Chapter Text
Ranpo se despertó de repente con una hoja de papel pegada a su mejilla derecha, como estuvo recargado en su escritorio, su mandíbula duele del lado que apretó más y su espalda truena ante la liviana sensación de movimiento después de quién sabe cuántas horas. Maldice por lo bajo al observar su entorno, con un reloj de manecillas pegado a lo alto en la pared grisácea. Como no hay ventanas en esta triste habitación que también sirve como su estudio, no sabe si el reloj marca las seis de la mañana o de la tarde. Como sea que fuera le irá mal, se supone que la junta programada para el día de hoy era a las quinientas horas porque a los jefes les gusta verlos madrugar.
No se puede pedir mucho para los hombres a cargo de lidiar con una guerra, después de todo.
No tiene deseos de ir, ha estado despierto por casi dos semanas completas rompiendo su récord personal. El cansancio solo pudo más con él y aún si pegó un ojo, no es suficiente para poder sentir todo su cuerpo al cien por ciento.
Hubiera tenido mayores esperanzas de un descanso de una semana en el hipotético caso de que hubiera asistido en tiempo y forma a la reunión matutina. Se puede ir despidiendo de ese premio que tanto anheló y por el que estuvo trabajando las últimas semanas. Los hombres más despiadados, conocidos como los jefes de mayor rango en la base militar, jamás le han tenido piedad.
Es fácil decir por qué. Ranpo no es otro mas que el estratega pilar de esta unidad japonesa. Minimizarlo a una sola unidad es mucho más sencillo para sí mismo y sus deseos de no verse atiborrado de basura piramidal, pues esta misma unidad es la base central que hace llegar a los de menor rango las propuestas de pelea y combate. Un escalofrío le recorre la espalda aun durante su caminata, pues no le gusta recordarse a sí mismo que prácticamente el gobierno actúa bajo sus sugerencias, como si fuera un jugador de shoji que mueve sus piezas al lugar adecuado. Si tuviera que elegir, saldría de esta base y se despedirá de todos para ir a conocer el mundo lejos de estas paredes blindadas sin noche, día, principio o fin.
Al menos es así para él, otros pueden entrar y salir fácilmente, pero a él le fue negado aquello debido al riesgo que representaba estar solo.
Ranpo no cuenta con una habilidad especial como varios soldados o líderes de organizaciones enemigas. Es un ser simple y sencillo que no tiene oportunidades de defenderse, porque le han repetido una infinidad de veces que la inteligencia jamás le ganará a la fuerza que otros poseen. Es estúpido si te detienes a pensarlo, porque él mismo es la inteligencia que vence a las fuerzas enemigas; pero nada lo es más que estar en guerra desde hace más de treinta años, así que puede lidiar con ello. Él mismo ha comprobado que no importa cuán inteligente sea, si su mentor empuña una espada o una simple tarjeta de papel, es su perdición.
Miente si dice que no siente nervios al deslizar su tarjeta por el aparato identificador. Su mano tiembla esperando que no haya nadie adentro y sea el primero en llegar. Es imposible que eso suceda, sin embargo, una parte de su deseo se cumple.
No hay nadie dentro.
Eso solo pueden significar más problemas que salvación. Sin siquiera dejar que procese cómo reaccionar, se escuchan pasos reconocibles a sus espaldas y sus ojos, que por la rasgadura excesiva que los caracteriza suelen mantenerse casi cerrados, se abren de par en par. Traga saliva que llegó a su boca por arte de magia, no se repite la acción sin importar cuánta saliva intente recolectar para hidratar sus cuerdas bucales; su boca está seca del miedo que lo invadió. Apenas siente un brazo surcar sus hombros en su cuerpo flacucho, siente su corazón detenerse. O eso desearía, podría lidiar con más facilidad un paro cardíaco que una charla con el veterano de guerra: Fukuchi Ouchi. Sus amigos y conocidos le dicen Genichiro, pero Ranpo siempre se rehusó a llamarlo de una forma que no sea–
—Comandante. —su espalda erguida ante su presencia se vuelve hipersensible sintiendo hasta la más pequeña zona deshilachada de sus prendas.
—Ranpo-kun. —sin embargo, él lo llama por su nombre, incluso si le pide internamente que no lo pronuncie. —Todos se fueron hace más de media hora. —su expresión no dice nada, no transmite emoción alguna. Solo se dedica a mirar los ojos de Ranpo que han vuelto a su estado natural por intentar verse un poco más sereno a su alrededor. —¿Sabes por qué fue eso?
—Puedo hacerme a la idea, comandante. —inhala profundo, pero no suelta nada porque no quiere hacer ruido para escuchar su respuesta.
—Ven conmigo. —por fin suelta el aire que retuvo.
