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Apuestas (in)útiles
. . .
—No te creo, Buck —rió Steve al otro lado de la pantalla. Había que darle crédito, incluso intentó que su sonrisa burlona no se viera—. Hace tres días estabas despotricando sobre las aplicaciones de citas.
Bucky rodó los ojos y le restó importancia con un ademán flojo.
—Era un simple tema de conversación aquella vez, Steve. Decirte que llevo un tiempo viendo a alguien no es algo que quiera hacer por una pantalla —excusó con falsa solemnidad. Steve le dedicó una mirada de ojos estrechos por unos segundos antes de resoplar y volver a reír.
—No, aún no te creo. Ni siquiera puedo pensar en quién accedería a mantener una relación contigo en secreto —exclamó encogiéndose de hombros, ahora mostrando una mueca ligeramente indignada. Bucky nunca había deseado tanto tenerlo enfrente para poder golpearlo. ¡No podía ser tan ingenuo!
—¿Quieres apostar, Rogers? —retó altanero—. Existen como un millón de razones para no decir que soy la pareja de alguien.
Steve le mostró ambas cejas elevadas y una expresión perpleja. Bucky estaba seguro de que comenzaría a discutir e intentar subirle el ánimo como si fuera un pobre hombre de baja autoestima; pero no sucedió, en cambio, Steve extendió una sonrisa arrogante.
—¿Cuánto quieres darme, Barnes? —lo desafió con un tono tan arrogante como su sonrisa. Bucky contuvo un gruñido ante la actitud de su amigo y se dejó llevar por esta misma al responder.
—Cinco mil —declaró mortalmente serio, mostrando una sonrisa de suficiencia cuando Steve paró de sonreír al otro lado de la pantalla—. Vamos, demuestra que tan buena es tu jubilación.
—Oh, no. No tengo nada que demostrar, Buck —dijo inmediatamente, restándole importancia con un encogimiento de hombros relajado—. Tú, en cambio, más vale que hayas tenido una buena cita todo este tiempo. Estoy ansioso por conocer tu secretito.
—Ya somos dos, Steve.
Bucky terminó la videollamada con bruscos toques a la pantalla, y no fue hasta que su reflejo le devolvió la mirada a través de la misma que se dio cuenta del grandísimo error que había cometido.
Para empezar no tenía ninguna pareja con la que había estado saliendo en los últimos meses, ni siquiera en los últimos días; y mucho menos tenía cinco mil dólares para dárselos a Steve, un hombre supuestamente jubilado con un jugoso retiro. No que Bucky estuviera precisamente en bancarrota, pero tampoco tenía un buen sueldo durante su tiempo como Soldado del Invierno, y al ejército estadounidense no le hacía mucha gracia tener que compensar ese tiempo como si hubiera sido un aliado del país.
Así que no, Bucky no planeaba darle su dinero al estúpido de Rogers. Sólo tenía que conseguir una cita adecuada, una de quien Steve no dudara, una que no tuviera problemas en pasar tiempo con él y una que no se molestara en fingir llevar más tiempo saliendo juntos.
¿De dónde mierda conseguiría a esa persona?
. . .
Entonces, Bucky tenía un problema por su gran bocota. Steve llegaría al país en menos de veinticuatro horas y no tenía ni idea de quién carajo sería su pareja falsa.
—Barnes, levanta tu viejo trasero, tenemos un entrenamiento pendiente —exclamó la voz de Sam al otro lado de la puerta de su habitación, apenas haciendo sonar un leve golpe en ella.
Bucky estuvo a punto de protestar que no lo llamara Barnes como si estuviera molesto, que su trasero no se veía ni por asomo viejo, que no había ningún entrenamiento pendiente, que podía oírlo sin gritar ni tocar la puerta y que tenía mejores cosas que hacer; pero se detuvo en cuanto las protestas dejaron de fluir y fueron reemplazadas por una idea terriblemente mala pero escalofriantemente lógica.
—¡Oye, Sam! —llamó Bucky, levantándose de un salto para salir detrás del aludido. Sam ni siquiera se sobresaltó.
—No hay forma de que faltes a este entrenamiento, no a menos que dejes de saltar de estúpidos edificios como si yo estuviera listo para atraparte en cualquier momento —replicó él rápidamente, usando su típico tono de advertencia y manteniendo la mirada fija al frente
—Sólo fueron dos veces —farfulló irritado, de pronto dudoso sobre su idea, pero, mierda, eran cinco mil dólares—. No se trata de eso. Dime, ¿Steve todavía insiste en que tengas citas?
Sam se detuvo en seco y lo observó con una mirada de auténtica indignación, lo cual era completamente justo. Ellos no son de los que hablan de estas cosas, de citas, aunque en realidad son muy buenos para hablar de varias cosas. Excepto esto. Porque es complicado.
Lo cual es perfecto para su idea.
—¿Qué carajo, Bucky? —gruñó Sam.
—¿Lo hace o no? —insistió. Sam frunció los labios y posó su mirada encima de su cabeza por larguísimos segundos antes de asentir con desgana—. ¿Y por qué no sales a citas?
Bucky creyó que Sam podría golpearlo, la tensión en sus hombros, las manos colgando rígidamente a los costados, la mueca de labios presionados y entrecejo fruncido era una clara advertencia. Bucky podría defenderse, no lo haría, en realidad estaba demasiado ocupado conteniendo una sonrisa divertida porque tampoco quería provocar a Sam precisamente ahora.
Sin embargo, Sam se desprendió de toda tensión en cuerpo y rostro con un largo suspiro, cerró los ojos y sacudió la cabeza como suele hacer para despejarse después de cada misión.
—¿Sabes qué? Tal vez no hace tanta falta este entrenamiento —comentó Sam, volviendo a abrir los ojos para mirar a Bucky con aburrimiento—. Mejor dicho, no hace falta que tú vengas a este entrenamiento.
Rodó los ojos de la forma más dramática que Bucky alguna vez pudo imaginar y continuó su camino hacia el gimnasio. Bucky se contuvo de gruñir audiblemente y lo siguió.
—Necesito tu ayuda —confesó finalmente. Sam detuvo su caminata una vez más y lo miró escéptico—. Ya sabes que Steve vuelve en unos días y, bueno, él insinuó algunas cosas que… ay, cómo sea, Steve apostó a que no estoy saliendo con nadie y… se me ocurrió que, tal vez, tú podrías ser alguien con quien yo saldría.
Qué torpe.
—¿Qué? —bufó Sam, con el rostro contraído en confusión. Bucky suspiró, aunque bien pudo haberse escuchado como un gruñido.
—Lo que dije, Sam. Steve va a volver y quiero ganar esta apuesta —repitió mientras hacía gestos exagerados con las manos. Sam parecía todavía confundido, incluso irritado, ¿acaso no estaba siendo lo suficientemente claro?—. Escucha, Steve dejará de molestarnos a ambos con toda esa basura de las citas y obtendremos algo de dinero por fingir algún tiempo.
Ajá, la claridad comenzaba a llegar a los ojos se Sam, tan rápido como una absoluta negativa, Bucky la sintió mucho antes de oírla.
—Es completamente ridículo, Bucky, nadie va a creer una mierda —aseguró mientras sacudía la cabeza y continuaba, otra vez, con su camino hacia el gimnasio.
Bucky dejó que un gruñido saliera desde el fondo de su pecho, oh, lo disfrutó sin importarle que Sam lo estuviera ignorando. Lo siguió hasta que atravesaron las puertas del gimnasio y encontraron a Natasha con una toalla sobre los hombros, al parecer ella ya iba de salida.
Ella los miró con una sonrisa ladina, esa que Bucky creía que usaba para tambalear a los demás porque parecía significar “sé tu sucio secretito”.
Oh.
Tenía una idea, una terrible y muy peligrosa idea.
—¡Oye, Natasha! —sonrió Bucky. La pelirroja le devolvió una mirada inquisitiva y todavía burlona—. Tengo una cita con Sam esta noche, ¿conoces un buen lugar por aquí?
Y ahí estaba, una ceja dudosa arqueada y la mirada afilada viajando de Bucky a Sam y de Sam a Bucky. Luego, sonrió con la clase de sonrisa que pondría un gato al comer un canario.
—Ya era hora de anunciarlo, Barnes —resopló Natasha—, estaba comenzando a cansarme de tus ojitos de corazón durante las misiones y las conferencias. Para ser de los mejores, ustedes dos no son nada discretos.
¿Ojitos de corazón?
Bucky se contuvo de expresar cualquier gesto incrédulo, aunque no se perdió la mirada consternada de Sam mientras Natasha mencionaba un montón de lugares para cenar, casi organizados por su discreción, precio y sazón. Bucky de verdad se esforzó por no demostrar cuán acelerado estaba su corazón y la forma en que su boca se secaba con cada restaurante siendo nombrado.
