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El árbitro pita el final del partido, y lo único que puede hacer es quedarse parado en su lugar, en su pedazo de la cancha, retomando el aliento por unos segundos. El agua nieve lo moja e incómoda, como si la naturaleza se estuviera burlando de su situación, del cansancio perpetuo de su cabeza adolorida con millones de cuestiones sin sentido.
Quiere llorar, largarse a mariconear como el buen imbécil que puede llegar a ser.
Sabe que entró solo media hora, que fueron 30 minutos contados los que jugó, pero igual está exhausto y el frío helante del estadio no ayuda mucho, siente la temperatura congelar sus huesos sin piedad alguna.
Piensa por un momento en quedarse ahí, reflexionando, viendo hacia las tribunas plagadas de gente canturreando hacía su novio, dando gritos de júbilo por los 5 goles hechos. Detesta un poco como la bilis se le sube a la garganta, como el egoísmo le aprieta el corazón, Erling no se merece eso.
No se merece a él haciéndose un drama por ser el sustituto, la sombra del 9 estrella, su pareja no merece el tembleque de sus manos al contener las lágrimas. Erling no merece que él haga de esta situación tan linda para su carrera algo triste y desolador para él.
Porque él ya sabía, sabía cómo iba a ser la cosa, no es tan iluso para pensar lo contrario. Sabe que Pep siempre va a preferir a quien le cumpla todas las chances antes que a él.
Detesta aceptar que no tiene lugar, entender que el equipo está hecho para y con Erling en la cabeza, todos los pases son para él, para que convierta, para que sea preciso.
Ya es consciente del funcionamiento del Manchester City, lo era hace meses e igual había apostado a más, a más tiempo en el club, a más salario con promesas de más minutos. Había puesto todas sus piezas sobre la mesa y redoblado las apuestas.
Y ahora, no tenía a quién culpar más que a sí mismo por fallar, por perder todo. Porque tuvo la chance de correr, de presionar, hacer todo lo posible para meter un gol por lo menos y demostrarle a la gente que él también estaba ahí. Pero no lo hizo, no pudo, parece que nunca puede si no es de rebote, y eso es lo que más le llena de una impotencia que debería ser ajena a él.
Siente que pasa horas ahí, estático, metido en su cabeza pensando lo peor, haciéndose la cabeza, contrayendo sus hombros para hacerse invisible. Sus compañeros están en la otra punta, los gritos de los hinchas son ensordecedores, y por más que quiera no puede moverse, pegado al césped húmedo.
No puede encontrar las fuerzas para acercarse a ellos, al equipo del que forma parte, a sus compañeros y amigos. Es la última opción, un intruso imposible de agregar cuando los ve así, juntos, saludándose con apretones de manos y sonrisas radiantes.
Le duele estar por fuera del equipo, de las celebraciones, observando de lejos cómo charlan animadamente con el noruego, como lo abrazan y lo tocan, como se ríen con él.
La angustia se instala fuertemente en su estómago, dando puntadas dignas de revolver todo y vomitar. Un puñal amenazando con matar cada esperanza.
Se siente un sorete, un reverendo hijo de puta por ser tan egoísta. Por tenerle envidia a la persona más importante de su vida, a su pareja, a su otra mitad. Y es un mierda, porque todavía no lo ha ido a felicitar, no se ha regosado en la felicidad deslumbrante de su novio, no lo ha abrazado como debe.
Porque medio se siente inadecuado en todo, porque la autoestima le juega la peor pasada de su vida y lo hace querer salir corriendo, esconderse de todo el mundo, no mostrar su cara nunca más frente a la hinchada y la prensa. Porque no se falló solamente a sí mismo, sino que a todos, a sus familiares, a sus amigos, a todos los argentinos que tienen esa confianza ciega en él.
Es un estúpido, la voz racional dentro suyo le suplica callarse, diciendo que deje de menospreciarse en esa tonada típica de su psicólogo. Y cuando siente la primera lágrima caer sabe que tocó el fondo, que llegó a un punto inimaginable.
No hay vuelta atrás, si no se acerca va a empezar a maquinar peor y llevarse a sí mismo a la cúspide de un ataque nervioso.
Tiene que ir y afrontar la realidad, tiene que ser una buena pareja por primera vez en su vida, porque sino Erling también se va a cansar de él, de su apatía, de sus inseguridades. Y el rubio podría conseguir a quien quiera, cuando quiera, porque es un partidazo, es todo lo que está bien en el mundo.
Y él, no puede perderlo también.
