Chapter Text
Es así como ocurre:
Con él privado de sueño de forma notable, un dolorcillo en sus hombros por el estrés y un vaso de papel en sus manos con un café horroroso de la máquina expendedora.
Sus ojeras le llegan al piso, oscuras y prueba tangible de los días repletos de trabajo que ha tenido. También es incapaz de guardarse los bostezos continuos y sus ojos arden.
Sucede sin ningún tipo de advertencia cuando Heero Yuy se materializa frente a él como una visión traída por sus más intensos deseos.
—Ya estoy alucinando —dice Duo bajito y para sí mismo, preocupado. Ceño fruncido porque los ojos de Heero lucen más azules que nunca y ha ganado musculatura.
Fastidiado en extremo porque la versión adulta de Heero es guapísima.
Además de un cansancio crónico, el otro gran problema es que Heero Yuy no ha estado presente en su vida en los últimos seis años.
Duo pestañea rápido y cuando Heero no desaparece, se soba los párpados y ahoga otro bostezo.
… Sí, sigue ahí. Heero sigue ahí.
Y no está solo.
—Apa.
—Heero —dice en automático.
—Duo.
Su voz es ligeramente más grave de lo que recuerda.
—¿Heero? —repite.
—Apa…
Como salido de sus mejores sueños y peores pesadillas, Heero Yuy está ahí en carne y hueso, cargando en brazos a una niña que no debe tener más de cuatro años, y que luce sus mismos ojos, el mismo tono chocolate de cabello.
Al entender que la realidad es esa, es imposible no sentir una marejada súbita de emociones que hace que aplaste un poco del vaso de papel, que, en consecuencia, algo de café le queme las manos, que Heero lo mire impaciente, que…
Sea demasiado.
—Necesito dormir —anuncia y se da media vuelta sin mirar atrás.
En vez de dirigirse de vuelta a donde está su equipo, va en línea recta hacia la salida de la central de Preventers a la vez que bebe a sorbos el café horrible. Los años no han pasado en vano y la herida en su corazón está cicatrizada… Entonces, ¿por qué el mundo se le remece tanto?
Es el efecto Heero Yuy, lo sabe bien.
Ese que jamás dejó ni dejará de agitarlo, y que solo estaba dormitado en tanto tiempo de ausencia.
Ese que, en ese mismo momento, lo obliga a escuchar sus latidos en los oídos y a refugiarse en su auto.
Cuando recibe una llamada de otro preventivo para preguntarle dónde se encuentra, inventa una mentira cualquiera, tranquilo porque lo más complicado del trabajo ya está, y arranca, huyendo de un fantasma del pasado que ha vuelto a atormentarlo.
