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Lost

Summary:

Heiji estaba convencido de que su plan para confesarle a Kazuha sus sentimientos era infalible. Sin embargo, su temperamento lo había traicionado, forzándolo a jugar una carrera contra el tiempo para encontrarla sana y salva, dentro de la espesura del bosque, antes de que anocheciera.

Notes:

¡Por fin pude terminar esta historia!
La empecé a escribir para la HeiZuha Week 2024 y estábamos en el medio de los capítulos de la consolidación de la pareja y no me aguantaba más pero las responsabilidades de la vida recién me dejan publicarla.
Espero que la disfruten tanto como yo disfrute escribirla.

Work Text:

¿Por qué siempre le pasaba lo mismo? ¿Por qué no podía mantener su bocota cerrada? Se había preparado demasiado para esa noche como para que una estúpida pelea lo arruinara. Por la mañana, antes de salir, había hablado con él mismo frente al espejo del baño. Se había repetido que respirara hondo antes de permitirse cualquier tipo de explosión verbal que pudiera poner en peligro lo que tanto había preparado y no había servido. Al primer comentario provocador que ella le había hecho, estalló.

Heiji se refregó la cara frustrado.

Para ser una tarde otoñal el clima era sumamente agradable. Les había tocado un buen día para caminar hasta el templo en la cima del monte. Los rayos cálidos del sol habían contenido a las brisas de viento que auguraban un invierno frío y los extensos colchones de hojas secas en el suelo les habían suavizado el paso. Sin embargo, en el horizonte el anaranjado y el violáceo del firmamento se asomaban próximos a colisionar, advirtiendo el inminente fin de la tarde, y él seguía sin encontrar a Kazuha. Al principio lo había puesto nervioso no poder cumplir con el cronograma que había planeado; aunque eso podía tener más que ver (aunque jamás lo admitiría) con el desvío de la mañana, que con que Kazuha hubiera salido corriendo. Aún así, ya había pasado demasiado tiempo desde la última vez que la había visto y no podía darse el lujo de que anocheciera antes de hallarla.

—¡Kazuha! —gritó como por enésima vez con sus manos alrededor de la boca para amplificar el sonido.

Él no tenía la culpa de que las personas decidieran cometer delitos cerca de donde estaba. Además, no había sido algo que le había llevado mucho tiempo de por sí, un simple ladrón de billeteras. ¿Cuánto se había atrasado? ¿Una hora, cuarenta minutos? Y se lo había recompensado. La había llevado a almorzar a ese puesto de takoyaki que tanto le había insistido que quería conocer y había pagado él por la comida de ambos. Solo le había pedido que se apurara un poquito, que animara el paso, que le pusiera un poco más de ahínco a la caminata, que no sea tan floja, que no se quejara, que con todo su entrenamiento cómo iba a estar cansada de subir esa pequeña cuesta, que se iban a perder (eso que no quería decirle qué era) porque era una perezosa. Heiji estaba seguro de que una vez que llegaran a la cima, se sentaran sobre la manta a mirar al cielo y admirar las estrellas, esa tonta entendería todo y hasta se avergonzaría de su actitud pero tenía que hallarla para que eso sucediera.

—Maldición, Kazuha —masculló mientras llevaba el cierre de la campera hasta el tope. Poco a poco el viento clamaba terreno sobre el dominio cálido del sol.

Volvió a intentar con el celular. No sabía cuántas veces había insistido ya pero no se daba por vencido, aun consciente de que cuanto más se adentrara en el bosque iba a tener menos posibilidad de captar señal. Elevó la mano con el teléfono y vió el omamori balancear debajo. Kazuha siempre decía que mientras lo tuviera con él nada malo iba a pasarle y se ponía como loca cuando no lo llevaba encima. En medio de la desesperación de no encontrarla Heiji se animó a preguntarse para sí mismo (nunca lo haría en voz alta) si Kazuha también tenía el suyo y si también la protegería por lo menos hasta que él llegara.

—Arghh, idiota —rezongo revolviéndose el pelo.

Pensar así solo logró que se ofuscara aún más con él. Jamás dejaría la seguridad de Kazuha en manos de un amuleto. La única forma en la que conseguiría estar tranquilo era teniéndola a su lado. Ningún pensamiento mágico podría imponerse a una prueba concreta.

