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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-08-15
Updated:
2025-11-06
Words:
38,379
Chapters:
11/?
Comments:
15
Kudos:
137
Bookmarks:
9
Hits:
2,333

Eight Seconds to Steal a Heart

Summary:

Max Verstappen cometió el peor error que un alfa puede cometer: subestimar a su omega.
Estaba convencido de que Sergio siempre sería suyo. Que podía divertirse una “última vez” y él no tendría otra opción que volver. Porque sin un alfa oficial, no podría sobrevivir en la F1. Después de todo, ¿quién podría resistir la presión social, los rumores de un compromiso roto y las miradas que insinúan que solo había usado a su pareja para asegurar su contrato con McLaren? Max estaba seguro de que, tras el parón de verano, Checo regresaría a sus brazos… necesitado, vulnerable, suplicando protección. Pero se equivocó.
En Holanda, no lo esperaba un perdón, sino un espectáculo: J.B. Mauney, prodigio del rodeo, alfa dominante, estrella ascendente del PBR… y el nuevo alfa de Sergio. Una presencia tan segura que incluso los alfas más confiados se tensaban. Mientras Max esperaba ver a Checo derrumbarse, J.B. se convirtió en todo lo que él nunca fue: leal, protector… devoto. El que lo sostuvo cuando el pánico lo ahogaba, calmó un celo con la paciencia de quien sabe domar un toro salvaje y puso su nombre en el registro.
Ocho segundos bastaron para que J.B. se ganara el corazón del omega y para que Max entendiera que perdió

Notes:

  • Esta, es una historia fluff, enfocada en el enamoramiento dulce entre un alfa (J.B. Mauney) y un omega (Sergio). Tiene un tono divertido, algo random, picante, romántico y divertido, con momentos de emoción y complicidad.
  • Se desarrolla en un universo Omegaverse, donde existen las castas alfa y omega, donde todos tienen características hibridas con las que nacen, pero suelen mostrarse públicamente.
  • Aquí no odiamos a los betas, pero pobrecitos, son los más explotados. Así que todos tienen una casta definida, porque en este universo, no tienen que cubrir horas extras gratis.
  • Protagonistas:

⇏ James Burton “J.B.” Mauney → Un alfa joven, extrovertido, dulce y un poco desafortunado en el romance, genuinamente cariñoso. Aunque es un espíritu libre que vive para domar toros, no puede evitar pensar que toda relación debe ser tomada con una formalidad de compromiso matrimonial implícito.

⇏ Sergio “Checo” Michel Alonso Webber → Un omega,  que a pesar de ser un ser dulce, cariñoso y amable como cualquiera de su casta. Pero fue educado por dos alfas, que en su momento fueron un par de rompecorazones. Si sabe algo de los alfas, es que son reemplazables. Todos, excepto al que ÉL elija, como SU alfa.

  • Parejas secundarias: En la siguiente historia encontrará las siguientes parejas.

⇏ Bearcon, Carbon/BonSai, Arthur/Zhou, Jack/Liam/Isack.

  • Diferencia de edad: J.B. tiene 19 años y Sergio 21.
  • Es una historia romántica, donde un idiota sufre y un par de tortolos que parecen diferentes, no pueden dejar de amarse.
  • La trama se centra en cómo James, intenta reforzar su lazo alfa-omega, mientras intenta hacer las cosas bien. No piensa caer en los encantos de su omega (o al menos lo intentará) hasta que estén unidos ante la ley y Dios.
  • Hay un grupo de amigos que apoyan (y a veces sabotean sin querer) el romance, pero están ahí para que su amigo no termine pecando, más de lo que ya hizo.
  • Sergio no está en peligro con Max, él es el peligro y quien puede arruinar la carrera del alfa si quiere.
  • No hay conflicto oscuro o dramático extremo: Aunque hay momentos de tensión y celos, el foco principal es el desarrollo de una relación sana, tierna y algo hormonal. Pero, ¿quién culparía a Checo bb?
  • La historia se desarrolla en un contexto de Fórmula 1 y el PBR, con los personajes siendo pilotos y domadores de toros. Pero como aun me confundo, sus interacciones fuera y dentro del paddock, serán más comunes.
  • Es un mundo donde los omegas no son tratados mal, porque de hecho son el pilar más fuerte de la sociedad. Las castas tienen los mismos derechos y de hecho cuentan con mecanismos biológicos para protegerse de todo tipo de agresiones.
  • Dato importante para entender la dinámica social de este universo:

