Chapter Text
Izu y yo nos dirigíamos en silencio hacia la clase de Biología. Pasamos por delante de Tsuyu Asui, que se había quedado rezagada discutiendo un trabajo con un chico de su clase de Trigonometría. Analicé sus pensamientos por encima, esperando sentirme decepcionado una vez más, pero me vi sorprendido por su tono melancólico.
Ah, así que sí que había algo que Tsuyu quería.
Desgraciadamente, no era algo que yo pudiera regalarle.
Sentí un consuelo extraño durante un breve momento mientras oí los fútiles anhelos de Tsuyu. Me atravesó una sensación de afinidad, y, en ese segundo, estuve en consonancia con la amable humana.
Fue extrañamente reconfortante saber que no era el único ser que estaba viviendo una trágica historia de amor. El desamor estaba en todas partes.
Inmediatamente después, me invadió una ira repentina. Porque la historia de Tsuyu no tenía por qué ser trágica. Ella era humana, y él era humano, y esos obstáculos insalvables de su mente eran totalmente ridículos comparados con los míos. No tenía motivos para tener el corazón roto. Qué congoja tan desperdiciada. ¿Por qué esta historia no debería tener un final feliz?
Quería hacerle un regalo... Pues bien, le daría lo que quería. Conociendo como conocía la naturaleza humana, probablemente ni siquiera me resultaría difícil. Examiné los pensamientos del chico que estaba a su lado, el objeto de sus deseos, y no parecía reacio. Estaba simple y llanamente bloqueado por las mismas razones que ella.
Lo único que tenía que hacer yo era sembrar la idea en sus cabezas.
El plan se elaboró fácilmente; la historia se escribía sola sin ningún esfuerzo por mi parte. Necesitaría la ayuda de Eijiro..., solo que conseguir que me ayudara con esto sería lo único realmente difícil. La naturaleza humana era mucho más fácil de manipular que la naturaleza inmortal.
Me complació mi solución, el regalo que le haría a Tsuyu. Fue una agradable manera de no pensar en mis propios problemas. Ojalá los míos se arreglaran con tanta facilidad.
El humor me cambió ligeramente a mejor en cuanto Izu y yo ocupamos nuestros sitios. Quizá debería ser más positivo. Quizá había alguna solución para nosotros que se me escapaba, del mismo modo en el que a Tsuyu le había resultado invisible la suya, tan obvia. No era muy probable..., pero ¿por qué desperdiciar el tiempo con la desesperanza? No había tiempo que perder cuando estaba con Izu. Cada segundo contaba.
El señor Banner entró arrastrando un reproductor de vídeo y una tele un tanto arcaicos. Se iba a saltar toda una sección en la que no estaba muy interesado que digamos —las enfermedades genéticas— poniéndonos una película los tres días siguientes. El aceite de la vida no era una obra alegre, pero eso no impidió que los alumnos estuviesen encantados. No había que tomar apuntes ni habría examen. Los humanos se regocijaron.
A mí nada de eso me importaba, de todas formas. No había planeado prestarle atención a nada que no fuese Izuku.
Hoy no alejé mi silla de la suya para poder respirar. Al contrario, me senté cerca de el, como lo haría cualquier humano. Más cerca de lo que nos sentábamos en mi coche, lo suficientemente cerca como para que el lado izquierdo de mi cuerpo se sintiese envuelto por el calor de su piel. Sentía unas pequeñas llamas aparecer entre mis dedos, señal de que mi cuerpo reaccionaba a su compañero.
Era una sensación extraña, agradable y ansiosa a la vez, pero prefería estar así a sentarme al otro lado de la mesa. Era más de a lo que yo estaba acostumbrado y, aun así, me di cuenta rápidamente de que no me bastaba. No estaba satisfecho. Estar tan cerca de el solo me hacía desear estar más cerca todavía. Nunca estaría satisfecho, siempre querría más de el.
Lo había acusado de ser un imán para el peligro. Ahora mismo, parecía como si aquella fuese la única verdad. Yo era el peligro, y, con cada centímetro que me permitía a mí mismo acercarme a el, su atracción era más y más fuerte.
Entonces el señor Banner apagó las luces.
No me esperaba la gran diferencia que supuso aquel detalle, teniendo en cuenta que la falta de luz apenas significaba algo para mi vista. Aún podía ver igual de bien que antes. Cada detalle de la clase estaba claro.
Así que ¿de dónde venía la repentina descarga eléctrica que había en el aire? ¿Se debía a que sabía que yo era el único que podía ver con claridad? ¿Que tanto Izuku como yo éramos invisibles para el resto? Como si estuviésemos solos, únicamente los dos, escondidos en la clase a oscuras, sentados tan cerca el uno al lado del otro.
Mi mano se movió en su dirección sin que yo le diera permiso. Solo para tocar su mano, para sostenerla en la oscuridad. ¿Tan terrible error sería? Si mi piel lo molestaba, solo tendría que apartarla.
Retiré la mano, crucé los brazos con fuerza contra mi pecho y apreté los puños. Ningún error; me lo había prometido a mí mismo. Si sostenía su mano, solo querría más: otro roce insignificante, otro movimiento para estar más cerca de el. Lo sentía. Un nuevo tipo de deseo crecía en mi interior, luchando contra mi autocontrol.
Ningún error.
Izu cruzó los brazos firmemente contra su pecho, con los puños cerrados. Exactamente igual que yo.
¿En qué piensas? Me moría por susurrarle la pregunta, pero la habitación estaba demasiado silenciosa como para ocultar incluso una charla en susurros.
La película empezó, iluminando solo un poco la oscuridad. Izuku me miró. Notó la postura rígida de mi cuerpo —exactamente igual a la suya— y sonrió. Sus labios se abrieron suavemente y sus ojos parecieron llenarse de invitaciones placenteras. Por amor a su vida, no volvería a ver nada verde sin pensar en esas joyas que tenía como orbes.