El sendero principal había quedado demasiado lejos. No estaba seguro de poder encontrar el camino de vuelta si oscurecía por completo y la iluminación tenue que todavía resistía en el cielo le advertía que pronto tendría que recurrir a la linterna. Heiji continuó la marcha en la dirección que creyó indicada porque hacía tiempo había perdido el aparente rastro de Kazuha. Los árboles en esa zona estaban cada vez más hermanados y la mayoría de las raíces recorrían el terreno más por fuera que dentro de la tierra. Muchas, además, estaban invisibilizadas por la hojarasca sumando peligrosidad al terreno. Pisó con cuidado de no caer suprimiendo la urgencia de correr porque no podía darse el lujo de romperse el pie ni antes ni después de hallarla. No sabía cómo pero esa noche lograría todo lo que se había propuesto. Llegarían al refugio en la cima, se sentarían en el jardín trasero florecido de higanbanas para admirar el cielo estrellado y luego le diría lo que hacía tanto soñaba decir. 

Tuvo suerte de escuchar la conversación telefónica de su madre. Darse por vencido no era propio de él pero ya le dolía la cabeza de tanto pensar un lugar hermoso que fuera digno de Kazuha y no conformarse con nada. Al oír a Shizuka describir con tanto cariño y nostalgia ese lugar, ajeno, no solo para los que no eran nativos de Osaka sino también para la juventud (algo así como un oasis de memorias románticas de los adultos) supo que era el lugar indicado. Y se preguntó si alguna vez su imperturbable padre había llevado a su madre de la mano por ese mismo sendero. Esta vez no había llamado a Kudo para contarle lo que pretendía o para pedir apoyo o consejo. Esta vez estaba solo con sus sentimientos y confiaría en su determinación para lograr su objetivo. Si tan solo pudiera encontrarla.

Un sonido ajeno a los graznidos de los pájaros, a las hojas quebradas por sus pisadas llamó su atención. Era débil, agudo y algo rasposo. Lo siguió sin estar convencido de que se tratara de ella pero deseándolo con todas sus fuerzas. En caso de que no fuera por lo menos curaría su curiosidad pero muy en el fondo sabía de quién nacía el sonido. Por eso no se sorprendió cuando salió por entre medio de dos árboles y la vio, por fin, sentada de espaldas a él. Recién ahí fue consciente de lo fuerte y rápido que había estado martillando su corazón y como verla sana y salva lo había hecho recuperar su latido normal. Consiguió respirar hondo antes de gritar todo lo que quería gritarle, lo mucho que lo había hecho preocuparse porque no quería que se arruinara todo otra vez. En cambio, se acercó a ella guardando silencio. 

Los hombros de Kazuha subían y bajaban lentamente y el sonido que lo había llamado se reveló como un sollozo. La boca del estómago se le anudó. Como odiaba escucharla llorar. Kazuha tenía ambas manos apretadas a los costados del cuerpo y su cabello libre de la prisión del listón que siempre lo mantenía en alto. La poca luz que le quedaba al día se congregaba en ella formando sombras tenues, pintándola con un aire angelical.  

Crac . Una rama se quebró bajo la pisada de Heiji. Al igual que él había sabido de quien nacía el sollozo, ella sabía que era él quien se acercaba. Kazuha se pasó rápido el revés de la mano izquierda por el rostro y usando el árbol a su lado como sostén, aún dándole la espalda, intentó ponerse de pie.

 —Espera, Kazuha —exclamó al verla cargar todo el peso de su cuerpo sobre el lado derecho y apretó el paso para alcanzarla.

Kazuha se giró al escucharlo. No fue algo que eligiera, de hecho estaba decidida a no dejar que la viera aún. Lo último que quería era darle la satisfacción de que comprobara que lo había necesitado aún más de lo que ya imaginaba pero no lo pudo evitar. Esa voz diciendo su nombre era como un hechizo que la obligaba a responder.

Los brazos de Heiji se cerraron alrededor de su cintura antes de que cayera por segunda vez consecutiva en el día y un calor que le nació en la boca del estómago se empezó a propagar por todo su cuerpo. Consiguió esconder la mirada antes de que él encontrara algo completamente diferente a lo que había querido ocultar segundos antes. Ya no se trataba de sus lágrimas de impotencia por no haber podido hallar el regreso al sendero o a él, ni de ocultar el dolor de su pie torcido. Sus mejillas ardían al sentir tan cerca el cuerpo de su amigo de la infancia.  

—¿Estás bien? —preguntó Heiji haciendo todo el esfuerzo posible para ocultar el temblor en su voz.

