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Segunda oportunidad
1948
La añoranza de algunos es la desgracia de otros.
La vida tomó dos perspectivas completamente diferentes para ella. Por un lado, se quedó estancada a sus dieciocho años, con un trauma y dolor que era incapaz de abandonarla. Y, por otra parte, tuvo la eternidad a sus pies.
Hay muchas cosas que Carlisle no le explicó sobre la transformación, o quizá solo las ignoraba o desconocía. Su etapa neófita fue la más complicada y tortuosa que vivió, el picor en su garganta y la incesante sed abrumó cada uno de sus sentidos. Su fuerza de voluntad era mayor, así que se jactó de sobrevivir ese caos sin probar la sangre humana.
La motivación egoísta de incluirla en la familia Cullen la molestó por años, y que Edward la despreciara, solo aumentó su disgusto. Sin embargo, conocer a Emmett fue el viento cálido que necesitó para encaminar su vida otra vez y cubrir con amor esa mancha que la orilló a la muerte.
—Hey, Rose, ¿quieres volver a intentarlo? —Levantó la mirada del río para enfocarla en el fornido hombre a su lado. Sonrió abiertamente antes de seguirlo.
—Esta vez te ganaré —prometió, preparándose para la carrera. El castaño arqueó una ceja, sonriendo con picardía.
—Veremos.
Si pudiera categorizar su reciente inmortalidad en dos palabras, diría que es caóticamente feliz desde que rescató a Emmett, hace trece años. La impotencia, desesperación y picazón siguen ahí, sin embargo, quedan en segundo plazo después de conocerlo. Recorrer más de cien kilómetros con su cuerpo herido y bañado en sangre fue la prueba más dura que vivió. Fue también la confirmación de que podía volver a amar.
Aún hay cosas que extraña de su humanidad. A diferencia de su familia adoptiva, ella no pudo abrazar su nueva vida de buena gana cuando tuvo un final tan desgarrador.
Frunce los labios con molestia. Los recuerdos la persiguen en el silencio, en la espesura de la noche.
Extraña dormir. La calidez del fuego. Los rayos del sol besando su nívea piel.
Pero, también añora aquello de lo cual es privada.
Rosalie tenía aspiraciones sencillas para su edad: una familia. Tan simple como eso. Por ello, tenía celos de su antigua amiga, Vera. Y de ese bebé tan regordete que cargaba con una sonrisa.
Desea volver a soñar. Tener esa oportunidad de apagarse por unos minutos u horas y perderse en esa fantasía que podría hacerse realidad algún día.
También la despojaron de sus ideales, del futuro y esa maternidad que esperaba pacientemente. Aunque nunca se lo ha dicho directamente a su pareja, desea formar una familia, tener un bebé, verlo crecer y envejecer. La eternidad le parecía un castigo que le robó todas sus aspiraciones.
—¿Rose? —Vuelve a sonreír cuando es llamada, puede ver la preocupación en el rostro de Emmett, así que trata de ser más sincera—. ¿Quieres volver?
—Puedes adelantarte —ofrece con suavidad, ocultando sus sentimientos otra vez—. Quiero estar aquí un poco más.
—¿Quieres compañía? Ya terminé de cazar y puedo esperar en silencio si lo deseas —La rubia negó. Adoraba la presencia de su esposo, no obstante, necesitaba esos minutos en soledad para dejar escapar sentimientos sin preocupar a nadie.
—Vuelve a casa, probablemente Edward te espera para jugar con sus autos —insistió, aunque el muchacho no estaba seguro, cedió a la petición. Complacer a su esposa se volvió su actividad favorita, si quería estar sola, le daría todo el espacio que necesitaba.
—Te veré esta noche, Rose. No olvides nuestra cita, ¿de acuerdo? —se despidió, dejando un sonoro beso en su mejilla. En otra época, en otro tiempo, quizá en otras condiciones… Ah, esa familia fallida dolía ante cada inocente acción.
Contempló su ancha espalda perderse en la espesura del bosque, devolvió la mirada al agua antes de emprender su camino río abajo.
En su vida humana, Rosalie no solía apreciar la naturaleza. Sin embargo, por su nuevo estatus, se vio forzada a aprender más de lo que desearía.
