Actions

Work Header

No vuelvas a hablar conmigo o con alguno de mis catorce hijos, nunca más

Summary:

Ukai Keishin no era -ni tenía planeado ser- padre. Y aún así, de alguna forma consiguió hacerse responsable del bienestar de catorce adolescentes.

Notes:

Holii !! Eeeh, esta es la primera vez que publico un fic en ao3 (me vi cuatro tutoriales así que no pienso perder contra esta pagina del diablo). Sean libres de corregirme cualquier cosa que crean puede estar mejor fraseado, reconozco que por mucho que sepa ingles tampoco soy la mejor en el idioma, así que sin miedo <3

Medio obvio con lo que dije pero este fic no es original mío, es solo una traducción (si no me equivoco, entonces el fic original debe estar linkeado) todo el amor a la autora original y si pueden vayan a leer sus historias y déjenle kudos !!

 

Traducción de la nota del autor

 

hola! llegué a la conclusión de que Ukai ES un padre, y quería escribir sobre eso. probablemente esta historia tenga catorce capítulos, uno por cada miembro del club de vóley (sí, cuento a las managers también porque las amo). disfruten!

Chapter 1: "Andate a Dormir"

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Ukai Keishin no era —y tampoco tenía intenciones de ser— padre.

 

Tenía numerosas y totalmente lógicas razones para respaldar su decisión.

 

En primer lugar, Ukai no disfrutaba de la compañía infantil —en realidad, generalmente los encontraba bastante molestos. Eran ruidosos, maleducados, e irritantes; y, por sobre todo, tenían la desconcertante habilidad para volverse pegajosos en lugares que ningún ser humano jamás debería serlo.

Como segundo punto, los niños eran disruptivos. Ukai tenía una rutina que mantenía en su día a día, una que de verdad apreciaba, y temía con fervor que su (mayoritariamente) pacífica existencia se viera perturbada por una manada de pendejos caprichosos. Además, los niños casi siempre hacían preguntas. Y Ukai detestaba que le hicieran preguntas, especialmente aquellas sin sentido que no tenía formas de responder.

 

Y en tercero, Ukai no había sido capaz de mantener vivo al pez dorado que su hermano de broma le había regalado, no había chances de que tuviera la habilidad necesaria para cuidar de un niño. Después de todo, ellos eran generalmente más inteligentes que los peces, y mucho más escurridizos con sus piecitos.

 

Por esta y varias razones, Ukai durante años había evitado, deliberadamente y con total éxito, encontrarse en situaciones donde se viera responsable del cuidado de niños. Rechazó el pedido de su tía para hacer de niñero; "perdió" las invitaciones para los cumpleaños de los hijos de sus amigos, y usó protección. Así logró vivir veintiséis años felizmente sin hijos.

 

Pero por supuesto, todo su cuidadosamente elaborado plan se fue al carajo en el momento que accedió a entrenar al equipo de voleibol masculino del Karasuno, permanentemente.

 

Al principio no pensó que sería tan malo. Es decir, su equipo estaba conformado por estudiantes de secundaria; seguramente sabían cómo cuidarse solos, verdad?

 

Se equivocó.

 

A Ukai le tomó aproximadamente dos días y medio darse cuenta de que el equipo de voleibol funcionaba a pura fuerza de voluntad, despecho y la impresionante capacidad pulmonar de su capitán. La mitad del equipo eran monstruos imprudentes que desconocían el significado de la palabra ‘miedo’, y la otra mitad solo aparentaban ser responsables para salirse con la suya en sus fechorías cuando se les daba la espalda.

 

Resultó ser exhaustivo cuidar de ellos. Ukai a veces sentía que estaba tratando de vaciar el océano con un balde agujereado, tratando de evitar que uno u otro de los chicos muriera, entrara en pánico o se pegara las manos con pegamento. Podría haberse hecho las cosas mucho, mucho más fáciles si tan solo limitara sus responsabilidades sobre el equipo a la cancha — si fuera su entrenador, solamente su entrenador y nada más. Si mantuviera su distancia.

 

Pero Ukai no creía en hacer las cosas por la mitad.

 

No podía simplemente mantenerse alejado, él tenía que involucrarse en sus vidas, porque Hinata no comía adecuadamente y, mierda, Kinoshita podría ser el doble del jugador que ya era si tan sólo ganara algo más de confianza, y a Tsukishima le importaría más el deporte si tan sólo alguien le diera un empujón en la dirección correcta—

 

Ukai Keishin no es —y no tenía intenciones de ser—  padre. Pero se haría responsable de catorce adolescentes a pesar de todo.