Nunca antes había sido un problema sentir el cuerpo de Kazuha pegado al suyo. Llevarla en la motocicleta era algo de todos los días así que estaba acostumbrado al roce de ella contra su espalda, o a sus brazos alrededor aferrándose. Sin embargo, en ese instante, estando solos los dos en el bosque con el atardecer como único testigo, sabiendo que el propósito de la travesía era confesarle todo lo que tenía guardado en su corazón, su cuerpo hervía. Y aunque se moría de ganas de verla a la cara y que sus ojos le terminaran de asegurar que estaba bien, agradeció que Kazuha hubiera decidido clavar la mirada en el suelo, lejos de la suya, ya que por lo menos le daría un momento para recomponerse. 

—Ss..sii —pudo articular su amiga después de un breve silencio que se sintió eterno. Kazuha no estaba segura de haberlo pronunciado o si simplemente había movido la cabeza. Su respiración agitada y el palpitar de su corazón la tenían aturdida, y se sentía mortificada porque estaba segura de que Heiji los escuchaba tan fuerte como resonaban dentro de ella.

—No necesitás hacerte la fuerte, ahou — dijo con un tono amable mientras apoyaba el cuerpo de Kazuha con delicadeza contra el tronco —Dejame ver…

La herida de su amiga no había pasado desapercibido ante la aguda mirada del gran detective del oeste. No solo porque instintivamente Kazuha tiraba el peso de su cuerpo hacia la derecha, sino porque la cinta que usaba para atarse el cabello vendaba su tobillo. También, la había sentido estremecerse entre sus brazos cuando, al intentar buscar equilibrio dentro de la comprometedora posición en la que se encontraban, había apoyado sin darse cuenta el pie incorrecto.

—No es nada, Heiji —balbuceó Kazuha tratando de sacarle importancia a su torcedura aunque sabía que sería un problema para continuar. Al recordar que había arruinado la misteriosa sorpresa que Heiji tenía para ella sus ojos volvieron a humedecerse pero rápido apretó los puños contra el tronco para impedir que saliera alguna lágrima. 

Un leve escalofrío le recorrió la espalda al sentir la delicadeza con la que Heiji le quitó la zapatilla, prestando mucha atención de no moverle el tobillo y causarle dolor. Después, la tomó de la pantorrilla para inmovilizarla y con la otra mano removió la venda con sumo cuidado. Kazuha respiró hondo al sentir las frías manos de él sobre su piel.  

—Kazuha, tenés que decirme si te duele ¿entendido? —ordenó severo sabiendo que ella era capaz de morderse la lengua con tal de no mostrarse débil. “Maldita orgullosa,” pensó dibujando una sonrisa para sí mismo.  

—Mmhhh — respondió elevando la mirada hasta la copa de los árboles. 

Heiji movió un poco su tobillo hacia varios lados para comprobar la movilidad y el tipo de herida. Como prometió, Kazuha no calló la molestia que le estaba causando, y aunque fue una queja leve, él se dio por satisfecho.

—Es una torcedura —afirmó mientras terminaba de volver a vendarle el pie con una venda apropiada que había encontrado en el fondo de su mochila —. Nos vendría bien un poco de hielo para la hinchazón pero lo más frío que tengo es el termo con té helado aunque técnicamente el exterior del termo no debería estar frío como el té pero tal vez pueda rescatar algún hielo, si es que no se derritieron. 

Así como si nada, toda la tensión extraña e incómoda que habían sentido al estar tan cerca del otro se había disipado y habían vuelto a ser los mismos de siempre. Por fin los ojos de ambos se encontraron y Kazuha no pudo evitar preguntarse si siempre habían brillado tanto como lo estaba haciendo en ese momento, o si era culpa de la falta de luz. La expresión de Heiji la conmovió. Ella era capaz de ver detrás de todas sus barreras y muy en el fondo veía la preocupación que le había causado al perderse en el bosque. Aún así, a diferencia de otras veces, donde explotaba y todo volvía a terminar en peleas, esta vez había elegido hablar, y Kazuha no pudo evitar pensar que debía haber un secreto que no conseguía descifrar. Heiji le ocultaba algo. Su corazón volvió a latir con fuerza al imaginar el objetivo de este paseo y aunque ya muchas veces había decidido no ilusionarse, viendo cómo la miraba, era imposible cerrarse a esa posibilidad.

—¡Tomá! No tiene olor a pata. 

La mano extendida de Heiji le ofrecía de regreso el listón de cabello que había estado atado a su tobillo. Su nariz fruncida era una prueba irrefutable de que lo había olido antes de devolverlo. 