⇏ La F1 está controlado por alfas sobreprotectores (tuvieron puros hijos omegas) que creen que los omegas correrían demasiados peligros y sienten que, si un omega es lastimado, herido o muere, sería un golpe muy significativo para la sociedad y una pérdida importante para el equilibrio. No tienen nada en contra de los omegas, así que se los preguntan…

¿Por qué no hay omegas en la Fórmula Uno, Señor Jeque?

 

“Es que son tan bonitos y preciados. En el paddock se pueden ensuciar, enfermarse o agarrar alergias por culpa de los aromas asquerosos de nuestros pilotos que a veces no se bañan y huelen a medias sucias podridas porque nunca acatan la orden de bañarse obligatoriamente. Son como flores y nuestros pilotos, cavernícolas.”

  • Básicamente, es una historia de enamoramiento dulce, con un alfa que cae rendido por un omega, quien parece querer saltar encima de él cada que puede, mientras su alfa solo puede pensar en porque sus suegros odian su corte de honguito.
  • Si no te gusta, por favor, retirate, gracias y que tengas una bonita existencia.

Chapter 1: You act really well.

Summary:

Eres encantador, eres dulce y eres tonto por pensar que caigo en tu actuación, aunque me intente obligar a creerlo.

Chapter Text

El podio de Hungría todavía estaba empapado de champaña cuando Sergio se bajó de él con el corazón acelerado, más por la adrenalina del momento que por la carrera misma. Tenía la cara roja, las mejillas ardiendo por las luces, los gritos y el peso de los flashes que se empeñaban en capturarlo como si fuera una criatura recién descubierta.

El público rugía su apodo, "Checo", con ese acento particular que había adoptado incluso entre los europeos. El himno sonaba fuerte y, a su lado, Daniel Ricciardo levantaba el trofeo con la euforia de un niño.

Y él, con las manos todavía húmedas por la botella, bajó del podio sintiendo que cada paso lo acercaba más al sueño que nunca creyó posible. Daniel le pasó un brazo por los hombros, riendo, apretándolo como si quisiera recordarle que todo era real, que lo habían logrado juntos, que McLaren, después de tantas caídas, estaba otra vez en el mapa gracias a ellos y que era momento de festejar con el champagne.

Que cada punto ganado, cada vuelta sufrida, cada noche sin dormir revisando datos con los ingenieros, había valido la pena. El campeonato de pilotos ahora se jugaría entre ellos dos y Daniel, genuinamente se ofreció a ayudarlo a ganar.

McLaren era un equipo que había tocado fondo, que había sentido la vergüenza de no poder contratar ni a un piloto reserva con sueldo decente, de perder pilotos brillantes que en otros tiempos habrían suplicado por un asiento naranja. Y, sin embargo, ahí estaban, brillando otra vez, con dos rookies que se metían en más problemas de los que podían contar y eran entregados en la puerta del Hospitality amarrados en sillas rodantes y repletos de cinta adhesiva.

El paddock hervía de murmullos, desde principio de año. Aunque ya era agosto, algunos lo observaban con asombro genuino, otros con un escepticismo disfrazado de sonrisas educadas, pero Sergio ya había aprendido a convivir con esa mezcla venenosa de dudas y admiración.

La burla disfrazada de preocupación que hubo meses atrás, cuando McLaren anunció que debutarían al primer omega en la historia de la F1, todavía flotaba en los pasillos como un eco que nadie quería reconocer en voz alta.

Decían que no duraría, que su biología lo condenaba, porque los omegas eran demasiado preciados como para permitir su participación de manera seria, y que seguramente al ser un niño mimado, solo quería cumplir un capricho más. Que ningún patrocinador serio apostaría por él.

Y sin embargo, ahí estaba: con la bandera mexicana ondeando detrás, en lo más alto de la clasificación, liderando un campeonato que parecía imposible. Sentía el peso del trofeo en las manos y, al mismo tiempo, la ligereza de quien sabe que ha callado a muchos.

