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Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2018-10-20
Completed:
2019-09-01
Words:
194,586
Chapters:
25/25
Comments:
3
Kudos:
44
Bookmarks:
6
Hits:
2,001

Segunda oportunidad

Summary:

Sinopsis: Cuando Emma sopló las velas de su 30 cumpleaños, jamás habría pensado recibir como regalo a un jovencito llamado Henry Mills y a su madre adoptiva en el umbral de su apartamento. Jamás habría imaginado que su vida se vería conmocionada para siempre en cuanto hubo abierto la puerta. Pero tampoco podía imaginarse lo que su vida habría sido si no lo hubiera hecho.

Chapter 1: ¡Sorpresa, sorpresa!

Chapter Text

 

 

Toc toc toc

Ella frunció el ceño tras haber soplado su vela de cumpleaños, sola, en su salón, como todos los años, tanto como su mente podía remontarse. Suspiró, ya hastiada por esa visita inesperada que iba a fastidiarle su velada de soltera. Velada que se disponía a pasar con Harry Potter y sus amigos. Recogió sus largos cabellos rubios en un torpe moño. Esa noche sería de sofá: pantalón de chándal, camiseta demasiado larga con el skyline de Nueva York.

Así que, cuando llamaron a la puerta, gruñó más por tener que moverse que por saber quién podía presentarse en su casa tan tarde. Entonces, cuando abrió la puerta y se dio de cara con un muchacho de unos diez años, frunció el ceño

—¿Es usted Emma Swan?

—Hm…¿Sí? ¿Y tú…eres?

—Me llamo Henry Mills, soy su hijo

La sangre de Emma se heló en sus venas y casi habría perdido el equilibrio, si no se hubiera agarrado a la puerta.

—¿Per…perdón?

—¡HENRY! ¡Henry Daniel Mills!

De repente, una voz ronca se escuchó y una silueta apareció doblando la esquina del pasillo, con apariencia amenazadora, con paso tan apresado como convincente. Una mujer, de unos treinta años, de cabellos oscuros cayendo sobre sus hombros en un impecable peinado. Llevaba puesto un impermeable gris antracita y tacones que desafiaban la gravedad.

Cuando llegó a su altura, agarró al joven y lo atrajo hacia ella, inclinándose sobre él

—¡Habrías podido esperarme!

—Lo siento. Pero tenía razón, es aquí— dijo todo orgulloso con una sonrisa

La bella rubia observó esa interacción con mirada curiosa, en silencio, quieta en el sitio. Apenas se dio cuenta de que la mujer que tenía delante le hablaba

—¿Miss Swan?

La joven despertó al escuchar su nombre

—Huh, sí, perdón, ¿decía?

—Decía que me disculpo por esta entrada en materia poco convencional. Mi hijo tiene una ligera tendencia a la insubordinación y a dejarse llevar.

Por reflejo, ella desvió su mirada hacia el muchacho que le ofreció una sonrisa crispada, acompañada de un movimiento de la mano.

—¡Hola!

—¡Henry!— la joven parecía tener la respiración entrecortada y estar ligeramente irritada. Cuando se giró de nuevo hacia la bella rubia, le tendió la mano —Deje que me presente: soy Regina Mills, la madre de Henry.

La joven frunció el ceño aún más mientras le apretaba la mano

—¿Su madre? Pero, acaba de decirme que…

—Quizás podríamos…hablar de esto en otro sitio que no sea el pasillo— sugirió Regina

—S…Sí, perdón…Emmma…Emma Swan

—Lo sé— sonrió Regina antes de aceptar la invitación a entrar de la joven mujer. Emma los guió hasta el sofá —¿Quieren beber algo?

—Oh, euh…¿un café si tiene?

—¡Un zumo!

—¡Henry!— le reprendió la joven

—Un zumo, por favor— refunfuñó el joven bajando la mirada

Emma se sintió incómoda, pero no dijo nada y desapareció en la cocina.

 

—Henry, tendrías que haberme esperado. No hay que asustarla.

—Lo sé, pero…Tenía prisa. Y además, no podemos esperar, ¿verdad?

—Cariño, tenemos que ir poco a poco

—Parece guay

Regina lanzó una ojeada a la silueta rubia a unos diez metros

—Si juzgamos por las apariencias, parece no haber tocado una ducha o un cepillo en un tiempo

—¡Mamá!

—Lo siento

Emma regresó con una bandeja sobre la que había un café, un zumo y algunos aperitivos dulces. Henry intentó coger uno, pero Regina lo refrenó en su ardor posando una mano sobre su rodilla. Él se echó entonces para atrás y desvió su mirada hacia su madre.