—¡Claro que no! Sí me bañé antes de salir —contestó alterada, arrancándole la cinta de la mano y llevando su mirada ofendida hacia el costado. El color rosado volvió a capturar sus mejillas al ser consciente de su respuesta —¡HEIJI! 

—¡Ey! No es para tanto. Fue solo una observación —y más un intento de sugerencia para que se vuelva a arreglar el cabello. Kazuha era hermosa no importaba lo que vistiera o cómo se peinara pero tenía una debilidad: le gustaba como la coleta le delineaba el rostro. 

Aprovechando el último respiro de luz que les daría el atardecer, Heiji decidió estirar la manta a unos pasos de los árboles, en la superficie que le pareció más llana, para acomodar las cosas que había llevado. La luna estaba casi en el cenit y las estrellas ya habían empezado a iluminar el firmamento como pequeñas gotas detenidas en el tiempo. El detective del oeste volvió a mirar el teléfono sin recepción y suspiró. Se quedarían a pasar la noche en mitad del bosque, no tenía sentido seguir su marcha en la oscuridad, menos con Kazuha herida.

—¿Qué hacés, Heiji? —preguntó ella sacando el celular del bolsillo del pantalón para activar la linterna. Le costaba mucho diferenciar las acciones de su amigo en la penumbra. Sabía que estaba a un par de pasos delante suyo, en el piso, moviendo sus manos pero no sabía para qué hasta que un pequeño farol lo iluminó. 

—Listo —dijo más para sí mismo que para ella —. Estoy acomodando para que podamos sentarnos a comer algo, ¿no tenés hambre? Toda esta caminata me dejó famélico. —respondió con una sonrisa nerviosa, rascándose la cabeza.

Hasta que Heiji no mencionó la comida, Kazuha no se había dado cuenta del hambre que tenía. Haberse extraviado y lastimado habían sido lo único en lo que había podido pensar, además de culparse por haber arruinado la salida. Sin embargo, verlo tan involucrado con hacer algo bien de todo el lío que ella había causado le había permitido relajarse y prestar atención al leve gruñido de su estómago, que logró acallar con velocidad cubriéndose con las manos. Dio gracias al cielo que la oscuridad no permitía que se viera su vergüenza. 

Respiró hondo y se aventuró a dar un paso hacía él. 

—Heiji, yo… —balbuceó.

—No te muevas, ya voy —respondió él con voz firme. No se había dado vuelta a mirar lo que hacía, no lo necesitaba —. Y antes de que empieces, ya sé que podes pero prefiero que no te esfuerces.

¿En qué momento Heiji había madurado tanto? Sus palabras sonaron tan extrañas y tan sinceras. Le estaba diciendo que no importaba que ella pudiera caminar sola porque él quería llevarla, quería ayudarla, sin burlarse. De hecho, no había hecho ni un comentario echándole en cara su torcedura, y se había ocupado de revisarla y vendarla con algo más apropiado. Kazuha no estaba segura de cuánto más soportaría su corazón con sus pensamientos rumiando sobre esa idea que no quería que se posara en ella porque dolía demasiado cuando la realidad golpeaba. Pero ¿cuánto tiempo más aguantaría sin darle voz a lo que ella sentía? ¿Cuánto tiempo más podría soportar vivir dentro de la falsa seguridad que le daba la ignorancia? Se había dicho muchas veces que prefería que su relación siguiera de la misma manera, amigos y nada más. Siendo feliz cada vez que él era feliz, amándolo desde lejos. Pero era mentira, tal vez fuera egoísta pero ella quería más. Kazuha lo amaba y a veces él hacía o decía cosas que la hacían pensar que él también, aunque después se desdecía o la desoía por malinterpretarlo.

Heiji la despertó de sus pensamientos al sujetarle la mano para ponerla detrás de su cuello y que pudiera apoyarse en él. Después la tomó de la cintura y sin mediar palabras la guió hasta la manta. Los esperaban dos termos individuales y dos cajas de bentos cerradas. El pequeño farol estaba en el centro, era suficiente para iluminar pero no para molestar el brillo natural de la noche que se asomaba por entre medio de los árboles. El joven detective la ayudó a sentarse con cuidado y le acomodó el pie torcido arriba del bolso de ella para que estuviera más cómoda. Kazuha no pudo evitar emocionarse. Heiji estaba siendo todo un caballero. 

—¿Qué? ¿Qué es lo raro? —preguntó con una mueca entre molesto y dolido. 

