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Benjamin es el tipo de hada que tiende a pasar más tiempo con los ojos cerrados que abiertos. Qué decir, 250 años de vagar por el mundo hacen que hasta el más enérgico sienta ganas de echarse una siesta en cualquier oportunidad posible. Sin embargo, hasta él podría considerarse alguien bastante consciente de sus alrededores comparado con Kat.
Alph Hingley, más (involuntariamente) conocido por su apodo, Kat es en términos de maestros del azúcar de plata, el héroe del pueblo. Con un rodillo en mano en lugar de una espada y un delantal gastado en vez de una brillante armadura. Que su cara de gato huraño no te engañe, pues él siempre está dispuesto a hacer los dulces que la gente que aprecia quiere a precios tan accesibles que los elitista aristócratas lo tacharían de idiota. Confianzudo pero de buen corazón, no deja ver que el trabajo que enseña aparentando poco esfuerzo le tomó varias noches en vela
En situaciones así Benjamin está siempre pendiente de seguir su rol como ayudante; pasando ingredientes, rebuscando entre los moldes, y sabiendo de memoria donde está todo para evitar incidentes innecesarios (como aquella dolorosa vez que estuvieron una hora buscando su ala y no la encontraron hasta que accidentalmente le cayó un libro encima). A cambio puede pasar las noches (y parte de los días) durmiendo en sus suaves guantes de invierno y quedarse con la masa de azúcar sobrante luego de una obra enorgullecedora. Ambos suspiran, chocan los cinco y pasan el resto de la noche frente a la chimenea.
Es cómodo. Las hadas no pueden sentir la temperatura, pero Benjamin sabe que es cálido.
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A Benjamin le gusta cuando hay invitados. El tono entusiasta de los pueblerinos al pedir sus órdenes es arrullador y sus rostros alegres al recibirlas es una buena imagen para ver al despertarse. Con eso concordó Ann Harford, la muchacha por la que conoció a su colega MIthril lid pod. definitivamente un tipo más agradable y animado que el hada de mirada apática del Vizconde de azúcar de plata.
Hablando del rey de roma, Hugh Mercury es uno de los visitantes favoritos de Benjamin, y es que parece que con él el despiste y la habilidad de confección de Kat suben en un ratio hilarantemente inverso. Nunca se da cuenta de que por más que se la pasan discutiendo, no se separan ni un segundo hasta el fin de la visita. Es extraño, porque Kat nunca nota cómo el rostro de su colega se ilumina apenas le abre la puerta y se tiñe ligeramente de rojo cuando se le acerca demasiado.
Ambos pasan horas y horas en el taller, y aunque Hugh como Vizconde no puede hacer dulces que no sean para la corona, nada le impide ayudar con el refinamiento o girando la molienda mientras hablan y hablan sin parar. Benjamin piensa que su trabajo en equipo es increíble. Tienen una coordinación que realmente recalca lo mucho que llevan conociéndose ¿Se imaginan si ambos tuvieran una tienda juntos? ¡Serían imparables!
Pero lastimosamente eso sería imposible. Eventualmente el Vizconde se va en su carruaje y luego de cerrarle la puerta Kat murmura un último y más lúgubre “maldito idiota” antes de pedirle a Benjamin que le prepare un baño
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Una tarde soleada Benjamin se despierta con el sonido de un carruaje alejándose. Por un segundo se pregunta si es la señora noble (cuyo nombre siempre olvida) pidiendo otra escultura que inevitablemente será negada, pero la acelerada voz de Kat desde el taller lo distrae de ese pensamiento.
¡Benjamin, ayúdame a buscar mi corbata!
Al entrar al taller Benjamin nota algo raro. Pese a que tenían un trabajo pendiente en el que pensaba que iba a trabajar, casi nada del azúcar en el barril había sido gastada. Además el mismo Kat ni siquiera tenía puesto su delantal. Todo lo contrario, tenía el chaleco suelto, la camisa desordenada y el cabello suelto. Su rostro, pese a lucir concentrado, estaba rojo como una manzana de azúcar.
- ¿Por qué te quitaste la corbata para trabajar?
¿Qué trabajo? ¡Ese idiota me distrajo demasiado tiempo y ahora no tendré suficiente tiempo para entregar el pedido!
Kat sólo pone esa cara cuando habla de cierta persona específica. Ah, probablemente era su carruaje el que estaba yéndose.
- …
- …
- …
- …
- Oye, pensaba que me dirías si algún día consigues novio.
- ¿¡De que novio hablas, idiota!?
- Heh heh, nada.
