Work Text:
— ¿Capitán?
— ¿Si? – le respondió Shin a la voz de campana plateada con su usual tono indiferente mientras todos los demás evitaban mirarlo.
La oleada de enojo que lo había asaltado había sido percibida incluso por su handler gracias al Para-raid.
— Eh… no…
Al creer que había sido la única en notarlo, la mayor Milize concluyó que había sido su imaginación y decidió no preguntar la causa. Probablemente habría pasado a otro tema si alguien —con un aparente deseo suicida— no hubiese insistido…
— Pero en serio, no puedo creer que allá aun hagan cosas como matrimonios arreglados. – dijo Raiden con estudiado desinterés – Eso es arcaico incluso para nosotros.
Shin pensó que se quedaría sin vice capitán en un futuro muy próximo. Tal vez Theo o Daiya podrían hacerse cargo de sus deberes una vez que falleciera.
— Bueno, son más entrevistas matrimoniales. A diferencia de los matrimonios arreglados, que son decididos por alguien más, estos no se concretan si las dos partes no están de acuerdo. – explicó la mayor, aliviada porque a su parecer Raiden había hablado con la misma normalidad de siempre – Aunque supongo que, en mi caso, la parte contradictoria es que según la ley aun no soy lo suficientemente mayor para hacer cosas como, por ejemplo, tomar alcohol, pero si para casarme.
Si, la razón del inusual mal humor de Shin no era otra que una charla sobre matrimonio.
Tras la batalla que habían tenido ese día, al parecer alguien había llegado donde la mayor Milize de improviso, ya que había hablado con esa persona con el Para-raid aun conectado, todos pudieron escuchar que su madre la esperaba. Luego se había conectado tan tarde que disfrazaron la pequeña preocupación de que le hubiera sucedido algo especulando si finalmente se había cansado de ellos.
Cuando ella apareció estaban a punto de irse a dormir, así que trató de solo desearles las buenas noches. No obstante, Anju fue quien decidió preguntar si todo estaba bien con su madre, y ahí fue cuando la mayor mencionó que había ido a buscarla porque tenía agendada una entrevista con un candidato a matrimonio.
La idea les resultó tan arcaica y extraña que todos decidieron quedarse a escuchar con diferentes tipos de curiosidad —aunque probablemente la mayoría solo quería tener más cosas para burlarse de los albas.
Shin ya había sentido una pizca de irritación, pero su enojo se desató como una ola rompiendo en las rocas cuando la mayor Milize mencionó que el matrimonio era la idea de su madre para hacerla dejar la milicia.
Aunque no lo dijo, fue como si Shin hubiese escuchado las palabras: para que dejara de involucrarse con esos sucios Ochenta y seis.
Era consciente de que eso era lo mejor para ella, pero aun así…
— No esperaba menos de los cerdos blancos~ – se burló Kino, causando que todos, incluso la chica alba que debería enojarse por tal apodo, rieran.
— ¿Y? ¿Qué tal era el tipo? ¿Era inesperadamente bueno? – preguntó Rekka esbozando una sonrisa maliciosa.
Con excepción de Kurena, el resto de chicas se mostraron interesadas de inmediato.
— Parece que de repente los hombres estorbamos. – rio Daiya.
— ¿Eh?
— Si, si, los hombres pueden retirarse. Empieza la hora de chicas~ – Mikuri habló imitando la expresión de Rekka.
— ¿¡Eh!? ¡No es justo! ¡Yo también quiero escuchar las historias de amor de la mayor! – protestó Haruto.
— ¿¡Hi-hi-historias de amor!? – chilló la mayor, y gracias al Para-raid todos pudieron casi visualizar una silueta enrojecida de la cabeza a los pies.
— Cierto, recuerden que la mayor es virgen. – comentó Maina, sonando decepcionada.
Casi podían ver a la silueta roja materializarse frente a ellos.
— ¡De-desafortunadamente tengo cosas más importantes que hacer! – la defensa de la mayor seguía sonando como un chillido – ¡Esta vez me vi obligada a ir porque mi madre fue a buscarme personalmente al cuartel, pero en lugar de perder mi tiempo visitando a un tipo al que solo le interesa el apellido y el dinero de mi familia prefiero…!
La mayor habló rápidamente tratando de defenderse, pero se detuvo justo cuando parecía estar a punto de decir algo importante. El silencio expectante duró solo unos segundos.
— ¿Qué? ¿Prefieres cuidar de tus lindos cerditos? – se burló Theo, causando que el resto del escuadrón riera.
— Dios… - la mayor suspiró y Shin notó que hacía un puchero.
