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Sharp Fangs

Summary:

"Isagi, para Kaiser, no era diferente: solo otro jugador con potencial destinado a fracasar tarde o temprano.

Al menos, así lo veía él.

Todo cambió cuando Isagi se negó a someterse, convirtiéndose en una perra desobediente a sus ojos.

Kaiser lo provocaba por diversión, tratándolo como la piedra en el zapato que era. Pero Isagi no se doblegó, no se dejó intimidar y le devolvió cada humillación.

Su desobediencia lo enfermaba, lo irritaba… pero, sobre todo, lo obsesionaba."

Ya se la saben, soy malo con los resúmenes, si les gusta el kaisagi, leanlo owo

Notes:

Feliz Cumpleaños, Lex, este es tu regalo de cumpleaños, que pases un lindo dia mi vida muak (๑>◡<๑)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Kaiser menosprecia a todos a su alrededor. En su mundo no existían tratos especiales, nadie los merecía. Para él era algo natural, era la estrella entre mortales, el Emperador, una rosa azul en la naturaleza, el que hacía posible lo imposible. Todos debían besar el suelo que pisaba. Era obvio.

Isagi, para Kaiser, no era diferente: solo otro jugador con potencial destinado a fracasar tarde o temprano.

Al menos, así lo veía él.

Todo cambió cuando Isagi se negó a someterse, convirtiéndose en una perra desobediente a sus ojos.

Kaiser lo provocaba por diversión, tratándolo como la piedra en el zapato que era. Pero Isagi no se doblegó, no se dejó intimidar y le devolvió cada humillación.

Su desobediencia lo enfermaba, lo irritaba… pero, sobre todo, lo obsesionaba.

Decidido a permanecer en su trono, Kaiser cambió de estrategia.

No más ataques directos.

Empezó a acercarse más al oído al hablarle, a rozarlo con más descaro, a mantener sus ojos fijos en su cuerpo. Sostenía el contacto visual mientras sus hombros, sus manos o sus caderas se rozaban.

Lo provocó hasta que Isagi estuvo a punto de estallar. Pero, como siempre, Isagi no era alguien que se rindiera con facilidad.

—¿Nadie te enseñó el espacio personal?—Preguntó Isagi mientras Kaiser le tomaba por la barbilla delicadamente con sus dedos.

Habían salido de una ducha y el vapor aún llenaba el ambiente. Estaban en los vestuarios, ambos recién salidos del entrenamiento. El torso desnudo de Isagi seguía húmedo, su cabello goteaba ligeramente. Kaiser tenía una toalla colgada del cuello y una sonrisa atrevida en los labios.

La atmósfera era tensa.

—¿Espacio personal? —repitió Kaiser, como si el concepto le resultara ajeno— Me extraña que alguien como tú que se deja montar por cualquiera me lo pregunte.

Los dedos de Kaiser se deslizaron desde la barbilla hasta el cuello de Isagi, lentos, sin apuro, como si intentara marcarlo solo con la yema de sus dedos.

Isagi no se movió. Sus ojos seguían fijos en los de Michael, con una expresión asqueada.

—Yo no soy tu payaso —le dijo, tajante.

—No, claro que no —murmuró Kaiser, arrimándose un poco más, burlándose— Eres más que eso. Eres mi juguetito.

Isagi apretó la mandíbula. Lo empujó del pecho, sin demasiada fuerza. Kaiser apenas se mueve.

—No me jodas, Kaiser.

Kaiser no me responde pero me mira de arriba a abajo con una sonrisa burlona, en su rostro se refleja la superioridad que Kaiser cree tener por sobre Isagi.

Isagi tragó saliva, intentando contener su rabia. La cercanía y el calor corporal de Kaiser lo alteraban.

Kaiser sonrió.

—Me gustas, Yoichi. Eres una perrita más.

Fué entonces cuando Isagi se hartó y le soltó un golpe en la cara, descuidado y sin calcular, propinado totalmente sin pensar, casi instintivo.

La cara de Kaiser fué volteada con fuerza hacia un lado por el golpe, su mejilla y quijadas ardieron, pero él no se inmutó, solo le dedicó una sonrisa cínica.

Kaiser logró agarrarlo de la nuca y atraerlo hacia él, chocando sus labios contra los de Isagi. Sin aviso. Sin cortesías. Fué rápido y agresivo, como un choque de dos carros a toda velocidad.

Isagi correspondió y lo tomó por la cintura y lo empujó contra los casilleros. El ruido metálico retumbó por todo el vestuario, pero a ninguno realmente le asustó, a Kaiser, incluso, le había excitado.