—O podrían cenar aquí, hay una misión de investigación que tomará un tiempo extra. Supongo que será bueno tener tantas habitaciones cerca —finalizó Natasha, encogiéndose de hombros y guiñando un ojo antes de soltar un último comentario—. Me refiero a la tensión sexual que siempre traen encima y casi se puede tocar, no se hagan los mojigatos.
¿Tensi…?
—Eso no significa nada —sentenció Sam torpemente, Bucky estaba seguro de que si su piel no fuera tan oscura, podría ver un rubor en sus bonitos pómulos—. Natasha cree que la tensión sexual es un estado de ánimo o algo así.
Bucky rodó los ojos y respiró hondo antes de intentar volver a comenzar.
—Permíteme plantear una situación hipotética —pidió cauteloso, pero ni siquiera la mueca irritada de Sam iba a detenerlo—. Siempre dices que no sales a citas porque estás muy ocupado y porque no podrías cumplir correctamente con las responsabilidades de ser una pareja. Dices todas esas cosas que suenan como mi terapeuta, ¿recuerdas? Pero, ¿qué pasaría si hubiera más motivos que esos, uh? —pausó con las cejas elevadas y moviendo sus manos a los hombros de Sam. Sin planearlo siquiera, Bucky suavizó el tono de su voz—. No sería sencillo salir y decir que tienes una pareja siendo el Capitán América, ¿verdad? Allá afuera te juzgan si te atrapan comprando comida porque entonces no estás cuidando del país todo el tiempo, allá afuera no entienden que tienes una vida. Sería razonable que, de tener una pareja, lo mantengas en secreto. Incluso para Steve, porque no quieres defraudarlo.
Sí, Bucky sabía que eso era caer muy, muy bajo para convencerlo, pero tenía razón. Quizás, si Sam aceptaba y Steve les creía, entonces Sam se atrevería a tener una pareja real sin el temor de defraudarlo.
—Bucky…
—¿A quién le confiarías esto sino a mí, uh? —interrumpió segurísimo de lo que decía—. Desde que tomaste el escudo he ido contigo a todas las misiones, Sam, ¿a quién más le hablarías de Steve sino a mí?
Era una pregunta peligrosa, porque Bucky aseguraba que él era la respuesta obvia, pero también era súper consciente de que Sam tenía otros amigos y familia a quienes bien podría contarles. La diferencia era, probablemente, que sólo él podría ser capaz de escucharlo y entenderlo.
—¿Quién podría comprenderte mejor que yo? —continuó Bucky, agitando ligeramente los hombros ajenos—. Sam, sólo tú podrías acceder a salir con alguien como yo en secreto, incluso sin decirle a Steve.
Sam lo miró profunda e intensamente por muchísimo tiempo, Bucky tuvo que obligarse a no desviar la mirada mientras se volvía extraordinariamente consciente de todo a su alrededor. Escuchaba el aire acondicionado del gimnasio, percibía el calor de la piel de Sam bajo la palma de su mano, sentía su respiración pausada y seguía cada parpadeo de sus ojos.
—Eres un gran dolor en el trasero —comentó Sam finalmente, simple y tranquilo. Bucky se encogió de hombros y lo observó expectante.
—Te daré la mitad de la apuesta cuando gane —ofreció como último recurso ante la falta de una respuesta apropiada—. Te daré todo, de verdad, lo que quiero es ganarle a ese imbécil.
Sam soltó una carcajada antes de caminar hacia las colchonetas, Bucky lo siguió sin dudar.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien —asintió Sam, colocándose sobre su extremo de la colchoneta, el otro extremo siempre era el lugar de Bucky—. Sólo hay un problema —comentó con los labios fruncidos.
—¿Ahora qué? —bufó Bucky, tomando su lugar frente a Sam con la postura apenas en posición de pelea.
Sam ni siquiera titubeó antes de lanzarse contra la cadera de Bucky, de hecho, daba igual dónde lo hubiera atacado, Bucky terminaría derribado debajo de Sam. En su defensa, estaba distraído consiguiendo cinco mil dólares.
—Steve iba a ir conmigo a Delacroix —dice Sam en lugar de burlarse de Bucky, quizá porque sabía que no ganó realmente.
Bucky atrapa las piernas de Sam y los gira sin esfuerzo.
—Estás bromeando —decidió Bucky. Pero cuando Sam no hizo ningún movimiento para alejarlo y mucho menos intentó corregirlo, no tuvo más remedio que creerle—. Estás haciendo esto muy difícil, Samuel.
Sam dió pequeños golpes con los dedos sobre las piernas de Bucky mientras miraba el techo, respiró hondo y sacudió la cabeza.
—Tal vez no —sugirió bajito—. Tal vez podamos ir los tres a Luisiana. Luego volveremos aquí con Steve y hasta entonces le diremos sobre nosotros.
—Steve me preguntará por mi cita en cuanto me vea —resopló—. ¿Qué le diré entonces?
—Que tiene que esperar —respondió obvio—. Lo entenderá cuando le expliquemos.
Bucky lo miró con ojos entrecerrados antes de asentir convencido, tan convencido como podía con un plan a medias.
—Bien.
—Bien. Ahora quítate de encima, por tú culpa Natasha piensa lo que piensa.
—¿Mí culpa? ¡Tú fuiste quien…!
—Buck —rió Sam, presionando la piel de sus piernas bajo sus dedos—. Sólo estoy molestándote.
Bucky resopló una risa floja antes de finalmente apartarse del cuerpo de Sam.
Bueno, si Natasha les creía, tal vez Steve también.
. . .
Steve no les creería una mierda.
—Bucky, deja de moverte, pareces un maldito fugitivo —susurró Sam sin apartar la mirada de la revista entre sus manos—. De hecho, estás moviéndote mucho más que cuando eras un fugitivo de verdad.
—No me estoy moviendo —gruñó Bucky.
Todavía sin apartar la mirada de la revista, Sam apoyó ésta sobre su regazo y dejó que una de sus manos libres cayera sobre la pierna de Bucky, esa que sin duda llevaba varios minutos moviéndose de arriba a abajo. Bucky dejó de moverla sólo para que Sam no tuviera la razón, nada más.
Steve aparecería en cualquier momento por las puertas del aeropuerto y entonces conducirían hasta Delacroix como buenos amigos que no se mienten entre sí por apuestas.
Bucky tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre sus acciones en las últimas horas que estuvo libre de Steve. Pensó en que no debió apostar una cantidad que no querría pagar, pensó en que no debió mentirle a Steve, pensó que no debió elegir a Sam para ser su pareja, fingir , pensó que no debió insistir cuando él se negó y pensó en que no debió sumarse a este viaje a Luisiana.
Steve no les creería una mierda.
No con Sam siendo tan jodidamente tranquilo, e indiferente , no con él mismo a punto de vibrar fuera de su piel. Mierda, Bucky no tenía ni idea de cómo sobreviviría unas larguísimas veinticuatro horas en casa de Sam, con Sarah, los chicos, todas las personas de los muelles, y el maldito Steve Rogers. Saldría mal. Muy, muy mal.
—Buck, te explotará la cabeza. ¿Podrías dejar de pensar tanto? Estaremos bien —aseguró Sam, cerrando la revista con su mano libre y mirando a Bucky preocupado —. No tenemos que hacer nada si no quieres, diré que estás medicado por demencia senil.
Claro, no podía ser tan bueno.
Bucky lo miró con cara de pocos amigos a pesar de la sonrisa burlona de Sam.
—En serio, hombre, podemos cancelar el espectáculo.
—No vamos a cancelar nada, Samuel —farfulló, cruzándose de brazos—. Sólo estoy pensando.
—Eso ya lo sé, intento que dejes de hacerlo —rio Sam. Bucky suspiró larga y pausadamente antes de dejar caer su cabeza sobre el hombro de Sam con resignación—. Oye, sólo sé tú mismo este día, ¿sí? Haremos eso de preocuparnos cuando estemos de vuelta en el complejo. ¿Qué dices?
—Bien —asintió Bucky, aunque no se apartó del hombro de Sam, quien presionó un poco sobre su pierna, un silencioso recordatorio de que estaba ahí.
—Bien —repitió de todos modos.
Bucky cerró los ojos y cedió al calor del cuerpo de Sam por algún tiempo, sólo los volvió a abrir cuando sacudieron su pierna y murmuraron su nombre.
—¡Bucky! ¡Sam! —exclamó la inconfundible voz de Steve. Bucky se incorporó de golpe y formó la sonrisa más encantadora y despierta que pudo. Estrechó a Steve entre brazos ignorando las risillas de Sam a sus espaldas—. Lamento hacerlos esperar, Nat se negó a enviarme hasta aquí sin desayunar.
—Ni lo menciones —rio Sam antes de abrazar al rubio.
Bucky los observó con una sonrisa mientras se mantenían abrazados.
