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El año 2017 había comenzado hacía unos meses. Las vacaciones de invierno ya eran un recuerdo lejano, y los centros educativos abrían de nuevo sus puertas a los estudiantes. A finales de marzo, específicamente el día veintisiete, la anticipación por las próximas vacaciones palpitaba en el aire, sobre todo durante los días laborales, y con mayor intensidad en ese día tan temido: el lunes.
Entre esos colegios se alzaba el instituto masculino Stratford , donde William Twining, un estudiante de dieciséis años, revolvía con determinación entre los libros de su casillero. Pero su descontento no nacía de aquella búsqueda.
A su alrededor resonaban las risas de su hermano gemelo, Solomon Twining, junto a las de dos de los alumnos más destacados del lugar: Dantalion Huber y Sitri Cartwright.
Dantalion era admirado por los atletas del instituto gracias a su talento deportivo, mientras que Sitri deslumbraba por una belleza que despertaba suspiros y devociones. Tantos eran sus admiradores —incluyendo a quienes se declaraban heterosexuales— que a William le resultaba incomprensible. Sitri poseía rasgos delicados, casi etéreos, pero al fin y al cabo, era un chico como cualquier otro. ¿Cómo podía alguien cautivar a tantos solo por su apariencia?
Pero ese no era el motivo de su irritación. Las opiniones ajenas sobre Sitri le traían sin cuidado; cada cual tenía sus propias obsesiones.
William lanzó una mirada furtiva a Dantalion, quien reía junto a su hermano, y ahí residía el verdadero aguijón de su rabia. La sonrisa de Dantalion, amplia y despreocupada, florecía sin falta cada vez que posaba los ojos en Solomon.
William lo observó con atención: su figura esbelta se alzaba sobre los demás, el cabello negro —lacio y cortado a la altura de la barbilla— acariciaba su perfil, y aquellos ojos rojo violáceos, intensos como el crepúsculo, brillaban con una devoción que lo trastornaba. Mientras Dantalion se dejaba llevar por la felicidad, William ahogaba en silencio sus propios sentimientos, cada vez más indomables.
«Amarás a quien no te ama, por no amar a quien te ama».
Un antiguo refrán que lo hacía preguntarse: «¿Habrá alguien que me ame?», porque, de no ser así, el destino no solo era cruel, sino injusto.
El agotamiento lo venció. Cerró el casillero con un golpe seco, como si pudiera sepultar entre sus paredes de metal esos pensamientos inútiles que lo asediaban. La frustración le roía por dentro: el libro que necesitaba para clase había desaparecido. Entonces lo recordó: Solomon se lo había pedido. Y eso nunca era buena señal.
Su hermano gemelo tenía muchas manías irritantes, pero ninguna tan persistente como su costumbre de robarle libros para luego no devolverlos. La habitación de Solomon parecía más una catacumba de papel que un dormitorio: pilas de volúmenes invadían el suelo, formando barricadas que convertían cada paso en una hazaña. William no entendía cómo podía vivir entre tanto caos. Y, para colmo, en medio de aquel desorden, Solomon nunca encontraba sus propios libros, así que saqueaba los de él… que también terminaban perdidos en el limbo de su desidia.
Sabía que preguntarle era inútil. Además, ese día se había prometido evitar a esos tres idiotas. Pero la necesidad pudo más que el orgullo, así que, con un suspiro que le quemó el pecho, echó a andar. Avanzó con la cabeza alta, la espalda recta, fingiendo —como siempre— que todo estaba bien. Que Dantalion no le hacía latir el corazón. Que el dolor no existía.
Los encontró en las escaleras: Solomon sentado, protegiendo con su cuerpo a Sitri, quien reposaba la cabeza en su hombro. Dantalion, de pie frente a ellos, tenso como un resorte, clavaba en Solomon una mirada que destilaba posesividad. William se acercó despacio, sintiendo cómo la capa blanca de prefecto ondeaba tras él. Pero su corazón no era tan discreto: cada latido era un martillazo contra las costillas. Hacía tanto que no estaban tan cerca… demasiado cerca.
Se había esforzado por mantenerse al margen, pero a veces era imposible. William y Dantalion compartían clase, y Dantalion seguía a Solomon como un perro hambriento, listo para saltar por el menor hueso de atención. Y Solomon, irónicamente, perseguía a William con la misma obstinación.
William se detuvo y cruzó los brazos, imperturbable. Observó el rostro idéntico al suyo —pero tan distinto— mientras luchaba por ignorar el fuego que le abrasaba las venas al sentir a Dantalion a su lado.
—Solomon, ¿tienes el libro que te presté?
Su hermano alzó la vista con expresión desconcertada, esbozando una sonrisa de esas que solían prender la mecha de la paciencia de William.
—¿Cuál?
William contuvo un suspiro que le quemó los pulmones. En momentos como este, las imágenes de sujetar a Solomon por los hombros y sacudirlo hasta que sus dientes castañetearan se volvían casi tentadoras.