Los besos eran torpes, hambrientos, cargados de rabia contenida. No había cariño. Solo necesidad. Orgullo. El deseo reprimido de destruirse mutuamente.

Kaiser le mordió el labio. Isagi le arañó en el cuello, no sin antes haber intentado asfixiarlo.

Ambos estaban excitados, gimiendo mientras se tragaban el orgullo del otro en sus bocas, peleando por dominar el beso y el uno al otro.

Cuando se separaron, ambos jadearon.

—No me vuelvas a besar si no quieres que te parta la cara, asqueroso —advirtió Isagi, con la voz ronca y los labios hinchados.

—A mí no me amenazas, Yoichi —respondió Kaiser, apretando los dientes, mientras aprieta la cara de Isagi en entre sus dedos.

Isagi no le quitó la vista de encima, aunque le ardía la cara por el agarre de Kaiser, no lo dejó de ver, como si su orgullo se quebrara si Kaiser ganaba una ligera pelea de miradas.

Si las miradas apuñalaran, Kaiser estaría en el suelo, desangrándose hasta morir.

Kaiser soltó su cara. Se hizo para atrás, como si nada hubiera pasado. Se sacó la toalla del cuello, la tiró al banco de madera, y caminó hacia su casillero. Abrió la puerta de metal, consiguió lo que quería y la cerró con un golpe fuerte.

Isagi seguía quieto. El cuerpo tenso. Las manos en los costados, apretando en un puño. Todavía respirando como si hubiera corrido diez kilómetros.

Kaiser se puso una camiseta que había sacado del casillero y se la puso sin apuro. Ignorando la presencia de Isagi.

—Termina de vestirte, Yoichi. No quiero que te resfríes y eso sea una excusa después.

 

Esa fue la primera vez que se tocaron más no la última.

Desde ese día, las cosas escalaron. No en público, obviamente, pero después de cada entrenamiento, la cosa cambiaba, ambos eran una bomba a punto de estallar.

En sus pantalones.

Kaiser lo rozaba al pasar, “por accidente”. Isagi se quedaba mirándole más de lo necesario.
Kaiser se acercaba a hablarle con la excusa más estúpida, Isagi le respondía sin verlo a los ojos, pero sin alejarse, prolongando la conversación.

Isagi no lo rechazaba por creer que al ignorarlo, cedía al juego de Kaiser. Todo lo contrario.

Estaban en una guerra silenciosa donde el que cediera primero perdía.

Pasaron días en ese vaivén de encuentros casuales que terminaban en una sesión de besos con mordiscos y moretones en el cuello.

Estaban en la enfermería, Isagi había recibido un golpe muy fuerte, accidental, por parte de un miembro de su propio equipo. Kunigami.

El bruto ex-héroe se había enfadado con Isagi al rehusarse a pasarle el balón, lo que causó una discusión donde Kunigami no midió su fuerza y más otras circunstancias, Isagi había terminado con un golpe en la pierna.

Kaiser buscó cómo argumentar en contra de Kunigami, este terminó con una sanción, privilegios de ser quien era.

Ahora Michael y Yoichi se encontraban solos, el primero al lado del segundo, el cual estaba sentado sobre la camilla, sobando el golpe en la pantorrilla.

—El bufón hará una pausa en sus actividades, espero que te recuperes pronto.

Isagi reguló su respiración entre siseos.

—¿Podrías dejarme en paz un segundo? Sé que estás obsesionado conmigo, pero no tienes por qué mostrarlo siempre, ¿sabías?

—Lo dices como si no disfrutaras de las atenciones—Kaiser se acercó a Yoichi, desprevenido, se metió entre sus piernas abiertas sobre la camilla.

—Oye, ¿que hac-

La pregunta quedó en el aire en el momento que Kaiser estrelló sus labios contra los de Isagi, lamió sus labios en busca de su lengua, pero Isagi se resistió.

—¿Qué te pasa, perrito en celo?

Isagi llama la atención, con el rostro caliente. Kaiser era demandante siempre, buscando de más, pero no sé esperaba que le besara ahora, en estás condiciones. No necesitaba más para saber que a Kaiser solo le importaba él mismo, sin pensar en si los demás estaban o no a su disposición, buscando solo como satisfacer su propio ego.

—A mi no me llames por tus motes, Yoichi.

Dice Kaiser, tomándole del mentón, susurrándole al oído.

—Hay que aprovechar que estamos solitos.

Isagi se dejó besar, ¿qué más podía hacer? estaban solos, le dolía mucho la pierna, solo quería liberar estrés. Tal vez entre Kaiser y él, había más similitudes que diferencias.

Kaiser colocó su mano derecha en uno de los muslos de Isagi, subiendo por dentro del short.

