Work Text:
En el extrañamente pacífico apartamento del 221B de Baker Street, descansaba sobre el sillón de la sala el único detective consultor del mundo, apoyando su cabeza sobre el respaldar, intentando recobrar la energía que le había sido arrebatada tras una mañana agitada.
Todo consistiendo en intentos sobrehumanos de ganar la batalla en la guerra más temida para él: la familia.
Y más que eso, un trabajo que era meramente su responsabilidad desde hace una semana.
Y como quien no quiere la cosa, parecía que todo se había juntado para brindarle un poco de tranquilidad durante el día, sin interrupciones o maniáticos irrumpiendo en su hogar.
Le otorgaba algo de paz ante el caos mental.
Los rizados cabellos se movieron al compás de una exhalación antes de dejar caer el peso muerto del cuerpo al sentirse vencido.
Ironía.
Se había preparado para tantas cosas en la vida, pero nadie le había enseñado algo que le ayudase en esto, y tampoco es como si alguien pudiese, era algo que se aprendía con el tiempo para perfeccionar la técnica, ¿cierto?
¡Oh, el acto que se supone, es natural...!
Sus ojos bailaron en búsqueda de algún desperfecto en el techo, intentando mantener su conciencia en el plano terrenal, sin que sus brazos flaquearan al mantener una misma e incómoda posición.
Hormigueaba cada parte de su ser pero no podía rendirse en un momento tan crucial y, aquello le era recordado por el ligero movimiento del pequeño bulto entre unas mantas perfectamente enrolladas a su pecho.
Los débiles ronroneos que eran percibidos contra su caja torácica debía ser una señal de que quizá lo estaba logrando.
Bajo un poco la mirada, buscando con ella, la del mayor apoyo emocional que podía permitirse, el cual se la devolvió, no pareciendo molesto al respecto ni mucho menos, aunque estuviese ante un fracaso andante, como el castaño diría.
Eso a Sherlock le conmovía.
No le sorprendía ser observado por John en en ese momento tan vulnerable, brindándole esa serena y comprensiva mirada que le transmitía paz, como siempre, irradiando ese amor puro e inefable que el ser humano podía llegar a transmitir y, por supuesto, él estaba en el tope de ese rango.
—Supongo que es aquí donde me recriminas y dices "te lo dije, idiota"— rompió el silencio, cerrando los ojos de nuevo, tras estar demasiado exhausto como para mantenerlos abiertos por más tiempo—. Supongo que lo merezco— al decir lo último en un tono más elevado, un llanto se escuchó por el ruido y, Sherlock intentó calmarlo con algunas palabras de afecto mientras consolaba a la pequeña criatura que se pegaba a su pecho en búsqueda de alimento—. Lo siento, Rosie... no sé cómo ser un correcto papá para ti.
Desde luego, jamás aprendería a ser uno. Con tan solo fijarse en los demás Omegas que le rodeaban, Sherlock no encajaba en algún tipo de estos, siendo considerados seres etéreos y dotados de ciertos dones que la naturaleza les otorgó con la clara función de proliferar.
Jamás podría ser amoroso como la Sra Hudson, ni ejemplar como Molly Hooper.
Ni qué decir de Mycroft. Su hermano era la viva imagen de la perfección. Después de dos hijos, seguía preservando la dignidad y pulcritud que le caracterizaban, sin perder su rango ni estatus apesar de las críticas que recibía día a día por su condición de Omega o por haberse casado con un "simple" inspector. Había logrado lo que muchos habrían logrado solo soñar, manteniendo la compostura.
En cambio, Sherlock ya se sentía inútil luego de haber pasado por un embarazo.
No culparía a John si llegaba a reprocharle.
Desde que Sherlock se enteró de su embarazo, intentó por todos los medios, deshacerse de la realidad, actuando distante e irresponsable, importándole poco lo que pudiera pasarle a él y al bebé, incluso poniéndose más en peligro de lo que debería normalmente, como si buscara una excusa para desistir.
Asistiendo a sangrientas escenas del crimen, manteniendo en secreto su estado hasta ser innegable y, olvidar el papeleo correspondiente del futuro bebé. Todo ocurrió de imprevisto, llegado como un balde de agua fría.
Para agregar más peras al asunto, John descubrió la noticia luego de una recaída en plena persecución, donde no hubo más remedio que contar la verdad. La reacción del rubio fue todo un espectáculo que duró semanas, puesto que también descubrió que se lo había ocultado durante tres ásperos meses. Tres meses de gestación, ocultando la mentira bajo la excusa de tener un leve malestar estomacal, podía decir que eso le irió el orgullo de médico al no notar los síntomas que bien había estudiado en la carrera.
Por supuesto, Sherlock bajo la prepotencia, le respondió "miras pero no observas", lo cual empeoró todo.
Desvió la vista, sin poder soportar más la encantadora mirada de John sobre él, ¿por qué tenía que complicar las cosas?
Podía entender el enojo, claro que lo hacía. Se arrepentía de muchas cosas y planeaba arreglarlo, pero, ¿podía?