O quizá yo veía lo que quería ver.
Le devolví la sonrisa. Recuperó el aliento con un suspiro y apartó la mirada rápidamente.
Eso lo empeoró. No sabía lo que pensaba, pero de repente supe que antes había estado en lo cierto, que el quería que yo lo tocara. Había sentido aquel peligroso deseo igual que lo había sentido yo.
La electricidad zumbaba entre su cuerpo y el mío.
No se movió en toda la hora, manteniendo su postura controlada y rígida; yo mantuve la mía. De vez en cuando me lanzaba una mirada de soslayo, y el zumbido de la corriente me atravesaba con una sacudida repentina.
Pasó la hora... lentamente y, sin embargo, no lo suficientemente despacio. Todo esto era tan nuevo que podría haber permanecido sentado así con el días enteros, solo para experimentar aquella sensación en toda su plenitud.
Me debatí de doce maneras diferentes contra mí mismo mientras pasaban los minutos, luchando racionalmente contra el deseo.
Por fin, el señor Banner encendió de nuevo la luz.
Bajo el brillo de los fluorescentes, el aire de la clase volvió a la normalidad. Izu suspiró y se estiró, flexionando los dedos delante de el. Mantener aquella posición durante tanto tiempo debía de haberle resultado incómodo. Para mí era más fácil: la quietud me salía de forma natural.
Reí al ver la expresión de alivio en su rostro.
—Bien, ha sido interesante.
—Mmm —murmuró, entendiendo claramente a qué me refería yo, pero sin hacer ningún comentario. Qué no daría yo por oír lo que estaba pensando en aquel preciso instante.
Suspiré. Por mucho que lo deseara, no serviría de ayuda.
—¿Nos vamos? —pregunté, al tiempo que me levantaba.
Hizo una mueca y se puso en pie torpemente, con las manos extendidas como si tuviese miedo de caerse.
Podía ofrecerle mi mano. O podía poner la mano debajo de su codo —solo ligeramente— y sujetarlo. Seguramente eso no sería una infracción atroz.
Ningún error.
Mientras andábamos hacia el gimnasio, Izuku permaneció muy callado. Tenía los labios fruncidos y murmuraba en silencio, señal evidente de que estaba absorto en sus pensamientos. Yo también estaba absorto en los míos.
Un roce de mi piel no le haría daño, afirmaba la parte egoísta de mi ser.
Podía moderar fácilmente la presión de mi mano. No sería precisamente difícil. Mi sentido del tacto estaba mejor desarrollado que el de un humano: podía hacer juegos malabares con doce bolas de cristal sin romper ninguna; podía acariciar una pompa de jabón sin hacerla estallar. Siempre y cuando pudiese controlarme con firmeza a mí mismo.
Izuku era como una pompa de jabón: frágil y efímera. Temporal.
¿Durante cuánto tiempo podría justificar mi presencia en su vida?
¿De cuánto tiempo disponíamos? ¿Volvería a tener otra oportunidad como esta, como este momento, como este segundo? No siempre estaría al alcance de mi mano.
Izu se giró para mirarme en la puerta del gimnasio y abrió mucho los ojos ante la expresión de mi rostro. No habló. Me fijé en mi reflejo en sus ojos y vi el conflicto que rugía en los míos. Observé cómo cambiaba mi semblante cuando la mejor parte de mí perdió la batalla.
Mi mano se elevó sin recibir una orden consciente para hacerlo. Suavemente, como si Izuku estuviese hecho del cristal más fino, como si fuese igual de frágil que la pompa que había imaginado, mis dedos acariciaron la cálida piel que le cubría los pómulos cubiertos de estrellas. Se calentó bajo mi tacto, y pude sentir el ritmo de la sangre acelerándose bajo su piel translúcida.
Basta, ordené, aunque mi mano suspiraba por acoplarse a la forma de su rostro. Basta.
Fue difícil retirar la mano, obligarme a mí mismo a no acercarme aún más a el. Mil posibilidades distintas recorrieron mi mente en un instante... Mil maneras distintas de tocarlo. La punta de mis dedos recorriendo la forma de sus labios. Mi mano sosteniendo su barbilla. Quitándole los rizos de su frente y dejando que enmarcaron su redondeado rostro. Mis brazos rodeándolo por la cintura, sujetándolo contra mi cuerpo.
Basta.
Me obligué a girarme, a alejarme de el. Mi cuerpo se movió con rigidez... sin quererlo.
Dejé que mi mente se quedara atrás para observarlo mientras yo me alejaba rápidamente, casi huyendo de la tentación. Oí los pensamientos de Tuoya Himura —eran los más sonoros— mientras miraba cómo Izuku pasaba delante de él sin reparar en su presencia, con los ojos perdidos y las mejillas sonrojadas. Frunció el ceño y de repente mi nombre se mezcló con una serie de insultos en su cabeza. No pude evitar sonreír levemente ante eso.
La mano me hormigueaba. La flexioné y luego la cerré en un puño, pero seguía punzándome sin dolor.
No, no lo había herido..., pero, aun así, tocarlo había sido un error.
Sentía que unas brasas ardían en mi interior, como si una versión apagada de mi sedienta quemazón se hubiese extendido por todo mi cuerpo.
La próxima vez que me acercara a el, ¿sería de nuevo capaz de refrenar mis impulsos de tocarlo? Y si lo tocara una vez más, ¿sería capaz de detenerme ahí?
Ni un error más. Eso era todo. Saborea el recuerdo, Shoto, me dije tristemente a mí mismo, y guárdate tus manos para ti. Era eso, o tendría que obligarme a partir... de alguna manera. No me podía permitir estar cerca de el si no lograba dejar de cometer errores.
Respiré profundamente y traté de poner en orden mis pensamientos.
Eijiro me alcanzó fuera del edificio de Lengua.
—Eh, Shotobro. —Tiene mejor aspecto. Extraño, pero mejor. Feliz.
