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El mundo no había sido tan amable con Bruno.
A sus treinta años el adulto había sido testigo de cómo los demás encontraban la felicidad a manos de otra persona.
Todo el mundo menos él.
Almas gemelas.
Todos tenían una en alguna parte, y aunque no el cien por ciento de la población terminaba quedándose con la suya, si lograban al menos conocerla antes de partir y volver a integrarse al ciclo de reencarnación.
Sus hermanas habían encontrado su alma gemela a temprana edad. Las dos ya estaban casadas, cada una ya contaba con una hija concebida dentro de aquellos matrimonios perfectos, incluso Julieta esperaba al segundo bebé.
Los nombres de sus parejas predestinadas yacían tatuados en su muñeca. Adornando está con orgullo. Sin embargo, un nombre en la muñeca de Bruno nunca se manifestó.
Esta misma situación hizo que su personalidad se volviera introvertida. La gente comenzó a hablar cuando se dieron cuenta que pasando su veintena no había ningún rastro de persona destinada para él.
La marca aparecía cuando tenías el primer contacto con la persona deseada, pero ¿Quién en su sano juicio podría desear estar con él? La sola idea era risible.
Poco a poco se fue resguardando en su casa, incluso podía decir que el simple hecho de salir le generaba un grado severo de ansiedad.
La gente local no era amable con los que consideraban extraños o una amenaza en la cotidianidad ya implementada.
Él lo sabía y era testigo en primera fila de las cosas que todos podían decir sobre él, como si les importara poco el hecho que él estuviese escuchando cada una de las crudas palabras que parecían cortar su autoestima con una efectividad tan sorprendente que parecían navajas.
No se habla sobre Bruno.
El no tener la necesidad de salir de casa era una bendición que Dios le había enviado para sobrellevar todo el mar de miseria.
Bruno era el menor de tres hermanos. Dos mujeres habían tenido la dicha de nacer minutos antes que él y aunque Julieta y Pepa eran asombrosas, el ser el menor de los tres lo había convertido automáticamente en el niño bebé de papá.
Pedro siempre se aseguró de darle todo lo que necesitaba incluso ahora parecía ser el integrante de la familia más comprensivo sobre su situación.
Pedro era el único que sabía sobre la ansiedad y la depresión severa que consumía sus días y le inundaba en llanto por las noches.
Y él estaba feliz de tenerlo consigo. Bruno se sentía tan afortunado de tener a su padre.
¡No lo confundan! Bruno amaba por completo a toda su familia. Pero en lo profundo de su corazón era consciente de que, sin el apoyo y cariño de su padre, él seguramente hubiese acabado huyendo hace mucho tiempo.
— Hijo — la voz del susodicho viniendo desde la puerta de su habitación interrumpió todos sus pensamientos.
— ¿Sí? — preguntó en voz baja, volteando la mirada hacia su padre, pero sin levantarse de la cama donde se encontraba sentado, abrazando sus propias piernas.
Su padre sonrió y se acercó a él, sentándose al borde de la cama.
—Saldremos a cenar ¿Te gustaría acompañarnos?
Bruno negó repetida e inmediatamente con la cabeza, dejando en claro la negación en su decisión.
Pedro no pudo evitar soltar una pequeña carcajada divertida, observando a su hijo con adoración.
—Eso me imaginé, así que nos iremos temprano para así traerte algo también a ti y que puedas cenar a buena hora
La voz que transmitía su padre era tranquila, llena de comprensión y ese simple hecho fue suficiente para que Bruno sonriera con sinceridad.
—Gracias — esta vez su tono de voz fue más fuerte y seguro al anterior que había usado.
El mayor movió su mano con desinterés, en un ademán despreocupado mientras se levantaba de la cama dispuesto a irse.
Sin embargo, sus pasos se detuvieron una vez en la puerta, quedándose un momento quieto y en silencio, como si pensara en completa seriedad su siguiente movimiento.
Se volteó nuevamente hacia Bruno y la sonrisa que por un momento había desaparecido de su rostro volvió a aparecer.
—Sabes, tengo algo que podría gustarte ¿Por qué no vienes conmigo un momento?
Bruno sonrió con incomodidad.
El cuarto de sus padres nunca parecía cambiar, no importaba cuánto él creciera, parecía exactamente del mismo tamaño, del mismo color que recordaba de su infancia. Todo eso, a pesar de todas las remodelaciones que había sufrido con el paso del tiempo.
'Es la misma esencia' pensó para sí mismo encogiendo los hombros y dejándose guiar por la habitación.