—¿Puedo? Por favor.

Ella le dio la autorización con un ligero movimiento de cabeza. Todo eso ante la mirada sorprendida de Emma. A continuación el silencio se instaló, rompiéndolo la misma Emma, sin poder aguantar más ante esa situación surrealista.

—Entonces…Este…este jovencito ha llegado y…— tragó saliva, nerviosa —Ha dicho que es mi…— la palabra se quedó atorada en su garganta como si no se lo creyera todavía

—Su hijo— confirmó Regina con una discreta sonrisa

—¿Él…decía la verdad?

Regina inspiró profundamente

—Sí

Fue como si una losa de plomo cayera sobre sus hombros, Emma no supo qué responder. Le faltaban las palabras y su cabeza daba vueltas, y se sintió mareada. Había pasado mucho tiempo…Doce años exactamente.

—¿Co…cómo…?

—Mi hijo tiene la mala costumbre de hurgar por todas partes. Hace dos años, hicimos obras en casa, y evidentemente tuvimos que mover cajas y encontró los papeles de adopción. Entonces le expliqué todo….

—Adopté a Henry en Boston cuando tenía tres semanas

—Yo…no sé qué decir…Evidentemente no esperaba esto…

—Lo imagino, y creo que podríamos haber hecho otra cosa para contactar con usted y no de esta forma tan directa y brutal. Pero Henry…— ella suspiró —Tenía miedo de que si la avisábamos de nuestra intención de conocerla, huyera.

Emma dejó escapar una risita nerviosa.

—Huir…He hecho eso durante una buena parte de mi vida— dijo ella como si hablara consigo misma. Después, se dio cuenta y alzó la mirada para ver a Regina y a Henry mirarla fijamente, como si esperaran el resto de la historia —Yo….¿cómo han conseguido mi dirección?— preguntó con la firme intención de cambiar de tema, cosa que comprendió enseguida Regina.

—Un detective privado

—Oh, por supuesto. Pero…¿Han tardado dos años para encontrarme?

—Más o menos— respondió Regina —Cuando estuvimos seguros, organizamos un viaje hasta Nueva York.

—¿Dónde viven? Si no es indiscreción

—Miss Swan, hemos aparecido en su casa sin avisar, poniendo patas arriba su cotidianidad, tiene todo el derecho a preguntarme también cosas. Somos de Maine

—¿De Maine?— Emma entonces sonrió —Qué coincidencia que después de todo no estén tan lejos de Nueva York

—Quizás sea el destino. Venimos de una pequeña ciudad costera, Storybrooke

—¿Storybrooke? ¿En serio?

—Sí, estamos acostumbrados— sonrió Regina —Soy la alcaldesa de esa pequeña ciudad desde hace algunos años ya—

—Wow…Alcaldesa—

—Y usted, ¡usted es policía! ¡Qué guay!— soltó Henry —¿Ya ha detenido a mucha gente? ¿Ya ha tenido que usar su arma? ¿Ha matado a alguien?

—Henry, stop

—Perdón, mamá

El entusiasmo del joven se apagó tan rápido como había llegado.

—Perdónelo. Durante todo el viaje no ha dejado de imaginarse su vida

—Ah…Y, ¿estás desilusionado?— dijo ella divertida

—No por el momento. Le había dicho a mi madre que sería bonita, no me he equivocado. ¿Tú lo confirmas?— dijo girándose hacia su madre

Regina se puso tensa y empalideció a ojos vista. Emma, de repente, se alegró por ese giro de tuerca en la situación. Se sorprendió por estar ella misma esperando la respuesta de la bella morena frente a ella.

—Bueno— cortó Regina —El fin de nuestra visita era…que Henry la conociera, porque él lo deseaba, además como la adopción no fue cerrada, pensamos que no estaría reticente a la idea de conocer un día a su hijo…entonces…aquí estamos

—Sí, yo…es una situación rara…

—Imagino que los dos tienen muchas cosas que decirse. Nos quedaremos algunos días en la ciudad, quizás puedan verse mañana u otro día

—Sí, es…con mucho gusto

—Tome— Regina sacó de su bolso una pequeña tarjeta —Aquí está mi teléfono. Llámeme cuando haya asimilado todo esto y desee saber más sobre Henry.

—Gra…Gracias—

 

—Es bastante tarde, podríamos haber llegado mucho antes, pero nos encontramos con un atasco a la entrada de la ciudad...

—No se justifique. Yo…Estaré feliz de volver a ver a Henry, ¿mañana?

