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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-05-02
Updated:
2025-05-02
Words:
3,795
Chapters:
2/10
Kudos:
1
Hits:
64

En la Sombra del Fuego

Summary:

Brian Kinney sobrevivió a las calles de Moscú y se convirtió en un arma letal al servicio de la mafia. Pero su mayor debilidad siempre fue Justin.

Ahora que el joven a llegado a Pittsburgh, el pasado irrumpe en la vida que ambos fingieron dejar atrás. Entre promesas rotas, silencios que gritan y un amor que nunca murió, Brian deberá elegir entre el poder... o la única persona que alguna vez lo hizo sentir humano.

“En la sombra del fuego” es una historia de amor feroz y redención, donde cada gesto vale más que mil palabras, y cada elección puede costar una vida.

Notes:

Sinceros agradecimientos a ChatGPT por ser un editor tan maravilloso y versátil, hace de la escritura y el proyectar mis ideas mucho más llevadero.

A todo aquel que decida darle una oportunidad a mi historia, muchas gracias y que lo disfruten. Todo comentario y kudos son bienvenidos y apreciados, incluso si el comentario es para criticar, estoy abierta a escuchar todo tipo de opiniones.

Chapter 1: Lo que aun arde

Chapter Text

En un viejo galpón, de esos que llenan el espacio en zonas olvidadas de cualquier ciudad, no había nada, solo viejos y oxidados tubos metálicos, cajas y cajas de madera.

En ese oscuro y tétrico espacio, el eterno silencio era roto por los sollozos y quejidos de un hombre ensangrentado, que suplicaba una y otra vez por piedad.

Rodeando a esa figura patética y sollozante se encontraban cinco hombres, todos vestidos con trajes oscuros, armados y con completa indiferencia ante el dolor ajeno.

El más cercano de ellos tomó al hombre del cabello y lo obligó a levantar la cabeza para ver al sexto presente en ese lugar sombrío.

Fumando un cigarrillo, de pie frente al grupo, se encontraba Brian Kinney, quien observó al herido con la frialdad con la que se mira a una cucaracha.

Cuando los ojos verdes de Brian se cruzaron con los del hombre en el suelo, se escuchó otra ronda de sollozos y súplicas.

Brian miró al tipo que sujetaba al herido y, con un leve gesto de cabeza, todos se pusieron en movimiento.

Los sollozos se convirtieron en llanto, y las súplicas en insultos, mientras aquel pobre infeliz era arrastrado hacia una de las cajas del lugar.

El disparo no se escuchó, pero el olor a pólvora quemada se mezcló con el del tabaco.

Se hizo el silencio. Brian se quedó de pie, mientras los otros hombres envolvían el cuerpo y preparaban todo para partir.

Uno de ellos le ofreció un teléfono desechable. Siempre uno distinto, de otra marca y modelo.

Brian contestó:

—Sí, señor. Nos ocupamos de la rata... Por supuesto... Hasta la próxima.

El ruso salía de sus labios con soltura, aunque se le antojara extraño. Era un idioma conocido, pero con un sabor amargo.

La hora en el teléfono marcaba las 22:15 antes de que Brian lo partiera a la mitad.

Estaba llegando tarde.

...

Eran las 22:45 cuando llegó al teatro y las 22:49 cuando encontró a sus amigos, tomando champán y murmurando molestos por su retraso.

Se había perdido el primer acto del ballet. Mientras tomaba una copa de champán de uno de los meseros, rodaba los ojos mientras Lindsay lo regañaba.

Cuando la rubia se distrajo calmando las quejas menos amables de su pareja, Brian centró su atención en la conversación de sus amigos.

Los tres hombres reían y bromeaban, discutiendo cuál bailarín tenía el bulto más grande y con cuál querrían irse a casa.

Brian estaba por unirse al juego, listo para burlarse de Ted, cuando sintió una mirada clavada en él. Se giró instintivamente, pero no había nadie. Alzó la vista hacia el balcón del segundo piso, completamente vacío.

Volvió a centrarse en las bromas sobre bultos y bailarines.