—Eh, Ei. —¿Parecía feliz? Supuse que, a pesar del caos en mi cabeza, sentía algo parecido a la felicidad.
Vaya forma más sutil tienes de cerrar el pico, bro. Katsuki te va a arrancar la lengua.
Suspiré.
—Lamento que tengáis que haber lidiado con ello por mi culpa.
¿Estáis enfadados conmigo?
—Nah. A Blasty se le pasará. Iba a suceder antes o después. —
Con lo que Ochako ha visto venir...
En aquel momento, no quería pensar en las visiones de Ochako.
Miré hacia delante, con los dientes muy apretados.
Mientras buscaba algo para distraer mi atención, vi a Tokoyami Cheney entrar en la clase de Español por delante de nosotros. Ah... Esta era mi oportunidad para darle a Tsuyu Asui mi regalo.
Detuve mi paso y agarré a Kirishima del brazo.
—Espera un segundo.
¿Qué pasa?
—Sé que no lo merezco, pero ¿me harías un favor igualmente?
—¿Qué favor? —preguntó con curiosidad.
Hablando en voz muy baja, y a una velocidad que habría hecho ininteligibles mis palabras a cualquier humano, le expliqué lo que quería.
Me miró detenidamente cuando acabé, con la mente tan en blanco como su rostro.
—¿Y bien? —pregunté—. ¿Me ayudarás a hacerlo? Tardó un minuto en contestar.
—Pero ¿por qué?
—Venga, Ei. ¿Y por qué no?
¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Todobro?
—¿Acaso no eres tú el que se queja de que en el colegio todo es siempre igual? Pues esto es algo distinto, ¿no? Míralo como un experimento... Un experimento sobre el comportamiento humano, haciendo algo masculino.
Me miró de nuevo antes de ceder.
—Bueno, sí que es distinto, lo admito. Bien, vale. —Eijiro resopló y luego se encogió de hombros—. Te ayudaré.
Le sonreí, más entusiasmado con mi plan ahora que contaba con él. Katsuki era una lata, pero siempre le estaría agradecido por haber elegido a Eijiro; nadie tenía un hermano mejor que el mío.
Eijiro no necesitó practicar. Le susurré entre dientes las frases que tenía que decir según entrábamos en clase.
Tokoyami ya estaba en su sitio, detrás de mí, sacando sus deberes. Eijiro y yo nos sentamos e hicimos lo mismo. La clase aún no estaba en silencio; el murmullo de las tenues charlas continuó hasta que la señora Goff nos llamó la atención. No tenía prisa alguna y estaba corrigiendo los exámenes de la clase anterior.
—Así que —dijo Eijiro con un tono de voz más elevado del necesario—... ¿ya le has pedido salir a Tsuyu Asui?
El sonido del papeleo a mi espalda se detuvo de golpe y Fumikage se quedó de piedra, con su atención súbitamente centrada en nuestra charla.
¿Tsuyu? ¿Están hablando de Tsuyu?
Perfecto. Había captado su interés.
—No —dije, moviendo la cabeza lentamente para parecer arrepentido.
—¿Por qué no? —improvisó Eijiro—. ¿Falta de valor, quizá? Eso no es muy masculino bro—Lo miré frunciendo el ceño.
—No. Es que oí que estaba interesada en otra persona.
¿Shoto Todoroki le iba a pedir a Tsuyu que saliese con él? Pero... no... Eso no me gusta. No quiero que se acerque a ella. Él no es... bueno para ella. No es... seguro.
No había previsto esa caballerosidad ni su instinto protector. Más bien había esperado celos por su parte. Pero también podía trabajar con esto.
—¿Y vas a dejar que eso te detenga? —preguntó Eijiro en tono socarrón, improvisando de nuevo—. ¿No vas a luchar por ella?
Le dediqué una mirada furibunda, pero aproveché sus palabras.
—Mira, creo que le gusta mucho ese tal Tokoyami no se que. No voy a intentar convencerla. Hay más chicas... o chicos— No pude evitar decirlo, quería que todos supieran que yo ya tenía una persona a la cual adorar y respetar.
La reacción en la silla de detrás de mí fue eléctrica.
—¿Quién? —preguntó Eijiro volviendo al guion.
—Mi compañero de laboratorio dijo que era un chico llamado Tokoyami. No sé quién es.
Reprimí la sonrisa. Solo a los altivos Todoroki les podía salir bien fingir que no conocían a todos los estudiantes de esta diminuta escuela.
A Tokoyami le daba vueltas la cabeza de la impresión. ¿Yo? ¿Por delante de Shōto Todoroki? Pero ¿por qué iba a gustarle yo?
—Shoto —murmuró Eijiro en un tono más bajo, desviando la mirada hacia el chico—. Está justo detrás de ti —dijo moviendo los labios, para que el humano pudiese leer sin problemas las palabras.
—Oh —murmuré yo.
Me giré en la silla y le eché una mirada al chico sentado detrás de mí. Durante un segundo, aquellos ojos negros detrás de las gafas reflejaron miedo, pero luego se enderezó y cuadró los hombros, ofendido ante mi escrutinio tan despectivo y descarado. Alzó la barbilla y un arrebato de enfado le oscureció su piel pálida, sus cabellos azabaches se corrieron.
—Ajá —dije arrogante mientras me giraba de nuevo hacia Eijiro.
Piensa que es mejor que yo. Pero Tsuyu no lo piensa. Se lo demostraré...
Perfecto.
—Pero ¿no dijiste que Tsuyu iba a ir al baile con Denki? — preguntó Eijiro, y resopló al pronunciar el nombre del chico al que muchos menospreciaban por su torpeza y estar siempre lleno de estática.
—Por lo visto, fue una decisión de grupo. —Quería asegurarme de que Tokoyami tuviese esto muy claro—. Tsuyu es tímida. Si To..., bueno, si un chico no es lo bastante valiente como para pedirle que salga con él, ella nunca se lo pediría a él.