—Quita esa mano—dijo fuerte.

—¿Seguro? Puedo hacerte sentir mejor, Yoichi—le dijo con una sonrisa ladina mientras acunaba una de sus mejillas con su mano libre.

Kaiser siguió jugando por dentro del short de Isagi, hasta llegar al dobladillo de la ropa interior. Isagi se estremeció en su asiento.

Si le apartaba la mano, era como perder.

Dejó a la mano estar, dejó a la mano juguetear mientras él gimotea para sí mismo.

—Yoichi, ¿estás nervioso? ¿hmm?—tarareo bajito en su oído.

—¿Te gusta?—Kaiser se acercó más a Isagi, presionando contra el torso de Yoichi el suyo propio, cadera con cadera, pecho con pecho. Sus labios pegados a su cuello, respirando su olor, saboreando su sudor.

—K-kaiser—el más bajo apoya sus manos en los hombros de Kaiser, sintiéndose algo incómodo ante la intimidad.

—¿Qué necesitas, Yoichi?—se burló Kaiser, mientras se frotaba contra Isagi.

—¡Kaiser! ¿Q-que?—el rubio le interrumpe colocando un dedo sobre sus labios.

—Te dije que te haría sentir bien. Es lo que ambos necesitamos.

Dijo él, intentando convencer a Isagi—o a él mismo—que era lo que ambos querían bajo ese calor.

Isagi separó un poco más las piernas, permitiendo que la cadera de Kaiser se presione aún más. Sus entrepiernas estaban aprisionadas entre ellos, ambas despiertas ante el roce.

Yoichi suelta un suspiro cuando Kaiser se inclina hacia adelante, embistiéndolo por encima de la ropa.

—Después de todo si eres el que se deja montar, ¿eh?

Isagi le toma del cuello de la camiseta, con los dientes presionados por la rabia.

—Cierra la boca, imbécil.

—Hazme cerrarla, Yoichi—le susurra.

El más bajo enredó sus piernas alrededor de la cadera de Kaiser y lo atrajo hacia él por el cuello, besándolo con hambre, succionando sus labios, arrancándole los gemidos al rubio a la fuerza. Isagi se balancea contra la entrepierna de Kaiser, mientras guiaba sus manos hacia su propia cintura.

—Yoichi…—dice el contrario, con el rostro sonrojado, soltando jadeos.

—Tu no estás llevando las riendas, rey payaso.

Kaiser empujó a Yoichi contra la camilla, cayendo de espaldas.

—Eso lo veremos.

El rubio atacó el cuello del más bajo, succionando lo gustoso.

El hambre que sentía Kaiser por Isagi podría resumirse en una sola palabra.

Begierde, del alemán. Deseo, anhelo, codicia. Un deseo intenso y apasionado.

El deseo carnal.

De poseer a Isagi Yoichi.

Kaiser lamió el cuello de Isagi después de marcarlo.

Metió una mano bajo la camiseta de Isagi, acariciando su abdomen.

—Tener un rival, significa compartir con alguien un mismo sueño.

El rubio levantó la camisa de Isagi para exponer su torso, sus músculos poco marcados resaltaron por el sudor. Clavó su vista en su pecho, se veía tan apetitoso.

—¿Sabes lo que hago yo con los sueños de mis rivales?

Kaiser lamió lentamente uno de los pezones de Isagi, masajeando suavemente el que había quedado libre. Kaiser succiona sin importar que Isagi se retorciera debajo de él, estirando sus piernas incómodo ante los toques jamás había sentido en su cuerpo.

Kaiser no fué brusco en su tacto, más nada le impedía ser duro con sus palabras.

—Los destruyo.

Michael le pasó la camisa por arriba de los cabeza con insistencia mientras Isagi se dejaba hacer. Parecía como si no reaccionara.

En su interior sentía un ardor, la rabia de no hacer nada para detener a Kaiser. Se sentía ciertamente humillado al ser dominado por él.

Pero no podía evitarlo del todo.

Había algo en Kaiser a lo que no se podía resistir, después de todo, era un humano.

Se sentía atraído a lo prohibido.

Le daba morbo el competir con este hombre, que su alma sea tocada por él, que su fuego sea encendido solo por él. Quería saber el por qué de esta atracción tan enferma a la que rechazaba pero era incapaz de huir.

Quería que el tiempo se congelara para siempre en ese instante, quería conservar en su piel los besos de Kaiser, quería preservar para siempre el hambre de Kaiser, jamás llegar a llenar sus ansias, para siempre poder tenerlo para él.