No, no quiere ir. Quiere escapar, huir lejos y esconderse. Diablos, prefiere seguir trabajando durante toda su vida si eso le asegura que no se volverá a encontrar con este hombre. Solo quiere que alguien quite la mano de su hombro y que los caminos del pasillo cambien para que no lleguen a su destino próximo. Se las arregló durante dos años sin un solo regaño de su superior, ¿para esto? Cumplió con todo lo pedido, acató cada orden, sin importar si era despiadado o cruel en su toma de estrategias. Lo único que quería era escapar de estos castigos infernales que le son sometidos cuando no está a la altura de las espectativas.
Su destino, como la última vez que recuerda (y vaya que él jamás olvida nada), es un salón ocupado para el entrenamiento militar con realidad virtual. Está insonorizada y hay materiales en las paredes para evitar que los luchadores se lesionen en las prácticas. Pero como cada vez, Fukuchi usa eso a su favor y comienza a darle una lección que jamás pensó que la tuviera merecida en realidad.
Primero incia con una patada en su estómago. Por suerte no ha desayunado, de haberlo hecho, ya estaría vomitando más que escupiendo sus ácidos gástricos. Su garganta quema, jura que por un instante eso iba a subir hasta sus fosas nasales a herir sus vías respiratorias también.
—Supe que no llegarías desde el primer minuto que pasó desde el inicio de la reunión. —lo miraba desde arriba, con Ranpo de rodillas en el suelo, apenas pudiendo sostener su pobre existencia. —Aún así, hice a todos esperar veinte minutos por tu llegada. Pero parece que no aprendiste nada, después de que creí que habías alcanzado la cúspide de tu educación estos últimos años, Ranpo. —y una patada más en su hombro que termina por tirarlo para que lo vea directo a esos ojos sin alma. —Qué decepción que no haya sido así.
—Yo —se intenta excusar endureciendo su cara para mirarlo, su garganta aún duele y se ve débil y chiquito en comparación con el hombre que tiene enfrente. —, yo no había dormido bien en las últimas semanas y mi mente no funcionaba bien. —agita la cabeza y crea una barrera invisible con sus manos moviéndose frenéticas. —Yo aprendí a ser puntual, comandante. Fue solo un desliz, no volverá a pasar.
Sin embargo, ambos saben que volverá a pasar. Sea por las razones que sean, Ranpo no fue hecho para trabajar a un ritmo que no fuera el propio, ambos lo entendían bien, pero Fukuchi siempre intentó moldearlo a los horarios estrictos y rigurosos que someten en los ejercitos. Hasta el día de hoy no entiende por qué, al principio pensó que era para parecerse a él, pero cuando comprobó que no, sus esperanzas de abrirle los ojos para que lo deje en paz, se esfumaron.
Actualmente piensa que lo hace porque se volvió loco.
Una idea que no tiene fin en su cabeza, es un círculo vicioso querer justificar sus acciones como alguien que ha perdido contra el sentido del deber que llevan los soldados. Aun si sabe que esa no es, y jamás será la realidad. Fukuchi es diferente de otros soldados que, aunque no ha hablado con más que un par de personas seleccionadas, ni siquiera pueden mirar a la cara a las personas. Él sí puede, lo hace con una facilidad inigualable, una habilidad para liberar y ser seguido que no ha visto repetida a través de los libros de historia. Ni siquiera en aquella guerra que lideró el país Alemán hace un siglo.
Solo con Ranpo es despiadado, solo castiga a Ranpo si llega tarde, si se porta mal, si pierde archivos o hace trabajos muy flojos o blandos. Es solo a este joven de veintiséis años con quien se vuelve una persona fría y despiadada.
Ranpo se ha llegado a preguntar si así es como lo ven sus enemigos cuando están cara a cara.
—No hay excusa plausible, lo sabes. —dobla sus rodillas recargando su peso en la punta de sus pies para mirar a Ranpo con lástima. Él está tirado en el suelo con golpes dolorosos repartidos en su cuerpo. —No pasarías por esto si hicieras bien las cosas.
La expresión del menor se distorsiona, parece que ha dejado de preocuparse por las consecuencias, pero el silencio de la habitación es suficiente para persuadirlo a que hable la primera estupidez que se le viene a la mente. Y él no puede resistirse. Nunca va a dejar de darle problemas a este hombre.
—Ni siquiera debería pasar por esto, a decir verdad. —ahora que lo ha dicho, está triste. Pensar que nadie puede castigar a Fukuchi por lo que le hace, puede con él. Pierde sus esperanzas de salir de aquí cuando piensa en ello, por eso no es algo que le guste tomar como tema recurrente. Es la razón principal de que tome tantos trabajos sin refutar, porque no podrá dormir si no está agotado en verdad, su mente solo estaría divagando y lo haría perder su fijación.
Aunque no tiene una tan grande que no sea escapar de este sujeto.
El hombre se para lentamente, eso no significa que ha apartado su vista de él. En cambio, sus ojos se han vuelto más profundos y más expresivos sobre su siguiente movimiento. Ranpo sabe que le espera un dolor profundo cuando se acerca a una mesa repleta de instrumentos que reconoce como las armas que usan para entrenar a los soldados.
—No me gusta hacer esto, ¿sabes?