Desde el balcón, un joven rubio de ojos azules lo observaba desde las sombras, cubierto con una bata robada del camerino. Bebía agua, pero no apartaba los ojos del moreno.

El sentimiento de traición le apretaba el pecho mientras apuraba las últimas gotas. Sus ojos azules seguían fijos en el hombre que reía entre amigos.

El traidor.

Fue llamado de regreso poco después. La decisión ya estaba tomada. Era su último baile, y la confrontación estaba por llegar.

...

Cuando los espectadores volvieron a sus asientos, la historia que presenciarían era sencilla: dos amantes imposibles. Ella estaba casada; él, no era su esposo. Al ser descubiertos, el marido persigue y mata al amante en el bosque. Luego, al regresar, la esposa mata al marido en un arrebato.

La mujer queda sola, enloquecida por los fantasmas de los dos hombres a quienes amó y traicionó.

La música comenzó fuerte y acelerada. Dos bailarines salieron al escenario. Sus pasos eran potentes, enojados.

El amante y el esposo.

Entre el público, Brian contuvo la respiración.

El primer bailarín en aparecer tenía el cabello rubio y los ojos azules que él conocía tan bien. Un rostro que lo había seguido en sueños, en pesadillas y fantasías.

Era un rostro y un cuerpo que anhelaba. Que deseaba. Pero que no podía tener junto a él.

No todavía.

Por primera vez en dos años, Brian Kinney estaba frente a la única persona que había amado en su vida: Justin Taylor.

El escenario quedó en penumbra. Justin danzaba solo. Su solo estaba cargado de furia y amor, sus movimientos eran veloces y apasionados.

En la historia, su personaje huía, herido por la traición, pero aún amando con intensidad.

La música se elevó hasta su clímax. Justin giró, saltó, voló por el escenario. Y cuando la tensión alcanzó el punto máximo, un disparo simulado retumbó en la sala.

El rubio cayó al suelo, muerto. Sus ojos azules encontraron los de Brian justo antes de cerrarse.

Volvió al escenario como un fantasma, danzando alrededor del esposo y de su amante, atormentando a ambos.

Desde su asiento, su verdadero amante lo miraba, en silencio, como si sus propios latidos siguieran el ritmo de cada uno de los pasos del rubio.

El telón finalmente cayó. Y el ballet terminó.

En la fiesta posterior al espectáculo, mientras los organizadores endulzaban a los donantes y los invitados charlaban entre risas y copas, dos figuras se movían entre la multitud. Un rubio y un moreno, siempre acompañados por distintas personas, pero con la atención puesta el uno en el otro.

Cuando sus amigos ya estaban algo más relajados por el alcohol, y las mujeres ocupadas en impresionar a la junta de GLC, Brian escapó hacia el balcón exterior.

El viento frío le golpeó el rostro, trayéndole recuerdos de noches aún más frías en Rusia. En un pequeño departamento donde el frío calaba los huesos, pero él tenía todo lo que necesitaba entre sus brazos.

Cuando alguien más salió al balcón, su aliento se detuvo por un instante. Reconoció de inmediato el hombro junto a él, demasiado lejos para tocarlo.

Sus ojos recorrieron aquel rostro que conocía de memoria. Labios, nariz, piel suave, sin imperfecciones.

No había cambiado.

Justin, aunque igual de ansioso, mantenía la vista fija en la ciudad a lo lejos. Las calles oscuras, los edificios apagados.

Fue él quien rompió el silencio:

—Me abandonaste por esto... por la ciudad de Pittsburgh, en Pensilvania... Estados Unidos, de entre todos los lugares —dijo en voz baja, sólo para Brian. Su acento era más marcado que el casi inexistente del otro.

Brian cerró los ojos por un segundo. Escuchar a su sunshine otra vez era una caricia que dolía.

—No te abandoné —respondió simplemente, girando el cuerpo hacia él.

Justin dejó de observar la ciudad y volteó a verlo. Era exactamente como lo recordaba.