No era mentira lo que le dijo a Sam, tal vez él sí era la única persona en el mundo que podía entender lo que era no querer decepcionar a Steve Rogers; lo sabía y lo temía con la misma firmeza con la que se abrazaba a dicho hombre, como si tuviera todas las respuestas correctas, como si fuera una luz dorada en medio de la oscuridad.
—Bueno, ¿qué esperamos? —preguntó Steve—. Creí que llegaría directo en un Quinjet.
—A Sarah le gusta recibirnos en el aeropuerto —respondió Bucky con una sonrisa.
—Yo diría que en realidad no le gusta que lleguemos en un Quinjet a su jardín —corrigió Sam, divertido y relajado—, pero sí, también disfruta de avergonzarnos con ridículos letreros en el aeropuerto.
—Se escucha como una mujer fantástica —asintió Steve.
—Lo es —aseguró Bucky, ganándose una mirada irritada de Sam de inmediato. Bucky rio y le guiñó un ojo antes de atravesar las puertas hacia la salida.
—Le dije que vendríamos nosotros, lamento que no recibas un letrero vergonzoso.
—Con que así planeas que vuelva de visita, ¿eh, Sam? Juntarte con Bucky está haciéndote daño. ¿Qué sigue, mentir y apostar? —se burló Steve, sin desperdiciar la oportunidad de mirar a Bucky con arrogancia, como si supiera más que él. Pedazo de idiota .
Sam soltó una ligera carcajada y negó.
—No, Bucky no es malo —aseguró con la honestidad que siempre desborda.
—Lo sé —asintió Steve, pasando un brazo por los hombros de Bucky. Quizá el tono de Sam lo había hecho abandonar su plan de ventilar la apuesta—. Los veo cada vez que aparecen en las noticias. Se ven geniales, como un verdadero equipo. Me alegra que se hayan entendido.
Bucky encontró la mirada divertida de Sam, fue su turno de hacerle un guiño y mostrar la bonita sonrisa que exhibía el hueco entre sus dientes. No habría hecho otra cosa sino devolver la sonrisa y encogerse de hombros porque sí, es bueno entendernos . Era realmente bueno tenerlo.
—A mi también —admitió Bucky.
Steve le palmeó la espalda y todos subieron al auto.
Al menos Bucky se pudo olvidar de la estúpida apuesta durante el trayecto. Con los tres demasiado distraídos poniéndose al tanto de las últimas aventuras heróicas y de jubilación, ni siquiera tuvieron oportunidad de preguntar por algo respecto a sus vidas amorosas. Bucky notó que ya estaban en casa cuando fue capaz de escuchar las risas de Cass y AJ.
Bucky ni siquiera esperó por los otros dos hombres para entrar a casa de Sarah. La saludó de la forma que Sam aborrecía, con su mejor sonrisa y ojos chiquitos, Sarah ya lo conocía bien, ahora incluso podía seguirle el juego para molestar a su hermano. Pero esta vez no se detuvo a jugar, salió disparado al patio.
—¡Bucky! —exclamaron ambos niños a la vez.
—¡Hey!
Había algo cálido y apaciguador en el hecho de que estos niños estuvieran tan ansiosos por jugar con él y su brazo. No porque fueran sobrinos de Sam, era más por el hecho de ser niños que lo aceptaban como un amigo antes que cualquier cosa, aunque eso sí tuviera algo qué ver con Sam.
—¡Oye, Bucky! AJ consiguió terminar el lego de El Hobbit, ¡eran como quinientas piezas!
—¿Lo armaste sin mi? ¿Se atrevieron a unir cada pieza sin mi?
—Cass dijo que hiciéramos un poco cada día hasta que volvieras —se excusó AJ—, pero tardabas mucho.
—Una llamada habría sido amable —suspiró Bucky, poniendo una mano en el pecho con fingido dolor—. Sé hacer eso de las videollamadas, no soy tan anciano.
—¿Hablas del facetime ? —se burló Cass—. Tal vez sí eres un poco mayor, Bucky.
—Auch.
—Claro, arrójense sobre el hombre de hojalata y no con su tío —exclamó Sam a sus espaldas, todo dramático y ofendido mientras bajaba las escaleras.
—¡Tío Sam! —saludaron los niños, tan coordinados y extasiados como con Bucky.
—Oh, no. Olvídenlo. Traje un amigo para presentarles, pero ya cambié de opinión. Ustedes me reemplazarían en cualquier oportunidad.
—¡No te reemplazamos! —replicó Cass, completamente indignado.
—¡Obvio no, tío Sam! —apoyó AJ—. Bucky es como…
—El tío Bucky —completó Cass, sonriente y orgulloso. Los hermanos intercambiaron una mirada aprobatoria antes de volver a mirar a Sam con satisfacción—. Nadie es reemplazado.
—Claro —murmuró Sam, sonando poco convencido, aunque su sonrisa fue auténtica cuando le dio un vistazo a Bucky—. Bueno, creí que les gustaría conocer a mi amigo Steve.
Así murió la genialidad de Bucky dentro de la familia Wilson: opacado por otro anciano rubio y musculoso de la segunda guerra mundial.
Steve les sonrió con esa sonrisa que hacía especialmente para los niños, la que era demasiado paternal, mientras respondía todas las preguntas de Cass y AJ.
“Sí he ido al espacio, pero no a la luna.”
“Sí, yo le dí el escudo a Sam. Él es muy asombroso con él”
“Oh, no, encontré a Bucky un día en la calle y jamás me deshice de él.”
“Sí, claro que fui a la escuela. No, no terminé por la guerra. Sí, ustedes tienen que terminar la escuela”
“Ya no suelo lanzarme se edificios, no, pero Sam era excelente para atraparme.”
“Sí, podría preguntarle a Iron Man si puede venir a comer algún día. Tony es un hombre muy ocupado, pero puedo convencerlo.”
“Claro que Sam y yo somos amigos. No, no vine para llevarme a Bucky, sólo estoy de visita. No creo quedarme tanto como Bucky, ahora él es el problema de Sam.”
Sarah tuvo que intervenir para detener el interrogatorio, pero Bucky ya estaba caminando al interior de la casa. Steve lo detuvo con una mano en el hombro y una sonrisa torcida.
—No creas que no sé lo que haces —susurró.
—¿Sobre qué?
—Estás evitándome para no hablar de la pareja que no tienes —se mofó en voz baja, no por ello se escuchó menos divertido. Bucky lo observó con ojos estrechos antes de sacudir la cabeza.
—Estamos con la familia de Sam, Steve, nuestros asuntos pueden esperar un poco más, ¿no crees? —respondió con el mismo volumen de voz y su mejor rostro incrédulo. Steve lo miró ligeramente avergonzado antes de recuperar su sonrisa y negar—. Respeta, Rogers.
—Lo que tú digas, Buck.
Ay, Bucky estaba tan jodido si creía que saldría airoso de toda esta situación.
. . .
Bucky tuvo que escabullirse. No como un cobarde, no, más bien como cualquier sujeto que buscaba a su amigo para evitar a otro amigo. Sí.
Así que dejó a Steve bien acompañado con Sarah mientras él se excusaba diciendo que iría a buscar a Sam. Salió corriendo antes de que alguno pudiera preguntarle para qué quería a Sam en primer lugar.
Jamás podría responderles con la verdad y mucho menos podría mentirle a Sarah. Entonces se escabulló hasta dar con Sam en uno de los muchos negocios del muelle.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Sam con el entrecejo fruncido, sólo apartando la mirada de Bucky para tomar la bolsa con bocadillos recién comprados.
—Esto no va a funcionar —soltó Bucky, como si estuviera declarando una sentencia de muerte y no su último pensamiento racional de los últimos días.
Sam le agradeció a la mujer del negocio, ¿Johanna? Bucky le ofreció una sonrisa, la más amable que pudo formar, y luego siguió a Sam hasta el camino de vuelta a casa con la misma mueca angustiada con la que había aparecido. Sam dejó de caminar en cuanto las conversaciones de los comerciantes no fueron más que un lejano bullicio.
—¿Estás bien? —murmuró Sam, levantando su mano libre para ponerla sobre el hombro de Bucky, demasiado cerca de donde comenzaba su cuello.
Si bien el tacto funcionó para tranquilizar el creciente cosquilleo ansioso de su pecho, no ayudó a desaparecer las catastróficas ideas de su cabeza. No debió buscarlo, ya sabía que Sam le preguntaría si estaba bien antes de indagar el verdadero problema, y la cuestión no era sobre Bucky, no del todo.
—No —admitió en medio de una exhalación, se apresuró a hablar antes de que Sam pudiera comenzar con alguna charla de consejero—. Esto no va a funcionar, Sam. Steve jamás va a creer que alguien sale conmigo, nunca va a creer que tú sales conmigo.
