Actions

Work Header

Prímulas y nomeolvides

Summary:

Elin descubre un jardín lleno de flores de su mundo y no puede dejar escapar la ocasión. Aprovechando el lenguaje de las flores, ¿qué querrá decirle a los miembros de la Compañía?

O Elin les regala flores a cada uno, pero tiene un problema cuando llega a Legolas.

Forma parte del universo de "Desde aquí hasta mi hogar", Legolas/OFC.

Notes:

Este fic pertenece a una colección de fics y escenas sueltas relacionadas con mi fic Desde aquí hasta mi hogar, no tiene sentido por separado.

Este oneshot está ambientado durante su estancia en Lothórien.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Al principio no se había dado cuenta. Se había dedicado a disfrutar de la belleza de Lothlórien sin fijarse en los detalles, empapándose de los colores y las formas que lo decoraban todo. Aunque predominaban el amarillo de las elanor, el dorado de las hojas de los árboles y sus troncos plateados, por todas partes destacaban bancos de colores, como lagos de flores salidos de un cuadro. No fue hasta que un día Sam se paró a observar las distintas plantas, durante un paseo con los hobbits, que se fijó bien en ellas.

—¡Mire, señor Frodo! —exclamó, señalando unas flores blancas y diminutas—. ¡Velo de novia, como en La Comarca!

Los cuatro hobbits y ella se acercaron a observarlas, y entonces se dio cuenta de que reconocía más de una flor.

—Ahí hay magnolias, y lirios del valle… ¡Y eso son camelias rosas, sus favoritas, señor Frodo! —señaló. 

Frodo sonreía, más ante la expresión de deleite de Sam que ante las mismas flores. Elin se sintió embargada ante la escena. Las flores le recordaban a su hogar y se sintió un poco más cerca de casa, sabiendo que había que compartía algunas con su mundo. Se preguntó si Sam sabría lo que significaba cada flor o si eso sería algo único de su tiempo.

—Sam, ¿tú conoces el lenguaje de las flores? —preguntó, cuando volvían. El jardinero no se había atrevido a cortar ninguna, pero había recogido varias margaritas que se habían caído de sus ramas y jugueteaba con ellas entre los dedos.

—¿Se refiere a que hablan entre ellas, señorita Elin? —contestó él, confuso—. Uno diría que eso es algo más de los elfos. Podría preguntarle al maese Legolas, quizá él pueda ayudarla; aunque a veces he estado seguro de que mis peonías me entendían y crecían mejor cuando les hablaba, si usted me entiende. Las plantas saben más de lo que dicen, pero yo no lo llamaría lenguaje, señorita Elin.

La joven rio entre dientes. Aquella respuesta era muy típica de Sam. No dijeron nada más durante el paseo, pero se le había ocurrido una idea.

 


 

Primero le había pedido permiso a Galadriel, por supuesto, a través de Silmë. Su amiga le había asegurado que no habría ningún problema mientras las cogiera con respeto, pero aun así había insistido en que le preguntara a la dama. Cuando obtuvo también el permiso de la señora de Lothlórien, se puso manos a la obra.

No las cogió todas seguidas. Tampoco era plan de plantarse en el campamento con ramos de flores para todos; no, prefería tomarse su tiempo, entregárselos poco a poco. Empezó por Gimli, como no podía ser de otra manera. Cogió dos girasoles enanos y los rodeó de flores de las nieves y pequeñas aster violáceas. Las edelweiss blancas y las flores con forma estrellada creaban una corona perfecta para los girasoles, que destacaban en su centro. Ató las flores con unas cintas que le había dado Silmë y sonrió. 

Adoración, amor, coraje y devoción. No se le ocurría una mejor manera de expresar lo que sentía por el enano, pues no había ninguna flor que dijera: «Gracias por salvarme la vida, acogerme cuando estaba sola y quererme como a una hija».

«¿Quién me iba a decir que traducir un libro sobre floriografía me sería útil de verdad algún día?».

Se coló en el campamento cuando no había nadie y las dejó sobre su hacha. Le daba demasiada vergüenza entregárselas en mano, pero estaba segura de que Gimli sabía de quién eran las flores.

Unos días después, se encontró a Boromir mientras volvía del jardín. Ocultó el ramo tras la espalda, azorada. El gondoriano la había pillado con las manos en la masa.

—¿Para quién es ese, Elin? —preguntó, con una sonrisa cómplice.

—No sé de qué me hablas —trató de disimular ella.

—Venga, Gimli está encantado con el que le has hecho. Todos sabemos que has sido tú, ¿por qué lo ocultas? —dijo, poniéndose a su altura.

Elin suspiró, derrotada. Sentía el calor trepar por sus mejillas y reveló un precioso ramo hecho con hisopos e irises morados.

—Es para Aragorn —confesó. El guerrero pareció sorprendido, pero no se burló de ella y eso la animó a continuar—. Representan el sacrificio y la esperanza, la sabiduría y el valor.

