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Link abrió los ojos, y no fue porque una voz se lo pidiera.
No se movió, sin embargo. Se quedó muy quieto y escuchó.
No percibía movimiento a su alrededor. Tampoco alcanzaba a oír ninguna respiración. Debía de estar solo, dondequiera que estuviera.
Estaba bocarriba sobre algo duro. El techo era alto sobre él, y no tenía ningún adorno. Con solo verlo supo que no seguía en las cuevas del castillo. Aquel techo no era natural.
No percibió tampoco ningún bulto a su espalda, mucho menos alrededor de su cintura. Estaba desarmado. Mala señal.
Inspiró hondo y se incorporó sin apenas esfuerzo. Aquello lo sorprendió; no recibía tantos golpes desde que acabó con Ganon. Había estado seguro de que tenía una costilla rota, y se había dado al menos un golpe en la cabeza. Además de su brazo, por supuesto.
Su corazón se detuvo. Sentía un picor molesto en el brazo derecho.
Vio que no llevaba nada encima salvo por unos pantalones que ni siquiera le llegaban por las rodillas y que no eran suyos. No le hizo falta mirar para saber que no había nada más debajo.
Alguien le había quitado las ropas y lo había dejado vestido con lo poco que llevaba ahora. Y también le había vendado el brazo derecho. No eran vendas, a decir verdad. Era solo una tela amarillenta que lo cubría desde los dedos hasta casi la mitad de su pecho.
Desenrolló la tela con cuidado. Su pecho estaba cubierto de marcas oscuras que formaban un patrón, aunque Link no tuvo tiempo de analizarlo. El patrón se ensanchaba un poco más debajo de su hombro. Su brazo entero estaba teñido de color verde. Verde, como aquella energía que había mantenido sellado al monstruo de la cueva. El verde se mezclaba con el extraño patrón.
Al principio, Link pensó que eran solo pinturas tribales. En su mano había símbolos intrincados que no le sonaban de nada. Sin embargo, cuando se frotó el brazo la pintura no se borró. No percibió más que su piel, más lisa que de costumbre. Entonces su brazo empezó a brillar; la luz brotaba de su piel. Link lo tocó de nuevo. No dolía, pero sí vibraba, como si hubiera energía fluyendo debajo. Sus uñas eran más largas de lo normal, e incluso su mano era verde. Cuando intentó mover el brazo, lo percibió pesado.
Entonces recordó; la energía del sello lo había salvado de la malicia. Lo había envuelto hasta cegarlo, y lo último que recordaba era un dolor agudo en su brazo derecho, como si estuvieran arrancándoselo.
Contempló su brazo con horror. «He muerto o he bebido demasiado», pensó, aturdido. Luego perdió el sentido otra vez.
—Se despertó con un único pensamiento envuelto en pánico.
«Zelda.»
Se incorporó de golpe y la buscó con la respiración acelerada. No vio rastro de ella por ninguna parte.
«Idiota —se dijo—. La dejaste caer por un abismo, ¿recuerdas?»
Zelda estaba muerta. Aquello lo golpeó como una patada en el estómago, y se quedó sin respiración. Él la había soltado, y ella se había precipitado a la oscuridad. No podía haber sobrevivido a una caída así.
Se obligó a ponerse en pie de todas formas. Su brazo era como un peso muerto, y es esforzó por ignorarlo. Se encontraba en una habitación diminuta. Corrió hasta el portón de salida y empujó con todas sus fuerzas, pero la piedra no cedió. O tal vez él no estaba aplicando la fuerza suficiente. No se sentía tan débil desde que despertó en la Meseta de los Albores.
Link supuso que despertar en aquella habitación era mucho peor que el despertar en el Santuario de la Vida. Hacía un año había tenido la ventaja de no recordar nada. Ahora contaba con todos y cada uno de los recuerdos que había forjado con Zelda tras la derrota del Cataclismo. Ahora sabía que la quería. Y, por ello, cada paso que daba era terriblemente doloroso.