El público gritaba su nombre, banderas ondeaban, y aunque sabía que muchos aún lo miraban con desconfianza, lo que brillaba en los ojos de los mecánicos de McLaren era orgullo puro.

—¿Tú crees que incrementen nuestro bono navideño? —murmuró Daniel entre dientes, dándole un codazo suave mientras el champagne le chorreaba por la barbilla—. Digo, Red Bull aun nos acusa de hacer trampa y quiero ir de viaje con mis padres.

Sergio rió, Daniel jamás permitiría que un momento así se sintiera pesado o amargo.

—No lo sé, aunque espero que sí. Después de todo, le cerramos la boca a todos los que decían que íbamos a durar tres carreras antes de renunciar.

Decir que terminaron riendo hasta que les dolieron las costillas, es decir poco. Ya que se tuvo que retrasar la rueda de prensa postcarrera por unos minutos. Ambos no podían parar de reír luego de que Daniel le asegurara a sus padres que no habían cometido travesura alguna en ese premio y que, si mentía, un pavo relleno cruzara la puerta.

Y cuando Zack Brown ingresó con vasos de bebidas gaseosas para ambos, los pequeños rookies no pudieron evitar reír y Daniel, aceptó un jalón de orejas sin decir más.

En cuanto a la conferencia postcarrera, estuvo repleta de preguntas insistentes, cámaras que no paraban de destellar y titulares que ya se escribían solos.

"El omega que desafía las estadísticas"

"El heredero de dos leyendas"

"El líder inesperado del campeonato"

Sergio respondía con sonrisas, con frases medidas que aprendió de Fernando y con el temple que heredó de Mark. Escuchaba todo, incluso cuando el periodista hacía hincapié en su condición de omega, como si ese detalle fuera más relevante que la victoria conseguida con sudor y estrategia. Y lo que realmente esperaba era la calma después de la tormenta, ese instante en el que podía apartarse y respirar sin micrófonos pegados a la boca.

Ni bien se levantó de la silla y se despidió de la sala abarrotada, lo primero que sintió fue el alivio del aire un poco más fresco del pasillo. Y cuando llegó al hospitality de McLaren, no era precisamente silencio lo que lo recibió. Max estaba ahí, esperándolo con los brazos abiertos como si fueran un refugio inevitable.

El neerlandés no lo dejó dar más de dos pasos antes de rodearlo con fuerza, levantándolo apenas del suelo en un impulso que lo hizo soltar una risita nerviosa. Y esos labios, esparcieron por todo su rostro, besos rápidos, casi desesperados, en sus mejillas, en la frente, en la línea de la mandíbula.

El omega, con el rostro encendido, trató de protestar suavemente porque aún podían estar siendo observados, pero la intensidad con la que Max lo miraba le cortó cualquier palabra. En esos momentos, siempre era fácil olvidar el ruido, olvidar el mundo y dejarse arrastrar por esa versión dulce y devota del neerlandés, la misma que lo había conquistado desde el principio.

Recordaba con claridad cómo había empezado todo el año pasado. Max rondando los pasillos del Hospitality con excusas tan torpes como transparentes. Preguntando por herramientas que no necesitaba, fingiendo interés en las estrategias de Daniel y "echarle una mano", para que brillara en F2, solo para tener un motivo para quedarse o de simplemente "buscar un café".

La verdad era otra: había rondado ese lugar desde el inicio, buscando cada ocasión para chocar con Sergio, para arrancarle una conversación de cinco minutos que se transformara en media hora, para sonsacarle el número de teléfono con una naturalidad estudiada.

Sergio recordaba la primera vez que lo había visto esperarlo en esos pasillos naranjas, como si fuera normal que el campeón del mundo se paseara por ahí con las manos en los bolsillos, sonriendo como un chico nervioso. Recordaba cómo Max se había ganado poco a poco a Daniel, el alfa más celoso de todos sus amigos, hasta arrancarle bromas y confianza solo para acercarse más a él.

