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Siempre había sido tímido, incluso de niño. Solía pasar las tardes solo, junto a la academia de caballeros. Construía pequeñas casas con palos que encontraba en el suelo. En cierta ocasión, había intentado hacer un pelícaro. Todavía no se había unido a su pájaro guardián; no había alcanzado los ocho años, y solo a esa edad podían los habitantes de Altárea reunirse con sus pelícaros. De modo que no le quedaba más remedio que imaginarse cómo sería el suyo.
Tendría las alas amplias, muy amplias, tanto que abarcaría media Altárea desde arriba. Volaría más rápido que el resto, y sería verde, porque su color favorito era el verde. Pero no encontró palos verdes por ninguna parte, así que tuvo que conformarse con lo que tenía.
Ya casi había terminado su pelícaro cuando Malton y sus amigos se acercaron entre risotadas. Link nunca le había caído bien a Malton. Aunque, pensándolo mejor, nadie le caía bien a Malton. Él molestaba a todo el mundo. Y, ese día, fue el turno de Link.
De un pisotón, destrozó el pelícaro en el que con tanto mimo había trabajado. Pero él no echó a llorar, como sin duda habría hecho cualquier otro niño de seis años y medio. Se limitó a mirarlo por unos instantes, muy serio, y luego recogió sus cosas y se marchó de allí, dejando a Malton incrédulo frente a la academia.
Desde ese día, Link nunca volvió a quedarse en la academia de caballeros para construir figuras con sus palos. Encontró una manera de subir al tejado sin ser visto. Era más o menos seguro, y siempre se le había dado bien escalar. Jamás se había caído. Jamás. No obstante, en cierta ocasión, resbaló.
Puso una mano en la estrecha plataforma de madera que siempre utilizaba para desplazarse de una esquina a otra. Pero la superficie estaba húmeda bajo sus dedos, y eso no se lo esperaba. Se llevó tal susto que sus dedos empezaron a soltarse.
Buscó algo a lo que agarrarse. Cualquier cosa le serviría. No encontró nada. Su estómago dio un vuelco. Cerró los ojos, preparándose para caer. Pero, antes de que se estrellara contra el suelo, sintió como una mano se aferraba a la suya con fuerza. Escuchó un gruñido y luego cayó de bruces sobre algo duro. Solo entonces se atrevió a abrir los ojos.
Vio que estaba sobre el tejado. Se incorporó despacio y se topó con un lémury. Era el del maestro Asteus. El animal lo observó con curiosidad y soltó un maullido.
—¿Qué hacías intentando subir? No puedes estar en el tejado. Lo dice el maestro Buhel —dijo de pronto una vocecita aguda.
Alzó la mirada y se encontró con una niña de su edad. Tenía el pelo largo y dorado y los ojos muy grandes y muy azules. Llevaba un vestido rosa, el más chillón que había visto nunca. Lo miraba con los ojos entornados. Por alguna razón, con solo ver su cara sintió una punzada de miedo.
—T-tú también e-estás aquí —consiguió decir.
Sus ojos se entornaron aún más. Puso los brazos en jarras.
—Pero yo puedo estar aquí porque se lo he preguntado a mi padre y me ha dejado subir. ¿Tú se lo has preguntado a mi padre?
De pronto cayó en la cuenta. Aquella niña era la hija del director Gaépora. La veía a menudo por la academia, aunque nunca habían hablado ni jugado juntos.
—N-no.
—¡Lo sabía! —exclamó. Hablaba muy alto, como si quisiera que todo el mundo la escuchara. Lo examinó de arriba abajo y dejó de entornar los ojos—. Te llamas Link, ¿verdad?
—¿Cómo...?
—Me lo dijo mi padre. Vives en la academia, ¿a que sí?
—Sí.
—¡Por eso siempre te veo! ¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Yo también vivo allí.
Él se limitó a parpadear, sin saber qué decir, aunque a ella no pareció importarle.
—Me llamo Zelda, por si no lo sabías. Siento que resbalaras antes. Mia se hizo pis ahí. Seguro que fue por eso.
Link dejó escapar una exclamación ahogada y se miró la mano. Luego miró al lémury, que maullaba junto a Zelda.
—Tengo que...
—¡Oh, claro! Toma, lávate las manos con un poco de agua. ¿Quieres galletas? En la academia han hecho galletas hoy. Podemos compartirlas si quieres.
¿Cómo podía adivinar lo que pensaba con tanta facilidad? Vertió un poco de agua del pellejo que Zelda le tendía sobre sus manos y luego se las secó en las ropas. Miró las galletas. El olor le llegaba hasta allí. En la academia siempre las hacían rellenas de fruta.
—No hace falta que respondas. Sé que quieres —dijo Zelda, tendiéndole cinco galletas. Ella se quedó con las otras cinco—. ¿Dónde están tus padres?
—Se han ido con Hylia —respondió él mientras comía su primera galleta.
Se habían reunido con Hylia cuando Link todavía no había cumplido los cuatro años. Un accidente de vuelo. Desde entonces, vivía en la academia de caballeros, y allí cuidaban bien de él.
—Oh —murmuró Zelda, mirándolo con sus enormes ojos—. Mi madre también se fue con Hylia, ¿sabes? No me acuerdo de ella porque era solo un bebé. —Guardó silencio por un momento y luego siguió hablando—. ¿Quieres que te cuente un secreto?
Link vio que sonreía.
—Vale.
Zelda se acercó más a él. Olía a galletas. Y también a esas flores tan raras que cuidaba el maestro Buhel.
—No le pedí permiso a mi padre para estar aquí —le susurró al oído—. Si tú no le dices nada, yo tampoco le diré que te has subido al tejado.
Él asintió, conforme, y Zelda sonrió al tiempo que cogía otra galleta. Hubo silencio durante un rato. Solo se oía el bullicio lejano que siempre había en la isla y los maullidos de Mia, que se había acurrucado en el regazo de Zelda.
Hasta que, de pronto, una mariposa se posó en una flor cercana. Zelda dejó escapar un grito ahogado y se acercó más.
—¡Mira qué bonita es! ¿No te parece muy bonita?
Link se encogió de hombros.
—Es solo una mariposa —murmuró.
Zelda se dio la vuelta muy despacio. Había vuelto a entornar los ojos. Link supo que había cometido un error.
—No digas esas cosas, Link —dijo, reprendiéndolo—. No es solo una mariposa. Es una sacraliposa. Viven aquí, en Altárea. Dicen que Hylia las bendijo y las trajo hasta aquí desde las tierras inferiores.
—¿Cómo sabes tanto? —preguntó Link, perplejo.
—Leo mucho.
—¿Lees?
—Sí. Mi padre tiene muchos libros. ¿Tú sabes leer?
—Más o menos.
—Puedo ayudarte si tú quieres —propuso, y parecía feliz de nuevo—. Es muy fácil, ya lo verás.
—Vale. —Le gustaba la compañía de Zelda.
Ella sonrió. Dejó que la sacraliposa revoloteara con libertad a su alrededor y, después de un rato en silencio, dijo:
—No tengo muchos amigos, ¿sabes?
Aquello lo sorprendió. ¿Cómo era posible que no tuviera muchos amigos? Link no tenía amigos porque todos decían que era muy callado y que no valía la pena intentar entablar conversación con él. Pero Zelda era distinta. No sabría cómo describirla porque la acababa de conocer, aunque sí sabía que era amable. Compartía sus galletas con él. E iba a enseñarlo a leer más rápido. ¿Quién no querría estar con alguien como Zelda?
—Dicen que hablo muy alto —agregó ella. Luego miró a Link, y ya no sonreía—. ¿Tú crees que hablo muy alto?
—A veces —respondió—, pero no me molesta.
Abrió mucho los ojos.
—¿No te molesta? ¿De verdad?
—De verdad.
—Eso significa que podemos ser amigos —dijo Zelda. Volvía a sonreír—. ¿Quieres que seamos amigos?
Él también sonrió. Intentó recordar la última vez que había sonreído, pero no fue capaz de llegar al momento exacto.
—Vale —respondió.
Las cosas empezaron a cambiar entonces.
<*><*><*>
Con seis años y medio, Link no sabía qué significaba ser amigo de alguien, y mucho menos de Zelda. Supuso que saldría a jugar a menudo con ella y que compartirían galletas. Sin embargo, lo que ni en mil años habría visto venir fue que ella aporreara la puerta de su habitación en la academia cuando aún era muy temprano. No sabía qué hora era exactamente, pero estaba convencido de que todavía no era hora de ponerse en pie. Así que permaneció escondido bajo las mantas, como de costumbre, hasta que Zelda amenazó con entrar por su ventana. Eso hizo que le abriera la puerta a toda prisa. Entrar por ventanas era peligroso, y no quería que Zelda se hiciera daño por su culpa. ¿Qué clase de amigo sería entonces?
Zelda lo llevó cerca de la cascada. Por allí no pasaba nadie; todos estaban en el centro de la isla, incluidos Malton y los otros. Jugaron durante un rato, y Link descubrió que Zelda era muy rápida y muy escurridiza. Era de su mista estatura, así que lo tenía muy difícil para usar los mismos trucos que tenía para huir de Malton. Habría que adaptarse.
Más tarde, ella sacó un libro. Lo último que le apetecía a Link era leer, pero no se atrevió a protestar. No conocía a Zelda de nada. O, bueno, sí que la conocía. Pero no lo suficiente. Y no quería perder su amistad. Le gustaba estar solo, pero ahora que tenía compañía se daba cuenta de que, tal vez, estar con Zelda era mejor que estar solo.
—No eres tan malo, Link —dijo Zelda cuando él hubo leído varias páginas en voz alta. Cerró el libro y sacó más galletas de fruta—. Puedes leer casi todas las palabras.
Sintió calor en el rostro e intentó esconderlo clavando la vista en sus manos.
—D-dicen que no s-sé...
—¿Quién lo dice?
Cerró la boca de golpe. ¿Y si Malton se enteraba de que se lo había contado a Zelda? Seguro que le haría daño a él. O, peor aún, a ella. O a los dos. Y Malton siempre, siempre se enteraba.
Zelda no intentó sacarlo de su silencio, para sorpresa de Link. Todo el mundo insistía, presionaba, le hacía preguntas para animarlo a responder. Zelda, en cambio, se limitó a acompañarlo en su silencio y a esperar, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. En aquel momento, a Link le pareció que así era.
—M-Malton —susurró por fin, en voz diminuta.
Ella no dijo nada. Cuando se atrevió a mirarla de nuevo, parecía enfadada. Link no sabía mucho de ella, pero con solo ver su expresión tuvo claro que jamás debía hacer enfadar a Zelda.
—Malton —empezó con los puños apretados— es un... un...
Él esperó con los ojos muy abiertos. El maestro Buhel decía que estaba prohibido decir malas palabras, aunque Malton las decía a todas horas. Especialmente cuando Link estaba delante.
—... es un imbécil —concluyó Zelda.
Durante un instante, ambos se miraron. Link estaba aterrorizado. El maestro Buhel aparecería en cualquier momento para castigarlos. O tal vez Malton los oiría y sabría que estaban hablando de él. Y Link no creía que Zelda pudiera tenerle miedo a nada, pero en sus ojos leyó un terror parecido al suyo propio.
—Malton es un imbécil —repitió Zelda, más segura de sí misma—. Es la verdad. No me gusta jugar con él. ¿Por qué no le decimos a mi padre que te dice cosas malas?
—No —dijo él al instante—. No. Eso no.
—¿Por qué no?
—Él se e-enteraría y..., y l-luego...
—No —dijo Zelda con firmeza. Él cerró la boca. Malton tenía razón. Siempre que hablaba decía algo estúpido—. Malton no va a hacerte nada.
—¿Cómo lo s-sabes?
—Porque soy tu amiga, ¿recuerdas? Y los amigos no dejan que al otro le pasen cosas malas. —Sonrió un poco—. Cuando tenga mi propio pelícaro, te daré una pluma. Y luego tú me darás una pluma de tu pelícaro. Así siempre estaremos juntos.
—¿Siempre? —repitió Link, aunque conocía las leyendas de las plumas de pelícaro. Entregarle una a alguien de Altárea era un símbolo de amor, amistad y unidad. Algo profundo y extraño que Link no entendía con solo seis años y medio. Pero Zelda parecía muy segura de sí misma, y eso lo hizo confiar a él también.
—Siempre —asintió ella.
<*><*><*>
A los siete años, dieron comienzo las lecciones en la academia. Y, también a los siete años, Link descubrió que Zelda era increíble. Probablemente no había nadie más increíble que ella en toda Altárea.
Lo ayudaba a leer más deprisa. Lo ayudaba siempre que no entendía las lecciones del maestro Buhel. Ella lo entendía todo casi de inmediato y, lejos de sentir envidia por ello, Link solo la encontraba aún más increíble. Era como un rayo de sol. Pasaba el día con él, desde que lo despertaba por la mañana hasta que el director Gaépora los obligaba a irse a la cama. Link no tuvo que estar solo nunca más. Los demás niños de la academia los miraban raro, pero Link encontraba aún más raro que ninguno viera lo increíble que era Zelda. Alguien aparte de él debía haberse dado cuenta ya, ¿no?
Zelda también lo ayudaba con Malton. Se había enfrentado a él varias veces y nunca mostraba miedo. Malton incluso se rendía en ocasiones, cuando ella lo miraba con aquellos ojos enormes llenos de ira. Link podría hacer una lista de razones por las que Zelda era increíble. La primera sería, sin duda, lo valiente que era.
Había algo en lo que Link no necesitaba ayuda, no obstante. Había dos cosas, en realidad. Para empezar, estaban las lecciones de vuelo. Al año siguiente tendrían que unirse a su pelícaro, y los maestros de la academia enseñaban las diferentes teorías y posiciones. Les enseñaban el cuidado de los pelícaros y las normas de vuelo. Maniobras que a todos les parecían aburridas. A todos menos a él. Eran sus lecciones favoritas, aunque los demás pensaran que eran innecesarias. Escuchaba con atención cada palabra que decía el maestro Buhel y, por una vez, no se distraía con nada.
Lo segundo en lo que Link no necesitaba ayuda eran las lecciones de manejo de armas. Era sorprendentemente bueno con una espada en la mano, aunque podía usar cualquier arma. Los maestros incluso habían pensado en retirarle la espada de madera y darle una de verdad. Roma, por supuesto, pero una de verdad. Con un peso de verdad. Todavía no parecían decidirse, para desgracia de Link. Decían que era pequeño y flacucho para su edad. Nadie había pensado que él sería tan bueno con las armas. Ni siquiera el propio Link. Pero era una sorpresa grata. Malton estaba celoso, pero con Zelda a su alrededor no se atrevía a acercarse para meterse con él.
—¿Qué quieres ser cuando seas mayor? —le preguntó Zelda una tarde después de los entrenamientos, mientras contemplaban las nubes.
Link se descubrió sonriendo.
—Caballero.
Zelda lo miró y sonrió también.
—Serás un gran caballero. El mejor de toda Altárea. Seguro que salvarás a todo el mundo.
Link sintió que enrojecía hasta la punta de las orejas, y ella soltó una risita.
—¿Y tú? —preguntó él muy deprisa para desviar la atención.
Zelda contempló las nubes otra vez.
—Yo quiero ser una maestra —respondió—. Como el maestro Buhel.
Él gruñó.
—Aburrido.
—¡No es aburrido! —exclamó Zelda, sentándose de golpe—. Sabes cosas. Y luego se las enseñas a todo el mundo para que ellos también sepan cosas y se las enseñen a los demás. Como una cadena. ¿No es genial?
Link se lo pensó un momento, aunque en el fondo lo tenía muy claro. Todo lo que ella decía sonaba genial.
—No suena mal —dijo por fin—. Seguro que se te da bien.
Zelda le sonrió.
—Mi padre dice lo mismo. Dice que soy buena dando órdenes.
A él se le escapó una risita, pero no ofreció ninguna explicación cuando Zelda lo miró con los ojos entornados. Así que estuvieron un rato en silencio, mirando las nubes.
—No puedo esperar a volar con mi pelícaro —suspiró ella de pronto—. ¿Y tú?