—Oye, oye, oye, más lento, ¿quieres? Yo no tengo mente cyborg —intentó bromear Sam, moviendo su pulgar en pequeños círculos sobre su clavícula. Bucky respiró hondo y miró el cielo clarísimo sobre ellos—. Háblame, Buck, esto no es sobre Steve.
—Sí lo es —dijo entre dientes, carraspeó y miró a Sam con decepción—. No sé por qué creí que funcionaría, Steve no… él nunca va a creer que tú sales conmigo, Sam.
—¿Por qué piensas eso?
—Por que es obvio.
—¿No crees que nos vemos bien juntos?
—Sam.
—Lo siento —no, con estúpida sonrisa en la cara, claro que no lo sentía realmente—, ¿ves que no es tan obvio como crees? Explícame.
Bucky volvió a respirar hondo mientras miraba el cielo de Delacroix, el mismo que siempre lo reconfortaba un poquito porque era más cálido que el cielo del solitario y frío Brooklyn. Ahora no era tan reconfortante, no con Steve en la casa de Sarah, trayendo a la superficie con mucha facilidad todos esos temores que Bucky pretende ignorar cuando no está.
—Es que tú jamás saldrías conmigo. Steve nunca va a creer que tú sales conmigo, Sam —repitió bajito—. ¿Cómo podría creer que tú quieres estar con alguien tan dañado como yo? Él… sabe que yo soy un problema, sabe que me he colado en tu vida, en tu familia y… él sabe que tú no saldrías conmigo.
Sam lo escuchó sin interrumpir, dejó que las pausas se prolongaran hasta que Bucky encontraba las palabras o la voz para continuar. Bucky lo aborrecía por eso, porque jamás interrumpía cuando de sus miedos se trataba, cuando sabía que un pequeño fragmento de alma estaba a punto de ser expuesto; Sam lo dejaba hablar y escuchaba, entendía y no dejaba de mirar, jamás apartaba la mirada, aunque tuviera algo entre manos, siempre encontraba los ojos de Bucky. Y eso era incluso una exposición más profunda que una charla.
—Tú no estás dañado —comenzó Sam, con voz suave, pero firme e irrefutable—. Y tampoco eres un problema. Yo te dejé quedarte, ¿recuerdas? Pude haber aceptado ese traje y luego echarte de aquí, pero elegí que te quería conmigo y te ofrecí mi hogar, te presenté a mi familia y te invité a volver cuando quisieras. Buck, me alegra tenerte aquí. Y si Steve cree que no sería capaz de salir contigo será por cualquier estupidez, pero jamás por las idioteces que tú dices. Esas no me importan, saldría contigo de todos modos.
—Es que Steve… —pausó, bajando la mirada hacia donde sus manos se retorcían—. Steve sabía que yo sólo tenía problemas, Sam. Él sabrá que no soy bueno para tí y que por eso jamás me elegirías.
La mano de Sam se movió hasta su cuello para hacerlo levantar el rostro y encontrarse con su bonita mirada tranquilizadora y algo más tierno.
—No importa —concluyó Sam, encogiéndose de hombros y sonriendo fácilmente—. Tú lo has dicho, Steve no lo sabe todo sobre cómo hemos vivido desde que se fue, y aunque lo supiera, eso no garantiza que lo entienda, ¿recuerdas? ¿Quién mejor que yo para entender cómo se siente verse débil y roto frente a Steve Rogers?
Ay, Bucky debía aprender a medir sus discursos para que no fueran usados en su contra.
—Y sólo para que quede claro, Barnes —añadió Sam, con un tono más bajo y sereno, casi parecía que se acercaba a su rostro para decir una cosa aparentemente secretísima—. Te aseguro que eres muy bueno para mi, me has ayudado como no te imaginas. Y no te lo diré porque te volverás insoportable.
Bucky miró el momento exacto en que la diversión atravesó la mirada de Sam antes de que su sonrisa se volviera burlona.
—Te odio —susurró cansino. Sam rio y sacudió su cabeza en negativa.
—Claro que no —aseguró, dando algunos golpecitos sobre su barbilla con la punta de su pulgar—. Lo digo en serio, Buck. Estoy muy feliz de tenerte, así que deja de pensar idioteces o tendrás que invitarme a una cita para demostrarte lo contrario.
¿Una cita?
—¿Tengo que…?
—Tío Sam —interrumpió Cass, a varios pasos de distancia de ellos, con las manos en su cadera y una sonrisa ladina—. Mamá dice que es muy maleducado dejar a las visitas. Dijo que viniera por ustedes antes de que el señor Steve saliera también. Pero el señor Steve de todos modos quiso venir, aunque está avergonzado por dejar a mamá en casa.
La mano de Sam soltó su cuello al mismo tiempo que Bucky miró detrás de Cass. Steve esperaba a poca distancia del niño con una sonrisa apretada y las manos en los bolsillos, oh, Bucky conocía esa cara, Steve había sido presa de cumplidos o había estado escuchando conversaciones sinvergüenzas. ¿Acaso Sarah…? ¡Nah! Bucky ni siquiera iba a pensar en esa posibilidad.
—Lo siento, Cass, yo distraje a Sam —admitió Bucky con una mueca—. Iré a disculparme con Sarah y con el señor.
Que Steve fuera la representación de una constante crisis de moral no significaba que Bucky no pudiera burlarse de él y los simpáticos apodos de los chicos.
Palmeó el brazo de Sam y esperó a competir una mirada antes de caminar hacia su viejo amigo.
—Lamento mi falta de modales, señor Steve, tenía que asegurarme de que Sam trajera los mejores bocadillos —se excusó con un exagerado tono ostentoso cuando llegó a su lado.
El rubio soltó una pequeña risa y encabezó la marcha de regreso a casa.
—Pensé que necesitaban ayuda, pero Sarah dijo que ustedes suelen hacer eso de salir juntos por el muelle —comentó con una pequeña sonrisa—. De verdad se llevan bien.
—Obviamente, Steve —bufó—. Además, paso mucho de mi tiempo aquí. Ya sabes, cuando no estamos en el Complejo o fuera del país. Sam es algo así como mi guía turístico.
Steve soltó una estruendosa carcajada que se ganó varias miradas inquisitivas por el par de Wilson detrás de ellos. Bucky les lanzó una mirada confundida mientras se encogía de hombros y hacía ademanes ridículos en dirección a su amigo. Maldito loco.
—Está bien, Buck, ya entendí —sonrió Steve, una sonrisa entre contenta y apretada—. Es fácil sentirse en casa aquí, con Sam.
Bucky parpadeó un par de veces hacia la casa que los esperaba al final del camino, luego parpadeó algunas veces más al perfil de Steve. Entonces, ¿ese sentimiento cálido y vibrante en el pecho era algo sobre sentirse en casa para todos? ¿Steve podía sentirlo tanto como Bucky estando junto a Sam? ¿Estando ahí en Delacroix?
—Sí, así se siente —asintió Bucky, imitando la sonrisa de Steve, aunque él dejó que esta se extendiera por sus labios ampliamente.
. . .
Bucky se sintió como si lo hubieran atrapado haciendo una travesura cuando llegó a casa y Sarah le dedicó siete minutos completos a explicarle por qué era una completa falta de buenos modales dejar a una visita sin anfitrión. No, Bucky ni siquiera intentó explicar que, en teoría, Sam era el anfitrión, no. Bucky se sentó ahí y permaneció callado hasta que Sarah preguntó si había comprendido lo que dijo y él aseguró con voz solemne que no se repetiría jamás.
—Lo siento, Sarah.
—Oh, quita esos ojos de cachorro triste —resopló ella, sonando un poco menos enfadada que antes—. Sé que acostumbras ser la sombra de Sam, pero tengo entendido que Steve también es un buen amigo tuyo, ¿no?
—Sí, sí —asintió de inmediato—. Es sólo que…
—Está bien, Sarah, Bucky sólo fue por buenos bocadillos con Sam —intervino Steve, con su sonrisa dentada y ojos apacibles.
—Mmm. Bueno, quizá puedan ir todos a dar un paseo por el muelle, ver el barco y conocer el vecindario —sugirió ella, recuperando su semblante amable por completo.
—Seguro que a Steve le gustaría la tienda de Vincent —comentó Sam—. ¿Aún te gusta el arte?
—Supongo que sí —rio Steve. Bucky se contuvo de rodar los ojos ante la modestia del hombre y se acercó a Sarah para ayudar con la preparación de la comida.
—Decidido, iremos con Vincent —declaró Sam, entusiasta y animado—. Le encantará conocerte. Hace un buen trabajo con un montón de cosas, seguro te deja hacer algo mientras miras un poco.
El parloteo siguió y siguió mientras preparaban comida y cuando la estaban degustando. Bucky no creía que jamás se cansaría de la dinámica que mantenía Sam con cualquier ser humano. Era como si se transformara en lo que sea que el otro necesitaba, pero nunca dejaba de ser él mismo. Era extraño y fascinante. A Bucky le encantaba.