—No, cierto. Me dejaste en París. Al principio ibas... hasta que dejaste de ir. Luego solo escribías.

Su tono era burlón, pero su rostro estaba marcado por el resentimiento.

—Qué egoísta de mi parte dejarte allí, con un departamento, con dinero, asistiendo a la mejor academia de ballet y arte. Qué cruel de mi parte por darte todo lo que siempre quisiste —respondía Brian con calma. No era una acusación, solo hechos.

—Podrías haberme dejado en un palacio y con una corona, y aun así estaría descontento —dijo el rubio, girándose por completo para encararlo.

Los ojos verdes de Brian se encontraron con los azules de Justin.

Sus cuerpos se acercaron otro poco.

—Nada de eso, ni París, ni el ballet o la pintura, tiene valor si no estás allí conmigo. Me prometiste una vida que no me diste... Brian, estoy cansado de esperar —susurró.

Brian tragó saliva. Su mano se alzó para acariciar la mejilla del rubio. Se acercó más, hasta que sus frentes se tocaron.

—¿Te cansaste? —murmuró Brian. Detrás de esa simple pregunta, había cientos de otras.

Justin negó suavemente.

—Nunca voy a dejar de amarte. Antes de dormir estás en mi cabeza y al despertar también. Podrían pasar diez años más y aún podría dibujar tu rostro de memoria. Muchas manos podrán tocarme, labios podrán besarme... pero los tuyos seguirán siendo los únicos en mi mente. Podré amar a otras personas, pero nunca como a ti.

Brian cerró los ojos, dejando que cada palabra se grabara en su memoria.

—¿Por qué...? —preguntó en voz baja. Las palabras que no dijo colgaban entre ellos: ¿Por qué te cansaste entonces? ¿Por qué dejarme?

Justin tomó su rostro entre las manos con ternura.

—Te vi hoy, con tus amigos. Reías, hablabas... Tienes una familia aquí. Personas que te quieren. Y yo estoy allá, esperando para vivir contigo. Pero no puedo vivir si no te tengo. No voy a seguir soportando no poder tenerte. Es muy doloroso.

Brian acarició su mejilla y dejó un beso en su frente.

—¿Me amas pero prefieres dejarme? —susurró, rodeándolo con un brazo.

—Te amo... y prefiero seguir amándote aceptando que no puedo tenerte, que seguir esperando algo que nunca llega. La decepción duele menos que la eterna espera —respondé Justin, rodeándolo también con sus brazos.

Se abrazaron en silencio, compartiendo calor y resignación.

—Cumplo mis promesas... Te prometí una vida, y voy a dártela. Pero aún no es posible —confesó Brian.

—¿Por qué?

—Es peligroso. Lo sabes. No es seguro para ti... Y antes que nada, quiero tenerte a salvo.

—¿Cuál es el peligro?

—No puedes saberlo.

—¿Cuánto más?

No hubo respuesta. Brian simplemente bajó la mirada.

Justin suspiró. Luego sonrió suavemente, alzando la vista para besarlo. Fue un beso dulce, suave. Cuando se separaron, Brian quiso retenerlo, pero Justin se apartó con delicadeza y regresó al interior.

Minutos después, Brian también volvió adentro. No volvieron a hablar durante la fiesta, pero sus miradas no dejaron de buscarse.

Una hora y media después, Brian salió del teatro con sus amigos. Emmett los interrumpió con entusiasmo.

Todos voltearon y vieron al bailarín rubio saliendo del teatro.

Brian sonrió con ternura.

Justin, usando una gorra ushanka que dejaba algunos mechones sueltos, se acercó al grupo ignorando cualquier mirada directa de Brian.

—¡Tu actuación fue increíble! —exclamó Emmett, con su voz amplificada por el alcohol y el frío.

Justin sonrió, agradeciendo el cumplido. Su acento sorprendió a todos.

—¿Eres de Rusia? El director dijo que uno de los bailarines venía de Francia —comentó Lindsay.

—Vengo de una academia en París, pero nací en Rusia —explicó Justin, con una sonrisa cortés.