 

——————————————————————————————————————————————————

 

  1. Sawamura Daichi

 

En su sincera opinión, Sawamura Daichi era un excelente capitán para el equipo. Había logrado esa combinación perfecta y fluctuante entre considerado, inspirador, y absolutamente imponente. Con una motivación suficiente como para organizar las prácticas por su cuenta, y una madurez igual para asegurar que todos llegaran sanos y salvos a casa después de la misma. Incluso fuera del entrenamiento, Daichi era la base clara del equipo — aquella mano extendida que los protegía del daño externo, el suelo sólido bajo sus pies. Él era un líder, un mentor, un guía.

 

(Y aparentemente también había hecho una especie de pacto con el diablo a cambio de la capacidad de contener a sus compañeros más salvajes con tan solo una mirada. Sinceramente, Ukai estaba celoso)

 

Y—tan excepcional como era de capitán, Sawamura lo era igualmente como estudiante y compañero. Obtenía buenas notas en sus cursos de preparación universitaria, nunca llegaba tarde y les compraba bollos de carne a todos los del equipo una vez por semana a pesar de contar con una pequeña mesada. En resumidas cuentas, él era el tipo de chico que Ukai hubiera odiado de vuelta en la secundaria, porque lo hacía todo y encima con aparente facilidad.

 

Pero Ukai recuerda lo que era tener diecisiete, y nadie a esa edad —sin importar lo maduro o responsable— lo tenía todo resuelto siempre al cien por ciento.

 

Comprobó aquello una fría noche después del entrenamiento de la tarde, cuando se encontraban abandonando el establecimiento más tarde de lo habitual. Normalmente, se iba poco después de dar por terminada la práctica para dar inicio a su turno en la tienda, pero su madre había acordado cubrirlo una vez a la semana para que pudiera quedarse y discutir con Takeda el progreso de los chicos.

 

(Estaba. . . orgulloso de esos pequeños monstruos, en verdad lo estaba)

 

Estaba saliendo, buscando un cigarrillo en su bolsillo, cuando de casualidad miró de vuelta hacia el gimnasio. Las luces del club estaban encendidas, iluminando suavemente el ya oscuro patio.

 

Ukai frunció el ceño. Los de tercer año se turnaban para cerrar, lo que significaba que alguno de ellos aún estaba ahí, haciendo dios sabe qué a las —revisó su celular— once de la noche.

 

Gruñendo con irritación, Ukai subió los escalones del club de dos en dos. Recordaba claramente haberles dicho a todos que volvieran a casa inmediatamente y descansaran. También recordó claramente lo que era la libido adolescente, y esperaba fervientemente no tener que encontrarse con algún encuentro sexual clandestino adolescente a altas horas de la noche. Aquello probablemente le dejaría una marca mental de por vida.

 

Pero cuando Ukai azotó abierta la puerta del club, con una reprimenda ya formándose en sus labios, no se vió con ningún encuentro ilícito. Al contrario, encontró a Sawamura, sólo, desplomado sobre uno de los bancos y completamente dormido. Ukai maldijo y amagó para detener el estruendo que causaría la puerta, pero ya era tarde. La puerta dió con todo contra la pared, estrellando los casilleros unos contra otros acompañados del chirriante sonido del metal.

 

Para crédito de Sawamura, él no gritó o se exaltó; simplemente se sentó de golpe, balbuceo un “Ya me voy, ma” y procedió a caer del banco.

 

Ukai hizo un sonido de dolor. Más de una pequeña pelea en sus años como jugador del Karasuno la habían enseñado que aquel suelo no le perdonaba la vida a nadie. Se agachó para quedar al nivel de Sawamura, y cuidadosamente despegó el pedazo de papel que el chico tenía pegado en el lado izquierdo de su cara. Sawamura, despertando ante la abrupta realización de que en realidad no estaba ni en su casa ni en su cama, se enrojeció como un ladrillo.