Oh, no tenía ni idea. Volar era lo que más deseaba en el mundo. Había memorizado las lecciones del maestro Buhel, y un cosquilleo lo recorría de arriba abajo cuando imaginaba cómo sería ponerlas en práctica. Estaba deseoso de ver a su pelícaro por primera vez, de tocar sus plumas y sentir aquel vínculo que todos decían tener con sus pelícaros.
En ocasiones, dejaba la ventana de su habitación en la academia abierta, solo para que la brisa entrara. Los vientos lo llamaban, le susurraban palabras alentadoras. Si es esforzaba podía entenderlas, extrañamente. Le suplicaban que estirara la mano hacia el cielo, tanto como su pequeño cuerpo le permitiera, para así atraer a su pájaro guardián por fin. Los vientos lo llamaban una y otra vez, pero él siempre lograba recordar que los vientos no podían hablar, y que se reuniría con su pelícaro al año siguiente, en primavera.
Zelda estaba esperando, así que él decidió responder. Cerró los ojos, sintiendo como el viento le azotaba el rostro y susurraba a su alrededor. Casi podía imaginarse que surcaba los cielos con su pelícaro.
—Me muero de ganas —dijo por fin.
<*><*><*>
A los ocho años, Link vivió una época muy ajetreada. A todos los niños de Altárea les sucedía lo mismo cuando alcanzaban los ocho años, a decir verdad, pero en especial a Link.
Apenas pudo dormir la noche antes del día de Hylia, cuando se reuniría con su pelícaro. Y no dormir era raro en él. Así que, para intentar distraerse, talló algo de madera que el maestro Asteus le había dejado. Estaba aprendiendo a tallar figuras con madera, aunque nadie lo sabía. Ni siquiera Zelda. Cuando no estaba con ella y terminaba las lecciones en la academia, solía dedicarse a sus figuras. Le gustaba aquel arte, y estaba muy satisfecho con el pelícaro que estaba tallando.
A la mañana siguiente —y por primera vez desde que se conocían—, Link estaba ya listo y despierto cuando Zelda llamó a su puerta. Ella tenía un brillo de anticipación en los ojos, y le ofreció galletas mientras recorrían el camino hacia el exterior. Link las aceptó, pero apenas pudo mordisquear la primera galleta. Los nervios le atenazaban el estómago, y no le apetecía vomitar frente a Malton y sus maestros, bajo la efigie de Hylia.
—Irá bien —le susurró Zelda. Hacía un buen día, sin nubes en el cielo, y el sol brillaba tanto que Link tuvo que protegerse los ojos con una mano—. Seguro que tu pelícaro llegará muy rápido.
Link estaba demasiado ansioso para responder, así que se limitó a asentir, con la esperanza de que ella viera que pensaba lo mismo de su propio pelícaro. Zelda le sonrió y agarró su mano con fuerza.
Mientras se reunían con los demás e iban hacia la efigie de Hylia, Link repasó para sus adentros los rituales de la ceremonia.
Primero, el director Gaépora daría un discurso. Diría cosas que a él no le importaban, según el mismo Gaépora había dicho. Parecía tenerle algo de afecto a Link, y siempre le revolvía el pelo y le ofrecía palabras amables cuando lo veía. Le gustaba que hiciera compañía a Zelda y solía invitarlo a tomar sopa de calabaza en otra de las islas flotantes. Su presencia en la ceremonia lo tranquilizaba. Un poco, al menos.
Después los niños tendrían que arrodillarse frente a la efigie y rezar una plegaria que Link había grabado a fuego en su memoria. Se decía que los pelícaros eran partes de Hylia, y que Ella los enviaba para cuidarlos y protegerlos. Los pelícaros más viejos —los que por alguna tragedia se habían quedado sin jinete durante el último año— volarían más allá de las islas flotantes, y luego los pelícaros jóvenes aparecerían. No eran exactamente jóvenes porque llegaban adultos y crecidos, pero sí eran nuevos.
Al final, llegaba la peor parte. La parte en que había que esperar. Nunca se sabía cuánto había que esperar; las historias decían que, quince años atrás, un niño estuvo una semana entera frente a la efigie de Hylia, esperando a su pelícaro. Link rezaba por que a él no le ocurriera nada parecido, aunque con su suerte, no lo extrañaría. Seguro que se pondría en ridículo y le daría más razones a Malton para burlarse de él.
Sin embargo, cuando la estatua de Hylia apareció frente a ellos y Zelda sostuvo su mano con más fuerza, sintió una confianza extraña. Las cosas irían bien. Zelda lo había dicho, y Zelda era increíble. Y, en lo más profundo de su corazón, algo le susurraba que no tenía nada de lo que preocuparse.
Hylia sonreía sobre ellos. Link siempre había pensado que la estatua era demasiado grande, tanto que en ocasiones daba miedo, sobre todo cuando la noche caía. Todo estaba en silencio en aquella parte de Altárea, y Link se descubrió a sí mismo agradeciéndolo. El silencio lo ayudaba a calmarse. Zelda debía haberse dado cuenta unos meses antes, porque sabía cuándo debía hablar y cuándo Link necesitaba silencio. Era verdaderamente increíble.
Gaépora empezó hablando del hilo irrompible que unía a un jinete con su pelícaro. Link dejó de escuchar poco después, ocupado en buscar siluetas en el cielo. Su pelícaro estaría allí, en alguna parte, cerca de Altárea. Lo sentía. ¿Cómo era posible que pudiera sentirlo sin siquiera haberlo visto nunca?
No podía esperar a volar. Pasaría al menos un año hasta que los maestros consideraran que podían volar a solas. Los accidentes de vuelo eran muy comunes en Altárea, por desgracia, y había pocos niños. Nadie quería perder una nueva generación, aunque eso Link no lo entendía con ocho años —casi nueve—.
Zelda tiró de su mano para sacarlo de sus pensamientos. Él parpadeó y se dio cuenta de que Gaépora había dejado de hablar. Compartió una mirada con Zelda. Ella susurró: «plegaria.» Link le dio las gracias en silencio y se arrodilló junto a ella.
Link siguió el ritmo de su plegaria. El pelo dorado le caía alrededor del rostro, pero él podía ver como las manos de Zelda temblaban. Decidió que, en cuanto acabaran de rezar, cogería su mano de nuevo. Ella estaba tan nerviosa como él, y los amigos cuidaban unos de otros.
El murmullo cesó y todos se apresuraron a ponerse en pie de nuevo. Link nunca mentía, ni siquiera a sí mismo, de modo que cogió la mano de Zelda. Estaba fría, pese a todo el calor que hacía aquella mañana. Aun así, él la sostuvo con fuerza.
Los pelícaros sin jinete salieron de Altárea, batiendo las alas con lentitud mientras se perdían en el horizonte. Nunca volverían a verlos. Un pelícaro sin jinete no tenía propósito; no tenía alma. Debían regresar con Hylia, y se decía que Ella les asignaba una nueva misión. Nadie sabía cuál.
—Una vida por otra —dijo el director Gaépora. Por supuesto, Link, con casi nueve años, tampoco logró entender lo que aquello significaba.
Tras eso, solo quedaba esperar. Y esperar. Y esperar.
Pero Link no tuvo que esperar tanto.
Se hizo el silencio entre el grupo reunido allí. Link miró al resto de niños, que esperaban con nerviosismo. Algunos incluso se habían refugiado en sus padres. El director Gaépora estaba cerca de Zelda, y ella se mordisqueaba las uñas de su mano libre. Link estaba a punto de ofrecerle una galleta para tranquilizarla, pero justo entonces sintió un tirón extraño por dentro.
Una ráfaga de viento lo envolvió, y escuchó el lejano batir de alas. Todos alzaron la vista, y la mano de Zelda se aferró con más fuerza a la suya. Link vio la silueta de un pelícaro. Se acercaba. El corazón empezó a latirle más deprisa. Intentó apretarle la mano a Zelda también, pero sentía los dedos entumecidos.
El pelícaro se acercó más y más, hasta que Link pudo verlo por fin. Era enorme. El pelícaro más grande que había visto nunca. Más grande, incluso, que el del director Gaépora. Tenía las alas amplias y las plumas de color rojo brillante. Y, cuando aterrizó sobre la isla con un ruido sordo, Link se dio cuenta de que tenía los ojos clavados en él.
Intentó recordar todo lo que sus maestros le habían enseñado pero, pese a que lo habría podido recitar de memoria durante los últimos dos meses, ahora, cuando de verdad importaba, no era capaz de pensar con claridad. El director Gaépora tenía una expresión extraña en el rostro —una que él no entendió con ocho años—, y los otros maestros tenían gestos parecidos.
El pelícaro avanzó, y todos se apartaron. Sus garras poderosas se clavaban en el suelo de piedra. Avanzó y avanzó y avanzó, y Link estaba muerto de miedo, porque el corazón le aporreaba en el pecho y podía sentir aquel tirón otra vez. La unión.
Se detuvo, por fin, frente a él. Contuvo el aliento mientras el pelícaro bajaba el pico poco a poco, hasta quedar a su altura. Debía haber soltado la mano de Zelda en algún momento porque ya no la sentía junto a él. Todo el mundo parecía haber desaparecido, sin embargo. Solo estaban él y el pelícaro. Su pelícaro, comprendió de pronto. Aunque, en el fondo, siempre lo había sabido.
Alzó una mano temblorosa para rozar el pico del pelícaro. Parecía ridículamente pequeño junto a aquella criatura gigantesca. El pelícaro hizo movimientos bruscos y se acercó más, como si le gustara sentir sus manos, y Link retrocedió varios pasos, temblando de los pies a la cabeza. No obstante, acabó dejando su mano sobre el pico de nuevo. Era suave, y el miedo desapareció de golpe cuando la criatura le dio unos golpecitos cariñosos en el hombro y silbó una nota baja. Lo animaba. Link supo a qué de inmediato.
Nunca entendió qué lo poseyó para hacer aquella locura, ni siquiera cuando creció un poco más y pudo comprender mejor las cosas.
Porque de pronto estaba sobre la espalda del pelícaro. Había llegado allí por puro instinto, como si llevara haciéndolo toda la vida. Se aferró a las plumas rojas de la criatura mientras ella corría y corría y todos se apartaban.
—¡Link! —gritó alguien, pero estaba lejos. Demasiado lejos.
Y, sin previo aviso, volaba. Sintió un vuelco violento en el estómago, como cuando comía demasiadas galletas de fruta con Zelda, pero estaba volando. Y era la sensación más maravillosa que había experimentado nunca. Se refugió en las plumas de su pelícaro al tiempo que él ganaba altura, elevándose hasta las nubes. El viento rugía a su alrededor, le azotaba el rostro y le revolvía el pelo. Había hecho un esfuerzo por cepillárselo aquella mañana, pero en aquel momento no le importó en absoluto. Estaba en el aire, surcando los cielos con su pájaro guardián por fin.
Sonrió entre las plumas mientras el pelícaro giraba. Estaban cerca del rostro de piedra de Hylia. Link sintió que se quedaba sin aire al mirar abajo, así que tomó la sabia decisión de no mirar abajo.
Volar era libertad. Era no sentir el suelo firme bajo tus pies, pero aun así tener la certeza de que no caerías. Volar no tenía nada que ver con nada que hubiera hecho jamás. Volar no le daba miedo. Había nacido para surcar los cielos junto a su pelícaro.
Link se agachó sobre las plumas cuando la criatura empezó a descender. Emitió un suave silbido, como si quisiera saber si él estaba bien. Y Link estaba tan bien que jadeaba y temblaba por la adrenalina.
Pero entonces tocó el suelo y todo regresó a la normalidad.
Escuchó gritos y murmullos. Unos brazos fuertes lo arrancaron de su pelícaro. La criatura chilló a modo de protesta y lo miró con los ojos muy abiertos, pero Link no podía hacer nada. Dejó que lo sostuvieran mientras intentaba calmarse.
—Que Hylia nos asista —le susurró Gaépora. Él lo sostenía—, ¿estás loco, chico? ¿En qué estabas pensando?
Gaépora siguió hablando. Link empezó a sentir una presión familiar por dentro. Solo Zelda podía ayudarlo cuando eso ocurría. La buscó con la mirada y, cuando la vio, descubrió que ella ya lo estaba mirando. Y tenía lágrimas en los ojos. Nunca, desde que la conocía, había visto a Zelda llorar. Pero allí estaba, sollozando desde el otro lado del pedestal.
Se llevaron a Link de pronto hacia la academia. Él sintió que su pelícaro echaba a volar de nuevo. Hacia dónde, no lo sabía, pero tenía la certeza de que no se iría muy lejos. No cuando Link lo necesitaba.
El director Gaépora le indicó que no saliera de su habitación. Volvería pronto, o eso le aseguró. Sin embargo, no regresó hasta la hora del crepúsculo. Link esperó, tal y como le habían pedido. No sabía si había hecho algo malo. Era peligroso que alguien tan pequeño y con tan poca experiencia volara sin haber practicado antes, pero Link lo había logrado de todas formas. Estaba confundido, aunque también entusiasmado. Sentía un cosquilleo recorrerlo de arriba abajo siempre que recordaba la forma en que su pelícaro se había elevado, alto, muy alto, hasta casi rozar la coronilla de la efigie de Hylia. Estaba seguro de que no lo olvidaría jamás.
Link estaba tallando su figura de madera cuando Gaépora regresó. Tenía el ceño fruncido. Algo debía preocuparlo. Se acercó a él y le revolvió el pelo, aunque no lo hizo con la misma efusividad que otras veces.
—No sabía que te gustaba tallar madera —dijo. Tenía una voz muy profunda. Link contuvo el impulso de cubrir el pelícaro al darse cuenta de que Gaépora era el primero en verlo. Él rio y le revolvió el pelo de nuevo—. No se te da nada mal. ¿Has aprendido tú solo?
Link se limitó a asentir. Gaépora tomó asiento en una silla y le sonrió.
—En ese caso, tu trabajo tiene mucho mérito —dijo. Él sintió calor en las mejillas, así que desvió la mirada—. Ha sido un día largo. Zelda está en su habitación. También ha sido un día duro para ella.
Link alzó la vista de golpe. Zelda. Oh, ni siquiera se había parado a pensar en ella. Sintió una punzada molesta en el pecho al recordar sus ojos llenos de lágrimas. Seguro que Zelda se había preocupado por él. Y Link no le había dirigido un solo pensamiento. ¿Qué clase de amigo era?
—¿Zelda tiene su pelícaro? —preguntó.
Gaépora sonrió con tristeza.
—Me temo que se está haciendo de esperar —respondió, y a él se le encogió el corazón—. No ha llegado hoy. Hay varios niños que siguen sin pelícaro. Casi no conseguí convencerla de que volviéramos a casa. Le he dicho que no tiene nada de qué preocuparse, pero... Bueno, tú también conoces a Zelda.
Ella había estado tan entusiasmada por conocer a su pelícaro como él. Debía estar en su habitación, triste y sola, con los ojos tan llenos de lágrimas como aquella mañana, cuando el pelícaro lo dejó en el suelo. Y Link debería estar a su lado.
—¿Puedo verla?
—Es tarde, hijo. Todos necesitamos descansar.
Link quiso protestar, pero no se atrevió. Pasó los dedos por su pelícaro de madera mientras el silencio se alargaba.
—Tu pelícaro es rojo —dijo Gaépora de pronto. Link frunció el ceño—. Los pelícaros rojos son muy poco comunes. De hecho, se creían extintos.
—¿Qué significa eso?
—Pensábamos que ya no existían. Que eran solo leyendas.
Link sintió que el corazón se le aceleraba. ¿Por qué tenía él un pelícaro rojo? Él no era nadie especial. Era solo Link. Amigo de Zelda. Vivía en la academia porque no tenía padres. ¿Qué había de especial en eso?
—Lo que hiciste hoy fue muy peligroso, Link —prosiguió el director Gaépora en tono severo—. Nunca habías volado antes. Podrías haberte caído. Podrías haberte hecho mucho daño.
—Lo sé —murmuró él, todavía mirando su pelícaro de madera.
—Solo puedo dar gracias por que no te pasara nada. Hay normas, Link, y todos tenemos que cumplirlas. Así que ni se te ocurra volver a volar solo y sin permiso. Deberás esperar a que tus maestros consideren que estás del todo capacitado.