Giró sobre sus pasos y encontró ropas cerca de la mesa en la que había despertado. Su túnica azul estaba allí, junto a la cota de malla y las protecciones que Impa le había dejado. Vio sus pantalones y se los puso de inmediato. Fue difícil hacerlo con la mano derecha casi inmovilizada, pero se las arregló para ponerse la túnica también.
Encontró una tela verde que tenía un símbolo desconocido en un extremo. No parecía una túnica, y no Link sabía cómo demonios ponérsela. Jamás había visto nada igual. Así que enrolló la tela alrededor de su brazo y la anudó cerca de su hombro, ocultando el brillo verdoso. Fue un alivio no verlo. Casi podía fingir que su brazo seguía siendo normal.
Ignoró las extrañas sandalias junto a sus botas. Recordaba que Zelda había llevado unas parecidas para rezar en las fuentes sagradas, hacía cien años.
«No pienses en ella —se dijo—. No hará ningún bien.»
Encontró la Espada Maestra bajo sus ropas. O, al menos, encontró lo que quedaba de ella. Se deslizó hasta el suelo y apoyó la espalda en la pared. Sujetaba la empuñadura con los dedos temblorosos de la mano izquierda.
La hoja estaba ennegrecida. Consumida. Solo quedaban los restos del acero más cercano a la guarda, e incluso eso era inservible. El deterioro era mucho peor que el de hacía cien años, durante el Gran Cataclismo.
Rompió en sollozos entonces, por primera vez en mucho, mucho tiempo.
Zelda estaba muerta porque él no había podido salvarla, como se había jurado hacía más de un año. La Espada Maestra estaba destruida, y también era culpa suya. Y Link estaba encerrado en aquella habitación diminuta, como si fuera un prisionero. No tenía comida ni agua, y su brazo derecho había quedado inservible.
Alguien debía saber que estaba allí. Alguien lo había llevado hasta aquel lugar, le había quitado las ropas y le había vendado el brazo. Aunque fuera un prisionero de verdad, tenían que sacarlo de allí, al menos para matarlo.
Sorbió por la nariz mientras contemplaba los restos de la Espada Maestra. Tenía mil preguntas y sabía que debía ponerse la cota de malla y buscar algo que le sirviera de arma, pero ¿para qué? Todo estaba perdido ya. Aquel monstruo había ganado; ni siquiera la Espada Maestra le había hecho daño. Zelda estaba muerta. Y el propio Link había estado dispuesto a saltar por el abismo también, tras ella. Habría muerto, pero al menos habrían estado juntos una última vez.
Escuchó un susurro de pronto. Se puso alerta y escuchó. Una voz. La Espada Maestra se iluminaba en su mano.
«Amo… —susurraba, solo en su cabeza—. Amo…»
Link abrió mucho los ojos, preguntándose cómo demonios podía iluminarse todavía. Le había fallado al espíritu por segunda vez, y ya no quedaba nada útil en la hoja, tal y como no quedaba nada útil en su brazo derecho. ¿Cómo podía hablarle aún?
«Amo… —dijo de nuevo. La voz sonaba rota. No por la tristeza. Sonaba rota de verdad, como si se estuviera quedando poco a poco sin aire. Como si algo estuviera aplastando el pecho invisible del espíritu—. Esperanza.»
—¿Esperanza? —repitió él en un susurro.
«Aún hay esperanza.»
La luz se apagó, y la espada calló de nuevo.
Aún había esperanza. ¿Significaba eso que Zelda estaba viva? Tal vez estuviera siendo un iluso o tal vez se hubiera vuelto loco, pero se aferró a aquel pensamiento. Si el destino quería que se pusiera en marcha otra vez, Zelda tenía que estar viva. Era la única forma de que Link siguiera adelante.
Esperó durante una eternidad a que algo ocurriera. Cuando las puertas se abrieron, él emergió de la oscuridad con decisión, y la luz del exterior lo cegó.