—A ti te gustan las personas tímidas —dijo Eijiro, volviendo a improvisar.
Chicos tímidos. Chicos como... Mmm... No sé, ¿Izuku Midoriya, quizá?
Le sonreí abiertamente.
—Exacto. —Luego volví a retomar mi papel—. A lo mejor Tsuyu se cansa de esperar. Puede que le pida que vaya al baile conmigo.
No, no lo harás, pensó Tokoyami, irguiéndose en la silla. ¿Y qué si es más alta que yo? Si a ella no le importa, entonces a mí tampoco. Es la chica más simpática, lista y guapa de este colegio... y me quiere a mí.
Me gustaba este Tokoyami. Tenía pinta de ser brillante y con buenas intenciones. Quizá hasta merecedor de estar con una chica como Tsuyu.
Levanté los pulgares por debajo de la mesa para que lo viera Kirishima al tiempo que la señora Goff se ponía en pie y saludaba a la clase.
Vale, lo reconozco... Ha sido un poco divertido, pensó Eijiro.
Sonreí para mis adentros, encantado de haber podido darle forma a una historia de amor. Estaba seguro de que Tokoyami cumpliría y Tsuyu recibiría mi regalo anónimo. Mi deuda estaba saldada.
Qué necios, los humanos; eran capaces de permitir que una diferencia de altura de quince centímetros se interpusiera en su felicidad.
Mi logro me puso de buen humor. Volví a sonreír cuando me acomodé en mi silla, preparado para el espectáculo. Después de todo, tal y como Izu me había dicho a la hora de comer, nunca lo había visto en acción en clase de gimnasia.
Los pensamientos de Tuoya eran los más fáciles de localizar en el batiburrillo de voces que invadía el gimnasio. Me había familiarizado demasiado con su mente durante las últimas semanas. Suspirando, me resigné a tener que escuchar a través de él. Al menos podía estar seguro de que el chico estaría pendiente de Izu.
Llegué justo a tiempo de oír cómo le pedía a Izuku que fuera su pareja de bádminton; cuando se lo ofreció, se le pasaron por la cabeza otro tipo de emparejamientos con el. Se desvaneció mi sonrisa, apreté los dientes y me tuve que recordar a mí mismo que matar a Tuoya Himura seguía sin estar permitido.
—Gracias, Tuoya, no tienes por qué hacerlo, ya lo sabes.
—No te preocupes, me mantendré lejos de tu camino.
Izu le dedicó una amplia sonrisa, y destellos de muchos accidentes, siempre relacionados con Izuku de un modo u otro, parpadearon en la cabeza de Tuoya.
Al principio, Tuoya jugó solo, mientras Izuku titubeaba en la mitad trasera de la pista, sujetando la raqueta con mucho cuidado, como si fuese a explotar si la movía con demasiado ahínco. Después el entrenador Clapp se acercó y le ordenó a Tuoya que dejara jugar a Deku.
Oh, oh, pensó Tuoya cuando el se adelantó con un suspiro, sujetando la raqueta en un ángulo raro.
Ericka Uzumaki sacó la pluma directamente hacia mi Izu, con un giro petulante en sus pensamientos. Tuoya vio a Izuku tambalearse hacia él, balanceando la raqueta a varios metros de su objetivo, y corrió para intentar salvar el punto.
Miré alarmado la trayectoria de la raqueta de Izu. Efectivamente, golpeó la tensa red y rebotó contra el; impactó contra la frente de Izuku antes de girarse y golpear a Tuoya en el brazo con un sonoro clonc.
Au. Au. Ains. Me va a salir un buen moratón.
Izuku se estaba masajeando la frente, sus 49 pecas que tenia ahí se acentuaban y el retenia unas ligeras lagrimas. No me resultaba fácil quedarme en mi silla sabiendo que estaba herido. Pero ¿qué podía hacer, aunque estuviese ahí con el? Y no parecía nada serio. Dudé mientras observaba.
El entrenador se rio.
—Lo siento, Himura. —Ese chico es el peor gafe que he visto en mi vida. No debería imponérselo a los demás.
Volvió la espalda deliberadamente y se fue a mirar otro juego para que Izuku pudiese retomar su anterior rol de mera espectador.
Au, pensó de nuevo Tuoya, masajeándose el brazo. Se volvió hacia Izuku.
—¿Estás bien?
—Sí. ¿Y tú? —preguntó el tímidamente.
—Creo que lo superaré. —No quiero quedar como un cobardica, pero, colega, ¡cómo duele!
Tuoya empezó a mover el brazo en círculos, con una mueca de dolor.
—Me quedaré aquí detrás —dijo Izu, exhibiendo más vergüenza que dolor en su rostro. A lo mejor Tuoya se había llevado la peor parte. Sin duda deseé que así fuera. Al menos Izu ya no jugaba. Sujetaba la raqueta con muchísimo cuidado detrás de la espalda, con una expresión de remordimiento absoluto... Tuve que ponerme a toser para disimular la risa.
¿De qué te ríes?, quiso saber Eijiro.
—Luego te lo cuento —murmuré.
Izuku no se arriesgó a volver a jugar. El entrenador la ignoró y dejó que Tuoya jugara solo.
Hice el examen con los ojos cerrados al terminar la hora y la señora Goff me dejó salir antes. Según caminaba por el campus, escuchaba a Tuoya con atención.
Toga me juró que están saliendo. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que elegirlo a el?
Tuoya no era consciente de que en realidad lo que había pasado era... que el me había elegido a mí.
—Así...
—Así... ¿qué? —preguntó Izuku.
—Tú y Todoroki, ¿eh? —Tú y el bicho raro ese. Bueno, si para ti un tío con pasta es lo importante...
Apreté los dientes ante semejante suposición.
—No es de tu incumbencia, Dabi.
Está a la defensiva. O sea, que es cierto. Mierda.