— Supongo que tiene que ser muy malo para que la mayor prefiera pasar su tiempo con nosotros.
— ¿Verdad?
A los comentarios de Daiya y Anju les siguieron más risas. La conversación se prolongó un par de minutos y terminó justo cuando apagaron las luces, con la chica alba disculpándose por retenerlos hasta tan tarde.
Para suerte de Shin, todos se fueron a dormir sin intentar interactuar demasiado con él —siendo Raiden el primero— e incluso la mayor no intentó quedarse para hablar como ya se venía haciendo costumbre. A decir verdad, su animo aun no se estabilizaba y se sentía particularmente propenso a volver a irritarse si hablaba con ella —si escuchaba una palabra más sobre matrimonios o historias amorosas que, para empezar, no deberían producirle la menor emoción.
No obstante, no pudo dejar de preguntarse la razón de la ausencia de la chica alba.
Quizá se encontraba cansada también, después de todo, lo que había dicho acerca de lo que sus pretendientes veían en ella no era muy alentador. De repente se encontró considerando la posibilidad de que en verdad esa fuese la razón por la que prefería hablar con ese grupo de cerdos que ya había admitido solo conectarse con ella para divertirse y matar el tiempo.
Después de todo, tal vez su vida no era tan pacífica como ellos pensaban, ya que era la única idealista que aun intentaba encontrar una manera de luchar tras los muros. Según las charlas que habían tenido, sus pocos amigos y familiares se limitaban a observarla sin llegar a darle un apoyo real, instándola a entregarse a la vida que se suponía debía llevar. Y ahora se enteraban de que incluso su valor dentro de esa sociedad corrupta e hipócrita se limitaba al peso de su apellido y el dinero de su familia.
Al igual que ellos sabían muy bien cómo los llamaban la mayoría de albas, ella también era consciente de todo lo que decían sobre ella…
No, ella sigue siendo diferente.
Ya que, a diferencia de ellos, la mayor aun luchaba por hacer lo que consideraba correcto, por sus sueños y esperanzas.
Por eso es difícil sentirse bien con la idea de lastimarla.
Lo que la madre de la mayor intentaba hacer era lo correcto. Shin podía admitir para sus adentros que no comulgaba con la idea de casarla —peor con un cerdo blanco incapaz de ver algo más que un apellido— pero, dejarlos era lo mejor para ella.
Si la mayor dejara la milicia, o al menos dejara de conectarse con nosotros antes de tener que saber la verdad…
Shin negó con la cabeza antes de decidirse a encaminarse a las duchas.
Por alguna razón no pudo completar ese pensamiento.
No obstante, con la misión de reconocimiento especial y el consiguiente enfrentamiento con su hermano cada vez más cerca, Shin se concentró en cómo decirle a esa chica alba que insistía en tratarlos como seres humanos la verdad. No tenía la menor intención de preguntarle acerca del asunto del matrimonio y honestamente creyó que ni siquiera surgiría la ocasión de volver a tocar ese tema.
Sin embargo, la ocasión surgió dos años después.
Era una de las raras oportunidades donde el calendario de trabajo había permitido que Shin, Lena, Rita, Raiden, Theo, Kurena y Anju almorzaran juntos. La conversación giraba en torno a ciertos detalles sobre el Para-raid y las habilidades mentales de los Piropos cuando la coronel Wenzel llegó a la mesa con un par de cartas en sus manos.
— Oh, me alegra encontrarlas juntas. – dijo, dirigiéndose a las chicas albas.
— ¡Coronel Wenzel! – Lena intentó ponerse de pie de manera apresurada, pero Grethe la detuvo con un gesto.
— Solo vengo a entregarles unas cartas. – anunció.
— Es extraño que usted venga a hacer esos recados. – comentó Theo antes de llevarse un trozo de brócoli a la boca.
— Por alguna razón esa mantis asesina insistió en que lo hiciera y por esta vez decidí colaborar.
Lo que Grethe omitió, fue que Willem le había dicho explícitamente que si lograba entregarle la carta a la coronel Milize frente al capitán Nouzen, le reportara la reacción de este último. Por supuesto, el hecho de que su vena dramática hubiese salido al esbozar una sonrisa innecesariamente malvada estuvo a punto de hacer que se negara y entregara la correspondencia de manera normal, pero dado que era extraño que la incluyera en sus maquinaciones —y debido a que se trataba de esos dos— decidió complacerlo por una vez.