Link no entendió algunas palabras, pero el mensaje fue claro para él. Asintió en silencio, cabizbajo. Tras unos instantes, Gaépora le revolvió el pelo otra vez.
—¿Quieres que te cuente un secreto, chico?
Link lo miró y se sorprendió al ver su sonrisa amable. Gaépora se acercó a su oído, y la barba le hizo cosquillas en el rostro.
—Has volado mejor de lo que yo he volado jamás —susurró—. Y eso que eres solo un principiante. No quiero ni imaginar dónde estarás dentro de unos años.
Link se descubrió sonriendo. Gaépora le devolvió el gesto, le revolvió el pelo una última vez y luego se despidió de él.
Salió a visitar a Zelda a la mañana siguiente. Había pasado toda la noche dando vueltas, pensando en ella y en su pelícaro. Tocó en la puerta, cuatro veces para que supiera que se trataba de él. La respuesta le llegó de inmediato.
—¡Márchate!
Link se detuvo en seco, sintiéndose como si hubiera comido demasiadas galletas.
—¿Zelda?
—¡Márchate, Link!
Él estaba aterrado, así que se fue de allí a toda prisa.
Vio a Zelda durante el día, pero ella lo ignoró. Ni siquiera lo miraba. Se sentía terriblemente solo. Trató de hablar con ella, pero Zelda huía de él como si de repente ya no le gustara su compañía. Link se preguntó qué había hecho mal.
Pasó casi una semana. Como Zelda no lo quería a su alrededor, él decidió pasar tiempo con su pelícaro. Era como si se conocieran desde siempre. Zelda también tenía su propio pelícaro. Era más pequeño que el suyo, con plumas azul brillante. Link no había vuelto a volar con su pájaro, pese a lo mucho que lo deseaba, pero en la academia ya habían recibido las primeras lecciones. Había pillado a Zelda mirándolo más de una vez con una expresión extraña con el rostro. Apartaba la mirada rápidamente, sin embargo.
Malton tampoco lo molestaba. Él también tenía su pelícaro, y miraba a Link con envidia. Pero a él no le importaba. Estaba contento con su pájaro guardián, fuera del color que fuese. Casi extinto o no.
Aquella noche, Link tomó una decisión. Tenía que hablar con ella. Le gustaba estar con su pelícaro, pero Zelda era distinta. La echaba de menos. Contempló la figura de madera, ya casi terminada, y se le ocurrió la mejor idea que había tenido jamás.
Después de las lecciones en la academia, Link llamó a la puerta de Zelda. Cuatro veces, para que supiera que se trataba de él. Esperó unos instantes hasta que la puerta se abrió con lentitud.
Malton lo llamaba cobarde. Link estaba dispuesto a cambiar eso. Había empezado por pedir galletas en la academia. Nunca le había hablado a la cocinera. Y ella le había sonreído, como si algo le resultara divertido, y le había dado galletas. Estaba muy satisfecho consigo mismo.
Le mostró las galletas a Zelda con una sonrisa.
—Lo siento —dijo.
Zelda entornó los ojos.
—¿Por qué lo sientes?
Él vaciló un momento.
—Estás enfadada conmigo. He hecho algo malo, ¿no?
Ella se lo quedó mirando por unos largos instantes, y Link empezó a preguntarse si tendría algo raro en la cara. Al final, Zelda tiró de su brazo para que entrara en la habitación y cerró la puerta rápidamente. La habitación de Zelda era muy parecida a la suya, aunque Link no tenía vestidos de colores chillones esparcidos por todas partes. Ni libros. Ni flores de tonos vivos. Ni herramientas para coser.
Zelda se detuvo frente a él con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá dice que se llaman celos —soltó de golpe.
Link dejó de sonreír al instante. Acercó las galletas a su bolsa, por si debía guardarlas otra vez.
—¿Qué?
—Son celos. Lo que me pasa cuando te veo con tu pelícaro.
—¿Qué pasa con mi pelícaro?
Ella se detuvo en seco. Parecía enfadada. Oh, no.
—Que estás con él todo el rato. Y yo... Pensaba que ya no querías ser amigo mío.
—¿Qué? —repitió estúpidamente—. ¿Por qué no?
Se le escapó un sollozo.
—¡No lo sé! —exclamó—. Creía que ya no querías estar conmigo.
—¿Porque tengo a mi pelícaro?
—Porque tenía miedo de que pasaras más tiempo con él que conmigo. —Se secó una lágrima—. Ya sé que suena tonto. A-así que lo siento.
Link no supo qué decir por unos momentos. ¿Cómo podía haber estado celosa de su pelícaro? Decidió no darle importancia, sin embargo, porque ella lloraba y los maestros siempre decían que todo el mundo cometía errores.
—Eres mi mejor amiga —le dijo—. Claro que quiero estar contigo. Mi pelícaro no importa.
Ella lo miró con los ojos hinchados.
—¿Soy tu mejor amiga? —susurró.
Él sacó la figura del pelícaro de su bolsa y se la tendió a Zelda con nerviosismo. La había pintado de un azul parecido al de su pelícaro de verdad. Ella la examinó en silencio, y la figura temblaba entre sus manos.
—¿La has hecho tú?
Él asintió con la cabeza. Zelda lo abrazó con fuerza, entre sollozos. Link la perdonó sin dudarlo un instante.
<*><*><*>
A los nueve años, Link voló con Zelda por primera vez.
Ella estaba nerviosa y tal vez tenía un poco de miedo, pero Link solo estaba ansioso. Había pasado el último año deseando volver a volar. No habían vuelto a hablar de los celos de Zelda, aunque ella se había encariñado con el pelícaro de Link y con el suyo propio. No habían discutido desde aquel día. Si eso podía llamarse discusión, claro.
Contuvo el aliento cuando el pelícaro se elevó en el aire. No hacía mucho viento y el sol brillaba con fuerza. Los maestros habían dicho que era un buen día para volar. El pelícaro silbó, feliz, y agitó las alas. Link había aprendido a interpretar los sonidos que emitía. Aquellas criaturas eran más listas de lo que él había creído.
Link se agachó entre las plumas, como le habían enseñado en la academia, mientras el pelícaro ganaba altura. El corazón le latía muy deprisa. Volar era mejor que correr e incluso que escalar. Sonrió, y el pelícaro silbó de nuevo, tal vez sintiendo su propia alegría.
Zelda dejó escapar un sonido ahogado. Volaba detrás de él, aferrándose a su pájaro. Una ráfaga de viento los sacudió de pronto, y ella le pidió ayuda con la mirada. Link se situó a su altura.
—No tengas miedo.
—No tengo miedo —dijo ella con el ceño fruncido, aunque tenía la respiración agitada.
—No vas a caerte. Los pelícaros no dejan que nadie se caiga.
—¿Estás seguro?
Link pensó en sus propios padres, pero eso había sido diferente. Él no había estado allí. Había sucedido en una noche de tormenta, la peor que había visto Altárea en muchos años. Ellos eran caballeros. Habían estado de patrulla.
—Tu pelícaro sabe si tienes miedo o no —replicó Link para cambiar de tema—. Se pondrá nerviosa también.
Zelda inspiró hondo y se irguió sobre el pelícaro. Ganó algo de altura.
—¿Cómo puedes volar tan bien, Link? —le preguntó. No había ni rastro de rencor en su voz.
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. —Y era cierto. No lo sabía.
Zelda no insistió. Siguieron volando muy despacio, pero a Link no le importaba. Prefería volar con Zelda a volar solo. Link intentó mantenerla distraída de las leves ráfagas de viento que sacudían a los pelícaros y, al cabo de un rato, su nerviosismo había desaparecido por completo. Incluso su pelícaro parecía haberse tranquilizado un poco.
—¿No vas a ponerle nombre? —quiso saber Zelda mientras sobrevolaban una diminuta isla vacía.
—¿Para qué? No tengo que llamarlo con palabras. Solo hay que silbar.
Zelda rio.
—Malton le ha puesto nombre.
Link hizo una mueca. Malton se había vuelto más alto y más fuerte, mientras que él apenas había crecido unos palmos en los últimos años. Incluso Zelda era más alta que él. Solo un poco. Aunque ella aprovechaba cada oportunidad que se le presentaba para recordárselo.
—Seguro que es un nombre estúpido.
El pelícaro de Zelda soltó un silbido cantarín, y la sonrisa de ella se hizo más amplia. Link no pudo contener el viejo impulso de mirar a su alrededor por si Malton andaba cerca, escuchándolos. Había una parte de él que todavía temblaba como un niño asustado al pensar en Malton. Se decía a sí mismo que había cambiado. Que era mayor y podía enfrentarse a él sin depender de Zelda. Ella le decía que estaba mejorando, aunque Link solo podía decirle tres palabras a Malton antes de empezar a temblar como una hoja al viento.
—Se llama Malton.
—¿Qué?
—El pelícaro de Malton —dijo Zelda en tono plano— se llama Malton. Malton lo ha llamado Malton.
Link parpadeó, incrédulo. Entonces vio como Zelda apretaba los labios para contener la risa y estalló en carcajadas.
—¿Es una broma?
—No —respondió Zelda entre risitas—. ¿Crees que me inventaría algo tan estúpido?
—Sueles inventarte cosas estúpidas.
—Pensaba que mi mejor amigo me conocería mejor —dijo ella. Estaba sonriendo, y él le devolvió la sonrisa.
Link había aprendido mucho sobre la amistad. Al principio ser amigo de Zelda había significado no estar solo y jugar con ella por las calles de Altárea pero, en algún momento, se había convertido en algo mucho más profundo. Sabían lo que el otro pensaba sin que tuvieran que decirlo. Se lo contaban todo. Absolutamente todo, sin excepciones. A veces Link sentía como si la conociera desde hacía muchos, muchos años. Aunque tres años no eran tanto tiempo.
Pero Link quería a Zelda. Como amiga, claro. Solo con pensar en quererla como sus compañeros mayores de la academia querían a sus amigas sentía escalofríos. Zelda era buena con él, y él la quería. No era tan complicado.
Se detuvieron en una isla vacía para ver las nubes. Link la miró con curiosidad. Zelda era más interesante que las nubes. Así de increíble era.
—¿Tú vas a ponerle nombre a tu pelícaro? —le preguntó. También había mejorado en lo de hablar. Especialmente con ella.
Zelda lo miró y dejó escapar una exclamación ahogada.
—Casi se me olvida —murmuró.
Silbó para llamar a su pelícaro, que volaba sobre sus cabezas, tras el pájaro de Link. La criatura descendió y rozó el pelo de Zelda con el pico mientras cantaba.
—Buena chica —susurró ella. Le acarició las plumas con delicadeza—. Sabes que Link es un amigo, ¿verdad? Así que no te asustes.
Zelda había decidido que su pelícaro era una chica. Lo miró con sus ojos enormes y silbó de nuevo. Link parecía caerle bien. Siempre lo saludaba con un canto especial cada mañana, cuando lo veía con Zelda.
El pelícaro de Link aterrizó con un graznido de curiosidad. Los pelícaros podían emitir una gran variedad de sonidos. Silbaban, cantaban, graznaban, chillaban, jadeaban, suspiraban e incluso soltaban murmullos parecidos a los de los lémury cuando estaban particularmente contentos. Su pelícaro y el de Zelda habían cantado juntos varias veces. Todos se paraban a verlos siempre que ocurría.
La criatura se enroscó alrededor de ambos. Era lo suficientemente grande para acogerlos a los dos. Zelda se incorporó y usó el montón de plumas rojas como apoyo. Link no tardó en hacer lo mismo. Aquello era mucho más cómodo que el duro suelo.
Zelda acariciaba las plumas de su pájaro guardián. El pelícaro de Link silbó de pronto, y el de ella respondió. A veces deseaba ser capaz de entenderlos. Dejó de desearlo cuando escuchó un chillido agudo y un batir de alas.
Zelda chistó y calmó a su pelícaro con palabras que Link no llegó a oír. Solo hablaba bajito con su pájaro guardián.
—Oh, quejica —rio ella—. No duele tanto.
La criatura graznó, y el pelícaro de Link graznó también, preocupado. Se había encariñado de las dos muy deprisa. Y era raro que dos pelícaros cantaran juntos.
Zelda le mostró una pluma azul entonces. Él contuvo el aliento y abrió mucho los ojos.
—Para ti —dijo Zelda—. Como te prometí. No se me ha olvidado.
—Pero...
—Eres mi mejor amigo. Y lo serás siempre. Así que acéptala.
Su corazón se aceleró. Sin embargo, no aceptó la pluma de inmediato. Se volvió hacia su propio pájaro, que lo miró con reproche, adivinando sus intenciones. Link le mostró una sonrisa de disculpa y luego arrancó una pluma roja con cuidado. No chilló como el pelícaro de Zelda. Se limitó a suspirar. Link le acarició el pico. Le daría una recompensa más tarde.
Le ofreció la pluma a Zelda. Ambos las intercambiaron.
—Ahora estaré contigo siempre —dijo ella.
Mientras Link examinaba la pluma azul, se descubrió pensando que ella decía la verdad.
Aquella tarde, los pelícaros cantaron juntos otra vez.
<*><*><*>
A los diez años, Link hizo una tontería maravillosa. La mejor tontería del mundo, de hecho, aunque eso no lo sabría hasta mucho, mucho más tarde.
—¿Preparado? —le preguntó Zelda en un susurro emocionado una mañana.
Estaban agazapados tras un muro. Malton se encontraba al otro lado, a una distancia prudente, haciendo el idiota con una chica dos años mayor que él. Link hizo una mueca cuando vio como se besuqueaban. Luego asintió, y Zelda le mostró una sonrisa maliciosa. Él se la devolvió.
Zelda silbó, no muy alto para que Malton no la oyera, aunque su pelícaro la escuchó de todas formas. Hubo un batir de alas, y una sombra apareció en el cielo. Malton no se inmutó; los pelícaros sobrevolaban Altárea a todas horas. No era nada nuevo.
Lo que sí era nuevo era que un pelícaro dejara un cargamento maloliente en medio de Altárea.
El pelícaro de Zelda se alejó silbando, claramente aliviada. Malton gritó y soltó una palabra muy fea. La chica con la que estaba se cubrió la boca y salió corriendo. Zelda tiró de su mano, y ambos se alejaron de allí lo más rápido posible, sin hacer ruido.
—Para ser bichos sagrados, por dentro están llenos de mierda —Link había escuchado decir a uno de sus maestros durante las festividades del día de Hylia, el año anterior.
Y Link se había dado cuenta que era cierto. La caca de pelícaro era... Bueno, impresionaba. Link sabía por experiencia lo mal que olía. Malton —el pelícaro— había dejado sus excrementos cerca de la academia dos días atrás, justo al lado de la ventana de Link. Por mucho que limpiaran, el hedor había permanecido allí durante todo el día. Tanto él como Zelda sabían que no había sido una simple casualidad. Pero ahora le habían devuelto el favor a Malton.
Corrieron hasta la cascada y se detuvieron entre jadeos. Luego Zelda empezó a reírse a carcajadas.
—¿Has visto su cara? —consiguió decir ella—. Oh, Link, no lo olvidaré nunca.
—Yo tampoco —rio él.
Sus pelícaros sobrevolaban Altárea entre graznidos. Zelda los observó con una sonrisa.
—¿Qué le has dado de comer? —preguntó Link.
—Nada. Un poco más de lo normal, pero eso es todo.
—¿Crees que sabrá que hemos sido nosotros?
—Me da igual. No puede hacernos nada. El muy imbécil se lo merecía. Tú mismo lo dijiste.
Link se mostró de acuerdo. Ambos se sumieron en un silencio cómodo, aunque él sabía que Zelda estaba pensando. Dejó que el silencio se extendiera, sin embargo.
—¿Viste lo que estaban haciendo? —preguntó en voz baja, como si alguien fuera a oírlos.
—Era asqueroso.
Zelda no dijo nada, y él la miró con los ojos muy abiertos.
—Nunca lo he hecho —murmuró ella.
—¿Y qué?
Se encogió de hombros. Link frunció el ceño.
—¿De verdad quieres hacerlo?
—En la academia dicen que es divertido.
—No es divertido, Zelda. Es...
