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Al fin sonó la tan esperada campana del receso. Los niños corrieron a toda velocidad por los pasillos de la escuela, ansiosos por llegar primeros a los variados juegos que les esperaban en el amplio patio trasero de la institución. Columpios, toboganes, varias cajas de arena y un espacioso lugar destinado para que los estudiantes se relajaran después de unas largas horas de estudio. La directora y su equipo merecían una palmada en la espalda por el excelente trabajo realizado.
En cuestión de minutos, el patio se llenó por completo, ocupando todos sus rincones conocidos, desde los ya mencionados hasta algunos menos anticipados. Debajo de una de las escaleras que conducían al patio trasero, se encontraba adornada con varios arbustos. Dada la época primaveral, estos arbustos cubrían completamente la visión de lo que pudiera estar oculto debajo de la escalera, como si fueran una puerta secreta hacia lo que se escondía detrás. En ese rincón, dos niños de diez y once años respectivamente, utilizaban ese pequeño espacio, pasado por alto por muchos, para esconderse de cualquiera que pusiera un pie en el patio. Sabían muy bien cuáles serían las reacciones si alguien descubría lo que estaban haciendo.
¿Qué era lo que escondían? ¿Acaso algo que los llevaría a detención? ¿Sus padres los regañarían por ello? Nada de eso. La directora no podía reprenderlos por su acción tan inocente y pura: Tomarse de las manos; entrelazando sus dedos mientras el más joven ocultaba su rostro en el cuello de su amigo. Sin pronunciar una sola palabra, esa pequeña acción era suficiente para expresar todo lo que sentían.
No compartían aulas, eso estaba claro. Pudieron haber esperado hasta la hora de salida para dirigirse a la casa del mayor, donde tendrían una de sus tantas pijamadas, pero la paciencia no era su fuerte. Necesitaban verse, tomarse de las manos, sentir la presencia del otro. Era una muestra de amor inocente que llenaba de felicidad sus corazones, pero para el resto de los niños que jugaban en el patio, representaba algo desagradable y digno de burlas interminables. Los profesores solo podrían sugerirles que guardaran esas expresiones para fuera de la escuela, pero siempre dejando la puerta abierta para que el resto de los niños los molestaran cada día.
Adal, el mayor de los dos, era un chico delgado con el cabello negro y rizado, que caía en mechones desordenados alrededor de su rostro. Sus ojos azules destacaban en contraste con su atuendo habitual: un hoodie gris oscuro con un estampado de vampiros. Él, a diferencia de su amigo, estaba acostumbrado a ser molestado todos los días. Era considerado el "raro" de su clase debido a su supuesta falta de comunicación y a sus extraños patrones de comportamiento, según lo expresaban sus compañeros. Cuando hablaba, sus respuestas eran vagas y cortas, hasta en algunos casos, inexistentes, pero cuando otros abordaban los temas favoritos del niño, no podía evitar hablar sin parar, lo que llevaba a sus compañeros a creer que estaba presumiendo o demostrando ser un obsesivo por la dedicación que ponía en sus intereses especiales. No importaba lo que hiciera, siempre parecía ser demasiado exagerado o muy estoico, sin encontrar un punto medio.
Para Oliver, el menor de los dos, esas actitudes le parecían asombrosas. Podía quedarse horas escuchando a su amigo hablar sobre sus temas de interés, que iban desde datos sorprendentes sobre los murciélagos hasta mostrarle toda su colección de objetos relacionados con las estrellas, contándole de dónde los obtuvo y el significado que tenían para él. Tampoco le causaba incomodidad cuando Adal se mantenía callado durante largos periodos de tiempo; comprendía que no lo estaba ignorando, como pensaban los demás niños, sino que era parte de su forma de ser. Además, le encantaba cómo Adal demostraba su cariño con gestos afectuosos, desde abrazos hasta lo que estaban haciendo en ese momento, simplemente tomarse de las manos y perderse en su pequeño espacio, donde no eran juzgados por nadie.
Oliver tenía el cabello rubio y desordenado, con un parche sobre su ojo izquierdo. Su ojo derecho, el único visible, era de un azul brillante, lleno de vida y curiosidad. Aunque vestía con ropa casual, un hoodie verde aqua, su apariencia transmitía una mezcla de energía y felicidad. A diferencia de su amigo, no estaba acostumbrado a que sus compañeros lo consideraran una "rareza". A pesar de ello, compartía con Adal una fuerte fijación por ciertos temas no tan usuales, ya que podía pasar horas enteras hablando sobre su banda favorita, los Beatles, o explayarse sobre su fascinación exclusiva hacia los pájaros. Por otro lado, era un chico muy hiperactivo, según su hermano mayor, resultaba difícil mantenerlo quieto y era propenso a distraerse con frecuencia. Cuando era más joven, notó cómo algunos se molestaban por estas actitudes suyas, lo que lo llevó a optar por reprimir ese aspecto de su personalidad. Aprendió a ocultar cuidadosamente sus comportamientos que eran vistos como extraños por los demás niños para evitar que lo molesten o vean con malos ojos. Por desgracia, esta supresión no era en absoluto sencilla y llegaba a experimentar incluso dolor físico debido a lo difícil que le resultaba. Sin embargo, Adal no juzgaba a su amigo por cómo era.