El día que se convirtieron en novios, Sergio lo presentó con sus padres. La reacción había sido un capítulo aparte en su memoria: Mark, rígido y frío, con esa mirada crítica que podía hacer tambalear a cualquiera, dejó claro que aún no lo aprobaba. Fernando, su Omee, había sido más suave, colocando una mano en el hombro de su hijo y diciéndole que, si era feliz, tenía su apoyo.

Una forma calmada y dulce, de decir también que no confiaba demasiado en Max, ese hijo mimado de dos gigantes del paddock, Christian Horner y Toto Wolff. Y, sin embargo, Sergio había defendido su elección, con la convicción de quien siente que, al menos en ese instante, su corazón late seguro.

Max parecía comprender ese peso y lo contrarrestaba con gestos. Ahora, con la victoria fresca en la piel de Sergio, lo felicitaba entre risas y palabras que parecían promesas.

—Lo hiciste, cariño. Eres increíble... —le susurraba, antes de darle otro beso en la sien—. Estoy tan orgulloso de ti.

Sergio se dejó mimar, apoyando la frente contra su pecho, sintiendo el ritmo fuerte de su corazón a través de la tela de la camiseta. La adrenalina de la carrera aún lo recorría, pero esa calidez lo arrullaba como un bálsamo.

Comenzaron a caminar, adentrándose en el elegante espacio mientras Max comenzó a hablarle de las vacaciones y de cómo por fin tendrían tiempo para viajar a donde él quisiera. Había entusiasmo en su voz, un entusiasmo tan marcado que por un instante desconcertó a Sergio, acostumbrado a un Max menos entregado en esas cosas.

—Ahora sí —dijo Max, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto—, tenemos vacaciones. Tiempo solo para nosotros. Puedes elegir a dónde quieras ir y yo lo haré posible.

El corazón de Sergio dio un pequeño salto. Se separó lo suficiente para mirarlo a los ojos, mordiendo el labio con una mezcla de ilusión y timidez. —¿De verdad?

—De verdad —afirmó Max, con la seguridad de quien está acostumbrado a cumplir con su palabra.

El omega de ojos chocolate sonrió, más amplio de lo que había sonreído en la rueda de prensa, y habló con un entusiasmo casi infantil. —Quiero ir a Miami. Van a presentar el último show de mi ilusionista favorito, y no me lo quiero perder. Es su despedida.

Y Max no tardó en reaccionar. Sonrió con una rapidez casi ensayada y lo miró con un brillo inusual en los ojos. —¡Perfecto! Entonces Miami será. Reservaré todo ya mismo si quieres.

Su voz tenía un tono efusivo, casi excesivo, y Sergio parpadeó, confundido. Porque, aunque su novio siempre se esforzaba en apoyarlo, nunca había mostrado demasiado interés por esas cosas. Los trucos de magia, los espectáculos, solían aburrirlo; lo había dicho más de una vez.

El omega inclinó un poco la cabeza, buscando leer entre las líneas de su sonrisa. Algo no terminaba de encajar, pero antes de que pudiera preguntarle, la puerta volvió a abrirse y todo se iluminó de golpe con las voces familiares que entraban.

—¡Mi campeón! —Fernando fue el primero en llegar hasta él, los brazos extendidos, ese abrazo firme que solo él sabía dar.

—Estamos tan orgullosos de ti —dijo Mark en voz baja, lo suficientemente cerca como para que solo él lo oyera. Sus palabras iban acompañadas de una caricia suave en el cabello, un gesto paternal que lo desarmó.

Sergio estaba rodeado del calor que solo su familia podía darle. Sus padres no tardaron en acercarlo a uno de los sofás cercanos y sentarlo entre ellos, uno a cada lado, como si el omega fuera todavía aquel niño al que llevaban en brazos en las calles de Oviedo, incapaces de soltarlo demasiado tiempo.

Fernando le acariciaba el cabello, jugando con algunos mechones rebeldes que habían escapado de la gorra, mientras Mark le servía agua, insistiendo en que debía mantenerse hidratado después de una carrera tan intensa. La presencia de ambos lo envolvía, firme y suave a la vez, recordándole que, aunque estuviera en la cima del campeonato, seguía siendo su pequeño, el único omega de la familia Alonso-Webber.

En ese ambiente cómodo y seguro, Sergio se atrevió a compartir su ilusión.

