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I - Los Omegas
Como Bill lo veía, llegar a los 30 años soltero, bello y millonario, era un logro. Ni más ni menos. Aunque mentiría al decir que la situación no le causaba escozor, pues cuando uno de sus amigos cercanos aparecía con la feliz noticia de que se casaba o tenía un bebé, él lo lamentaba, no por la envidia, Bill no quería tener hijos y mucho menos casarse. Una vida luchando por no encajar en el molde de Omega perfecto que la sociedad le había impuesto, le servía para ayudarse en momentos en los que se sentía soltero, bello y millonario, pero solo.
Bill no había estado solo en ningún momento de su vida, si de compañía se hablaba, desde antes del nacimiento, su gemelo Tom había estado a un mano de distancia, siempre en pares. Nunca lejos por más del tiempo prudencial (—Solo fue un mes, Bill), y no tan cerca como para implorar dicha lejanía.
Tom por su parte, siempre ajeno a la lucha interior que Bill venía peleando desde sus 13 que presentó como omega, solía llamarlo dramático, porque —Demonios, Bill. Estamos en pleno siglo 21, nadie te dice que debes conseguir un Alfa para estar completo, sino que habiendo él mismo aceptado su destino de omega el mismo día que su gemelo presentó pues no había duda, si Bill era Omega entonces también lo era él.
Si le preguntaban a Tom –y rara vez lo hacían-, a él no le molestaba ser un omega, a fin de cuentas ¿quién le iba a decir algo? Olía bien, vestía bien y mierda que podría pelear con un Alfa si este se pasaba de mano. Sin embargo, sentía ciertas agruras cuando la gente a su alrededor les pedía que tomen supresores para controlar ese aroma dulce que podría causarle más problemas que beneficios.
Perdida estaba toda lucha de sus Jefes para que Tom, el más varonil de los gemelos, luciera como un Alfa, pues a Tom eso no le importaba. Bill en cambio, con sus rasgos más femeninos no podía engañar a nadie, razón por la que todos trataban de cuidarlo, de engreírlo e incluso malcriarlo. Ante la gente (fans incluidas), los gemelos eran Betas, como Georg su compañero de banda, siendo el único Alfa del grupo Gustav, un tipo tranquilo, callado y lo suficientemente paciente como para viajar con dos omegas pretendiendo ser betas.
Pero ya eran adultos, Gustav tenía una esposa y una hija, siendo uno de los principales activistas para luchar contra el estereotipo de Omega/Alfa/Beta. Pues tan Omega era su esposa como él era un Alfa y no había distinciones en la casa salvo Gustav quisiera dormir en el sofá.
Y esa era otra cosa, Georg tan bendecido de evitar estas disputas, al ser un Beta, lograba ver como un tercer ojo todo lo que sucedía bajo las narices de los denominados razas superiores. Fue así que fue el primero en descubrir que Bill salía con un Omega y que dicho Omega no era otro que su gemelo.
Quitando lo horrible del incesto, había otro problema más profundo, ambos eran Omegas y esa esa era la aberración más grande. Los Omegas iban con Alfas, ese era el llamado orden natural de las cosas. Sin embargo, y volviendo a la terquedad de Bill, él no quería caer en ese molde impuesto. Él era Bill Kaulitz, no un Omega necesitado de un pene grande y gordo.
Tom en realidad llevaba tanto tiempo protegiendo a su hermano que la respuesta fue inmediata, necesitaban terminar lo suyo sino querían que alguien más los vea. La pena de cárcel por el incesto no se comparaba a la sanción social y moral que representaba ser expuestos como dos omegas “fallados”. Sin embargo, bastó que Bill tuviera una repentina crisis ante la idea de perder a su hermano y a la ganada “superioridad Omega”, que la relación duró lo suficiente como para considerar la separación absoluta cuando sus cuerpos no pudieron más con el engaño de los juguetes sexuales y los supresores.
Para cuando dijeron que eran Omegas, sus fans ya lo sospechaban (y otras lo aseguraban), en realidad fue fácil. Lo que no fue fácil, fueron las expectativas que se formularon, pues ninguno de los gemelos trataba de seguir ese camino. Ni Bill que no aceptaba su biología, ni Tom que, si bien la aceptaba, no quería ser otra estadística. Ambos querían vivir.
Lo que llevó a Bill y a Tom a salir con un par de Alfas, uno que otro Beta y algunos Omegas que estaban dentro del kink world. Sin embargo, cuando Tom se casó con Ría, quien era un Beta bendecida con la paciencia de un santo, Bill puso el grito en el cielo, justificando su histeria con que Tom seguía patrones (tal vez no los que la sociedad esperaba) de un buen Omega.