—Por supuesto. Nos alojaremos en el Sheraton en Central Park Este.

—Bien. Tengo su número para lo que pase. Solo trabajo por la tarde, así que…¿Quizás podamos comer juntos?

—Henry, ¿qué piensas tú?

—¡Sí, me encantaría!

—Entonces, hecho. ¿Nos podemos encontrar en Main Square?

—Le enviaré una dirección de un sitio agradable donde podremos comer

—Muy bien. Le pido disculpas una vez más por la brutalidad del encuentro…

—No, no, ha sido…un regalo interesante—dijo irónica Emma

—¿Un regalo? ¿Es su cumpleaños?— dijo asombrado Henry

—Sí— respondió sencillamente la mujer —Nada excepcional

—¡Guay! ¡Entonces mañana lo celebraremos!

—Ya veremos, Henry. Buenas noches, Miss Swan

—Buenas noches, Miss Mills, buenas noches, Henry

Ella los acompañó hasta la puerta y Henry se dio la vuelta una última vez en el pasillo para hacerle un ligero signo de adiós a la bella rubia que vaciló antes de a su vez responderle, mientras que Regina ya había desaparecido doblando la esquina.

Cuando cerró la puerta de su apartamento, le pareció que toda su energía se la habían succionado. Se dejó caer, deslizándose por la puerta y de repente, las lágrimas comenzaron a aflorar sin que pudiera hacer nada. Y entre los sollozos, risas nerviosas se entremezclaron: doce años…Doce años y el pasado venía a golpearla en plena cara. Casi lo había olvidado…casi.

Entonces suspiró, mientras se golpeaba la cabeza con la madera de la puerta.

—Mierda….en serio…

Sorbió la nariz con más o menos, menos que más, elegancia e intentó poner las piezas de puzle en su lugar: doce años antes, había dado a luz un bebé, del que solo conocía su sexo, después lo había dado en adopción por razones complicadas. Había encadenado momentos muy duros durante un tiempo antes de coger el buen camino. Y finalmente, ahora que su vida comenzaba a tomar visos de normalidad, su hijo volvía a ella, poniendo patas arriba su día a día. Su hijo…Acompañado de una mujer tan carismática como impresionante e imponente. La mujer que había criado a su hijo. Sí, esa mujer en la que Emma a menudo había pensado: ¿era amable? ¿Criaba correctamente ella a su bebé? ¿Lo amaba como ella misma lo habría amado? ¿Antepondría ella su vida a la de ella misma, moriría por él?

Y para cada una de esas preguntas, la respuesta era positiva a pesar de lo poco que podía haber visto y juzgado los pocos minutos que había tenido delante a esa mujer. Alcaldesa de una pequeña ciudad, parecía tener una vida cómoda si se tenía en cuenta su traje elegante y la ropa de marca que vestía su hijo. Ella parecía un poco rígida, sobre todo en lo que concernía a las buenas maneras del chico…Pero quizás fuera ella la que era demasiado laxa, ella que, a veces, ponía por delante la piza a la comida sana, que a veces se quedaba en casa en pijama vegetando delante de la tele. Ella parecía ser todo lo contrario a esa Regina Mills.

Se sobresaltó cuando escuchó el timbre de su teléfono. En lugar de levantarse, se arrastró a cuatro patas hasta la mesa del centro y lo cogió. Cuando vio quién era en la pantalla, sonrió

—¿Sí?

 

El regreso en taxi fue silencioso entre Regina y su hijo. Este último miraba cómo desfilaba el paisaje ante sus ojos, una ciudad iluminada por miles de bombillas, de letreros…Nada que ver con la pequeña ciudad donde él había crecido, en la que el aire olía a sardinas, donde todo el mundo te conocía. En cambio esta era la ciudad del anonimato donde miles de personas se cruzaban cada día sin una mirada, sin unos buenos días…Una ciudad que definitivamente no iba con él, pero que sin embargo tenía algunos encantos como las decenas de restaurantes variados, esos edificios que eran completamente diferentes a las pequeñas casuchas al borde del mar.

—¿Henry? ¿Todo bien?

—Sí…cansado

Regina se mordió el labio inferior. Sabía que la prueba había sido dura para su hijo. Era aún muy pronto para que él comprendiera la situación en su totalidad: ¿por qué lo había dado ella en adopción? ¿Cómo era su vida sin él? ¿Pensaba ella a veces en lo que se habría convertido? ¿Tenía ella otros hijos?