—El que te presté hace una semana —respondió, midiendo cada palabra como si fuera un hilo tensado antes del corte.
—¡Ah, ese! ¡Lo tengo aquí!
William parpadeó, desconcertado. Por un segundo, consideró comprobar si aquel era realmente su hermano o algún doble impostor. ¿Solomon recordando un préstamo? ¿Solomon sin haber perdido el libro? El mundo claramente se había desviado de su eje.
Pero entonces, como si el universo decidiera reajustar su equilibrio, Solomon apartó a Sitri con cuidado, rebuscó en su bolso… y se detuvo. Esa mirada de culpabilidad, ese gesto de «no me mates» que le dirigió, fue suficiente para que William sintiera cómo el último vestigio de esperanza se evaporaba.
—No está aquí.
William se llevó una mano a la frente. No era sorpresa, pero la decepción le golpeó como un puño. Sin pensarlo, agarró a Solomon por el cuello del uniforme y lo encaró con una calma peligrosa, los nudillos blancos de tanto apretar.
—Dame una buena razón para no estrangularte ahora mismo.
No era una pregunta retórica. En ese instante, William calculaba. Sabía que era en parte culpable por seguir prestando libros a quien los trataba como hojas secas en el viento, pero la rabia nublaba cualquier lógica.
Solomon, inmutable, sonrió como si no tuviera la muerte a un centímetro de su garganta.
—Soy tu hermano — dijo la razón que William le había solicitado.
William lo soltó con un gruñido.
—A veces no sé de dónde saco fuerza para no enterrarte en el jardín —murmuró, mientras Solomon se reajustaba el uniforme, esa sonrisa pícara intacta. Sabía que ni siquiera él podía calmar a William una vez que la furia lo envolvía.
—Tengo que ir a clase —anunció Sitri, rompiendo el silencio con una voz que arrastró todas las miradas hacia él.
Dantalion se iluminó al instante, como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro de su pecho.
—Entonces ve. Nos vemos luego.
Sitri respondió con una sonrisa dirigida exclusivamente a Solomon —breve, íntima— antes de marcharse, satisfecho, sin siquiera preocuparse por Dantalion quedándose a solas con Solomon.
Solomon giró hacia donde debía estar William, pero solo encontró el vacío. Lo divisó a lo lejos, avanzando con paso firme, ajeno a todo lo que no fueran sus propios pensamientos.
—¡William, espera!
Se lanzó tras él, con Dantalion pisándole los talones como un perro fiel. Cuando lo alcanzó, le colocó las manos sobre los hombros con cuidado, como si contuviera una tormenta a punto de estallar.
—Estoy intentando no perder los estribos, Solomon —advirtió William, con una calma demasiado afilada—. Te sugiero que no me pruebes.
—Revisemos mi casillero —propuso Solomon, sonriendo como si ofreciera un regalo.
William no se movió.
—No tengo tiempo para tus juegos. Lo único que quiero es paz, y contigo cerca, eso es como pedirle silencio a un huracán.
Solomon insistió, imperturbable:
—Vamos, te juro que el libro no está en mi habitación.
William se detuvo. Respiró hondo, como si absorbiera toda la paciencia del universo en un solo suspiro.
«Todos merecen una segunda oportunidad —se recordó—. Incluyendo a este imbécil».
—Si no está en tu casillero, juro que te haré pagar cada segundo perdido —amenazó, aunque sin verdadera convicción.
Solomon sonrió, victorioso, y se aferró al brazo de su hermano, tirando de él como un niño emocionado. Pero a los tres pasos, William se plantó como un muro. Solomon lo miró, confundido, hasta que siguió su mirada hacia atrás: allí estaba Dantalion, siguiéndolos en silencio, como una sombra maldita.
William se volvió, exasperado:
—¡Solomon ya tiene una sombra! ¡No necesita otra!
Algunos estudiantes giraron la cabeza, pero siguieron su camino. Era solo otro día normal en el instituto Stratford .
Dantalion frunció el ceño, sus ojos color vino oscuro centelleando con un desafío silencioso. No era hombre que aceptara insultos sin respuesta, especialmente de William.
—¿Me estás hablando a mí? —preguntó, imitando el tono cortante que William había usado.
—¿Ves a alguien más aquí? ¡Eres el único imbécil en un radio de cinco metros! —replicó William, haciendo girar a Solomon para alejarlo de la confrontación.
Dantalion apretó los puños.
—¡Tú eres un…! —Cortó en seco la frase, tragándose las palabras como veneno. Por Solomon. Siempre por Solomon.
—¡Hazme un favor y no sigas a mi hermano como un perro faldero mientras yo esté aquí! ¡Tu presencia ya es molesta de por sí!
Los gemelos reanudaron su camino, no sin antes recibir Dantalion una sonrisa de disculpa de Solomon —esa sonrisa que le derretía las entrañas— y una promesa muda de verse después. Cuando estuvieron suficientemente lejos, Dantalion se pasó una mano por el cabello negro, alisándolo hacia atrás con un gesto nervioso, y dejó escapar un suspiro que parecía llevar meses acumulando.