—... asqueroso, lo sé. —De pronto abrió mucho los ojos, y él supo al instante que iba a suplicar—. Nosotros no lo haremos asqueroso. Eres mi mejor amigo, Link.
E insistió tanto que a él no le quedó más remedio que aceptar. Zelda lo abrazó a modo de agradecimiento y tiró de su mano para que se pusiera en pie. Luego se sacudió la falda del vestido —rosa, como siempre, aunque no de un tono tan chillón— y tomó aire.
Link esperó, conteniendo el aliento. Ella se había empecinado en hacer aquello, y por lo tanto ella tenía que hacer el primer movimiento. Era lo justo, ¿no?
Zelda cerró los ojos con fuerza y estampó sus labios contra los de él. Se apartó un instante después, de un empujón. Él hizo una mueca y se frotó la boca.
—Asqueroso —murmuró.
Ella frunció el ceño también.
—Asqueroso —asintió, muy convencida.
<*><*><*>
A los doce años, Link estuvo a punto de perder a su mejor amiga.
Todo empezó una cálida mañana, mientras pasaban el rato junto a la cascada, como normalmente hacían. Se encontraban mirando las nubes, sobre la hierba. El pelícaro de Link sobrevolaba Altárea, silbando una canción animada. El de Zelda lo seguía muy de cerca, aunque no cantaba. Aquello era raro. Sin embargo, Link se dijo que los pelícaros hacían cosas raras todo el tiempo y no le dio más importancia.
—¿Alguna vez has pensado en lo que hay debajo de Altárea? —preguntó Zelda de pronto. Tenía la voz más ronca que de costumbre y los ojos le brillaban, como si fuera a llorar, aunque Link la conocía lo suficiente para saber que aquella no era la cara que ponía cuando iba a llorar.
—¿Las tierras inferiores?
Zelda asintió.
—A veces las veo en sueños —dijo—. ¿Tú las ves también?
—No —respondió él—. Estás diciendo cosas muy raras. ¿No había nada raro en el desayuno?
Zelda sonrió, aunque fue una sonrisa débil. Luego cerró los ojos.
—No. Estoy bien —susurró en voz diminuta.
Link la observó por un rato. Ella no se movió, pero sí frunció el ceño, como si algo la molestara.
—¿Zelda? —susurró él. No obtuvo respuesta—. Zelda —repitió más alto, sacudiéndole el hombro—. Zelda, si esto es una broma, no volveré a hablarte jamás.
Pero ella siguió sin responder. Link se sentó, esforzándose por mantener la calma. Zelda tiritaba. Cuando le tocó la frente, se dio cuenta de que ardía. Estaba cubierta en un sudor frío. Y era el día más caluroso que habían tenido en muchas semanas.
Supo al instante lo que le ocurría a Zelda.
La llamó con un nudo en la garganta. Ella gimió, pero no abrió los ojos. Link se detuvo, respirando entrecortadamente, y luego silbó varias veces para avisar a su pelícaro. Aterrizó al instante y graznó al verlos.
—Quédate —le susurró él.
La criatura silbó en tono bajo, como si estuviera sintiendo dolor. Link no perdió el tiempo y corrió hasta la academia.
No estaba muy lejos, por suerte. Corrió por los pasillos, esquivando a los maestros e ignorando todo lo que decían a su paso. Irrumpió en la habitación donde sabía que encontraría al director Gaépora. Él se detuvo tras ver a Link. Intentó contarle lo sucedido lo mejor que pudo. Pero jadeaba por la carrera y el corazón le aporreaba el pecho y tenía un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, así que tartamudeaba y tropezaba con las palabras como le ocurría de niño.
Aun así, Gaépora lo entendió a la primera. Se puso en pie de un salto y fue con Link hacia la cascada.
Él se dijo que todo iría bien. Gaépora cuidaría de Zelda, y todo iría bien. El propio Link había tenido las fiebres un año antes, y no había sido tan grave. Solo había tenido que pasar unos días en la cama con un dolor de cabeza particularmente malo. Sin embargo, las enfermedades se extendían muy deprisa por Altárea. Sabía de niños que se habían ido con Hylia por las fiebres. Incontables adultos y ancianos los habían acompañado.
Gaépora llevó a Zelda hasta la academia. Gritó para que llamaran al mejor sanador que pudieran encontrar. El maestro Asteus entró en la habitación de Zelda un rato después, con una bolsa que apestaba a hierbas. En Altárea había muy pocos recursos para hacer medicinas. Era una de las razones por las que las enfermedades eran tan letales.
Link observó como el maestro Asteus trabajaba. No se había movido de la puerta. Tenía el cuerpo entero entumecido y temblaba tanto que él podría haber pillado la fiebre también. Parpadeó para contener las lágrimas y se tragó el nudo que tenía en la garganta. Ya no era ningún niño. Permaneció en su rincón, pese a todo, sin emitir un solo sonido.
El maestro Asteus le dio una poción verdosa a Zelda. Lugo puso paños húmedos sobre su frente y bajo sus brazos. Le dijo algo a Gaépora y, cuando dio media vuelta, abrió mucho los ojos al encontrarse con Link. Su mirada se llenó de simpatía muy deprisa.
—Link, ¿por qué no sales con los demás? Zelda necesita descansar.
Él vaciló. Miró a Zelda, que estaba muy pálida y tiritaba, y tomó una decisión.
—No puedo —susurró.
El maestro Asteus se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—Entiendo que estés preocupado por ella. Pero no se quedará sola en ningún momento. —Miró al director Gaépora—. Además, no quiero que enfermes tú también.
—Yo ya las he pasado —dijo él en tono más firme—. No molestaré. Lo prometo.
El maestro Asteus no dijo nada. Se limitó a mirar a Gaépora, que miró a Link. Él le suplicó en silencio. En el exterior, un pelícaro —Link lo reconoció al instante como el de Zelda, acostumbrado como estaba a oírla cantar— entonaba una canción triste.
—¿Link? —gimió ella, y el corazón de él se hundió.
Gaépora pareció tomar su decisión entonces.
—Que se quede —dijo—. Ella lo necesita.
Link sintió un alivio tal que pensó que se derrumbaría allí mismo.
Pasó todo el día junto a Zelda. El maestro Asteus entraba cada pocas horas para darle medicina a Zelda y comprobar su estado. Mientras la noche caía, Link se fijó en que ella seguía teniendo el pelícaro que él le había hecho años atrás. Había mejorado, pero Zelda no quería que le hiciera uno nuevo. Se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez, así que apartó la mirada del pelícaro de madera y la clavó en sus manos. Allí sostenía la pluma azul. Siempre la llevaba con él .
—A su madre se la llevaron las fiebres —susurró Gaépora más tarde aquella noche. Habían estado en silencio la mayor parte del día, así que Link se sobresaltó al oírlo—. Zelda no era más que un bebé. Ni siquiera recuerda a su madre.
Link sintió una punzada de nerviosismo al ver los ojos llenos de lágrimas de Gaépora. Siempre la fastidiaba cuando alguien lloraba frente a él. Había aprendido a manejar la situación con Zelda, pero no sabía si los mismos trucos funcionarían con Gaépora.
—De pequeña estaba sola mucho tiempo —prosiguió—. Yo trabajaba demasiado. Todavía lo hago. Pero luego llegaste tú. —Le mostró una sonrisa triste a Link—. He visto a pocos más unidos que vosotros dos. Y me alegro de que mi hija tenga a alguien como tú a su lado, Link. Nunca lo olvides.
De pronto era Link quien lloraba. Ni siquiera había sentido las lágrimas agolpándose en sus ojos. Miró a Zelda, que murmuraba en sueños con una palidez enfermiza en el rostro, y se le escapó un sollozo. Los recuerdos lo asaltaron uno tras otro, sin piedad. Se había obligado a olvidar aquella noche horrible. Se había contado la mentira a sí mismo una y otra vez. La mentira de que había sido muy pequeño para recordarlo.
Pero sí recordaba algunas cosas. Su madre lo había besado en la frente antes de irse. Su padre se había quedado con él, pero cuando las horas pasaron y ella seguía sin regresar, él decidió salir también. Le había dicho que no se moviera. Y Link obedeció.
Se acordaba de los sonidos ahogados del viento y de la tormenta. Soplaban contra las ventanas y tronaban y rugían como los dragones de las leyendas. Recordaba el canto triste y lleno de dolor de los pelícaros de sus padres.
Y recordaba muy bien el terror que había sentido cuando unos brazos fuertes —que no eran los de su padre— lo habían sacado de su antigua casa. Aquel terror solo empeoró cuando una voz femenina —que no era la de su madre— le dijo:
—Se han ido con Hylia. Ahora están a salvo.
Se obligó a mirar a Zelda, a Zelda y solo a Zelda, porque le daba miedo descubrir qué ocurriría si seguía pensando en aquel día horrible. Sacudió la cabeza entre sollozos. No recordaba la última vez que había llorado.
—Ella no puede irse —susurró—. No puede. No puede.
De repente el director Gaépora estaba a su lado, estrechándolo con fuerza, y Link no opuso resistencia. Los brazos de Gaépora no eran tan distintos a los de su padre, a quien vagamente recordaba. Su cara se había vuelto borrosa con el paso del tiempo, pero por un instante Link cerró los ojos y se permitió imaginar que sus padres estaban allí de verdad, y no el director Gaépora, el padre de Zelda, su mejor amiga, que podía morirse en cualquier momento.
—No la perderás, hijo —le aseguró con sorprendente firmeza, aunque Link estaba casi seguro de que él también lloraba—. Aunque tenga que dejarme caer hasta las tierras inferiores y maldecir tres veces a Hylia, pienso hacer todo lo posible para que no se vaya.
Pese a que aquello iba en contra de todo lo que le habían enseñado, Link se descubrió estando de acuerdo. Se descubrió pensando que él haría lo mismo por Zelda. Estaba tan seguro de ello que le dio miedo. Con los años descubriría que el destino era cruel, y que las palabras de Gaépora no habían sido casualidad. Pero, por el momento, tenía solo doce años y quería a Zelda de vuelta, sana y salva.
Por eso, cuando tres días después ella abrió los ojos y lo miró con una sonrisa débil y diminuta, Link se dio cuenta de que sus ojos eran lo más bonito que había visto jamás. Y había visto muchas, muchas cosas.
<*><*><*>
A los catorce años, Link recibió su primer ojo morado.
Lo dejaban utilizar espadas de punta roma por fin, pero incluso eso empezaba a quedársele pequeño. Los maestros estaban impresionados. Decían que era un prodigio, tanto en el arte de la espada como en el de vuelo, y Link estaba secretamente orgulloso de sí mismo. Entrenar lo ayudaba a pensar. A concentrarse y a aclararse las ideas. Era cada vez más difícil en los últimos tiempos.
También estaba aprendiendo combate cuerpo a cuerpo. Prefería tener un arma en las manos porque seguía siendo bajito y menudo, y su fuerza física no podía compararse con la de muchos de sus oponentes. Pero era capaz de dar buenos puñetazos, según le habían dicho. Lo frustraba no ser tan bueno como con la espada, pero se decía a sí mismo que solo debía crecer un poco más. Tener paciencia y esperar.
Una tarde, Link acabó sus entrenamientos más pronto que de costumbre. Lo dejaron marchar, diciendo que «hoy se lo había ganado.» Link seguía frustrado y no veía cómo podía haberse ganado nada, pero no hizo preguntas.
Salió de la academia y anduvo hasta encontrarse con Zelda. Ella siempre lo esperaba fuera cuando acababa sus propias lecciones. Alzó la vista al verlo.
—Has acabado pronto —observó.
Se había puesto un vestido más oscuro. Azul. Llevaba un mes entero sin utilizar uno de sus vestidos rosa chillón. Tampoco era como si a Link le importara. O como si llevara la cuenta o se fijara en lo que llevaba Zelda. No, a él le daba igual lo que hiciera con sus vestidos. Pero el rosa le quedaba bien.
—Un regalo —masculló Link. Zelda caminaba muy deprisa. Últimamente echaba a andar sin pararse a esperarlo. Pensándolo bien, últimamente Zelda estaba muy rara—. No veo por qué me lo merezco.
Zelda soltó un largo suspiro lleno de irritación.
—A veces das un poco de asco.
—¿Yo? ¿Por qué? —dijo él. Intentó ocultar el atisbo herido que amenazaba con asomar en su voz. Últimamente, Zelda hablaba sin apenas pensar en lo que decía. O esa era su sensación. Sin embargo, ella estaba tan enfadada que le daba miedo decírselo.
Sabía que estaba siendo un idiota. Conocía a Zelda y, si alguien podía ayudarla, era él.
—Te pasas todo el día hablando de lo desgraciado que eres. Y todo porque no te ha salido un estúpido movimiento con la espada.
—Yo también tengo sentimientos, ¿recuerdas? —masculló Link con una mueca.
Zelda se detuvo y tomó aire antes de girarse para mirarlo. Parecía arrepentida.
—Lo sé —murmuró—. Lo siento, Link. No sé qué me pasa.
—Averígualo pronto, porque yo tampoco lo sé.
Zelda le ofreció la mano, y él la cogió sin pensárselo dos veces, aceptando sus disculpas. Ya no veía a Zelda como lo hacía de niño. Ella no era perfecta, ni mucho menos. Podía ser egoísta a veces. Era testaruda y le gustaba dar órdenes. Hablaba demasiado en ocasiones. Pero Link la quería igual. Aún pensaba que era increíble, defectos incluidos.
—Estoy enfadada últimamente. Muy enfadada. Y no quiero estarlo, pero no lo puedo evitar. ¿Qué crees que me pasa?
—Que no estás del todo cuerda.
—¿Lo dices por experiencia propia?
—No. Lo digo porque desde que te tiraste de la cascada no has vuelto a ser la misma. ¿Un golpe en la cabeza?
Zelda lo golpeó en el hombro, aunque sonreía.
—Para tu información, mi cabeza está intacta.
—Tienes la cabeza muy dura. En el fondo no me sorprende.
—Idiota. A veces creo que vas contra mí.
—No —dijo él, encogiéndose de hombros—. Mucho trabajo para mí. Además, en realidad me gustas.
Ella rio. Link se alegró de poder hacerla reír incluso cuando no estaba teniendo un buen día.
—Voy a robarte tu espada favorita.
—Y yo te robaré todos tus libros.
Zelda soltó un suspiro.
—Justo.
Link sonrió también. Su pelícaro silbó, en alguna parte de Altárea. No muy lejos.
Siguieron avanzando hasta llegar a una de las plazas de Altárea. Zelda y Link habían hecho más amigos, aunque ellos seguían siendo inseparables. Nadie podría cambiar eso. Él se sentó sobre un banco mientras Zelda observaba a los demás, que los saludaron con la mano, aunque no hicieron ningún ademán de acercarse.
Zelda tenía la vista clavada en un grupo en concreto, y Link contuvo un gemido de dolor al adivinar lo que miraba.
—Es guapo —susurró ella.
A él se le escapó el gemido de dolor por fin.
—Apesta. Y tú también apestas.
—Oh, cállate. No me digas que no es guapo.
—Es un idiota.
Zelda lo miró con los ojos entornados, aunque él se mantuvo firme. Ya no lo asustaba tanto hacerla enfadar.
—No digas eso, Link.
—Es la verdad.
—Tu problema es que estás celoso.
Él se detuvo en seco. Miró al chico en el que Zelda se había fijado. Era un año mayor que ellos. Link no se había molestado en aprender su nombre porque se enfadaba con solo pensar en su cara perfecta. Siempre llevaba el pelo perfectamente peinado, no como Link. Llevaba ropa que le quedaba perfectamente bien, no como Link, que no encontraba nada que se ajustara a su tamaño. Todo le iba muy grande o muy pequeño. Y lo peor de todo: aquel idiota hablaba con total perfección. No como Link. Él aún tartamudeaba a veces.
—¿Celoso? —dijo. Porque, obviamente, no estaba celoso—. A mí me da igual lo que haga ese...
—Eres el peor mentiroso que he visto nunca —dijo Zelda—. Eres mi mejor amigo, Link. Nadie va a cambiar eso.
Por alguna extraña razón, Link se sintió como si ella lo hubiera abofeteado.