Por supuesto, aun sabiendo que el ejército revisaba su correspondencia por motivos de seguridad, era extraño que sus superiores se dispusieran a entregarla de esa manera. Es decir, sería entendible si se tratara de un documento confidencial, pero en ese caso Grethe no lo entregaría en un espacio público como la cafetería y con procesadores que no fungían de capitanes o vice capitanes presentes. Por lo tanto, Lena y Annette recibieron sus cartas con expresiones igual de confundidas que los demás ocupantes de la mesa.
Los sobres tenían el sello de la República de San Magnolia, lo cual tornaba aun más extraño el asunto, pues las chicas no tenían ya ninguna familia que les esperara ahí. Solo podían pensar que se trataba de algún aviso u orden, por lo que decidieron leer las cartas de inmediato.
— Geh…
— Ugh…
— ¿Qué sucede? – preguntó Grethe al ver a ambas chicas bajar la cabeza con expresión sombría. Tanto ella como los otros cinco adolescentes las miraban con preocupación.
— N-no, no es nada… nada importante… – respondió Lena esbozando con dificultad una sonrisa de lo más incómoda mientras su mejor amiga inspeccionaba el contenido de su carta.
— ¿Seguro? – insistió Anju.
— Si, – secundó la alba de cabello corto, al parecer recuperándose mucho más rápido – solo son estúpidas cartas de amor.
— ¿¡Eh!?
La pregunta general pareció hundir más a Lena, quien básicamente escondió el rostro tras la larga carta que aun tenía en mano.
Shin sintió una extraña y poco familiar incomodidad, como si su sangre empezara a hervir a fuego lento. No obstante, hizo su mejor esfuerzo para que no se reflejara en su rostro.
— ¿Es esa cosa de los matrimonios arreglados de la que nos hablaste hace dos años, Lena? – preguntó Raiden, recordando como Shin había tomado parte en un juego al día siguiente de esa conversación con el único propósito de noquearlo.
— Entrevistas matrimoniales. – corrigieron las chicas alba en sincronía.
— Je… así que la República aun es capaz de apreciar a dos chicas lindas como ustedes~ – comentó Grethe con un tono juguetón mientras miraba de soslayo al capitán.
— Más que eso, parece que volvemos a tener valor para el mercado matrimonial. – respondió Annette pasándole su carta. Grethe no pudo suprimir un suspiro de disgusto al leerla.
— Veo que el romance también murió en la República ¿eh? – comentó pensando que incluso alguien tan frío como Willem había puesto más esfuerzo en su declaración.
— ¿Porqué? ¿Qué dice?
Como respuesta a la curiosidad de Theo, Annette se limitó a hacerle una señal a Grethe, quien se la dio para que pudiese leerla en voz alta.
Estimada señorita Henrieta Penrose.
Me he enterado del excelente trabajo que está llevando a cabo iluminando a la Federación de Giade y a esos inútiles cerdos con nuestra tecnología vanguardista. Por lo tanto, le informo que me encantaría darle la bienvenida a la familia Herzen como mi esposa. Estoy seguro de que, pese a la diferencia de edad, no encontrará inconvenientes en este trato, dada la pobre situación en la que quedó su familia tras la ofensiva a gran escala del año pasado.
Espero su respuesta positiva lo más pronto posible.
— ¿¡Qué demonios!? – preguntó Theo indignado después de terminar la lectura.
— ¿Esperabas algo de los cerdos blancos? – dijo Kurena con desprecio.
— Mira que incluso tratan así a sus compatriotas… – Anju estaba claramente molesta.
Shin sintió como si hubieran subido la llama de la ira que estaba bullendo dentro de él. Si bien, como Ochenta y seis antes se había acostumbrado a ser tratado como objeto y ver como hacían lo mismo con sus compañeros, no quería decir que estuviese conforme con la situación. Por lo tanto, el hecho de que la amiga de la infancia a la que finalmente empezaba a recordar estuviese recibiendo tal trato lo enfurecía lo suficiente para querer romper esa dichosa carta. No obstante, el hecho de que la propia Rita se lo estuviese tomando con calma —y el extraño silencio de Lena— hacían que se abstuviese de expresar su enojo —además, ya los otros se encargaban de ello.
— Tengo la impresión de que quedaron vestigios de tu fama, Annette. – comentó Lena, por fin bajando la carta… para apartarla de la vista de todos cuidadosamente, como notó Shin. No obstante, su tono intentaba ser casual, como intentando aliviar el mal humor que se había apoderado de la mesa.
— ¿Qué quieres decir, Lena? – preguntó Raiden, que pese a tener el ceño ligeramente fruncido al parecer había decidido seguirle la corriente.
— Hace dos años, la mayoría de personas con las que Annette tenía entrevistas matrimoniales eran personas mayores.
