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La llamaron Alicent, como la reina.
Sus padres eran buenas personas, piadosas y honradas. La llamaron como una mujer que luchó por llevar la salvación a la casa del dragón, incluso si nadie apreció realmente su sacrificio. Era exactamente lo que esperaban de ella: ser una mujer piadosa y sacrificada en nombre de la justicia de los dioses.
Su madre le enseñó a tejer y a cocinar, le enseñó a recitar cada pasaje de la Estrella de Siete Puntas, y fue al septo con sus padres siempre que el tiempo se los permitía.
Le enseñaron a navegar la religión antes de enseñarle a navegar en el mundo.
Fue educada en casa por su madre, ya que no querían que su perfecta Alicent se viera mancillada por las enseñanzas paganas de una escuela común. Permitían que las hijas de sus amigos más cercanos fueran a casa para jugar un par de horas a la semana, pero solo niñas; sería impropio dejarla jugar con niños varones.
Alicent siempre vestía vestidos y faldas modestas, no había un solo pantalón en su guardarropa, y solo se le permitía vestir colores femeninos y modestos a los ojos de los Siete.
Su familia era un ejemplo para el resto del mundo. Su madre se encargaba de la casa y de la educación de Alicent, como una buena esposa debe hacer siempre, mientras tanto su padre trabajaba y proveía para su familia, como un buen esposo debía hacer.
Se esperaba que, al crecer, Alicent empezara a ayudar con las tareas del hogar para prepararse para ser una buena esposa para su futuro marido, para poner en alto el nombre de su familia y la educación recibida por sus padres.
Al principio, Alicent realizaba todas sus tareas con devoción. Obedecía cada palabra que salía de los labios de sus padres sin siquiera una objeción, pero empezó a sentir algo extraño. Un nudo se formaba en su estómago cada vez que se le ordenaba algo, cada vez que hablaban de un futuro marido que en realidad aún no existía.
Alicent empezó a sentir que algo se arrastraba debajo de su piel cada vez que asentía y sonreía como le habían enseñado. Su único consuelo era que su madre encontraba la forma de hacer que las labores del hogar fuesen similares a un juego. Su madre era la luz de todo su mundo, y pronto esa luz también se apagó.
Cuando Alicent tenía 10 años, su madre enfermó. Fue algo repentino pero potente, y en menos de una semana su madre estaba inmovilizada en una cama de hospital. Los doctores decían palabras que Alicent no entendía, y su padre no creía que valiese la pena explicarle nada a una simple niña pequeña.
Alicent dedicó sus días a tomar la mano de su madre mientras le leía la Estrella de Siete Puntas. Su madre le sonreía y la llamaba su pequeña Reina Alicent, lo cual creaba otro nudo en su estómago, pero decidió callar para no molestar a su madre enferma.
Cerca del final, pese a que Alicent aún no estaba enterada de que habría un final, su madre tomó sus manos con fuerza, la miró a los ojos y le pidió que se hiciera cargo de su padre. Le dijo que debía ser fuerte ahora porque su padre necesitaría que alguien se hiciera cargo de la casa mientras ella no estaba. Alicent pensó que hablaba de un par de semanas o incluso meses mientras ella se ponía mejor, pero después, una mañana mientras se arreglaba para ir al hospital, su padre le dijo que ya no sería necesario. Alicent intentó replicar que su madre la necesitaba a su lado, pero su padre simplemente le dijo que su madre había muerto.
No le dijo que lo sentía, no le dijo cuándo ocurrió, ni siquiera le explicó qué había enfermado a su madre para empezar. Simplemente no creyó necesario que la pequeña niña, ahora huérfana de madre, tuviera que ser informada de lo que había sucedido.
De un momento a otro, Alicent se había quedado sin madre y ni siquiera sabía que eso era una posibilidad. Su padre la obligó a dejar de llorar y le dijo que no esperaba su asistencia al funeral, ya que era demasiado pequeña para entenderlo.
En lugar de ir a despedirse de su madre, Alicent se quedó en casa limpiando el polvo que se había acumulado mientras acompañaba a su madre en el hospital. Preparó la cena para su padre y se quedó despierta hasta tarde esperando que él regresara. Se quedó dormida en la sala con la cena fría intacta en la mesa. Su padre volvió al día siguiente con la excusa de haberse quedado en casa de los abuelos maternos de Alicent, que necesitaban la compañía porque estaban pasando por un momento muy duro.
Alicent encontró una nueva vida en la convivencia con su padre. Se esperaba que retomara las labores domésticas de su madre mientras su padre seguía yendo a trabajar como cada día. Las tareas que antes habían estado rodeadas de risas y juegos se volvieron grises y pesadas. Ni siquiera recibió educación durante casi un mes antes de atreverse a preguntarle a su padre si podría obtener un nuevo maestro.
Su padre la inscribió a regañadientes en una escuela religiosa para niñas y pronto Alicent se encontró con dificultades para ponerse al día con sus compañeros. La educación en casa de su madre apenas rayaba en el nivel de aceptable para el conocimiento que debería tener una niña de su edad. Pero como Alicent podía recitar la Estrella de Siete Puntas, las septas que ejercían de profesoras la amaban más que a cualquier otra niña.
Las otras niñas la miraban de reojo y se burlaban de sus largas faldas que le llegaban casi a los tobillos. Al principio, Alicent pensó que estaban celosas de su facilidad para agradarle a las septas, pero pronto se dio cuenta de que era solo por su comportamiento mojigato lo que hacía reír a las otras niñas. Un comportamiento que solía ser tan natural para Alicent, ahora era motivo de burlas por parte de quienes se suponía debían ser sus amigas.
Pronto, Alicent se dio cuenta de que tendría que encontrar su propósito nuevamente en las tareas del hogar. Su padre se negaba a contratar a alguien que se encargara de limpiar la casa, pese a que tenían los recursos para hacerlo. En cambio, Alicent tuvo que encargarse de todo mientras trataba de mantenerse al día con sus notas en la escuela. Pero siempre antepuso su deber sobre sus propios deseos. Después de todo, le había prometido a su madre que se encargaría de su padre.
Se levantaba temprano en la mañana para preparar el desayuno para ambos, sacaba el polvo de los muebles y se preparaba para la escuela. Pasaba el día entre burlas y lecciones que le costaba trabajo entender. La hora del almuerzo la encontraba sola en una mesa apartada. Llegaba a casa por la tarde directamente a limpiar y preparar la cena para su padre. Lavaba la ropa y planchaba lo necesario. Solo después de lavar los platos de la cena podía darse el tiempo de hacer las tareas de la escuela. Si tenía suerte, solo tardaba un par de horas, pero si era un mal día, podía quedarse casi toda la noche.
Alicent se encontró deseando seguir a su amada madre y unirse a ella bajo el cobijo de los dioses. Pero pensamientos como ese eran pecados tan grandes que la hacían rezar por el perdón entre lágrimas.