—¡Y además hablas tres idiomas! Eso es impresionante —dijo Ted.

—Nadie puede hablar tres idiomas... pero me gustó tu actuación —agregó Michael, a gritos.

Justin se río, divertido.

Lindsay comenzó las presentaciones del grupo. Cuando fue el turno de Brian, este pareció desconectado.

Un codazo de Lindsay lo trajo de vuelta.

—Brian Kinney... Tu presentación fue exquisita esta noche —dijo Brian, estrechando su mano. Sus ojos se mantuvieron fijos en los de Justin.

Sintiendo un papel ser presionado en su palma, Brian disimuló una sonrisa.

Antes de que pudieran decir algo más, un auto azul tocó bocina. La bailarina que interpretó a la esposa estaba al volante.

—Tengo que irme. Fue un placer conocerlos —dijo Justin, y se despidió.

Emmett no perdió tiempo:

—Si esa belleza pisa Babylon o Liberty, exijo la primera oportunidad de llevarlo a la cama.

Las risas estallaron. Brian, en silencio, metió el papel en su bolsillo.

...

Cuando todos los demás ya estaban en casa, Brian abrió el papel que Justin le había entregado. Era la dirección de un hotel y el número de una habitación.

Sin perder tiempo ni pasar por su loft, Brian arrancó el auto y se dirigió directamente al lugar.

En el hotel, Justin ya se había bañado con agua caliente, relajando su cuerpo tras el esfuerzo del ballet. En vez de vestirse, paseaba por la habitación con una bata, esperando con paciencia.

Sacó de su maleta una pequeña caja de madera, el objeto más valioso que poseía. Al abrirla, se desplegaron recuerdos: una fotografía de él y Brian besándose frente a la Torre Eiffel, sonrientes, sin miedo. Aún ignoraban cuán cerca estaba el final de ese momento.

Había más fotos, algunas cartas, dibujos hechos con lápiz, y dos viejas placas de identificación: una con su nombre, otra con el de Brian. Ambas tenían inscrito el nombre del orfanato donde crecieron.

Justo cuando estaba por sacar los colgantes, escuchó el golpe en la puerta. Cerró la caja rápidamente y fue a abrir.

Allí estaba, otra vez. El hombre más hermoso que había visto, cuya ausencia había dolido durante años, y cuyo tacto anhelaba desesperadamente.

No hubo saludos.

Apenas se abrió la puerta, Brian la empujó, sus labios fundiéndose con los del rubio, sus manos bajo la bata, buscando esa piel que tanto extrañaba.

La puerta se cerró, y ellos se hundieron en el éxtasis del reencuentro.

Besos voraces, caricias desesperadas, cuerpos entrelazados. El hambre acumulada durante dos años explotaba en cada gesto.

Cada caricia era un latido perdido.

Cada beso, una bocanada de aire.

En esa cama, donde las fronteras entre Justin y Brian se desdibujaban, donde estaban unidos cuerpo y alma, donde Brian se enterraba profundo dentro del rubio, donde sus nombres eran suspiros entre jadeos...

Allí estaban, por fin, en casa.

...

Horas más tarde, cuando el amanecer asomaba, descansaban satisfechos. Fumaban juntos, compartiendo uno de sus vicios favoritos post-sexo.

Brian jugaba con el cabello de Justin, quien reposaba su cabeza en su pierna.

—Voy a comprar un boleto de avión para París. Vas a volver a casa —dijo Brian con voz tranquila.

Justin soltó un bufido y tomó una calada antes de contestar:

—No voy a volver. Tengo cosas que hacer aquí.

Brian frunció el ceño.

—Justin... ya te lo dije, es peligroso. No puedes estar aquí conmigo, no importa cuánto lo queramos.

—No estoy aquí por ti. Tengo clases. Entré a PIFA. Me atrasé con arte por el ballet y decidí estudiar eso aquí.

—París tiene mejores escuelas de arte.

—No me importa. No quería pasar un segundo más donde me dejaste.

Justin se incorporó y se sentó frente a Brian, quien seguía con el ceño fruncido mientras fumaba.