—Si soy tu mejor amigo —replicó con frialdad—, estaré ahí cuando vengas llorando porque ese idiota te ha mandado al infierno.
Link se sintió orgulloso de sí mismo al darse cuenta de que no había vacilado ni una sola vez mientras hablaba. Sin embargo, todo el orgullo desapareció cuando vio el gesto herido de Zelda. Dio media vuelta y se alejó con los puños apretados, pero Link también estaba enfadado, así que no se molestó en averiguar a dónde iba. Estar con ella siempre terminaba en una discusión últimamente.
Contempló el cielo, en busca de su pelícaro. Volar siempre lo ayudaba a calmarse. Tal vez debería silbar y pasar el resto de la tarde entre las nubes. Sí, sonaba muy bien.
Estaba a punto de ponerse en pie cuando una voz burlona y conocida hizo que se detuviera en seco.
—He visto a tu pollo rojo de camino aquí. No tenía muy buena pinta.
Malton se alzaba frente a él, acompañado por sus dos amigos, que lo miraban con sonrisas estúpidas. Link fingió aburrimiento, aunque siempre habría una diminuta parte de él que temblaba de miedo cada vez que Malton se acercaba. Había mejorado con los años. Ya no tartamudeaba tanto como cuando era un niño, así que no dependía de Zelda para defenderse.
—Creo que el renacuajo se ha olvidado de darle de comer a su pollo —rio Malton. Sus amigos rieron también, como era de esperar—. ¿Tu ama de cría tiene que darle de comer al pollo por ti?
Link intentó recordar una de las primeras lecciones de sus maestros en el uso de armas. En medio de un combate, debía mantener la cabeza fría. Estar tan tranquilo como los vientos que acariciaban Altárea justo después de las largas lluvias que marcaban el inicio del nuevo año.
—Tírate del borde de Altárea —dijo Link con lentitud.
Malton sonrió, divertido.
—¿Qué has dicho, renacuajo? Hablas tan bajito que no te oigo.
«Calma —se recordó él—. Calma. Mantén la calma. Eso se te da bien.»
—Tírate del borde de Altárea —repitió Link—. A lo mejor descubres las tierras inferiores.
La sonrisa de Malton desapareció poco a poco. Link se felicitó a sí mismo por no haber titubeado ni una sola vez y se obligó a mirar a Malton a los ojos. Tenía el rostro alargado y, según Zelda, era «poco agraciado.» La forma ridícula en que siempre llevaba su pelo solo empeoraba las cosas.
—Estás valiente hoy, ¿eh? No te pases, renacuajo. Puedo saltarte los dientes de un solo golpe. Y tu madre no está aquí para defenderte esta vez. ¿Pensabas esconderte detrás de sus faldas?
«Calma. Calma.»
—Deja a Zelda en paz.
—¡Oh, es verdad! Se llama Zelda. Siempre olvido su nombre. Y siempre olvido que en realidad tú no tienes madre.
—Vete de aquí, pedazo de idiota.
Link se dio la vuelta y vio a Zelda tras él. Ella no lo miró, pero estaba enfadada. Tenía los brazos en jarras y los ojos entornados.
—Solo mejora por momentos —rio Malton. Sus amigos rieron con él—. Su ama de cría ha vuelto para hablar por él.
«Calma. No lo escuches.»
Era sorprendentemente difícil.
—Aquí el único que necesita un ama de cría eres tú. Al menos Link tiene amigos de verdad. Tú ni siquiera llegas a eso.
El rostro de Malton enrojeció. Zelda había conseguido hacerlo enfadar, aunque ella no parecía en lo más mínimo asustada. Link, por su parte, sintió la familiar punzada de terror que tanto odiaba.
—Cierra la boca. Esto no va contigo. Vuelve con tu padre y llora con él.
Zelda se acercó un poco más. Era muy pequeña comparada con Malton, que era ridículamente alto.
—Cierra tú la boca. Creo que esto sí va con...
Se interrumpió con un grito. Malton la empujó de pronto, con tanta fuerza que ella aterrizó en el suelo con un ruido sordo. Link vio como la sangre le corría por el codo. Zelda miró a Malton con ira, pese a tener los ojos llenos de lágrimas.
Link supo entonces que Malton había cometido un grave error. El más grave de todos, de hecho.
Nunca había odiado tanto a nadie como odió a Malton en ese momento. Y el motivo superaba toda lógica que Link, con catorce años, pudiera aplicar. Era como si algo se retorciera en sus entrañas, algo deforme que ardía y quemaba. Se extendió por todo su cuerpo y, cuando llegó a su cabeza, él vio rojo por todas partes. Aquello lo aterrorizaba como pocas cosas podían hacerlo, aunque Link se encontró a sí mismo abrazando aquella sensación tan extraña. No podían hacerle daño a Zelda. Preferiría que se lo hicieran a él. Nunca a ella. No mientras Link pudiera prevenirlo.
Así que darle un puñetazo a Malton fue lo más satisfactorio que había hecho jamás. Y la cosa solo mejoró cuando escuchó el crujido de su nariz.
Malton aulló, pero Link no le hizo caso. Ignoró el cosquilleo doloroso que sentía en los nudillos y miró a Zelda. Ella lo observaba con los ojos muy, muy abiertos. Iba a ayudarla a levantarse, pero de pronto Malton tiró de su brazo y le devolvió el puñetazo.
Tuvieron suerte de que alguien los separara. Uno de los maestros los llevó a la academia. Link no opuso ninguna resistencia. Sentía un dolor palpitante en el rostro, así que no se atrevía a abrir la boca. No quería darle la satisfacción a Malton de verlo quejarse del dolor. Malton, por su parte, no dejó de protestar en todo el camino. Le sangraba la nariz y tenía el rostro casi tan rojo como su pelo, y a Link le dieron ganas de asestarle otro puñetazo. Solo para que se callara por fin.
Los llevaron frente al director Gaépora. Los miembros de la academia que habían estado presentes —y que no se habían visto involucrados— le contaron lo sucedido.
—No toleraré esta clase de comportamiento —dijo el director en tono severo una vez estuvieron solos—. Ya no sois niños. Os acercáis a la mayoría de edad. A convertiros en caballeros. ¿Son estos los protectores que deberíamos tener en Altárea?
Link negó con la cabeza, aunque no se arrepentía en absoluto de haberle dado un puñetazo a Malton. No creía que fuera a arrepentirse jamás.
—Limpiaréis las cocinas durante dos semanas —dijo el director Gaépora. Malton gimió, pero el hombre no le hizo caso. Se limitó a mirar a Link fijamente y luego añadió—: Y nada de volar durante esas dos semanas.
Aquello le dolió más que el puñetazo de Malton. Miró al director Gaépora. No quedaba ni rastro del hombre amable que había estado con él dos años atrás, cuando Zelda tuvo las fiebres. Y, no obstante, aquella mirada fue suficiente para que Link lo comprendiera todo de golpe.
El director sabía que volar era lo que más le gustaba en el mundo. Y no quería arrebatárselo de esa forma. Lo vio muy claro en sus ojos. Pero tenía que hacerlo. No podía flaquear, ni aunque su hija estuviera envuelta en el problema. Debía ser justo.
Y Link comprendió también que, de hecho, lo estaba siendo.
Más tarde, Zelda entró en su habitación hecha una furia.
—¿Te ha castigado? —le preguntó.
Link apartó el trozo de hielo envuelto en tela para verla mejor. Le proporcionaba algo de alivio. El dolor solo había empeorado, y la hinchazón también.
—¿Vienes a visitarme a mi lecho de muerte? —dijo con una sonrisa estúpida. La mirada que Zelda le lanzó hizo que la borrara de inmediato.
—¿Cómo puedes estar riéndote en un momento así? Maldita sea, Link. A veces me pregunto si de verdad hay algo dentro de esa cabeza tuya. —Empezó a andar de un lado a otro de la habitación, con cuidado de no pisar ninguna de las figuras en las que Link había estado trabajando aquella mañana. Sus pasos resonaban con fuerza contra el suelo, y Link temió que fuera a abrir un agujero en la madera—. Te ha puesto a limpiar las cocinas, ¿a que sí?
—¿Cómo lo sabes?
Ella soltó un bufido de desdén.
—Es lo que le hace a todo el mundo. ¿Qué más te ha hecho?
Link clavó la vista en sus manos. Dejó que el tiempo pasara, hasta que las pisadas de Zelda se hicieron más fuertes todavía, y se vio obligado a responder —por su propio bien y por el bien del suelo—.
—No puedo salir a volar.
Zelda se detuvo en seco.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó con voz temblorosa.
—Dos semanas.
Se quedó tan rígida como la estatua de Hylia. Luego se dejó caer sobre su cama con un largo suspiro de frustración.
—Mi padre es tan idiota como Malton —dijo, y Link hizo una mueca—. ¿Por qué te castiga a ti? Lo hiciste por mí. Por su propia hija. Tú hiciste algo bueno.
—Zelda...
—¡Tengo razón!
—Piénsalo bien.
Lo miró, ofendida, y luego se cubrió el rostro con las manos. Link vio que le habían curado el codo. Sabía que era solo un rasguño sin importancia, aunque lo había preocupado de todas formas.
—Tú tienes razón. Lo siento. Y siento todo lo que te dije antes. Probablemente tengas razón en lo de ese chico.
Link sintió una punzada de asco consigo mismo cuando se descubrió conteniendo un suspiro de alivio.
—Si quieres ser amiga suya, no me hagas caso —se obligó a decir—. Sé amiga de quien quieras.
—No. No será posible. Se rio de ti cuando te fuiste con Malton. Y nadie que se ría de mi mejor amigo puede ser amigo mío. Así son las normas. Además, de cerca no es tan guapo.
Link contuvo las ganas de estrujarla con fuerza contra él. También contuvo las lágrimas.
—Gracias —murmuró.
Zelda se sentó sobre la cama y lo miró con una sonrisa.
—No. Gracias a ti. Fuiste muy valiente. Y diste un espectáculo maravilloso. —Link apartó la vista, avergonzado, y ella rio. Su risa se parecía al sonido de un centenar de pequeñas campanas que repicaban al mismo tiempo. Link se quedó muy quieto cuando sintió su mano sobre su brazo—. ¿Puedo?
Se arriesgó a mirarla a los ojos. Seguían siendo tan azules como un día sin nubes. Y seguían siendo lo más bonito que había visto jamás. Así que asintió con la cabeza. No podía negarle nada.
Ella cogió el pedazo de hielo envuelto en tela. Link lo soltó sin oponer resistencia. Tenía los dedos entumecidos, y no solo por el frío. Zelda examinó el moretón en su rostro.
—Oh, Link, ¿te duele mucho? —susurró ella. Él quiso responder, pero no le salían las palabras. Estaba muy ocupado mirándola—. Déjalo, da igual. Qué pregunta más estúpida. Pues claro que te duele.
Lo miró un momento, indecisa, y luego rozó el moretón con cuidado. Link sabía que no debía tener muy buen aspecto con aquellas feas e hinchadas líneas moradas alrededor de los ojos. Pero ella tocó la zona herida como si estuviera acariciando un lémury. Por un momento sintió una punzada de dolor, pero Zelda era como una rayo de sol entre las nubes. Recorrió el moretón muy despacio. Sus dedos eran suaves como las plumas de un pelícaro, y se movían con la misma dulzura del viento en un día cálido y tranquilo. El estómago de Link dio un vuelco, y por un momento estuvo convencido de que volaba con su pájaro guardián.
Pero luego la miró a los ojos de nuevo, y ella sonrió. Tenía una sonrisa muy bonita. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Y su tacto era tan maravilloso que le dieron ganas de cerrar los ojos y pedirle que se quedara así para siempre.
Oh, por Hylia. El puñetazo debía haberlo aturdido de alguna manera. Se dijo que se le pasaría pronto.
Sin embargo, mientras ella presionaba el hielo con delicadeza sobre su moretón, tuvo un mal presentimiento. Algo le decía que aquel aturdimiento no era nada pasajero.
<*><*><*>
A los quince años, Link empezó a experimentar cambios extraños.
Para empezar, por fin era más alto que Zelda. Había crecido muy deprisa, y de pronto había alcanzado su altura. Incluso le sacaba unos pocos dedos. Estaba mucho más fuerte, así que su entrenamiento con las armas progresaba a pasos agigantados. Ese era el único cambio bueno, por desgracia.
Tenía la cara picada de pequeños —o no tan pequeños— puntos rojizos. Como la viruela, le habían dicho, pero mucho menos grave. Zelda estaba casi igual que él, así que no lo preocupaba demasiado. Lo que sí lo molestaba era su voz.
Ya no era su voz de siempre. Ahora se parecía más a los graznidos de su pelícaro que a la voz que había tenido desde niño. Por ello, Link había tomado la sabia decisión de no hablar a menos que fuera muy necesario. Así nadie descubriría su secreto.
Por supuesto, Zelda no tardó en hacerlo.
—No pongas esa cara de gruñón —le dijo una tarde tras terminar las lecciones. Últimamente pocas cosas entusiasmaban a Link. Solo volar en pelícaro, practicar con la espada y estar con Zelda eran excepciones. Ni siquiera dormir lo entusiasmaba ya. Tenía sueños... preocupantes casi cada noche—. ¿Qué me dices da salir a volar? Hace un buen día para unas pocas maniobras emocionantes.
No le faltaba razón. El viento soplaba con fuerza, aunque no con la suficiente para ser peligroso. Y Link nunca se negaría a volar, así que asintió con la cabeza.
Zelda sonrió y echó a correr hacia el borde de Altárea sin mediar más palabra. Link la siguió. Su pelo dorado brillaba bajo la luz del sol y se agitaba con la brisa. Poco a poco había vuelto a utilizar vestidos rosa chillón. En aquel momento, sin embargo, llevaba pantalones para volar. Era mejor llevar eso que llevar un vestido cuando se iba a surcar los cielos. Y a Zelda le quedaban muy bien. Sus ojos bajaron un poco más. Hasta encontrarse con su...
Oh. Oh, no.
Era mejor mirar su pelo. Sí, solo su pelo. Nada más.
Link vio como desaparecía y caía al vacío. Él también se apresuró a saltar y luego silbó para llamar a su pelícaro. Siempre había que esperar unos pocos instantes, y Link estaba casi seguro de que nunca se acostumbraría a la sensación. Al terror de caer y caer sin tener a lo que aferrarse. Pero luego divisó las plumas rojas bajo él y, pese a que sabía que su pájaro guardián vendría cuando él lo necesitara, sintió una oleada de alivio.
Dejó que el pelícaro lo atrapara y luego adoptó la posición correcta para montar. Las plumas eran suaves, pero también firmes. La criatura emitió un largo silbido para saludarlo.
—Me viste esta mañana —le dijo Link. No intentó hacerse oír por encima del rugido del viento. Sabía que el pelícaro alcanzaría a escucharlo aunque susurrara—. No ha pasado tanto tiempo.
—Lo tienes muy mimado —rio Zelda, que volaba a su altura. El pelícaro de Link silbó de nuevo, y la montura de ella cantó también—. Tanto que no puede estar unas pocas horas sin ti. Creo que tienes un grave problema entre manos, Link.
—Tú tampoco puedes estar unas pocas horas sin mí —dijo él. Inmediatamente después hizo una mueca al comprobar lo molesta que seguía sonando su voz. Rezó por que Zelda no se hubiera dado cuenta de cómo se rompía en varios puntos. El viento soplaba con la suficiente fuerza para ahogar el sonido.
Ella, sin embargo, lo miraba con simpatía.
—No tienes que esconderte de mí, Link —dijo—. Tu voz no suena tan mal.
—Es horrible —repuso él. O, más bien, graznó.
—No lo es. Creo que es lo más normal que puede pasarte. A mí también me pasan cosas así.
—Tú siempre suenas bien —soltó de pronto. Sintió que enrojecía, pero a Zelda no pareció importarle.
—¿Has oído a Malton? Es como si se hubiera tragado una de esas flautas horribles que tocan en las fiestas de Hylia. Los otros chicos de la academia suenan mucho peor que tú.
Link tuvo que darle la razón a regañadientes. Debía reconocer que su voz no era la peor de todas. Sin embargo, ninguno de los otros muchachos de su edad intentaba ocultarlo. Algunos se mostraban avergonzados, pero eso era todo. Malton incluso parloteaba más de lo normal.