Y ahora que tenía la oportunidad de verlo con Steve sin que hubiera una inminente guerra por venir, era increíble. Sam se las ingeniaba cada vez para hacer referencias que Steve tardaría en entender, y luego se las explicaba con detalles exagerados, quizá porque sabía que Steve no haría lo que hace Bucky: husmear en internet hasta comprender de qué rayos hablaba Sam, hasta poder responder sus tontas referencias con ingeniosos comentarios que le robarían algunas sonrisas.
Ah, Steve y él eran extremos opuestos si de personalidad se trataba, y aún así, Sam se acomodaba como una perfecta pieza de rompecabezas cuando estaba con ellos.
Si Bucky lo pensaba de esa manera, imaginaba que los extremos de Steve y él estaban tan desgastados que costaba encontrar el punto donde todos sus bordes se encontraran. Ya no eran esos muchachos peleando para ganar lo que fuera, ni hombres luchando guerras más grandes que ellos mismos.
Quizá Sam tenía razón. Steve podía saber cualquier cosa, pero eso no significaba que lo entendiera, no estaba obligado a hacerlo. Y Bucky no tenía por qué torturarse con ello.
Él no estaba dañado, había ayudado a Sam y él lo quería ahí.
¿Lo querría incluso si no fuera su compañero en el campo de batalla?
Bucky esperaba que sí.
—¿Tú no vienes, Buck? —preguntó Steve, parado en medio de la estancia con las cejas elevadas.
—Sí, Buck, ¿no vendrás con Vince? —siguió Sam, divertido y retador. Bucky le dedicó una mirada de ojos estrechos antes de negar.
—No, me quedaré con Sarah. Ayudaré con los platos y con la cena se excusó torpemente, ignorando la mirada de Sarah a su espalda.
—¿Seguro? —insistió Steve. Bucky asintió con determinación, un movimiento que bastó para que Sam dejara de ocultar su risa—. ¿No te gusta ir con Vince?
—No le gusta que Vince se ofrezca a hacerle todo tipo de retratos, eso es lo que le pasa —explicó Sam entre risas—. Incluso dijo que lo haría gratis, pero Bucky se negó a posar con nada más que su brazo encima. Qué pena, habrías sido todo un éxito.
Bucky le lanzó su mejor mirada fulminante mientras algunas carcajadas resonaban por la estancia.
—No lo molestes, Sam —intervino Sarah—. Sabemos que tú comprarías ese retrato, pero yo no te dejaría exhibirlo en esta casa, así que déjalo tranquilo.
—Sí, Samuel, déjame tranquilo —siguió Bucky, rodando los ojos—. Tal vez Vince quiera hacer un retrato de Steve.
—No creo que Sam quiera un retrato mío, ¿o sí? —bromeó Steve.
Claro que no lo querría. ¿Verdad?
Sam se encogió de hombros y le dio la espalda a todos para caminar hacia la puerta.
—Tendré que confiar en el buen ojo de Vince, supongo —contestó sin mucho entusiasmo. Bucky frunció el entrecejo, esa no era una respuesta.
Steve no se atrevería a posar desnudo para que le hicieran un retrato. ¿O sí? Bueno, Sam no se quedaría con dicho retrato de todas formas. ¿O sí? Porque Sarah no lo dejaría tener las pelotas de Steve expuestas por ahí en su casa. ¿O sí?
Sam dejó la puerta abierta para que Steve saliera primero, hasta que el rubio bajó las escaleras de entrada, Sam volvió la cabeza y le guiñó un ojo juguetonamente.
¿Eso significaba que no traería ningún retrato de Steve a casa, verdad?
La puerta cerrada lo animó a alejarse de esos pensamientos y meterse en la cocina para comenzar con su labor de los trastes. Sarah debía estar dándoles algo refrescante a los chicos en el patio.
A Bucky le encantaba ayudar a Sarah con sus tareas.
Además de molestar a Sam, porque el hombre aseguraba que esa era una forma de coquetear, y de ahorrarle trabajo a Sarah, a Bucky le gustaba pensar que era su forma de ganarse un lugar en esa casa.
Sam le había insistido en que podían buscar un lugar para vivir ahí, en Delacroix, que podían compartir el alquiler y los pagos de la vivienda, pero Bucky se había sentido muy avergonzado entonces como para aceptar su propuesta. Se sintió como un invasor en la ciudad de Sam y, con un lugar propio para vivir, no estaba muy seguro de cómo se ganaría un lugar en la vida de los Wilson cada día.
Así que era un poco su culpa que vivieran en el Complejo y que aún no salieroan de la casa de Sarah o de los deprimentes apartamentos en las grandes ciudades.
Ahora que Sam dijo explícitamente que Bucky no era ningún intruso, bueno, tal vez él pudiera sugerir encontrar un lugar para compartir esta vez.
—Entonces —suspiró Sarah, caminando desde la puerta trasera hasta el lado de Bucky.
Se unió en la tarea de limpieza, ella secando los platos y devolviéndolos a su sitio conforme Bucky se los entregaba. Hace mucho que Sarah se rindió a pedirle no hacer nada, en lugar de eso, se acerca a Bucky y lo ayuda con lo que sea que haga. A Bucky le gustaba que lo hiciera, su compañía lograba que el calor y cosquilleo en su pecho se extendiera por todo su cuerpo y durara por mucho rato.
—¿Debería preocuparme? —cuestionó ella, con la mirada puesta sobre un plato que ya estaba muy seco, pero que no parecía dispuesta a soltar.
—¿Sobre qué? —indagó cauteloso. Sarah volvió a suspirar y buscó la mirada de Bucky con angustia casi tangible.
—Sobre Steve Rogers —respondió obvia antes de apretar los labios con aprehensión—. Lo siento. Sé que es tu amigo, pero…
—No, no, está bien. Dime —pidió cuando la pausa de Sarah se volvió demasiado larga.
—Es sólo que… la primera vez que él apareció fue cuando Sam se lanzó por todo el mundo y terminó fugitivo, y luego lo último que supe fue que le dejó un escudo que le trajo más problemas —explicó con voz estrangulada y facciones preocupadas. Y, mierda, ¿cómo se suponía que Bucky respondiera a eso si él mismo fue parte de todo lo que mencionó? Era imposible excusarse—. ¿Debería preocuparme que Sam se vaya otra vez? ¿A eso vino? ¿Necesita que Sam vaya al espacio o algo así? ¿Sam se irá otra vez con él?
—No —respondió de inmediato. Soltó el plato chorreante de agua y giró para enfrentar a Sarah—. Te aseguro que no es el caso. Sam sólo quería que Steve conociera su hogar y su familia, él siempre habla de ustedes.
Su tono no era del tipo que se usaba para consolar o tranquilizar, él mismo se escuchaba afectado: tembloroso y demasiado acelerado, casi tropezando con las palabras. Sarah parecía entenderlo de todas formas, aunque su angustia sólo pudo disminuir una pizca.
Oh, Bucky no quería ver esa expresión en su rostro otra vez en la vida.
Se le oprimió el pecho, se le secó la boca, un sudor horrible le bajó por la espalda y un feo cosquilleo le recorrió las extremidades, casi lo imaginó sobre su brazo de vibranio.
—Sarah, Sam no se irá a ninguna parte —aseguró contundente, obligándose a alejar cualquier titubeo y oyéndose casi amenazante—. Y te prometo que si alguien le pide que se vaya lejos, siempre me ofreceré antes en su lugar, haré lo que tenga que hacer para ir yo. Te doy mi palabra de que no dejaré que Sam los vuelva a dejar.
Los labios de Sarah se fruncieron en una mueca triste, sus ojos recorrieron el rostro de Bucky y sus manos finalmente soltaron el plato sin cuidado; en un parpadeo, Sarah ya tenía a Bucky envuelto en un abrazo.
—Te lo agradezco mucho, Bucky —susurró aliviada.
Bucky devolvió en abrazo y asintió, no se creía capaz de responder a eso, a un agradecimiento, no había nada qué agradecer; era obvio que Bucky elegiría eso, era algo que siempre estaría destinado a ser.
—Pero tampoco quiero que tú te vayas. Eres familia, Bucky —continuó Sarah, todavía sin apartarse—. Sé que harías lo que fuera por Sam, pero te aseguro que él tampoco te dejaría jamás. Y yo confío en que te lo pensarías bien antes de dejarlo.
Encontrar los ojos de Sarah una vez que el abrazo terminó fue desgarrador, porque desbordaba seguridad y algo que Bucky recordaba como cariño. Quizá dejó de respirar por algunos segundos.
—Steve no se llevará a nadie —afirmó Bucky, sonriendo a pesar del tumulto de emociones en su pecho—. Y yo no me iré mientras ustedes me quieran aquí.