¡Entonces no lo hagas! Quiere gritar, pero el sonido se atora con la sangre que pasa entre su garganta por el golpe recibido en el rostro. Es afortunado de no ahogarse ahí mismo, bajo el miedo y su incapacidad de respirar, mira cómo el hombre toma una pistola de corto alcance, es específico para batallas cercanas que a veces usan los soldados en misiones en cubiertas.
Aun así, Ranpo piensa que estará bien. Mientras Fukuchi no vuelva a empuñar su espada y la desenvaine frente a él, podrá superar lo que sea.
Y solo lo ha hecho una vez, jamás ha hecho nada que se compare a lo de aquella vez como para volver a ser tratado así. Ni lo hará. Hará todo en su poder para evitar tocar ese tema de nuevo y que Fukuchi recuerde que siempre carga una espada para combate, que puede usar contra él y cortarlo, como si fuera una hoja de papel que pasa por la trituradora.
—Saluda a Yosano-sensei de mi parte, hace un tiempo que no la he visto. —y sabe cómo va a terminar.
Tres disparos consecutivos se escuchan en la habitación, quedándose ahí por las barreras fortificadas que impiden que el ruido vaya a otra parte. El primer disparo fue en la pierna derecha, haciendo que Ranpo se envolviera con las manos evitando que el río carmesí se desborde y siga saliendo, también intentando anular el dolor sin mucho éxito. El segundo disparo aprovechó su posición para golpear su brazo izquierdo, más inclinado al hombro a que al brazo mismo. El tercer disparo da a escasos centímetros de sus costillas, adentrándose entre las capas de músculos y nervios que lo dejaron paralizado por el dolor incesante.
—Lo sien- siento mucho. —dio bocanadas de aire para poder hablar, dejando un dolor en su cabeza por la extrema concentración que necesitó. Sus ojos sollozando por la tristeza de ser tratado de esta forma, haciéndolo disculparse cuando solo llegó tarde después de dos años; y lo hacía, porque era consciente de que de no disculparse por sus actos, el castigo se duplicaría. No lo merecía, no entendía por qué era castigado de esta forma sin una buena excusa, tampoco quería saber, solo quería que se detuviera.
Más apartado de él, escuchó en su escaso nivel de lucidez, la llamada con mención del nombre de su amiga, la médica dotada de una habilidad que Fukuchi acostumbraba explotar para sanarlo cuando lo castigaba tan arduamente que terminaba al filo de la muerte.
No moriría aquí, lo sabe muy bien. Sin embargo, la sangre que está perdiendo es mucha y aunque sean lugares inofensivos en su mayoría, sigue doliendo con la fuerza y capacidad de hacerlo desmayarse para no notar el momento en que Fukuchi sale de la habitación y lo deja solo. Sufriendo por algo que Ranpo nunca ha podido entender.
A medida que el dolor se reduce de sus heridas, sabe que está perdiendo el conocimiento, por lo que no se resiste.
Es irónico que el dolor no lo dejaría dormir si tuviera la oportunidad, pero es la misma agonía que lo mantiene despierto, la que hostiga en su cuerpo para que desactive sus funciones y cierre los ojos una vez que ya ha perdido la capacidad de luchar por revertir las cosas.
Ranpo cree tener las mismas esperanzas de lucha que posee el cuerpo humano. Luchando cuando se desangra, perdiendo energía, fuerza y tiempo, en lugar de rendirse de una vez por todas; en cambio lo hace un vez ya que no puede hacer nada más, cuando desde un principio era obvio que no era un digno oponente contra tres disparos con su nula capacidad regenerativa. Las células daban todo de sí para regenerar la piel perdida por la perforación, las plaquetas intentaban cerrar el agujero que los traspasaba el metal contenido en una pequeña silueta, para evitar que la sangre saliera y se perdiera con el toque del oxígeno. Todo era en vano. Porque para Ranpo era una pequeña bala, y para su cuerpo, era un monstruo con la capacidad de destrucción masiva.
Si no fuera un simple desmayo todo esto acabaría. Si pudiera salir, si pudiera irse de aquí. Aunque sea a una mínima misión como lo hacían los demás.
Como en su cuerpo, solo hacía falta un pequeño disparo en el lugar indicado para que pudiera colarse al exterior como la sangre en el piso. ¿Se considerará gentil, o abominable, a la persona dispuesta a tirar del gatillo para dejarlo libre?
Casi nunca piensa en salir de este lugar, pues lo que le han enseñado del mundo exterior es que parece casi apocalíptico, con personas robando, matando y torturando a diestra y siniestra. Pero no puede crearse un buen criterio sobre ello, tiene tanta información en su cerebro para sobrellevar una guerra, pero no tiene la información necesaria para sobrevivir allá afuera. De salir, lo más probable es que un usuario de habilidad lo encuentre y termine muriendo antes de siquiera vivir.
Da un suspiro esperando que alguien lo salve. No solo de sus heridas, sino de su vida. De su inteligencia. La causa perpetua de su encarcelamiento aquí y la necesidad de ser utilizado para ganar la guerra contra la potencia mundial.