Tantas cuestiones que ella sabía que estaban en la punta de los labios de su hijo, pero cada cosa a su tiempo. Habían tenido un primer contacto bastante cordial aunque todo pareciera provenir de otro mundo: todo parecía surrealista. Desde el día en que Regina había adoptado a Henry, siempre se había preguntado cómo sería esa mujer que había abandonado a su hijo. Siempre se había preguntado si él tenía rasgos comunes con su madre o con su padre biológicos. Siempre se había preguntado cómo habría sido la vida de su hijo si hubiera vivido con esa mujer. Había tenido dudas a lo largo de su vida: ¿hacía lo correcto con él? ¿No sería demasiado laxa? ¿Demasiado severa?

Después vinieron las cuestiones sobre la verdad: ¿Henry la rechazaría? ¿Preferiría quedarse con su verdadera madre? ¿Le echaría en cara haberle ocultado la verdad? Todas esas cuestiones resurgieron cuando su hijo se plantó delante de ella una mañana con un sobre en cuyo interior estaban los papeles de la adopción. A Regina nunca le gustó mentirle a su hijo y se había prometido a ella misma que cuando tuviera edad de comprender, le diría la verdad. Con las cosas a su favor, tuvo que cambiar su agenda.

La reacción de su hijo fue sorprendentemente serena y comprensiva. Sabía que Henry era mucho más maduro que los muchachitos de su edad. Y eso que a los diez años podría haberse tomado las cosas mucho peor, con más rebeldía. Pero definitivamente, solo llegó una cascada de preguntas cuyas contestaciones no estaban en los documentos dejados por Emma Swan. Más pasaba el tiempo y más ávido estaba Henry por conocer los detalles de su madre biológica: ¿se parecería a ella o a su padre? ¿Tendrían rasgos comunes? ¿Tenía él abuelos? ¿Tenía él orígenes cómo su madre adoptiva?

Pero Henry también había sido claro: en absoluto le echaba nada en cara a Regina. Ella le había dado todo su amor, le había dejado en claro que nada había sido mentira, que daría su vida por él, y él lo sabía. Nunca había llamado a Emma Swan su “verdadera” madre, pues para él ese rostro era el de Regina Mills.

Así que, unos meses después del descubrimiento, Regina pagó los servicios de un detective privado para que encontrara las huellas de esa mujer de la que en definitiva no conocía gran cosa: había dado a luz un pequeño bebé a los 18 años, originaria de Boston, vivía con sus padres en la época. Había dado a luz sola. No había dejado ninguna nota en caso de que su hijo quisiera un día conocerla, pero había dejado la adopción abierta, lo que podría permitirle encontrarla.

Evidentemente, en el momento en que ella volvió a abrir esa carpeta, habían pasado diez años y la información estaba casi toda obsoleta. Y ahí entraban en juego las competencias del detective. Tras una larga investigación que había durado semanas y meses, llegó una mañana, y Regina se acordaría de eso toda su vida.

Llamó a las 10:13 de la mañana, un sábado. Henry jugaba en su habitación tras un copioso desayuno como le gustaba preparárselo Regina los fines de semana. Cuando ella abrió la puerta, su corazón se saltó un latido. En su mano, él sostenía un ancho y apaisado sobre marrón, que contenía claramente la vida de cierta mujer.

Cuando él se marchó, Regina se quedó un tiempo sola en su despacho, mirando ese sobre, sin abrirlo. Después, tras una larga inspiración, lo abrió y sacó una pila de información, datos concernientes a Emma Swan: dónde vivía, su trabajo, sus costumbres, sus conocidos…Y esa misma tarde, ella informó a Henry de sus hallazgos y de repente, se encontraron ante un dilema: ahora que tenían toda la información, ¿podían permitirse invadir la vida de esa mujer?

Fue Henry quien decidió que sí, necesitaba conocerla, hacerle preguntas, escuchar las respuestas…

Y cuando el taxi se detuvo delante del hotel, Regina tuvo que despertar a su hijo que dormitó hasta el ascensor, y después hasta la puerta de su habitación. Dejó caer su cuerpo en la cama y a Regina le costó un ojo de la cara convencerlo para que se quitara la ropa antes de meterse bajo las sábanas.

En cuanto a Regina, no concilió el sueño, al menos no tan deprisa. Volvió a darle vueltas al encuentro con esa mujer, la que había dado a luz  a su hijo, al amor de su vida. Pensaba en cómo sería de ahora en adelante: ¿se apegaría Henry a Emma? Y ella, ¿hallaría ella algo de conexión con él? Se masajeó las sienes que le estallaban y suspiró pesadamente…Sí, no podía ser de otra manera, se trataba de Henry Mills.