja, la respiración acompasada con la del niño. Le acariciaba la espalda con movimientos lentos y distraídos, como si su cuerpo ya hubiera memorizado ese gesto sin pensarlo.
Era la imagen más bonita que Gojo había visto en semanas.
—Te ves tan bien así. —dijo, en voz baja.
Megumi levantó la mirada, desconcertado. No había notado que Gojo estaba ahí.
—¿Qué?
Gojo sonrió apenas, entrando a la sala con pasos suaves. Se sentó a su lado en el futón, sin dejar de mirar al bebé dormido.
—Cargando a alguien. Sonriendo un poco. Siendo tú, pero sin tener que pelear por nada —Desvió la vista hacia él—. Me gusta esta versión de ti.
Megumi frunció el ceño, no por molestia, sino por la incomodidad que siempre le daba escuchar cosas demasiado sinceras.
—No estoy sonriendo.
—Pero estás en paz. Se nota.
Megumi guardó silencio. Bajó la mirada hacia el bebé, que se removió un poco, pero no se despertó.
—Es raro... —dijo en voz baja—. Nunca pensé que podría acostumbrarme a esto. Pero se siente... natural.
Gojo asintió.
—Te dije. Eres bueno en esto. Más de lo que crees.
—Tú también eres bueno... cuando no estás intentando sobornar al bebé con juguetes caros.
Gojo se rio con suavidad.
—Lo intento. Nunca había hecho algo así. Tener a alguien pequeño que depende de ti... que busca tu voz, tu olor, tu calor... da miedo.
—Sí... —Megumi bajó el tono aún más—. Pero también da calma.
Por un momento, no dijeron nada.
El silencio los envolvía con la misma calidez con la que Megumi sostenía al bebé. Gojo alzó la mano con cuidado y pasó los dedos por el cabello de Megumi, apartando un mechón que le caía sobre la frente. Megumi no se apartó. Solo lo miró, tranquilo, como si ya no necesitara esconder nada.
—¿Crees que... podríamos tener esto de verdad algún día? —susurró Gojo—. No el caos. No las maldiciones. Solo tú... yo... y alguien pequeño a quien cuidar. De preferencia ninguno de nuestros compañeros empequeñecidos.
Megumi parpadeó, sonrió.
Trató de leer si Gojo lo decía en serio. Y claro que sí. Estaba ahí, en sus ojos, esa extraña mezcla de esperanza, miedo y amor profundo.
—No lo sé —respondió Megumi al fin—. Pero no me asusta la idea.
Gojo sonrió. Cerró los ojos un segundo, como si esas palabras hubieran sido una promesa.
Más tarde, cuando por fin pusieron al bebé en el futón con una pila de almohadas para que no se moviera, Gojo se metió en la cama junto a Megumi, sin decir nada. Sólo estiró el brazo y lo abrazó por la cintura, pegando su frente a la espalda de él.
—¿Sigues pensando en eso? —preguntó Megumi en la oscuridad.
Gojo respondió, con voz suave:
—Todo el tiempo.
Megumi cerró los ojos. Esta vez durmió de verdad.
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—¿Estás segura de que esto no lo va a matar?
—Es una técnica antigua, Fushiguro-kun —respondió Shoko tranquilamente, ajustándose los guantes con seriedad—. No es peligrosa. Solo un poco inusual, además, soy una profesional.
—Inusual... —repitió Megumi, mirando con sospecha al círculo de sal dibujado en el suelo de su sala, al incienso humeante en una lata de atún vacía, y al trozo de tela vieja que Shoko sostenía como si fuera un objeto sagrado.
—¿Qué parte de "tejido espiritual impregnado de energía maternal" no entendiste? —preguntó ella, como si estuviera dando una clase de cocina.
Gojo, mientras tanto, estaba entretenido sacándole fotos al bebé Itadori, que llevaba puesto un enterizo ridículamente esponjoso de osito.
—¡Listo! ¡Última foto antes de que vuelva a ser un adulto!
—¿Quieres que imprima una para tu billetera? —preguntó Megumi, sin dejar de mirar con desconfianza el altar improvisado.