—Papi, Max y yo... —comenzó con una sonrisa tímida, mordiéndose el labio—, estábamos planeando ir a Miami. Quiero ver el show de Arthur Loods, es el último, y... sería bonito.

Lo dijo con naturalidad, mirando a Mark, como si bastara con nombrar el plan para que todo encajara. Pero al voltear la cabeza, buscando a Max para que él mismo lo confirmara, se encontró con una escena que le hizo fruncir el ceño. El alfa estaba apartado, sentado en una de las sillas bajas más alejadas, con el celular en mano y una sonrisa demasiado amplia en los labios. Se mordía el labio inferior, sus dedos tecleaban sin descanso, y parecía ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor.

—Max... —llamó Sergio en voz clara, esperando atraerlo.

El neerlandés se sobresaltó, casi como un niño atrapado haciendo algo indebido, y en un gesto rápido guardó el teléfono en el bolsillo. —¿Sí? Lo siento, es que... estaba... estaba comprando los boletos, y buscando el hotel donde nos vamos a quedar.

Y esa explicación tan barata y torpe, no le sonó del todo convincente. Sergio frunció aún más el ceño y sus ojos buscaron, de inmediato, a Nano. Su Omee, el alfa que lo gestó por exactamente siete meses, antes de que sufriera una intoxicación por tacos, durante sus vacaciones en México y terminara en el hospital, solo para terminar enterándose que tenía un embarazo críptico.

Lo miraba con una calma que ocultaba mal su sospecha; sus ojos avellana brillaban con la misma pregunta que Sergio no se atrevía a hacer en voz alta. Porque era bien sabido que McLaren, gracias a su alianza con Hilton, le ofrecía siempre habitaciones seguras, diseñadas para su protección, con protocolos listos para cualquier emergencia. Max lo sabía. No había necesidad de buscar un hotel, mucho menos con esa urgencia.

Sergio tragó saliva y decidió no discutir en ese momento. Inspiró profundo y forzó una sonrisa, regresando la conversación a sus padres. —Ya les conté lo del viaje.

Max se adelantó, aprovechando la rendija.

—Serán solo tres días —dijo, mirando directamente, con una seguridad que parecía ensayada—. Luego lo traeré de vuelta a casa, a salvo. No hay nada de qué preocuparse. Además... yo también tengo algunas cosas que hacer en Miami.

Antes de que Sergio pudiera replicar, el celular volvió a sonar. Max respondió con una rapidez inusual y, con una sonrisa que no se molestó en disimular, se alejó unos pasos.

—Sí, está listo. Nuestro viaje a Miami está confirmado —dijo, su voz llena de entusiasmo, sin siquiera mirar atrás, sin darse cuenta de la incomodidad de su pareja.

El silencio que dejó tras él fue espeso, cargado de tensión. Mark, que había observado todo desde su rincón del sofá, reaccionó primero. Liberó sus feromonas de musgo con un toque de bergamota sin pensarlo demasiado, llenando el espacio con un aroma fresco y vibrante.

El aroma que para otros era atrayente, para Sergio era un aroma que gritaba hogar y protección, mientras lo envolvía como una ola. El chico ni siquiera lo pensó, abrazó su padre con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.

—No vayas —dijo el australiano, apenas audible para su esposo e hijo—. Tengo un mal presentimiento, Michel. No vayas con él.

Sergio sonrió suavemente, esa sonrisa pequeña y resignada que solo usaba con los suyos, y hundió su rostro buscando protección y cerrando los ojos un momento, dejándose sostener por el abrazo.

—A decir verdad... yo tampoco quiero ir —confesó en un murmullo, sorprendido de lo fácil que se expresaba cuando estaba en los brazos de papá—. Pero si lo que sentimos es cierto, mejor comprobarlo. Prefiero salir herido ahora, antes de que sea más tarde. Y prefiero romperle la cara en un lugar que me respaldará sin importar que.

Las palabras colgaron en el aire como un secreto compartido. Fernando y Mark intercambiaron una mirada silenciosa, entendiendo que su hijo, aunque joven, estaba tomando la decisión de enfrentar la verdad con sus propios medios.