—¿Ibas a irte sin decirme nada? —le preguntó, atrapando su tobillo con una mano.

Justin se encogió de hombros.

—Sabía que podrías encontrarme. Siempre puedes.

Era cierto.

Se quedaron en silencio unos segundos.

—No más espera —dijo Brian. Su mano subió por la pierna de Justin, acariciando su piel.

Justin sintió ese calor, ese tacto familiar, y dio una última calada antes de apagar el cigarro. Luego se movió hasta quedar sentado sobre el regazo de Brian, con las piernas rodeándolo.

Las manos del moreno se posaron en sus caderas.

Justin dejó besos en su cuello, en su rostro, y finalmente uno suave en sus labios. Luego lo miró fijamente.

—No voy a esperar más. No voy a quedarme en ese departamento que compraste, esperando una señal. Voy a seguir adelante, viajar, conocer. Quizás encuentre a alguien más. Pero aunque no te espere, si alguna vez vienes por mí, no voy a rechazarte.

Brian lo abrazó con fuerza.

—¿Por qué ellos sí? —murmuró Justin, recostando su cabeza en el hombro de Brian, su nariz contra su cuello, absorbiendo su aroma: tabaco, sexo y él.

—¿Ellos qué?

—Ellos pueden tenerte todos los días, verte, hablar contigo... ¿Los amas más que a mí? Tienen todo lo que yo quiero.

Brian soltó una risa baja.

—Al contrario. Es porque no los amo tanto como te amo a ti.

Tomó la mano de Justin y besó sus nudillos.

—Nadie podrá acercarse a lo que eres para mí, a lo que significas.

Justin lo miró con intensidad.

—Dices que es peligroso, pero ellos te tienen.

Brian alzó su rostro para verlo a los ojos.

—Los quiero. Son mis amigos. Si los pierdo, me dolerá, pero seguiré adelante. Si te pierdo a ti... dejaré de ser humano. Seré un monstruo.

Justin guardó silencio. Luego, sin decir nada, lo besó. Largos minutos pasaron así, fundidos en besos.

—Me quedo en Pittsburgh. Pero no contigo. Iré a mis clases, viviré mi vida. Y si tengo suerte, te veré cruzar la calle una vez al día —dijo finalmente.

Brian rápidamente respondió:

—Quédate entonces.

Justin sonrió.

—Pero esta ciudad tiene un solo barrio gay decente. Todos los buenos clubes están allí. Inevitablemente nos veremos. No podré ser amable contigo. Emmett ya te tiene en la mira, y seguro estaremos juntos en muchos sitios. Es importante que dejemos algo claro: cuando estemos afuera, entre gente... no nos conocemos. Lo único en común es que somos rusos y nos gusta la polla. ¿Entendido?

Justin asintió.

—Da, ser —dijo con una sonrisa ("sí, señor").

—¿Por qué no serías amable conmigo? —preguntó Justin, divertido.

—Porque solo soy amable con los tipos con los que quiero acostarme. Y no puedo ser eso contigo. Tengo reputación: una sola vez.

Justin lo miró serio.

—Entonces tendrás que resistirte a follarme cada vez que puedas.

—Sí.

Ambos rieron y se besaron otra vez.

No fue hasta bien entrada la tarde que Brian comenzó a vestirse. Justin, cubierto solo con una sábana, lo acompañó hasta la puerta.

Se besaron, renuentes a separarse.

Brian habló antes de irse:

—Todo lo que dije es en serio, Justin. Mientras menos te vean conmigo, mejor. Si es posible, hay que fingir que nos odiamos. Nadie debe saber nada. ¿De acuerdo?

—¿Por qué?

—Es peligroso.

—Lo prometo.

Un último beso. Si no fuera por un atisbo de fuerza de voluntad, habría habido otra ronda.

Finalmente, Brian salió del hotel.

Mientras sacaba las llaves del jeep, su teléfono sonó. Al leer el mensaje, su rostro se endureció, su cuerpo se tensó.

El trabajo no podía esperar más.