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Aquella charla en San Juan

Summary:

Aquella noche en San Juan, con su lugar en el mundial de Qatar asegurado, Scaloni tiene tiempo para reflexionar sobre el futuro del plantel argentino, y cómo afectaría a sus muchachos, y a él mismo.

Inspirado en la anécdota de Scaloni, luego de consagrarse campeones del mundo.

Notes:

Aquí estamos, ¡por fin campeones de mundo!

Déjenme decir que en nunca en toda mi vida había visto a la Selección Argentina ser campeón de algo de estas magnitudes, hasta que llegó este hombre: Lionel Scaloni, y armó el grupo que además de ser excelentes, eran simpáticos y rápidamente comenzaba uno a agarrarle el cariño que se merecían.

Aviso que quizás me salto muchos puntos, porque desde el mundial de Brasil y las siguientes finales, no volví a mirar futbol nunca más. Aunque me gustara tanto ver a la Selección, ya no podía seguir viendo el rostro desilusionado de Leo. Mi tristeza por él era demasiado y decidí que no valía la pena ilusionarse otra vez..., hasta que llegó a mi la noticia que Argentina había logrado ganar una la Copa America. Entonces, inevitablemente, y como dice la canción, me volví a ilusionar.
Lenta y suavemente, volví a creer en esta Selección.
Y volví a recorrer el camino angustiante que solo esta Selección puede llevarte, pero de la mano de la confiable Scaloneta.

Acá esta mi carta de amor a la selección y al hombre que hizo posible esto.

Gracias por leer.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

San Juan nunca le pareció más bonita que aquella noche y, de la misma manera, tan aterradora. Admirando el cielo estrellado: cubierto por la ligera capa de smog, mientras de fondo podía escuchar el susurro lejano de los fuegos artificiales; aquellos que tenía la cierta duda si realmente podía escucharlos, o solo era su mente intranquila repitiendo el estridente sonido de la hinchada.

Reconocía que luego de estar en el centro del huracán que solo los hinchas podían formar en su inmensa pasión, era altamente factible que el encuentro dejara a uno aturdido hasta unas cuentas horas después. Pero Scaloni sabía que no podía ser solo eso. Tantos años jugando, viviendo en carne propia el aliento incondicional y las palabras desmoralizantes de los contrincantes, formaban a uno para soportar horas y horas, hasta de crear una barrera imaginaria que lo separaba del ruido atronador de los estadios. Lo había aprendido de joven, mientras aún calzaba la camiseta, y se entregaba al juego como jugador; y lo tuvo volver a aprender y reforzar cuando el puesto de director técnico cayó a sus pies. Donde vergonzosamente tuvo que agacharse y recogerlo, ante la atenta mirada de las fieras más terribles, y comenzar desde abajo una vez más.

Tuvo que aprender todo ello, pero tuvo la fortuna de ser un hombre con años de experiencia, que lo ayudaron a soportar todo tipo de acusaciones denigrantes.

Entonces, no era ello. Los estallidos no lo asustaban, eran parte de su trabajo. Los gritos, los abucheos, los silbidos, el llanto, los tambores, los bombos, y los malditos fuegos artificiales no importaban, no deberían importar cuando los bloqueaba. Cuando tocaba ese interruptor en su mente, que detenía el sonido de ambiente y solo dejaba paso a su propia voz reflexiva, y las voces refrescantes y frenéticas de sus muchachos.

Era otra cosa, y sabía bien que era, pero aún no estaba dispuesto a aceptarlo. Bien sabia Scaloni, que cuanto más estirara del hilo eventualmente terminaría rompiéndolo.

Apretó sus labios en aquel gesto inconsciente que tantas veces observo a través de las pantallas chicas y grandes, mientras observaba las luces lejanas de la ciudad de San Juan iluminar como una esfera de vida propia la noche. Era tan entrada la noche, y aun así el movimiento en el hotel prevalecía. Los muchachos se habían encerrado en sus habitaciones, juntándose entre grupos dispersos y alborotados, mientras la música de los parlantes atenuaba sus voces, y a veces se desbordaba el estridente griterío cuando alguno decidía cruzar el pasillo hacia otra habitación.

Los dejaría hacer lo que quisieran, ya habían cumplido con todos los objetivos. No tenían nada más que disfrutar de su victoria invicta.