—No seas un tonto encantador, Sam no está aquí para impresionarlo —rio Sarah.
¿Impresionarlo?
—Guardaré los platos mientras picas algunas verduras, ¿qué dices? Así comenzaremos con la cena pronto.
Buchy tragó el nudo en su garganta y asintió a Sarah antes de volver a hundir las manos en el agua. Sin darse cuenta, una sonrisa se formó en sus labios y no hizo ningún esfuerzo por ocultarla o fingir que no estaba ahí.
Ojalá pudiera contarle a Sam cómo era ese sentimiento en su pecho, cálido, cosquilleante y vibrante, casi amenizando con hacerlo explotar o con dejar sonrisas así de tontas en su rostro. Ojalá Sam ya supiera que su hogar, su familia y él lo hacían sentir así.
. . .
Sam y Steve volvieron sin retratos cuando la cena ya estaba lista, tan ruidosos y enérgicos como se fueron. Bucky empezaba a preguntarse si Steve entendería por qué Bucky pasaba tanto tiempo aquí con sólo esta visita.
Por primera vez a lo largo del día, sintió que Steve no lo miraba para molestarlo con la tonta apuesta. De hecho, casi parecía haberlo olvidado. Preguntaba sobre las misiones a las que habían ido y si habían visitado lugares al terminar, ofrecía apoyo para entrenar a Joaquín y presentarse con Isaiah, contaba sus propias aventuras espaciales y a través del tiempo. Bucky se sintió bien, ligero y relajado.
Aprovechó cuando los chicos terminaron su cena y corrieron escaleras arriba para apartar los vegetales verdes de su plato, Sam resopló una risa a su lado y los recogió con su tenedor para comerlos.
—Todavía no te gustan las calabazas —observó Steve con una sonrisa juguetona.
—No le gusta nada demasiado verde —respondió Sam mientras rodaba los ojos.
—Siempre intento que lo pruebe pero es en vano —concordó Sarah—. Sam siempre termina comiendo sus vegetales.
—Sam metería mano en mi plato aunque no hubiera vegetales verdes —bufó Bucky, tocando el pie del moreno debajo de la mesa.
Sam elevó ambas cejas fingiendo estar ofendido, se encogió de hombros y tomó otro poco de los vegetales rechazados en su plato. Luego devolvió el toque debajo de la mesa asegurando que no estaba realmente ofendido.
—¿Qué puedo decir, Buck? Tu comida siempre se ve mejor que la mía.
—Es la misma comida, Samuel.
—Sí, pero se ve bien en tu plato.
—Los platos son iguales.
—Claro que no.
—Sí, yo mismo los saqué de la caja. Son idénticos.
—No, el que tú tienes es tuyo. Y este es mío.
—¿Y eso qué?
—No son iguales.
—Son exactamente…
—Ya basta —interrumpió Sarah, entre divertida y aburrida—. Debería darles vergüenza portarse así frente a las vistas.
—Oh, no se detengan por mí —sonrió Steve, mirando entre ellos y luego a Sarah—. Está bien, Sarah, los he visto hacerlo peor.
—Nosotros no… —intentó decir Bucky.
—Ustedes sí —cortó Steve, con su sonrisa dentada y ojos brillantes.
Donde antes ponía un enorme gesto de frustración cuando ellos discutían por la mínima cosa, ahora mostraba esa sonrisa y ojos suaves con ese tono tan cariñoso. Absurdo idiota .
Tal vez Steve no creería tan descabellada la idea de que Sam y él terminaron envueltos en una relación, después de todo, el cambio amigable en su dinámica era obvio y bueno.
—¡Señor Steve! —llamó Cass desde el umbral de la puerta—. Mi hermano y yo queremos mostrarle nuestro videojuego. ¿Le podemos mostrar al Señor Steve nuestro videojuego, mamá?
—Sólo si el señor Steve ya terminó su cena y quiere hacerlo —accedió Sarah.
—Claro, me encantaría ver su videojuego.
—¿Por qué no los acompañas, Sam? Necesitarán ayuda con algunos cables.
—Seguro —asintió Sam. Tomó un último trozo de calabaza del plato de Bucky, chocó sus rodillas debajo de la mesa y salió detrás de Steve hacia la habitación de los chicos.
Desde que Sam le había brindado un lugar para compartir su comida, Bucky disfrutaba de saborear cada parte de ella. En momentos como esos, cuando no hay prisa por absolutamente nada, a Bucky le gustaba comer especialmente lento para acompañar a la familia un poco más en la mesa. Por lo general, era un buen momento para planear el día siguiente, burlarse de Sam y descifrar aquellas tareas con las que Sarah necesitaba ayuda, pero a las que se negaba pronunciar en voz alta.
Esta noche no fue diferente, Sarah y él charlaron mientras terminaban su comida, lavaron los platos y se los dejaron a Sam para guardarlos.
Sarah se despidió para ver su programa favorito en la televisión y Bucky salió al patio trasero. Se sentó en las escaleras y observó el cielo estrellado.
En Brooklyn no se veían muchas estrellas, a veces no se veía ninguna. Bucky sabía que no sentiría la misma tranquilidad viéndolas en Brooklyn como la sentía ahí en Delacroix. Además del cielo, también estaba el sonido de los animales, el olor del agua, la humedad del ambiente, la calidez del aire y el eco de risas dentro de la casa.
—Oye, tenías que esperar por mi —habló Sam a sus espaldas, sonriendo y sosteniendo dos botellines de cerveza.
Sam le extendió uno mientras tomaba su lugar junto a él en las escaleras.
Incluso con el cielo, los animales, el olor, el ambiente y las risas, Bucky no creía haber sentido tanta tranquilidad como cuando estaba junto a Sam. Había algo especial en el hecho de que Sam encajaba perfectamente en este momento tan personal para Bucky, casi como si fuera un momento para ellos juntos en lugar de para él solo.
Sam siempre lo encontraba aquí cada noche, con botellas de cerveza, tazas de té, bocadillos empalagosos o un paraguas para las lloviznas; no importaba, Sam nunca se perdía de este momento, este ritual.
—Pensé que jugabas videojuegos —se excusó con un encogimiento de hombros.
—Dejé que los chicos se burlaran de Steve por un rato, no es tan hábil con un control en las manos —explicó divertido. Bucky resopló una risa y chocó sus hombros—. ¿Estás bien? Has estado muy callado.
—Sí —asintió antes de darle un trago a su botella—. Sólo es… interesante tener a Steve de vuelta y aquí, no me dí cuenta que lo extrañaba.
—Mmm —murmuró Sam, demasiado bajo para ser normal.
Bucky dejó de observar el cielo para encontrar la mirada dubitativa de Sam, de inmediato frunció el entrecejo y se acercó un poco a él.
—¿Qué? —preguntó tan bajito como Sam.
—Sabes que puedes ir con él, ¿no? —respondió encogiéndose de hombros—. Si quieres viajar con Steve o lo que sea, puedes hacerlo, Buck. Puedes irte y seguir teniendo un lugar aquí.
—Eh, ¿por qué me iría con Steve? —volvió a preguntar, confundido y sorprendido. Sam recorrió su rostro con la mirada y le sonrió, el tipo de sonrisa suave que usa cuando la respuesta es muy obvia—. Hablaste con Sarah.
—No tuve que hacerlo —sacudió la cabeza—. Como dije, has estado callado.
Bucky resopló y se acercó hasta que sus piernas estuvieron juntas.
—Dijiste que eras feliz teniéndome aquí, así que no me voy a ningún lado, Sam —aseguró, sin espacio entre ellos, con expresión honesta y sonrisa prometedora.
Sam soltó un pequeño murmullo divertido antes de asentir y dejar su cabeza sobre el hombro de Bucky.
Por varios minutos no hubo más que el sonido de los grillos, los sapos y demás insectos a su alrededor, el lejano movimiento del agua y el susurro de las plantas bajo la ligera brisa. Bucky escuchó los pasos pesados de Steve mucho antes de que tocara la puerta y saliera a encontrarlos. Sam le sonrió y descendió un escalón para dejarle espacio.
—¿No interrumpo? —cuestionó Steve mirándolos avergonzado.
—No, para nada —tranquilizó Bucky—. Aquí solemos pasar el rato antes de dormir.
—Creí que estarías atrapado con los chicos.
—Lo estaba, Sarah los envió a dormir —rio—. Son muy buenos en eso. También son buenos niños.
—AJ te pateará si te oye diciéndole niño —advirtió Bucky. Steve soltó una carcajada y palmeó su hombro, no lo soltó ni siquiera cuando volvieron a quedarse en silencio.
Era demasiado bueno para ser tan perfecto.
—Oye, Buck, ¿le hablaste a Sam de la apuesta?
Mierda.