Desde el puñetazo, no molestaba tanto a Link. Al principio le había parecido sospechoso que no existiera ninguna venganza y se había obligado a mantener la guardia alta en todo momento, aunque con el paso del tiempo comprendió que Malton había perdido el interés en él. En ocasiones oía risotadas e insultos de él y sus amigos, por supuesto, pero no lo incordiaban como antes. Preferían a los chicos más jóvenes.
—Además —dijo Zelda—, pienso que es un cambio bueno. En unos meses tendrás una voz digna de un caballero de Altárea —concluyó con voz grave.
—¿Unos meses? —repitió él con otra mueca. Sabía que Zelda solo intentaba hacerlo reír, pero no podía evitarlo.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Qué te esperabas? —bufó—. No conozco a nadie más pesimista que tú.
Justo después hizo que su pelícaro fuera más deprisa. Link se tragó todas las protestas y aprovechó una ráfaga de viento para adelantar a Zelda. Ella rio. Por Hylia, su risa seguía siendo como una canción. Una canción maravillosa.
—Veamos qué puede hacer el mejor jinete de toda Altárea contra mí —dijo con un atisbo de picardía.
Ella era competitiva, pero Link podía serlo todavía más. Sobre todo en lo que se le daba bien. Y volar se le daba excepcionalmente bien.
—Vas a arrepentirte —le advirtió.
Su mirada tenía un brillo peligroso. Y él no iba a negar que le gustaba verla así.
—No estés tan seguro.
Luego su pelícaro batió las alas y salió disparada hacia un cúmulo de pequeñas islas flotantes. Link no dudó en seguirla.
Su pájaro graznó, feliz, y Link dejó que tomara el control. No tenía que hacer mucho para guiarlo, de todas formas. La criatura sabía lo que debía hacer sin que Link tuviera que decírselo. Era como si pudiera leer sus pensamientos.
No tardaron en llegar a la altura de Zelda. Un ala roja chocó contra las plumas azules, y el pelícaro de Zelda graznó y se revolvió en el aire por un momento. Cuando todo estuvo bajo control otra vez, Zelda le dirigió una mirada asesina.
—¿Quieres matarme o qué? —le gritó por encima del viento.
Link se encogió de hombros y se descubrió sonriendo.
—Ha sido un accidente.
Zelda le susurró algo a su pelícaro y se adelantó de nuevo. Dio un giro brusco hacia una de las islas flotantes y se dispuso a rodearla. Link la rodeó también, por el lado opuesto. La perdió de vista por unos instantes. Sus pelícaro batió las alas y se impulsó con una nueva ráfaga de viento que lo azotó de arriba abajo, aunque no fue desagradable. El viento le daba la bienvenida y lo hacía volar.
Link rodeó la isla antes que Zelda. Ella apareció a una corta distancia por detrás de él. Zelda era una jinete magnífica; ágil y grácil en el aire. Pero él siempre había sido mejor.
Ahora él tenía el control, y sabía muy bien cuánto odiaba eso Zelda. Así que decidió sacarle provecho y se lanzó en picado hacia la barrera de nubes que separaba Celestia de lo que quiera que hubiera abajo.
Escuchó como el pelícaro de Zelda graznaba, aunque sabía que ella lo seguiría. Link se agachó mientras su pelícaro ganaba más y más velocidad, tanta que los ojos le empezaron a lagrimear. El viento tronaba en sus oídos y lo envolvía como un abrazo. Algo cálido latía por todo su cuerpo. Solo creció a medida que las nubes se acercaban.
Esperó. Podría haber atravesado la barrera de nubes con una mano cuando su pelícaro disminuyó ligeramente la velocidad y giró sobre sí mismo para ascender de nuevo. Link no tuvo que dar una sola orden.
Miró hacia atrás y vio con orgullo como el pelícaro de Zelda llevaba a cabo la misma maniobra a la perfección. Él se lo había enseñado hacía unas semanas.
Ambos ascendieron, elevándose hasta Altárea. Él apretó las piernas a ambos lados del pelícaro y se aferró a sus plumas. La criatura batía las alas con fuerza. Por un momento el sol lo cegó, y cuando volvió a abrir los ojos Altárea era solo una sombra contra los rayos.
Alcanzaron una buena altura y Link permitió que su pelícaro se estabilizara otra vez. Zelda llegó a su lado de nuevo.
—¡Aún no has ganado!
—Yo creo que sí.
Ella lo adelantó de golpe. El pelícaro de Link se elevó por encima del suyo y giró en el aire. Su estómago dio un vuelco al estar bocabajo por un momento, aunque su pelícaro adoraba aquellas maniobras. Link no lo culpaba.
—¡Te encanta fanfarronear! —exclamó Zelda desde abajo.
Él soltó una carcajada. Su pelícaro silbó, feliz de estar en el aire. El pájaro de Zelda apareció junto a él otra vez. Extendió las alas amplias y viró hacia un lado hasta estar completamente inclinada. Pero de pronto Zelda resbaló y su pelícaro chilló. Link se apresuró a situarse bajo ella, pese a que su propio pájaro podría recogerla antes de que llegara a la barrera de nubes.
Zelda cayó sobre él con tanta fuerza que Link soltó un gruñido. Su pelícaro graznó y perdió algo de altura bruscamente. Iba a preguntarle si estaba bien, pero entonces escuchó su risa.
—¡No había volado tan bien jamás! —exclamó sin aliento. Lo agarró por los hombros y dejó escapar otra carcajada—. Ha sido emocionante. No me digas que no lo he hecho bien.
Link se encogió de hombros. Él también jadeaba y temblaba gracias a la adrenalina.
—No lo has hecho nada mal.
Ella soltó un bufido.
—Tengo que mejorar lo del final. Creo que mi pelícaro se inclinó demasiado.
—Te ayudaré, si quieres.
Ella lo besó en la mejilla.
—Eres el mejor, ¿lo sabías?
Link la miró. El corazón le latía tan deprisa que empezó a preocuparse. Y no se debía solo al vuelo. Zelda tenía aquel efecto en él últimamente. Zelda, su mejor amiga desde que ambos eran niños. Siempre se obligaba a esconder aquella extraña sensación en las profundidades de su interior. Los maestros decían que era normal sentir aquellas cosas a su edad. Que probablemente no fuera nada grave. Link había creído que lo que Zelda le hacía sería algo pasajero, que se iría con el tiempo.
No obstante, la miró fijamente ahora, mientras volaban sin rumbo. La miró de verdad. Tenía las mejillas arreboladas por el vuelo y el pelo revuelto, y los ojos le brillaban con alegría apenas contenida. En sus labios se había dibujado una sonrisa resplandeciente y maravillosa que estuvo a punto de cegarlo como un rayo de sol.
Tuvo la certeza entonces de que lo que quiera que Zelda le hacía no se iría tan fácilmente. De hecho, estaba seguro de que no se iría jamás.
Su pelícaro graznó de pronto, sacándolo de sus pensamientos. Link hizo que diera media vuelta para regresar a Altárea y sostuvo a Zelda con firmeza entre sus brazos. El pelícaro de ella se dispuso a seguirlos, silbando en tono bajo.
<*><*><*>
Con dieciséis años, Link se había enamorado de forma irremediable. Irreparable. Irreversible. Todo eso.
Había una chica, la hija del dueño de la isla donde se plantaban calabazas. Link iba allí a tomar sopa de calabaza de vez en cuando. Ella le sonreía con timidez siempre que lo veía. Era solo un año menor que él, y solía trenzarse el pelo oscuro. Tenía el rostro redondo y los ojos casi tan oscuros como el pelo. No era muy alta. Y Link podía decir con seguridad que no la conocía de nada. Ni siquiera la había oído hablar jamás.
Pero se había dado cuenta de cómo lo miraba. No sabía qué veía en él, a decir verdad. Ella tampoco lo conocía. Link no entendía cómo podía estar interesada en él sin que hubieran hablado jamás.
Pero por desgracia —o quizá por un golpe de suerte—, él no se había enamorado de la hija del hombre que tenía la isla de las calabazas. Se había enamorado de Zelda, su mejor amiga desde que eran niños. Aunque, pensándolo bien, eso no era ninguna sorpresa.
Había caído en la cuenta hacía unos meses, mientras miraban las nubes juntos. Al principio le había costado aceptarlo. Ella era su mejor amiga. Los mejores amigos no podían verse como algo más allá. ¿O sí? Aún seguía confundido con lo último.
Con el tiempo, sin embargo, sus ideas habían ido aclarándose. Sabía que Zelda no había caído en el mismo agujero sin fondo que él, así que no tenía ninguna esperanza. Por ello, se conformaría con su amistad por el resto de la eternidad. No le importaba en absoluto estar solo para siempre, sin probar el sabor de sus labios y comprobar si eran tan suaves como él había soñado. No, eso le daba igual. Lo único que le importaba era tener su compañía. No podría estar sin ella. No recordaba haber estado sin ella.
A veces se sentía culpable por ocultarle la verdad. Pero no quería estropearlo todo por culpa de sus estúpidos sentimientos. No valía la pena perderla por eso.
De modo que seguía siendo Link, el mejor amigo de Zelda. Nada más. Y ojalá eso nunca cambiara.
—Te está mirando otra vez —murmuró Zelda sin alzar la vista de las pequeñas banderas que ella misma había hecho.
Zelda le había pedido ayuda con los preparativos de las celebraciones del día de Hylia, que empezarían a celebrarse aquella misma noche. Se dejarían ofrendas a los pies de la efigie para que, una semana después, Hylia bendijera a los niños de Altárea con sus pelícaros. En medio habría una gran celebración, por supuesto.
—Me he dado cuenta —masculló él mientras aceptaba las banderas que Zelda le tendía.
—Me pone de los nervios —dijo—. Está allí. Mirándote. Sin hacer nada. ¿Qué demonios le pasa?
—A lo mejor es tímida.
—Ya lo veo —bufó Zelda. Le dirigió otra mirada a la hija del hombre de las calabazas. Estaba cargando varias cestas llenas de comida—. No sé cómo lo soportas.
—No hay nada que soportar. Ni siquiera sé cómo se llama —repuso él. Zelda bufó otra vez, y Link se permitió soñar—. ¿Estás celosa?
Se detuvo en seco y lo miró fijamente, muy seria.
—Por supuesto que no. No seas idiota.
Link sonrió, aunque su corazón se había acelerado. Su pelícaro sobrevoló la efigie, cantando alegremente.
—No mientas.
—No estoy mintiendo.
—Siempre me insultas cuando mientes. Y pones una cara muy rara.
—Te insulto porque de verdad creo que eres un idiota. Mentir no tiene nada que ver.
—¿Lo ves? —rio él—. Ahí está otra vez.
Zelda enrojeció y le dio la espalda. Cuando se giró de nuevo, le estampó más banderas en la cara.
—Coloca eso de una vez. No tenemos todo el día —farfulló, y luego le dio la espalda otra vez.
Link contuvo una sonrisa estúpida. Volvió a dar rienda suelta a sus fantasías mientras colocaba las banderas. Ella estaba celosa porque una chica lo miraba. ¿Eso significaba algo? ¿O sería solo Zelda siendo Zelda? Se descubrió deseando que significara algo de verdad.
Pero aquellos pensamientos eran peligrosos, de modo que decidió olvidarlos y centrarse en las banderas. Era mejor así.
—¿Tienes ya tu ofrenda preparada? —le preguntó Zelda un rato después, mientras iban hacia la academia—. Yo terminé la mía anoche.
Zelda había estado cosiendo un pañuelo. Link debía admitir que se le daba bien; le había hecho una manta hacía unos meses, y él nunca había estado tan cómodo por las noches como lo estaba después de eso.
—Yo también.
—¿Qué es? —le preguntó ella con curiosidad.
—Un amuleto. —Zelda le suplicó por más detalles con la mirada. Link nunca podría negarle nada—. He tallado el símbolo de la academia.
—Seguro que has hecho una maravilla.
Él sonrió para ocultar su vergüenza.
—También tengo algo para ti —dijo en voz más baja. Se reprendió a sí mismo. Estaba hablando con Zelda. A ella le gustaría su regalo.
Sus ojos se iluminaron, y Link se sintió como si estuviera volando otra vez.
—¿Para mí? ¿Qué es?
Se armó de valor y cogió su mano con timidez. Sus dedos quemaban junto a los de él. Pero Zelda no se apartó; rodeó su mano con firmeza, como si fuera lo más normal del mundo, y siguió mirándolo, a la espera de una respuesta.
Pues claro que era lo más normal del mundo. Link se reprendió a sí mismo por segunda vez. Se habían cogido la mano en incontables ocasiones. Él solo era un cobarde.
—Impaciente —masculló, intentando olvidar el cosquilleo de su piel suave.
—No puedes decirme eso y esperar que siga como si nada, Link.
Él solo sonrió y se adelantó para guiarla, tirando de su mano. Anduvieron por la academia hasta alcanzar su habitación. Link empujó la puerta y se dio cuenta con horror del desorden que había dentro. Zelda había pasado allí mucho tiempo, de modo que debía estar acostumbrada. Ni siquiera tuvo que mirar al suelo para esquivar sus botas. Por Hylia, debería haber puesto algo de orden aquella mañana.
Se dio la vuelta para que Zelda no viera como enrojecía. Rebuscó en uno de sus cajones hasta encontrar el pelícaro tallado en madera. Cuando Zelda lo vio, dejó escapar una exclamación ahogada.
El pelícaro que le había hecho hacía tantos años seguía en su habitación. Link se sentía frustrado cada vez que lo veía. Había mejorado en lo de tallar madera. Podía conseguir posturas más complicadas, con más color y detalle. Y Zelda se merecía un regalo digno de ella.
Así que había trabajado durante casi dos semanas en su tiempo libre. Incluso había pasado dos noches consecutivas despierto para darle los últimos retoques. Y podía decir que estaba satisfecho con el resultado. El nuevo pelícaro era más grande; tenía las alas más amplias, tan espléndidas como las del verdadero pelícaro de Zelda. Link había trabajado en la textura de las plumas y había intentado tallar en la madera el brillo que siempre aparecía en los enormes ojos de la criatura cuando los veía a él o a su propio pelícaro. Y, por supuesto, había encontrado un color azul idéntico al color real del pájaro.
—Link —susurró ella sin aliento—, es precioso.
Lo miró con los ojos resplandecientes. Link podía ser muy bueno tallando madera. Podía ser incluso el mejor. Pero jamás podría hacer una estatua de Zelda. Jamás podría replicar el calor de sus ojos o la manera en que su rostro se iluminaba cuando le sonreía. Jamás encontraría el color exacto de su pelo y jamás podría esculpir todos los detalles de su expresión. Porque la madera estaba muerta, y Zelda estaba muy, muy viva. Desprendía vida y luz por todas partes.
—Es tuyo —le dijo en voz baja. Tenía las mejillas encendidas, pero en esa ocasión no se molestó en ocultarlo.
Zelda vaciló un instante antes de aceptar la figura de madera entre sus manos temblorosas. La sostuvo como si fuera de cristal, como si demasiado movimiento o demasiada presión fueran a romperla de un momento a otro. Link no quiso sacarla de su error. No serviría de nada.
—Es igual que ella —dijo, sin apartar la vista del pelícaro—. ¿Cómo has conseguido hacer algo así? Por Hylia, y encima sin esperar nada a cambio...
—No quiero nada a cambio —replicó él. Ella lo miró por fin, con los ojos muy abiertos—. Te tengo a ti.
Link contuvo las ganas de abofetearse a sí mismo. No dejaba de decir tonterías. Normalmente se le daba mejor no actuar como un completo idiota a su alrededor. Las cosas estaban cambiando, al parecer.
Estaba pensando en la mejor forma de arreglarlo cuando ella se acercó a él. Descubrió con sorpresa que se había ruborizado también.
—¿De verdad soy tan importante? —preguntó Zelda a media voz.
—No tienes ni idea —susurró él.
Ella lo abrazó sin mediar palabra tras dejar la figura del pelícaro sobre la mesita. Link le devolvió el abrazo. Olía a galletas de fruta y a las fresas que crecían en una de las islas flotantes.