No era ningún secreto su animosidad con William. Todo el instituto conocía su mutua hostilidad: esos cruces de miradas cargadas de electricidad estática antes de girar en direcciones opuestas. Pero lo que pocos sabían era que, seis meses atrás, habían sido amigos. No íntimos, pero sí compañeros de conversaciones bajo el roble del patio y cómplices ocasionales. Hasta que algo se rompió. Algo que Dantalion no lograba comprender, y que ahora solo dejaba espacio para el resentimiento y las palabras afiladas.
Sabía que el puente entre ellos estaba quemado. Y no era precisamente estratégico llevarse mal con el hermano del chico que le volvía loco. Pero William… William con su actitud desdeñosa, sus ojos fríos como acero invernal y esa manera de mirarlo como si fuera basura pegada a su zapato… Era imposible no morder el anzuelo.
Mientras regresaba al lugar donde Solomon y Sitri habían estado sentados, una pregunta lo asaltó por enésima vez: ¿Qué diablos había pasado entre ellos para llegar a esto?
***
El libro estaba allí. William lo sostuvo entre sus manos con incredulidad, las páginas intactas reflejando su propia expresión de asombro. Solomon había escapado por poco de ser estrangulado con su propio uniforme.
—Hoy no vuelvo a casa contigo —anunció Solomon cerrando el casillero con un golpe seco.
—¿Y eso? —preguntó William, arqueando una ceja.
—Es el partido de Dantalion. No me lo perdería por nada. ¿Vienes?
—No —respondió demasiado rápido, ajustando la correa de su mochila—. Tengo cosas mejores que hacer que perder el tiempo viendo a un simio intentar arrojar un balón en un aro.
Solomon sonrió, esa sonrisa que siempre precedía a preguntas incómodas:
—¿Por qué se llevan tan mal?
William giró sobre sus talones, evitando esos ojos idénticos a los suyos que veían demasiado.
—Es simple. Yo tengo cerebro. Él tiene músculos. Yo soy inteligente. Él es un idiota. La naturaleza es cruel —espetó mientras se alejaba—. Me voy, mis clases empiezan en media hora.
—¡Nos vemos! —gritó Solomon a su espalda, antes de dirigirse a buscar a Dantalion.
Al regresar al banco, lo encontró cabizbajo, los dedos entrelazados y los hombros caídos como un perro abandonado. Solomon se inclinó hasta que sus frentes casi se tocaron, obligándolo a alzar la vista.
—¿Vienes conmigo a la biblioteca?
La transformación fue instantánea. Los labios de Dantalion se curvaron en una sonrisa que iluminó su rostro como un faro en la noche, sus ojos esmeralda atrapando la luz del Sol, conteniendo el aliento. En esos momentos, cuando Solomon lo miraba así, el mundo entero se desvanecía. No existían partidos, ni instituto, ni William. Solo ese instante frágil y perfecto donde él era el centro de ese universo verde.
***
William, caminando por el jardín trasero, se llevó una mano al cuello, los dedos presionando la tensión acumulada como si pudiera exprimir de sus músculos el agotamiento que lo corroía. No sabía con certeza qué lo consumía más: la exasperante negligencia de Solomon, su propia terquedad por seguir prestándole libros, o el peso asfixiante de ocultar lo que sentía. Pero, al menos, no cargaba solo ese secreto. Había alguien más que lo sabía.
—¡Eh, William!
Y allí estaba esa persona.
—Isaac —saludó con un gesto cansino, ajustando el paso para caminar junto a él.
—¿Encontraste el libro?
William no respondió. En su lugar, alzó el volumen.
Isaac comenzó a hablar de algo —un examen, un profesor, un evento paranormal, no estaba seguro—, pero las palabras se desdibujaban antes de llegar a sus oídos. Su mente vagaba lejos, hacia el próximo año, cuando por fin dejaría Stratford y su tortura particular llamada Dantalion Huber.
Universidad. Libertad.
Aunque una voz cínica en su interior le recordó que Dantalion probablemente seguiría apareciendo en su vida, arrastrado por esa devoción ciega hacia Solomon.
«Vive, muere, resucita y mata por él», pensó con amargura. Hasta los muros del instituto susurraban ese secreto a gritos.
—¿Estás bien? —La voz de Isaac lo arrancó de sus cavilaciones.
—Ah… sí. Solo estoy un poco agotado.
—¿No dormiste bien?
—No. Es mi hermano. La existencia misma de mi hermano.
Isaac soltó una risa, pero William ya no lo escuchaba. Sus ojos captaron un movimiento en la ventana de la biblioteca. Allí, enmarcado por el cristal como un cuadro maldito, estaba Dantalion. Sus ojos rojos violáceos brillaban incluso a la distancia, clavados en ellos.
William apretó el libro con fuerza.
«Solo un año más», se repitió. Pero incluso la universidad parecía demasiado lejana si Dantalion seguía acechando como un fantasma en los bordes de su vida.