—No me gusta.
—No tiene por qué —le contestó Izu secamente.
¿Por qué no es capaz de ver la atracción de circo que es Shoto? Como todos ellos. El modo en que lo observa. Me da escalofríos con solo mirarlo.
—Te mira como si... Te mira como si fueras comestible.
Me encogí, esperando su respuesta.
Se puso rojo como la grana, pero su imagen solo era comparable con una fresa y apretó los labios como si estuviese aguantando la respiración. Y, luego, de repente, se le escapó una risa tonta.
Qué bien. Ahora se ríe de mí.
Tuoya se dio la vuelta, con la mente esquiva, y se alejó hacia los vestuarios.
Me apoyé en la pared del gimnasio e intenté calmarme.
¿Cómo había podido reírse de la recriminación que le había hecho Tuoya? Había dado tan en el blanco que empecé a preocuparme de que todo Forks también estuviese al tanto. ¿Por qué se había reído cuando él había sugerido que yo era capaz de matarlo, cuando el sabía perfectamente que era la pura verdad?
¿Qué demonios le pasaba a Deku?
¿Acaso tenía un sentido del humor morboso? Aquello no me cuadraba en absoluto con la noción que tenía yo de su carácter, pero ¿cómo podía estar seguro? O puede que mi idea del ángel insensato fuera real en cierto sentido: Izuku no sentía miedo. Valiente. Esa era una palabra para describirlo. Otros dirían que estúpido, pero yo sabía lo brillante que era. Sin importar el motivo,
¿era esta extraña ausencia de miedo por su parte lo que lo ponía en peligro constantemente? A lo mejor siempre necesitaría que yo estuviese con el.
Y así fue como mejoró mi ánimo.
Si pudiese ser más disciplinado, convertirme en alguien seguro, entonces sí que cabía la posibilidad de que estar cerca de el fuese lo correcto.
Cuando cruzó las puertas del gimnasio, tenía los hombros rígidos y se estaba apretando otra vez el labio inferior con sus dedos, murmuraba sin emitir sonido. Un claro signo de ansiedad. Pero, en cuanto nuestras miradas se encontraron, se relajó y una amplia sonrisa se extendió por su rostro. Era un gesto extrañamente tranquilo. Caminó hasta mí sin dudarlo, y solo paró cuando estuvo tan cerca que el calor de su cuerpo cayó sobre mí como una ola.
—Hola —murmuró.
La felicidad que sentí en aquel momento no tenía, una vez más, precedentes.
—Hola —dije, y después, como estaba de tan buen humor que no podía resistirme a tomarle un poco el pelo, añadí—: ¿Cómo te ha ido en gimnasia?
Le vaciló la sonrisa.
—Bien.
Mentía muy mal.
—¿De verdad? —pregunté, a punto de insistir más en el tema; aún estaba preocupado por su cabeza, ¿le dolía? Pero entonces, los pensamientos de Tuoya Himura se hicieron tan sonoros que perdí la concentración.
Lo odio. Ojalá se muriese. Espero que se despeñe por un acantilado con ese coche tan reluciente que tiene. ¿Por qué no puede dejarlo en paz y punto? Limitarse a los de su propia especie... A los monstruos.
—¿Qué pasa? —preguntó Izuku.
Volví a centrarme en su rostro. Miró cómo se alejaba Tuoya, y luego a mí de nuevo.
—Himura me saca de mis casillas —admití.
Se quedó con la boca abierta y su sonrisa se desvaneció. Debía de haber olvidado que yo tenía las capacidades necesarias para haberlo observado durante su desastrosa última clase, o quizá había esperado que no las utilizara.
—¿No habrás estado escuchando otra vez?
—¿Cómo va esa cabeza?
—¡Eres increíble! —dijo entre dientes, y luego se alejó caminando furioso hacia el aparcamiento. Su piel se había puesto colorada. Estaba avergonzado.
Lo alcancé y me puse a caminar con el, deseando que se le pasara pronto el enfado. Solía perdonarme rápidamente.
—Has sido tú quien ha mencionado que nunca te había visto en clase de gimnasia —le expliqué—. Eso ha despertado mi curiosidad.
No me contestó. Arqueó las cejas.
Se detuvo de golpe en el aparcamiento cuando vio que el camino hasta mi coche estaba siendo bloqueado por una multitud de estudiantes, en su mayoría chicos.
Me pregunto a qué velocidad han puesto este trasto.
Mira ese cambio de marchas SMG. No lo había visto más que en las revistas.
¡Menudas rejillas laterales!
Ojalá me sobraran sesenta mil dólares...
Este era precisamente el motivo por el que era mejor que Katsuki solo usara su coche fuera del pueblo.
Me abrí paso a través de aquellos chicos lujuriosos hasta llegar a mi propio coche. Después de dudarlo un segundo, Izu me siguió.
—Ostentoso —murmuré cuando subió a mi lado.
—¿Qué tipo de coche es ese? —preguntó.
—Un M3.
Frunció el ceño.
—No hablo la jerga de Car and Driver.
—Es un BMW. —Puse los ojos en blanco y luego me concentré en no atropellar a nadie mientras echaba marcha atrás. Tuve que mirar fijamente a varios chicos que no parecían estar dispuestos a moverse ni un ápice. Medio segundo sosteniendo sus miradas fue suficiente para persuadirlos.
—¿Sigues enfadado? —le pregunté. Ya no tenía el entrecejo tan fruncido.
—Muchísimo —contestó bruscamente.
Suspiré. A lo mejor no debería haber sacado el tema. Paciencia.
Podía intentar arreglarlo, supuse.
—¿Me perdonarás si te pido disculpas? —Se lo pensó un momento.
—Puede... Si te disculpas de corazón —decidió— y si prometes no hacerlo otra vez.
No tenía intención alguna de mentirle, pero tampoco pensaba, ni por asomo, acceder a esa petición. A lo mejor le podía hacer una contraoferta.