— ¡No lo hagas sonar como si fuese una especie de viuda negra! – protestó Annette – Es solo que no tenía idea de lo que iba a pasar y los chicos de nuestra edad me parecían tan inmaduros que la idea de estar atrapada en un matrimonio con uno de ellos era insoportable. – se justificó con las mejillas coloradas mientras tomaba un sorbo de té – ¡Además, tú también recibías propuestas de tipos de todas las edades! – agregó al recibir las sonrisas incrédulas y burlonas de Theo, Anju y Raiden, claramente queriendo desviar la atención – Como la carta de ahora ¿¡quien te la envió!?
— N-no tiene escrita la edad… – respondió Lena. Era evidente que estaba nerviosa, pero Shin tenía la impresión de que no se trataba del mismo tipo de vergüenza que había mostrado dos años atrás cuando le preguntaron sobre su vida amorosa.
— ¿Es una carta tan romántica como la de la mayor Penrose? – preguntó Grethe con una sonrisa de simpatía.
Lena desvió la mirada al responder. De hecho, Shin tenía la impresión de que había estado evitando mirarlo desde que había abierto la carta.
— N-no, es un poco diferente… – respondió con voz débil.
— ¿Cómo es? – preguntó Anju – Hace dos años tampoco quisiste decirnos.
Pese a la ira que seguía bullendo en su interior, Shin no podía evitar preguntarse porqué Lena estaba siendo tan evasiva. Si no le importara todo el asunto, hablaría de ello de manera más abierta. Quizá no tanto como Rita, pero si al menos con la misma espontaneidad de hace dos años. ¿Qué era lo que quería ocultar?
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, le había arrebatado la carta a Lena, ante el asombro de todos. Cuando cayó en cuenta de lo que había hecho, apenas atinó a pasarle la carta a Anju.
— Woah, es mucho más larga que la de Annette. – comentó - ¿Puedo?
Lena soltó un suspiro resignado.
Un par de minutos después, comprendieron que la mortificación de Lena no se debía al hecho de recibir una propuesta matrimonial, sino a que dicha propuesta estaba repleta de alabanzas hacia ella como "segunda venida de San Magnolia", insultos a los Ochenta y seis y la insinuación de que, pese al gran trabajo que estaba haciendo "al comandar a esos intentos de humanos, demostrando la superioridad alba" su lugar siempre había estado en casa, en una gran mansión rodeada de lujos que complementaran su belleza.
Un ambiente mucho más pesado se instaló en la mesa cuando terminó la lectura.
Shin sentía que si veía a algún hombre con ojos y cabello plateado lo mataría sin pensarlo dos veces —ojalá Dustin no fuese lo suficientemente desafortunado para cruzarse en su camino.
— ¿Y? ¿Qué harán? – preguntó Grethe, que era la única un poco divertida.
— Por supuesto, lo rechazaré.
Lena y Annette respondieron al unisonó. La primera aun estaba mortificada y la segunda parecía hastiada, pero la determinación de ambas era indudable. Por alguna razón, un suspiro colectivo pareció recorrer la mesa.
Shin fue el primero en levantarse, cargando su bandeja.
— Se hace tarde. – dijo antes de abandonar la mesa.
— Cierto. – Kurena lo siguió con evidente mal humor. Luego Theo se levantó.
— Vaya, no pensé que dos cartas pudiesen poner a todos de tan mal humor. – comentó Grethe con una sonrisa empático.
— Lo siento, fue porque les mostré mi carta y luego insistí en acusar a Lena. – se disculpó Annette viendo a Anju y Raiden levantarse.
— No, yo empecé al hablar de tus entrevistas. – siguió Lena.
— No estamos enojados con ustedes. – las interrumpió Raiden. Era evidente que también estaba molesto, pero intentó sonar relajado.
— Lo que sucede es que Annette ya es una camarada apreciada – les sonrió Anju – y en el caso de Lena… bueno, digamos que no nos hace gracia que intenten robarnos a nuestra reina, ni siquiera a Kurena-chan, y por supuesto, a Shin-kun tampoco. – les guiñó el ojo.
— Definitivamente, ¿Quiénes se han creído esos cerdos blancos? – refunfuñó Raiden antes de mirar de soslayo a Lena – No creo que ese idiota haya estado escuchando, así que asegúrate de decirle que no te irás con ellos.
Lena parpadeó, como si no estuviese segura de lo que Raiden había querido decir. Annette soltó un suspiro y Grethe reprimió una risita baja mientras se preguntaba si Willem iría a buscar su reporte o si debía enviárselo por escrito.
