Chapter Text
Los golpes en su puerta son tan ruidosos que le hacen abrir los ojos.
Levanta la cabeza y clava sus codos en el sofá, haciendo que el libro que cubre su rostro se deslice caiga sobre su pecho. Tiene que parpadear varias veces para acostumbrarse a la oscuridad de la sala y enfocar la vista para ver que el reloj colgado en la pared marca la media noche.
"Mierda". Se había quedado dormido, saltándose la hora de cenar. Karasu suelta un bostezo.
Un golpe particularmente fuerte en la puerta espanta los restos de su sueño, por lo que no tiene más remedio que despegarse del sofá, con sus huesos crujiendo con cada movimiento, arrastra los pies hacia la entrada de su departamento. Los golpes se vuelven más insistentes con cada paso.
—¡Ya voy, ya voy! —grita, esperando que los golpes cesaran—. Vas a romper mi puerta, maldita sea.
Se rasca la nuca con molestia, pero no es hasta que quita el cerrojo que se detiene a pensar. Él no estaba esperando a nadie, "¿Quién demonios está molestando a estas horas?"
Antes de poder asomarse por la mirilla, la puerta se abre de un empujón y se encuentra lo suficientemente desorientado como para no oponerse a la intrusión.
—¿Que carajos…?
Karasu se aferra al pomo de la puerta, resistiendo el impulso de retroceder.
—¿Otoya? —pregunta, solo para estar seguro de que no está alucinando.
Su mejor amigo, Otoya Eita, a quien no había visto ni le ha hablado en años, está parado frente a él, ahora. Como si nada, como si nunca hubiera desaparecido.
—Ey, Karasu —Eita lo saluda, con ese tono despreocupado suyo.
Y de repente quiere golpearlo. Pero Karasu es observador, y solo le basto barrer con la mirada a Otoya para saber que alguien más ya lo había hecho.
Eita apenas y puede mantenerse de pie, tiene una mano apoyada en el marco de la puerta y la otra presionada en su estómago. Lleva puesto un elegante traje de dos piezas negro, pero aun así logra verse desaliñado y sucio, con rasguños y moretones en el rostro.
—Ey, luces como la mierda —dice, correspondiendo el saludo. Frunce el ceño al escuchar la risita baja del otro ante sus palabras—. ¿Que? ¿Una chica te dio una paliza, otra vez?
—Algo así… —Puede notar como algo en el rostro de Otoya flaquea, su mirada tratando de ver más allá del umbral—. ¿Puedo pasar?
Karasu quiere rechazarlo, decirle que se vaya a la mierda, reclamar y preguntar por todos esos días perdidos, pero al final solo suspira rendido, apartándose del camino para dejarlo entrar. —En primer lugar, quítate los zapa-
Tuvo que interrumpirse a sí mismo para actuar rápido.
Otoya, en un acto de pura torpeza o agotamiento, se tropieza con sus propios pies al avanzar y se deja caer directo al suelo. Por suerte, Karasu logra atraparlo antes de que estampara la frente contra el piso.
—Este idiota… —se queja, apenas sosteniendo el peso muerto.
Cierra la puerta de una patada, y coloca una mano en la cintura de Eita, mientras que con la otra lo agarra del brazo para llevarlo al sofá. Los dos se tambalean hasta que por fin Karasu lo tira sin cuidado sobre los cojines. Otoya suelta un quejido.
"Oh, sí que te dieron una paliza. ¿Qué hiciste esta vez?" Es lo que piensa, pero la burla permanece atascada en su garganta al ver su propia mano manchada de rojo. Desvía la mirada hacia la persona que está en su sofá.
Cuando se acerca a desabrochar el esmoquin de Eita, observa fijamente la mancha de sangre que crece sin parar en la camisa blanca.
Pasan minutos que parecen horas, y Karasu no se hubiera dado cuenta de que estaba temblando si no fuera porque Eita poso su mano sobre la suya, llamando su atención.
El rostro pálido de Otoya solo aumenta su preocupación.
—Tenemos que ir al hospital —dice, intentando mantener la calma—. Voy a buscar las llaves del auto.
—No —El contrario sujeta su mano con fuerza, impidiendo que se vaya, negando con la cabeza.
Karasu está al borde de su paciencia, no tiene tiempo para esto.
—Tabito… —Eita pronuncia su nombre como una súplica, eso lo hace congelarse—. No al hospital, te lo explicare más tarde.
—Eso si estas vivo más tarde —señala, liberándose del agarre de Otoya—. Mírate, vas a perder la conciencia en cualquier momento.
—Solo necesito descansar… —Otoya le resta importancia, cerrando los ojos—. Además, confió en ti, no necesito a ningún doctor.
—¿Que mierda quieres decir con eso? —pregunta, observando como el otro se hunde entre los cojines—. ¡Oye, no te quedes dormido!
Pero Otoya, como siempre, no le hace caso.
Karasu suspira, estresado. Si se tratara de otra persona, no tendría problemas con ignorarlo y llevarlo al hospital para quitárselo de encima. Pero es Otoya Eita, un amigo que no ha visto en mucho tiempo y a quien, por más que intente negar u olvidar, quiere demasiado. ¿Cómo podría ignorarlo?
"Esto no es justo. ¿Qué es lo que se supone que debo hacer ahora?"
Quizás debería ir buscando el botiquín de primeros auxilios, para empezar.