—¿Qué te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte conducir el sábado? —Me estremecí solo de pensarlo.
Volvió a fruncir el ceño mientras le daba vueltas al nuevo pacto.
—Hecho —dijo después de pensárselo un momento.
Y ahora debía disculparme... Nunca antes había intentado deslumbrar a Izuku a propósito, pero este parecía un buen momento. Lo miré fijamente a los ojos mientras me alejaba conduciendo del colegio, preguntándome si estaba haciéndolo bien. Usé el tono de voz más persuasivo que tenía.
—Entonces, lamento haberte molestado.
El pulso le latía mucho más fuerte que antes, y el ritmo pasó a ser un brusco staccato. Tenía los ojos como platos. Estaba aturdido.
Sonreí un poco. Parecía que había funcionado. Por supuesto, a mí también me estaba costando apartar la mirada de sus ojos. Estaba igual de deslumbrado que el. Agradecí conocer de memoria aquella carretera.
—A primera hora de la mañana del sábado estaré en el umbral de tu puerta —añadí para cerrar el trato.
Parpadeó suavemente, moviendo la cabeza como si quisiera despejarla.
—Mmm —dijo—. Que, sin razón alguna, un Volvo se quede aparcado enfrente de mi casa no me va a ser de mucha ayuda con Hizashi.
Ah, qué poco sabía todavía de mí.
—No tengo intención de llevar el coche.
—¿Cómo...? —empezó a preguntar.
Lo interrumpí. La respuesta solo serviría para generar otra ronda de preguntas.
—No te preocupes. Estaré ahí sin coche.
Echó la cabeza a un lado y por un instante pareció que iba a pedirme más explicaciones, pero luego cambió de idea, aparentemente.
—¿Ya es «más tarde»? —preguntó, haciéndome recordar la charla que habíamos dejado a medias en la cafetería.
Debería haber respondido a su otra pregunta. Esta era mucho menos apetecible.
—Supongo que sí —accedí reacio.
Aparqué enfrente de su casa, tenso, intentando pensar cómo explicárselo... sin que se notase mucho mi naturaleza monstruosa, sin volverlo a asustar. ¿O acaso era un error intentar disimular mi oscuridad?
Izu esperaba con la misma expresión de interés que, por cortesía, había tenido durante la comida. Si yo no hubiese estado tan nervioso, me habría puesto a reír ante su ridícula tranquilidad.
—Y aún quieres saber por qué no puedes verme cazar, ¿no? —le pregunté.
—Bueno, sobre todo me preguntaba el motivo de tu reacción — dijo.
—¿Te he asustado? —pregunté, seguro de que me diría que no.
—No. —Qué gran mentira.
Intenté no sonreír, pero no fui capaz.
—Lamento haberte asustado. —Y entonces mi sonrisa desapareció, al igual que el momentáneo buen humor—. Ha sido solo la simple idea de que estuvieras allí mientras cazábamos.
—¿Estaría mal?
La imagen que se creó en mi cabeza fue demasiado: Izu, tan vulnerable en aquella oscuridad vacía; yo, fuera de control... Intenté borrarla de mi mente.
—En grado sumo.
—¿Por...?
Respiré hondo, concentrándome un segundo en aquella sed que me abrasaba. Sintiéndola, gestionándola, demostrándole que podía controlarla. Nunca me volvería a dominar... Quise que fuese cierto. Yo lograría ser alguien seguro para el. Miré hacia las nubes sin verlas realmente, deseando creer que mi determinación sería suficiente si, en plena caza, me llegaba el aroma de Izu.
—Nos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando cazamos —le conté, midiendo cada palabra antes de hablar—. Nos regimos menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del olfato. Si estuvieras en cualquier lugar cercano cuando pierdo el control de esa manera...
Sacudí la cabeza, agonizando ante la idea de que sin duda eso sería lo que pasaría, no lo que «podría» llegar a pasar.
Escuché el incremento de sus latidos, y luego me giré, inquieto, a leer sus ojos.
La cara de Izuku estaba serena, pero su mirada era grave. Tenía ligeramente fruncidos los labios en lo que me pareció un gesto de preocupación. Pero ¿preocupado por qué? ¿Por su propia seguridad? ¿Existía la esperanza de que finalmente pudiese haberle hecho entender la realidad tal y como era? Seguí mirándolo, intentando convertir su expresión ambigua en algo certero.
Me devolvió la mirada. Sus ojos se abrieron después de un momento y se le dilataron las pupilas, aunque la luz no había variado.
Se me aceleró la respiración, y de repente el silencio del coche parecía zumbar, tal y como había pasado en la oscuridad de la clase de Biología esta misma tarde. La corriente eléctrica fluía entre nosotros una vez más, y mi deseo por tocarlo fue, brevemente, más fuerte incluso que mi sed de el.
La vibración de la electricidad me hizo sentir como si tuviese pulso de nuevo. Mi cuerpo la acompañaba. Como si fuese humano. Por encima de cualquier otra cosa en el mundo, quería sentir el calor de sus labios contra los míos. Durante un segundo, tuve que luchar desesperadamente para hallar la fuerza, el control necesario para poder acercar tanto mi boca a su piel.
Izuku respiraba entrecortadamente, y solo entonces me di cuenta de que, cuando a mí se me había empezado a acelerar la respiración, a el se le había detenido la suya.
Cerré los ojos, intentando cortar aquella conexión entre nosotros. Ni un error más.
La existencia de Izuku estaba ligada a un millar de procesos químicos delicadamente equilibrados, todos fácilmente alterables: la expansión rítmica de sus pulmones, ese flujo de oxígeno, para el significaba la vida o la muerte. La cadencia agitada de su frágil corazón se podía detener por cualquier accidente o enfermedad estúpidos o... por mi culpa.