Pedro se acercó al gran mueble que yacía a un lado de la cama y abrió uno de sus compartimientos.
Siendo sincero, Bruno nunca comprendió por qué a su padre le gustaba resguardar las cosas, cosas incluso más antiguas que el mismo Pedro.
Pero también mentiría si dijera que eso no le gustaba, porque realmente si lo hacía, amaba la curiosidad nacer de su pecho y extenderse por todo su cuerpo al ver cada instrumento nuevo que su padre le mostraba de vez em cuando.
Salió de su ensoñación cuando su padre ya estaba enfrente suyo, en sus manos llevaba un teléfono a disco, viejo, pero se veía en las condiciones más buenas que una antigüedad así podría estar.
Bruno alzó las cejas mirando el teléfono y abrió la boca, pero de ella no salió ninguna palabra y a decir verdad no sabía que decir.
Pedro rio ante ello — Se lo que estás pensando, no es lo que esperabas— admitió.
—Es... antiguo — comentó Bruno con inseguridad aun sin saber que más decirle al respecto.
—Lo sé, Bruno — el mayor de acercó lo suficiente para poder pasarle el peso de la carga del teléfono a las manos de su hijo — Y eso te ayudará.
Ante las palabras de su padre, Bruno miró al teléfono con confusión. Pedro continúo:
—Te conozco, hijo. Te cuesta olvidar el pasado y te aterra mirar hacia el futuro. Eso solo te deja el presente y te gusta auto convencerte que estás conforme con lo que tienes.
—No, no... Yo estoy feliz ahora mismo — habló en respuesta, tan rápido y ansioso que se costaba entenderle.
—Bruno...
—¡En serio! Tengo todo lo que puedo tener, techo, comida...— miró hacia todos lados, buscando con la mirada que más agregar a su lista. Fue entonces cuando levantó un poco las manos, dejando a la vista el teléfono con una sonrisa en su rostro — Y mira ¡Buen entretenimiento!
Pedro rodó los ojos— ¿Sabes que nunca es tarde para cumplir tus sueños?
Bruno hizo un sonido burlón con la boca — ¡Claro que lo se! — exclamó riéndose un poco.
—¿Entonces cuando volverás a la escuela de actuación?
El ánimo defensivo de Bruno decayó, dejando la habitación en un silencio crucial.
—Yo... no tenía talento — dijo en un susurro sin notar como el entrecejo de su padre se fruncía ante ello.
—¡Tonterías! — la mano de Pedro apretó ligeramente el hombro de su hijo —Puedes hacer todo lo que te propongas— la voz del mayor se detuvo por unos momentos pata después proseguir — Por eso quiero que arregles este teléfono.
—¿Qué? — Bruno no pudo evitar el claro tono de desconcierto.
—Solo es apretar un par de tuercas por aquí... agregar unas cuantas más, solo debes de hacer que el disco gire y ¡Tendrás teléfono nuevo!
El hombre levantó la ceja aún sin comprender la situación.
—El teléfono es antiguo, tu pasado —comenzó a explicar —te escondes aquí porque te da miedo las problemáticas del presente, así que arréglalo, y en tu futuro tendrás una nueva adquisición que no pensaste tener. Pasos pequeños para un camino grande.
Bruno soltó un bufido— No me hables como si fuera un adolescente — Pidió avergonzado, el tinte carmesí en sus mejillas se incrementó cuando escucho a su padre reír.
— A veces pareces uno.
Pedro comenzó a caminar hacia la puerta de la habitación y le dio una última mirada a su hijo antes de salir, dejando a Bruno allí solo, con un nuevo propósito.
A la vez Bruno miró el teléfono.
Podía escuchar como su familia salía de la casa. Se acercó a la ventana del cuarto de su padre y observó cómo se subían al auto para después marcharse, perdiéndose en el ocaso.
Si quedó mirando las calles comenzando a iluminarse con las farolas y las luces de las casas, a los niños jugando en los jardines ajenos. Vecinos charlando entre sí.
Como si Bruno fuera ajeno a toda aquella cotidianidad llena de felicidad.
Miró el teléfono en sus manos y apretando un poco su agarre en el, salió de la habitación para dirigirse a la propia.
Él podía con lo que se le habían encomendado, era la oportunidad que a gritos pedía su autoestima hecha añicos y él había decidido tomar el anzuelo y no desaprovecharlo.
Él quería cambiar, salir de allí. Y tenía una oportunidad de frente para poder lograrlo.