 

“Entrenador,” dijo, hundiendo su cara entre sus manos. “Ay, Dios. Entrenador, lo siento tanto. No se como pasó esto— estaba tan cansado que— no volverá a pasar, se lo prome—”

 

“Cálmate,” cortó Ukai abruptamente. Había cosas por las que de verdad valía la pena preocuparse —como sus chances de llegar a las nacionales, la preocupante cantidad de yogurt bebible que Kageyama ingería a diario, la enorme sonrisa que portó el rostro de Tanaka cuando metió un paquete de dudoso contenido en su mochila hoy más temprano— pero esto no era una de ellas.

 

Revisó el papel que había estado pegado a la mejilla de Sawamura, sorprendiéndose ante la cuidadosamente detallada lista de ejercicios que había escrito para la práctica de la semana siguiente. Sawamura se levantó rápidamente, recolectando el resto de papeles esparcidos en una pila.

 

“Perdón.” Sawamura repitió, petrificado. No miraba a Ukai a los ojos. “Perdí la noción del tiempo. Usted confío en mí para cerrar el lugar y no lo hice. No hay excusa.”

 

Estos niños. En serio lo desesperaban. Cuando él tenía diecisiete, su mayor preocupación había sido ver que tanto del Sake de su padre podría llevarse antes de que lo guardaran otra vez.

 

Quedarse dormido en el cuarto del club —una vez!— no era para tanto a comparación. “Está bien,” respondió Ukai. “Puede pasar. Ahora, sobre esto.” levantó la hoja de papel, esperando que los ojos de Sawamura se alzaran para verlo. “Estuviste escribiendo esto tú solo?” Había supuesto que, cuando Sawamura venía preparado cada semana con una lista nueva de ejercicios de calentamiento que luego daban paso a la práctica, solo estaba reutilizando el material de años pasados, cuando el Karasuno tenía a un entrenador que se hacía cargo de tales cosas.

 

“Eeh, si.” Sawamura se mostró inquieto, las sombras bajo sus ojos oscureciendo con el pasar de cada segundo. Era tan distinto ahora frente a Ukai, toda esa confianza inquebrantable que usaba para motivar y/o intimidar a sus compañeros quebrándose en cauteloso respeto. A veces, al verlo comandar en la cancha como un general a la cabeza de un ejército, era sencillo olvidarse de que era tan solo un niño. “Perdón, si no son buenos. Puedo rehacerlos si usted-.”

 

El adolescente extendió una mano para tomar el papel. Ukai frunció el ceño, sosteniéndolo fuera de su alcance. “Vos no tendrías que estar haciendo esto. Este tipo de cosas son responsabilidad del entrenador. No tuyas.”

 

“Está bien,” Sawamura contrapuso, aún tratando de tomar la hoja de las manos del mayor. “No me importa hacerlo, Entrenador. No es tanto problema.”

 

Ukai rió. “En serio? Te encontré desmayado del cansancio, y me vas a intentar decir que no es problema?”

 

Sawamura volvió a enrojecer. “Yo—”

 

Suspirando, Ukai sacó un cigarrillo del interior del bolsillo de su abrigo y lo encendió. Sabía lo suficiente sobre los anteriores problemas del club de voley por su abuelo, y de lo que no sabía, Takeda se había encargado de hacérselo saber. Sin entrenador, sin fondos o presupuesto y sin conexiones con otras escuelas que les podrían haber permitido afinar sus habilidades, el peso de mantener unido al club a como diera lugar recayó sobre los hombros de los de tercer año. Lo que significaba que, por varios, largos meses, Sawamura había servido no solo como capitán, sino que también como único entrenador. Con razón había estado allí planificando rutinas de calentamiento. No supo esperar ayuda por parte de Ukai. Probablemente ni siquiera sabía que tenía permitido pedirla.

 

“Niño,” Ukai llamó, una vez que el dulce humo llenó sus pulmones y calmó algo de su agitación emocional. Era un mal hábito, lo sabía, pero ahora creía que aquellos adolescentes testarudos iban a matarlo mucho antes de que el cáncer tuviera la oportunidad. “La próxima vez que te encuentres haciendo este tipo de cosas, ven conmigo primero y pregúntame si puedo hacerlo. Este no es tu trabajo. Ya has hecho suficiente.”

 

La expresión de Sawamura mutó a una de honesta confusión. “Pero yo soy el capitán.”

 

“Si,” Ukai dijo con impaciencia. “Lo que significa que te encargas de evitar que los desquiciados de tus compañeros se maten entre ellos, ayudas a planear estrategias de juego y lideras los estiramientos. Tu no—”

 

Se inclinó y alejó el resto de papeles de las manos de Sawamura.