Ahí se congeló, perdido en solo una palabra. Aterrado por la connotación pesada. Una connotación que si se lo preguntaban en un momento demasiado angustiante podría desbordarse en algo que nadie quería escuchar en su puesto, ni en ninguna concentración. Aquella que nunca se permitiría en decirle a los muchachos, y rezaba que nunca saliera de sus labios frente a ellos.

Porque era algo que nadie tenía que decir; jamás de los jamases. Todos lo sabían, y, especialmente, la Selección Argentina se aseguraba de grabarlo en cada una de sus cabezas, de forma tacita y letal, desde el primer momento que pisaban el campo de entrenamiento. Nadie lo decía, era un tabú cantado a gritos, pero que decidían ignorar siempre que se pudiera, pero los periodistas lo utilizaban como moneda común para recriminarles cualquier tipo de error. No importaba la contemporaneidad. Diego lo sabía, Kempes lo sabia, Menotti lo sabía, hasta Bilardo lo sabía.

A veces se preguntaba si -en otras selecciones- se tenía tanta presión como la tenían los eternos 26 jugadores albicelestes.

No era difícil saber la respuesta.

A pasos largos se alejó del ajetreo festivo, internándose la propia zona de las habitaciones del cuerpo técnico.

Estaba todo más silencioso allí. Supuso que los utileros habían decido finalmente ir a descansar, mientras que Aimar, Ayala y Samuel, estaban controlando de cerca que ninguno de ellos se descontrolará más de lo necesario. O también se habían decidido por dormir. Lo que sea, estaba bien para él, todo se merecían festejar y descansar en su misma medida. Por su parte, el silencio y la tranquilidad era lo que más necesitaba.

Se permitió tomar ese momento para respirar, y reorganizar su mente, pero diría que era más sencillo decirlo que hacerlo.

Descaradamente, puteo entre dientes mientras se frotaba la frente con nerviosismo.

Rebusco entre sus bolsillos y tomo su teléfono. Pensó en llamar a su esposa una vez más, pero era demasiado tarde y ya la había llamado demasiadas veces con sus múltiples problemas. Despertarla, y, encima, angustiarla por cuestiones de la selección no era correcto. Ya tendrían tiempo. En cambio, decidió releer los mensajes llenos de alborozo de su familia y amigos, creyendo que eso podría darle la seguridad que comenzaba a flaquearle; pero descubrió que no estaba dándole ánimos, sino que, una pesada pelota comenzaba a formarse en sus entrañas. Como uno de aquellos pelotazos que alguna vez se comió, cuando aún era demasiado joven.

No sabía como iba a enfrentar la noche con tantas cosas para reflexionar.

Guardó el teléfono dentro de sus pantalones y se recostó contra la puerta de su habitación en aquel solitario pasillo. Cruzado de brazos, mirando sin mirar la puerta de la habitación adyacente a la suya.

Había hecho grandes cosas junto a los muchachos; habían logrado formar un grupo sólido y, gracias a eso, lograron demostrar en la cancha sus habilidades, pero por sobre todo, la fortaleza que podían lograr todos juntos como uno solo. Si Scaloni había contribuido, tenía la certeza que él solo los había juntado en el momento indicado. Aimar siempre tendría una palmada dura y afectuosa para decirle que había hecho mucho más que eso. Samuel tendría palabras más…, altisonantes, para expresar que deje -en resumidas cuentas- de romper las bolas.

Pero ciertamente todos hicieron lo que debían, y luego de todo, ahora tenía una máquina bien engrasada que andaba a su propio ritmo; que todavía tenía muchos ajustes por realizar, y muchas cosas que mejorar, pero que así, si debía de detener el tiempo, era perfecta. Y eso, le llenaba de orgullo…, y, por otra parte, le aterraba.

Se dijo a sí mismo que debía de aceptarlo. Tenía un grupo con una copa a su espalda como respaldo, y tenía el boleto asegurado con destino a Qatar para el año siguiente. Llegaría invicto a este paso arrollador. Estaban preparados para llegar invictos a Qatar, y eso solo significaba varias cosas…