Si esto no había terminado aún, era por él egoísmo de Isagi, el sentirse deseado era un deseo primitivo que residía escondido en el fondo de la mente de Isagi.

De todas formas, ya era tarde, la camiseta de Isagi estaba quién sabe dónde, tal vez junto a la de Kaiser, en el suelo.

Ya se había quitado los zapatos, sus medias estaban desarregladas en sus tobillos, se rehusaba a quitárselos estando en la enfermería donde hacía mucho más frío que en las demás habitaciones.

Jamás había llegado tan lejos con Kaiser, ¿llegarían hasta el final?

A Isagi le daría mucha vergüenza ser él quien dé el culo, debería luchar un poco más… aunque su pierna duele mucho.

Una vez con ambos torsos desnudos, Kaiser se subió encima de Isagi, lo besó tiernamente, como no sabía que Kaiser podía.

Kaiser jadea, no de agotamiento, si no, admirando a Isagi.

—Yoichi… tu cuerpo es tan bonito, es perfecto para destrozarlo.

Isagi traga grueso. El rubio le sube las manos por arriba de la cabeza y se acerca su oído, lamiendo lentamente el contorno de su oreja, dejando pequeños besos tambien.

Isagi suelta quejidos y cierra los ojos, disfrutando de más la brusquedad de Kaiser.

—Supongo que eso te gusta.

Le susurra, mientras baja su mano peligrosamente hasta el dobladillo de los shorts de Isagi. Desliza su mano hacia abajo, tanteando por encima de los boxers.

Isagi sufre pequeños espasmos.

—K-Kaiser, ten cuidado con lo que haces, hijo de puta.

—¿Estás avergonzado? No hay nada de malo en estar mojado, Yoichi, eres una buena perrita en celo.

Isagi rápidamente dirige su mano al cuello de Kaiser, intentando envolverlo y apretarlo. El atacado quiere protestar, la sonrisa no se va de su rostro.

—Yoichi~ ¿no confías en mí?—que pregunta tan estúpida—te haré sentir bien.

Isagi lo suelta con más desconfianza que otra cosa, intenta relajarse, incluso cuando siente la mano de Kaiser deslizarse de nuevo encima de su boxer, tanteando la mancha húmeda en ellos.

Si, joder, estaba avergonzado, mucho. Lo estaba disfrutando, tener el peso del cuerpo de Kaiser encima de él lo excitaba tanto, tener las manos y la boca del rubio en su pecho lo tenían lloriqueando.

—Uh, es muy pequeña, creo que cabría en mi boca sin problemas

¿Que suponía que fuese eso? ¿Cómo debería sentirse Isagi si no es ofendido?

—No le eches la culpa a mi tamaño de que seas una zorra.

Kaiser rió, más no toleraría las faltas de respeto.

—Aquí la más zorra eres tú, Yoichi. Todos están detrás de tí.

—¿Celos?

La boca de Isagi siempre fué así de filosa cuando se trataba de Kaiser.

—¿De tí? Sólo me das lástima.

Kaiser procedió a juguetear con la punta del pene de Isagi, este respondió con un lloriqueo que intentó amortiguar con su mano.

—Me gusta escucharte, así sé que mi trabajo está yendo bien.

—Pareces frágil así —comentó, bajandole por fin los shorts.

Isagi jadeo, intentó protestar pero su cuerpo reaccionó antes que su mente.

—Eres un enfermo —murmuró, pero su voz sonó más tensa que firme.

Kaiser sonrió. El siguiente roce fue más claro, un movimiento lento de su cadera contra la de Isagi, intentando marcar el ritmo.
Isagi lloriqueo debajo de Kaiser, su pene estaba siendo molido contra la entrepierna aún vestida del rubio, moviéndose con deliberada lentitud, un roce constante que obligó a Isagi a apretar la sábana de la camilla.

Los sonidos que escapaban de su garganta eran pequeños, ahogados, pero imposibles de contener. Cada exhalación llevaba un temblor, como si su cuerpo estuviese reteniéndolos conscientemente.

Kaiser, en cambio, respiraba hondo y pausado, jadeando un poco debido al esfuerzo físico que representaba en embestir a Yoichi.

Kaiser disfrutaba cada estremecimiento ajeno, sus ojos fijos en el rostro contorsionado de placer eran la prueba.

El calor se acumulaba donde se unían, y cada fricción parecía arrastrar con ella cualquier resistencia que les quedaba. Kaiser se sintió lo suficientemente caliente y con la mente nublada como para sacar su propia polla de la prisión de tela.

Isagi abrió los ojos al notar como Kaiser detuvo sus embestidas y vió hacia abajo.