Yo sabía que ningún miembro de mi familia —salvo, posiblemente, Eijiro— vacilaría ni un segundo si se le ofreciera la posibilidad de regresar, de intercambiar la inmortalidad por mortalidad de nuevo. Katsuki y yo, y también Aisawa, nos meteríamos en una hoguera solo a cambio de eso. Arderíamos los días o siglos que fuesen necesarios.
La mayoría de nuestra especie anteponía la inmortalidad a todo lo demás. Incluso había humanos que la deseaban, que buscaban en lugares oscuros a aquellos que les pudieran ofrecer el regalo más tenebroso.
Nosotros no. Mi familia no. Cambiaríamos cualquier cosa por ser humanos.
Pero ninguno de nosotros, ni siquiera Katsuki, había estado jamás tan desesperado por regresar como ahora.
Abrí los ojos y miré los agujeros y defectos microscópicos del parabrisas, como si en aquel cristal imperfecto pudiese hallar alguna solución. La electricidad no se había desvanecido, y tuve que concentrarme para mantener las manos en el volante.
La mano derecha me empezó a punzar sin dolor una vez más, como si recordara el tacto de Izuku.
—Izu, creo que deberías entrar en casa.
Obedeció de inmediato, sin decir nada, salió del coche y cerró la puerta detrás de el. ¿Era capaz de sentir el potencial desastre tanto como yo? ¿Le dolía irse tanto como me dolía a mí verlo partir? Mi único consuelo era que lo vería pronto. Antes de lo que el me vería a mí. Esbocé una sonrisa ante la idea, luego bajé la ventana y me incliné para hablar con el una vez más. Ahora era más seguro, con el calor de su cuerpo fuera del coche.
Se giró para ver lo que quería, curioso, sus hermosos ojitos verdes brillando, los adoraba.
Siempre tan curioso, a pesar de que yo le había contestado casi todas sus innumerables preguntas. Era mi curiosidad la que no estaba satisfecha en absoluto. No era justo.
—¿Izu?
—¿Sí?
—Mañana me toca a mí. Frunció el ceño.
—¿El qué te toca?
—Hacer las preguntas.
Mañana, cuando estuviésemos en un lugar más seguro, rodeados de testigos, obtendría mis propias respuestas. Sonreí ante la idea, y luego me aparté cuando Izuku no hizo movimiento alguno para irse. Incluso con el fuera del coche, el eco de la electricidad zumbó en el aire. Yo también quería salir, acompañarlo hasta la puerta para tener una excusa para quedarme a su lado.
Ningún error más. Apreté el acelerador y luego suspiré cuando el desapareció detrás de mí. Era como si siempre estuviera corriendo hacia Izuku o huyendo de el, nunca quieto. Tendría que hallar la manera de permanecer firme, si es que alguna vez queríamos llegar a encontrar la paz.
Mi casa parecía tranquila y silenciosa desde el exterior mientras pasaba por delante de ella, en dirección al garaje. Pero podía escuchar la agitación que había dentro, tanto la que se hablaba en voz alta como como la que se pensaba en silencio. Eché una mirada pensativa hacia mi coche favorito —aún impecable, de momento— antes de salir y enfrentarme a las consecuencias de mis actos. Sabía que no lograría recorrer la corta distancia que iba del garaje a la casa sin que me abordaran.
Katsuki salió disparado por la puerta principal en cuanto oyó mis pasos. Se plantó en la base de las escaleras y me mostró los dientes, en sus manos pequeñas explosiones dejaban una estela de humo, listo para atacar, ya podia escuchar los " ¡Muere icyhot!"
Me detuve a unos veinte metros de distancia, sin agresividad alguna en mi postura. Sabía que me lo merecía.
—Lo siento mucho, Bakugou —le dije antes de que tuviese tiempo de ordenar sus pensamientos y lanzarse al ataque. Probablemente, yo no podría decir mucho más después de eso, las explosiones eran molestas y tardaba en limpiarme.
Cuadró los hombros y alzó la barbilla, desafiante.
¿Cómo has podido ser tan estúpido?
Eijiro bajó lentamente las escaleras detrás de ella. Sabía que, si Katsuki me atacaba, Eijiro se interpondría entre nosotros. No para protegerme. Sino para evitar que Kat me provocara demasiado y yo tuviera que defenderme.
—Lo siento —le dije de nuevo.
Pude ver lo sorprendido que estaba por la falta de sarcasmo en mi voz, por mi rápida rendición. Pero estaba demasiado enfadado todavía como para aceptar disculpas.
¿Estás contento?
—No —dije, con tal sufrimiento en mi voz que evidenciaba toda negativa.
¿Por qué lo hiciste, entonces? ¿Por qué se lo contaste? ¿Solo porque el te lo preguntó? Las palabras en sí no eran tan duras: era su tono mental el que estaba afilado como un cuchillo. En su mente también estaba la cara de Izuku..., solo que se trataba de una caricatura del rostro que yo amaba. Por mucho que Katsuki me odiara en este momento, no era nada en comparación al odio que sentía por Izuku. Quería hacerse creer a sí mismo que este odio estaba justificado, basado únicamente en lo mal que me había portado yo, y que Izuku solo era un problema porque ahora representaba un peligro para nosotros. Una regla quebrantada. Izuku sabía demasiado.
Pero pude ver lo mucho que le nublaban el juicio los celos. Ya no se trataba solo del hecho de que yo encontrase a Izuku mucho más fascinante de lo que jamás había considerado a Katsuki. Sus celos habían cambiado y modificado el rumbo. Izuku tenía todo lo que Katsuki quería. Era humano. Podía elegir. A Kat le enfurecía que Izu pusiese todo eso en peligro, que coqueteara con la oscuridad cuando tenía otras opciones.
Katsuki había llegado a pensar que aceptaría incluso intercambiarse la cara con aquel chico al que consideraba tan mediocre, siempre que pudiese meter su humanidad en el trato.
Aunque Katsuki intentaba no pensar en todas estas cosas mientras esperaba mi respuesta, no podía alejarlas totalmente de su cabeza.