Ranpo no se da cuenta, bajo el manto de oscuridad que recorre a sus ojos, los rudos tacones que golpean bajo el piso de mármol. Corren en su dirección sin desviarse por un momento.
—¡Ranpo-san! —escucha una voz, pero no hace nada por dirigirse a ella. —Ranpo-san. —vuelve a susurrar la voz extendiendo sus brazos sin saber por dónde empezar para variar.
No importa cuántas veces hayan pasado por esto. La mujer siempre ha sido, y siempre será vulnerable de ver a Ranpo tendido en el suelo sangrando, con los ojos apenas resguardando una pizca de luz. Una pizca de vida.
Sin embargo, su temor no la hace débil. Jamás, mientras ella esté viva, no va a permitir que la vida de Ranpo se le escape de entre las manos.
Jamás.
Toma el botiquín que arrojó al piso por la adrenalina y rebusca unas pinzas quirúrgicas que le facilitan la tarea de remover las balas de entre los orificios que comienzan a verse repugnantes. No pone mucho cuidado en ello, sabe que Ranpo está en el estado de inconciencia más conveniente. Además, mientras más doloroso sea para el chico, mejor será su tratamiento y sus posibilidades de curarlo por completo.
Cuando la última bala sale de su costado, se prepara para comenzar su tratamiento.
—Habilidad: No has de morir. —su cuerpo refleja una luz, desintegrando su silueta por un momento mientras mariposas se esparcen por el sitio en busca del paciente. Como si su cuerpo fuera un hermoso capullo del que salen mariposas listas para ayudar a la gente.
O eso le dijeron alguna vez.
A través de los agujeros en la ropa del pelinegro, puede ver cómo la carne se cierra y tapa los huecos de su piel que nunca debieron estar ahí para empezar, aunque eso no lo hace despertar, su cuerpo ahora necesita reposo para procesar tal efecto. Solo así se permite respirar con miedo y posar sus manos en su frente, diciéndose que todo ya ha pasado.
Su mirada cambia de la preocupación a la rabia en un santiamén. ¡Estuvo tan cerca! Estuvo tan cerca de no llegar a tiempo a sanarlo, de que en verdad muriera por desangrado y que no pudiera hacer nada sobre eso. Hace tanto que no había tenido que venir a curarlo de esta forma, pensó que todo había pasado a un mal recuerdo, pero no fue así. Casi lo pierde, y eso no puede ser culpa mas que de una persona a la que nadie le ha podido hacer frente.
Su impotencia de mezcla con la rabia y golpea el piso enfurecida. Pero al ver el cuerpo inmóvil de su amigo ahí, vuelve a pasar a tristeza. No sabía si estaba haciendo bien en curar a Ranpo, solo para que volvieran a lastimarlo una y otra vez hasta llevarlo a su límite. Porque, él ha estado aquí incluso desde antes de su llegada. No sabía cómo sobrevivía, cómo pasaba las noches antes de que ella apareciera, y si lo lastimaban, y si nadie era capaz de curarlo como ella lo hacía. Entonces no estaba segura de si curarlo era lo mejor, en lugar de dejarlo sanar como una persona normal debería.sl
—Gra... cias... —susurró a duras penas, siendo insensible con el corazón de la médica que se acongoja ante sus palabras. Pero eso parece hacerla entrar en razón. —Yosano.
Él ha hecho tanto por ella igual que ella por él. Parece que incluso en sus sentidos más revueltos, Ranpo trata de consolarla. Porque cierto, ya habían hablado sobre si curar a sus pacientes era lo debido o solo dejarlos morir a merced de un destino quizá más fácil.
Lo menos que puede hacer por él ahora que está curado, es dejar de preocuparlo con sus propias dolencias. No es propio de ella quedarse callada, pero tampoco quiere ver más herido a su amigo, solo tendrá que posponer esa plática para otro momento.
—Ya falta poco. —se dice, a sabiendas de que él ya no la escucha y no va a contestar de regreso, que tampoco va a intentar adivinar a lo que se refiere. —Ya falta poco. —se repite mientras lo toma en brazos como si él fuera la princesa de un cuento de hadas.
Ahora van de camino a la enfermería, donde lo dejará descansar en una camilla como es debido, en lugar del frío y duro piso. Jamás fue lo suficientemente pesado para que ella no lo pudiera cargar, o quizás ella es muy fuerte porque incluso ha podido cargar a un tipo de metro ochenta sin pestañear ni quejarse.
Apenas llegan a la enfermería, lo deja descansar en la camilla que preparó antes de salir, siendo interrumpida por un llegue en la puerta de alguien que ha venido corriendo y se detiene en el marco para tomar aire y al mismo tiempo reportar a su cerebro lo que hay en el interior.
—¿Cómo está? —dice el hombre entre un muro y otro, abriéndose paso cuando la médica lo voltea a ver con furia.
Al notar ese último detalle, camina en retroceso con las manos alzadas.