***
Las bibliotecas escolares eran lugares olvidados en esa era de búsquedas instantáneas y gratificación inmediata. Solo los rezagados y los enamorados las frecuentaban. Y allí estaban ellos: Dantalion y Solomon, formando parte de ambos grupos, aunque por razones distintas. La bibliotecaria, sumergida en su lectura, apenas notaba su presencia en aquel rincón apartado.
Solomon estaba absorto en un libro, sus dedos pasando las páginas con suavidad, mientras Dantalion tenía su atención puesta en la ventana, donde William e Isaac conversaban animadamente. Era curioso cómo esos dos mantenían una amistad tan sólida siendo polos opuestos: William, frío y calculador; Isaac, expansivo y emocional. A Dantalion le producía una extraña comezón en el pecho verlos juntos.
Entonces ocurrió. William rió. Un sonido tan raro como precioso, que hacía que el mundo se detuviera por un instante. Dantalion sintió cómo algo se retorcía en su estómago al ver esa sonrisa iluminando el rostro normalmente serio de William. No podía apartar la mirada, incluso cuando la risa ya se había apagado. Quería saber qué había dicho Isaac para provocar esa reacción, y por qué le molestaba tanto no haber sido él quien la causara.
—¿Hay algo interesante afuera? —La voz de Solomon lo devolvió a la realidad.
Dantalion negó con la cabeza, despejando esos pensamientos intrusos.
—No, nada —mintió, volviendo la vista al jardín, pero William e Isaac ya habían desaparecido.
—William mencionó que sus clases empezarían pronto. ¿No deberías ir tú también?
Dantalion consultó el reloj de pared, cuyas manecillas avanzaban implacables. —Sí… es casi la hora.
—Entonces nos vemos después —dijo Solomon, con esa sonrisa que le derretía el corazón.
—No quiero dejarte —confesó Dantalion, acercándose hasta que sus rodillas rozaron las de Solomon.
El rubio dejó el libro a un lado y tomó el rostro de Dantalion entre sus manos, como si sostuviera algo precioso. La sonrisa que le dedicó entonces era el único sol que Dantalion necesitaba. Por un momento, todo lo demás —incluyendo ese molesto cosquilleo que le producía ver a William sonreír— quedó relegado al olvido.
—No puedes jugarte la asistencia por mí. Ve —susurró Solomon, su voz dulce pero firme como la brisa que acaricia los pétalos antes de arrancarlos.
Dantalion apretó con desesperación las manos que aún reposaban sobre sus mejillas, como si pudiera absorber en sus palmas el calor de ese contacto. Dio un paso atrás, luego otro, alargando el momento hasta que sus brazos estirados ya no alcanzaban a mantener el vínculo. Primero soltó una mano, los dedos deslizándose con lentitud agonizante, luego la otra, quedando solo el vacío entre ellos. Cualquier observador habría pensado que presenciaba una despedida shakesperiana, no el simple adiós de dos estudiantes entre clases.
Solomon permaneció inmóvil, sus ojos siguiendo a Dantalion como un faro sigue a un barco perdido, hasta que la puerta se cerró tras él con un suspiro de metal. Solo entonces permitió que una sonrisa traviesa floreciera en sus labios, efímera y privada como un pensamiento prohibido, antes de sumergirse nuevamente en las páginas que ahora parecían mucho menos interesantes que los últimos minutos.
***
Tras la cancelación de sus clases, Sitri había recorrido cada rincón de Stratford en busca de Solomon. La aparición de Dantalion saliendo de la biblioteca fue como una señal: allí estaba.
No le molestaba que Solomon pasara tiempo a solas con Dantalion. ¿Por qué habría de hacerlo? Él confiaba en su propia belleza, en la forma en que Solomon lo miraba, en esos pequeños gestos que solo compartían ellos dos. Sabía, con la certeza tranquila de quien conoce su propio poder, que al final sería él quien ganaría el corazón del rubio.
Con una sonrisa segura, Sitri avanzó sin prisa, rozando a Dantalion sin dignificarlo con una mirada. Su objetivo estaba al otro lado de esa puerta; todo lo demás era irrelevante.
Dantalion se volvió justo cuando la puerta se cerraba tras Sitri. Apretó los puños, los nudillos palideciendo bajo la presión, pero no hizo nada. Las clases comenzarían pronto, y no podía permitirse faltar. Además, ¿qué podría hacer Sitri en unos minutos? Solomon no era de los que se dejaban seducir tan fácilmente. O al menos, eso se repetía a sí mismo mientras se alejaba, intentando ahogar el escozor de los celos bajo la lógica.
Dentro de la biblioteca, Sitri se deslizó entre las estanterías, su mirada ávida escudriñando cada mesa. Las filas de libros, altas y sombrías, dificultaban su búsqueda, pero al fin lo divisó: Solomon, sentado en un rincón, absorto en las páginas de un libro.
