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Hoja en blanco

Summary:

Mary Ann se detuvo un momento para admirar ese mundo maravilloso de cuchillos, fogones y sabores al que pertenecía y en el cual quería permanecer el resto de sus días.

Notes:

Work Text:

Sylvia, como de costumbre, hacía un escándalo mientras se preparaba para iniciar el día. Mary Ann protestó y remoloneó entre las sábanas un momento más. El día no había despuntado, el aire frio cosquilleaba su nariz y las sábanas eran cálidas e invitantes. Pocas razones tenía para querer iniciar otro día de trabajo demoledor.

Por un breve momento, la muchacha quiso sucumbir a la tentación; justo entonces recordó que hacía un par de meses se le había otorgado el título de primera moza de cocina tras la partida de Martha y, entre sus nuevas responsabilidades, estaba supervisar el desayuno de los criados. ¡No podía decepcionar a la señora Avis Crocombe!

La muchacha ahuyentó el sueño de su cara con la vigorosa fricción de agua fría y jabón carbólico. Mientras atendía su peinado con la ayuda del minúsculo espejo que compartía con Sylvia, la otra moza y la joven despensera, Annie Chase. Mientras reunía su cabello bajo la cofia, recordó a su compañera, quien tanto le había enseñado. Martha había tenido que retirarse del servicio para atender a su madre quien había quedado desamparada tras la muerte de su marido—En Gloria esté. 

Mary Ann musitó una plegaria de gratitud mientras bajaba las escaleras desde la buhardilla en la que las criadas de cocina pernoctaba. Su gratitud se extendió al hecho de no tener que dormir más en los sotanillos junto a la caja de hielo; ahí dormía ahora Mary Colton, la fámula. La buhardilla sería fría, pero la cama era cómoda. 

—Hablando del diablo.—Mary Ann musitó viendo que Mary ya había terminado de fregar los pisos y se apuraba a enecender los fogones.

La puerta se abrió súbitamente y Annie Chase casi arruinó el trabajo de Mary con sus zapatos salpicados de barro. La canasta en su brazo se balanceó precariamente y ,con el corazón trémulo, Mary Ann temió que tendrían que apurarse para limpiar cascarones y huevos de las paredes, pero Annie recuperó el equilibrio justo a tiempo. Mientras Annie cambiaba sus zapatillas, Sylvia recuperó la canasta. Era su trabajo seleccionar las cuatro piezas más grandes para la mesa principal. Los huevos duros para el desayuno de Lady Braybrooke debían hervirse exactamente dos minutos y los de Lord Braybrooke, tres. Ni un minuto más. 

Mientras tanto, Mary Ann recuperó un perol de cobre—limpio como una patena—y lo colocó en el fogón. Mary seguía alimentando carbón al fuego cuando Anny le trajo la colodra, previamente desnatada por Fanny. La hataca se sumergió en el líquido cinco veces, como era costumbre, y la leche siseó al entrar en contacto con el metal caliente. En la leche burbujeante, Mary Ann mezcló una pizca de sal, otra de nuez moscabada y media taza de azúcar, como lo había estado haciendo los últimos meses.

El potaje burbujeaba de manera más que satisfactoria; Mary Ann tenía algunos minutos y los aprovechó para correr a la alacena. En la parte más fresca la esperaba el platón de conejo frío de la noche anterior y, en un cuévano, las últimas patatas de la cosecha pasada. Seleccionó dos a las que poco les faltaba para ir a la pila de los cerdos; no serían bonitas, pero eran comestibles y, trozadas en un buen guiso, nadie notaría la diferencia. Como la señora Crocombe solía decir, una buena cocinera desconoce el desperdicio. 

Sylvia ya estaba ocupada rebanando pan para las tostadas de Lord y Lady Braybroke cuando regresó a la cocina. El afilado cuchillo en sus manos subía y bajaba con regularidad, el sonido de la hoja al golpear la madera era casi tan reconfortante como los susurros de la señora Cocombre y la señora Warwick discutiendo el menú—o, con más precisión, Mary Ann se rehusaba a creer que el chismorreo era el motivo—en el pasillo. Mary Ann atendió el potage antes de tomar una tabla para picar y un corvillo de la alacena seca.

—Si ya terminaste,—Mary Ann dijo en voz baja para no alertar a su ama,—¿podrías traerme una medida de consomé?

—Por supuesto. 

Mary Ann sonrió cuando Sylvia no preguntó si lo quería clarificado. Ambas estaban conscientes de que el desayuno de los criados era primero, ya atenderían la comida de la mesa principal cuando la señora Crocombe tomara posesión de su reino. Con la prisa de quien sabe que la hora casi llega, Mary Ann picó las patatas en trozos más pequeños de los que le gustarían a la cocinera principal, pero era importante que se quedaran cocidas sin desmoronar las piezas de conejo. 

—Mantequilla.—Anunció Annie antes de acercarse a la mesa con la tarrina para recuperar las migajas del trabajo de Sylvia.—Cortesía de Fanny. También dijo que nos guardaría mazada y que la llevaría a nuestra habitación esta noche.