—Dijiste que estaría bien. —lo señala de cerca, puede sentir la uña bien limada a nada de atravesar su pecho y sacarle el corazón. —No volveré a dejar esto en tus manos.
—No conté con eso, ¿de acuerdo? A veces Ranpo-san es un poco más impredecible que cualquier otra persona. —intenta tomar la mano femenina, pero ella la quita con rapidez con intención de golpearlo. —Él solo ocultó muy bien que estaba más cansado de lo habitual. Ni siquiera sé cómo lo hizo, se supone que el cuerpo humano solo tolera once días sin dormir. Quizás tomó pequeñas siestas para soportar dos semanas trabajando día y noche.
Mantenía sus manos firmes donde ella pudiera verlas y saber que era honesto (cosa que pocas veces dejaba ver), era por inercia hacer eso.
—No te culpo, Dazai, lo sabes. —ella bajó su mirada como una disculpa por su actuar. —Al único al que me dan tantas ganas de patear es al único al que no puedo hacerle nada. —ella muestra su ira en su puño cerrado. —Quisiera solo darle un buen golpe a ese malnacido de Fukuchi.
—Ya falta poco, Yosano. —la toma de los hombros para que lo mire directo a los ojos. No sabe si eso la tranquiliza; quien es medianamente el único que puede hacer eso es Ranpo, pero al menos provoca que su cuerpo suelte lo tenso que estuvo tanto tiempo. —Entonces, ¿cómo está?
—Lo encontré con tres disparos, ninguno le hizo especial daño, pero rozaron venas que lo hicieron perder casi cuatro litros de sangre. —se adentra en la habitación nuevamente, haciendo a su bata revolotear cuando el aire del ventilador le da directo en el pecho. —Como siempre, su cerebro está intacto, pero quizás le tome más tiempo despertar ahora dado que no ha dormido bien. —lo mira, se ve normal incluso dormido, la agitación de su ser y las alarmas intermitentes en su cerebro diciendo que está en peligro, no lo dejan tener una buena siesta de reparación.
—Sin embargo, es Ranpo-san. —la interrumpe, leyendo sus pensamientos. —Su cuerpo reaccionará a la más mínima presencia de peligro para su persona.
—Ojalá no tuviera que estar siempre alerta de esos... —su atención en los papeles donde agenda los estados de sus pacientes le provoca un brinco cuando es interrumpida por la nueva presencia que entró incluso más sigiloso que Dazai.
—¿De esos qué, Yosano-chan? —las caras tanto de Dazai como de la mencionada se distorsionan ante la voz del hombre. Es una voz que parece petróleo en su estado más puro. A simple vista da asco de verla y olerla se vuelve un infierno, pero si te mantienes ahí un poco más de tiempo, descubres que es todavía peor. Además, el tono que utiliza siempre que está cerca de ellos dos se vuelve dulce, tan dulce al grado de ser empalagosa y provocar que quieran vomitar.
—Mori-san. —dice Dazai, ambos erguidos de un instante a otro.
—Yosano-chan, Dazai-kun, veo que están ayudando a su amigo aquí. —su sonrisa parece entenderlos, pero ellos saben que eso está lejos de serlo.
—Aunque deberían estar en otro lugar, chicos. —dice Ranpo sobre un quejido por las condiciones en las que estuvo recientemente.
Ambos amigos se mueven a su lado con rapidez, Dazai cargando un vaso de agua que estaba tendido en un escritorio cercano. Instó a que tomara un poco cuando el mayor se pudo sentar como es debido; con ayuda, desde luego. Incluso si Ranpo se negó dos veces antes de acceder.
—Ranpo-san, ¿en qué momento te despertaste? —pregunta la fémina con reprensión en su tono, ella desde luego quiere evitar que se levante como si nada, a pesar de que está totalmente curado ahora, no quiere decir que no se pueda hacer daño en el sistema nervioso por ponerlo a reaccionar tan rápido. Aunque si no se lo ha lastimado antes, no tiene porqué hacerlo ahora.
—Yosano-sensei, hay unos documentos que me pidieron llevar, ¿me harías el favor? —la mira con una pequeña sonrisa, aún si ella lo mira con enojo por ignorar su pregunta. Luego se voltea hacia Dazai. —Tú ya sabes cuáles son los documentos, ve con ella, ¿sí?
Su cara no dice nada mas que el hecho de que va a aceptar eso a regañadientes, tampoco lo quiere dejar ahí solo, pero sabe que son sus esfuerzos por mantenerlos alejados de Mori lo más que sea posible.
—No te preocupes, Ranpo-san, yo me encargo de cuidarla. —le sonríe tanto que la actuación se le escapa por los poros de la cara, y después toma sus manos como un gesto fingido de que todo estará bien. —Nos vemos después, Ranpo-san, encárgate de descansar un poco.
Ambos se alejan de la camilla para pasar al lado de Mori, cruzando una batalla de miradas que tienen cada vez que se ven. Los ojos amatistas de Yosano, los coñac de Dazai y los lavanda de Mori son un espectáculo mientras más oscuros se vuelven.