—Ella se pondrá muy contenta al verlo —dijo Zelda—. No olvidaré esto, Link. Nunca. Tengo suerte de que estés a mi lado.
Link escuchó como un pelícaro cantaba en el exterior. Su propio pelícaro, comprendió de pronto.
—Me ha llevado semanas hacerlo —repuso—. No esperaba que fueras a olvidarlo.
Zelda rio contra su hombro y lo abrazó con más fuerza.
Aquella noche, Link reunió el valor necesario para pedirle bailar durante las celebraciones del día de Hylia. Había bebido un poco, por supuesto, y se sentía más valiente que de costumbre, pero aun así se sorprendió a sí mismo formulando la pregunta sin titubear. Y se sorprendió todavía más al oír la respuesta entusiasmada de Zelda. No había esperado que ella fuera a decir que sí.
Así que fueron a un rincón tranquilo, donde la música se mezclaba con los susurros de la brisa que los envolvía, y bailaron allí durante gran parte de la noche.
Ya no sonaban las flautas horribles que eran habituales en el día de Hylia, por suerte. Link abrió los ojos y vio la luz parpadeante de docenas de antorchas, que iluminaban la plaza de Altárea y el camino hacia la zona más poblada. Escuchaba el murmullo ahogado y lejano de todos los que permanecían allí, bailando y riendo, y también alcanzó a oír el batir de alas y el canto de los pelícaros. Les gustaba estar en el cielo durante la semana en que llegarían los pájaros guardianes nuevos.
También vio a Zelda, por supuesto. Su pelo le hacía cosquillas bajo la nariz. Ella se había refugiado en su pecho, y era la primera vez que Link la sentía tan cerca. Tan unida a él, como si fueran uno solo.
Se dejó llevar por un arranque de valentía y puso sus labios sobre su pelo con cuidado. Duró solo un instante aunque, cuando ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron, Link estuvo convencido de que Zelda sentía lo mismo que él. De que no estaba volviéndose loco y sus corazones de verdad latían al unísono.
Por una vez, se permitió tener esperanza.
<*><*><*>
A los diecisiete años, Link tuvo una pesadilla.
Caía.
Caía y caía. A su alrededor todo era oscuridad. Una oscuridad espesa que se retorcía y formaba las siluetas grotescas de criaturas que jamás podría olvidar. Aún lo perseguían.
Caía y caía, y no tenía nada a lo que aferrarse.
Luego escuchó un grito. Uno peor que cualquier monstruo al que se hubiera enfrentado; uno que lo atormentaba cuando estaba despierto y cuando estaba en medio de un mal sueño como aquel.
Y entonces ella apareció a su lado. Nunca la había visto tan aterrorizada. Link no llegaba a caer del todo; en cambio, se precipitaba eternamente a un vacío que solo existía para él. Pero ella sí llegaba siempre al final. Escuchó un rugido que retumbó en sus oídos y una criatura brotó de la negrura. Tenía el cuerpo escamoso, aunque él sabía que en realidad no eran escamas. Sus gigantescas fauces repletas de dientes afilados y tan grandes como espadas se abrieron, y la oscuridad engulló a Zelda antes de que Link pudiera hacer nada.
Se despertó con el rugido del monstruo y el grito de Zelda aún resonando en sus oídos. También tenía un molesto dolor de cabeza.
Descubrió que estaba en su cama. En su habitación. En la academia de Altárea. Las mantas eran cálidas, y Link había estado expuesto al frío durante mucho tiempo. El tenue y lento crepitar del fuego estuvo a punto de arrullarlo hasta dormirse otra vez. Sin embargo, una voz familiar le decía que no podía bajar la guardia. La misma que lo había obligado a seguir avanzando durante aquellos horribles últimos meses. Link tenía la sensación de que habían sido años.
No recordaba cómo había acabado en Altárea. Solo recordaba el frío, el dolor, la lluvia que lo azotaba sin piedad y el viento que rugía a su alrededor. También recordaba la urgencia. Pero la cabeza le dolía demasiado, y su mente estaba tan nublada y confusa que era incapaz de dar con el motivo de aquella urgencia.
Inspiró hondo y percibió como algo oprimía su pecho. Se sentó sobre los cojines con cuidado, ignorando el dolor, y apartó las mantas. No lo sorprendió descubrir vendajes alrededor del pecho. El recuerdo del monstruo volador que habitaba en el cúmulo de nubes regresó de pronto. Nadie se atrevía a acercarse allí porque nadie estaba tan loco como él. Aquella criatura lo había herido en medio de una tormenta. El resto no estaba claro.
Había algo que se removía dentro de él. Algo que lo obligaba a recordar, a concentrarse. Había un asunto más importante que él, sus heridas y aquel monstruo.
La verdad lo golpeó con tanta fuerza que se quedó sin respiración.
Zelda. Oh, Zelda.
La puerta se abrió de pronto y el director Gaépora entró en su habitación. Llevaba una bandeja repleta de comida entre las manos.
—Estás despierto —observó. Dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó junto a su cama—. Me alegro de que te encuentres mejor. Te he traído comida. Debes estar hambriento después de tres días con esa papilla que te daban los sanadores.
Tres días. Tres días malgastados. Tras días más de sufrimiento para Zelda.
Se tragó un gemido de dolor.
El director Gaépora tenía una sonrisa falsa estampada en el rostro. El hombre no tenía muy buen aspecto, aunque no lo había tenido desde que Zelda desapareció bajo las nubes y Link fue tras ella. Había ojeras profundas bajo sus ojos. Su rostro estaba más pálido y demacrado que de costumbre, y se había dejado crecer la barba. Tampoco parecía cuidársela tanto como antes.
Link contempló la comida. Solo con el olor sentía arcadas.
—No tengo hambre —murmuró con voz ronca.
La sonrisa de Gaépora desapareció.
—Link —dijo en tono severo.
Intentó ponerse en pie, pero el dolor fue agudo y cegador. Los brazos le temblaban y las piernas le flaqueaban. Apenas consiguió moverse un ápice. Era débil. Siempre lo había sido.
Gaépora volvió a colocar las mantas a su alrededor porque él empezaba a tiritar. Link se sintió como un niño asustado otra vez. Y ya no era nada de eso. No le gustaba que cuidaran de él. De hecho, lo detestaba.
—¿Te duele algo?
—Tengo que irme.
Trató de apartar al hombre con el mayor cuidado posible, pero él lo detuvo. Link lo miró a los ojos, sintiendo como la ira empezaba a burbujear. Él no lo entendía. Nunca lo había entendido.
—No puedes seguir así, Link —dijo Gaépora. El tono cargado de pena en su voz solo lo enfureció aún más. No quería la compasión de nadie. Ni la pena ni la simpatía traerían a Zelda de vuelta.
—Tengo que irme —repitió muy despacio. Nunca había sido tan brusco con el director Gaépora, pero no le importaba. Solía dejar que la ira tomara el control en los últimos tiempos. Era la única forma de seguir avanzando.
—No vas a irte a ningún sitio —replicó él con firmeza. Al menos la pena había desaparecido de su voz por fin—. Te lo prohíbo.
A Link se le escapó una carcajada amarga, aunque se quedó sin respiración al sentir dolor en el pecho.
—¿Me lo prohíbes? —Intentó sonar seguro de sí mismo, pero era muy difícil cuando uno estaba cubierto de vendas y un centenar de pelícaros chillaban al unísono en su cabeza—. Tú no puedes prohibirme nada.
—Te equivocas. Sigues estando bajo mi tutela. Aún no te hemos armado caballero y alcanzaste la mayoría de edad hace solo unos meses.
—Suficiente para...
—No —dijo Gaépora, interrumpiéndolo—. No es suficiente. Sigues siendo un niño. Solo un niño. No puedo dejar que te marches a... a saber dónde.
—Tú no lo entiendes —siseó él—. No puedo quedarme aquí sin hacer nada.
—Cuéntame por qué. Cuéntamelo, y puede que lo entienda. Te lo suplico, Link.
Link miró a Gaépora. Siempre había encontrado algo de consuelo en aquel hombre cuando era niño. Lo había acogido en la academia después de la muerte de sus padres, y ahora sabía que él era quien se había encargado de que tuviera todo lo que necesitaba. De que pudiera recibir lecciones para convertirse en protector algún día. Gracias a aquel hombre, Link no había tenido que pasar la infancia sin un techo bajo el que dormir ni robando en el mercado para poder comer.
Se descubrió a sí mismo deseando contárselo todo. Quería compartir aquel peso con alguien más. Sin embargo, cuando abrió la boca para empezar, las palabras no le salieron.
—No puedo —murmuró al final—. No me creerías. Ni siquiera lo entenderías.
Gaépora suspiró y puso una mano sobre su hombro.
—Link, hijo, a mí me duele tanto como a ti, créeme. Llevo meses sin dormir bien. A veces pienso que ella aparecerá por la puerta para darme los buenos días. —Su rostro se contrajo en una mueca de dolor—. Sé que no es fácil. Lo sé muy bien. Pero tal vez sea hora de aceptar que ella no va a... a volver.
Link se obligó a inspirar hondo. Sintió un dolor agudo en el pecho, y las punzadas solo iban en aumento cuanto más se aceleraba su respiración. Se esforzó por no perder los estribos.
—Ella va a volver —dijo sin mirar a Gaépora—. La traeré de vuelta. Estoy muy cerca.
Aquello era una mentira a medias, por supuesto. Pero era más fácil pensar que el final no estaba lejos a que todavía le quedaba un largo viaje por delante.
—Eso mismo dijiste hace tres semanas. Y hace tres días tu pelícaro te trajo sangrando y cubierto de magulladuras y moretones, con fiebre y con la espada más grande que he visto jamás a tu espalda. No creo que estés cerca de nada, Link. No hay nada a lo que acercarse.
Él cerró los ojos con fuerza, como si así las palabras del hombre pudieran desvanecerse en el aire. No quería hablar de la espada. Ni siquiera quería pensar en ella.
—Tus heridas tenían mala pinta —prosiguió Gaépora—. Por un momento temí que no fuéramos capaces de salvarte. Y todo por... por mi hija. Ni siquiera sabemos si sigue viva.
—Ella está viva —masculló Link.
«¿Vendrás a despertarme de nuevo?»
Contuvo un gemido de dolor. No quería volver a ver sus ojos azules y vivos llenos de una tristeza profunda que él no podía llegar a entender. No quería volver a ver la eternidad de una divinidad en los ojos de Zelda, su mejor amiga. No quería volver a verla encerrada en un cristal, uno irrompible de verdad. Uno aparentemente frágil, pero al mismo tiempo más inexpugnable que cualquier muro que se hubiera erigido jamás.
Oh, Hylia, no. Otra vez no.
—No seas necio —dijo Gaépora con sorprendente suavidad—. Cayó hace muchos meses. Fue un accidente de vuelo, tú lo viste con tus propios ojos. Nadie sobrevive a un accidente de vuelo. Lo que estás haciendo es admirable, Link, pero no voy a permitir que sigas persiguiendo a mi hija cuando ella lleva mucho tiempo muerta. ¿Es que no lo ves? —A Gaépora le temblaba la voz—. Pasan semanas sin que recibamos noticias tuyas y de repente apareces armado, cubierto de heridas; te niegas a hablar con nadie y pasas una noche aquí. Luego vuelves a marcharte. Zelda no va a...
—¡Ella está viva, maldita sea! —exclamó él. Gaépora calló de golpe y lo miró con los ojos muy abiertos—. ¡Zelda está viva! La he visto con mis propios ojos. La vi hace unas semanas. Sigue viva. Y pienso traerla de vuelta cueste lo que cueste.
—Link, no puedes...
—No me digas lo que tengo que hacer —dijo. La voz le temblaba por la ira. Gaépora retrocedió un paso, y Link se preguntó si pensaría que había perdido la cabeza—. Ella está ahí abajo. Y tú eres su padre. Sabes que sigue viva. Y yo... yo no tengo mucho tiempo. Por Hylia, no estoy loco. No lo estoy.
Se detuvo cuando el dolor en el pecho se hizo más agudo aún. Se llevó una mano a los vendajes y cerró los ojos de nuevo. La ira había desaparecido de golpe. Y la ira era lo único que lo mantenía en pie. Ahora que no estaba, solo quedaba el agotamiento. Porque estaba agotado. Sin fuerzas. Un golpe más y caería sin oponer resistencia.
Impa había tenido razón, comprendió mientras se cubría el rostro con una mano. No era digno. Nunca lo sería.
—Siempre llego tarde —susurró. Estaba seguro de que Gaépora pensaba que se había vuelto loco, así que ¿qué importaba delirar un poco más? El nudo en la garganta apenas le permitía hablar, de todas formas—. Siempre. Que Hylia me lleve ahora mismo si no he corrido lo más deprisa que he podido. Por yo... yo no...
Se le escapó un sollozo ahogado. El dolor en el pecho se hizo más intenso. Intentó calmarse, pero ya era demasiado tarde.
Era débil. Zelda estaba encerrada en un infierno, conteniendo al mayor monstruo que había existido jamás mientras esperaba el regreso de Link. Mientras esperaba a que él hiciera algo. Algo que los salvaría a todos. Y Link estaba en Altárea, haciendo el ridículo y perdiendo el valioso tiempo que le quedaba.
Se detuvo en seco cuando sintió una mano sobre su hombro. No quiso mirar a Gaépora a los ojos, sin embargo. No podía ver llorar al héroe que habían elegido las mismísimas deidades.
Si ese era el caso de verdad, las deidades habían cometido un grave error. Link sabía usar una espada, pero la espada que le habían entregado —la que él mismo había templado con unas llamas sagradas— era más grande de lo que estaba acostumbrado. Podía ser valiente, pero también era un cobarde. Y nunca era suficiente. La propia Impa se lo había dicho.
—Link, hijo, tienes que contármelo todo. Te prometo que escucharé sin interrupciones. No insistiré ni te juzgaré. Pero cuéntamelo todo desde el principio.
Y eso hizo.
¿Para qué seguir oponiendo resistencia y luchando contra un enemigo que no existía? Gaépora tenía derecho a saber la verdad. Era el padre de Zelda y el hombre que se había encargado de cuidarlo desde la muerte de su familia.
Así que Link le contó que Zelda era una deidad hecha carne. Que luchaba contra un mal inmenso. Y Link, por intervenciones del destino, debía luchar a su lado. Para asegurar el sello, ella había tenido que sumirse en un letargo de miles de años para encerrar al monstruo hasta que Link encontrara una reliquia sagrada. Y, si todo iba bien y demostraba que era digno —empezaba a odiar aquella palabra—, el artefacto le concedería el deseo de acabar con el mal.
Cuando Link terminó de hablar, ambos se encerraron en un silencio pesado. Solo se oía el canto triste y apesadumbrado de su pelícaro. Llevaba meses entonando aquellas notas bajas y suaves, como si estuviera llorando una pérdida. Link lo entendía muy bien.
«Zelda sigue viva —se dijo—. Recuérdalo.»
—¿Esto... te lo has inventado tú? —preguntó Gaépora con voz temblorosa.
Link sonrió pese a todo.
—No podría inventármelo ni aunque quisiera.
Gaépora se frotó las sienes. Link no podía ni imaginar lo que debía estar pasándosele por la cabeza.
—Si es verdad que mi Zelda sigue viva, pienso ayudarte en todo lo que pueda —dijo tras otro largo silencio—. No tienes que estar solo, Link.
—No estoy solo —replicó Link—. Tengo una compañera.
El hombre alzó una ceja grisácea.
—Nunca la he visto.
—Es mi espada.
—Tu... Está bien. —Gaépora parecía incrédulo, pero Link sabía que confiaba en él—. Pienso ayudarte, Link. Y vas a empezar por comerte lo que te he traído y por descansar unos días más.
Link frunció el ceño.
—No tengo...
—... tiempo, lo sé. Pero con esa herida no podrás hacer mucho, ¿no crees? Y, si eres nuestra única esperanza, más te vale seguir vivo. Y en ese estado no será fácil.
Link se vio obligado a admitir que Gaépora tenía razón. No creía tener fuerzas para ponerse en pie, menos aún para blandir una espada y enfrentarse a cualquier monstruo. Debía descansar, por mucho que le pesara. Zelda le habría dicho lo mismo si estuviera allí.
