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El Maestro Fu se sentó con las piernas cruzadas sobre el cojín de meditación, la luz tenue de su santuario danzando sobre los viejos pergaminos. Sus ojos, acostumbrados a ver más allá de lo evidente, se posaron en la caja de los Miraculous que cuidaba celosamente cada día, durante años. Cada joya, un universo de poder y posibilidades, vibraba con una energía que solo él, el último guardián, podía sentir plenamente.
A veces, su cabeza era un río turbio se filtraba en su mente o quizás eran sus ¿memorias? No podía saber. Fragmentos de una batalla devastadora flotaban en su mente, destellos de un París al borde del abismo. Recordaba la desesperación, la sensación de derrota inminente... y luego, un borrón. Imágenes aleatorias, un rostro joven con cabello oscuro, una cabellera verde. Una silueta escamosa. Una figura majestuosa con plumas iridiscentes. Un espíritu libre con un peculiar sentido del tiempo. Rooster, Vyperion, Argos, Bunnix... los nombres danzaban en sus labios como susurros de un sueño débil.
El Maestro Fu sabía que era un universo torcido, restaurado de una manera que solo él podía percibir. La línea temporal, la que ahora se desarrollaba ante sus ojos, era la verdadera, la que debía ser. Pero la cicatriz de lo que había sido, de lo que casi fue, persistía en su mente. No podía recordar todos los detalles, no debía. Era un secreto que solo él podía y debía cargar. Porque en la restauración, dos almas valientes habían pedido no volver a ser los pilares de la Creación y la Destrucción, un sacrificio envuelto en una tristeza que aún resonaba en el corazón de los Kwamis.
Con un suspiro, el Maestro Fu se levantó y caminó hacia una de las repisas. Allí, en un estuche discreto, no reposaban los Miraculous de la Mariquita y el Gato Noir junto los demás. Esos ya tenían dueños. Su mano se dirigió a una caja pequeña, tallada con intrincados diseños. Dentro, el Miraculous del Gallo, un broche dorado con forma de cresta emitía un brillo tenue y algo perturbador. Estaba dañado. Recordaba la angustia de un joven rostro al perderlo en la vorágine. Y junto a él, un collar elegante con una cola de zorro, esperando su momento.
El indicador del tiempo cargado por el conejo vacío.
La batalla que había llevado a estos cambios era un eco distante, un fantasma que perseguía sus decisiones. El miedo a que la ayuda de los Miraculous de la Creación y la Destrucción no fuera suficiente, como no lo fue la última vez, lo había impulsado a actuar. A buscar nuevos portadores, a repartir otros prodigios, a confiar en una nueva generación.
En los tejados de París, bajo la luz de la luna que bañaba la ciudad, dos figuras se movían con una agilidad sobrenatural. Una, envuelta en un traje carmesí con lunares negros, la otra, en un traje de cuero oscuro con orejas puntiagudas. Eran los nuevos guardianes, los que no cargaban con el pasado que el Maestro Fu luchaba por olvidar. Y en algún lugar de la ciudad, otro joven se preparaba, sin saber que su destino estaba ligado a las emociones que danzaban en el aire de París, y a la protección de un corazón que se había enamorado de la luna.