Kazuha quería decir que TODO porque lo era y él lo sabía perfectamente pero se mordió la lengua antes de dejar salir cualquier respuesta. Cuando salían era ella quien se encargaba de preparar la comida y cualquier pormenor que necesitaran. La tarea de Heiji era encargarse de la moto o de sacar los pasajes y llevarse a sí mismo a tiempo, aunque no siempre lograba cumplir con esa parte. Era un arreglo tácito. El hecho de que él hubiera tomado la iniciativa de invitarla a este misterioso paseo, que le haya insistido que no se preocupara por llevar nada más que una muda de ropa porque pasarían la noche en un templo era raro. Heiji estaba actuando extraño y su corazón no dejaba de latir cada vez con más intensidad ante la única explicación que podía encontrar para su comportamiento.

—Nada… —respondió por lo bajo, tratando de desviar la mirada. Sentía los ojos de él atravesándola y no quería que volviera a malinterpretar su expresión ardida de deseo. 

De golpe, el estómago de Kazuha rugió. Inconscientemente, levantó la vista abochornada, a la vez que sus mejillas se inflaron aprisionando una carcajada, y descubrió que Heiji estaba igual, conteniéndose con todas sus fuerzas para evitar avergonzarla. Estuvieron así durante unos minutos hasta que ninguno de los dos pudo aguantar más lo ridículo de la situación y explotaron en una risotada que retumbó en todo el bosque. 

Era imposible saber cuánto tiempo se la pasaron riendo. Cada vez que uno quería detenerse, la risa del otro volvía a contagiarlo. El peso de la preocupación que los había ocupado parecía haber casi desaparecido. Heiji miró a Kazuha entre medio de las carcajadas y comprendió que no necesitaba de la luz de la luna brillando sobre los pétalos arácnidos de la higanbana para crear una atmósfera perfecta para confesar lo que sentía. No. Lo que necesitaba estaba justo delante suyo. Era Kazuha, solamente Kazuha y su perfectamente hermosa y estúpida sonrisa que tanto lo estremecía. 

—Heiji —Kazuha llamó su atención alarmada, tratando a la vez de recuperar el aire perdido. En medio del ataque de risa se había dado cuenta de algo que la había regresado a la realidad —... ¿Vamos a dormir acá? ¿En el medio del bosque? —su voz se hizo chiquita y empezó a mirar para todos lados imaginando todos los peligros tangibles e intangibles que podría llegar a encontrar. Animales salvajes, asesinos, insectos venenosos y lo peor de todo: fantasmas. 

—¿Y dónde más, ahou? —respondió él pasándole el bento —. Es mejor quedarnos donde estamos y esperar a la luz del sol para buscar el sendero, más teniendo en cuenta tu pie—agregó mientras capturaba el primer bocado con los palillos. 

El rostro de Kazuha palideció. —Lo siento, Heiji. Arrui… —pero antes de que pudiera terminar la frase, Heiji le metió en la boca una porción de tamagoyaki. 

—No hay nada que perdonar. Esto está perfecto —dijo mirando el cielo —¿Y? ¿Está bueno lo que cociné? —preguntó sonriendo con picardía. 

Kazuha estaba segura de que si no hubiera tragado, se estaría atragantando ¿Cocinar? ¿Además de preparar todo había cocinado? —¿Quién sos vos y qué hiciste con Heiji? —lo cuestionó amenazándolo con los palillos.    

Heiji rió por lo bajo y negó con la cabeza —¿Tan difícil es creer que cociné algo?

—Teniendo en cuenta que tu mamá solamente te deja acercarte a la arrocera porque casi incendiás la cocina, sí —le contestó Kazuha robándole otra porción de tamagoyaki del bento. 

—¡Ey! Vos tenes la tuya.

—Pero de tu bento es más rico. 

—No importa, no te doy —respondió él poniéndose de espaldas para proteger la comida. 

Kazuha sonrió —Angurriento. 

—Glotona. 

Y por primera vez en mucho tiempo sus insultos no escalaron y se dedicaron a comer en silencio porque en verdad estaban muertos de hambre. 