Mientras los pasos hacen que avancen, la batalla se pierde sin dejar un claro ganador. Pero Yosano y Dazai ya se sienten victoriosos de igual forma.
—¿Y cómo está eso de que vas a cuidarme? —se escucha en el eco del pasillo, seguido de un pequeño golpe que, se deduce fácil, es en el hombro más cercano a su puño. —Será al revés, en dado caso, idiota.
Fue lo último que escuchó de ellos.
—Perfecta jugada, Ranpo-kun. —sonríe el hombre mientras se posa a su lado. Él lo ve con furia en su rostro, sabe que solo disfruta de ver su pánico cada vez que se acerca a sus queridos amigos. —Aunque no me hubiera importado que se quedaran un poco más de tiempo.
—Nunca te dejarían hacer algo, Mori-san, deja de insistir.
—Aún si dices eso, sabes a la perfección que no necesitan que los cuides. —lo contraataca. —Desde que aprendieron de ti no puedo estar cerca de ellos en una charla que no sea una reunión. —se ve triste en verdad por eso.
Qué lamentable, no le importa.
—Me tiene sin cuidado. —dice una vez que ha terminado de bajar de la camilla, cuanto antes salga de aquí, mejor será.
—Fukuchi-dono me informó de tus actitudes recientes. —sus manos detrás de su espalda indican el formalismo en su hablar. —Creí que ya habías aprendido los correctos comportamientos.
—Por favor —bufa en sintonía con la finalización del discurso de Mori. —, deja el favoritismo. Como si te importara que yo sea impuntual cuando Dazai o Yosano pueden llegar a la hora que deseen.
Mori endurece su expresión a sabiendas de que hay un poco de verdad en sus palabras.
—No es raro que sea así. —dice, acercándose a la espalda de Ranpo que se aleja de camino a la puerta de la enfermería. —Ellos son mis pupilos, tú eres el pupilo de Fukuchi-dono, cada quien educa a sus subordinados como desea.
—Sin embargo, interfieres en mi educación cuando se te place, así que tu razonamiento es erróneo por completo. —sigue caminando sin detenerse, su batalla terminará cuando pase el marco de la puerta y pueda despedirse hasta su siguiente reunión.
—Me complace ver cómo tus estrategias de batalla van avanzando cada día, Ranpo-kun. —suena en verdad satisfecho. —Una lástima que las ocupes en contra de tu maestro.
—Si te llegué a considerar mi maestro, fue hace mucho tiempo.
Y con eso, su conversación finalizó, dejando que Ranpo se vaya de ahí ileso. Las batallas con Fukuchi las pierde siempre porque combaten en diferentes ámbitos, como lo son la espada y las palabras. Con Mori es un cuento diferente. Desde que aprendió, con la llegada de sus amigos a la base, que es más inteligente que él, no ha habido una sola derrota de su parte. Este don lo compartió con aquellos que sufrieron bajo la tutela de Mori, que aunque los únicos que sobrevivieron fueron Yosano y Dazai, no fueron pocos.
Sin saber en realidad cómo, está de regreso en su oficina, donde puede ver que nadie entró, a pesar de lo que le dijo a sus amigos, ellos debieron deducir a medio camino que les mintió para sacarlos de la habitación. Quizá, por la frecuencia con la que sucedía, lo han sabido desde que se despertó ante la presencia del hombre. Solo actúan como si no supieran para no darle sospechas al médico militar.
Cuando cierra la puerta de su oficina, libera un suspiro tan largo que podría darle dolor de cabeza.
Se desliza con lentitud por la contrapuerta que da a la habitación que está toda equipada como si fuera una casa para él, incluso si tenía más sensación de prisión. Alguna vez hubo cámaras en cada esquina cuando era niño, pero fueron removidas después de aquél incidente con la espada de Fukuchi a sus quince años cuando, tanto ellos como él, se dieron cuenta de que Ranpo no daría razones nuevas para preocuparse. Así que, bajo ese conocimiento, se permite llorar sin piedad, haciéndose bolita y escondiendo su cara.
Ha sido un día tan duro, pero ni siquiera son las diez de la mañana.
Ni siquiera ha terminado de sollozar cuando escucha ruidos por el lado de su baño. Vuelve a notar su entorno, notando que nada parece realmente fuera de lugar como para pensar que alguien se metió a su oficina. Se dirige al lugar de donde escuchó el traqueteo con sigilo y curiosidad. Puede escuchar un susurro de voces que son calladas rápidamente, alguien se ha dado cuenta de que Ranpo está caminando y por inercia camina con más sigilo, pero nadie vuelve a entonar ninguna palabra.
Cuando está frente a la puerta, se debate si debería abrirla, pero analizando las cosas, es bastante simple. Son tres personas, una está mejor entrenada que las otras dos porque su respiración es apenas audible, y seguramente fue quien calló a los otros dos. Por las voces puede decir que son dos hombres y una mujer. Por el hablar de la mujer, puede deducir que tiene algo en la boca, no entiende con exactitud lo que es, pero eso pasa a segundo plano cuando nota que no hay diferencia de edad tan grande entre el chico y la chica novatos, sin embargo, el otro hombre es impreciso por su habilidad. Basando sus cálculos en términos de experiencia, quizás sea años mayor que él, tal vez tres, o dos. Y un dato que entendió solo después de que no escuchó a los otros dos es que son dotados de habilidades. Que por cierto, no conoce a ninguno de ellos.