Esa noche, en el hotel, la tensión no se disipó. Max no contestaba sus mensajes o llamadas y si lo hacía, decía que estaba ocupado preparando algunas cosas y colgaba dejándolo con las palabras en la boca. Luego, sus padres tuvieron que llevarlo al aeropuerto, porque cuando creía que el neerlandés lo esperaba en el lobby, le informaron que este había salido hace media hora con maleta en mano y ni siquiera tuvo la decencia de informárselo.

Y sorpresivamente, le informó de último momento que no usarían su jet privado y que viajarían en primera clase. Cuando Sergio se mostró molesto, el alfa insistió en encargarse de todo el papeleo del viaje, apartando a Sergio con frases rápidas y sonrientes.

"Yo lo hago, no te preocupes", repetía, mientras hablaba por teléfono con alguien más, con una alegría y entusiasmo que contrastaban demasiado con la sobriedad habitual que tenía con él.

Sergio lo observaba desde el restaurante, jugando con el borde de un vaso de agua, sintiendo que cada carcajada de Max al otro lado de la llamada lo alejaba un poco más.

Y cuando llegó el momento de despedirse de sus padres, Fernando lo abrazó con fuerza, aspirando profundamente el aroma de su hijo, helado de vainilla con algodón de azúcar, esa mezcla que siempre había definido a Sergio. Pero aquella noche, el dulzor parecía empañado por un toque amargo. Y él lo notó, al igual que Mark.

—Si no quieres ir, no tienes por qué forzarte —le dijo en voz baja, con ternura y preocupación—. Nadie te obliga a hacerlo. Y siendo sincero, la manera en la que te está tratando me toca los nervios.

Sergio negó suavemente, cerrando los ojos contra su hombro. —Max ha estado extraño estas últimas semanas. Siento que en este viaje puedo encontrar las respuestas que necesito. Es nuestro primer viaje juntos, sin ustedes. Prefiero saberlo ahora y no seguir a ciegas.

Mark lo sostuvo de los brazos con firmeza, mirándolo a los ojos ni bien se separó de Fernando. Esta sería la primera vez que dejaba que uno de sus hijos viajara solo; en especial Michel. No confiaba en nada que estuviera relacionado a Horner o Red Bull y aún así, estaba permitiendo que su pequeño retoño de 20 años se fuera al otro lado del mundo con el hijo del hombre que arruinó su carrera y su autoestima, solo porque rechazó a su hijo mayor, Sebastian.

Quiso hablar, quiso detenerlo, pero Michel sonrió apenas, con esa serenidad rota que solo usaba cuando intentaba ser más fuerte de lo que realmente era. El altavoz del aeropuerto anunció el embarque y, con un beso en la mejilla de su padre y un último abrazo de Fernando, se dio la vuelta, prometiendo que sería cuidadoso; arrastrando su maleta donde Max ya lo esperaba en la fila de embarque. Con el teléfono aún en la mano, escribiendo sin cesar.

Cuando finalmente se alejaron, Mark dejó escapar la tensión que llevaba acumulada y giró hacia Fernando, con el ceño fruncido. —Nuestro pequeño está asustado. No debimos dejarlo ir solo con ese idiota. Está asustado y lo sabemos.

El asturiano lo miró con esa calma que a veces desesperaba y a veces salvaba. Puso una mano firme en la mejilla de su esposo, obligándolo a mirarlo de frente.

—Necesitamos darle espacio, honey. Ha tenido la suerte de crecer con nosotros siempre cerca, viajando por Europa, protegido en cada paso. Pero es momento de darle un poco de libertad. Ya lo escuchaste: sospecha algo. Y es mejor que lo descubra por sí mismo... antes de que Max use nuestra intervención como excusa.

Mark apretó los puños, mascando la rabia, pero no respondió. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, como si en cada una, intentara contener la furia que bullía en su interior.

Finalmente, solo asintió, aunque sus ojos seguían fijos en el punto donde habían visto desaparecer. Sabía que su esposo tenía razón, aunque la sola idea de su hijo enfrentando esa tormenta sin ellos le quemaba por dentro. Mientras tanto, en la sala de embarque, Sergio se obligaba a mantener la calma, aun cuando el presentimiento volvía a apretar su pecho como un nudo cada vez más fuerte.