Heiji dejó el bento a un lado y tras darle un largo trago a su té se acomodó en la manta, poniendo las manos a sus costados, cargándolas un poco con el peso del cuerpo. Se le escapó un suspiro de satisfacción, la comida de su mamá era deliciosa. Miró de reojo a Kazuha que estaba absorta en terminar lo suyo. Su corazón se aceleró. Había llegado el momento ¿verdad? ¿Cuánto tiempo más iba a poder ocultarle todo lo que sentía? Había hecho las paces con el lugar. El bosque con sus sonidos nocturnos envolviéndolos y el brillo de la luna pintando la noche era perfecto, y estaban los dos solos, perdidos, era imposible que los interrumpieran. Pero cómo debía, o mejor, qué debía decirle era el enigma. La noche anterior no había podido pegar un ojo pensando las palabras adecuadas. No podía ser algo tosco pero tampoco quería que fuera muy cursi porque no le iba a salir. Sin embargo, decirle solamente que le gustaba le parecía poco porque ella era mucho más para él. Ella era todo. Pensarlo era natural, con solo verla sonreír conocía perfectamente lo que le hacía sentir. Heiji nunca había sido bueno con las palabras, lo suyo era actuar aprovechando el calor del momento y decidió, entonces, dejarse guiar por eso.

Kazuha se sobresaltó al darse cuenta que en vez de posar su mano sobre la manta la había posado sobre la de Heiji. La punta de sus dedos rozaron los nudillos de él y el rubor que había logrado calmar volvió a aflorar en sus mejillas. Sintió algo hipnótico al observar las diferencias de tamaño y a la vez percibir lo bien que parecían encastrar juntas. Cuando levantó su mirada, descubrió a Heiji mirándola fijamente. El turquesa de sus ojos destellaba en la oscuridad de la noche encandilándola. No recordaba haberlo visto tan hermoso como en ese momento en que no le quitaba la vista de encima.

—Kazuha… 

—Heiji, yo… 

Dijeron al mismo tiempo. El bosque hundido en silencio dejó en evidencia los latidos de ambos corazones palpitando en sintonía. Kazuha movió la cabeza a los lados y le sonrió cediéndole la palabra.

—¿Te puedo besar? 

Las palabras dejaron la boca de Heiji mucho más rápido de lo que pudo pensar en lo que decía. Definitivamente no eran lo que había imaginado cuando se había decidido a dejarse llevar pero en sus fantasías había devorado tantas veces esos labios que su impulso lo obligó a volverlo realidad. El calor le subió hasta la coronilla y se trabó buscando las palabras correctas para corregir su exabrupto pero la respuesta de ella lo detuvo 

—Si —la voz de Kazuha salió suave pero fue clara. 

—¿Eh? —de todas maneras Heiji tuvo que asegurarse de que no estaba proyectando. 

—Que si, ahou. 

Kazuha aferró su mano y se inclinó hacía él mientras cerraba los ojos. Heiji tragó saliva. Nada de lo que había practicado o imaginado para el momento de su confesión se asemejaba a lo que estaba viviendo. Solo había querido decirle lo que tanto añoraba pero, por supuesto, que ella iba a redoblar la apuesta porque Kazuha era así, no dejaba de sorprenderlo. 

Las luciérnagas la rodeaban dándole un aire encantado. No sabía cómo pero parecía que las estaba atrayendo ¿Tenía sentido que las luciérnagas se hubieran complotado para resaltar aún más su hermosura? La distancia entre ambos era casi invisible, el magnetismo poderoso. La urgencia en Heiji lo rebasó y con premura capturó la boca de Kazuha con la propia.  

Aún cuando se había inclinado para recibirlos, Kazuha no había podido evitar la sorpresa al sentir los labios de Heiji sobre los suyos. De dónde había sacado tanta valentía para responderle que quería ser besada, no tenía idea. Seducida por la dulzura del roce, presionó para profundizar el beso. Heiji respondió sujetándola por la cintura, atrayéndola contra él. Kazuha lo tomó del hombro para acercarse más también. Sus bocas se abrieron lentamente y con torpeza, sus lenguas inexpertas se aventuraron a encontrarse en el centro, como si la simple caricia hubiera despertado el hambre que guardaban por el otro. Sus labios encastraban perfectos, sus bocas bailaban al compás de la misma canción. Sus corazones repletos de aquello que habían soñado tantas veces y estaban haciendo realidad mantenían sus latidos fuertes y al unísono.  

—Tan dulce… 

Todavía estaban muy cerca uno del otro, con sus narices casi pegadas. Heiji admiró como sus palabras intensificaron el rosado de las mejillas de Kazuha y no pudo evitar la sonrisa de satisfacción que se le escapó. Lo había hecho. Había besado a Kazuha. La dulzura de esa boca sería para siempre su sabor favorito. Todavía la sujetaba por la cintura y el sentirla estremecerse bajo su brazo lo llenaba de emoción. Heiji creía que podría explotar de felicidad. 