—Quiero imprimir una para nuestro álbum familiar.
—Cállate, Satoru.
El ritual fue corto, aunque nada discreto.
Cuando el humo del incienso se volvió morado y el círculo de sal brilló con una luz tenue, el bebé comenzó a flotar unos centímetros sobre el suelo. Todos retrocedieron, expectantes. El cuerpo empezó a brillar, sus formas distorsionándose lentamente mientras flotaba como una estrella en crecimiento.
Megumi entrecerró los ojos. Gojo dejo de respirar. Shoko sostenía su teléfono lista para documentar cualquier tragedia.
Y de pronto...
¡PLOP!
Una nube de vapor rosa llenó el cuarto.
Cuando se disipó, el enterizo de osito cayó al suelo, completamente vacío.
Megumi se congeló.
Gojo abrió los ojos muy grandes.
Y entre la tela mullida, se movió algo. Alguien.
—¿Qué...? —se escuchó una voz familiar.
Yuuji Itadori, completamente desnudo, empapado en sudor y con cara de haber despertado de una siesta eterna, se incorporó lentamente.
—¿Por qué estoy en el suelo?
—Oh, está desnudo. —señaló Shoko, nada impresionada.
—¡¡AHHH, NO MIRES, SHOKO-SAN!! —chilló Itadori, cubriéndose con el enterizo como podía.
Megumi se giró también, con el rostro al rojo vivo.
Gojo, en cambio, se carcajeó como si acabara de ver la mejor escena de comedia del año.
—¿¡Por qué estoy desnudo!? ¿¡Por qué me duele el estómago!? ¿¡Por qué me siento como si hubiera comido puré de manzana por una semana!?
—Bueno... técnicamente sí lo hiciste. —murmuró Megumi, todavía tapándose la cara.
Itadori se quedó quieto. Sus ojos recorrieron la habitación, notó las almohadas, el difusor de lavanda, el tazón con galletas trituradas... y luego a Megumi y Gojo, los dos en pijama, desaliñados, visiblemente cansados pero demasiado sincronizados.
—¿Qué está pasando aquí...? —preguntó, mirando entre ellos con lentitud.
Gojo le guiñó un ojo.
—Lo hablaremos cuando tengas pantalones.
Más tarde, mientras Itadori se duchaba y Shoko recogía sus cosas, Gojo y Megumi quedaron solos en la sala, ahora silenciosa y medio vacía.
El enterizo de osito seguía sobre el futón. Megumi lo recogió con cuidado, pasándole la mano por encima una última vez.
—No puedo creer que todo eso pasó en menos de una semana. —dijo él, más para sí mismo.
—Yo sí puedo —respondió Gojo, acercándose desde atrás y apoyando la barbilla sobre su hombro—. Fue divertido.
Megumi no respondió de inmediato.
—Fue agotador. —dijo, finalmente.
—Sí —sonrió Gojo—. Pero te vi feliz. Aunque fuera un poco. Me gustaría volver a verte así, más seguido.
—¿Y cómo planeas hacer eso? ¿Convertir a Nobara en una niña y obligarnos a adoptarla?
—No —Gojo se separó apenas, y metió la mano al bolsillo de su pantalón—. Tengo una idea mejor.
Sacó algo de su bolsillo, una caja. Pequeña, negra, sin adornos.
Megumi parpadeó.
—¿Qué es eso?
—Una respuesta a todas nuestras señales malinterpretadas, nuestros "no sé si esto es en serio" y nuestras noches en silencio —dijo Gojo, abriéndola con torpeza—. No es el lugar más romántico. No lo planeé. Pero... ¿y si me dices que sí?
Dentro había un anillo sencillo, de plata opaca.
Megumi se quedó sin palabras.
—¿Estás... pidiéndome matrimonio?
Gojo sonrió.
—¿Demasiado pronto?
Megumi bajó la mirada al anillo.
—Demasiado tarde.
Y se lo puso sin decir nada más.
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Tres días después del regreso de Itadori a su forma original, y tras múltiples controles médicos, una cantidad alarmante de jugos naturales, y una siesta de 18 horas, se organizó una pequeña reunión en el campus para "celebrar" que seguía vivo y con todos sus miembros intactos.