Su rostro se enrojece completamente al notar la enorme polla del alemán. Era evidentemente más grande que la de él pero no sabía que había tal diferencia.
Incluso era un poco más gruesa.

El vello púbico del alemán era rubio y apenas se notaba ya que el color se mezclaba con el de su piel.

Mientras Isagi admiraba, Kaiser liberó el miembro de Isagi, la punta enrojecida ya escapaba ese liquido blanco el cual Kaiser aprovecho como lubricante.

—Kaiser…¿Qué haces?—pregunta intentando no sonar demasiado asustado.

—¿No te gusta?¿Estas celoso?

El rubio dejó caer su polla encima de la del más bajo sin vergüenza y jadeo caliente cuando sus miembros finalmente estuvieron piel con piel.

—Ah ah, K-kaiser… ah

Kaiser sonrió de lado, de su frente cayó una pequeña gota de sudor que aterrizó en el pecho desnudo de Isagi.
Fue cuando se dio cuenta que sus cuerpos calientes estaban empapados en sudor. El flequillo se le pegaba en la frente a Yoichi y sus vientres estaban resbalosos.
Cada movimiento hacía que el roce fuera más húmedo, más sucio y degenerado. El alemán lo tenía atrapado por la cadera, empujándolo hacia sí con fuerza para que sus erecciones chocaran sin piedad.

—K-kaiser… mas… quiero más, hazlo más rápido—le pidió Isagi mientras intentaba cubrir su rostro sudoroso y rojo, junto a su boca de la cual escapaba saliva.
El rubio juntó ambos miembros en sus manos, masturbandolos juntos y frotandolos con fuerza.

—ah, Yoichi… ah.

Los gemidos de Kaiser resonaron en el interior de Isagi, logrando que su propio vientre se apretara en un nudo, una sensación deliciosa que no podía comprender pero que disfrutaba mucho.

Isagi apretó los dientes, pero su cuerpo lo traicionó. Empujó de vuelta, frotándose contra él con un ritmo desesperado mientras buscaba más fricción, más calor y más de esa peligrosa sensación de bordear el límite.

Yoichi lo tomó por el cuello con fuerza, no sabía si apretaba su cuello por la frustración o por la necesidad de sentirse en control, pero le estaba ayudando.
Kaiser tosió pero no pidió que le soltaran, le veía directamente a los ojos, solamente gimiendo entre escalofríos.

—Yoichi… quiero correrme.

—C-creo que yo también… Kaiser… ah~ q-quiero correrme. Se siente muy bien~

Kaiser se soltó del agarre y aumentó la fuerza que ponía en sus embestidas, estrellando su pelvis contra la contraria. Apretó los miembros entre sus manos, acariciando las cabezas de ambos penes.

—K-kaiser… ah-

Kaiser acortó rápidamente la distancia entre sus rostros y lo besó, húmedo y resbaladizo, tragándose los gemidos de Yoichi.
Fue así como ambos hombres terminaron por correrse a borbotones sobre sus vientres, manchando de camino sus pechos. Alcanzando ambos el clímax entre besos y gemidos.

La frente de Kaiser cayó sobre la de Isagi, Kaiser lo mantuvo contra él, con una mano firme en su cadera y la otra aferrada a su nuca incapaz de soltarlo.
El alemán lo observaba con esa mirada voraz, los labios entreabiertos, el pulso descontrolado.

—No te atrevas a apartarte ahora —murmuró, su voz ronca y su aliento caliente le golpearon la oreja.

Los jadeos inundaron la habitación, al igual que el sonidos de los besos lentos entre ambas bocas hambrientas
El calor de sus cuerpos era asfixiante, el sudor resbalaba por sus espaldas, mezclados en un rastro pegajoso. No había distancia existente, cada vez que Isagi intentaba apartarse, Kaiser lo acercaba de nuevo, como si su cercanía fuera una necesidad vital.

Finalmente, el alemán separó sus labios de los de Isagi, pero no lo dejó ir. Lo miró de cerca, con deseo en la mirada.

—Sabes que no vas a librarte de mí —susurró, caliente contra su piel.

Isagi no respondió. Solo cerró los ojos, consciente de que aunque lo negara, esa frase le había calado en lo más profundo de su ser y había quedado grabada a fuego en su memoria.

No importaban las peleas, los insultos, ni las mi>adas cargadas de rabia en los entrenamientos y partidos, ambos sabían que siempre habría un momento en que uno de los dos terminará tocando la puerta del otro en busca de consuelo, donde ninguno hablaría de sus verdaderos sentimientos.

Aquello era el verdadero territorio prohibido que ninguno está dispuesto a conquistar.

Notes:

los comportamientos de Isagi y Kaiser no me representan como persona.