Se detuvo un momento, oculto tras una columna, y lo observó.
Solomon era diferente. Mientras los demás se perdían en fiestas y risas vacías, él prefería la compañía de las palabras. Inteligente, sereno, con una comprensión que hacía que el tiempo a su lado se sintiera eterno y fugaz a la vez. Bajo su mirada, el vacío que Sitri llevaba dentro parecía desvanecerse.
Era imposible no amarlo.
Su sonrisa era como el primer rayo de Sol después de una tormenta, capaz de iluminar hasta las sombras más profundas. Y sus ojos… verdes como un bosque al atardecer, tan profundos que uno podía perderse en ellos para siempre.
Sitri sonrió para sí: «Soy feliz amándolo».
—¿Te sientes solo?
La voz de Solomon lo sacó de su ensueño. Sitri contuvo un rubor al darse cuenta de que esconderse había sido inútil.
Solomon se giró, y esa sonrisa —esa maldita sonrisa que le derretía el alma— lo esperaba.
—Entonces deberías venir conmigo.
Sitri se acercó, discreto como un gato, y se sentó a su lado.
—¿Cómo estás, mi hermoso ángel caído? —musitó Solomon, apoyando la cabeza de Sitri en su hombro.
—Bien —respondió Sitri, dejando escapar una sonrisa pequeña pero genuina—. El profesor no vino, así que mis clases terminaron antes.
—¿Y no te vas a casa?
—Todavía no —susurró, cerrando los ojos—. Quiero quedarme aquí un poco más.
Solomon no respondió con palabras. Solo acarició su cabello azul, suave como la seda, sin apartar los ojos del libro. Pero para Sitri, ese gesto era suficiente.
***
Dantalion cruzó el umbral del aula con paso firme, devolviendo saludos distraídos mientras avanzaba. Sus ojos, sin embargo, se clavaron en William como imanes, observando con desconfianza cómo este tomaba asiento junto a Isaac. La imagen de su sonrisa —rara, luminosa— seguía grabada en su mente como un fantasma.
Y entonces, como una brasa reavivada, esa sensación volvió a brotar en su pecho: una irritación ácida, punzante, que le tensaba los músculos al verlos conversar en ese lenguaje cifrado que solo ellos parecían entender. ¿Qué secretos compartían? ¿Por qué Isaac merecía esa complicidad cuando a él lo trataba como a una basura?
William, como si hubiera sentido el peso de esa mirada, giró la cabeza hacia Dantalion. Sus ojos se encontraron por un instante —frío contra fuego— antes de que William lo despidiera con un gesto tan brusco que casi resultó físico. Dantalion contuvo un fruncimiento de ceño, pero la incomodidad ya se había instalado entre sus costillas.
No entendía.
Se hundió en su asiento, repasando mentalmente cada interacción fallida, cada palabra cortante, cada puerta cerrada. ¿Qué había hecho mal? ¿Era su obsesión con Solomon? ¿Su temperamento? ¿Celos fraternales? ¿O acaso…?
—Buenas tardes —la voz del profesor cortó sus cavilaciones como un hacha.
—Buenas tardes —respondió el coro de alumnos. Dantalion permaneció en silencio, atrapado en su laberinto de preguntas sin respuesta.
Las clases comenzaron, pero su atención vagaba lejos de las explicaciones y los textos. Solo prestaba atención cuando William intervenía, con esa voz precisa y ese aire de superioridad que le hacía hervir la sangre.
«Odio cómo habla —pensó, clavando la pluma en el cuaderno—, como si el mundo debiera inclinarse ante su intelecto».
Pero más allá del fastidio, una urgencia mayor lo consumía: las dos horas interminables que lo separaban de volver a Solomon. Cada minuto era una tortura, imaginando a Sitri aprovechando su ausencia, tejiendo sus redes alrededor de «su» rubio. Esa muñeca rota y mal fabricada no sabía cuándo rendirse.
El profesor alzó la voz sobre el murmullo del aula, sus dedos golpeando la pizarra donde los temas del trabajo final estaban escritos con tiza blanca:
—Dado que el curso está por concluir, deberán realizar un proyecto final sobre alguno de estos temas —hizo una pausa dramática, sus ojos deteniéndose en un alumno en particular—. Y lo anuncio con anticipación para que puedan comenzar de inmediato, señor Morton.
Isaac se encogió en su asiento, indignado:
—¿Por qué solo me lo dice a mí? —protestó, provocando risas dispersas en el aula.
—Porque eres el rey de la procrastinación —respondió el profesor sin pestañear, antes de continuar—: El trabajo será en parejas. Pasen sus nombres para el registro.
Como en toda clase, surgió el típico alumno que intentaba torcer las reglas:
—¿No podrían ser grupos de tres, profesor?
—No.
—Pero solo sería un grupo —insistió el joven, haciendo que el profesor exhalara con fuerza por la nariz, como un toro exasperado.
—Bien. Yo asignaré las parejas.
Un coro de quejidos llenó el aula mientras el profesor recorría la lista de asistencia con mirada determinada.