La respiración de Kazuha le hacía cosquillas en el cuello. Su amiga se había escondido de su mirada, descansando la cabeza en su hombro. Él descansó su mejilla sobre ella y se fundieron en un silencio interrumpido únicamente por las risitas intermitentes que se escapaban de ella. Sin embargo, Heiji, preso de la ansiedad, sintió que debía poner en palabras lo que había querido transmitir, como una manera de sellar la transformación de su relación para siempre.    

—Kazuha… —murmuró acomodándola con delicadeza frente a él, sujetándola por los hombros para poder verla bien a los ojos —. Me gustas…, no, no es eso. —se corrigió negando con la cabeza —. Te amo ¿sabés? Sos la persona más increíble de este mundo. Hace mucho tiempo estoy buscando el momento indicado para decírtelo. Perdoname por haber tardado tanto, Kazuha. Quiero… yo quiero que seas mi novia, ¿aceptarías?

La mirada de Kazuha se humedeció de emoción. Heiji la amaba. Heiji quería que fuera su novia. Había soñado con ese momento desde que era pequeña y la había cautivado el gesto de satisfacción que se le dibujaba en el rostro al resolver un misterio. Sus ojos la contemplaban de manera similar y le hacía sentir como si tuviera cientos de mariposas aleteando dentro de la panza. 

Los labios de Kazuha se separaron para conjurar su respuesta, cuando un ruido la sobresaltó. Se dio vuelta lentamente para mirar, sujetando nerviosa a Heiji, y creyó ver algo moverse entre los arbustos. Fantasmas fue su primera opción. Pálida se volvió hacia él pero Heiji ya no la miraba, su atención estaba puesta en escanear los alrededores, tratando de dar con la causa del ruido. Los ladridos que se escucharon a continuación la hicieron desechar la idea de los fantasmas pero no la tranquilizaron. Heiji la estrechó con fuerza al sentirla temblar mientras fijaba su mirada más allá de ella.

El ruido y los ladridos se escuchaban cada vez más próximos. Escapar con Kazuha a cuestas no era una opción, no llegarían lejos si lo que se acercaba era una jauría hambrienta. Nada de lo que tenía servía como arma para defenderse, ni siquiera había una rama tirada que pudiera ser utilizada como bokken y los árboles no se prestaban a ser trepados ante tanta urgencia. Heiji acarició el pelo de Kazuha para llamarle la atención y la soltó con delicadeza. Pasaría sobre ella para ponerse al frente, así podría protegerla mejor. Sin embargo, cuando estaba casi del otro lado, una luz artificial emergió desde la espesura del bosque y golpeó directo en sus ojos, haciéndolo perder el equilibrio y caer sobre ella. 

—¿Hei-chan? ¿Kazuha-chan? —pronunció una voz conocida.

Los rostros de Heiji y Kazuha se encendieron avergonzados ante la aparición del detective Otaki. Heiji había detenido la caída posando ambas manos a los costados de la cabeza de Kazuha, evitando desplomarse sobre ella. Sus narices casi se rozaban, sus respiraciones se enredaban. Haciendo gala de toda la torpeza y el manierismo que poseía, Heiji hizo lo posible para levantarse rápido y evitar que alguien más que Otaki los viera. Podía tratar de explicarle al detective que la situación en las que los había encontrado parecía más de lo que era pero no estaba seguro de poder controlar los rumores que los otros oficiales pudieran esparcir, y estaba convencido de que Otaki no había llegado solo. 

Otaki Goro estaba agitado, descansaba la mano izquierda sobre la rodilla mientras con la otra seguía manteniendo la linterna en alto. Cuando le pidieron que buscara a los chicos no se imaginó lo mucho que se podrían haber adentrado en el bosque. Su físico ya no era como cuando era joven. Después de un día ajetreado de trabajo necesitaba un merecido descanso antes de embarcarse en algo nuevo pero jamás se negaría a un pedido de Shizuka-sama, menos si se trataba de Heiji y Kazuha. Cuando consiguió ver a los chicos con claridad, los encontró sentados uno al lado del otro, ambos tenían un dejo de rubor en las mejillas. Observó un poco más y notó la manta, los bentos, la iluminación tenue de la lámpara. No había que ser detective para percibir el aura romántica de la situación y sin embargo, tanto Kazuha como Heiji parecían esforzarse en hacer como si el otro no existiera. ¿Había interrumpido algo? Si lo hubiera hecho, harían todo lo posible por ocultarlo, los conocía muy bien. “Siguen siendo unos niños”, pensó con cariño.