Al anochecher, el humor de Shin aun no conseguía estabilizarse y como era consiente de esto, había decidido mantenerse apartado de los demás —particularmente del único portador del uniforme militar masculino de la República— antes de desquitarse de manera injusta. Por lo tanto, se encontraba observando las estrellas con Fido fuera del hangar mientras esperaba a que la mayoría terminara su cena en la cafetería.
Estaba recordando algunas conversaciones que había sostenido o escuchado dos años atrás. Como cuando Kaie habló de la lluvia de meteoritos y Lena había expresado su deseo de ver una. La base en la que se encontraban no era ni remotamente tan luminosa como una ciudad —probablemente incluso Sankt Jeader no estaba tan iluminada como la capital de la República, dado lo inconscientes que habían sido los albas— pero aun así su cielo estrellado recortado por las copas de los arboles no se sentía lo suficientemente amplio o limpio para ser digno de invitar a Lena a contemplarlo.
Shin se concentró en este pensamiento cuando escuchó el golpeteo de un par de tacones acercándose, sabiendo que si dejaba que su mente se concentrara en la conversación del almuerzo o recordara aquella de dos años atrás, estaría tan molesto que no sería una buena compañía para Lena.
— ¡Shin! – la voz de campana plateada lo llamó por su nombre y su mirada voló hacia ella de inmediato — ¿Qué sucede? ¿No vas a cenar? – preguntó con preocupación, causándole una pequeña punzada de culpabilidad.
— No, iré más tarde – respondió, luego pensó que era una respuesta insuficiente — Solo me quedé pensando en algunas cosas.
— …¿Sigues molesto?
Shin no pudo evitar dirigirle una mirada sorprendida, que Lena correspondió con una sonrisa.
— ¿Cómo lo sabes? – recordó haberle preguntado lo mismo cuando, dos años atrás, ella había adivinado que esperaba la misión de reconocimiento especial para enfrentarse a su hermano.
— Lo se. – respondió ella encogiéndose de hombros – Esta ves es difícil no notarlo, tú no sueles apartarte de esta forma si no tienes algo particular que hacer. – ¿eso era así? Quizá si había cambiado un poco después de tantos años – Bueno, también Raiden dijo que probablemente no estabas escuchando, así que debía decírtelo de nuevo. – admitió con una sonrisa tímida.
La mirada sangrienta de Shin se dirigió a las estrellas una vez más mientras se preguntaba si su vice capitán creía que se uniría a ellas cuando lo despachara de este mundo.
— ¿Decirme que? – preguntó con algo de reticencia al caer en cuenta de que no estaba seguro de saber a qué se referían.
Había escuchado a Lena y Rita decir que rechazarían esas ridículas propuestas, pero… quizá la razón por la que seguía molesto era porque reconocía las razones que tendrían ambas para aceptar. Quizá en el futuro aparecería un alba lo suficientemente razonable —era difícil pensar que alguien así existiría, aunque Dustin era un buen ejemplo. No obstante, tras más de un año viviendo en la Federación, no podía descartar la posibilidad de que apareciese alguien de otra raza— para no desear los nombre o logros de las chicas, sino que reconociese lo prodigiosas que eran. Si una persona así se presentara, no había razones para que recibiese un rechazo.
Al final, ellas no pertenecían al campo de batalla, especialmente Lena, quien en verdad era una dama. Aunque no fuese en ese momento, ella podría…
— Yo no me iré a ningún lugar – respondió Lena, interrumpiendo su línea de pensamiento con su delicada voz de campana plateada, una sonrisa florecía en sus labios y la determinación brillaba con fuerza en su mirada. Por un segundo, Shin se olvidó de respirar – Yo quiero pelear junto a ti… junto a ustedes hasta el final. Hasta que esta guerra termine. Así que no me iré, ni dejaré que nadie más me lleve. – su sonrisa se ensanchó – Mucho menos después de que esperaste tanto por mi.
Pese a que lo había criado un sacerdote, hacía mucho que Shin había dejado de creer en Dios. No obstante, en ese momento se dio cuenta de que podía creer en esas palabras, en esa sonrisa, en esa determinación. Jamás dudaría de la chica que había seguido sus pasos de manera tan obstinada, que aun intentaba llevarlo más allá del campo de batalla pese a su propia resistencia, la única autoridad que él y sus camaradas reconocían de corazón: Su reina.
Había sido muy estúpido de su parte preocuparse porque cualquier cerdo blanco —o cualquier federal con ojos en el rostro— pudiese llevársela.
Al menos eso pensó durante algún tiempo, pero la ocasión se presentó una vez más, durante la fiesta de celebración por el final de la guerra contra la Legión.