William, reclinado en su silla junto a Isaac, desvió la mirada hacia la ventana. Fuera, un grupo de pájaros trazaba círculos en el cielo. Los trabajos en equipo nunca habían sido de su agrado —detestaba tener que compartir el mérito—, pero si le tocaba alguien competente (cualquiera que no fuera Isaac, básicamente), podría tolerarlo. Incluso consideraría favorable ser emparejado con Ather Gladstone, el eterno segundo lugar de la clase. El mejor estudiante después de él, claro está.
—Jackson y Lawrence —comenzó a enumerar el profesor—, Murphy y Scott, Smith y McMan, Gladstone y Morton…
William no pudo evitar girar la cabeza para estudiar la reacción de Gladstone. Para su sorpresa, el joven solo ofreció una sonrisa cortés y un breve saludo a Isaac.
«Interesante», pensó William. O Gladstone era un santo de la paciencia, o disfrutaba de los desafíos imposibles. Cualquiera que fuera el caso, al menos no tendría que cargar con el peso muerto de su amigo.
—Twining y Huber.
El nombre resonó en el aula como un disparo.
—¡¿QUÉ?! —La voz de Dantalion estalló con la fuerza de un trueno, haciendo que varios compañeros se llevaran las manos a los oídos. Todos los rostros se volvieron hacia él, algunos con sorpresa, otros con malicia.
—¿De qué te quejas, Nephilim? —se burló un alumno, apoyándose en su silla con una sonrisa burlona—. Te tocó el mejor de la clase.
—Sabemos perfectamente que no pueden ni mirarse —añadió otro, sus palabras cargadas de ese tono de chismorreo escolar que todos conocían demasiado bien.
—Aunque, pensándolo bien… —el primero jugueteó con su lápiz, mirando a William con admiración—, con él de compañero, hasta yo haría cualquier cosa. Bueno, casi cualquier cosa.
—¡SILENCIO! —El profesor golpeó el escritorio con un estruendo que hizo temblar los cuadernos.
William y Dantalion se miraron entonces, sus ojos chocando como espadas. Si para Dantalion la situación era irritante, para William era directamente catastrófica. Meses esquivando a Dantalion, meses de esfuerzo por mantener las distancias, todo arruinado por la arbitrariedad de un profesor. En ese momento, hubiera estrangulado con gusto al alumno que sugirió los grupos de tres.
Pero sus calificaciones estaban en juego. William respiró hondo, conteniendo el impulso de arrojar su cuaderno al suelo. Era solo un trabajo. Un maldito trabajo. No tenían que volverse amigos, ni siquiera hablarse más de lo estrictamente necesario. ¿Verdad?
***
El último timbre había sonado, pero William seguía plantado frente a las puertas del instituto, los dedos tamborileando contra su brazo con impaciencia. El coche familiar tardaría aún unos minutos, dándole tiempo suficiente para rumiar su frustración. Un trabajo con Dantalion. Era como si el universo conspirara para burlarse de él.
El roce de unos pasos conocidos lo alertó antes de que la figura alta y esbelta se detuviera a su lado. Dantalion. Se hizo un silencio pesado, cargado de resentimiento mutuo, más elocuente que cualquier discurso.
—A mí tampoco me entusiasma la idea —rompió el hielo William, sin mirarlo—. Pero no pienso arruinar mi promedio perfecto por alguien que no tome esto en serio —finalmente giró la cabeza, clavándole una mirada gélida—. Nos veremos todos los fines de semana en mi casa. Viernes, sábado y domingo. Sin excusas.
Dantalion frunció el ceño, pero entonces algo brilló en sus ojos rojizos. La casa de Solomon. La idea se abrió paso en su mente como un rayo de luz: estaría bajo el mismo techo que Solomon, podría colarse en su habitación, robarlo de Sitri… Una sonrisa lenta, casi triunfal, se extendió por su rostro al mirar a William.
—No te preocupes. No faltaré.
El corazón de William se estremeció. Odiaba esa sonrisa. Odiaba cómo le aceleraba el pulso, cómo le debilitaba las rodillas. Pero sobre todo, odiaba saberse condenado a amar a alguien que nunca lo miraría como miraba a Solomon.
Y cuando los ojos de Dantalion brillaron con un fervor que no era para él y su sonrisa se amplió, William no necesitó volverse para saberlo: Solomon había llegado.
—¡William! ¡Dantalion! —La voz melodiosa de Solomon cortó el aire como un rayo de Sol, acompañada de esa sonrisa que a William le revolvía el estómago y a Dantalion le iluminaba el alma—. Qué raro verlos juntos aquí. ¿Planificando algo?
Dantalion se inclinó hacia adelante como una flor hacia la luz.
—Te estábamos esperando —declaró con una prisa que delataba su entusiasmo.
—Vaya —Solomon se llevó una mano al pecho, fingiendo conmoción—. ¡Qué detalle tan dulce!