Abre la puerta sin mucho cuidado, sea como sea, en cuanto su silueta sea visible, lo intentarán matar, tal vez. Así que nada mejor para despistarlos que abrirla abruptamente.
En ese momento, no sabe si alabar sus deducciones o asustarse al no ver a más de una persona allí. Un pelirrojo alto, tiene barba y efectivamente, sus pisadas son suaves cuando intenta pararse debidamente frente a él.
Ranpo está seguro de que fue alguna clase de asesino en su momento, puede ver una funda para al menos dos pistolas de corto alcance guardadas debajo del saco beige que viste tan casualmente. Así que predice que no lo matará si interrumpe su intento de iniciar una conversación para ir corriendo a la puerta, donde un saltón botón rojo de pánico lo espera para ser presionado. Justo como ahora.
Lo que sí puede decir es que su brazo es detenido por un cuchillo que rozó la manga de su ropa, clavándose firme en la pared. No iba a usar las pistolas sin importar cuánto intimidantes se vieran en sus manos, porque eso haría eco, resonaría en al menos unos cuántos pasillos.
—No vine a matarte. —dice, con Ranpo mirando sobre su hombro para ver el remanente del lanzamiento táctico del arma. —Vine a ofrecerte algo.
—Lo sé, no te preocupes. —se gira para verlo a los ojos, sus párpados están abiertos dejando ver sus ojos en su más pura concentración. —Ese botón es ruidoso, no me gusta, así que no lo tocaré. —suspira cansado. —Solo quería localizar a tus otros dos compañeros, si no van a hacerme nada, entonces no hay motivos para que se escondan.
Ellos salen de su escondite con los hombros encogidos por haber sido atrapados dejando a la vista que los otros dos también son pelirrojos, un equipo tan peculiar, de hecho; aunque ninguno parece emparentado entre sí. Volviendo a lo otro, cabe destacar que es el escondite más ingenioso que ha visto en su vida. Un poder de hologramas con origen nevado, sin duda es hermoso a la vista de alguien que ha visto a pocos usuarios de habilidad como él. En efecto, eran un chico y una chica, tenían alrededor de dieciocho y diecinueve años respectivamente. Y, sin duda, la chica traía unos artefactos de metal en los dientes. ¿Son para espiar? No, dado la zona que cubren, son algo que se usa para retener sus dientes, quizás para que se vean parejos. Nunca le hablaron de nada similar, quizás son algo nuevo de lo que no han recolectado registros, pero dada la comodidad de la chica con ellos, puede afirmar que ha pasado cerca de año y medio con ellos. Es el tiempo suficiente como para que alguien haya recolectado información.
Eso le deja un mal sabor de boca, provocando su ceño fruncido con severidad.
—¿Qué? —pregunta la chica a la defensiva por el aspecto de su cara, Ranpo se tranquiliza para no hacerla incomodar.
—No es nada. —tendrá que dejar esa incógnita para después. —Por cierto, dices que vienes a ofrecerme algo, pero no te veo en posición de negociar. Y no veo algo que quieras en realidad, sino que soy yo, ¿verdad? —voltea a mirar al pelirrojo con seriedad. —Me van a llevar a mí, ¿me equivoco?
La pregunta es tonta, Ranpo no es la clase de persona que se equivoca en deducciones.
Mientras los otros dos chicos se muestran sorprendidos, el otro hombre muestra su profesionalismo, suspirando con aspereza, bajando sus brazos hacia sus costados y manteniéndose en una posición menos intimidante.
—Es así. —por su reacción, puede saber que le han advertido sobre él y sus poderes deductivos.
—¿Me conocen? —como se está volviendo costumbre, los más jóvenes se ven impresionados por el hecho de que sepa eso, el hombre más adulto tiene que lidiar con dicho comportamiento.
—Bien, estamos algo cortos de tiempo. —dice apartando a los otros dos. Está a punto de iniciar una pelea.
—Eso no es muy inteligente de tu parte, se ve que estás en verdad desesperado. —Ranpo retrocede, porque no puede hacer mucho para defenderse, está tan cerca de la puerta que creen que trata de escapar. No es así, aunque tampoco pretende quedarse aquí con estos desconocidos. —Yo no huiré, pero tampoco crean que iré con ustedes.
Si lo conocen, eso quiere decir que no es por nada menos que por su inteligencia y capacidad de estratega para esta base militar, eso le da pistas muy obvias sobre el por qué lo quieren.
Se rehusa a ser usado por otra clase de personas, tiene que estar al lado de Yosano y Dazai todavía, no quiere dejarlos aquí solos. Aunque este lugar no es mejor que la siguiente base a la que podrían arrastrarlo en cuanto lo capturen.