La sala común estaba llena de snacks, jugo de uva en una tetera que Gojo juraba que era vino, y Nobara gritando como siempre.
—¡No puedo creer que me perdí todo eso! ¡¿Un bebé?! ¡¿Un Itadori en pañales?! ¡Y nadie pensó en llamarme! —reclamaba, apuntando a Megumi con una galleta a medio comer.
—Estabas en una misión. —respondió Megumi, ya con cara de "por favor, que esto termine."
—¡Eso no es excusa! ¡Hubiera regresado nadando si hacía falta!
—Es mejor que no hayas venido —añadió Gojo—. Con tu historial de lanzar cosas, probablemente lo hubieras usado como pelota.
Nobara le lanzó la galleta.
Itadori, sentado en una esquina con una manta sobre los hombros, seguía lidiando con flashbacks confusos.
—¿Alguien me puede explicar por qué tengo recuerdos de dormir sobre el pecho de Fushiguro?
—¡No te preocupes! También lloraste, te orinaste encima, y le mordiste una oreja —dijo Gojo con orgullo—. Lo nuestro fue más lento.
—¿Qué?
—Nada.
El ambiente se volvió más relajado conforme pasaban los minutos. Todos reían, comían, y Shoko mostraba fotos embarazosas en su celular (Gojo las había filtrado). Pero entonces, Itadori, curioso, señaló algo en dirección de Megumi.
—Hey... Fushiguro, ¿por qué llevas ese anillo?
Megumi, que estaba sirviéndose té, se congeló.
Gojo giró desde el sofá, sonriente.
—¡Ah! Eso. Porque estamos comprometidos.
El silencio cayó entre todos los presentes.
—¿QUE ESTÁN QUÉ? —gritó Nobara, atragantándose con una galleta —¿Desde cuándo? ¿Y por qué nadie me informó?
—Desde hace tres días —respondió Gojo, con tono inocente—. El asunto del bebé se volvió tan adorable que decidí casarme con su mamá.
—No soy su mamá. —replicó Megumi automáticamente, sin levantar la vista.
—Lo es. —Gojo abrazó a Megumi desde atrás como si estuvieran en una comedia romántica.
—¿Están bromeando? —preguntó Maki, mirando a Panda— ¿Esto es una broma? Esto es una broma, ¿verdad?
—Yo ya no sé qué es real. —respondió Panda, comiendo papitas.
Nobara se acercó a Megumi, lo tomó por los hombros y lo zarandeó.
—¿¡ESTO ES EN SERIO!? ¿¡ESTÁS SALIENDO CON ESE PSICÓPATA DESDE HACE CUÁNTO!?
—...un año y medio. —dijo Megumi sin emoción.
—¡¿Y LO ESCONDIERON TODO ESTE TIEMPO!?
—Queríamos paz —Gojo se encogió de hombros—. Pero bueno, ahora ya todos lo saben. Y ni siquiera planeé la propuesta. Fue... —miró a Megumi de reojo, sonriendo suave—. Espontáneo, aunque ya había comprado el anillo desde hace mucho.
Megumi desvió la mirada con una expresión tan leve, pero tan real, que todos dejaron de gritar por un segundo.
Yuuji levantó su taza de jugo con solemnidad.
—Bueno... si esto significa que ustedes van a ser papás funcionales cuando vuelva a ser bebé, entonces estoy a favor.
—¡Y si vuelves a ser bebé, esta vez me toca a mí cargarlo! —gritó Nobara.
—¡Ni lo sueñes! ¡Es MI hijo postizo! —respondió Gojo.
—¡NO ES TU HIJO, SATORU!
—¡NUESTRO HIJO, GUMI, NUESTRO HIJO!
Y mientras todos discutían, reían y se lanzaban snacks, Gojo y Megumi compartieron una mirada en silencio. Una de esas que no necesitaban palabras.
Porque al final, aunque todo había comenzado con una maldición absurda...
…Habían ganado algo más.
Caótico, inesperado. Pero hermoso.
La promesa de una familia.