—Maldita sea, Rogers, te pedí que…
—Que respetara, sí, sí, —interrumpió rodando los ojos—. Lo sé. Sólo quería decirte que tú ganas, así podremos dejar el tema en paz y disfrutar todos juntos.
¿Dejar el tema en paz?
—¿Qué? —balbuceó Bucky. Steve le sonreía extraño, como si se estuviera conteniendo de darle un abrazo.
—Sí, Buck. Entiendo que no querías parecer un canalla con Sam y su familia por apostar conmigo sobre ustedes —continuó Steve, ahora mirando a Sam de la misma forma—. Escuchen, pueden dejar de fingir, ya sé que están juntos e imagino por qué creyeron que debían ocultarlo, pero… no es así. Los apoyo incondicionalmente, me alegra mucho que se tengan a ustedes para lidiar en el campo y en casa. No sé cómo no me dí cuenta antes, son terriblemente obvios.
¿Terriblemente obvios?
—Te juro que no se trataba de tí, Sam, pensé que Bucky estaba siendo un imbécil para que dejara de animarlo a tener citas. No sabía que ya te tenía a ti y por eso me atreví a apostar —admitió tímidamente, frotando su cuello y apretando los labios—. Pero me alegra haberlo descubierto, Sarah también dijo que son muy discretos, incluso aquí. Eh, sólo quería asegurarles que estoy feliz por ustedes y que no tienen que fingir nada, si quieren estar uno encima del otro, no hay problema.
¿Dejar de fingir? ¿Uno encima del…?
—Tengo que preguntar —exhaló Sam, profundamente confundido—. ¿Cómo es que… descubriste… esto?
Steve soltó una pequeña carcajada ante el ademán flojo que hizo Sam para apuntarlos.
—¿Su relación? Bueno, ya lo dije, ustedes son muy obvios —señaló con un encogimiento de hombros. Bucky estaba seguro de que sus rostros se veían igual de perplejos y por eso Steve continuó hablando—. Bucky cuida de tu familia y de tí, Sam. Tú también cuidas de Bucky. Siempre se están buscando y eso del tacto entre ustedes dos es todo un tema, siempre mantienen el contacto, aunque sea uno pequeño. Hacen eso de hablar de ustedes todo el tiempo y responden por el otro, demuestran que se conocen. Y no me hagan mencionar sus miradas, les juro que casi podía ver los corazoncitos flotando sobre sus cabezas.
Bucky tragó a pesar de la arena que sentía en su garganta, de pronto se sintió incapaz de mirar algo más que el semblante alegre de Steve.
—No tienen que parecer tan asustados, de verdad creo que es genial —insistió Steve, apretando una vez más el hombro de Bucky—. Bueno, entonces me quedaré con el sillón y ustedes compartirán la habitación, ¿verdad?
No, Bucky no estaba evitando la mirada de Sam, sólo estaba pendiente de los gestos de Steve.
—Mmm —murmuró Bucky, esforzándose por lucir lo más relajado posible.
—Sí, bien —siguió Sam, incorporándose y palmeando su pantalón.
—Bien.
Steve sonrió mostrando los dientes, se incorporó y entró de vuelta a la casa. Bucky parpadeó cuando la mano de Sam apareció extendida en su campo de visión. Claro, Sam siempre le tendía una mano cuando se sentaban ahí, esta noche no tenía porqué ser diferente.
Se armó de valor, tomó la mano de Sam, como cada noche en estas escaleras, y encontró su mirada una vez erguido. Había calidez, alegría y algo parecido a la cautela en sus bonitos ojos cafés, Bucky se relajó cuando no encontró enojo.
Sam mostró su bonita sonrisa que lograba tranquilizar los arrebatos de corazón y caminó detrás de Steve sin soltar su mano.
Terrible y patéticamente obvio.
. . .
Bucky jamás había compartido la habitación de Sam con Sam. Había estado ahí incontables veces, pero nunca se quedó a dormir porque su lugar era el sillón. Steve tenía el sillón esta noche, así que Bucky se metió en la habitación de Sam y dejó que él arrojara su almohada en la cama antes de que pudiera desparramarse sobre el suelo.
Entonces terminó así, atrapado entre la pared y la espalda de Sam, rígido como una tabla y despierto como un maldito búho.
—Buck, puedo bajarme al suelo o dormir sobre la colchoneta de Cass si no quieres compartir la cama —habló Sam, girando sobre su espalda para ver el rostro de Bucky. Se escuchaba tan despierto como él.
—No, está bien, sólo no puedo dormir —respondió sin devolver la mirada.
Sam volvió a girar sobre su costado, Bucky observó por su vista periferia que ahora apoyaba la cabeza sobre su mano y lo miraba intensamente.
No tuvo más remedio que devolver la mirada de mala gana.
—¿Qué?.
—No estás bien —concluyó simple. Bucky rodó los ojos y volvió la mirada al techo.
Claro que no estaba bien, aparentemente mantenía una relación con Sam Wilson y no había sido capaz de notarlo hasta que el maldito Steve Rogers tuvo la audacia de mencionarlo.
—Vuelve a dormir, Sam —replicó con un suspiro cansado.
Bucky cerró los ojos e intentó regular su respiración, era un inútil intento por alejar cada comentario que había escuchado sobre Sam y él; algo sobre tensión sexual, citas, discreción y ser obvios. ¿Cómo es que nunca se dio cuenta? ¿Cómo es que cayó en la respuesta tan obvia para la apuesta sin sospechar sus sentimientos?
—No puedo —volvió a hablar Sam, demasiado cerca, demasiado terco, demasiado pronto.
Bucky contuvo el aliento un par de segundos antes de abrir los ojos al techo y respirar de nuevo.
—Sam, estabas roncando.
—Imposible. Yo no ronco.
—Sí, sí roncas.
—¿Y por eso no podías dormir? ¿Yo no te dejo descansar?
—Sí, justo ahora no paras de hablar.
—Oh, vamos, Buck —suspiró Sam, golpeando su pecho con la punta de los dedos de su mano libre—. Habla conmigo.
Por ese tipo de tacto era que Natasha pensaba lo que pensaba, por ese tipo de toques superficiales que parecían rozar su mismísimo corazón era que Bucky se sentía como se sentía. Expuesto. Querido .
—Sólo estoy pensando —gruñó, hundió la cabeza en la almohada y luego la giró para encontrar el par de ojos cafés, curiosos e inseguros.
Extrañamente, Sam no le respondió, permaneció en silencio por algunos minutos sin apartar la mirada o la mano, sus gestos no cambiaron y tampoco las emociones reflejadas en sus pupilas.
—¿Es por lo que dijo Steve? ¿En eso piensas? —cuestionó tentativamente.
—Algo así —admitió con un torpe asentimiento.
—Algo así —repitió Sam, como si lo estuviera diciendo para sí mismo. Se tomó larguísimos segundos para mirar el rostro de Bucky, insistente en la búsqueda de algo hasta que se rindió y volvió a sus ojos—. No tiene que ser un alboroto, Buck, todavía somos tú y yo. Eso es lo que somos, así funcionamos y no tiene que significar algo que no quieras.
Eso es lo que somos.
Es que Bucky ya sabía que no tenía que significar algo especial, que podían seguir siendo amigos, compañeros y confidentes si así lo deseaba; pero había algo críptico en el tono de Sam, en cada palabra a juego con esa mirada. Había algo tan desgarrador como esperanzador desbordando en cada sílaba. Bucky frunció el entrecejo y se movió sobre su costado derecho para mirar mejor a Sam, sus dedos nunca se alejaron de su pecho.
—Tú… ¿piensas que está bien que crean algo así de nosotros? —indagó él, elevando las cejas.
—¿Tú piensas que está mal? —objetó Sam.
—Pienso que no es cierto.
—Bueno, no es cierto el contexto que ellos creen, pero es muy cierto que así se ve la dinámica. Así somos.
Y lo declaró como si fuera un hecho irrefutable, tan innegable como el color del cielo o del océano, la luz del sol o de la luna; lo pronunció como si siempre hubiera estado destinado a ser así, como si ellos siempre hubieran sido esto.
—¿Crees que eso está mal? ¿Piensas que deberíamos parar? —sugirió Sam, fallando en ocultar un ligero titubeo en su voz.
Algo en el pecho de Bucky se encogió y dejó que un frío helado lo recorriera desde el pecho hasta la punta de sus extremidades. Parar . Dejar de mirar y maravillarse por Sam, dejar de tocarlo y de sentir su tacto, dejar de hablar con y de él, dejar de buscarlo y encontrarlo siempre. Mierda, ni siquiera sabía que él hacía todo eso.
—Es que no… Sam, no tenía idea de que había un contexto, de que esto era diferente, de que había algo que parar —confesó con voz estrangulada, respiró hondo y esperó a que Sam dijera algo, lo que fuera que pudiera sacarlo de tan sofocante revelación.