Boromir observó las flores, pensativo, antes de ofrecerle el brazo para acompañarla hasta el campamento.

—Muy adecuadas para nuestro capitán —asintió—. Venga, te ayudaré a dejarlas sin que te vean.

Elin le sonrió, agradecida.

 


 

Tenía claro qué flores irían a continuación. Una mañana, tras salir de los baños después de su entrenamiento, se desvió hacia los jardines con una sonrisa de oreja a oreja. Había sido una buena sesión, cada vez estaba más cerca de acertar en la diana. Las horas se le pasaban volando junto al elfo y salía mucho más animada que antes. Vio unos preciosos gladiolos rojos, la flor de la integridad, la fuerza y la victoria, asociada a los guerreros, y pensó inmediatamente en Boromir. Le añadió unas hortensias blancas y azules, creando un bonito contraste con los gladiolos.

«Gracias por comprenderme siempre», decían.

Entró al campamento con el ramo al frente, orgullosa de él. Aragorn ya se había acercado a darle las gracias la tarde anterior, cuando encontró el suyo junto a su espada, y Gimli todavía tenía sus girasoles en la tienda. Boromir tenía razón: todos sabían que era ella, ¿para qué ocultarse?

En el claro solo estaban Boromir y Aragorn, fumando con tranquilidad. Se acercó a ellos con un saludo y el gondoriano le dedicó una sonrisa radiante.

—¿Dónde vamos a esconder ese hoy? —preguntó, ufano, dispuesto a ayudarla una vez más.

Elin negó con la cabeza, justo cuando por el camino aparecían Legolas y Gimli, que se quedaron mirando la escena con curiosidad sin que ella se diera cuenta.

—Hoy no lo escondo. Este es para ti —dijo, contenta.

El guerrero la miró con sorpresa, pero aceptó las flores encantado.

—Creo que es la primera vez que me regalan flores —comentó, observándolas con deleite—. Y debo decir que me encanta. Muchas gracias, Elin.

Se puso en pie frente a ella y le tomó de la mano, depositando un cortés beso en su dorso. La joven rio con nerviosismo. No estaba acostumbrada a sus galanterías.

—¿Qué significan estas, si puedo preguntar?

—Ah, ¿las flores significan algo? —intercedió Aragorn.

Gimli y Legolas entraron en el claro. El enano avanzaba a paso rápido.

—¡Yo también quiero saber lo que significan las mías, pequeña! —exclamó.

La joven observó a sus compañeros, alarmada. Se estaba poniendo del color del gladiolo. No se había esperado una emboscada así, ¡y en ningún momento había tenido la intención de decirles lo que significaba cada flor!

—¡No os lo pienso decir! —exclamó, sofocada—. Tendréis que averiguarlo solos o inventaros su significado.

Se negó a decir una sola palabra más, a pesar de los ruegos de sus compañeros. Legolas era el único que no la atosigaba para que diera una respuesta.

 


 

Se preguntaba quién sería el siguiente. Sentada en el centro del jardín, observando todas las flores, dudó. Si le daba flores a Pippin antes que a Merry, el más joven se pasaría el día restregándoselo por la cara. Pero, si se las regalaba a ambos antes que a Frodo y a Sam, entonces serían el portador y su jardinero quienes recibirían las burlas.

¿Y los cuatro a la vez? También había encontrado unos solidagos dorados preciosos que le recordaban a Gandalf, representando el ánimo y la buena fortuna. Podría preparar uno para secar y dejárselo en Lórien hasta su regreso, ¿no? No quería que fuera el único sin regalo. ¿Y Legolas? ¿Qué flores podría regalarle a Legolas? ¿Qué quería decirle con ellas? Sin quererlo, sus ojos viajaron hasta las rosas rojas, pasando por las gardenias y el velo de novia…

—Ni hablar —se dijo en voz alta, tratando de espabilar.

No había un mundo en el que pudiera regalarle una flor así. Tampoco quería, ¿verdad? Esas flores eran para…

Y ella no…

Pero tampoco había flores para tu maestro arquero o el «elfo al que querías matar pero del que te has hecho amiga», ni tampoco flores lo suficientemente hermosas como para compararse a su voz cuando decía su nombre o al cielo que contenían sus ojos, o…

«¡Eh! Ya basta», se reprendió.

Lo tenía decidido. Lirios amarillos y espuelas del caballero para Merry, simbolizando un corazón abierto y la felicidad que siempre irradiaba. Para Pippin, unas camelias blancas y unas crocus amarillas, por su amabilidad y alegría. A Sam le hizo un ramo de claveles blancos y margaritas, que simbolizaban un amor puro y leal, la inocencia que destilaba en todas sus acciones. Finalmente, a Frodo le preparó un conjunto de camomilas y jacintos blancos: paciencia en la adversidad, plegarias por alguien. Era una manera muy pobre de resumir todo lo que sentía por esos cuatro hobbits, pero tendría que valer.