—¿Por qué? —exigió en voz alta cuando yo no dije nada. No quería que yo siguiera leyéndole la mente—. ¿Por qué se lo contaste?
—Estoy francamente sorprendido de que fueses capaz —dijo Eijiro antes de que yo pudiese contestar—. Casi nunca hablas de eso, ni siquiera con nosotros. No es tu tema favorito, que digamos bro.
Eijiro estaba pensando en lo mucho que nos parecíamos su Blasty y yo en esto, en cómo los dos siempre evitábamos usar aquel término de la no vida que tanto odiábamos. Él no tenía tantas reservas al respecto.
¿Cómo sería sentirse como Eijiro Kirishima? ¿Ser tan práctico, tan libre de arrepentimientos? ¿Ser capaz de aceptar las cosas y avanzar tan fácilmente?
Bakugou y yo seríamos mucho más felices si pudiéramos imitarlo.
Ver eso —nuestras similitudes— de manera tan clara hizo que me resultara todavía más fácil perdonar aquellas agujas envenenadas que Bakugou enviaba mentalmente en mi dirección al no poder explotarme el rostro.
—No te equivocas —le dije a Eijiro—. Dudo que yo mismo hubiese podido decirlo alguna vez.
Eijiro ladeó la cabeza hacia un lado. Detrás de él, dentro de la casa, podía sentir la conmoción del resto de la audiencia. La única que no estaba sorprendida era Ochako.
—Entonces ¿por qué lo sabe? —siseó Katsuki.
—No exageres —le dije sin mucha esperanza. Arqueó las cejas
—. No violé las normas a propósito. Probablemente sea algo que deberíamos haber previsto.
—¿De qué estás hablando? —exigió.
—Izuku es amigo del bisnieto de Shota Hitoshi.
Katsuki se quedó de piedra. A Eijiro también lo había pillado desprevenido. Al igual que yo, no estaban preparados para que las cosas tomaran aquel rumbo.
Aizawa apareció en la puerta. Aquello era mucho más que una simple pelea entre Katsuki y yo.
—¿Shoto? —preguntó.
—Tendríamos que haberlo sabido, Aizawa. Como era de esperar, los ancianos advirtieron a la nueva generación cuando volvimos. Y, como era de esperar, la nueva generación no se creyó nada. Otra estúpida historia más. El chico que respondió a las preguntas de Izuku, no se creía nada de lo que él mismo le estaba contando.
No estaba nervioso por la reacción de Aizawa. Sabía cómo respondería. Pero sí que presté especial atención a la habitación de Ochako, para oír lo que pensaba Tenya.
—Tienes razón —dijo Aizawa—. Naturalmente, así sería — suspiró—. Ya es mala suerte que la progenie de Shota tenga un público tan bien informado.
Tenya había oído la respuesta de Aizawa, y le preocupaba. Pero sus pensamientos giraban más en torno a irse con Ochako que en torno a silenciar a los quileutes. Ochako ya veía las ideas para el futuro que tenía Tenya, y se preparaba para refutarlas. No tenía intención alguna de ir a ninguna parte.
—De mala suerte, nada —dijo Katsuki entre dientes—. Es culpa de Shoto, alias bastardo mitad y mitad que el chico lo sepa.
—Es cierto —le di la razón rápidamente—. Es culpa mía. Lo siento.
Por favor, Katsuki pensó directamente hacia mí. Se acabó el jueguecito de arrastrarte. Deja de hacerte el arrepentido.
—No estoy jugando —le dije—. Sé que la culpa de todo esto es mía. Lo he estropeado todo.
—Cara redonda te dijo que yo estaba pensando en quemarte o mejor, explotar el coche,¿verdad?
Sonreí..., más o menos.
—Sí. Pero me lo merezco. Si así te sientes mejor, hazlo.
Me miró un rato largo, planteándose si debía seguir adelante con la destrucción o no. Poniéndome a prueba, para ver si aquello era un farol por mi parte.
Me encogí de hombros hacia el.
—Solo es un juguete, Bakugou.
—Has cambiado —dijo de nuevo entre dientes. Asentí.
—Lo sé.
Se dio la vuelta y se fue hacia el garaje. Pero ahora era el él que se estaba echando el farol. Si no podía herirme, aquello no tenía ningún sentido. De toda mi familia, el único que sentía la misma devoción que yo por los coches era el. El mío era demasiado bonito para destrozarlo sin motivo.
Eijiro lo siguió con la mirada.
—Supongo que no vas a contarme lo que pasa realmente.
—No sé de qué estás hablando —dije con tono inocente. Puso los ojos en blanco y luego siguió a su estrella.
Miré a Aizawa y articulé el nombre de Tenya en silencio. El asintió. Sí, me lo imagino. Iré a hablar con él.
Ochako apareció en la puerta.
—Te está esperando —le dijo a Aizawa. Aizawa le sonrió con una pizca de ironía. Aunque estuviésemos tan acostumbrados a Ochako — todo lo acostumbrados que podíamos estar—, solía resultar inquietante. Aizawa le dio unas palmaditas en su castaño y lacio cabello cuando pasó por delante de ella.
Me senté en lo alto de las escaleras con Ochako junto a mí, ambos escuchando la conversación del piso de arriba. Ochako no estaba en absoluto tensa. Sabía cómo terminaría aquello. Me lo enseñó, y mi tensión se esfumó también. El conflicto se acabó antes de empezar siquiera. Tenya admiraba a Aizawa tanto como cualquiera de nosotros, y estaba feliz siguiendo su ejemplo... hasta que pensó que Ochako podría estar en peligro. En aquel momento comprendí mejor la perspectiva de Tenya. Qué extraño era todo lo que había sido incapaz de entender antes de que Izu llegara a mi vida. El me había cambiado más de lo que yo había creído posible, sin dejar por ello de ser yo mismo.