Para sorpresa de casi nadie, habían llegado juntos y habían sido presentados junto con Frederica, Vika y Olivier como los ejecutores de la gran operación que había terminado con todo. Recibieron condecoraciones y Lena le susurró lo feliz que estaba de ver su trabajo duro reconocido. Shin estuvo a punto de responderle que eso no tenía importancia para él, puesto que ya le había sido otorgado aquello que más deseaba, pero fue interrumpido por Ernst, quien les indicó discretamente que aun debían hacer un poco de trabajo político saludando y charlando con algunas personas, luego podrían simplemente disfrutar de la fiesta.
Shin se las había arreglado para terminar su parte con relativa rapidez, logrando salvarse de un grupo de personas que querían escuchar sus "hazañas de guerra" gracias a la hábil y oportuna intervención de su abuelo. Justo se disponía a buscar a Lena cuando percibió —gracias al entrenamiento que había recibido de la familia de su madre— que se encontraba disgustada y un poco alarmada.
Sin duda, era extraño: se encontraban en una fiesta, rodeados de los líderes y grandes mentes de las naciones sobrevivientes a la guerra, por lo tanto, la seguridad era considerablemente alta, sin mencionar el hecho de que muchos de los invitados eran personal militar, ella debería estar a salvo. No obstante, Shin no perdió el tiempo en especulaciones y se lanzó de inmediato a la búsqueda de Lena, sin siquiera preocuparse de mantener la etiqueta con las personas que intentaban hablarle.
— Como ya le dije, eso no tiene la menor importancia para mi. – la voz de campana plateada sonaba serena, digna y autoritaria cuando llegó a los agudizados oídos de Shin, pero los sentimientos que su habilidad le permitía percibir eran una mezcla de ira, asco y precaución — Ahora, si me disculpa…
En el momento en que Lena entró en su campo de visión, intentaba darle la espalda a un joven alba con el que había estado conversando, pero este se apresuró a retenerla tirando bruscamente de su brazo.
— Suélteme, por favor. – debido a la sorpresa que la había embargado, ya que no se esperaba semejante atrevimiento, menos en ese lugar, la voz de Lena perdió un poco de fuerza. Shin se apresuró a cruzar la pequeña multitud que aun los separaba.
— Por favor, coronel Milize, estoy seguro de que entiende que es su mejor opción si quiere volver a pisar nuestra patria con la cabeza en alto. – dijo el tipo con una sonrisa confiada – Si acepta mi propuesta matrimonial, tendrá todas las ventajas… no, tendrá incluso mejores condiciones que las que puede ofrecerle un país de asesinos y saqueadores… o unos simples cerdos con forma humana.
La rabia de Lena aumentó ante el insulto hacia los Ochenta y seis, pero la de Shin casi alcanzó el punto de ebullición cuando comprendió que ese cerdo blanco no solo la estaba reteniendo contra su voluntad, sino que intentaba llevársela.
— Permítame aclararle un par de cosas… – empezó a contestar Lena, con su voz recuperando su determinación.
— Coronel, si me permite, creo que primero esta persona debe aprender a comprender cuando una dama no desea su cercanía. – la interrumpió Shin al tiempo que posaba su mano sobre el brazo del alba y ejercía presión sobre este para que la soltara.
— ¡Teniente coronel Nouzen!
Shin la había llamado por su rango para establecer que Lena no era una simple invitada, sino personal militar, a quien se le estaba condecorando por un papel clave en la operación que había determinado la supervivencia de la humanidad. Por lo tanto, Lena había hecho lo mismo, pero él pudo percibir su alivio y vergüenza. Supuso que aun la mortificaba el hecho de que muchos republicanos aun se consideraran una raza superior con derechos sobre los Ochenta y seis.
La cara del cerdo blanco se contorsionó de ira.
— ¡No permito que el ganado intente enseñarme a tratar con un humano! – pese a que la fuerza ejercida Shin lo obligó rápidamente a soltar a Lena, mostró una sonrisa desdeñosa – Especialmente cuando se trata de un cerdo que se ha aprovechado y ha mancillado hasta la saciedad a nuestra segunda San Magnolia.
— ¿¡Disculpe!? – Lena no pudo ocultar su creciente ira e indignación, causando que la sonrisa del alba se ensanchara.