Aquello lo tranquilizó. Link iba a darse prisa. Pero también iba a curarse. Tal vez no era digno porque no sabía cuidar de sí mismo. ¿Cómo iba a proteger a los demás si ni siquiera se protegía de sus propios peores impulsos?
—Una semana —le dijo Gaépora.
—Cinco días.
—Cuatro.
Link asintió a regañadientes.
Así que, exactamente cinco días después, Link partió de Altárea, sintiéndose algo más fuerte.
No volvería a llegar tarde, decidió mientras volaba hacia el cúmulo de nubes. Jamás.
<*><*><*>
A los dieciocho años, Link estaba intentando encontrar algo parecido a la paz.
Ya no vivía en la academia. Ni siquiera vivía en Altárea. Ahora tenía su propia casa: una pequeña cabaña en medio del bosque —no había bosques en Altárea y se había quedado boquiabierto al encontrarse con uno por primera vez—, en las tierras inferiores.
En ocasiones ni siquiera él mismo podía creer que estuviera viviendo bajo las nubes. Durante mucho tiempo, las tierras inferiores habían sido solo un cuento más. Una leyenda, como las batallas que libró Hylia en la antigüedad. Y, sin embargo, allí estaba. En tierra firme de verdad.
Aquel lugar era inmenso. Cien veces Celestia. No, más de cien. Link nunca había visto tantos árboles juntos. Nunca había visto montañas ni colinas ni valles. No sabía qué era un río. No conocía la mitad de las especies de flores y animales que habitaban en las tierras inferiores. Pero iba aprendiendo poco a poco. No le quedaba otra opción si iba a permanecer allí para siempre.
A veces se descubría a sí mismo replanteándose su decisión. Habían pasado varios meses desde la victoria, y Link sabía que jamás podría volver a ser lo que era antes. No después de todo lo que había ocurrido. No le parecía bien regresar a Altárea y fingir que seguía siendo el mismo. Y, además, dejar aquel lugar tan gigantesco atrás sería un crimen.
Por supuesto, tampoco podía dejar a Zelda atrás.
Ella estaba muy segura de su decisión de quedarse en las tierras inferiores. Lo había estado desde el principio. Ambos sabían que ya no pertenecían a Altárea. Serían extraños allí. Habían sobrevivido a un accidente de vuelo y vuelto para contarlo. Muchos habían visto como el pelícaro de Link lo traía a Altárea ensangrentado y malherido, y se había corrido la voz muy deprisa. No volvería a ser lo mismo para ellos.
No estaba seguro de lo que Zelda quería hacer allí, aunque Link sabía que ella tenía planes. Tardaría mucho en ponerlos en marcha, sin embargo. Y por ahora vivían bien allí. No había peligros; tenían comida, agua y refugio. Y más libertad de la que Altárea les daría jamás.
—¿Link? —dijo Zelda desde su puerta—. Necesito que vengas. Solo será un momento.
Él se puso en pie y salió de su cabaña. Hacía un buen día. Desde las tierras inferiores el cielo no se veía tan claro como en Altárea, pero aun así Link no pudo ver una sola nube oscureciendo los rayos del sol.
Hacía un buen día para volar. Sintió una punzada de tristeza. Ya no volaba tanto con su pelícaro. No lo necesitaba para desplazarse. Todavía era capaz de sentir su unión, por supuesto, pero pasaban largos periodos de tiempo separados. Link se aseguraba de que salieran a volar al menos una vez por semana. Seguían teniendo que visitar Altárea con regularidad, de todas formas.
La cabaña de Zelda estaba junto a la suya. No eran muy distintas. Las habían terminado hacía poco tiempo y aún estaban llevándose cosas de sus antiguas habitaciones en Altárea, así que estaban lejos de ser un hogar. Pero eran un comienzo.
Ella había vuelto a llevar sus vestidos rosa chillón. Se había trenzado el pelo y tenía una mancha de tierra en el rostro. Link ya no la veía como una deidad, aunque tampoco era la niña con la que pasaba tiempo en Altárea. Ella había cambiado, igual que él.
Apenas habían hablado de lo ocurrido. Estaban juntos cada día, pero al mismo tiempo Link sentía que estaban separados por un muro invisible. Había silencios tensos. Había sonrisas que no eran sonrisas de verdad. Había asuntos que seguían estando sin resolver.
Link comprendió que ambos eran unos cobardes. Pero mentiría si dijera que no la seguía queriendo tanto o incluso más que antes.
Zelda le tendió una caja de madera. No era muy pesada.
—Son tus herramientas para tallar —explicó Zelda mientras él abría la caja—. Fui a Altárea ayer por la tarde. Se me ocurrió traértelas. Sé que lo echas de menos. Cuando regresé ya era de noche y no quise despertarte.
Link asintió y le dio las gracias. Luego hubo silencio. Uno de esos horribles silencios que tanto odiaba. Zelda le sonrió con tristeza, y Link se preguntó qué vería cuando lo miraba. Tal vez nunca lo sabría.
Vio la figura del pelícaro que había tallado para ella dos años atrás. La había dejado sobre una mesita, junto a la ventana. La luz del sol jugaba con sus alas de madera. Link sonrió, a pesar de todo.
—Aún la tienes —dijo.
Zelda siguió su mirada y sonrió también.
—Pues claro que la tengo. Y también tengo la primera que me hiciste.
Link había fingido ignorarla. Zelda cogió la vieja figura y se la mostró con una sonrisa orgullosa.
—Es más horrible de lo que recordaba —masculló él. Hizo una mueca al ver la forma desigual de las alas. Y pensar que de niño le había parecido perfecta...
—No es horrible —dijo Zelda con el ceño fruncido—. Deja de decir eso.
Él rio, y Zelda soltó una risita. Luego ambos se miraron, y el muro regresó. En momentos como aquel, Link lamentaba todo lo que había ocurrido.
—Tengo... tengo que llevar esto a...
—Oh, por supuesto. No quería entretenerte aquí.
Link miró sus ojos tristes otra vez y echó un último vistazo a las dos figuras del pelícaro antes de marcharse.
Algo le decía que estaba siendo un idiota. Mientras estaban separados, se había prometido a sí mismo que en cuanto la tuviera de vuelta le diría la verdad. Y pasaría cada instante que las deidades le concedieran a su lado. No obstante, allí estaban. Solos, en medio de una tierra inhóspita, ignorándose el uno al otro. Llevaban semanas así.
Link pasó gran parte del día encerrado en su cabaña, tallando madera con frustración. Acabó con unos cuantos callos nuevos. Solo se detuvo cuando empezó a oscurecer y se quedó sin luz. Dejó la madera sobre la mesa, junto a sus herramientas, y contempló la pluma azul que Zelda le había entregado hacía tantos años. Había estado con él durante todo su viaje, acompañándolo.
Y entonces tomó una decisión. Guardó la pluma en su bolsillo y salió de la cabaña.
La luna se veía más lejana desde las tierras inferiores, pero Link lo prefería así. No tenía la sensación de que fuera a tragárselo entero. El brillo fue oscurecido por la sombra de dos pelícaros. Solían visitar de vez en cuando. Les gustaba sobrevolar las tierras inferiores.
Ambos aterrizaron frente a él, levantando algo de polvo a su paso. Link se acercó y su pelícaro lo recibió con un silbido alegre. El pájaro de Zelda agitó las plumas con suavidad justo detrás.
—Mañana saldré a volar —le dijo a su pelícaro—. Te lo prometo.
Soltó un graznido animado y batió las alas. El pelícaro de Zelda chilló de pronto y estuvo a punto de derribar a Link mientras corría hacia Zelda, que había salido de su cabaña. Ella la recibió con una sonrisa.
—Estás muy mimada —le susurró—. ¿Quién te ha hecho esto?
La criatura dejó escapar un sonido bajo, como el que hacían los lémury cuando estaban particularmente contentos. Había echado mucho de menos a Zelda durante su ausencia. Había estado sobrevolando Celestia de forma frenética, buscándola mientras silbaba una canción llena de pérdida. Solo la alegraba ver a Link, aunque incluso entonces su alegría duraba poco. Link no era su jinete.
—¿Link?
Él se dio la vuelta y miró a Zelda. Su pelícaro la había rodeado, como si así pudiera protegerla de cualquier amenaza. Ella le acariciaba las plumas rojas distraídamente.
—¿No tienes hambre? —le preguntó ella.
Él se encogió de hombros, aunque los rugidos de su estómago lo delataban. Fueron juntos hasta la enorme hoguera que Zelda había encendido y comieron en silencio. Por suerte, los pelícaros estaban allí. Hablaban en forma de silbidos y, a veces, graznidos. Link intentó darle algo de fruta a su pájaro, pero la criatura se limitó a bufar y a mirarlo con disgusto. Link suspiró y siguió comiendo.
Al cabo de un rato, el pelícaro de Zelda chilló y echó a volar. El de Link fue tras ella sin dudarlo. Sabía que no regresarían a Celestia. Link les había prometido un vuelo al día siguiente, así que no se marcharían. Y el pájaro guardián de Zelda raramente se separaba del de Link.
Y así, ambos se quedaron solos otra vez.
El silencio era solo roto por los sonidos nocturnos de las tierras inferiores y por el lejano batir de alas de los pelícaros. Link miró a Zelda, indeciso, y descubrió que ella ya lo estaba mirando.
—Zelda...
—Creo que deberíamos hablar.
Link se detuvo. Ella se detuvo. Aquello empezaba de maravilla.
—Lo siento. Dilo tú primero.
—No —dijo Link—. Lo tuyo es más importante.
Vio irritación en los ojos de Zelda, aunque un momento después había desaparecido. Ella se aclaró la garganta.
—Quería... disculparme.
Link frunció el ceño.
—¿Disculparte? ¿Por qué?
—Por muchas cosas, a decir verdad. Para empezar, sé que todavía me resientes por todo lo que te hice. Nunca hemos hablado de eso, así que supongo que no habrá oportunidad mejor de disculparme otra vez. Jamás quise utilizarte, Link. Jamás.
Link parpadeó y por un momento no comprendió a qué se refería. Su corazón se hundió. ¿Resentirla? ¿Era eso lo que ella veía cuando lo miraba? ¿Ojos llenos de resentimiento? Sacudió la cabeza, incrédulo.
Quería hablar, pero no confiaba en su voz en aquel momento. Así que sacó la pluma azul que ella le había dado cuando eran niños.
—Todavía tengo la mía —murmuró—. ¿Tú tienes la tuya?
Zelda tomó aire y se sentó a su lado. Link se quedó rígido. Llevaba mucho tiempo sin sentirla tan cerca. Era cálida junto a él, y olía a hoguera. Y a algo dulce.
Sacó una pluma roja y se la mostró a Link. Él sintió un nudo en la garganta. No había esperado que la tuviera después de tanto tiempo, si era sincero consigo mismo.
—No me he separado de ella, Link —dijo con voz temblorosa—. Nunca. No la perdí cuando caí a las tierras inferiores. Siempre lo he visto como un signo de que de verdad me protege.
Él se tragó sus propias lágrimas. Dejó que el silencio se alargara un poco más y luego puso una mano sobre su mejilla con cuidado.
—Mírame, Zelda —le pidió en un susurro. Ella obedeció y lo miró con los ojos húmedos—. Mírame de verdad y dime qué ves.
—Dolor. Oh, Link, no puedo imaginarme lo mucho que debes haber sufrido. Fui egoísta. Te usé de la peor manera posible.
—No entiendes nada —dijo él. Zelda calló de golpe—. A ti te utilizaron tanto como a mí. Ella te utilizó.
—Pero yo soy Ella.
—No lo eres. Tú no tienes nada que ver con Ella. Sigues siendo Zelda, ¿recuerdas? —Ella cerró los ojos, y una lágrima empezó a caer—. ¿Cómo demonios voy a resentirte si a ti te utilizaron de la misma forma?
A ella se le escapó un sollozo, aunque no abrió los ojos.
—Aun así, deberías odiarme.
—No puedo odiarte. No podría ni aunque lo intentara con todas mis fuerzas.
Ella unió su frente a la de él. Podía sentir su respiración acelerada sobre sus labios. Su olor lo envolvía como un abrazo. Y el fuego crepitaba y rugía, pero incluso ese sonido se veía ahogado por los latidos de su corazón.
Tenía los ojos cerrados. Link supuso que no habría una oportunidad mejor. O peor. No quiso decidir qué lo asustaba más.
Cuando la besó, ella no se apartó. Tampoco se movió contra sus labios. Eran suaves y húmedos y dulces, y él tuvo que hacer un esfuerzo por separarse.
Zelda lo estaba mirando con los ojos muy abiertos. Contuvo un gemido de dolor. Lo había estropeado todo. Sabía que no podía fastidiarla más, así que carraspeó y fingió que nada había ocurrido.
—Iba a d-disculparme por no... hablarte, ya lo sabes. S-sí que hablamos, p-pero... no era como antes. A-así que solo quería disculparme. Lo siento. Me voy a dormir.
Fue a levantarse, pero Zelda tiró de su mano y lo dejó clavado en el suelo. Se llevó la mano libre a sus labios. Tenía unos labios maravillosos. Link habría dado cualquier cosa por volver a besarla, aunque solo fuera una vez.
—Me has... Tú... ¿Me has besado?
—Lo siento p-por eso también. A veces no p-puedo c-controlar... Me voy a dormir ya.
Zelda tiró de su mano de nuevo y lo miró fijamente. No había ni rastro de lágrimas.
—Hazlo otra vez.
—¿Q-qué?
—Hazlo. Otra vez.
—¿P-por qué no lo haces t-tú?
—Porque soy una cobarde. Así que hazlo de una vez.
Link la miró a los ojos. Luego miró sus labios. Luego la miró a los ojos de nuevo. Aquello era ridículo. Estaba casi convencido de que había bebido demasiado. Tal vez Zelda había envenenado su cena. O tal vez había perdido la cabeza por completo.
Fuera como fuese, Link lo mandó todo al infierno.
La besó de nuevo. Fue terriblemente incómodo porque su nariz chocó con la de ella. Sin embargo, al cabo de un instante Zelda se movió un poco. Solo un poco. Y entonces encajaron a la perfección. Sus labios se movieron también, y los de él la siguieron, al ritmo de una canción que solo ellos podían oír.
Por Hylia. Aquello era mejor que volar.
Zelda se separó unos momentos después y tocó sus labios otra vez. Link sentía un cosquilleo extraño por todo el cuerpo. Apenas podía pensar con claridad.
—Yo sí te he utilizado —soltó de pronto.
—¿Qué? —farfulló Zelda. La voz le temblaba.
—Yo tuve la idea de tirarle caca de pelícaro a Malton. Te utilicé a ti. Y también a tu pelícaro.
Ella parpadeó, aunque luego sonrió y lo abrazó con fuerza.
—No tienes remedio.
—No lo he tenido durante cuatro años.
Soltó una carcajada incrédula.
—¿Llevas cuatro años ocultándome que estabas... interesado en mí?
—Eso creo.
—Bueno, yo llevo dos años. Puede que dos años y medio. ¿Tres? Nunca estoy segura.
Él suspiró contra su hombro, aunque Zelda lo obligó a mirarla poco después.
—Te he echado de menos —le susurró.
—Yo a ti no.
Zelda rio, y él no tardó en unirse a ella. No recordaba la última vez que había reído de verdad. Tampoco recordaba la última vez que la había oído reír de verdad a ella. Así que se permitió sentirse como un niño otra vez. Sospechaba que Zelda estaba haciendo lo mismo.
—¿Ahora qué? —le preguntó.
Ella lo besó de nuevo. Fue rápido. También torpe. Y, por Hylia, aun así la quería.
—Paso a paso —respondió ella.
A Link le pareció una respuesta convincente, de modo que sonrió y no insistió. Ambos seguían teniendo recuerdos dolorosos y mucho de lo que hablar, pero solo por aquella noche Link decidió olvidarlo y se perdió en ella. En Zelda, que seguía siendo su mejor amiga y su compañera, aunque ahora sabía que existía algo más profundo forjándose poco a poco.
Link escuchó como, en el cielo, sus pelícaros cantaban al unísono.