El pelirrojo más grande se acerca a él, encerrando a Ranpo entre la puerta y su prominente presencia. Pero cumple con su palabra de que no desea pelear y que no lo va a lastimar y solo lo toma del cuello posterior de su ropa, siendo alzado con tanta facilidad que podría parecer un juego de niños.
No puede creerlo, ¿qué es esta fuerza que usa para ni siquiera titubear al levantarlo del suelo?
Mira el cuchillo clavado en la pared detrás de él cuando lentamente está siendo llevado más cerca de ambos chicos. Si extiende la mano solo un poco, él podría tomarlo y comenzar a defenderse, aunque no sabe cómo, puede copiar los movimientos de Fukuchi de lo que ha visto a lo largo de su vida. Está a nada de tomarla cuando es tirado al suelo, siendo comido por la gravedad que lo hace doler las piernas por la caída directa.
—¡Oye! —se queja en su dirección, viendo la confusión en los tres rostros.
Eso puede no ser normal, debe tener algo que ver con una habilidad. Si estos tres son dotados, debe deducir lo que hacen los otros dos. El chico menor fue quien activó la nieve holográfica, los otros dos son un total misterio. Pero nada que no pueda arreglar con un simple vistazo.
Si es una habilidad que le permite no lastimar a las personas, incluso si su vida está en peligro, tiene unas opciones en su cabeza. Sin embargo, no debe olvidar el movimiento que hizo ante su idea de tomar el cuchillo para defensa personal. ¿Leer la mente? Es un poco soso, considerando que debería ser a cierta distancia para variar, y su reacción cuando los encontró en el baño fue algo tardía para escucharlo, aunque rápido para interpretar y moverse. Él los silenció cuando estuvo a nada de abrir la puerta, quizás unos cuatro o cinco segundos antes, pero eso lo hizo moverse más lento, lo que no hubiera hecho si no hubiera escuchado cómo el baño quedó en silencio. Es algo impreciso pero debe ser una habilidad que tenga que preveer información. Quizás es más específico decir que prevee el tiempo. Lo tiene.
La otra chica no está aquí de adorno, pero no parece llevar arma con ella, no debe ser de la clase peleadora. Ella fue la primera en reaccionar juntando las yemas de sus dedos a punto de hacer fricción para dar un chasquido. ¿Qué era? ¿Para inmovilizarlo? No sería de mucha ayuda junto a un hombre que puede leer el futuro. El otro que crea hologramas parece estar haciendo contraparte a su habilidad. Si la nieve lo distrae sería el perfecto momento para que alguien lo atrape.
Eureka, una habilidad para secuestrar fácil y rápido. ¿Teletransportación? Algo debe de haber con eso si entraron a su habitación sin mover una pizca de polvo.
Quizás un espacio personal donde nadie sin su autorización pueda entrar. Sería ideal por si alguien los descubre, ellos se esconden y así evitan llamar la atención con una pelea.
Mira de reojo el reloj, han sido cinco segundos de su tren del pensamiento.
Quizás puede confundirlos.
O ellos puedan confundirlo.
Nadie dijo que en realidad, ellos hubieran salido de su verdadero escondite. Si era un holograma, entonces podrían estar en cualquier lado, ¿por qué aparecerían justo enfrente de él, donde pueda verlos e inspeccionarlos?
Era una trampa.
Un golpe en su cabeza, como de un claro amateur que no quiere lastimar mucho, le llega por la parte trasera cuando intenta darse la vuelta para encararlos. Quizás ellos pensaron que lo sabría, pero no que sería tan pronto.
A pesar de ello, se aseguró de ver a su alrededor para corroborar la información que analizó. Al menos en algo no se había equivocado, su tonta guardia baja lo llevó a no predecir
Sin duda la persona que ideó esto, tiene sus respetos. Lo engañaron por completo.
El cuerpo flácido de Ranpo es cargado en la espalda del hombre más alto.
—Sakunosuke-san, ¿él de verdad lo dedujo todo? —se miraba impresionada la chica, preguntando en la voz más baja que pudo.
—Tal como fue previsto. —lo mira por el rabillo del ojo, sin dejar de prestar atención a sus compañeros de trabajo. —Ahora, andando, debemos llevarle un informe de victoria a la base.
Los dos menores endurecieron su cara asintiendo con la misma fuerza.
La chica chasquea los dedos y los hace desaparecer, a los cuatro. Sin embargo, su siguiente aparición es ya fuera de la habitación del chico, aunque al principio llegaron por un lugar desde atrás de su pieza, ahora deben salir por la puerta delantera para que puedan seguir con el plan. El menor es el primero en revisar las cámaras de seguridad, están todas apagadas como era de esperarse, es cuando puede poner en marcha su nieve ligera.
A Ranpo, sin embargo, lo han dejado en el espacio confinado de la chica, siendo que solo necesitan al escuadrón de pelirrojos para salir con vida de ahí. No quieren que el pelinegro intervenga en cuanto se despierte.