—Estás loco —le había dicho Tom, antes de hacer un trato silencioso con Bill: estaría casado pero no se dejarían, bros before hoes.
La situación, sin embargo, se salió de control, cuando luego del divorcio entre Tom y Ria, empezaron a llegar los Alfas.
II- Los Alfas
No era secreto que Tom tenía cierta inclinación hacia los Alfas, demasiado perezoso como para negar ese aspecto de su naturaleza que le encantaba: La gente fuerte haciéndose cargo de él, satisfaciendo cada uno de sus caprichos y amándolo sin que él tenga que hacer más que ser él.
Bill quería negarlo, pero al ser gemelo de Tom, sentía la misma atracción y si bien les rehuía, ambos se vieron en relaciones exclusivas sin pensarlo. Terminando Bill con el corazón en mil pedazos y Tom casado. Con una Alfa, Heidi Klum, modelo, empresaria y a quien todos solían llamarle “la mano de midas”. No que Tom no tuviera sus millones guardados en el banco, pero no eran nada comparados a los de Heidi, su Alfa.
Ser propiedad de alguien a Tom le pareció un concepto que siempre pensó no era para él, no por negación como Bill, sino porque no era algo que le interesara como para permitirse desearlo. Ayudaba que Heidi fuese una Alfa con suficientes cojones como para dejar en claro qué era lo que quería y cuándo lo quería.
—Siempre un needy Bottom, Tom —se quejó Bill, cuando Tom vino a decirle que estaba pensando recibir la marca de Heidi.
—Me gusta lo que me gusta —sonrió Tom detrás de su café, tan feliz como no se había sentido en mucho tiempo. —. Sabes que siempre serás tú mi amor verdadero, ¿verdad?
—Lo sé.
—Sé que lo sabes, solo tengo que asegurarme. Las Alfas son algo territoriales, no quiero que te sientas-
—Excluido, ya sé, Tom. Y no, soy un omega como tú ¿no? Listo, no se sentirá “amenazada” con mis encantos.
El aguijón en el corazón que ambos sentían por ese amor que no podían demostrarse, podía considerarse como uno de los más molestos y terribles que habían experimentado.
«Tú eres mi alma gemela»
Pero no todas las almas gemelas se quedan juntas y viven su feliz para siempre, ellos lo sabían, ahí estaban de ejemplo sus padres que no aguantaron ni su primera crisis económica juntos y se divorciaron. Podían considerarse afortunados de haber nacido con su alma gemela y de pertenecerse primero antes que a nadie. Ahí el porqué de que Tom consultara si debía o no recibir la marca de su Alfa.
—Solo quiero que seas feliz, Tom.
—Lo soy. Quiero serlo más.
—Entonces tienes mi bendición.
III - Los cachorros
—¡MIERDA! ¡HIJO DE PUTA! ¡ES UN MAL-!
—Bill, no delante de mi hija, por favor —para ser un Alfa, Gustav hablaba con la calma de un monje—, ¿qué dije de groserías en mi casa? Ahora somos un hogar de “respira profundo y dime tu problema”, hombre.
—Gustav, por favor —pidió Tom, cubriendo con la palma de su mano a un colérico Bill, tratando en vano de hacerlo callar—, acaba de ensuciar sus zapatos Gucci mientras discutía con ese idiota.
—Puedo conseguir 10 pares de ese modelo en distintos colores solo con un tercio de lo que pagaste por ellos —interrumpió Georg, haciéndole cosquillas a Bill, quien levantó las manos en un gesto de rendición.
—Solo digo que cómo mier-cóles —Gustav le dio un guiño de aprobación para que Bill continúe—, quiere derechos de autor cuando la fruta canción es un cover, se puede meter sus derechos de autor por donde no le llegue la luz del sol.
Los temas laborales pronto quedaron el olvido cuando el elefante en la habitación fue imposible de ignorar. Tom había dejado de tomar sus supresores y su control natal. Su aroma se podía oler a kilómetros de distancia. Logrando que Bill, al ser su gemelo, también desprendiera su aroma, como un dominó genético.
—Si te fijas, el aroma de Tom es más dulce que el olor de Bill —introdujo el tema Georg.
—¿Y por qué el de Tom es aroma y el mío olor? —reclamó Bill, sentando en el mueble de la casa de Gustav, con la nena de cinco años sentada en el suelo decorando sus pantalones con stickers de colores.
—Son lo mismo —intervino Gustav—, y sí, el de Bill tiene como una pisca de picante.
—Deja de olerme.
—Pero el de Tom es más dulzón pero fresco.
Un gruñido —Deja de oler a mi gemelo.
—¡A él le gusta! —reclamó Gustav.