¿Qué hacer cuando no puedes descansar, cerrar los ojos y perderte en la inconsciencia? Jamás pensó que extrañaría tanto dormir y soñar. Ahora lo hace despierta y sin verdaderas razones, así que de vez en cuando, se perdía sola en los bosques, esperando que la oscuridad de la noche la devoraran igual que en sus infantiles pesadillas.
Los panoramas verdes también la devolvían a un cálido momento donde conoció a Emmett bañado en sangre. Por sí mismo, el recuerdo era desagradable, pero saber que pudo salvarlo y ahora comparte la eternidad con él, vuelve esa percepción más cálida y amable. Entiende el dilema en el cual estuvo Carlisle cuando decidió convertirla. Nadie desea que otra persona pase por ese infierno, no obstante, no se arrepiente de esa egoísta decisión.
Estaba tan perdida en sus pensamientos, que el camino a casa se ha desdibujado ante cada paso. Sabe que eventualmente volverá. Siempre lo hace, pero la incertidumbre es un sentimiento que se atreve a abrazar y disfrutar… hasta que lo escucha. Es un suave quejido transportado por el viento. No es cualquier sonido. Ahora es su instinto quien guía sus pasos, primero con duda y después con determinación.
Era invierno, no debería de haber campistas o familias por las montañas. Quizá ella ya no sea capaz de sentir el frío, pero sabe el daño que puede causar.
Y posteriormente, el olor. Los pasos ligeros se convirtieron en una carrera contra reloj. La sangre humana inundó sus fosas nasales, forzándola a perder momentáneamente el juicio. Ni siquiera se detuvo a pensar en el camino carmesí cuando llegó a la escena del crimen.
—Dijiste que no había vampiros por aquí. —La queja emergió de una mujer pelirroja que la venía con desdén, ni siquiera se molestó en limpiar el hilito de sangre que chorreaba por su barbilla. Rosalie bajó los ojos, encontrándose con el cuerpo sin vida de un hombre.
—Tranquila, Victoria, ya no hay presa que pueda arrebatarnos —restó importancia el vampiro rubio a su izquierda—. Aunque podemos jugar con ella —replicó, acercándose peligrosamente. Entonces lo vio en sus ojos rojos. Eran vampiros que consumían sangre humana. Rosalie se recriminó por no reconocer sus olores y centrarse tanto en el líquido carmesí. No, ella no estaba ahí por la sangre.
—Está casada, James —replicó la pelirroja, señalando su dedo mientras se levantaba—. Tenemos que irnos, no parece nómada y no quiero meterme en una pelear territorial.
—Solo el postre, querida. —El llanto se volvió más intenso y Rosalie reconoció su origen. La pareja de vampiros atacó una familia humana que acampaba, por la cantidad de sangre y cuerpos dispersos, era una muy numerosa y variada. Entre la nieve, escondido bajo un cálido abrigo, se encontraba un bebé muy despierto y desesperado—. Si nos disculpas, señorita —murmuró James con una sórdida sonrisa—. Terminaremos con el niño y nos iremos.
—No. —Fue la primera vez que se atrevió a hablar ante los desconocidos. Rápidamente, se interpuso en el camino de ambos—. El bebé se queda.
—Una vampira vegetariana contra dos vampiros recién alimentados, ¿a favor de quién están las estadísticas? —Rosalie se dio el lujo de sonreír, ladeando ligeramente su cabeza, manteniendo una apariencia segura, aunque sabía que tenía todo en contra. No tenía la fuerza de Emmett o la velocidad de Edward. El llanto del bebé se intensificó: una mezcla de frío, hambre y desesperación por la ausencia de sus padres.
Y comprendió que ella tenía su propia fuerza: la voluntad de querer proteger a otros.
No dudó ni un instante en luchar contra ambos vampiros, procurando mantenerlos lo suficientemente alejados del infante que se deshacía en gritos de socorro.
Tal vez podría llevarlo a casa y convencer a los Cullen de adoptarlo. Si ellos no cedían, entonces ella se haría cargo sola del bebé. Sabía que Emmett no dudaría en adoptarlo y acompañarla mientras lo educan y lo ven crecer. Le daría esa familia que le arrebataron a ambos. Y también lo vería envejecer.
Tendría su segunda oportunidad.
Una renovada determinación la invadió, aunque los estilos de pelea eran diferentes, logró seguirles el paso.
—No tocarán ni un cabello de este bebé —juró, manteniéndose a la defensiva.