— Así es, coronel Milize. – dijo con una mezcla de burla y desdén – Cada ciudadano de la República sabe que es gracias a su brillante liderazgo que la Legión fue derrotada, y la Federación, los demás países y este cerdo simplemente se están colgando de sus logros para recibir trato de héroes. Normalmente esto la haría digna de compasión y alabanzas. Su estatus sería tan alto que ciertamente tendría la opción de rechazarme y escoger a cualquier pretendiente para ayudarle a restaurar la antigua gloria de la casa Milize. Pero en este momento yo soy el único de buena familia dispuesto a aceptarla como esposa porque corre el lamentable rumor de que, pese a su clara superioridad, se ha rebajado a ser el juguete de los Ochenta y seis que tanto se empeña en defender. Es decir, cuando se encuentra en tierra extranjera, nuestra hermosa segunda venida de San Magnolia se convierte en una put—
El puño de Shin impactó con fuerza y precisión en el rostro del cerdo blanco, enviándolo directamente al piso de mármol, luego su bota aterrizó sobre su pecho conteniéndose apenas lo suficiente para no causar un daño grave.
— Personalmente, considero que intentar razonar con ustedes es una pérdida de tiempo, pero supongo que estoy en la obligación de emitir una advertencia. – dijo Shin tras un suspiro aparentemente cansino, antes de inclinarse y dejar que el cerdo blanco percibiera por completo la ira asesina que reflejaba en sus ojos rojo sangre – Lo que ustedes piensen o digan me tiene sin cuidado, pero si escucho un insulto más hacia la coronel Vladilena Milize, me aseguraré de que no queden restos suficientes para celebrar un funeral apropiado ¿queda claro?
El cerdo tembló aterrorizado, pero aun se esforzó por soltar alguna palabra. Shin estuvo a punto de tomar esto como excusa para ejercer más presión con su bota, pero Lena tiró suavemente de su brazo, instándolo a retirarse.
— Shin. – lo llamó con tono cariñoso, sin importarle que a los ojos de su compatriota estuviese confirmando los rumores – Basta, por favor. No es alguien digno de que ensucies tus manos. – dijo mientras acariciaba el puño con el que había golpeado al alba, luego esbozó una pequeña sonrisa – Además, si no lo entiende cuando su cerebro se encuentra en un estado funcional, mucho menos lo hará estando aterrorizado.
Shin suspiró despacio, claramente con el objetivo de calmarse, luego retrocedió un par de pasos sin soltar la mano de Lena, deliberadamente dándole la espalda al cerdo blanco y dedicándole una sonrisa a ella.
— Tienes razón.
— ¿¡Q-quien demonios te crees que eres, maldito cerdo!? – gritó el alba tras arrastrarse por el piso para poner distancia con la pareja, acariciando su mejilla hinchada sin dejar de temblar – ¿¡Este es su héroe!? ¿¡Como pueden permitir que semejante bestia se mezcle con ustedes!? – miró acusatoriamente a los demás invitados, que en su mayoría se habían reunido alrededor de la escena bastante sorprendidos.
— Ara, ¿es esto lo que consideran un comportamiento bestial dentro de la República? – cuestionó la voz serena de Gelda Maika, atrayendo las miradas hacia sí – Si me lo preguntan, pienso que un hombre incapaz de reconocer la posición en la que se encuentran él y su país al punto de insultar descaradamente a los héroes que lo salvaron, está muchísimo más cerca de las bestias de granja que un hombre que no duda en defender a su prometida cuando está siendo cortejada e insultada frente a él.
Las miradas de los invitados volvieron a posarse sobre el alba con renovado desprecio. A decir verdad, la mayoría había estado en contra de invitar a representantes de la República a esa celebración, pero habían accedido por consideración a la coronel Milize, ya que seguía siendo ciudadana de dicho país. Quizá alguno había abrigado la esperanza de que hubiesen aprendido la lección y aprovecharan la oportunidad para reanudar relaciones diplomáticas y al menos fingir arrepentimiento por sus acciones pasadas. Quizá por eso la misma Lena se había tomado el tiempo de hablar con ese hombre. Pero estaba claro que muchos republicanos no habían entendido nada.
— Le pediré a alguien que los escolten.
En diferentes puntos del salón, Ernst y Willem pronunciaron las mismas palabras, casi en sincronía, casi con la misma sonrisa fría, para los representantes de la República con los que hablaban. Estos tuvieron la decencia de mostrarse avergonzados antes de murmurar que no era necesario, recoger a su compañero y abandonar precipitadamente el lugar.
Cuando la delegación republicana desapareció, los invitados empezaron a reunirse alrededor de Shin y Lena para confirmar y felicitarlos por su compromiso. Les tomó casi una hora lograr escapar hacia la terraza.
— Lamento haber hecho una escena – dijo Shin cuando estuvieron solos – o dos, si contamos a mi abuela.