Se limpia las lágrimas traicioneras, intentando no hacer contacto visual con nadie, aunque sabe que más de una persona tiene la atención puesta en él. Sabe que hay hinchas seguramente extrañados con su actitud, sabe lo que le espera en las redes sociales con las especulaciones. Inhala fuertemente, dando pasos apresurados hacia el grupito, plasmando una sonrisa en su rostro.
Se siente extrañamente ansioso, como si el 9 le fuera a rechazar, la sensación enfermiza del desamor se expande por su pecho, es totalmente irracional, es una fumada, es totalmente irreal que su novio le vaya a esquivar o evitar. Pero la inseguridad no es racional, así que lo lleva a apresurarse, a ir corriendo para chocar contra la calidez que es Haaland.
Suspira aliviado cuando se da de lleno contra el pecho del otro, escucha un sonido de sorpresa por parte de su pareja, mientras que él se encarga de enredarlo con sus brazos, obteniendo su aroma en cada respiración. Está todavía ahí, el olor a roble, a hombre con dinero, el olor característico de su pareja mezclado con sudor.
— Juli — dice Elring, abrazándolo también, frotandole la espalda con suavidad. Y dándole caricias en el pelo.
Se separa un poco de su pecho, mirando hacia arriba para dar con los ojos azules perfectos, para observar el deje de preocupación allí. Le tiene que decir, — I am proud of you.
El noruego solo apunta a sonreir, tomando su cara entre las manos, — ¿Estás bien, love?
Medio se odia por dejar ver que no está del todo bien, este día no es para él, este día debería ser tan solo una celebración hacia su pareja. Traga calmando los pensamientos traicioneros.
— I am fine. — le responde — Estuviste genial, sos un crack.
— Thank you — dice el noruego, tan tranquilo que suena como un susurro entre tanto barullo de las tribunas, y de sus compañeros que desaparecieron a alentar a la misma a la otra punta. Desde que él apareció los dejaron para darles un poco de privacidad, por más mínima que sea.— Estuve cerca de hacer un Julián.
— ¿Qué?
— ¿No metiste 6 goles en un partido?
— Ah sí… pero- That's not the same, la champions no es lo mismo. — traga el nudo que se le genera en la garganta con dificultad, es un tarado, parpadea con rapidez para evitar que las lágrimas salgan. — It was easier for me.
— Juli, bebé, are you sure you are okay?
— Sí… Este es tu día Erling, estuviste a punto de romper un récord, te juro que estoy más que bien. — es una mentira blanca, piadosa, no se siente del todo bien, pero no lo va a decir ahora. Quizás en otro momento, cuando la culpa le deje de carcomer la cabeza sin piedad va a confesar cómo se siente.
A pesar de todo no va a negar que está sumamente orgulloso de su pareja, asombrado a todo lo que puede llegar. Y lo ama con locura, con una sutileza inexistente.
— I love you. — dice Haaland. — Te quiero mucho.
Y ahí un poco se calma, las mejillas se le tornan carmesí, su corazón vuelve a latir con regularidad y no con esos pequeños saltos acrobáticos. Sonríe con sinceridad, la felicidad de tener a Erling Haaland enamorado de él llenándolo en un instante, borrando las inseguridades por el momento.
— Me too, te amo. — pierde la cabeza momentáneamente, no midiendo lo que hace y atrae del cuello al otro, obligándolo a que baje a su altura.
Bajo las estrellas y la luna son solo ellos. La nieve cae, enfriado las mejillas, convirtiendo las narices en rojo. El ruido pasa a un segundo plano, la imagen de sus compañeros corriendo hacia ellos para que no se manden una cagada desaparece de vista, se miran y solo pueden pensar en una cosa, en la persona que tienen enfrente.
Son testigos miles de personas, las cámaras los apuntan y los monitores lo reproducen para que todos los presentes lo puedan ver. Unen sus labios, cierran los ojos y se sostienen el uno al otro, uniendo sus cuerpos para mayor calidez.
Se sostienen con delicadeza, Haaland rondando su cintura con las manos pesadas y el con sus dedos hundidos en la cabellera suelta, en las mechas de oro puro. Se siente como horas, como años del beso más dulce que han intercambiado, como si se hubiesen dicho te quiero de la forma más pura.
Es un esquema de colores perfectamente arreglados, unidos por el hilo del destino, una composición hermosa de la puesta del sol detrás de sus ojos cerrados, los naranjas y violetas llenando sus corazones como miel en un té caliente.
Puede saborear la menta en la boca de su pareja y cree fuertemente que está en el paraíso, que no tiene la oportunidad de cuestionarse nada más, no hay sufrimiento alguno si puede besarlo así hasta su última respiración.
Se separan sonrientes, todavía metidos en su propia burbuja, no sienten el shock de los presentes, o como el estadio se sume en silencio hasta que explota en estruendo.