—Muy bien.—Mary Ann recuperó sus patatas en un lebrillo.—Puedes lavar los utensilios.

Si alguien le preguntaba a Mary Ann, diría que la mazada era milagro del cielo; nada aliviaba mejor unas manos cansadas de estrujar, cortar y lidiar con ollas calientes que un buen masaje con mazada. Un sartén encontró una hornilla y el aceite, la sartén. Mary Ann no tenía que pensar siquiera en la receta, el jigote de conejo era un plato frecuente en la cocina. Su mano buscó la sal y la pimienta en la mesa auxiliar y ambas cayeron como lluvia sobre las patatas que se reblandecían y espesaban el caldo

La puerta que dividía la casa y la cocina se abrió. La señora Crocombe barrió la mirada sobre su cocina. Por la manera en la que frotaba sus manos sobre el delantal, Mary Ann suponía que aprobaba el ajetreo. Mary Ann hizo una pequeña reverencia cuando la cocinera se acercó a la olla y sumergió una cucharita en el caldo. 

La trepidación que recorrió la cocina era palpable. Todas esperaban el murmullo aprobatorio que siempre acompañaba tales catas, pero no llegó.

—Mary Ann, ven a mi despacho, por favor. 

Mary Ann sintió que el corazón se le caía al piso. La señora Crocombre, sin otra palabra, les dio la espalda y caminó hacia su despacho. Si Mary Ann hubiera tenido la cabeza clara, hubiera notado que la cadencia de sus tacones sobre la madera anunciaba algo siniestro, pero solo atinó a mirar hacia Sylvia para que se encargara del guiso antes de seguir a su ama. 

El despacho estaba helado; los hornos aún no habían tenido tiempo de calentar la piececilla. La señora Crocombe terminó de ajustar su chal sobre sus hombros antes de sentarse ante el escritorio. Mary Ann, con piernas de potrillo recién parido hizo una pequeña reverencia y esperó a que le dirigieran la palabra. 

—Mary Ann, justo ahora estaba hablando con la señora Warwick.-La señora Crocombe empezó, ajustando sus gafas.—Lady Mallinger fue tan amable de hacerle saber que su hija Cinthia planea contraer nupcias la próxima primavera. Este evento, feliz como es, implica un reacomodo de sus asuntos domésticos. Entre ellos, planear quién tomará las riendas de la cocina de la nueva esposa. Me preguntó si podía dar noticias felices sobre ti.

Esas palabras fueron suficiente para que una sarta de quimeras poblara su cabeza, pero las siguientes acabaron con sus ilusiones.

—Le dije que no era posible que te considerara para tal puesto. 

—Sí, señora Crocombe.

El tono de su voz hizo que Avis Crocombe alzara sus cejas con alarma. La mano de la señora Crocombe tomó la de Mary Ann y la atrajo hacia la silla disponible. Aún aturdida por la noticia, Mary Ann presentó poca resistencia. 

—Mary Ann, lamento que esta oportunidad se haya presentado ahora. 

—Sí, señora Crocombe.

—Has crecido mucho. Tus sopas y tus guisos son excepcionales, aunque quizá un poco sobrados de sal. No tengo sino palabras de alabanza por tu cuidado al preparar vegetales.

Mary Ann solo pudo asentir.

—Creo que aún necesitas aprender diferentes tipos de pasteles y tartas. Además nunca hace daño practicar las habilidades básicas…

Mary Ann hizo lo posible por contener un sollozo.

Avis Crocombe notó que su discurso tenía poco efecto. Su mano abandonó a la muchacha y asió el tirador de un cajón. Con cuidado, sacó un cuadernillo encuadernado con marroquín marrón y se lo ofreció a la muchacha.

—Ya vendrá otra oportunidad y será mejor.—la señora Crocombe prometió cuando Mary Ann extendió su mano.—Aprovecha el tiempo. Escribe tus recetas, toma notas. Recuerda que vendrá otra oportunidad.

Mary Ann cerró sus dedos. El tacto del cuadernillo hizo recorrer un escalofrío por su espalda. Sus ojos, casi sin su voluntad, se dirigieron al escritorio. El libro de recetas de la señora Crocombe descansaba abierto entre otros papeles. Sobresaltada, Mary Ann buscó la mirada de la cocinera quien la miraba con ternura. Avis Crocombe creía que estaba lista para entrenar como ama de cocina.

—Ahora, Mary Ann,—Avis Crocombe dijo con su tono habitual,—es hora de atender ese jigote.

—Sí, señora Crocombe.-Mary Ann se levantó con un salto. Sin pensarlo abrazó el cuadernillo.—Gracias, señora Crocombe.

El gozo de tener su propio libro de recetas casi resarció la decepción de no conseguir su propia cocina. Mary Ann se detuvo un momento para guardar su cuaderno y admirar ese mundo maravilloso de cuchillos, fogones y sabores al que pertenecía y en el cual quería permanecer el resto de sus días.