—Yo no te esperaba —William cruzó los brazos, haciendo gala de su clásica sequedad—. Espero al chofer.
Solomon no se inmutó. Conocía demasiado bien esa fachada de su hermano. Se acercó sigilosamente y lo envolvió en un abrazo por detrás, clavando la barbilla en su hombro con una ternura calculada para irritarlo.
—Me hieres diciendo eso —murmuró contra su oreja, el aliento cálido provocando que William se estremeciera.
William contuvo un gruñido. Había perdido la cuenta de cuántas veces le había pedido a Solomon que dejara de invadir su espacio personal. Pero su gemelo parecía siempre decidido a ignorar todas las reglas no escritas.
—¿No tienes un partido al que asistir? —preguntó, arqueando una ceja con gesto de fastidio.
—Por supuesto —Solomon se separó con una sonrisa pícara—. La invitación sigue en pie, si cambias de opinión.
Dantalion contuvo la respiración.
«Por todos los dioses —rezó mentalmente—, que diga que no». Necesitaba ese tiempo a solas con Solomon, sin la sombra crítica de su gemelo arruinando cada momento.
—No, gracias —William abrió la puerta del coche que acababa de detenerse, haciendo que Dantalion soltara el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Ya te dije que tengo cosas más importantes que hacer que ver a un simio intentando arrojar un balón en un aro —se detuvo medio segundo antes de entrar, lanzando a Dantalion una mirada que podría haber congelado el infierno—. No lo hagas llegar tarde a casa.
El portazo resonó como un disparo. Dantalion parpadeó, confundido por la advertencia.
—Hasta luego —murmuró Solomon hacia el coche que se alejaba, antes de volverse hacia Dantalion con una sonrisa que le aceleró el pulso—. ¿Nos vamos?
Dantalion asintió con tanto entusiasmo que casi se atragantó con su propia lengua.
***
William conocía el día exacto en que se dio cuenta de su enamoramiento, aunque el momento preciso en que comenzó seguía sin saberlo. Lo que sí tenía claro era lo absurdo de la situación: ¿Cómo demonios había terminado enamorado de alguien cuyas dos únicas neuronas parecían estar en guerra constante, negándose incluso a hacer sinapsis entre ellas?
El cristal de la ventana del coche devolvía un reflejo perfecto: esos mismos rasgos finos, esa misma mandíbula, esos mismos ojos verdes como bosques en verano. Idénticos a los de Solomon. Pero no son estos los que quiere Dantalion, pensó, trazando un círculo en el vaho que su aliento dejaba en el vidrio. Al menos podía consolarse con un hecho: Dantalion amaba la esencia de Solomon, no su envoltorio. Si algún día formalizaban su relación, su hermano tendría a alguien que lo adoraría más allá de lo superficial.
El pensamiento debería haberle dado paz. En cambio, le dejó un regusto amargo.
—¿Se encuentra bien, amo? —La voz del conductor flotó desde el asiento delantero, teñida de preocupación.
—Sí… —William dejó que el vaho borrara su reflejo—. Solo estoy cansado.
No mentía. El agotamiento lo envolvía como una segunda piel, pesada y opresiva. Pero no era el cansancio físico lo que le nublaba la mente, sino la certeza de tener que pasar incontables horas trabajando codo con codo con Dantalion.
—Solo estoy cansado —repitió, y esta vez el suspiro que escapó de sus labios llevaba consigo el peso de mil batallas no dichas.
***
El partido había sido una victoria aplastante para Stratford , gracias en gran parte a la actuación estelar de Dantalion. Cada movimiento, cada jugada, cada salto había estado calculado no para impresionar al público, sino a un único espectador: Solomon, que lo observaba desde las gradas con esa mirada que le aceleraba el pulso.
Tras las duchas, Solomon lo esperaba a la salida, apoyado contra la pared con una sonrisa que hacía que el cansancio de Dantalion se evaporara al instante.
—Has jugado increíble —dijo Solomon cuando Dantalion se acercó, aún con el cabello húmedo y la piel enrojecida por el agua caliente.
Dantalion se irguió, adoptando una pose arrogante que todos en el instituto conocían demasiado bien.
—Todo el mundo lo dice. Tengo reputación de ser un demonio en la cancha —respondió, cerrando los ojos como si pudiera saborear los elogios.
—Sí, lo eres —Solomon se acercó, tomando el rostro de Dantalion entre sus manos con una ternura que lo dejó sin aliento—. Mi amado Nephilim .
Dantalion se quedó paralizado. No era la primera vez que Solomon reducía la distancia entre ellos hasta casi desaparecer, pero cada vez sentía el mismo vértigo, la misma urgencia. Sus ojos se desplazaron hacia los labios de Solomon, tan cerca que podía sentir su aliento.
«Bésalo —le gritaba cada fibra de su ser—. Marca esos labios como tuyos, haz que nadie más pueda tocarlos».
Había soñado con ese momento durante tanto tiempo. Y sin embargo, seguía resistiéndose, atrapado entre el ansia y el miedo a arruinar lo que tenían.