—Corrección, su Omega disfruta la atención no Tom, ¿verdad? —preguntó Bill, no esperando tener repuesta pues Tom estaba lo suficientemente ido con la atención que le regalaban. El Omega buscaba esa atención, la necesitaba.
Por ello, cuando Heidi volvió de New York a su casa en Hamburgo, Bill no volvió a ver a su gemelo en una semana. Quería preguntar si estaba bien, si lo necesitaba también pero su propia naturaleza no le permitía preocuparse mucho, mientras intentaba concentrarse en su propio celo y no en el de su gemelo.
Un Prime Alfa lo ayudó, se conocían porque era el amigo de un amigo y mientras ese Alfa tratara bien, no lo marcara y satisficiera todas y cada una de sus necesidades, Bill se daba por bien servido. Sin embargo, la parte más retorcida de su cerebro no podría dejar de imaginar a su gemelo en la posición del Alfa o a él como un Alfa haciéndose cargo del celo de Tom.
«Tú eres mi alma gemela»
Cansado después de tres días de intenso sexo, Bill volvió a sentarse en el mueble de Gustav, dejando que su hija, Giselle, le pusiera adornos en el cabello, fue así que sin pensarlo su Omega se dejó consentir y salvo los movimientos de la niña, en la habitación solo se oían ronroneos.
Linda, la esposa de Gustav, miraba atenta el intercambio silencioso entre Bill y su pequeña.
—Es una Alfa, te está cuidando —Linda lamentó interrumpir el precioso momento—, bueno, cuida a tu Omega.
—Arruina mi cabello, eso es lo que hace —intentó rodar los ojos, pero la sonrisa en sus labios los delataba—. Es preciosa —dijo, mirando directo a los ojos de Linda.
—¿Tú quieres un cachorro?
—No —respondió, tan veloz que no hubo más preguntas.
—Entiendo. No es para todos los omegas —y con eso, Linda fue a servir más jugo de arándano.
Tom olía a arándano.
IV- Nidos
Cuando Tom estaba por decirle a Bill que pensaba que estaba embarazado, Bill ya lo sabía. Sabía que había algo –alguien- creciendo dentro de su hermano, no podía explicarlo, no fue por el aroma de Tom (que iría cambiando poco a poco), tampoco por ese nerviosismo que hacía que Tom se mordiera el labio inferior, sino porque lo supo, su propio cuerpo se lo dijo.
Es hora de hacer un nido
La cosa acerca de los nidos era que además de denigrantes –para Bill-, eran su inutilidad. Se suponía que era un lugar seguro para los Omegas, que los hacía sentir a su Alfa aun cuando este o esta no estaba, sin embargo, Bill podía decir que ni su hermano casado y en una relación de pertenencia con su Alfa, sabía cómo mierda hacer un nido.
Sin embargo, fue el cuerpo de Bill el que sucumbió a los cambios. Empezando con las náuseas matutinas, el mareo constante, la acidez que le dejaba en el estómago el solo mirar la comida, y lo agradable que era usar la ropa de Tom. Mientras más capas mejor. Pasado un mes, Tom estaba ayudándole a Bill a hacer su primer nido.
—Fuerte, es un fuerte, Tom. No un nido.
—Como digas. —dijo—. ¿Debería traer ropa de Heidi?
—No, es nuestro nido. ¿Para qué mierda quiero una de sus tangas aquí? —gruñó Bill, acomodando una de los abrigos de Tom cerca de donde pondría su cabeza.
—Tal vez porque es mi Alfa.
—No la veo aquí protegiéndote.
—Tiene una reunión —defendió Tom a su esposa—, además sabe que si tengo algún problema la llamaré.
Bill sentía la necesidad de que protejan a su gemelo. Quería protegerlo con su propio cuerpo, a él y al cachorro en su interior. Si bien Heidi había sido muy territorial con Tom, no permitiendo que vaya a ningún lado que no sea la parte norte de su mansión en Hamburgo, también había sido permisiva con lo posesivo que Bill se permitió ser en ese mes.
—Vamos Bill, Heidi tiene cinco cachorros ya, no es como si…
—No lo digas. El nuestro es especial.
Ninguno dijo más. Porque tenía razón, su cachorro era especial.
Si algo agradecía Bill a la información de embarazos Omega, era que todo lo dividían por trimestres, asimismo lo hizo él. El Primer trimestre fue un infierno, pues si bien primero fue únicamente él quien sufrió los síntomas matutinos, pronto Tom lo acompañó y se turnaban en ir a vomitar lo que comían, para luego ir a comer más y así repetir el círculo vicioso. El segundo trimestre, Heidi dejó que Georg y Gustav los visiten en la mansión, ambos bromearon que Bill estaba tan o más embarazado que Tom.