Eso significaba esperanza. Y Lionel Scaloni estaba aterrado por esa chispa de esperanza que nacía en su interior. Esa chispa que dentro suyo le susurraba: ¿y si ganamos el mundial?, como una posibilidad factible. Como también sabia que si él había llegado a esa conclusión, todo el mundo ya había comenzado a hablar de eso. Todo aquel que usara una camiseta de Argentina en su pecho o sobre su corazón, había sopesado la posibilidad de que este grupo podía ser candidata para levantar la copa una vez más. Y sobre todo, tenía miedo de lo que se estaba gestando en la mente de cada uno de sus muchachos; miedo de que, al verlos a los ojos, pudiera ver el brillo dorado de aquel trofeo en sus pupilas. Miedo avasallador de que la ilusión fuera el clavo sobre el ataúd que necesitaba ese cajón para que definitivamente desintegrara todo el esfuerzo, lágrimas, y sudor que les había costado formar este grupo joven, y los enterrará a todos en la desilusión. Y terror de que, él mismo, no pudiera controlarse y dejará que esas emociones nublaran su juicio.

Necesitaba hablar. Necesitaba tanto hablar con alguien. Entonces Scaloni, sin saber bien si era: esa claridad que con la que tan cómodo se sentía en ocasiones o la idiotez de un hombre desesperado por consuelo; tuvo la certeza de que debía de hablar con Leo. Si había alguien que debía de decirle algo, era a él. Porque no creía que podría soportar si alguna vez veía una chispa de esperanza en él sin advertirle los riesgos. Concretando, lógicamente, de todas formas, que si alguien sabía del riesgo a la derrota, era él, porque le había tocado sufrirla más que nadie en toda su carrera como jugador de la albiceleste.

Y, de repente, en ese momento, diría que las casualidades son tan bellas, tan justas y tan divinas, que Scaloni aprendió que nunca debe de juzgar una cuando se presenta.

Cuarenta años eran suficientes para que aprendiera una o dos lecciones.

Leo cruzó el final del pasillo, arrastrando los pies en sus ojotas, con los pies cubiertos por las medias blancas por encima de los tobillos. Tan normal, tranquilo, y suelto. Aún con energía para seguir jugando un picado si se lo propusieren. Tan parecido a la imagen de él, cuando, por un momento efímero, compartieron la misma cancha usando la camiseta celeste y blanca; lleno de vitalidad, pero más golpeado.

Scaloni flanqueo por un momento, antes de que su voz saliera de su garganta, llamándolo de forma débil, pero tan firme como se esperaría del director técnico.

Lío voltearía, confuso de encontrarlo solo en el pasillo, y luego sonreiría con la suavidad amable que lo caracterizaba.

“¿Qué hace’ acá?" Le pregunta con ese distintivo tono santafecino, haciéndolo sentirse un poco más como en su pueblo amado Pujato. Hay simpatía en su rostro, siempre cálido y agradable. Siempre accesible a todos sus compañeros que lo necesitarán. Hasta Scaloni mismo supo apoyarse en Leo cuando lo necesito.

Tiene que alzar los hombros, contrarrestando el peso asfixiante que se ha apoderado de sus vértebras. Y le dijo que tenia algo que decirle.

Leo nunca fue demasiado hablador, y no por eso le faltaban las palabras; sabía utilizarlas en su medida perfecta y certera, como de la misma forma que lideraba el juego; sino porque él era un analítico. Leía a las personas y las estudiaba en aquella mente suya como simples libros infantiles.

Había aprendido con el tiempo que no era intencional, era una habilidad que nacía de él desde muy chico, algo que no podía evitar por el simple hecho de que era parte de él. Su mente tenía esa chispa que captaba todo, y, evidentemente, no pudo evitar notar la tensión sus hombros.

A veces saboreaba los momentos donde Leo se volvía realmente obtuso, cuando las cosas se escapaban de su análisis y se le resbalaban de su compresión, era divertido y, siendo franco, refrescante. Pero esto no era uno de esos momentos y la sangre estaba en el agua.

Leo decide acercarse, de forma relajada, pero tan cronometrada que sabía que era fingida.

“¿Qué pasa?“ pregunta Leo, perfectamente neutral.

Todo, pero no era respuesta. Y dado que Scaloni debía de ser el técnico cuando las cosas se ponían feas, apelo a su lado más pragmático para poder elaborar de forma más cínica y directa su tormento.

“Leo, hoy hicimos grandes cosas; venimos bien, empatamos con Brasil, pero venimos muy bien. Ya tenemos nuestro lugar asegurado para Qatar.” Entonces tomó aire y Leo lo observo expectativo, aguardando el esperado: “pero…, hay algo que se está gestando. Estamos transmitiendo algo y…” Y tuvo que detenerse, sopesar sus palabras con mesura.