— Es muy astuta, al final se salió con la suya. – rio Lena, recordando cómo la venerable anciana se había enfadado con ellos cuando rechazaron seguir la costumbre de celebrar una fiesta para anunciar su futuro enlace a la antigua nobleza.
Shin rio con ella, y tras un momento de agradable silencio se decidió a preguntar.
— ¿Estas bien?
A Lena le bastó con ver la preocupación reflejada en su rostro para comprender exactamente a qué se refería. Así que antes de responder, se acercó a Shin lo suficiente para que este pudiese abrazarla.
— Mentiría si dijera que no me molesta – admitió – pero gracias a esos rumores se les dificulta utilizarme como prueba de superioridad alba, así que en ese aspecto me siento aliviada. – hizo una pausa y luego esbozó una sonrisa burlona – Y además, después de hoy seguramente las propuestas de matrimonio también se detendrán por completo.
— ¿Quieres decir que has estado recibiendo más? – preguntó Shin con expresión sombría, pero Lena, en lugar de intimidarse, volvió a reír.
— No te lo dije porque sabía que te enfadarías, y aunque después de que formalizamos nuestra relación bromee diciendo que si por error te enterabas podrías matar a alguien, admito que jamás esperé verte golpeando a un alba. – su sonrisa se ensanchó con un ligero matiz juguetón– Pensé que los cerdos blancos ni siquiera merecían eso.
— No iba a tolerar que te insultara, menos de esa manera. – respondió Shin, sintiendo como la sangre volvía a hervirle. Aunque tras un momento de reflexión, decidió hacer una confesión – Aunque admito que desde hace tiempo quería conocer a alguno de tus pretendientes y hacerle pagar por intentar robarte.
— ¿Ah si? ¿Desde cuando? – preguntó, un poco divertida por sus razones.
— …Creo que desde la primera vez que supe que alguien te pretendía… cuando aun estaba en el sector ochenta y seis.
Lena lo observó sorprendida por un momento.
Cuando Shin estaba atrapado en el sector ochenta y seis, abrigar tales sentimientos era considerado como una derrota ante los cerdos blancos, quizá eso era parte de las razones por las que había fingido que tal deseo no existía. Ella era consiente de eso.
Y aunque Shin aun no le veía demasiado sentido a defenderse a sí mismo cuando alguien lo insultaba, sí había cambiado.
Tanto su cuerpo como su corazón habían escapado del sector Ochenta y seis. Formulaba deseos, esperaba por un mañana y había decidido tener un futuro junto a ella. Sobre todo, ya no temía que lo que consideraba valioso le fuese arrebatado. Estaba más que dispuesto a pelear para impedir que volviese a suceder.
Las manos de Lena se posaron sobre las mejillas de Shin, asegurándose de que sus miradas se encontraran. Esta vez Shin no necesitó de su habilidad, esos ojos plateados hablaban por si mismos de la determinación, el amor y la felicidad que ella sentía.
— Nadie pudo llevarme en ese entonces, y mucho menos podrán hacerlo ahora. Lo sabes ¿verdad? Yo siempre estaré esperándote.
Shin cerró los ojos mientras acariciaba esas cálidas manos y una sonrisa afloró en su rostro.
Le había pedido formalmente matrimonio porque sabía que era algo que la haría feliz, y porque antes de la última operación, al vislumbrar el final de la guerra, Vika lo había llamado aparte para contarle sobre la delicada posición de Lena en la República y luego le había pedido a sus abuelos que le explicaran las garantía que ese vínculo le otorgaría en la Federación, concluyendo que era la mejor manera de protegerla de lo que pudiese suceder al terminar todo.
Pero tras crecer en el sector ochenta y seis, aun cuando había avanzado tanto, aun le resultaba extraño que un documento o un rito religioso fuese necesario para validar su vínculo. Para Shin, su vida había quedado definitivamente unida a la de Lena desde el día en que ella le dio su respuesta en la sala de exhibición del leviatán—cuando hicieron ese juramento frente al esqueleto de dragón que se cernía como un dios sobre ellos.
— Lo se. – respondió, abriendo sus ojos sangrientos para mirarla al tiempo que ensanchaba su sonrisa — Yo siempre regresaré a ti, sin importar qué.
Ella correspondió su sonrisa al tiempo que deslizaba sus manos para entrelazarlas alrededor de su cuello. Él posó sus manos en su cintura, atrayéndola hacia sí.
— Estaré a tu lado por siempre.
Renovaron su juramento en perfecta sincronía, esta vez bajo las estrellas de un mundo libre de la amenaza de la Legión.
Un mundo en el que ya no debían preguntarse si sería posible.