Había sido un Omega inútil y egoísta, uno que ahora pagaba las consecuencias de sus estúpidos y descuidados actos.
La culpa le hacía esperar alguna reprimenda, aquella respuesta humana que necesitaba para sentirse equivocado por primera vez en su vida, sentir lo que era ser alguien que no alcanzó el listón que le fue impuesto.
Pero lejos de un reproche, la suavidad de unas manos consoladoras, bajaron por sus brazos y subieron por sus hombros, masajeando la zona como si con tan cálida acción, pudiese quitarle un poco de peso y, vaya que lo había logrado.
Inconscientemente, correspondió con plácidos ronroneos a la medida que su aroma era liberado como una especie de recompensa a su Alpha.
—No puedo estar más orgulloso de ti, Sherlock— decía con una voz tranquila y familiar, logrando agregar un latido por minuto al firme corazón del aludido—, y aunque actuaste muchas veces como un auténtico idiota, logro entenderte— las palabras hicieron cosquillas contra su níveo cuello, erizando cada fribra de su ser—. Esto tampoco es fácil para mí, pero lo estamos intentando.
Tras la endulzada frase, Sherlock abrió los ojos, su mirada cayendo en la causa de todo, en la razón más entrañable de un nuevo comienzo.
Su cachorro era todo eso y más.
El fruto del árbol de la vida.
El frágil rostro de la criatura que se pegaba a su pecho, realizado lo que la naturaleza pedía, el mecanismo de supervivencia de todo recién nacido que buscaba complacer su apetito voraz.
Algunos hilos de sangre resbalaban por sus suaves mejillas, siendo limpiadas enseguida por el castaño Omega que intentaba ser el mejor progenitor para su hija.
Y si era posible, en su guía.
Amamantar era un proceso doloroso, tanto físico como psicológico. El cachorro se apresura siempre en la lucha por mantener su barriga llena, poco importándole el daño que pudiese hacerle a su nodriza tras el desgarro en las aberturas de los pezones, por los cuales el calostro inicial era acompañado por algunas gotas de líquido carmín que acrecentaban las quejas del mismo. Sin olvidar las noches tormentosas sin dormir, donde los padres se turnaban para abastecer a la cría.
Al principio, logró sacarle unas cuantas lágrimas a Sherlock, pero luego, se fue acostumbrando a la dolorosa succión mientras intentaba enfocarse en otras cosas, tal como estaba intentando ahora.
Junto con su cachorro, hacía grandes esfuerzos por mantenerse en armonía con aquella nuevas experiencias.
Holmes no era un experto en todo eso, pero lo poco que llevaba siendo papá, le había dejado sin energía hasta el cansancio, aún más cuando su cuerpo había perdido tanta grasa tras el parto.
Sin dejar de lado la depresión posparto que estaba atravesando en silencio, sin quedarle muchas ganas de recuperar energía con una correcta alimentación, eso quedando en segundo plano.
—Mereces descansar— susurró, aquello sonando más como una orden escondida en una petición—, por favor, no es correcto que arriesgues tu salud así... sé que esto es demasiado para ti y, quiero ayudarte— dijo esta vez preocupado—, por favor, déjame. Mira cómo estás, has perdido demasiado peso y, necesitas recuperarlo.
Sherlock suspiró, liberando el incómodo aire en su pecho antes de responder.
—Lo sé— admitió—. Lo intentaré, solo por esta vez.
En ese instante, el lactante se aferró con más fuerza a su pecho, utilizando sus pequeñas manitos para extraer la mayor cantidad de leche posible.
Sonrió ante esa bella imagen, almacenándola en su memoria para futuros dulces momentos. Era la hija de Sherlock Holmes y John Watson, el cachorro que con tanto amor habían traído al mundo, y apesar de todos los baches en el camino, realmente querían esto.
No estaba seguro de cómo ser un tutor adecuado, pero estaba seguro que se entregaría a la causa, intentando por todos los medios, causar el mayor impacto posible en la vida de su hija en algún futuro no muy lejano.
Estaban orgullosos de eso.
—Es fuerte, no ha parado de comer desde que nació, eso debe ser bueno— comentó con orgullo.
—Lo es, Sherlock— respondió con la misma emoción, besando al nombrado en la nuca—. ¿Papá también quiere algo de comer?— musitó en una voz más dulce, en un intento por hacer comer al Omega.
—Sé lo que intentas, vil Watson— sonrió, cayendo lentamente en su juego—, aún así, permitiré que padre cocine waffles para papá.
—Entonces, eso parece una cita.
Ambos rieron como un par de adolescentes enamorados y observaron al pequeño cachorro dormir satisfecho, siendo un aviso de que un nuevo día llegaría para contemplar la luz.
Quizá no era el Omega perfecto ni el más agraciado, pero estaba seguro de ser él mismo. Eso era lo importante.
Todos cometían errores y, eso era lo elemental de la vida.
Llegado el momento...
... juntos prometieron ser su mejor versión.