Leo aún lo contemplaba, ahora serio, totalmente concentrando en las palabras que salían de sus labios.

“Leo,” pauso Scaloni, clavando la mirada sobre su 10, sobre su amigo, “la desilusión puede ser muy fuerte. La gente está muy entusiasmada con esta selección.”

Cruzo sus brazos y escondió su mirada del rostro serio de Leo. Sabía que había deliberado en apoyar el problema en el exterior, en los otros que esperaban mucho. Cuando no quería admitirle el problema que con lentitud empezaba a florecer en su jardín como hierba mala. Él comenzaba a creer en este grupo, y los sueños estaban naciendo y no podía arrancarlos porque seguían reverdeciendo.

Era más fácil intentar esconderse entre la nube de humo de las bengalas, que exponerse en medio de la gran hinchada que comenzaba a surgir en su corazón.

Leo suspiro, rasco su nuca y luego paso la palma de su mano contra su mejilla. Y de forma tan natural dijo:

“¿Qué importa?”

Sin poder pensarlo, tuvo que volver su mirada sobre los ojos serenos y seguros de Leo. Una sonrisa había nacido en su rostro una vez más, esa sonrisa que llamaba a un desafío. Una sonrisa que nunca podría imaginar en el rostro de aquel niño dieciocho años que conoció, cuando aún Pekerman tenía el puesto que ahora Scaloni ocupaba. Y había pasado tanto tiempo; tanto, donde ese chico joven y esperanzado tuvo tiempo para evolucionar. Aquel que habían llorado desconsolado cuando lo habían echado a los primeros segundos del partido de forma injusta. Ahora se había forjado como un hombre, a golpes y linchazos, mientras seguía ganando títulos y títulos, sobre la gente que lo menospreciaba en un continente lejano, pero aún manteniendo la cabeza baja cuando los periodistas argentinos le daban palazo tras palazo. Ellos que le pedían a gritos que abandonará de una vez por todas la camiseta, ellos que ahora cantaban alabanzas sobre el esfuerzo de Messi para lograr el sueño argentino. Ganar un título con su selección, ganar con su país, le había dado ese último impulso que necesitaba para convertirse en su mejor obra; el cierre de toda esta obra maestra.

El último; había escuchado que la mejor faceta, que la gente alguna vez viera de Lionel Messi, era la última. Nunca tuvo más certeza de que era verdad.

Este era el último Messi, el último 10 de la selección y el último 30 de los clubes. Y, pesado como una roca dolorosa, el último esfuerzo para su título internacional, para la Copa Mundial.

“Seguimos, seguimos por qué seguramente va a ir bien,” continuo Leo, sin bajar el ánimo. Y el corazón de Scaloni no sabía como alguien podía hablar de esa forma del último esfuerzo de su carrera para ganar la gloria negada. “Y si no va bien, no pasa nada. A intentarlo.”

Ahí, Scaloni pensó que podrían tener la fuerzas suficientes para levantar el mundo enteró por la camiseta celeste y blanca. Todo por las palabras serenadas del capitán, por derecho propio, de la Selección Argentina.

Leo le dio una palmada amistosa en el hombro, como el “tranqui', pa', todo está bien” como diría el Kun.

“Entonces eso vamos a hacer,” aseguró con rapidez Scaloni. “Vamos a seguir.”

Leo tuvo que reír con timidez, perdiéndose devuelta en su faceta tranquila y bajo perfil.

“Vamos a darle derecho. Hasta donde nos den los pies. Nos fue bien hasta ahora,” respondió Leo, y luego, con una última palmada y desearle buenas noches, decidió volver por el pasillo hasta girar sobre la esquina y perderse de la vista. Sin realmente dimensionar que acababa de darle una de las charlas más pesadas en su carrera como director técnico.

Scaloni se quedó unos segundos más en la quietud del pasillo, reflexionando con un nuevo aire fresco en interior, y con el pecho libre de pesadez, antes de volverse hacia la puerta de su habitación.

Los fuegos artificiales explotaron a la lejanía, y, esta vez, estaba seguro de que no eran en San Juan. Eran los fuegos artificiales de Qatar. Eran los cantos de los muchachos y la oleada de la hinchada celeste y blanca que los alentaba en suelo Qatarí.

Era la final de mundo de la mano de Lionel Messi.

Notes:

Gracias totales.