Los encontró tomando un segundo desayuno en el claro. Los demás estaban dispersos, así que se acercó a ellos y les entregó las flores a cada uno. Los cuatro las recibieron con agradecimiento, aunque disfrutó especialmente del rostro de Sam.

—¿Cómo ha sabido que me encantan las margaritas, señorita Elin? —preguntó.

—Ha sido una corazonada.

 


 

Se escabulló tras la cena, dejando al resto de sus compañeros charlando a la luz del sol poniente, para ir al aseo y dar una vuelta. Le encantaba la última hora de luz antes de la noche en el bosque. Los rayos teñían de oro las hojas y las elanor brillaban como estrellas en el césped y todo tenía un aire aún más mágico. Al volver del baño, lo hizo dando un rodeo. Las estrellas comenzaban a aparecer y los farolillos iluminaban el camino, y en un recodo encontró el suelo cubierto de nomeolvides y prímulas blancas y azules como si el cielo se hubiera vertido en ese mismo lugar.

La visión le quitó el aliento.

Se agachó junto a las flores y las rozó con los dedos. Eran pequeñas y delicadas, con aspecto de ir a deshacerse si las tocaba demasiado fuerte; y, sin embargo, ambas eran especies resistentes, que se adaptaban al terreno y sobrevivían a muchos inviernos.

Un poco como ella, quiso pensar. O como le gustaría ser.

Cogió solo dos flores y jugó con ellas entre los dedos un rato, antes de ponerse en pie. Debía volver antes de que se preocuparan. Oyó un carraspeo a su espalda y se giró. Era Legolas.

—Te han enviado a buscarme, ¿verdad? —preguntó.

El elfo le dedicó una sonrisa.

—No, pero estaban a punto. ¿Todo bien?

Se acercó a él y, sin necesidad de decir nada, echaron a andar. La complicidad entre ellos había aumentado con las semanas en el bosque.

—Sí, me había parado a observar las flores —respondió.

Legolas hizo un sonido apreciativo. Ella le miró de reojo, pero el elfo observaba al frente con expresión tranquila. Sabía que debía estar esperando un ramo. Todos habían recibido uno, ¿no era lógico que él también lo hiciera? Y, sin embargo, no era capaz de crear uno para él. No quería poner cualquier flor, pero… Pero…

—No necesitas darme nada —interrumpió sus pensamientos como si les hubiera dado voz. El elfo seguía mirando hacia delante—. No deseo que algo así te atribule. 

Tras dudar unos instantes, Elin intentó explicarse.

—Lo sé, pero… —comenzó—. No es que no quiera regalarte flores, es que…

El elfo parecía decidido a no desviar la mirada del camino y ella lo agradecía. No sabía si sería capaz de explicarse con sus ojos clavados en ella.

—No sé qué flores… escoger —terminó en un susurro.

Se sentía estúpida al decirlo en voz alta. Cualquier flor valdría, sobre todo cuando en la Tierra Media desconocían el lenguaje de las flores. Pero ella lo sabía, sabría lo que significaba el ramo, y eso la paralizaba.

—Cualquiera que venga de tu mano me parecerá maravillosa —dijo él, mirándola de repente. Sus ojos eran como el mar de nomeolvides y prímulas, azul estrellado—. Como esas que tienes ahí —añadió, señalando su mano.

Elin le tendió las dos flores. Parecían pobres en comparación con todo lo que había en Lothlórien.

—¿Esto? Solo son dos flores…

—¿A ti te gustan? —preguntó él, sin atreverse a tomarlas.

La joven asintió.

—Son mis favoritas —confesó.

—Pues también serán las mías.

Su voz era suave y baja e hizo que su corazón saltara por los aires. Como en un sueño, le tendió las dos flores y Legolas las aceptó, rozándole los dedos en el proceso. No era capaz de mirarle a la cara, pero supo que sonreía. Volvieron en silencio, el elfo con las flores en la mano, ella con la mirada clavada en el suelo. Quizá algún día fuera capaz de hacerle un ramo solo para él; pero, mientras tanto, las prímulas y las nomeolvides hablarían por los dos.

no puedo vivir sin ti. amor verdadero.

Notes:

NOTA IMPORTANTE: Este fic no implica en absoluto que nuestros protagonistas estén preparados para reconocer sus sentimientos, es una pequeña licencia artística que se ha tomado la autora. Aquí todos siguen con un tapón emocional bueno, Elin sigue sin saber que le gusta Legolas y viceversa.

De hecho, está englobado en una colección diferente de fics que de costumbre precisamente por eso, porque es un poco más AU que los demás. Hasta ahora os he traído escenas "eliminadas", pero creo que este fic evoluciona sus sentimientos demasiado deprisa, así que no he decidido aún si es canon o no.

Dicho esto, ¿qué os ha parecido? ¡Espero que os haya gustado y estoy deseando leer vuestros comentarios!