 

“—te encargas de escribir los ejercicios de calentamiento. Eso lo hago yo.”

 

“Pero usted ya hace demasiado,” Sawamura protestó, y ni siquiera había sonado sarcástico viniendo de él. “No quiero que esto sea una carga para usted.”

 

Ukai casi estalla de la risa, largando el humo de su cigarrillo por la nariz. “Este trabajo ya es una carga para mi.”

 

Sawamura se congeló, y Ukai se dió cuenta de lo que dijo. La puta madre. Eso no había sonado bien.

 

“Lo que quiero decir es” Ukai comentó en seguida, “que a mí me pagan por esto. Y es una carga que yo acepté voluntariamente.”

 

Bueno, casi voluntariamente. El hecho de que Takeda no lo dejara en paz por semanas tuvo algo que ver también, pero Ukai ya había olvidado aquello. Jamás lo admitiría, pero había bastado tan solo una práctica para que Ukai se enamorara ligeramente del coaching, y de esos chicos ridículos e imposibles y de su sueños igualmente ridículos e imposibles. Ellos le recordaban lo que pudo haber sido. Lo que podría haber sido, si tan solo se hubiera esforzado un poco más.

 

“Okay,” Sawamura dijo, aún algo reacio. “Pero yo puedo hacerlo, de verda—”

 

Ukai casi gruñó fastidiado. Obvio que Sawamura no lo dejaría irse tan fácil. Esa misma obstinación que lo volvía un excelente Capitán, también lo convertía en un dolor de cabeza en una discusión. “Que tal esto,” propuso. “Takeda y yo nos reunimos una vez a la semana para discutir temas del club. Podes unirte los primeros treinta minutos, así escribimos estas hojas juntos.”

 

“Perfecto,” dijo Sawamura, su rostro iluminándose. Ukai jamás había visto a un adolescente entusiasmarse tanto ante la idea de hacer papeleo. “Gracias, entrenador!”

 

“Si, como sea,” se quejó Ukai. “Ahora apúrate y rajá de acá. Tenes que comer e irte ya a dormir.”

 

“Por supuesto!” Sawamura se apresuró a tomar el resto de sus pertenencias, cambiando sus zapatillas de deporte por otro par más para la calle. Ukai esperó hasta que apagara las luces y cerrara el lugar, dando largas caladas a su cigarrillo. Partieron juntos por la oscuridad de la calle, la mente de Ukai en otro lugar pensando en que iba a cenar esa noche. Su madre le estuvo reprochando la enorme cantidad de ramen instantáneo que consumía, pero Ukai había ingerido peores cosas y aún así sobrevivió, así que otra noche de fideos gomosos no iba a matarlo. Probablemente.

 

“Um, Entrenador?” Sawamura lo llamó después de un rato. “Usted no tenía que doblar allá?”

 

Ukai murmura. “Si.”

 

“Entonces por qué está. . . “

 

“Te acompaño hasta tu casa,” Ukai dijo. “Mira si alguien intenta secuestrarte? Hay un montón de locos sueltos por la calle hoy en día.” Ukai los sabría, viendo la cantidad de dichos locos que frecuentaban su local, en especial en días en los que no estaba de humor para lidiar con tales idiotas.

 

Sawamura frunció el ceño, considerándolo. “Gracias. Pero, creo que yo sería bastante difícil de secuestrar, no lo cree?”

 

Probablemente tenía razón. Sawamura no sólo estaba construido como un fuerte de ladrillos, sino que también podía enfrentarse a un Sugawara que amenazaba con destriparlo con una cuchara en el pico de un subidón de azúcar, sin miedo aparente. Un hombre con una base tan inquebrantable como esa probablemente era inmune a los secuestros.

 

(Pero entonces Ukai se imaginó viendo la cara de Sawamura en alguno de esos cartones de leche que Kageyama constantemente le compraba, y se estremeció. Mejor prevenir que lamentar.)

 

“Nada es imposible,” Ukai dijo neutralmente, y eficazmente desvío la conversación al preguntar, “Tenes hermanos?”

 

Apostaría que Sawamura los tenía. Cualquiera cuyos instintos protectores fueran tan agudos como para poder atrapar a un tambaleante Nishinoya y evitar que cayera de un balcón, tenía que tener al menos un hermano o dos.