—Ya me cansé de jugar, James —habló la pelirroja, con una jocosa sonrisa.
—Un poco más, Victoria. Ella se descuidará —Rosalie entrecerró los ojos, esforzándose por leer su siguiente movimiento. Era obvio que no podría vencerlos. Calculó la distancia que tendría que saltar y el camino más rápido. Debía asegurarse de abrigar lo suficiente al bebé para poder escapar. Usó la mínima distracción, se centró en su escape, tomó al infante y corrió. Los pasos detrás de ella se escuchaban cada vez más cerca—. ¡Que escapes solo lo hace más emocionante! —Escuchó el grito lleno de emoción del vampiro.
—Tranquilo, cariño —murmuró al bulto en sus brazos—. Pronto tendrás una nueva familia y un cálido hogar —prometió, aferrándose más a él.
—¿Estás segura? —Frenó su paso al encontrarse de frente con la mujer pelirroja, retrocedió al sentir un ligero empujón—. Buen viaje, vegetariana —deseó Victoria antes de hacerse a un lado y volver sobre sus pasos. Rosalie se quedó sorprendida, parpadeó un par de veces hasta que el llanto del niño la devolvió a la realidad.
—Hay que irnos antes de que se arrepientan —explicó, acariciando su carita rosa. El llanto se intensificó aún más. Lo envolvió nuevamente entre su cobija—. Esto no es suficiente —se quitó el abrigo para rodear la diminuta figura, cuidó que pudiera respirar sin poner en riesgo su salud por el frío—. Carlisle podrá revisarte cuando lleguemos —prometió. El camino fue mucho más rápido. Esta vez no se dio el lujo de divagar y centró tanto su atención en su entorno, que no notó la mancha de sangre que se hacía cada vez más intensa.
La luna brillaba sobre el firmamento cuando llegó a la residencia de los Cullen con una amplia sonrisa.
¡Lo había logrado!
—Rosalie, ¿qué ha sucedido? —Fue recibida rápidamente por Carlisle, Esme estaba detrás de él, junta a ella, se encontraban Edward y Emmett. Le sonrió más abiertamente a su esposo.
«¡Somos padres!» pensó emocionada, ignorando la mueca en los labios de su hermano adoptivo.
—Rosalie —repitió Carlisle con paciencia, lentamente se acercó a ella—, ¿por qué tienes el cadáver de un bebé en brazos? —parpadeó incrédula ante las suaves palabras.
—¿Qué? —Eso era imposible. Definitivamente, Carlisle debe de estar en un error, quizá no escucha el latido de su corazón por la cantidad de prendas. O su respiración era tan tranquila porque estaba dormido. A mitad de viaje dejó de escuchar su llanto, dedujo que fue por cansancio—. No, no —repitió, retirando lentamente su abrigo.
—Rose, hija —Esme llegó a su lado, ofreciéndole un consuelo.
—No entienden —murmuró—. Él estaba vivo. Lo escuché llorar, vi el color en su piel, él…
—Está muerto, Rosalie —aseveró Edward, tajante.
Emmett le dedicó una mirada asesina a su hermano antes de envolver los brazos alrededor de su esposa, Carlisle y Esme le quitaron suavemente el cuerpo sin vida que con tanto añico protegió.
Rosalie extrañaba dormir, soñar, procrear, pero, sobre todo, poder llorar. Porque el dolor que desgarró su cuerpo inmortal no tuvo mayor manifestación que gritos atroces y un dolor emocional que la desconectó de la realidad. Se aferró al abrazo de Emmett mientras sus padres adoptivos se llevaban su segunda oportunidad, una que yacía inerte y sin vida: como sus sueños y esperanzas por tocar brevemente su humanidad perdida.
Cuando eres despojado de todo, ¿qué razón queda para continuar?
Rosalie deseaba saberlo, necesitaba hacerlo para no ir tras ese par de vampiros que solo desaparecieron cuando se aseguraron de destruir su último sueño.
—Lo siento, Rose. Siento no ser la familia que deseabas. —Aquellas palabras la devolvieron a la realidad. Emmett la abrazaba con fuerza, como si tratara de unir cada pedazo roto en ella sin saber que él se volvió el pegamento y artista que la reformó. Se permitió ser consolada, ya habría tiempo para disfrutar de su segunda vida con la persona que ama y crear su propia familia a su manera.