Si eran completamente sinceros, no sabían desde cuándo habían comenzado con esta pequeña rutina, de encontrarse debajo de aquellas escaleras en cada receso. Muchas veces permanecían en silencio, simplemente disfrutando de la compañía del otro. Adoraban sentir que se comprendían a la perfección, sin miradas acusatorias ni palabras hirientes que cuestionaran sus personalidades. Solo compartían el placer de unirse con las manos, demostrando cuánto se respetaban y amaban mutuamente. ¿Se gustaban? Era lo más probable, pero debido a su edad, realmente no les interesaba. Solo eran conscientes de una cosa: La manera en que expresaban su afecto no era bien vista. Ya habían escuchado innumerables comentarios negativos hacia personas del mismo sexo que compartían algo más que amistad.
En ese pequeño escondite, encontraban la felicidad. Y en aquel momento, probablemente alcanzarían más de lo que alguna vez pensaron.
Mientras Oliver continuaba inmerso en sus pensamientos, aferrándose cada vez más fuerte a la mano ajena, Adal empezó a acariciar la mejilla del menor con su otra mano; era tan suave como un algodón de azúcar, pensó. No dudó más de un segundo y atrajo al pequeño hacia él, depositándole un tierno beso en aquella mejilla, provocando que Oliver se sonrojara intensamente. Al apartarse, el menor esquivó la mirada del otro, sintiéndose muy avergonzado.
—… No lo odié.
A pesar de la respuesta, ocultó su rostro entre las manos, pero sabía que si no expresaba esas palabras rápidamente, Adal podría malinterpretar su acción. Y acertó; solo eso bastó para que el chico de cabellos negros se acercara y le diera un cálido abrazo, provocando que el otro se sonrojara aún más, aunque intentó devolverle el gesto. Finalmente, Oliver encontró la comodidad para corresponder al abrazo. Sintió que también debía darle un beso en la mejilla a su amigo para estar a la par, pero solo el pensamiento de ello provocó que el sonrojo volviera a sus mejillas. Se aferró aún más al abrazo, sorprendiendo aún más a Adal, quien respondió con unas risas dulces, acompañadas de un nuevo beso, esta vez en la frente del menor.
—¡No eres justo!
Adal solo volvió a reírse, sabía perfectamente las expresiones que haría Oliver ante esas muestras de cariño. Recordaba cuando recién se acostumbraron a darse las manos; el pequeño rubio no dejaba de sonrojarse como loco, hasta que después de unas quince veces al fin logró reaccionar sin tanta efusividad. Con algo tan inesperado como un beso, sabía que se pondría peor que en esa ocasión, y quería presenciarlo en primera fila.
—Maldito… —Oliver pensó por unos segundos cuál sería su contraataque ante esa humillación, hasta que la respuesta llegó a su cabeza. —¡Ahora es mi-
Sin embargo, su respuesta fue silenciada abruptamente por el sonido de la campana que anunciaba el final del receso. Sumidos en todo lo que estaban haciendo, habían perdido la noción del tiempo. Siempre intentaban recordar la hora en que sonaba la campana para entrar a sus respectivos salones antes de que esta sonara, evitando así levantar sospechas, pero en esta ocasión, se les había olvidado por completo. Decidieron que lo mejor era esperar a que la mayoría de los alumnos entraran primero, y saldrían cuando quedaran muy pocos, rogando que nadie se diera cuenta de que salían del mismo lugar.
Mientras vigilaban desde los arbustos, Adal susurró: —Lo siento, si no hubiera hecho eso, nos habríamos dado cuenta de la hora.
—No digas eso, igual no me molesta pasar un rato más acá contigo.
Aquella respuesta tan sencilla solo logró que Oliver se sintiera avergonzado. No estaba acostumbrado a decir ese tipo de cosas, pero no quería que su amigo se sintiera culpable por algo así. El mayor respondió con una cálida sonrisa y, con solo ver sus ojos, Oliver supo que había logrado cumplir su cometido.
Esperaron unos cuantos minutos más. Al ver que el patio ya se había despejado, el menor sugirió que él saldría primero para que no se viera tan sospechoso. En esos pocos segundos, Oliver sabía que era su única oportunidad para corresponder lo que su amigo le había hecho antes. Se acercó y le dio un pequeño beso en la mejilla a Adal.
—… ¡Ya estamos a mano! —procedió a correr lo más rápido posible del escondite, sin quedarse a esperar la reacción de su amigo. Sabía que solo le daría mucha más vergüenza que la que ya tenía en ese momento.
Adal se quedó ahí sentado, viendo cómo su amigo corría hacia la puerta donde se encontraba su salón. Aún estaba procesando lo que acababa de pasar. ¿Oliver había encontrado el coraje para corresponder sus gestos de cariño? Seguía acariciando la mejilla donde había recibido aquel beso. No había pensado que sería correspondido tan rápidamente, pero tampoco le parecía algo tan malo.
Esbozó una pequeña sonrisa antes de salir de su amado escondite. Sabía que no le quedaba mucho tiempo antes de cambiar de escuela cuando pasara al séptimo grado y ver a Oliver sería mucho más difícil, pero ese pensamiento ya no le carcomía el cerebro en aquel momento. Ese torpe beso de su pequeño rubio le entregó una felicidad que solo él sabía darle.