 

“Cuatro,” Sawamura respondió  “todos más chicos.”

 

Ukai se atragantó al inhalar, largando humo de forma abrupta.

 

“Seh,” Sawamura soltó con resignación, “Creo que por eso es que soy. . . así.”

 

Se podía oír el ligero tono de culpa en su voz. Estaba claramente molesto consigo mismo por quedarse dormido en el salón del club, probablemente reprochándose haber “fallado” en sus labores.

 

Lentamente se detuvieron frente a lo que Ukai asumía era la casa de Sawamura, una sola luz encendida apreciándose por una de las ventanas del primer piso. La silueta de una mujer asomándose en su dirección — la mamá de Sawamura, si Ukai tenía que adivinar, preocupada por el paradero de su hijo a altas horas.

 

“Así cómo?” Ukai preguntó, instintivamente retomando en lo que Sawamura intentaba decir de sí mismo. “Responsable? Asertivo, o como se diga? Quieres que tus amigos estén bien, y quieres que les vaya bien. No hay nada de qué avergonzarse en eso. Es algo bueno, que te importen tanto.”

 

Sawamura enarco una ceja. “Me han dicho que puedo ser muy intenso.”

 

“Y eso qué?” Ukai protestó. “Intenso es la palabra que los desmotivados usan para describir a los motivados. ¿Quién te dijo eso? No les hagas caso.”

 

La otra ceja de Sawamura se unió a la primera para perderse en la línea de su cabello y Ukai se dió cuenta de que él mismo había sonado bastante intenso. “Solo. . . relájate, okay. Lo estás haciendo bien. Estás haciendo más de lo que deberías. Si fueras menos como eres, Tanaka o Noya ya habrían matado a alguien. O Ennoshita. El chico no parecerá la gran cosa, pero tiene esos ojos de loco que dan miedo.”

 

“Si,” Sawamura rió, recuperado aquella postura firme que siempre lucía. “Si, es verdad. Gracias, entrenador. Por acompañarme a casa. Y por, bueno, por todo.”

 

Ukai se despidió, volviendo por su camino. “La semana que viene,” llamó por encima de uno de sus hombros. “En la oficina de Takeda. Haremos listas de calentamientos, juntos. Ni se te ocurra empezarlos antes por tu cuenta.”

 

Sawamura le dió un pulgar en alto y sostuvo su mochila contra su pecho antes de entrar a su hogar. Si Ukai se detuvo un momento, lo suficiente como para asegurarse de que la puerta se cerrara detrás del chico, no era incumbencia de nadie. Solo procuraba que la persona que componía el setenta porciento del control de impulso del equipo entrara a salvo a su hogar. Era una forma de autopreservación, de verdad. No era la gran cosa.

 

Volviendo sobre sus pasos, Ukai resguardó el fajo de papeles que Sawamura con tanto esfuerzo había preparado bajo uno de sus brazos.

 

Componer listas con ejercicios probablemente extendería las reuniones semanales con Takeda, y recordaría aún más su preciado tiempo libre, pero a Ukai poco podía importarle. ¿Qué hubiera pasado si Sawamura se desplomaba en otro lugar que no fuera el salón del club? Algún lugar inseguro, como la parada del autobús?

 

Dioses. Tendría que empezar a armar horarios de sueño para los chicos junto a sus planes de alimentación a este ritmo. Estaba seguro de que por lo menos Tsukishima no descansaba lo suficiente. Ese chico aparecía cada mañana con ojeras del tamaño de Rusia.

 

Definitivamente. Llegará a su casa, se preparará un ramen, y empezará con esos horarios. Y luego, tal vez, pensará en como acercarse a Sawamura uno de estos días para recordarle que el estaba bien siendo como era, intenso y todo. Que tenía que empezar a cuidar de si mismo, a la par que intentaba cuidar del resto. Después de todo, alguien claramente tenía que hacerlo, y Ukai se dió cuenta de que— bueno, se dió cuenta de que no le importaría tener que ser ese alguien.

Notes:

Gracias por leer este primer capitulo <333

Bueno, la verdad es que siempre quise hacer traducciones de los fics que leo y me fascinan, no todos leemos en ingles (ya sea por preferencia u otros motivos) y si tengo la oportunidad de hacer que lleguen a más personas saltando la barrera del idioma entonces LO VOY A HACER. Más encima en el fandom de Haikyuu que somos una banda de hispanohablantes.