—Mierda, menos mal solo es Tom el que se está poniendo como vaca —dijo Georg, lamentando todo en el acto, pues el rostro de Tom pasó de ser sonriente a uno de tristeza, caso contrario a Bill, quien se lanzó al ataque dejando de regalo en el cuello de Georg dos grandes advertencias en forma de rasguño.
Para el tercer trimestre, Bill se sintió más listo que nunca, contaba los pañales como si se trata de las ultimas raciones de comida en una guerra, revisaba el nido para que estuviera lo suficientemente cómodo y finalmente estudiaba cada posibilidad. Bill seguía tan delgado como siempre había sido, caso contrario para su hermano que ahora con una panza que no le permitía ver sus pies, no podía hacer más que estirarse lastimeramente para alcanzar el control remoto.
Por ello creó un plan, Bill sería el que llevaría todo, al ser más ágil y tener el cerebro menos pesado, podría dar a luz con su gemelo cuando sea necesario.
Plan que falló miserablemente.
Cuando Tom se quejó de dolor, Bill palideció. Tom nunca se quejó de dolor en sus más de 30 años. El pánico se apoderó de él y sin que pudiera hacer más que llorar con Tom mientras le sujetaba la mano y le hablaba en ese olvidado idioma que compartían de niños, el parto sucedió.
Heidi fue una bendición del cosmos en esos momentos. Mucho más serena, con un temple imperturbable y la suavidad de una madre, acurrucó bajo su pecho a Tom y lo dejó llorar mientras le pedía suavemente que puje. La imagen si alguien se atrevía a inmortalizarla, sería de película: Una Alfa apoyando a su Omega a dar a luz, mientras dicho omega era abrazado también por otro omega que tan concentrado estuvo en el arte de pujar, que todos se sorprendieron de que no diera a luz a un cachorro también.
—Es perfecto —fue Bill quien miró al bebé salir de su gemelo, fue Bill quien lo tomó en brazos y lo puso en el pecho de Tom, quien cansado lloraba mientras acariciar la cabecita húmeda del recién nacido—. Tom, tenemos un cachorro.
La sala se llenó de silencio.
«Tú eres mi alma gemela y tenemos un cachorro»
V- Alma gemelas
Solía suceder.
Esa fue la razón que lo especialistas le dieron a la familia Klum-Kaulitz; no, no era una obra mágica de la naturaleza que un Omega sintiera suyo el cachorro de otro Omega. La situación sucedía en su mayoría con Omegas que habían perdido a algún cachorro o con los que no podían concebir, otras veces pasaba con Omegas que conectaban con la casta de la criatura y decidían protegerlo.
Bill le llamaba puras mierdas.
Porque para él la única razón por la que él tenía un cachorro era porque su gemelo había querido tener uno. El bebé era tan de Tom como suyo y los que habían intentado acusarlo de loco (Heidi en un primer momento, su madre y amigos), habían enfrentado la dureza de la indiferencia de Tom, tan omega como nunca lo negó, pero con la suficiente fuerza como para proteger a su cachorro y a su alma gemela.
—Tiene tu nariz —susurró Bill, tocando la pequeña y respingada naricita con delicadeza—, y tiene mi mentón.
—Bueno, somos gemelos, si se parece a mí es claro que se parece a ti, Bill —susurró también Tom, aunque el bebé estaba tan dormido acurrucado en el nido de los gemelos que ningún ruido podría perturbar su descanso—. Aunque tiene los ojos de Heidi.
—Son unos bonitos ojos —Tom arqueó las cejas con sorpresa—, aunque a él se le ven mejor. Todo se le ve mejor. Tu nariz se le ve mejor.
—Claro, claro —bostezó el mayor de los gemelos—; voy a dormir un poco en la cama, cualquier cosa te encargas o me llamas —dijo, confiando tan ciegamente en su hermano como lo había hecho toda su vida.
Bill entonces se vio en el nido, rodeado de ropa que olía a Tom, con el bebé de Tom –su- bebé y en la calma se permitió pensar en que tal vez, tal vez, esa era lo que estaba destinado a ser. Un Omega con un cachorro en brazos en un nido armado con tanta delicadeza como para considerarlo perfecto. Un Omega esperando que su amado descansara para luego admirar la bella creación en sus brazos.
Sabía que no sería fácil. Su cachorro pronto le llamaría “tío Bill”, lo que haría que su corazón se rompa en miles de pedazos otra vez. Pero en ese momento con el pequeño tan cerca suyo que sus aromas parecían uno solo. Muy dulce, muy suyo, muy de Tom, no le pudo importar menos.
—Eres un Kaulitz —le dijo al bebé—. Y eres nuestro.
«Te amaremos así, en pares»