—¿Deberíamos detenernos? —susurró Sam—. ¿Debería dejar de buscarte? ¿Debería dejar de tocarte? ¿Debería dejar de hablar sobre tí? ¿Responder por tí? ¿Debería alejarme cada vez que te acercas? ¿Debería apartar la mirada? ¿Debería…?
No.
—No, no seas estúpido —interrumpió Bucky, moviendo su mano de metal para atrapar los dedos de Sam contra su pecho.
No . Cada sugerencia no lo sacaba de una abrumadora revelación, todo lo contrario, lo hundían en una trágica posibilidad.
Sam parpadeó hacia el pecho cubierto de Bucky y giró su mano para atrapar los dedos de vibranio entre los suyos. Devastadoramente obvio .
—Entonces, dime qué estás pensando —pidió Sam.
Oh, Bucky se moría por transformar cada pensamiento fugaz de su mente en palabras ordenadas que Sam pudiera entender, es sólo que no podía. No sabía cómo decirle que estaba evaluando hasta la más mínima interacción a su lado porque necesitaba saber cuándo comenzó a enamorarse y cuándo dejó de notarlo, cuando empezó a olvidar que Sam era extraordinario y no debió enamorarse de él. Pero no encontraba la forma de expresarlo, y tal vez su rostro ya lo había delatado porque el semblante de Sam se tornó preocupado.
—Por favor, Buck —murmuró, demasiado cerca de su rostro, demasiado lejos de su alcance, demasiado suplicante.
¿Qué se suponía que hiciera sino decirle la verdad?
—No quiero haber llegado aquí por una maldita y estúpida apuesta —admitió bajito, apenas audible, apenas pronunciado. Sam sin duda lo escuchó, las comisuras hundidas de sus labios lo delataban.
—Ahora tú no seas estúpido —dijo suavemente, moviendo el pulgar sobre el dorso de vibranio.
—Sam…
—Yo te quiero, Bucky —interrumpió antes de que pudiera comenzar a quejarse—. Te quería antes de la tonta apuesta, antes de que Steve llegara y antes de que siquiera te dieras cuenta. Quita esa cara, no te diré cuándo, te volverías insoportable.
Bucky sabía que la bromas eran algo esencial en ellos, sobre todo cuando había demasiados sentimientos flotando en su espacio, lo sabía y lo atesoraba; pero justo en ese momento no le resultaron muy útiles, Sam no podía bromear con esto, con él, con ellos, no sobre esto.
—No hagas eso —negó Bucky, deteniendo cualquier movimiento de la mano ajena con un apretón.
Sam miró sus manos, miró la pared detrás de Bucky y finalmente lo miró a él, sonriente y desafiante.
—¿No confías en mí? —acusó más que preguntó.
—Sabes que sí —respondió de inmediato.
—Entonces créeme lo que te digo —soltó en un tono demandante, autoritario, una auténtica orden registrada a nombre del Capitán América—. Me da igual la tonta apuesta, Buck. Yo te quiero y mucho.
Ahí estaba, eso que flotaba entre ellos como una burbuja a punto de reventar, finalmente explotando en un montón de gotitas que refrescaban y aliviaban a Bucky. Oh, nunca hubiera imaginado cuánto quería escuchar aquello, incluso así, sonando como una amenaza sin oportunidad de escape.
—Pero si tu no… está bien —continuó Sam, alzando un hombro rígidamente, como si su cuerpo contradijera sus palabras—. Eso está bien también. Seguiremos haciendo lo mismo hasta que Steve se vaya y entonces cada uno podría hacer lo que sea, en donde sea y como sea.
Cada uno. Por separado.
No.
No, Bucky no quería eso.
Él también quería a Sam, lo quería tanto que ni siquiera se dio cuenta, lo quería tanto que la mera idea de no tenerlo le revolvía el estómago.
Pero si él había sido tan ciego, tan ajeno y tan inconsciente… ¿cómo es que Sam no?
—¿Me prometes que esto no es por lo que dijo Natasha, Steve o Sarah? —consiguió preguntar sin apartar la mirada ni estrangular los dedos ajenos bajo su agarre.
Sam soltó una pequeña risa, bien pudo haber sido sólo una exhalación risueña, bajó la mirada a sus manos y las atrajo hacía su propia pecho, ahí donde la calidez se extendía y se percibía un latido frenético.
—Prometo que te quiero porque así lo siento —declaró, firme y desgarradoramente honesto, con la mirada perforando los ojos azules—. Lo siento cada vez que te acercas y creo que se me saldrá el corazón, cada vez que me tocas y siento tu tacto por días, cada vez que pronuncias mi nombre y no sé como dejar de sonreír por eso, cada vez que ríes y deseo escucharte para siempre. Así te quiero, Buck.
Quizá el latido frenético no era sólo de Sam, tal vez también era suyo, tal vez eran ambos, como si fueran uno solo.
Había un escozor en sus ojos y un enorme bulto en medio de su garganta, una inminente advertencia de que estaba a punto de desmoronarse; no podía hacerlo, no cuando esto era lo que quería, no cuando todavía tenía que responder, no cuando se moría por hablar.
—Yo también —admitió en una exhalación, soltando la mano de Sam para tomar su mandíbula y acariciarla reverentemente. Bucky amaría quedarse ahí para mirarlo y tocarlo toda la vida—. Pero tienes que saber… no me dí cuenta hasta que escuché a Natasha, Steve y Sarah.
Sam sonrió con esa bonita sonrisa que calmaría revueltas con la misma eficiencia con la que apacigua el furioso latido de su corazón, su mano encontró el camino de vuelta a su pecho y lo frotó de arriba a abajo; el tacto parecía quemar a través de la tela y la piel, funcionó como un consuelo y una certeza más que no creía necesitar.
—Oh, entonces tú sí puedes escuchar a los demás, pero yo no —comentó Sam, su tono ligero, juguetón. Aliviado.
—Soy muy torpe —excusó débilmente.
—Demasiado, sí.
—¡No se supone que tu…!
—Te estoy molestando, Buck —rio, subiendo su mano hasta el cuello de Bucky, tamborileó los dedos en el crecimiento de su barba cerca de la línea de la mandíbula—. Estoy esperando que me beses.
Oh, sí. Pero…
—¿No te importa que haya necesitado de este espectáculo para darme cuenta de cómo te quiero?
Cómo . Porque Bucky nunca tendría la capacidad de entender cuánto, sería imposible calcularlo. Pero cómo, eso es algo que sí puede entender, sin importarle que haya necesitado ayuda para verlo.
—Ni un poco —negó Sam, sonriente y despreocupado—. Habría esperado hasta que lo descubrieras.
—¿En serio? —balbuceó Bucky, indeciso sobre sentirse agradecido o avergonzado.
—Mmm —asintió—. En realidad, esperaba que te dieras cuenta después de esta tonta apuesta.
Porque claro, las bromas seguían siendo suyas.
—Voy a besarte, Sam —advirtió antes de mover la mano de vibranio hasta la nuca de Sam y atraerlo para un beso.
Ah .
No fue escandaloso ni desastroso, sólo sus labios unidos, deslizándose unos sobre otros en una lenta y deliciosa caricia, como si fuera un reencuentro y no una presentación. Oh, pudo haber tenido esto hace mucho.
—De verdad te quiero —se encontró diciendo al separarse de los labios de Sam. Y ver su sonrisa rebosante de cariño, mierda, Bucky quería besarlo para siempre.
—Y yo a ti —respondió Sam, cálido, cariñoso y cerca, tan, tan cerca.
Por fin.
Bucky volvió a inclinarse para encontrar sus labios. Esta vez los saboreó tanto como quiso, pasando la lengua sobre ellos y pidiendo permiso para socavar todo a su alcance. Oh, Sam soltaba murmullos y sonidos deliciosos, completamente debilitantes; Bucky no se detendría hasta escuchar todos y cada uno de los sonidos que Sam era capaz de hacer con sus besos.
¿Serían los mismo si Bucky se atreviera a bajar su mano más allá de su pecho?
Los labios de Bucky se apartaron y besaron un corto camino desde la barbilla hasta su cuello, absorbiendo y memorizando cada exhalación y jadeo del otro hombre. La mano de Sam se hundió en su cabello y dejó de pensar brevemente, sólo hasta que Sam volvió a hablar.
—Entonces, ¿todavía me darás el dinero de Steve? —jadeó.
Bucky parpadeó y se irguió lo suficiente para atrapar el rostro divertido de Sam.
—Te odio —masculló antes de volver a hundir su rostro en el cuello ajeno. Pudo sentir las vibraciones de su risa contra su frente y fue absolutamente dulce.
—Claro que no —rio Sam, besando alguna parte de su cabeza con una sonrisa.
—No —admitió en un susurro, acercándose a Sam, imposiblemente más cerca.
Obviamente no.