—¡Hei-chan! ¡Kazuha-chan! ¡Por fin los encuentro! 

—¡Otaki-han! —exclamó Heiji intentando recuperar la compostura y actuar como si el encuentro en el bosque en mitad de la noche era una situación completamente sensata. —¿Qué haces acá? 

—Shizuka-sama me pidió que los buscara. Verás, la casera del templo se preocupó porque no llegaron a la hora acordada y como no contestaban los celulares quiso asegurarse de que no les hubiera pasado algo. Cuando encontramos la moto en la base supusimos que podrían estar perdidos. —explicó el detective. 

Por supuesto que su madre estaba involucrada. Heiji vio encastrar las piezas del rompecabezas frente a sus ojos. Su madre nunca hablaba por teléfono en la cocina y no accedía a hacer algo sin taladrarlo a preguntas. Que no quisiera saber por qué le pedía que le preparara un bento para él y Kazuha debía haberle prendido una alarma pero estaba tan nervioso que lo había pasado por alto. Shizuka tenía comunicación directa con la casera del templo, sabía todo lo que iba hacer, había sido la verdadera orquestadora de su confesión. Si no fuera porque había superado la etapa donde filmaba cada cosa que hacía, estaba seguro que podría haberla encontrado arriba de un árbol. De todas formas, no podía enojarse con ella, después de todo, si no fuera por su intervención el beso que todavía saboreaba no hubiera sucedido.

Un sabueso se asomó por entre los arbustos. 

—¡Otaki-san! —exclamó el oficial que sostenía la correa. Lo seguían otros dos.   

—Ya los encontré —respondió haciéndoles una seña con la mano. Otaki se había acercado a los adolescentes. Heiji estaba de pie mientras que Kazuha seguía sentada. Se volvió a ella preocupado —. Te lastimaste, Kazuha-chan. 

Kazuha bajó la mirada avergonzada —No es mucho, es una torcedura pero no era muy seguro caminar por el bosque en la oscuridad así —se excusó delante de los subordinados de su padre. Quería que quedara claro que iba a dormir en el bosque con Heiji solamente porque era una situación de fuerza mayor —. Que bueno que nos encontraron —La sonrisa que dibujaban sus labios dejó tranquilos a los oficiales pero Heiji vio que el brillo en sus ojos decía otra cosa. ¿Acaso deseaba que no los hubieran encontrado?

—No te preocupes, Kazuha-chan. Nosotros te vamos a ayudar —le dijo acariciándole la cabeza. 

Sin embargo, antes de que el detective pudiera pedirle a sus subordinados que ayudaran a Kazuha, Heiji se le adelantó. —Yo me encargo de ella, Otaki-han.

El adolescente se agachó frente a su amiga ofreciéndole la espalda. Kazuha se trepó rodeándole el cuello. Heiji se puso de pie y la sujetó desde abajo cruzando los brazos para asegurarla. La respiración de Kazuha le acariciaba el cuello y no solo le provocaba cosquillas, sentirla tan cerca le daba tranquilidad, sabía que estando juntos todo estaría bien.

Retomaron el regreso siguiendo la guía del oficial con el sabueso, detrás iba Otaki, Heiji y Kazuha al medio y los otros dos oficiales, con sus trastos, en la retaguardia. Tanto el detective como sus subordinados habían dejado una distancia prudencial en sus pasos, dándoles a los adolescentes un poco de privacidad.  

—Acepto…—le susurró Kazuha en el oído.

—¿Aceptás? ¿Qué aceptas? —dijo Heiji haciéndose entre el desentendido y el poco interesado, cuando en realidad lo que quería era escucharla decir la frase completa para confirmar que no estaba soñando.

—Que acepto ser tu novia, ahou —exclamó Kazuha inflando los cachetes. 

Si los oficiales la escucharon no se lo hicieron notar, aún así ella volvió a sonrojarse al darse cuenta de que había elevado la voz.

De alguna manera Heiji adivinó su reacción —Kazuha, si seguís poniéndote así de roja voy a pensar que te enfermaste.

En lugar de contestar y pelear por eso, Kazuha se acurrucó en su hombro —Heiji… —lo llamó, su tono de voz tan suave como el del primer susurro. 

Él apoyó su mejilla sobre ella y la miró de reojo con curiosidad. Le gustaba mucho como sonaba su nombre cuando Kazuha lo decía —¿Qué?

—Yo te amo más.