El momento se rompió cuando Solomon se apartó lentamente, pero no del todo. Sus ojos, verdes como bosques bajo la lluvia, no lo soltaban.
—¿Nos vamos? —preguntó, como si no acabaran de bailar al borde de un precipicio.
Dantalion parpadeó, tratando de recuperar el control sobre sus pensamientos.
—Ah… sí —tartamudeó, sintiéndose ridículamente vulnerable—. Vamos.
Decidieron caminar.
El trayecto sería más largo, pero para Dantalion cada minuto extra a solas con Solomon era un tesoro robado al tiempo, un respiro sin la sombra omnipresente de Sitri.
Mientras avanzaban, Dantalion estudió de reojo el perfil de su compañero: la curva de su pómulo iluminada por el Sol poniente, el movimiento rítmico de sus hombros al andar. Tras unos minutos de silencio cómplice, no pudo resistirse más.
—Tu hermano y yo vamos a hacer un trabajo juntos —anunció, forzando un tono despreocupado que contrastaba con el vértigo que sentía al mencionarlo.
Solomon giró a verlo con los ojos brillantes de sorpresa.
—¿En serio?
—Sí —Dantalion alzó la vista al cielo, estirando los brazos hacia atrás en un gesto que pretendía ser casual—. Decisión del profesor.
—Ah —la comprensión iluminó el rostro de Solomon, seguida de una sonrisa pícara—. ¿Y… estás de acuerdo?
—Claro —respondió demasiado rápido, mordiéndose luego el labio al ver cómo los ojos verdes de Solomon se entrecerraban—. Trabajaremos en tu casa los fines de semana.
El silencio que siguió fue denso, cargado de todas las preguntas no hechas. Fue Dantalion quien lo rompió, las palabras escapándosele antes de poder detenerlas:
—¿Puedo ir a tu habitación después?
Solomon se quedó mirándolo. Un segundo. Dos. Luego, una risa cristalina brotó de sus labios.
—¿Qué tiene de gracioso? —protestó Dantalion, sintiendo el calor subirle por el cuello.
—Nada —Solomon contuvo la risa, pero no la sonrisa—. Siempre es un placer recibirte en mi habitación.
Dantalion sintió que el mundo entero florecía a su alrededor. Por primera vez en meses, el universo parecía alinearse a su favor.
***
El crepúsculo teñía de dorado las páginas del libro que William sostenía en el sofá del salón cuando los pasos familiares de Solomon irrumpieron en su concentración. Volteó una página sin alzar la vista, pero su voz cargada de reproche lo delató:
—Está anocheciendo —dijo, mientras el marco de la puerta se iluminaba con la sonrisa culpable de su hermano.
—El partido se extendió —respondió Solomon, ya con un pie en el primer peldaño— y decidimos caminar.
—La próxima vez quiero que estés aquí antes del ocaso, o te prohíbo salir con ese idiota otra vez.
La sonrisa de Solomon se amplió ante la fachada de severidad de William. Solomon conocía demasiado bien el corazón que latía bajo esa máscara de irritabilidad.
—Nunca me dices eso cuando voy con Camio —observó, reclinándose contra la barandilla con estudiada casualidad.
—El representante tiene neuronas funcionales que dialogan entre sí —replicó William, por fin alzando la vista—. Dantalion apenas tiene una que da saltos solitarios en el vacío. Además, el representante es decente.
—Dantalion también es decente —rio Solomon.
—No confío ni en su sombra, menos voy a confiar en su decencia.
La risa de Solomon resonó como campanadas en el silencio del salón.
—Por cierto —agregó, jugueteando con el pomo de la barandilla—, me contó sobre ese proyecto que harán juntos.
—Por el amor a la ciencia, no me lo recuerdes —William enterró el rostro en las manos—. Había logrado olvidarlo por cinco minutos gloriosos.
—Como quieras… estaré arriba.
Los pasos de Solomon ascendieron la escalera, cada uno más lejano que el anterior, hasta perderse en el corredor superior. William exhaló como si llevara horas conteniendo el aliento y arrojó el libro al sofá.
No sabía con certeza si la vigilancia de Solomon sobre sus encuentros con Dantalion nacía de genuina preocupación fraternal o… de algo más. Y si era esto último, se maldijo por permitirse albergar esa débil esperanza.
Su mente era un campo de batalla exhausto. La idea de pasar fines de semana enteros encerrado con Dantalion —escuchando su voz, sintiendo su presencia, resistiendo el impulso de mirarlo demasiado— le oprimía el pecho como una losa. El proyecto, intuía, sería largo. Agotador. Una tortura medida en meses interminables.
—Solo seis meses —susurró para sí, frotándose los párpados—. Seis malditos meses… Resiste, William.
Se dio ánimos como si se preparara para el apocalipsis, no para un simple trabajo académico. Fuera, el último rayo de Sol murió en el horizonte, sumiendo la habitación en una penumbra que parecía reflejar su estado de ánimo.
